Capítulo 75 · 19 min de lectura · 25 min de escucha
De la Iglesia
Sermón 74
De la Iglesia
«Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, soportándoos los unos a los otros en amor; procurando con solicitud guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Hay un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos vosotros».
Efesios 4:1–6.
1. ¡Cuánto oímos hablar, casi continuamente, de la Iglesia! Para muchos es asunto de conversación diaria. ¡Y, sin embargo, cuán pocos entienden aquello de que hablan! ¡Cuán pocos saben lo que significa el término! Apenas puede hallarse en la lengua inglesa una palabra más ambigua que esta, la Iglesia. A veces se toma por un edificio apartado para el culto público; a veces por una congregación, o cuerpo de personas, unidas en el servicio de Dios. Solo en este último sentido se toma en el discurso que sigue.
2. Puede tomarse indistintamente por cualquier número de personas, por pequeño o grande que sea. Así como «donde están dos o tres congregados en su nombre», allí está Cristo, así (para hablar con san Cipriano) «donde están reunidos dos o tres creyentes, allí hay una Iglesia». Así es como san Pablo, escribiendo a Filemón, menciona «la Iglesia que está en su casa», dando a entender claramente que aun una familia cristiana puede llamarse una Iglesia.
3. Varios de aquellos a quienes Dios ha llamado fuera del mundo (pues eso es lo que significa propiamente la palabra original), uniéndose en una sola congregación, formaban una Iglesia mayor; como la Iglesia de Jerusalén, es decir, todos aquellos en Jerusalén a quienes Dios había llamado de ese modo. Pero, considerando cuán rápidamente se multiplicaron estos después del día de Pentecostés, no puede suponerse que pudieran seguir reuniéndose en un solo lugar; sobre todo porque entonces no tenían ningún lugar grande, ni se les habría permitido edificarlo. En consecuencia, aun en Jerusalén tuvieron que dividirse en varias congregaciones distintas. Del mismo modo, cuando san Pablo, varios años después, escribió a la Iglesia de Roma (dirigiendo su carta «a todos los que estáis en Roma, llamados a ser santos»), no puede suponerse que tuvieran un solo edificio capaz de contenerlos a todos; sino que estaban divididos en varias congregaciones, que se reunían en diversas partes de la ciudad.
4. La primera vez que el Apóstol usa la palabra Iglesia es en el prefacio de la primera epístola a los Corintios: «Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo, a la Iglesia de Dios que está en Corinto». El sentido de esta expresión queda fijado por las palabras siguientes: «a los santificados en Cristo Jesús, con todos los que en cualquier lugar» (no solo en Corinto; de modo que era una especie de carta circular) «invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro». En el encabezamiento de su segunda carta a los Corintios habla aún más explícitamente: «A la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya». Aquí incluye claramente todas las Iglesias, o congregaciones cristianas, que había en toda la provincia.
5. Con frecuencia usa la palabra en número plural. Así, en Gálatas 1:2: «Pablo, apóstol, ... a las Iglesias de Galacia»; es decir, las congregaciones cristianas esparcidas por aquella región. En todos estos lugares (y podrían citarse muchísimos más) la palabra Iglesia o Iglesias significa, no los edificios donde se reunían los cristianos (como significa a menudo en la lengua inglesa), sino las personas que solían reunirse allí, una o más congregaciones cristianas. Pero a veces la palabra Iglesia se toma en la Escritura en un sentido aún más amplio, que incluye todas las congregaciones cristianas que hay sobre la faz de la tierra. Y en este sentido la entendemos en nuestra liturgia cuando decimos: «Oremos por todo el estado de la Iglesia de Cristo militante aquí en la tierra». En este sentido la toma indudablemente san Pablo en su exhortación a los ancianos de Éfeso (Hechos 20:28): «Mirad por la Iglesia de Dios, la cual él ganó por su propia sangre». La Iglesia significa aquí, sin duda, la Iglesia católica o universal; es decir, todos los cristianos que hay debajo del cielo.
6. Quiénes son propiamente «la Iglesia de Dios» lo muestra extensamente el Apóstol, y de la manera más clara y decisiva, en el pasaje citado arriba; en el cual instruye asimismo a todos los miembros de la Iglesia sobre cómo «andar como es digno de la vocación con que fueron llamados».
