Capítulo 76 · 20 min de lectura · 26 min de escucha
Sobre el cisma
Sermón 75
Sobre el cisma
«Para que no haya cisma en el cuerpo».
1 Corintios 12:25.
1. Si hay en la lengua inglesa alguna palabra tan ambigua e indeterminada en su significado como la palabra Iglesia, es otra que le es muy afín: la palabra Cisma. Ha sido objeto de innumerables disputas durante varios siglos, y se han escrito libros casi innumerables acerca de ella en todas partes del mundo cristiano. Una parte muy grande de ellos se ha publicado en nuestro país, particularmente durante el siglo pasado y el comienzo del presente; y personas del entendimiento más vigoroso y de la erudición más consumada han agotado todas sus fuerzas en la cuestión, tanto de palabra como por escrito. Esto ha parecido más necesario que nunca desde la gran separación de los reformados respecto de la Iglesia romana. Es una acusación que los miembros de esa Iglesia nunca dejan de lanzar contra todos los que se separan de ella; y que, por consiguiente, ha ocupado el pensamiento y la pluma de los polemistas más capaces de ambos lados. Y los de cada lado, generalmente, al salir al campo, se han tenido por seguros de la victoria, suponiendo que la fuerza de sus argumentos era tan grande que resultaba imposible que hombres razonables les resistieran.
2. Pero es de notar que todas estas controversias han hecho poquísimo bien. Muy pocos de los polemistas más ardientes y más capaces han logrado convencer a sus oponentes. Después de todo cuanto pudo decirse, los papistas siguen siendo papistas, y los protestantes, protestantes. Y el mismo resultado han tenido los que tan vehementemente han disputado acerca de la separación de la Iglesia de Inglaterra. A los que se separaron de ella se les acusó con ardor de cisma; ellos negaron la acusación con igual ardor; y apenas hubo quien lograra convencer a sus oponentes, ni de un lado ni del otro.
3. Una gran razón por la cual esta controversia ha sido tan infructuosa, por la cual tan pocos de uno u otro lado se han convencido, es esta: rara vez se pusieron de acuerdo sobre el significado de la palabra acerca de la cual disputaban; y si no fijaban el significado de esta, si no definían el término antes de empezar a disputar sobre él, podían continuar la disputa hasta el fin de sus días sin avanzar un solo paso, sin acercarse un ápice el uno al otro más que cuando empezaron.
4. Sin embargo, debe de ser un punto de considerable importancia, pues de lo contrario san Pablo no habría hablado de él con tanta seriedad. Es, por tanto, muy necesario que consideremos
I. La naturaleza, y
II. El mal del cisma.
I. 1. Es tanto más necesario hacerlo cuanto que, entre los innumerables libros que se han escrito sobre el tema, tanto por los romanistas como por los protestantes, es difícil hallar alguno que lo defina de manera bíblica. Todo el conjunto de los católicos romanos define el cisma como una separación de la Iglesia de Roma; y casi todos nuestros propios escritores lo definen como una separación de la Iglesia de Inglaterra. Así, tanto los unos como los otros parten mal, y tropiezan en el mismo umbral. Esto se verá fácilmente por cualquiera que considere con calma los diversos textos en que aparece la palabra «cisma»: por el tenor completo de ellos es manifiesto que no se trata de una separación de una Iglesia (sea general o particular, sea la Iglesia católica o alguna Iglesia nacional), sino de una separación en una Iglesia.
2. Comencemos por el primer versículo en que san Pablo usa la palabra. Es el versículo décimo del primer capítulo de su Primera Epístola a los Corintios. Las palabras son: «Os ruego, hermanos, por el nombre del Señor Jesús, que habléis todos una misma cosa, y que no haya cismas» (la palabra original es schismata) «entre vosotros». ¿Puede haber algo más claro que el hecho de que los cismas de que aquí se habla no eran separaciones de la Iglesia de Corinto, sino divisiones en ella? En consecuencia, sigue diciendo: «Antes estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer». Veis aquí que la unión de mente y de parecer era lo directamente opuesto al cisma corintio. Este, por consiguiente, no era una separación de la Iglesia o sociedad cristiana de Corinto, sino una separación en la Iglesia; una desunión de mente y de parecer (quizá también de afecto) entre quienes, a pesar de ello, continuaban exteriormente unidos como antes.
