Capítulo 78 · 22 min de lectura · 29 min de escucha
El culto espiritual
Sermón 77
El culto espiritual
«Éste es el verdadero Dios, y la vida eterna».
1 Juan 5:20.
1. En esta epístola san Juan no se dirige a ninguna iglesia en particular, sino a todos los cristianos de aquel tiempo, aunque más especialmente a aquellos entre quienes residía entonces. Y en ellos habla a toda la Iglesia cristiana de todas las edades siguientes.
2. En esta carta, o más bien tratado (pues estaba presente con aquellos a quienes iba dirigida más inmediatamente, y probablemente ya no podía predicarles a causa de su extrema vejez), no trata directamente de la fe, como lo había hecho san Pablo; ni de la santidad interior y exterior, de la que habían hablado san Pablo, Santiago y san Pedro; sino del fundamento de todo: la feliz y santa comunión que los fieles tienen con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
3. En el prefacio describe la autoridad con que escribía y hablaba (1 Juan 1:1–4) y señala expresamente el propósito de su escrito. Al prefacio corresponde exactamente la conclusión de la epístola, que explica más ampliamente el mismo propósito y recapitula las señales de nuestra comunión con Dios por medio de un «sabemos» repetido tres veces (1 Juan 5:18–20).
4. El tratado mismo trata, primero, por separado, de la comunión con el Padre (1 Juan 1:5–10); de la comunión con el Hijo (1 Juan 2 y 3); de la comunión con el Espíritu (1 Juan 4).
En segundo lugar, conjuntamente, del testimonio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, sobre el cual se fundan la fe en Cristo, el ser nacido de Dios, el amor a Dios y a sus hijos, la guarda de sus mandamientos y la victoria sobre el mundo (1 Juan 5:1–12).
5. La recapitulación comienza (1 Juan 5:18): «Sabemos que cualquiera que es nacido de Dios», que ve y ama a Dios, «no peca», mientras esta fe amorosa permanece en él. «Sabemos que somos de Dios», hijos de Dios, por el testimonio y el fruto del Espíritu; «y todo el mundo», todos los que no tienen el Espíritu, «yace en el maligno». Están, viven y moran en él, como los hijos de Dios lo hacen en el Santo. «Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado» un «entendimiento» espiritual, «para que conozcamos al que es verdadero», el testigo fiel y verdadero; «y estamos en el que es verdadero», como los pámpanos en la vid. «Éste es el verdadero Dios, y la vida eterna».
Al considerar estas importantes palabras, podemos preguntar:
I. ¿Cómo es él el verdadero Dios?
II. ¿Cómo es él la vida eterna? Luego,
III. Añadiré algunas consecuencias.
I. 1. Y, primero, podemos preguntar: ¿Cómo es él el verdadero Dios? Él es «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos». «Era con Dios», con Dios Padre, «desde el principio», desde la eternidad, «y era Dios. Él y el Padre son uno»; y, por consiguiente, «no tuvo por usurpación ser igual a Dios». De acuerdo con esto, los escritores inspirados le dan todos los títulos del Dios altísimo. Le llaman una y otra vez por el nombre incomunicable, JEHOVÁ, que nunca se da a criatura alguna. Le atribuyen todos los atributos y todas las obras de Dios. De modo que no hemos de vacilar en proclamarle «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; igual al Padre en gloria, coeterno en majestad».
2. Él es el verdadero Dios, la única Causa, el solo Creador de todas las cosas. «Por él», dice el apóstol Pablo, «fueron creadas todas las cosas que están en los cielos, y que están en la tierra»; sí, la tierra y los cielos mismos; pero se nombra a los habitantes porque son más nobles que la casa: «visibles e invisibles». Y se añaden sus diversas especies: «sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades». Así también san Juan: «Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que es hecho, fue hecho». Y, de acuerdo con esto, san Pablo le aplica aquellas fuertes palabras del salmista: «Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra; y los cielos son obras de tus manos».