7. Consideremos, en primer lugar: ¿quiénes son propiamente la Iglesia de Dios? ¿Cuál es el verdadero sentido de ese término? «La Iglesia de Éfeso», como el Apóstol mismo lo explica, significa «los santos», las personas santas, «que están en Éfeso», y que allí se reúnen para adorar a Dios el Padre y a su Hijo Jesucristo, ya lo hicieran en un solo lugar o (como podemos suponer con probabilidad) en varios. Pero es la Iglesia en general, la Iglesia católica o universal, la que el Apóstol considera aquí como un solo cuerpo: comprendiendo no solo a los cristianos de la casa de Filemón, o de una sola familia; no solo a los cristianos de una congregación, de una ciudad, de una provincia o nación, sino a todas las personas sobre la faz de la tierra que responden al carácter aquí descrito. Los diversos particulares que contiene podemos considerarlos ahora más distintamente.
8. «Hay un Espíritu» que anima a todos estos, a todos los miembros vivos de la Iglesia de Dios. Algunos entienden por esto al Espíritu Santo mismo, la Fuente de toda vida espiritual; y es cierto que «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él». Otros lo entienden de aquellos dones espirituales y santas disposiciones que se mencionan después.
9. «Hay», en todos los que han recibido este Espíritu, «una esperanza»; una esperanza llena de inmortalidad. Saben que morir no es perderse: su mirada se extiende más allá del sepulcro. Pueden decir con alegría: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse».
10. «Hay un Señor», que ahora tiene dominio sobre ellos, que ha establecido su reino en sus corazones y reina sobre todos los que participan de esta esperanza. Obedecerle, correr por el camino de sus mandamientos, es su gloria y su gozo. Y mientras hacen esto de buena voluntad, por así decirlo, están «sentados en los lugares celestiales con Cristo Jesús».
11. «Hay una fe», que es don gratuito de Dios y es el fundamento de su esperanza. No es meramente la fe de un pagano; a saber, creer que «Dios existe», y que es bondadoso y justo, y, por consiguiente, «galardonador de los que le buscan con diligencia». Tampoco es meramente la fe de un demonio, aunque esta va mucho más lejos que la anterior. Porque el diablo cree, y no puede menos que creer, que todo lo que está escrito tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento es verdad. Sino que es la fe de santo Tomás, que le enseña a decir con santa osadía: «¡Señor mío, y Dios mío!». Es la fe que capacita a todo verdadero creyente cristiano para testificar con san Pablo: «Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí».
12. «Hay un bautismo», que es la señal exterior que nuestro único Señor ha tenido a bien instituir de toda aquella gracia interior y espiritual que continuamente está concediendo a su Iglesia. Es asimismo un medio precioso por el cual esta fe y esta esperanza se dan a los que le buscan con diligencia. Algunos, en verdad, se han inclinado a interpretar esto en sentido figurado, como si se refiriera a aquel bautismo del Espíritu Santo que los apóstoles recibieron el día de Pentecostés, y que, en un grado menor, se da a todos los creyentes. Pero es regla establecida en la interpretación de la Escritura no apartarse nunca del sentido llano y literal, a menos que implique un absurdo. Y, además, si así lo entendiéramos, sería una repetición innecesaria, pues estaría incluido en «Hay un Espíritu».
13. «Hay un Dios y Padre de todos» los que tienen el Espíritu de adopción, el cual «clama en sus corazones: ¡Abba, Padre!»; el cual «da testimonio» continuamente «a su espíritu» de que son hijos de Dios: «el cual es sobre todos» —el Altísimo, el Creador, el Sustentador, el Gobernador de todo el universo—, «y por todos» —penetrando todo el espacio, llenando el cielo y la tierra:
Totam
Mens agitans molem, et magno se corpore miscens: —
[La siguiente es la traducción que Wharton hizo de esta cita de Virgilio: —
«El alma universal
vive en las partes y agita el todo». — Ed.]
«y en todos vosotros» —viviendo de un modo particular en vosotros, que sois un cuerpo, por un espíritu:
haciendo de vuestras almas su amada morada,
los templos donde Dios habita.
14. He aquí, pues, una respuesta clara e irrecusable a aquella pregunta: «¿Qué es la Iglesia?». La Iglesia católica o universal son todas las personas del universo a quienes Dios ha llamado fuera del mundo de tal manera que les corresponda el carácter que acabamos de describir: ser «un cuerpo», unido por «un espíritu»; tener «una fe, una esperanza, un bautismo; un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos ellos».