3. De qué naturaleza era este cisma de Corinto lo determinan aún más claramente (si algo puede ser más claro) las palabras que siguen inmediatamente: «Quiero decir», este es el cisma de que hablo: estáis divididos en partidos distintos, hablando unos de vosotros en favor de un predicador y otros en favor de otro, «que cada uno de vosotros dice» (versículo 12): «Yo soy de Pablo, y yo de Apolos, y yo de Cefas», o Pedro. ¿Quién no ve, entonces, que el cisma por el cual el Apóstol reprende aquí a los corintios no es ni más ni menos que la división en varios partidos, según daban la preferencia a uno u otro predicador? Y contra esta especie de cisma habrá ocasión de precaverse en toda comunidad religiosa.
4. El segundo lugar en que el Apóstol usa esta palabra es el versículo dieciocho del capítulo undécimo de esta Epístola: «Cuando os juntáis en la iglesia», la congregación cristiana, «oigo que hay disensiones» (la palabra original es también aquí schismata, cismas) «entre vosotros». Pero ¿qué eran estos cismas? El Apóstol os lo dice en seguida (versículo 20): «Cuando os juntáis», declarando que vuestro propósito es «comer la cena del Señor, cada uno de vosotros toma antes que otro su propia cena», como si se tratara de una comida común. ¿Cuál era, pues, el cisma? Parece que, al hacer esto, se dividían en pequeños partidos que alimentaban la ira y el resentimiento unos contra otros, aun en aquella ocasión solemne.
5. ¿No puede observarse (para hacer aquí una pequeña digresión en beneficio de los que se ven turbados por escrúpulos innecesarios sobre este punto) que el pecado que el Apóstol imputa en este capítulo a los comulgantes de Corinto suele entenderse del todo mal? Era precisamente esto, y ninguna otra cosa: «el tomar cada uno antes que otro su propia cena», y de una manera tan escandalosa que, mientras «el uno tenía hambre, el otro estaba embriagado». Al hacer esto, dice él, «coméis y bebéis» (no «condenación», vil mala traducción de la palabra, sino) juicio, juicio temporal, «para vosotros mismos», lo cual a veces acortaba sus vidas. «Por lo cual», por pecar de esta vil manera, «hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros». Observad aquí dos cosas. Primera: ¿cuál era el pecado de los corintios? Notadlo bien y recordadlo. Era tomar cada uno antes que otro su propia cena, de modo que el uno tenía hambre, y el otro estaba embriagado. Segunda: ¿cuál era el castigo? Era la debilidad y la enfermedad corporal, que, sin arrepentimiento, podía terminar en la muerte. Pero ¿qué tiene esto que ver con vosotros? Vosotros no podéis cometer su pecado; por tanto, no podéis incurrir en su castigo.
6. Pero volvamos. Merece notarse seriamente que en este capítulo el Apóstol usa la palabra «herejías» como exactamente equivalente a la palabra «cismas». «Oigo», dice él (versículo 18), «que hay entre vosotros cismas; y en parte lo creo». Luego añade (versículo 19): «Porque preciso es que haya herejías» (otra palabra para lo mismo) «entre vosotros, para que los que son probados se manifiesten entre vosotros». Como si dijera: «La sabiduría de Dios permite que así sea con este fin: para la clara manifestación de aquellos cuyo corazón es recto para con él». Esta palabra, pues (herejía), que ha sido tan extrañamente torcida durante muchos siglos, como si significara opiniones erróneas, opiniones contrarias a la fe dada a los santos, y que se ha tomado como pretexto para destruir ciudades, despoblar países y derramar mares de sangre inocente, no tiene la menor referencia a opiniones, sean rectas o equivocadas. Significa sencillamente, dondequiera que aparece en la Escritura, divisiones o partidos en una comunidad religiosa.
7. El tercero y único lugar restante de esta Epístola en que el Apóstol usa esta palabra es el versículo veinticinco del capítulo duodécimo, donde, hablando de la Iglesia (parece referirse a la Iglesia universal, a todo el cuerpo de Cristo), observa: «Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba, para que no haya cisma en el cuerpo» (versículos 24, 25). Inmediatamente fija él mismo el sentido de sus palabras: «Sino que los miembros se interesen los unos por los otros; y si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se gozan con él. Podemos observar fácilmente que la palabra Cisma significa aquí la falta de este tierno cuidado de unos por otros. Significa sin duda una enajenación del afecto en algunos de ellos hacia sus hermanos; una división del corazón, y los partidos que de ella brotan, aunque siguieran todavía unidos exteriormente; aunque continuaran siendo miembros de la misma sociedad externa.
