Sermones en diversas ocasiones
Sobre la perfección

Capítulo 77 · 29 min de lectura · 37 min de escucha

Sobre la perfección

Sermón 76

Sobre la perfección

«Vamos adelante a la perfección».

Hebreos 6:1.

La frase entera dice así: «Por tanto, dejando los principios de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, y de la fe en Dios»; a lo cual acababa de llamar «los primeros rudimentos de las palabras de Dios» y «alimento propio de niños», para quienes apenas han gustado que el Señor es benigno.

Que hacer esto es un punto de la mayor importancia lo da a entender el Apóstol en las palabras siguientes: «Y esto haremos, si Dios lo permite. Porque a los que una vez fueron iluminados, y gustaron la buena palabra de Dios, y los poderes del siglo venidero, y recayeron, es imposible renovarlos otra vez para arrepentimiento». Como si dijera: Si no «vamos adelante a la perfección», estamos en el mayor peligro de «recaer»; y si recaemos, es «imposible», es decir, sumamente difícil, «renovarlos otra vez para arrepentimiento».

A fin de hacer esta escritura tan importante lo más fácil de entender que sea posible, procuraré:

I. Mostrar qué es la perfección;

II. Responder a algunas objeciones contra ella; y

III. Razonar un poco con quienes se le oponen.

I. Procuraré mostrar qué es la perfección.

1. Y, en primer lugar, no entiendo que la perfección de que aquí se habla sea la perfección de los ángeles. Como esos seres gloriosos nunca «abandonaron su primer estado», nunca decayeron de su perfección original, todas sus facultades naturales están intactas. Su entendimiento, en particular, sigue siendo una lámpara de luz; su aprehensión de todas las cosas es clara y distinta, y su juicio siempre verdadero. De ahí que, aunque su conocimiento sea limitado (pues son criaturas), aunque ignoren innumerables cosas, no están expuestos a equivocarse: su conocimiento es perfecto en su género. Y como todos sus afectos son guiados constantemente por su entendimiento infalible, así todas sus acciones se ajustan a él; de modo que hacen en todo momento, no su propia voluntad, sino la voluntad buena y agradable de Dios. Por tanto, no es posible que el hombre, cuyo entendimiento está entenebrecido, para quien el error es tan natural como la ignorancia; que no puede pensar en absoluto sino por medio de órganos debilitados y depravados, como las demás partes de su cuerpo corruptible; no es posible, digo, que los hombres piensen siempre rectamente, que aprehendan las cosas con distinción y que juzguen de ellas con verdad. Como consecuencia de ello, sus afectos, que dependen de su entendimiento, están desordenados de diversas maneras. Y sus palabras y acciones están influidas, más o menos, por el desorden tanto de su entendimiento como de sus afectos. Se sigue que ningún hombre, mientras está en el cuerpo, puede alcanzar la perfección angélica.

2. Tampoco puede ningún hombre, mientras está en un cuerpo corruptible, alcanzar la perfección adámica. Adán, antes de su caída, era sin duda tan puro, tan libre de pecado, como los mismos santos ángeles. De igual manera, su entendimiento era tan claro como el de ellos, y sus afectos tan ordenados. En virtud de ello, así como juzgaba siempre rectamente, así era capaz de hablar y obrar siempre rectamente. Pero desde que el hombre se rebeló contra Dios, su caso es muy diferente. Ya no es capaz de evitar caer en innumerables errores; por consiguiente, no puede evitar siempre los afectos torcidos, ni puede siempre pensar, hablar y obrar rectamente. Por tanto, el hombre, en su estado presente, no puede alcanzar la perfección adámica más que la angélica.

