Capítulo 74 · 23 min de lectura · 29 min de escucha
Del infierno
Sermón 73
Del infierno
«Donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga».
Marcos 9:48.
1. Toda verdad revelada en los oráculos de Dios es, sin duda, de gran importancia. Con todo, puede admitirse que algunas de las que en ellos se revelan son de mayor importancia que otras, por cuanto conducen más inmediatamente al gran fin de todas, la salvación eterna de los hombres. Y podemos juzgar de su importancia aun por esta circunstancia: que no se mencionan una sola vez en los escritos sagrados, sino que se repiten una y otra vez. Un ejemplo notable de ello lo tenemos en la terrible verdad que ahora está delante de nosotros. Nuestro bendito Señor, que no usa palabras superfluas, que no hace «vanas repeticiones», la repite una y otra vez en el mismo capítulo y, por así decirlo, en un mismo aliento. Así (Marcos 9:43, 44): «Si tu mano te es ocasión de caer» —si una cosa o una persona tan útil como una mano es ocasión de pecado, y no hay otro modo de evitar ese pecado—, «córtala: mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado: donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga». Así también (Marcos 9:45, 46): «Si tu pie te es ocasión de caer, córtalo: mejor te es entrar en la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado: donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga». Y todavía otra vez (Marcos 9:47, 48): «Si tu ojo» —una persona o cosa tan querida como tu ojo— «te es ocasión de caer» —te estorba en correr la carrera que tienes por delante—, «sácalo: mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado en el fuego del infierno: donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga».
2. Y no se piense que la consideración de estas terribles verdades es propia solo para los pecadores enormes. ¿Cómo se concilia esta suposición con lo que nuestro Señor dice a quienes eran entonces, sin duda, los hombres más santos de la tierra? «Juntándose innumerables multitudes, comenzó a decir a sus discípulos» (los apóstoles), «primeramente: Os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después no tienen más que hacer. Mas os digo: Temed a aquel que después de haber quitado la vida tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a este temed». (Lucas 12:1–5). Sí, temedle precisamente bajo este concepto: el de tener poder para echar en el infierno; es decir, en efecto, temed que os eche en el lugar de tormento. Y este mismo temor, aun en los hijos de Dios, es un medio excelente para preservarlos de él.
3. Conviene, pues, no solo a los desechados de entre los hombres, sino aun a vosotros, sus amigos, a vosotros que teméis y amáis a Dios, considerar profundamente lo que se revela en los oráculos de Dios acerca del estado futuro de castigo. ¡Cuán lejos está esto de los relatos más elaborados que nos dan los autores paganos! Sus relatos son (al menos en muchos particulares) pueriles, fantasiosos e incoherentes consigo mismos. De modo que no es de extrañar que ellos mismos no los creyeran, sino que solo refirieran las fábulas del vulgo. Así lo insinúa claramente Virgilio cuando, tras el laborioso relato que había dado de las sombras de abajo, hace salir al que lo había referido por la puerta de marfil, por la cual (según nos dice) solo pasan los sueños; dándonos con ello a entender que todo el relato anterior no es más que un sueño. Esto él solo lo insinúa; pero su hermano poeta, Juvenal, habla lisa y llanamente:
Esse aliquos manes, et subterranea regna,
Nec pueri credunt, nisi qui nondum aere lavantur:
«Ni siquiera nuestros niños creen una palabra de los cuentos acerca del otro mundo».
4. Aquí, por el contrario, todo es digno de Dios, el Creador y Gobernador del género humano. Todo es temible y solemne; conforme a la sabiduría y la justicia de aquel por quien «Tofet fue dispuesto desde antiguo», aunque preparado originalmente, no para los hijos de los hombres, sino «para el diablo y sus ángeles».
El castigo de quienes, a pesar de todas las advertencias de Dios, resuelven tener su parte con el diablo y sus ángeles será, según la antigua y no impropia división, o paena damni, «lo que pierden», o paena sensus, «lo que sienten». Después de considerar estas cosas por separado, tocaré algunas circunstancias adicionales y concluiré con dos o tres inferencias.