3. Y como verdadero Dios, es también el Sustentador de todas las cosas que ha hecho. Él lleva, sostiene y sustenta todas las cosas creadas con la palabra de su poder, con la misma poderosa palabra que las sacó de la nada. Así como esto fue absolutamente necesario para el comienzo de su existencia, lo es igualmente para su continuación: si se retirara su influencia todopoderosa, no podrían subsistir un momento más. Sostened una piedra en el aire; en el momento en que retiráis la mano, cae naturalmente al suelo. Del mismo modo, si él retirara su mano por un momento, la creación caería en la nada.
4. Como verdadero Dios, es asimismo el Preservador de todas las cosas. No solo las mantiene en el ser, sino que las preserva en aquel grado de bienestar que conviene a sus diversas naturalezas. Las preserva en sus diversas relaciones, conexiones y dependencias, de modo que componen un solo sistema de seres y forman un universo entero, según el consejo de su voluntad. ¡Con cuánta fuerza y belleza se expresa esto: Ta panta en autoi synesteke! Por él todas las cosas subsisten; o, más literalmente, por él y en él todas las cosas están trabadas en un solo sistema. Él no es solo el sostén, sino también el cemento de todo el universo.
5. Quisiera señalar en particular (lo que quizá no se ha observado lo suficiente) que él es el verdadero Autor de todo el movimiento que hay en el universo. A los espíritus, en efecto, les ha dado un pequeño grado de poder para moverse por sí mismos, pero no a la materia. Toda materia, de cualquier clase que sea, es absoluta y totalmente inerte. No se mueve, no puede moverse a sí misma en ningún caso; y siempre que alguna parte de ella parece moverse, en realidad es movida por otra cosa. ¡Mirad aquel tronco que, hablando vulgarmente, se mueve sobre el mar! En realidad es movido por el agua. El agua es movida por el viento, es decir, por una corriente de aire. Y el aire mismo debe todo su movimiento al fuego etéreo, una partícula del cual está unida a cada partícula de él. Privadlo de ese fuego, y ya no se mueve; queda fijo: es tan inerte como la arena. Quitad al agua la fluidez (que debe al fuego etéreo mezclado con ella), y no tiene más movimiento que el tronco. Introducid fuego en el hierro martillándolo al rojo vivo, y no tiene más movimiento que el aire fijo o el agua helada. Pero cuando el fuego está libre, cuando está en su estado más activo, ¿qué le da movimiento? Hasta los mismos paganos os lo dirán. Es,
Totam
Mens agitans molem, et magno se corpore miscens.
[El alma universal
vive en las partes y agita el todo. N. del ed.]
6. Para seguir esto un poco más: decimos que la luna se mueve alrededor de la tierra; que la tierra y los demás planetas se mueven alrededor del sol; que el sol gira sobre su propio eje. Pero estas no son más que expresiones vulgares; porque, si decimos la verdad, ni el sol, ni la luna, ni las estrellas se mueven. Ninguno de ellos se mueve a sí mismo: todos son movidos a cada momento por la mano todopoderosa que los hizo.
«Sí», dice sir Isaac [Newton], «el sol, la luna y todos los cuerpos celestes se mueven, gravitan unos hacia otros». Gravitan. ¿Qué es eso? «Pues que todos se atraen unos a otros en proporción a la cantidad de materia que contienen». «Disparate de punta a cabo», dice el señor Hutchinson; «¡jerga, contradicción en los términos! ¿Puede algo actuar donde no está? No; son continuamente impulsados unos hacia otros». ¡Impulsados! ¿Por qué? «Por la materia sutil, el éter o fuego eléctrico». ¡Pero recordad! por sutil que sea, sigue siendo materia; por consiguiente, es en sí misma tan inerte como la arena o el mármol. No puede, pues, moverse a sí misma; pero probablemente es el primer motor material, el resorte principal por medio del cual el Creador y Preservador de todas las cosas se complace en mover el universo.
7. El verdadero Dios es también el Redentor de todos los hijos de los hombres. Agradó al Padre cargar sobre él las iniquidades de todos nosotros, para que, por la única oblación de sí mismo una vez ofrecida, cuando gustó la muerte por todos, hiciera un sacrificio, oblación y satisfacción plenos y suficientes por los pecados del mundo entero.