8. Pero parece haber una objeción considerable contra la suposición de que herejía y cisma signifiquen lo mismo. Se dice que san Pedro, en el segundo capítulo de su Segunda Epístola, toma la palabra Herejías en un sentido muy diferente. Sus palabras son (versículo 1): «Habrá entre vosotros falsos doctores, que introducirán herejías de perdición», o destructivas, «y negarán al Señor que los rescató». No parece en modo alguno que san Pedro tome aquí la palabra Herejías en otro sentido que san Pablo. Aun en este pasaje no parece tener referencia alguna a opiniones, buenas o malas. Significa más bien que «introducirán», u ocasionarán, partidos o sectas destructivas (así se traduce en la versión francesa común), que «niegan al Señor que los rescató». Tales sectas pululan ahora por todo el mundo cristiano.
9. Agradeceré a cualquiera que me señale algún otro lugar de los escritos inspirados en que se halle esta palabra «Cisma». Yo solo recuerdo estos tres. Y es evidente para todo lector imparcial que en ninguno de ellos significa una separación de una Iglesia o cuerpo de cristianos, con causa o sin ella. De manera que los inmensos esfuerzos que tanto papistas como protestantes han hecho escribiendo volúmenes enteros contra el Cisma, entendido como separación, ya de la Iglesia de Roma, ya de la Iglesia de Inglaterra, empleando todas sus fuerzas y aportando toda su erudición, han servido para bien poco. Han estado peleando con sombras que ellos mismos levantaron; combatiendo violentamente un pecado que no tenía existencia sino en su propia imaginación; que ni una sola vez se prohíbe, no, ni una sola vez se menciona, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento.
10. «Pero ¿no hay ningún pecado semejante a lo que tantos escritores doctos y piadosos han llamado Cisma, y contra el cual todos los miembros de las comunidades religiosas necesitan precaverse cuidadosamente? No dudo de que lo hay; y no sé si también este no podría, en un sentido remoto, llamarse Cisma: me refiero a «una separación sin causa de un cuerpo de cristianos vivos. No hay absurdo alguno en tomar la palabra en este sentido, aunque no sea estrictamente bíblico. Y es cierto que todos los miembros de las comunidades cristianas deben precaverse cuidadosamente contra ello. Porque, por pequeña que parezca la cosa y por inocente que se la tenga, el cisma, aun en este sentido, es malo en sí mismo y produce malas consecuencias.
11. Es malo en sí mismo. Separarnos de un cuerpo de cristianos vivos con los que antes estábamos unidos es una grave violación de la ley del amor. Es propio de la naturaleza del amor unirnos; y cuanto mayor es el amor, más estrecha es la unión. Y mientras este se mantiene en su fuerza, nada puede dividir a los que el amor ha unido. Solo cuando nuestro amor se enfría podemos pensar en separarnos de nuestros hermanos. Y este es, ciertamente, el caso de todos los que voluntariamente se separan de sus hermanos cristianos. Los pretextos para la separación pueden ser innumerables, pero la falta de amor es siempre la causa real; de otro modo seguirían guardando la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Es, por tanto, contraria a todos aquellos mandamientos de Dios en que se ordena el amor fraternal: al de san Pablo, «Permanezca el amor fraternal»; al de san Juan, «Hijitos amados, amaos unos a otros»; y especialmente al de nuestro bendito Maestro: «Este es mi mandamiento: Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado». Más aún: «En esto», dice él, «conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros».
12. Y así como tal separación es mala en sí misma, por ser una violación del amor fraternal, así también produce malos frutos; por su naturaleza acarrea las consecuencias más perniciosas. Abre la puerta a todas las disposiciones carentes de bondad, tanto en nosotros mismos como en los demás. Conduce directamente a todo un séquito de malas sospechas, a juicios severos y faltos de caridad de unos sobre otros. Da ocasión a la ofensa, a la ira y al resentimiento, quizá en nosotros mismos tanto como en nuestros hermanos; lo cual, si no se ataja en seguida, puede acabar en amargura, malicia y odio arraigado, creando un infierno presente dondequiera que se hallen, como preludio del infierno eterno.
13. Pero las malas consecuencias aun de esta especie de cisma no terminan en el corazón. Las malas disposiciones no pueden permanecer mucho tiempo dentro sin producir fruto exterior. De la abundancia del corazón habla la boca. Así como aquel cuyo corazón está lleno de amor abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en sus labios, así aquel cuyo corazón está lleno de prejuicio, ira, sospecha o cualquier disposición carente de bondad, abrirá sin duda su boca de un modo que corresponda a la disposición de su mente. Y de aquí surgirán, si no la mentira y la calumnia (que, sin embargo, difícilmente se evitarán), palabras amargas, chismes, murmuraciones y maledicencia de toda clase.