I. 1. Y, en primer lugar, consideremos la paena damni, «la pena de la pérdida». Esta comienza en el mismo momento en que el alma se separa del cuerpo; en ese instante el alma pierde todos aquellos placeres cuyo disfrute depende de los sentidos exteriores. El olfato, el gusto, el tacto ya no deleitan: los órganos que los servían están destruidos, y los objetos que solían satisfacerlos han sido apartados lejos. En las lúgubres regiones de los muertos todas estas cosas se olvidan; o, si se recuerdan, solo se recuerdan con dolor, pues se han ido para siempre. Todos los placeres de la imaginación han llegado a su fin. No hay grandeza en las regiones infernales; no hay nada hermoso en aquellas moradas tenebrosas; no hay más luz que la de llamas lívidas. ¡Y nada nuevo, sino una sola escena invariable de horror sobre horror! No hay más música que la de gemidos y alaridos; de llanto, lamento y crujir de dientes; de maldiciones y blasfemias contra Dios, o de crueles reproches de unos a otros. Ni hay cosa alguna que satisfaga el sentido del honor: no; ellos son los herederos de la vergüenza y de la confusión perpetua.
2. Así quedan totalmente separados de todas las cosas que amaban en el mundo presente. En el mismo instante comenzará otra pérdida: la de todas las personas a quienes amaban. Son arrancados de sus parientes más cercanos y queridos: sus esposas, maridos, padres, hijos; y (lo que para algunos será peor que todo esto) del amigo que era como su propia alma. Todo el placer que alguna vez gozaron en ellos se ha perdido, se ha ido, se ha desvanecido: porque no hay amistad en el infierno. Aun el poeta que afirma (aunque no sé con qué autoridad) que
el demonio con el demonio condenado
firme concordia guarda,
no afirma que haya concordia alguna entre los demonios humanos que habitan el gran abismo.
3. Pero entonces serán conscientes de una pérdida mayor que la de todo cuanto gozaron en la tierra. Han perdido su lugar en el seno de Abraham, en el paraíso de Dios. Hasta ahora, en verdad, no ha subido a su corazón concebir lo que gozan las almas santas en el jardín de Dios, en la compañía de los ángeles y de los hombres más sabios y mejores que han vivido desde el principio del mundo (por no mencionar el inmenso aumento de conocimiento que sin duda recibirán entonces); pero entonces comprenderán plenamente el valor de lo que vilmente han desechado.
4. Pero, con ser tan felices las almas en el paraíso, se están preparando para una felicidad mucho mayor. Porque el paraíso es solo el pórtico del cielo; y es allí donde los espíritus de los justos son hechos perfectos. Solo en el cielo hay plenitud de gozo, los deleites que están a la diestra de Dios para siempre. La pérdida de esto, para aquellos espíritus desdichados, será el colmo de su miseria. Entonces sabrán y sentirán que solo Dios es el centro de todos los espíritus creados; y, por consiguiente, que un espíritu hecho para Dios no puede tener descanso fuera de él. Parece que el Apóstol tenía esto a la vista cuando habló de aquellos que «serán castigados con eterna perdición, lejos de la presencia del Señor». El destierro de la presencia del Señor es la esencia misma de la perdición para un espíritu que fue hecho para Dios. Y si ese destierro dura para siempre, es «eterna perdición».
Tal es la pérdida que sufren aquellas criaturas miserables sobre las cuales se pronunciará aquella terrible sentencia: «¡Apartaos de mí, malditos!». ¡Qué maldición indecible, aunque no hubiera otra! Pero, ¡ay!, esto está lejos de ser el todo: porque a la pena de la pérdida se añadirá la pena del sentido. Lo que pierden implica una miseria indecible, que sin embargo es inferior a lo que sienten. Esto es lo que nuestro Señor expresa en aquellas enfáticas palabras: «Donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga».
II. 1. Desde el tiempo en que se pronunció sobre el hombre aquella sentencia: «Polvo eres, y al polvo volverás», fue costumbre de todas las naciones, hasta donde podemos saber, encomendar el polvo al polvo: parecía natural devolver los cuerpos de los muertos a la madre común, la tierra. Pero con el correr del tiempo prevaleció otro método, sobre todo entre los ricos y poderosos: el de quemar los cuerpos de sus parientes, y con frecuencia de manera grandiosa y magnífica; para lo cual levantaban enormes piras funerarias, con inmenso trabajo y gasto. Por uno u otro de estos métodos el cuerpo del hombre era pronto devuelto al polvo de que procedía. O el gusano o el fuego consumía pronto la bien labrada estructura; después de lo cual el gusano mismo moría en breve, y el fuego se apagaba por completo. Pero hay también un gusano que pertenece al estado futuro; ¡y ese es un gusano que nunca muere! Y hay un fuego más ardiente que el de la pira funeraria; ¡y es un fuego que nunca se apagará!