8. Además, el verdadero Dios es el Gobernador de todas las cosas: «Su reino domina sobre todos». El gobierno descansa sobre su hombro por todas las edades. Él es el Señor y Dispensador de toda la creación y de cada una de sus partes. ¡Y de qué manera tan asombrosa gobierna el mundo! ¡Cuán por encima del pensamiento humano están sus caminos! ¡Qué poco sabemos de sus métodos de gobierno! Solo esto sabemos: Ita praesides singulis sicut universis, et universis sicut singulis! «Presides sobre cada criatura como si fuera el universo, y sobre el universo como sobre cada criatura individual». Deteneos un poco en este pensamiento: ¡qué glorioso misterio contiene! Está parafraseado en las palabras citadas más arriba:
¡PADRE, cuán lejos brillan tus glorias!
Señor del universo, y mío:
tu bondad vela sobre el todo
como si el mundo fuera una sola alma;
y aun guarda cada uno de mis sagrados cabellos,
¡como si yo fuera tu único cuidado!
9. Y, sin embargo, hay una diferencia, como se dijo antes, en su gobierno providencial sobre los hijos de los hombres. Un escritor piadoso observa que hay un triple círculo de la divina providencia. El círculo más exterior incluye a todos los hijos de los hombres: paganos, mahometanos, judíos y cristianos. Hace salir su sol sobre todos. Les da lluvias y tiempos fructíferos. Derrama sobre ellos diez mil beneficios, y llena de sustento y de alegría sus corazones. Con un círculo interior abarca toda la Iglesia cristiana visible, a todos los que invocan el nombre de Cristo. Tiene hacia ellos una consideración adicional y una atención más cercana a su bienestar. Pero el círculo más íntimo de su providencia encierra solo a la Iglesia invisible de Cristo: a todos los cristianos verdaderos, dondequiera que estén dispersos por todos los rincones de la tierra; a todos los que adoran a Dios (cualquiera que sea su denominación) en espíritu y en verdad. A estos los guarda como a la niña de su ojo: los esconde bajo la sombra de sus alas. Y es a estos en particular a quienes dice nuestro Señor: «aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados».
10. Por último, siendo el verdadero Dios, él es el fin de todas las cosas, según aquella solemne declaración del apóstol (Romanos 11:36): «de él, y por él, y para él, son todas las cosas: «de él, como Creador; por él, como Sustentador y Preservador; y para él, como el fin último de todo.
II. En todos estos sentidos Jesucristo es el verdadero Dios. Pero ¿cómo es él la vida eterna?
1. Lo que directamente se quiere decir con esta expresión no es que él será la vida eterna, aunque esta es una verdad grande e importante, que nunca debe olvidarse. «Él es autor de eterna salvación para todos los que le obedecen». Él es quien compró aquella «corona de la vida» que se dará a todos los que sean «fieles hasta la muerte»; y él será el alma de todos sus gozos para todos los santos en la gloria.
La llama del amor angélico
se enciende en el rostro de Jesús;
¡y todo el gozo de allá arriba
consiste en la arrobada mirada!
2. Lo que directamente se quiere decir no es que él es la resurrección; aunque también esto es verdad, según su propia declaración: «Yo soy la resurrección y la vida». De acuerdo con ello están las palabras de san Pablo: «Como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados». De modo que bien podemos decir: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que... nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de Cristo de los muertos, para una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse».
3. Pero, dejando a un lado lo que él será en el más allá, aquí se nos llama a considerar lo que es ahora. Él es ahora la vida de todo lo que vive, en cualquier clase o grado. Es la Fuente de la especie más baja de vida, la de los vegetales, por cuanto es la Fuente de todo el movimiento del que depende la vegetación. Es el Manantial de la vida de los animales: el poder por el cual late el corazón y circulan los humores. Es el Manantial de toda la vida que el hombre posee en común con los demás animales. Y si distinguimos la vida racional de la animal, él es la Fuente también de esta.
4. ¡Pero cuán infinitamente por debajo queda todo esto de la vida a que aquí directamente se alude, y de la cual el apóstol habla tan explícitamente en los versículos anteriores! (1 Juan 5:11, 12): «Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida», la vida eterna de que aquí se habla; «el que no tiene al Hijo» de Dios «no tiene» esta «vida». Como si dijera: «Esta es la suma del testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo: que Dios nos ha dado no solo un derecho a la vida eterna, sino su comienzo real; y esta vida ha sido comprada por su Hijo y está atesorada en él, que tiene en sí mismo todas sus fuentes y toda su plenitud, para comunicarla a su cuerpo, la Iglesia».