3. La más alta perfección que el hombre puede alcanzar mientras el alma mora en el cuerpo no excluye la ignorancia, ni el error, ni otras mil flaquezas. Ahora bien, de juicios equivocados fluirán a menudo, necesariamente, palabras y acciones equivocadas; y, en algunos casos, también pueden brotar afectos equivocados de la misma fuente. Puedo juzgar mal de ti: puedo tener de ti un concepto más alto o más bajo del que debo tener; y este error de mi juicio no solo puede ocasionar algo equivocado en mi conducta, sino que puede tener un efecto aún más profundo: puede ocasionar algo equivocado en mi afecto. Por una aprehensión equivocada, puedo amarte y estimarte más o menos de lo que debo. Ni puedo verme libre de la propensión a tal error mientras permanezca en un cuerpo corruptible. Como consecuencia de esto, mil flaquezas acompañarán a mi espíritu hasta que vuelva a Dios que lo dio. Y en innumerables casos se queda corto en hacer la voluntad de Dios, como Adán la hacía en el paraíso. De ahí que el mejor de los hombres pueda decir de corazón:

«Cada momento, Señor, necesito

el mérito de tu muerte,

por innumerables violaciones tanto de la ley adámica como de la angélica». Bueno es, por tanto, para nosotros, que no estemos ahora bajo estas leyes, sino bajo la ley del amor. «El amor es» ahora «el cumplimiento de la ley» que se ha dado al hombre caído. Esta es ahora, respecto de nosotros, «la ley perfecta». Pero aun contra esta, por la presente debilidad de nuestro entendimiento, estamos continuamente expuestos a transgredir. Por tanto, todo hombre viviente necesita la sangre de la expiación, o no podría estar en pie delante de Dios.

4. ¿Cuál es, pues, la perfección de que es capaz el hombre mientras mora en un cuerpo corruptible? Es cumplir aquel bondadoso mandato: «Dame, hijo mío, tu corazón». Es «amar al Señor su Dios con todo su corazón, y con toda su alma, y con toda su mente». Esta es la suma de la perfección cristiana: toda ella está comprendida en esa sola palabra, Amor. Su primera rama es el amor de Dios; y como el que ama a Dios ama también a su hermano, está inseparablemente unida a la segunda: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Amarás a todo hombre como a tu propia alma, como Cristo nos amó. «De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas»: ellos contienen la totalidad de la perfección cristiana.

5. Otra visión de esto nos la dan aquellas palabras del gran Apóstol: «Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús». Porque, aunque esto se refiere inmediata y directamente a la humildad de nuestro Señor, puede tomarse en un sentido mucho más amplio, de modo que incluya toda la disposición de su mente, todos sus afectos, todas sus disposiciones, tanto hacia Dios como hacia el hombre. Ahora bien, es cierto que, así como no hubo en él ningún afecto malo, tampoco le faltó ningún afecto o disposición buena. De manera que «todo lo santo, todo lo amable» está incluido en «el sentir que hubo en Cristo Jesús».

6. San Pablo, al escribir a los gálatas, presenta la perfección desde otra perspectiva aún. Es el único e indiviso fruto del Espíritu, que él describe así: «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad» (así debería traducirse aquí la palabra), «mansedumbre, templanza». ¡Qué gloriosa constelación de gracias tenemos aquí! Ahora bien, suponed que todas ellas estén entrelazadas en una sola, unidas en el alma de un creyente: esto es la perfección cristiana.

7. Además, escribe a los cristianos de Éfeso acerca de «vestir el nuevo hombre, creado según Dios en justicia y santidad verdadera»; y a los colosenses, acerca del «nuevo hombre, renovado conforme a la imagen del que lo creó»; refiriéndose claramente a las palabras de Génesis (Génesis 1:27): «Creó Dios al hombre a su imagen». Ahora bien, la imagen moral de Dios consiste (como observa el Apóstol) «en justicia y santidad verdadera». Por el pecado esta queda totalmente destruida. Y nunca podremos recobrarla hasta que seamos «creados de nuevo en Cristo Jesús». Y esto es la perfección.

8. San Pedro la expresa de una manera todavía distinta, aunque con el mismo efecto: «Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir» (1 Pedro 1:15). Según este Apóstol, pues, la perfección es otro nombre de la santidad universal: justicia interior y exterior; santidad de vida que brota de la santidad de corazón.

9. Si hay expresiones que puedan ser más fuertes que estas, son las de san Pablo a los tesalonicenses (1 Tesalonicenses 5:23): «El mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo» (esta es la traducción literal) «sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo».