15. Aquella parte de este gran cuerpo, de la Iglesia universal, que habita en un reino o nación cualquiera, podemos llamarla con propiedad una Iglesia nacional; como la Iglesia de Francia, la Iglesia de Inglaterra, la Iglesia de Escocia. Una parte más pequeña de la Iglesia universal son los cristianos que habitan en una ciudad o en un pueblo; como la Iglesia de Éfeso y las demás de las siete Iglesias mencionadas en el Apocalipsis. Dos o tres creyentes cristianos unidos son una Iglesia en el sentido más estricto de la palabra. Tal era la Iglesia que estaba en casa de Filemón, y la que estaba en casa de Ninfas, mencionada en Colosenses 4:15. Una Iglesia particular puede, pues, constar de cualquier número de miembros, sean dos o tres, o dos o tres millones. Pero, sea mayor o menor, ha de conservarse siempre la misma idea. Son un cuerpo, y tienen un Espíritu, un Señor, una esperanza, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos.
16. Esta descripción concuerda exactamente con el Artículo decimonoveno de nuestra Iglesia, la Iglesia de Inglaterra (solo que el Artículo incluye un poco más de lo que el Apóstol ha expresado):
«DE LA IGLESIA.
«La Iglesia visible de Cristo es una congregación de hombres fieles, en la cual se predica la pura palabra de Dios y se administran debidamente los sacramentos».
Puede observarse que, al mismo tiempo que se compilaron y publicaron nuestros treinta y nueve Artículos, se publicó por la misma autoridad una traducción latina de ellos. En esta las palabras eran coetus credentium, «una congregación de creyentes»; lo cual muestra claramente que por hombres fieles los compiladores entendían hombres dotados de fe viva. Esto acerca aún más el Artículo a la descripción que da el Apóstol.
Pero puede dudarse si el Artículo habla de una Iglesia particular o de la Iglesia universal. El título, «De la Iglesia», parece referirse a la Iglesia católica; pero la segunda cláusula del Artículo menciona las Iglesias particulares de Jerusalén, Antioquía, Alejandría y Roma. Quizá se quiso abarcar ambas; definir la Iglesia universal de tal modo que se tuvieran a la vista las diversas Iglesias particulares de que se compone.
17. Consideradas estas cosas, es fácil responder a aquella pregunta: «¿Qué es la Iglesia de Inglaterra?». Es aquella parte, aquellos miembros de la Iglesia universal que son habitantes de Inglaterra. La Iglesia de Inglaterra es aquel cuerpo de hombres en Inglaterra en quienes «hay un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe»; que tienen «un bautismo» y «un Dios y Padre de todos». Esto, y solo esto, es la Iglesia de Inglaterra, según la doctrina del Apóstol.
18. Pero la definición de una Iglesia que se establece en el Artículo incluye no solo esto, sino mucho más, por aquella notable añadidura: «en la cual se predica la pura palabra de Dios y se administran debidamente los sacramentos». Según esta definición, aquellas congregaciones en las que no se predica la pura palabra de Dios (expresión fuerte) no son parte ni de la Iglesia de Inglaterra ni de la Iglesia católica; como tampoco lo son aquellas en que los sacramentos no se administran debidamente.
19. No me comprometeré a defender la exactitud de esta definición. No me atrevo a excluir de la Iglesia católica a todas aquellas congregaciones en las que a veces, y aun con frecuencia, se predican algunas doctrinas no bíblicas, de las cuales no puede afirmarse que sean «la pura palabra de Dios»; ni a todas aquellas congregaciones en las que los sacramentos no se «administran debidamente». Ciertamente, si así fuera, la Iglesia de Roma no sería siquiera una parte de la Iglesia católica, puesto que en ella ni se predica «la pura palabra de Dios» ni se «administran debidamente» los sacramentos. Quienesquiera que sean los que tienen «un Espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un Dios y Padre de todos», puedo soportar fácilmente que sostengan opiniones erróneas, y aun modos supersticiosos de culto; ni por estas razones tendría reparo en seguir incluyéndolos dentro del ámbito de la Iglesia católica; ni tendría objeción alguna en recibirlos, si lo desearan, como miembros de la Iglesia de Inglaterra.
II. 20. Pasamos ahora al segundo punto. ¿Qué es «andar como es digno de la vocación con que fuimos llamados»?
Debe recordarse siempre que la palabra andar, en el lenguaje del Apóstol, es de un significado muy amplio. Incluye todos nuestros movimientos interiores y exteriores; todos nuestros pensamientos, palabras y acciones. Abarca no solo todo lo que hacemos, sino todo lo que hablamos o pensamos. No es, pues, cosa pequeña «andar», en este sentido de la palabra, «como es digno de la vocación con que fuimos llamados»; pensar, hablar y obrar en todo caso de una manera digna de nuestro llamamiento cristiano.