5. Esta vida eterna comienza, pues, cuando agrada al Padre revelar a su Hijo en nuestros corazones; cuando conocemos a Cristo por primera vez, capacitados para «llamarle Señor por el Espíritu Santo»; cuando podemos testificar, dándonos testimonio nuestra conciencia en el Espíritu Santo: «lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí». Y entonces es cuando comienza la felicidad: una felicidad real, sólida, sustancial. Entonces es cuando el cielo se abre en el alma, cuando comienza el estado propio y celestial, mientras el amor de Dios, en cuanto nos ama, se derrama en el corazón, produciendo al instante amor a toda la humanidad: una benevolencia general y pura, junto con sus frutos genuinos, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, el contentamiento en todo estado; una aquiescencia entera, clara y plena en toda la voluntad de Dios; que nos capacita para «estar siempre gozosos, y dar gracias en todo».
6. A medida que crecen nuestro conocimiento y nuestro amor de él, en los mismos grados y en la misma proporción, ha de crecer también necesariamente el reino de un cielo interior, mientras «crecemos en todas las cosas en aquel que es nuestra cabeza». Y cuando estamos en autoi peplerOmenoi, completos en él, como lo traducen nuestros traductores, pero más propiamente cuando estamos llenos de él; cuando «Cristo en nosotros, la esperanza de gloria», es nuestro Dios y nuestro Todo; cuando él ha tomado plena posesión de nuestro corazón; cuando reina en él sin rival, Señor de cada uno de sus movimientos; cuando moramos en Cristo, y Cristo en nosotros, somos uno con Cristo, y Cristo con nosotros; entonces somos completamente felices; entonces vivimos «toda la vida que está escondida con Cristo en Dios»; entonces, y no antes, experimentamos propiamente lo que significa aquella palabra: «Dios es amor; y el que vive en amor, vive en Dios, y Dios en él».
III. Solo me queda añadir algunas consecuencias de las observaciones precedentes.
1. Y de aquí podemos aprender, primero, que así como no hay más que un Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra, así también no hay más que una felicidad para los espíritus creados, sea en el cielo o en la tierra. Este único Dios hizo nuestro corazón para sí, y no puede descansar hasta que descanse en él. Es verdad que, mientras estamos en el vigor de la juventud y de la salud, mientras la sangre nos danza en las venas, mientras el mundo nos sonríe y tenemos todas las comodidades, y aun las superfluidades de la vida, con frecuencia tenemos sueños agradables y gozamos de una especie de felicidad. Pero no puede durar; se desvanece como una sombra; y aun mientras dura, no es sólida ni sustancial; no satisface al alma. Seguimos anhelando otra cosa, algo que no tenemos. Dad a un hombre todo lo que este mundo puede dar, y aun así, como observó Horacio hace casi dos mil años,
Curtae nescio quid semper abest rei.
Todavía:
¡En medio de nuestra abundancia algo todavía
me falta a mí, te falta a ti, le falta a él!
Ese algo no es ni más ni menos que el conocimiento y el amor de Dios, sin el cual ningún espíritu puede ser feliz, ni en el cielo ni en la tierra.
2. Permitidme referir mi propia experiencia en confirmación de esto. Recuerdo claramente que, aun en mi niñez, cuando estaba en la escuela, decía a menudo: «Dicen que la vida de un escolar es la más feliz del mundo; pero estoy seguro de que yo no soy feliz, porque no estoy contento, y por eso no puedo ser feliz». Cuando hube vivido algunos años más, estando en el vigor de la juventud, ajeno al dolor y a la enfermedad, y en particular al abatimiento de ánimo (que no recuerdo haber sentido ni un cuarto de hora desde que nací); teniendo abundancia de todas las cosas, en medio de amigos sensatos y amables que me amaban y a quienes yo amaba; y hallándome en el género de vida que, entre todos, mejor convenía a mis inclinaciones; aun así no era feliz. Me preguntaba por qué no lo era, y no podía imaginar cuál era la razón. La razón era, ciertamente, que yo no conocía a Dios, la Fuente de la felicidad presente tanto como de la eterna. Una prueba clara de que entonces no era feliz es que, tras la reflexión más serena, no conocía una sola semana que hubiera considerado digna de volver a vivir, tomándola con todas sus sensaciones interiores y exteriores, sin variación alguna.