10. No podemos mostrar esta santificación de una manera más excelente que cumpliendo aquella exhortación del Apóstol: «Os ruego, hermanos, por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos» (a vosotros mismos, vuestras almas y cuerpos; la parte por el todo, según una figura común del lenguaje) «en sacrificio vivo a Dios», a quien fuisteis consagrados hace muchos años en el bautismo. Cuando lo que entonces se dedicó es presentado efectivamente a Dios, entonces el hombre de Dios es perfecto.

11. Con el mismo efecto dice san Pedro (1 Pedro 2:5): «Sois un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo». Pero ¿qué sacrificios ofreceremos ahora, puesto que la dispensación judía ha llegado a su fin? Si de veras os habéis presentado a Dios, le ofrecéis continuamente todos vuestros pensamientos, y palabras, y acciones, por medio del Hijo de su amor, como sacrificio de alabanza y de acción de gracias.

12. Así experimentáis que Aquel cuyo nombre es Jesús no lleva ese nombre en vano: que de hecho «salva a su pueblo de sus pecados», tanto de la raíz como de las ramas. Y esta salvación del pecado, de todo pecado, es otra descripción de la perfección; aunque en verdad solo expresa la rama menor, la más baja de ella, solo la parte negativa de la gran salvación.

II. Me propuse, en segundo lugar, responder a algunas objeciones contra esta descripción bíblica de la perfección.

1. Una objeción común es que no hay promesa de ella en la Palabra de Dios. Si así fuera, tendríamos que abandonarla; no tendríamos fundamento sobre el cual edificar, porque las promesas de Dios son el único fundamento seguro de nuestra esperanza. Pero ciertamente hay una promesa muy clara y plena de que todos amaremos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón. Así leemos (Deuteronomio 30:6): «Y circuncidaré tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma». Igualmente expresa es la palabra de nuestro Señor, que no es menos promesa aunque tenga forma de mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente» (Mateo 22:37). Ningunas palabras pueden ser más fuertes que estas; ninguna promesa puede ser más expresa. De igual manera, «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» es tanto una promesa expresa como un mandamiento.

2. Y en verdad aquella promesa general e ilimitada que recorre toda la dispensación del evangelio, «Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré», convierte todos los mandamientos en promesas; y, por consiguiente, también este entre los demás: «Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús». El mandamiento equivale aquí a una promesa, y nos da plena razón para esperar que él obrará en nosotros lo que nos exige.

3. En cuanto al fruto del Espíritu, el Apóstol, al afirmar que «el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza», afirma en efecto que el Espíritu Santo obra realmente el amor y estas otras disposiciones en los que son guiados por él. De modo que también aquí tenemos terreno firme que pisar, pues esta escritura equivale asimismo a una promesa y nos asegura que todo esto será obrado en nosotros, con tal que seamos guiados por el Espíritu.

4. Y cuando el Apóstol dice a los efesios (Efesios 4:21–24): «Habéis sido enseñados, como la verdad está en Jesús», a «renovaros en el espíritu de vuestra mente» y a «vestir el nuevo hombre, creado según Dios», es decir, a imagen de Dios, «en justicia y santidad verdadera», no nos deja lugar a dudar de que Dios nos «renovará» así «en el espíritu de nuestra mente» y nos «creará de nuevo» a la imagen de Dios en que fuimos creados al principio; de otro modo no podría decirse que esta es «la verdad como está en Jesús».

5. El mandamiento de Dios dado por medio de san Pedro, «Sed santos, como aquel que os llamó es santo, en toda vuestra manera de vivir» [1 Pedro 1:15], implica una promesa de que seremos así santos, si no nos faltamos a nosotros mismos. Nada puede faltar por parte de Dios: puesto que nos ha llamado a la santidad, sin duda está dispuesto, así como es capaz, a obrar en nosotros esta santidad. Porque no puede burlarse de sus criaturas desvalidas, llamándonos a recibir lo que nunca piensa dar. Que nos llama a ello es innegable; por tanto, nos lo dará, si no somos desobedientes al llamamiento celestial.