21. Somos llamados a andar, en primer lugar, «con toda humildad»: a que haya en nosotros aquel sentir que hubo también en Cristo Jesús; a no tener más alto concepto de nosotros mismos que el que debemos tener; a ser pequeños, pobres, bajos y viles a nuestros propios ojos; a conocernos tal como somos conocidos por Aquel para quien todos los corazones están abiertos; a estar profundamente conscientes de nuestra propia indignidad, de la depravación universal de nuestra naturaleza (en la cual no mora el bien), inclinada a todo mal, contraria a todo bien; tanto que no solo estamos enfermos, sino muertos en delitos y pecados, hasta que Dios sopla sobre los huesos secos y crea vida por el fruto de sus labios. Y supongamos que esto se ha hecho; supongamos que él nos ha vivificado ya, infundiendo vida en nuestras almas muertas: ¡cuánto queda todavía de la mente carnal! ¡Cuán inclinado está aún nuestro corazón a apartarse del Dios vivo! ¡Qué tendencia al pecado queda en nuestro corazón, aunque sabemos que nuestros pecados pasados están perdonados! ¡Y cuánto pecado, a pesar de todos nuestros esfuerzos, se adhiere tanto a nuestras palabras como a nuestras acciones! ¿Quién puede ser debidamente consciente de cuánto queda en él de su enemistad natural contra Dios, o de cuán ajeno está todavía de Dios por la ignorancia que hay en él?
22. Sí, supongamos que Dios ha limpiado ya enteramente nuestro corazón y ha disipado los últimos restos del pecado; aun así, ¿cómo podemos ser bastante conscientes de nuestra propia impotencia, de nuestra completa incapacidad para todo bien, a menos que seamos investidos cada hora, sí, cada momento, de poder de lo alto? ¿Quién es capaz de pensar un solo buen pensamiento, o de formar un solo buen deseo, si no es por aquel poder todopoderoso que obra en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad? Aun en este estado de gracia tenemos necesidad de estar penetrados entera y continuamente del sentido de esto. De lo contrario, estaremos en perpetuo peligro de robar a Dios su honra, gloriándonos de algo que hemos recibido como si no lo hubiéramos recibido.
23. Cuando lo más íntimo de nuestra alma está enteramente teñido de esto, resta que nos «revistamos de humildad». La palabra que usa san Pedro parece implicar que seamos cubiertos de ella como de un sobretodo; que seamos todo humildad, por dentro y por fuera, de modo que tiña todo lo que pensamos, hablamos y hacemos. Broten todas nuestras acciones de esta fuente; respiren todas nuestras palabras este espíritu; para que todos los hombres sepan que hemos estado con Jesús y hemos aprendido de él a ser humildes de corazón.
24. Y enseñados por Aquel que era manso así como humilde de corazón, seremos entonces capacitados para «andar con toda mansedumbre»; enseñados por Aquel que enseña como nunca hombre alguno enseñó, a ser mansos así como humildes de corazón. Esto implica un dominio no solo sobre la ira, sino sobre todas las pasiones violentas y turbulentas. Implica tener todas nuestras pasiones en la debida proporción; ninguna de ellas demasiado fuerte ni demasiado débil, sino todas debidamente equilibradas entre sí; todas subordinadas a la razón, y la razón dirigida por el Espíritu de Dios. Que esta ecuanimidad gobierne vuestras almas enteras, para que todos vuestros pensamientos fluyan en una corriente pareja, y el tenor uniforme de vuestras palabras y acciones les corresponda. En esta «paciencia» entonces «poseeréis vuestras almas», que no son nuestras mientras somos zarandeados por pasiones desordenadas. Y por esto todos los hombres podrán saber que somos en verdad seguidores del manso y humilde Jesús.
25. Andad con toda «longanimidad». Esta está estrechamente emparentada con la mansedumbre, pero implica algo más. Lleva adelante la victoria ya ganada sobre todas vuestras pasiones turbulentas, a pesar de todos los poderes de las tinieblas, de todos los asaltos de hombres malos o de espíritus malos. Triunfa pacientemente sobre toda oposición, y permanece inconmovible aunque todas sus olas y tempestades pasen sobre vosotros. Aunque sea provocada una y otra vez, sigue siendo la misma, tranquila e inquebrantable; nunca «vencida de lo malo», sino venciendo con el bien el mal.