3. Pero un hombre piadoso afirma: «Cuando era joven, era feliz, aunque estaba enteramente sin Dios en el mundo». Yo no te creo, aunque no dudo de que tú te lo crees. Pero estás engañado, como yo lo he estado una y otra vez. ¡Tal es la condición de la vida humana!
Florecillas y mirtos fragantes parecen brotar:
todo es hermoso a lo lejos; pero de cerca,
el alegre engaño burla los ojos que desean
con espinas, y brezal desierto, y arena estéril.
Mirad cualquier paisaje lejano: ¡qué hermoso parece! Acercaos a él, y la belleza se desvanece, y resulta áspero y desagradable. Así es la vida. Pero cuando la escena ha pasado, recobra su apariencia anterior, y creemos seriamente que entonces éramos muy felices, aunque en realidad estábamos muy lejos de serlo. Porque así como nadie lo es ahora, nadie lo fue jamás, feliz, sin el conocimiento amoroso del verdadero Dios.
4. De aquí podemos aprender, en segundo lugar, que este feliz conocimiento del verdadero Dios no es sino otro nombre de la religión; me refiero a la religión cristiana, que en verdad es la única que merece ese nombre. La religión, en cuanto a su naturaleza o esencia, no consiste en tal o cual conjunto de nociones, vulgarmente llamado fe; ni en una rutina de deberes, por cuidadosamente reformados que estén del error y la superstición. No consiste en ningún número de acciones exteriores. No: consiste propia y directamente en el conocimiento y el amor de Dios, tal como se ha manifestado en el Hijo de su amor, por el Espíritu eterno. Y esto conduce naturalmente a toda disposición celestial, y a toda buena palabra y obra.
5. De aquí aprendemos, en tercer lugar, que nadie sino el cristiano es feliz; nadie sino el cristiano real e interior. El glotón, el borracho, el jugador pueden estar alegres, pero no pueden ser felices. El petimetre y la dama elegante pueden comer y beber, y levantarse a jugar; pero aun así sienten que no son felices. Hombres o mujeres pueden adornar sus queridas personas con todos los colores del arco iris. Pueden bailar, y cantar, y correr de acá para allá, y revolotear de un lado a otro. Pueden ir y venir en sus espléndidos carruajes y hablarse con insulsez unos a otros. Pueden apresurarse de una diversión a otra; pero la felicidad no está allí. Siguen «andando en vana sombra, y en vano se inquietan». Uno de sus propios poetas ha dicho con verdad de toda la vida de estos hijos del placer:
Es una farsa insulsa y un vano espectáculo:
polvos, espejo de bolsillo y petimetre.
No puedo dejar de observar acerca de aquel excelente escritor que se acercó al blanco y, sin embargo, no llegó a alcanzarlo. En su «Salomón» (uno de los poemas más nobles de la lengua inglesa) muestra claramente dónde no está la felicidad: que no se halla en el conocimiento natural, ni en el poder, ni en los placeres de los sentidos o de la imaginación. Pero no muestra dónde se halla. No podía, porque él mismo no lo sabía. Con todo, se acercó cuando dijo:
Restaura, gran Padre, a tu hijo instruido;
¡y en mis actos hágase tu gran voluntad!
6. De aquí aprendemos, en cuarto lugar, que todo cristiano es feliz, y que el que no es feliz no es cristiano. Si, como se observó antes, la religión es felicidad, todo el que la tiene ha de ser feliz. Esto se desprende de la naturaleza misma de la cosa: porque si la religión y la felicidad son de hecho lo mismo, es imposible que un hombre posea la primera sin poseer también la segunda. No puede tener religión sin tener felicidad, ya que son enteramente inseparables.