6. La oración de san Pablo por los tesalonicenses, que Dios los «santificara» por completo, y «que todo su ser, espíritu, alma y cuerpo, fuese guardado irreprensible», será sin duda oída a favor de todos los hijos de Dios, así como de los de Tesalónica. Por ella, pues, todos los cristianos son animados a esperar la misma bendición del «Dios de paz»; a saber, que también ellos serán «santificados por completo, en espíritu, alma y cuerpo», y que «todo su ser será guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo». [1 Tesalonicenses 5:23]

7. Pero la gran cuestión es si hay en la Escritura alguna promesa de que seremos salvados del pecado. Sin duda la hay. Tal es aquella promesa (Salmo 130:8): «Él redimirá a Israel de todos sus pecados», que corresponde exactamente a aquellas palabras del ángel: «Él salvará a su pueblo de sus pecados». Y ciertamente «puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios». Tal es aquella gloriosa promesa dada por medio del profeta Ezequiel (Ezequiel 36:25–27): «Entonces esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Y os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardaréis mis juicios, y los pondréis por obra». Tal es (por no mencionar más) la que pronunció Zacarías (Lucas 1:73–75): «El juramento que juró a Abraham nuestro padre, que nos había de conceder que, librados de mano de nuestros enemigos» (y tales son, sin duda, todos nuestros pecados), «le serviríamos sin temor, en santidad y en justicia delante de él, todos los días de nuestra vida». La última parte de esta promesa es particularmente digna de nuestra atención. Para que nadie diga: «Cierto, seremos salvados de nuestros pecados cuando muramos», se añade notablemente esa cláusula, como a propósito para salir al paso de este pretexto: todos los días de nuestra vida. ¿Con qué modestia, pues, puede alguien afirmar que nadie gozará de esta libertad hasta la muerte?

8. «Pero», dicen algunos, «este no puede ser el sentido de las palabras, porque la cosa es imposible». Es imposible para los hombres; pero las cosas imposibles para los hombres son posibles para Dios. «No, sino que esto es imposible por su propia naturaleza, porque implica contradicción que un hombre sea salvado de todo pecado mientras está en un cuerpo pecaminoso».

Hay mucha fuerza en esta objeción. Y quizá concedemos la mayor parte de lo que sostenéis. Ya hemos concedido que, mientras estemos en el cuerpo, no podemos estar del todo libres de error. A pesar de todo nuestro cuidado, seguiremos expuestos a juzgar mal en muchos casos. Y un error de juicio ocasionará muy frecuentemente un error en la práctica. Más aún, un juicio equivocado puede ocasionar algo en la disposición o en las pasiones que no sea estrictamente recto. Puede ocasionar un temor innecesario, o una esperanza mal fundada, un amor irrazonable o una aversión irrazonable. Pero todo esto no es en modo alguno incompatible con la perfección antes descrita.

9. Decís: «Sí, es incompatible con el último artículo: no puede conciliarse con la salvación del pecado». Respondo: Se concilia perfectamente con la salvación del pecado, según aquella definición del pecado (que entiendo ser su definición bíblica): una transgresión voluntaria de una ley conocida. «No, sino que todas las transgresiones de la ley de Dios, voluntarias o involuntarias, son pecado; porque san Juan dice: “Todo pecado es transgresión de la ley.”». Cierto, pero no dice: Toda transgresión de la ley es pecado. Esto lo niego: pruébelo quien pueda.

A decir verdad, esto es una mera contienda de palabras. Decís que nadie es salvado del pecado en vuestro sentido de la palabra; pero yo no admito ese sentido, porque la palabra nunca se toma así en la Escritura. Y vosotros no podéis negar la posibilidad de ser salvado del pecado en mi sentido de la palabra. Y este es el sentido en que la palabra pecado se toma una y otra vez en la Escritura.

«Pero ciertamente no podemos ser salvados del pecado mientras moramos en un cuerpo pecaminoso». ¿Un cuerpo pecaminoso? ¡Os ruego que observéis cuán profundamente ambigua, cuán equívoca es esta expresión! Pero no hay autoridad para ella en la Escritura: la expresión cuerpo pecaminoso no se encuentra allí jamás. Y así como es totalmente antibíblica, así es palpablemente absurda. Porque ningún cuerpo, ni materia de ninguna clase, puede ser pecaminoso: solo los espíritus son capaces de pecar. Decidme, ¿en qué parte del cuerpo se alojaría el pecado? No puede alojarse en la piel, ni en los músculos, ni en los nervios, venas o arterias; no puede estar en los huesos, como tampoco en el cabello o en las uñas. Solo el alma puede ser la sede del pecado.