26. El «soportándoos los unos a los otros en amor» parece significar no solo no guardar resentimiento por nada, y no vengaros vosotros mismos; no solo no injuriaros, haceros daño ni contristaros unos a otros, ni de palabra ni de obra; sino también sobrellevar los unos las cargas de los otros, sí, y aligerarlas por todos los medios a nuestro alcance. Implica compadecernos de ellos en sus pesares, aflicciones y flaquezas; sostenerlos cuando, sin nuestra ayuda, correrían peligro de hundirse bajo sus cargas; procurar levantar sus cabezas abatidas y fortalecer sus rodillas débiles.
27. Por último, los verdaderos miembros de la Iglesia de Cristo «procuran», con toda la diligencia posible, con todo cuidado y esfuerzo, con incansable paciencia (y todo será bien poco), «guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz»; conservar inviolado el mismo espíritu de humildad y mansedumbre, de longanimidad, de mutua tolerancia y de amor; y todo esto cimentado y entretejido por aquel lazo sagrado: la paz de Dios que llena el corazón. Solo así podemos ser, y seguir siendo, miembros vivos de aquella Iglesia que es el cuerpo de Cristo.
28. ¿No se ve claramente por toda esta descripción por qué, en el antiguo Credo, llamado comúnmente de los Apóstoles, la llamamos la Iglesia universal o católica, «la santa Iglesia católica»? ¡Cuántas razones maravillosas se han hallado para darle este nombre! Un hombre docto nos informa: «La Iglesia se llama santa porque Cristo, su Cabeza, es santo». Otro autor eminente afirma: «Se llama así porque todas sus ordenanzas están destinadas a promover la santidad»; y todavía otro: «porque nuestro Señor quiso que todos los miembros de la Iglesia fueran santos». No; la razón más breve y más sencilla que puede darse, y la única verdadera, es esta: la Iglesia se llama santa porque es santa, porque cada uno de sus miembros es santo, aunque en grados diferentes, como es santo Aquel que los llamó. ¡Qué claro es esto! Si la Iglesia, en su misma esencia, es un cuerpo de creyentes, ningún hombre que no sea un creyente cristiano puede ser miembro de ella. Si todo este cuerpo está animado por un espíritu, y dotado de una fe y de una esperanza de su vocación, entonces el que no tiene ese espíritu, y esa fe, y esa esperanza, no es miembro de este cuerpo. Se sigue que no solo ningún blasfemo habitual, ningún profanador del día del Señor, ningún borracho, ningún fornicario, ningún ladrón, ningún mentiroso, ninguno que viva en algún pecado exterior, sino ninguno que esté bajo el poder de la ira o del orgullo, ningún amante del mundo; en una palabra, ninguno que esté muerto para Dios, puede ser miembro de su Iglesia.
29. ¿Puede haber, pues, cosa más absurda que el que los hombres clamen: «¡La Iglesia! ¡La Iglesia!», y pretendan ser muy celosos de ella y defensores vehementes de ella, mientras ellos mismos no tienen parte ni suerte en ella, ni saben siquiera lo que es la Iglesia? ¡Y, sin embargo, la mano de Dios está en esto mismo! Aun en ello se manifiesta su maravillosa sabiduría, que dirige el error de ellos a su propia gloria y hace que «la tierra ayude a la mujer». [Apocalipsis 12:16] Imaginando que ellos mismos son miembros de ella, los hombres del mundo defienden con frecuencia la Iglesia; de otro modo, los lobos que rodean por todas partes a la pequeña grey la despedazarían en poco tiempo. Y por esta misma razón no es prudente provocarlos más de lo inevitable. Aun sobre esta base, si es posible, en cuanto dependa de nosotros, «tengamos paz con todos los hombres». Sobre todo porque no sabemos cuán pronto Dios puede llamarlos también a ellos del reino de Satanás al reino de su amado Hijo.
30. Entretanto, procuren todos los que son verdaderos miembros de la Iglesia andar santa e irreprensiblemente en todas las cosas. «¡Vosotros sois la luz del mundo!». Sois «una ciudad asentada sobre un monte», y «no se puede esconder». ¡Oh, «alumbre vuestra luz delante de los hombres»! Mostradles vuestra fe por vuestras obras. Que vean, por todo el tenor de vuestra conducta, que vuestra esperanza está toda puesta en lo alto. Que todas vuestras palabras y acciones den evidencia del espíritu que os anima. Sobre todas las cosas, abunde vuestro amor. Extiéndase a todo hijo de hombre; desborde hacia todo hijo de Dios. Conozcan todos los hombres por esto de quién sois discípulos: porque «os amáis los unos a los otros».
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