Y es igualmente cierto, por otra parte, que el que no es feliz no es cristiano, puesto que, si fuera un cristiano verdadero, no podría dejar de ser feliz. Pero admito aquí una excepción en favor de los que están bajo una tentación violenta; sí, y de los que padecen profundos trastornos nerviosos, que son, en verdad, una especie de locura. Las nubes y tinieblas que entonces abruman el alma suspenden su felicidad, sobre todo si se permite a Satanás secundar esos trastornos lanzando sus dardos de fuego. Pero, exceptuados estos casos, la observación se mantiene, y debe atenderse bien: el que no es feliz, sí, feliz en Dios, no es cristiano.
7. ¿No sois vosotros una prueba viva de ello? ¿No andáis todavía errantes de acá para allá, buscando descanso sin hallarlo; persiguiendo la felicidad sin alcanzarla nunca? ¿Y quién puede culparos por buscarla? Es el fin mismo de vuestro ser. El gran Creador no hizo nada para ser desdichado, sino toda criatura para ser feliz según su especie. Y al contemplar en conjunto las obras de sus manos las declaró todas buenas en gran manera; lo cual no habrían sido si toda criatura inteligente, sí, toda criatura capaz de placer y de dolor, no hubiera sido feliz cumpliendo el fin de su creación. Si vosotros sois ahora desdichados, es porque estáis en un estado contrario a la naturaleza: ¿y no habéis de suspirar por ser librados de él? «Todas las criaturas», estando ahora «sujetas a vanidad», «gimen a una, y a una están de parto». Solo os culpo, o más bien os compadezco, por tomar un camino equivocado hacia un fin recto; por buscar la felicidad donde nunca se halló ni puede hallarse. Buscáis la felicidad en vuestras semejantes criaturas en lugar de en vuestro Creador. Pero estas no pueden haceros felices más de lo que pueden haceros inmortales. Si tenéis oídos para oír, toda criatura clama en alta voz: «La felicidad no está en mí». Todas ellas son, en verdad, «cisternas rotas que no retienen agua». ¡Oh, volveos a vuestro descanso! ¡Volveos a aquel en quien están escondidos todos los tesoros de la felicidad! Volveos a aquel «que da a todos abundantemente»; y él os dará «a beber del agua de la vida gratuitamente».
8. No podéis hallar la felicidad tanto tiempo buscada en todos los placeres del mundo. ¿No son «engañosos en la balanza»? ¿No son más livianos que la vanidad misma? ¿Hasta cuándo os habéis de «alimentar de lo que no es pan», que puede entretener, pero no saciar? No podéis hallarla en la religión del mundo, ni en opiniones ni en una mera rutina de deberes exteriores. ¡Trabajo vano! ¿No es Dios Espíritu, y por tanto ha de ser «adorado en espíritu y en verdad»? Solo en esto podéis hallar la felicidad que buscáis: en la unión de vuestro espíritu con el Padre de los espíritus; en el conocimiento y el amor de aquel que es la fuente de la felicidad, suficiente para todas las almas que ha hecho.
9. Pero ¿dónde se le ha de hallar? ¿Subiremos al cielo, o descenderemos al infierno, para buscarle? ¿Hemos de «tomar las alas del alba» y buscarle «en el extremo del mar»? No: quod petis, hic est! ¡Qué extraña palabra para salir de la pluma de un pagano! «¡Lo que buscas está aquí!». Él está «junto a vuestro lecho». Él está «en torno a vuestra senda». Él «os rodea por detrás y por delante». Él «pone su mano sobre vosotros». ¡He aquí, Dios está aquí, no lejos! ¡Creed ahora, y sentidle cerca! ¡Revélese él ahora en vuestro corazón! Conocedle, amadle, ¡y seréis felices!
10. ¿Sois ya felices en él? Entonces mirad que «retengáis aquello a que habéis llegado». «Velad y orad», para que nunca seáis «apartados de vuestra firmeza». «Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis lo que habéis ganado, sino que recibáis galardón cumplido». Haciendo así, esperad un crecimiento continuo en la gracia, en el conocimiento amoroso de nuestro Señor Jesucristo. Esperad que el poder del Altísimo os cubra de repente con su sombra, para que todo pecado sea destruido y nada quede en vuestro corazón sino santidad al Señor. Y en este momento, y en cada momento, «presentaos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios», y «glorificadle en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios».
Capítulo 78 completado
El culto espiritual