10. «Pero ¿no dice el mismo san Pablo: “Los que están en la carne no pueden agradar a Dios”?». Temo que el sonido de estas palabras haya engañado a muchas almas incautas, a las que se ha dicho que esas palabras, los que están en la carne, significan lo mismo que los que están en el cuerpo. No; nada de eso. La carne, en este texto, no significa el cuerpo más de lo que significa el alma. Abel, Enoc, Abraham, sí, toda aquella nube de testigos que enumera san Pablo en el capítulo once de Hebreos, agradaron efectivamente a Dios mientras estaban en el cuerpo, como él mismo atestigua. La expresión, por tanto, no significa aquí ni más ni menos que los que son incrédulos, los que están en su estado natural, los que están sin Dios en el mundo.

11. Pero atendamos a la razón de la cosa. ¿Por qué no puede el Todopoderoso santificar el alma mientras está en el cuerpo? ¿No puede santificaros a vosotros mientras estáis en esta casa, lo mismo que al aire libre? ¿Pueden estorbarle las paredes de ladrillo o de piedra? Tampoco pueden estas paredes de carne y sangre estorbarle un solo momento para santificaros por completo. Él puede salvaros de todo pecado en el cuerpo tan fácilmente como fuera del cuerpo.

«Pero ¿ha prometido salvarnos así del pecado mientras estamos en el cuerpo?». Sin duda lo ha prometido; porque en todo mandamiento de Dios va implícita una promesa; por consiguiente, también en este: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente». Porque este y todos los demás mandamientos se dan, no a los muertos, sino a los vivos. Está expresado en las palabras antes citadas: que andaríamos «en santidad delante de él, todos los días de nuestra vida».

Me he detenido más en esto porque es el gran argumento de los que se oponen a la salvación del pecado; y también porque no ha sido respondido con tanta frecuencia ni tan plenamente, mientras que los argumentos tomados de la Escritura han sido respondidos cien veces.

12. Pero queda una objeción aún más plausible, tomada de la experiencia; a saber, que no hay testigos vivos de esta salvación del pecado. En respuesta a esto, concedo:

(1.) Que no hay muchos. Aun en este sentido, no hay muchos padres. Tal es nuestra dureza de corazón, tal nuestra lentitud para creer lo que han dicho tanto los profetas como los apóstoles, que hay pocos, poquísimos, testigos verdaderos de la gran salvación.

(2.) Concedo que hay testigos falsos, que o bien engañan a sus propias almas y hablan de cosas que no conocen, o bien «hablan mentira con hipocresía». Y me he asombrado con frecuencia de que no haya más de ambas clases. No es nada extraño que hombres de imaginación ardiente se engañen a sí mismos en esta materia. Muchos hacen lo mismo con respecto a la justificación: se imaginan que están justificados, y no lo están. Pero aunque muchos se lo imaginen falsamente, hay, sin embargo, algunos que están verdaderamente justificados. Y así, aunque muchos se imaginen que están santificados, y no lo están, hay, sin embargo, algunos que están realmente santificados.

(3.) Concedo que algunos que en otro tiempo gozaron de la plena salvación la han perdido ahora totalmente. En otro tiempo anduvieron en gloriosa libertad, dando a Dios todo su corazón, «gozándose siempre, orando sin cesar, y dando gracias en todo». Pero eso ha pasado. Ahora están despojados de su fuerza y se han vuelto como los demás hombres. Quizá no abandonan su confianza; todavía tienen el sentimiento de su amor perdonador. Pero aun esto se ve asaltado con frecuencia por dudas y temores, de modo que lo retienen con mano temblorosa.

13. «No», dicen algunos hombres piadosos y sensatos, «esto es precisamente lo que nosotros sostenemos. Concedemos que puede agradar a Dios hacer a algunos de sus hijos, por un tiempo, indeciblemente santos y felices. No negaremos que puedan gozar de toda la santidad y la felicidad de que habláis. Pero es solo por un tiempo: Dios nunca se propuso que continuara hasta el fin de sus días. Por consiguiente, el pecado solo queda suspendido; no es destruido».