14. De las malas palabras, de los chismes, las murmuraciones y la maledicencia, ¡cuántas malas obras fluirán naturalmente! La ira, los celos, la envidia, las disposiciones torcidas de toda clase no se desahogan meramente en palabras, sino que empujan continuamente a los hombres a toda clase de acciones impías e injustas. De esta fuente puede esperarse que brote una abundante cosecha de todas las obras de las tinieblas; por las cuales, al final, miles de almas, y no pocas de las que una vez anduvieron en la luz del rostro de Dios, pueden ser desviadas del camino de la paz y finalmente sumergidas en la perdición eterna.
15. Bien pudo decir nuestro bendito Señor: «¡Ay del mundo por los escándalos!». Sin embargo, «necesario es que vengan escándalos». Más aún, han de surgir necesariamente en abundancia cuando se produce una ruptura de esta clase en cualquier comunidad religiosa; mientras los que la dejan procuran justificarse censurando a aquellos de quienes se separan, y estos, por su parte, les devuelven la acusación y se esfuerzan por echarles la culpa. ¡Pero cuán poderosamente contrista todo este altercado al Espíritu Santo de Dios! ¡Cómo estorba sus suaves y apacibles operaciones en las almas de unos y otros! Herejías y cismas (en el sentido bíblico de esas palabras) serán, tarde o temprano, la consecuencia; se formarán partidos de uno y otro lado, por los cuales el amor de muchos se enfriará. El hambre y la sed de justicia, ya del favor, ya de la imagen plena de Dios, junto con los ardientes deseos de que tantos estaban llenos de promover la obra de Dios en las almas de sus hermanos, languidecerán y, a medida que aumenten los escándalos, irán muriendo poco a poco. Y a medida que se marchite «el fruto del Espíritu», volverán a prevalecer «las obras de la carne», para completa destrucción, primero del poder y luego de la misma forma de la religión. Estas consecuencias no son imaginarias, no se fundan en meras conjeturas, sino en hechos patentes. Este ha sido el caso una y otra vez en estos últimos treinta o cuarenta años: estos son los frutos que hemos visto, repetidamente, seguir a tal separación.
16. ¡Y qué grave piedra de tropiezo deben de ser estas cosas para los que están fuera, para los que son extraños a la religión, que no tienen ni la forma ni el poder de la piedad! ¡Cómo triunfarán sobre estos cristianos antes eminentes! ¡Con qué atrevimiento preguntarán: «¿En qué son ellos mejores que nosotros?»! ¡Cómo endurecerán más y más su corazón contra la verdad, y se bendecirán en su maldad, de la cual quizá los habría rescatado el ejemplo de los cristianos, si estos hubieran continuado irreprensibles en su conducta! Tal es el complicado daño que las personas que se separan de una Iglesia o sociedad cristiana hacen, no solo a sí mismas, sino a toda esa sociedad y al mundo entero en general.
17. Pero quizá tales personas digan: «No lo hicimos voluntariamente; nos vimos obligados a separarnos de esa sociedad porque no podíamos continuar en ella con la conciencia limpia; no podíamos continuar sin pecado. No se me permitía continuar en ella sin quebrantar un mandamiento de Dios». Si tal era el caso, no se os podía culpar por separaros de esa sociedad. Suponed, por ejemplo, que fuerais miembros de la Iglesia de Roma y no pudierais permanecer en ella sin cometer idolatría, sin adorar ídolos, ya imágenes, ya santos y ángeles; entonces sería vuestro deber ineludible dejar esa comunidad, separaros totalmente de ella. Suponed que no pudierais permanecer en la Iglesia de Inglaterra sin hacer algo que la palabra de Dios prohíbe, u omitir algo que la palabra de Dios manda expresamente; si tal fuera el caso (pero, bendito sea Dios, no lo es), deberíais separaros de la Iglesia de Inglaterra. Haré mío el caso: soy ahora, y lo he sido desde mi juventud, miembro y ministro de la Iglesia de Inglaterra; y no tengo deseo ni propósito alguno de separarme de ella hasta que mi alma se separe de mi cuerpo. Sin embargo, si no se me permitiera permanecer en ella sin omitir lo que Dios me exige hacer, entonces sería digno y justo, y mi deber ineludible, separarme de ella sin demora. Para ser más concreto: sé que Dios me ha encomendado una dispensación del evangelio; sí, y mi propia salvación depende de predicarlo: «¡Ay de mí si no anunciare el evangelio!». Si, pues, no pudiera permanecer en la Iglesia sin omitir esto, sin desistir de predicar el evangelio, me vería en la necesidad de separarme de ella, o de perder mi propia alma. De igual manera, si no pudiera continuar unido a alguna sociedad, Iglesia o cuerpo de cristianos más pequeño sin cometer pecado, sin mentira e hipocresía, sin predicar a otros doctrinas que yo mismo no creyera, me vería en la necesidad absoluta de separarme de esa sociedad. Y en todos estos casos el pecado de la separación, con todos los males consiguientes, no recaería sobre ella, no recaería sobre mí, sino sobre aquellos que me obligaron a hacer esa separación al exigirme condiciones de comunión que yo no podía aceptar en conciencia. Pero, dejando aparte este caso, suponed que la Iglesia o sociedad a la que ahora estoy unido no me exige hacer nada que la Escritura prohíba, ni omitir nada que la Escritura ordene: entonces es mi deber indispensable continuar en ella. Y si me separo de ella sin tal necesidad, soy justamente responsable (los haya previsto o no) de todos los males consiguientes a esa separación.