Esto es lo que afirmáis. Pero es una cosa de tan honda importancia que no puede admitirse sin una prueba clara y convincente. ¿Y dónde está la prueba? Sabemos que, en general, «los dones y el llamamiento de Dios son sin arrepentimiento». Él no se arrepiente de ningún don que haya concedido a los hijos de los hombres. ¿Y cómo se demuestra lo contrario respecto de este don particular de Dios? ¿Por qué hemos de imaginar que hará una excepción respecto del más precioso de todos sus dones de este lado del cielo? ¿No es tan capaz de dárnoslo siempre como de dárnoslo una vez? ¿Tan capaz de dárnoslo por cincuenta años como por un día? ¿Y cómo puede probarse que no está dispuesto a continuar esta su misericordia? ¿Cómo se concilia esta suposición, de que no está dispuesto, con la afirmación positiva del Apóstol? El cual, después de exhortar a los cristianos de Tesalónica, y en ellos a todos los cristianos de todos los tiempos, a «estar siempre gozosos, orar sin cesar, y dar gracias en todo», añade inmediatamente (como a propósito para responder a quienes negaban, no el poder, sino la voluntad de Dios de obrar esto en ellos): «Porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús». Más aún, es notable que, después de haber dado aquella gloriosa promesa (pues propiamente lo es) en el versículo veintitrés, «El mismo Dios de paz os santificará por completo; y todo vuestro ser» (así está en el original), «espíritu, alma y cuerpo, será guardado irreprensible para la venida del Señor Jesucristo», añade de nuevo: «Fiel es el que os ha llamado, el cual también lo hará». [1 Tesalonicenses 5:23–24] No solo os santificará por completo, sino que os guardará en ese estado hasta que venga a recibiros a sí mismo.

14. Concuerda con esto el hecho patente. Varias personas han gozado de esta bendición sin interrupción alguna durante muchos años. Varias gozan de ella en el día de hoy. Y no pocas la han gozado hasta su muerte, como lo han declarado con su último aliento, testificando con calma que Dios las había salvado de todo pecado hasta que su espíritu volvió a Dios.

15. En cuanto a todo el capítulo de objeciones tomadas de la experiencia, deseo que se observe además que, o bien las personas objetadas han alcanzado la perfección cristiana, o bien no la han alcanzado. Si no la han alcanzado, cualesquiera objeciones que se presenten contra ellas yerran el blanco. Porque no son las personas de quienes hablamos; por tanto, lo que sean o hagan nada tiene que ver con la cuestión. Pero si la han alcanzado, si responden a la descripción dada en los nueve artículos precedentes, ninguna objeción razonable puede presentarse contra ellas. Están por encima de toda censura; y «condenarán toda lengua que se levante contra ellas».

16. «Pero yo nunca he visto a nadie», continúa el objetor, «que respondiera a mi idea de la perfección». Puede ser. Y es probable (como observé en otro lugar) que nunca lo veas. Porque tu idea incluye muchísimo más de la cuenta; incluso la libertad de aquellas flaquezas que no son separables de un espíritu unido a carne y sangre. Pero si te atienes a la descripción dada arriba, y tienes en cuenta la debilidad del entendimiento humano, puedes ver en el día de hoy ejemplos innegables de perfección genuina y bíblica.

III. 1. Solo queda, en tercer lugar, razonar un poco con los que se oponen a esta perfección.

Permitidme ahora preguntaros: ¿Por qué os enojáis tanto con los que profesan haberla alcanzado? ¿Y por qué estáis tan furiosos (no puedo darle un nombre más suave) contra la perfección cristiana, contra el don más glorioso que Dios haya dado jamás a los hijos de los hombres sobre la tierra? Miradla desde cada uno de los puntos de vista precedentes, y ved qué contiene que sea odioso o terrible; qué hay en ella capaz de suscitar odio o temor en ninguna criatura razonable.

¿Qué objeción racional podéis tener contra el amar al Señor vuestro Dios con todo vuestro corazón? ¿Por qué habríais de sentir aversión alguna hacia ello? ¿Por qué habríais de temerlo? ¿Os haría algún daño? ¿Disminuiría vuestra felicidad, sea en este mundo o en el venidero? ¿Y por qué no habríais de querer que otros le dieran todo su corazón, o que amaran a su prójimo como a sí mismos? Más aún, «¿como Cristo nos amó?». ¿Es esto detestable? ¿Es objeto propio de odio? ¿O es la cosa más amable que hay bajo el sol? ¿Es propio para infundir terror? ¿No es más bien deseable en el más alto grado?

2. ¿Por qué sentís tanta aversión a tener en vosotros todo «el sentir que hubo en Cristo Jesús», todos los afectos, todas las disposiciones e inclinaciones que hubo en él mientras habitó entre los hombres? ¿Por qué habríais de temer esto? ¿Os iría peor si Dios obrara en vosotros en esta misma hora todo el sentir que hubo en él? Si no, ¿por qué habríais de impedir a otros buscar esta bendición, o disgustaros con los que creen haberla alcanzado? ¿Hay algo más amable? ¿Algo más deseable para todo hijo de hombre?

3. ¿Por qué sentís aversión a tener todo el «fruto del Espíritu? —«amor, gozo, paz, paciencia, mansedumbre, benignidad, fidelidad, bondad, templanza»? ¿Por qué habríais de temer que todo esto se plante en lo más íntimo de vuestra alma? Así como «contra tales cosas no hay ley», tampoco puede haber contra ellas ninguna objeción razonable. Ciertamente nada hay más deseable que el que todas estas disposiciones echen raíces profundas en vuestro corazón; más aún, en el corazón de todos los que invocan el nombre de Cristo; sí, de todos los habitantes de la tierra.

4. ¿Qué razón tenéis para temer o para sentir alguna aversión a ser «renovados conforme a la» entera «imagen del que os creó»? ¿No es esto más deseable que cualquier cosa debajo del cielo? ¿No es sumamente amable? ¿Qué podéis desear en comparación con esto, sea para vuestra propia alma, sea para aquellos por quienes sentís el afecto más fuerte y más tierno? ¿Y cuando gozáis de esto, qué queda sino ser «transformados de gloria en gloria, por el Espíritu del Señor»?

5. ¿Por qué habríais de sentir aversión a la santidad universal, que es la misma cosa con otro nombre? ¿Por qué habríais de abrigar algún prejuicio contra ella o mirarla con recelo, ya entendáis por ese término el estar interiormente conformados a toda la imagen y voluntad de Dios, ya una conducta exterior en todo punto conforme a esa conformidad? ¿Podéis concebir algo más amable que esto? ¿Algo más deseable? Dejad a un lado el prejuicio, y ciertamente desearéis verla difundida por toda la tierra.

6. ¿Es la perfección (para variar la expresión) el ser «santificados por completo en espíritu, alma y cuerpo»? ¿Qué amante de Dios y de los hombres puede sentir aversión a esto, o abrigar temores espantosos respecto de ello? ¿No es vuestro deseo, en vuestros mejores momentos, ser de una sola pieza, del todo coherentes con vosotros mismos, todo fe, todo mansedumbre y todo amor? Y suponed que una vez poseyerais esta gloriosa libertad, ¿no desearíais continuar en ella, ser guardados «irreprensibles para la venida de nuestro Señor Jesucristo»?

7. ¿Por qué causa habríais vosotros, que sois hijos de Dios, de sentir aversión o temor a presentaros a vosotros mismos, vuestras almas y vuestros cuerpos, en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, a Dios vuestro Creador, vuestro Redentor, vuestro Santificador? ¿Puede haber algo más deseable que esta entera dedicación de sí mismo a él? ¿Y no es vuestro deseo que todo el género humano se una en este «culto racional»? Ciertamente nadie puede sentir aversión a esto sin ser enemigo de todo el género humano.

8. ¿Y por qué habríais de temer, o sentir aversión, a lo que está naturalmente implícito en esto, a saber, el ofrecer todos nuestros pensamientos, y palabras, y acciones, como sacrificio espiritual a Dios, agradable a él por la sangre y la intercesión de su Hijo muy amado? Ciertamente no podéis negar que esto es bueno y provechoso para los hombres, además de agradable a Dios. ¿No deberíais, pues, orar devotamente para que tanto vosotros como todo el género humano le adoréis así en espíritu y en verdad?