18. He hablado con tanto mayor claridad sobre este punto porque se entiende tan poco; porque tantos de los que profesan mucha religión, sí, y realmente gozan de cierta medida de ella, no tienen la menor idea de este asunto, ni se imaginan que tal separación sea pecado alguno. Dejan una sociedad cristiana con tan poca preocupación como pasan de una habitación a otra. Dan ocasión a todo este complicado daño, ¡y se limpian la boca y dicen que no han hecho ningún mal! Mientras que son justamente responsables, ante Dios y ante los hombres, tanto de una acción que es mala en sí misma como de todas las malas consecuencias que cabe esperar que sigan, para sí mismos, para sus hermanos y para el mundo.
19. Os ruego, por tanto, hermanos míos, a todos los que teméis a Dios y deseáis agradarle, a todos los que queréis tener una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres, que no penséis tan a la ligera en este asunto, sino que lo consideréis con calma. No rompáis temerariamente los sagrados lazos que os unen a cualquier sociedad cristiana. Esto, ciertamente, no es de tanta importancia para ti, que eres solo un cristiano nominal. Porque no estás ahora unido vitalmente a ninguno de los miembros de Cristo. Aunque te llamas cristiano, no eres realmente miembro de ninguna Iglesia cristiana. Pero si eres un miembro vivo, si vives la vida que está escondida con Cristo en Dios, entonces ten cuidado de no desgarrar el cuerpo de Cristo separándote de tus hermanos. Es una cosa mala en sí misma. Es un grave mal en sus consecuencias. ¡Oh, ten piedad de ti mismo! Ten piedad de tus hermanos. ¡Ten piedad aun del mundo de los impíos! No pongas más piedras de tropiezo en el camino de aquellos por quienes Cristo murió.
20. Pero si temes, y no sin razón, el cisma impropiamente llamado así, ¡cuánto más lo temerás, si tu conciencia es sensible, en el sentido propio y bíblico! ¡Oh, guárdate, no diré de formar, sino de favorecer o fomentar cualesquiera partidos en una sociedad cristiana! Nunca alientes, y mucho menos causes, ni de palabra ni de obra, división alguna en ella. Por la naturaleza de las cosas, «preciso es que haya herejías», divisiones, «entre vosotros»; pero consérvate puro. Deja la contienda antes que se enrede; evita el comienzo mismo de la discordia. No te mezcles con los que son dados a disputar, con los que aman la contienda. Nunca he visto fallar aquella observación: «El que ama disputar no ama a Dios». Sigue la paz con todos, sin la cual no puedes seguir eficazmente la santidad. No solo «busca la paz», sino «síguela»; si parece huir de ti, persíguela no obstante. «No seas vencido de lo malo; mas vence con el bien el mal».
21. Bienaventurado el que alcanza el carácter de pacificador en la Iglesia de Dios. ¿Por qué no habrías de esforzarte tú por alcanzarlo? No te contentes con no suscitar discordia, sino haz cuanto está en ti para prevenir o apagar su primerísima chispa. En verdad, es mucho más fácil impedir que estalle la llama que apagarla después. No obstante, no temas intentar aun esto: el Dios de paz está de tu parte. Él te dará palabras aceptables y las hará llegar al corazón de los oyentes. Noli diffidere: Noli discedere, dice un hombre piadoso: Fac quod in te est; et Deus aderit bonce tuce voluntuti: «No desconfíes de aquel que tiene todo el poder, que tiene en su mano el corazón de todos los hombres. Haz lo que está en ti, y Dios estará presente y llevará tus buenos deseos a buen efecto». Nunca te canses de hacer el bien. A su tiempo segarás, si no desmayas.
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