9. Permitidme hacer una pregunta más. ¿Por qué habría de temer cualquier hombre de razón y de religión la salvación de todo pecado, o sentir aversión hacia ella? ¿No es el pecado el mayor mal de este lado del infierno? Y si es así, ¿no se sigue naturalmente que la entera liberación de él es una de las mayores bendiciones de este lado del cielo? ¡Con cuánto fervor, pues, debieran pedirla en oración todos los hijos de Dios! Por pecado entiendo una transgresión voluntaria de una ley conocida. ¿Sentís aversión a ser librados de esto? ¿Teméis tal liberación? ¿Amáis, pues, el pecado, que tan poco dispuestos estáis a separaros de él? Ciertamente no. No amáis ni al diablo ni sus obras. Más bien deseáis ser totalmente librados de ellos, que el pecado sea arrancado de raíz tanto de vuestra vida como de vuestro corazón.

10. He observado con frecuencia, y no sin sorpresa, que los que se oponen a la perfección son más vehementes contra ella cuando se presenta desde este punto de vista que desde cualquier otro. Admitirán todo lo que digáis del amor de Dios y de los hombres; del sentir que hubo en Cristo; del fruto del Espíritu; de la imagen de Dios; de la santidad universal; de la entera dedicación de sí mismo; de la santificación en espíritu, alma y cuerpo; sí, y del ofrecer todos nuestros pensamientos, palabras y acciones como sacrificio a Dios; todo esto lo admitirán con tal que nosotros admitamos que el pecado, un poco de pecado, permanezca en nosotros hasta la muerte.

11. Os ruego que comparéis esto con aquel notable pasaje de «La guerra santa» de John Bunyan. «Cuando Emanuel», dice él, «hubo expulsado a Diábolo y a todas sus fuerzas de la ciudad de Alma Humana, Diábolo presentó una petición a Emanuel para que se le dejara solamente una pequeña parte de la ciudad. Cuando esto le fue denegado, rogó que se le dejara solamente un pequeño rincón dentro de los muros. Pero Emanuel respondió: “Que no tendría lugar alguno; no, ni aun para asentar la planta de su pie.

¿No se había olvidado de sí mismo el buen anciano? ¿No prevaleció aquí sobre él la fuerza de la verdad hasta el punto de derribar por completo su propio sistema, de afirmar la perfección de la manera más clara? Porque si esto no es la salvación del pecado, no sé qué lo es.

12. «No», dice un gran hombre, «este es el error de los errores: lo aborrezco de corazón. Lo persigo por todo el mundo a fuego y espada». Pero ¿por qué tanta vehemencia? ¿Pensáis seriamente que no hay bajo el cielo error igual a este? Aquí hay algo que no puedo entender. ¿Por qué los que se oponen a la salvación del pecado (salvo unos pocos) son tan ardientes, casi diría furiosos? ¿Estáis luchando pro aris et focis, «por Dios y por vuestra patria»? ¿Por todo lo que tenéis en el mundo? ¿Por todo lo que os es cercano y querido? ¿Por vuestra libertad, por vuestra vida? En el nombre de Dios, ¿por qué tenéis tanto apego al pecado? ¿Qué bien os ha hecho jamás? ¿Qué bien es probable que os haga, sea en este mundo o en el venidero? ¿Y por qué sois tan violentos contra los que esperan ser librados de él? Tened paciencia con nosotros, si estamos en un error; sí, dejadnos gozar de nuestro error. Aunque no llegáramos a alcanzarla, la sola expectativa de esta liberación nos da consuelo presente; sí, y nos suministra fuerza para resistir a aquellos enemigos que esperamos vencer. Si pudierais persuadirnos a desesperar de esa victoria, abandonaríamos la contienda. Ahora bien, «en esperanza somos salvos»: de esta misma esperanza brota cierto grado de salvación. No os enojéis con los que son felices errore suo, «felices en su error». De lo contrario, sea su opinión acertada o equivocada, vuestra disposición es innegablemente pecaminosa. Soportadnos, pues, a nosotros, como nosotros os soportamos a vosotros; ¡y ved si el Señor no nos librará!, si no es capaz, sí, y está dispuesto, «a salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios». [Tunbridge Wells, 6 de diciembre de 1784]

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