2. Lo primero que se entiende por el gusano que nunca muere parece ser una conciencia culpable, que incluye la propia condenación, el dolor, la vergüenza, el remordimiento y el sentido de la ira de Dios. ¿No podemos tener alguna idea de esto por lo que a veces se siente aun en el mundo presente? ¿No es de esto, principalmente, de lo que habla Salomón cuando dice: «El ánimo del hombre soportará su enfermedad» —sus enfermedades o aflicciones de cualquier otra clase—, «mas ¿quién soportará al ánimo angustiado?». ¿Quién puede soportar la angustia de una conciencia despierta, traspasada por el sentido de la culpa, con las saetas del Todopoderoso clavadas en el alma y bebiéndose el espíritu? ¡Cuántos de los valientes de corazón se han hundido bajo ella y han escogido la estrangulación antes que la vida! Y, sin embargo, ¿qué son estas heridas, qué es toda esta angustia de un alma mientras está en este mundo presente, en comparación con las que habrán de sufrir cuando sus almas estén enteramente despiertas para sentir la ira de un Dios ofendido? Añadid a esto todas las pasiones impías: temor, horror, furor; malos deseos, deseos que nunca pueden ser saciados. Añadid todas las disposiciones impías: envidia, celos, malicia y venganza; todas las cuales roerán incesantemente el alma, como se suponía que el buitre roía el hígado de Ticio. Si a esto añadimos el odio a Dios y a todas sus criaturas, todas estas cosas juntas pueden servir para darnos alguna pequeña e imperfecta idea del gusano que nunca muere.
3. Podemos observar una notable diferencia en el modo en que nuestro Señor habla de las dos partes del castigo futuro. De la una dice: «Donde el gusano de ellos no muere»; de la otra: «donde el fuego nunca se apaga». Esto no puede ser por casualidad. ¿Cuál es, pues, la razón de esta variación en la expresión?
¿No parece ser esta? El fuego será el mismo, esencialmente el mismo, para todos los que son atormentados en él; solo que quizá más intenso para unos que para otros, según el grado de su culpa; pero su gusano no será, no puede ser, el mismo. Variará infinitamente según las diversas clases, así como los grados, de maldad. Esta variedad provendrá en parte del justo juicio de Dios, que «pagará a cada uno conforme a sus obras»: porque no podemos dudar de que esta regla regirá no menos en el infierno que en el cielo. Así como en el cielo «cada uno recibirá su propia recompensa», incomunicablemente suya, conforme a su propia labor —es decir, todo el tenor de sus disposiciones, pensamientos, palabras y acciones—, así, sin duda, cada uno recibirá de hecho su propia mala recompensa, conforme a su propia mala labor. Y esta será también incomunicablemente suya, así como lo fue su labor. La variedad del castigo provendrá además de la naturaleza misma de la cosa. Así como los que llevan más santidad al cielo hallarán allí más felicidad, así también, por otra parte, no solo es verdad que cuanta más maldad lleve un hombre al infierno, más miseria hallará allí, sino que esta miseria variará infinitamente según las diversas clases de su maldad. Era, pues, propio decir el fuego, en general, pero su gusano, en particular.
4. Pero algunos han puesto en duda si hay fuego alguno en el infierno; es decir, fuego material alguno. Ahora bien, si hay fuego alguno, es indudablemente material. Porque ¿qué es un fuego inmaterial? ¡Lo mismo que agua o tierra inmateriales! Lo uno y lo otro es un completo disparate, una contradicción en los términos. Por tanto, o hemos de afirmar que es material, o negamos su existencia. Pero, aun si les concediéramos que allí no hay fuego en absoluto, ¿qué ganarían con ello? Pues se admite por todas partes que es o fuego o algo peor. Y considerad esto: ¿no habla nuestro Señor como si fuera fuego real? Nadie puede negarlo ni dudarlo. ¿Es posible, pues, suponer que el Dios de verdad hablaría de esta manera si no fuera así? ¿Se propone asustar a sus pobres criaturas? ¿Con qué? ¿Con espantapájaros, con vanas sombras de cosas que no tienen existencia? ¡Oh, que nadie piense tal cosa! ¡No imputéis semejante necedad al Altísimo!
5. Pero otros afirman: «No es posible que el fuego arda siempre. Porque, por la ley inmutable de la naturaleza, consume todo lo que se arroja en él. Y por la misma ley, tan pronto como ha consumido su combustible, él mismo se consume; se apaga».
Es muy cierto que, en la constitución presente de las cosas, mientras rigen las leyes presentes de la naturaleza, el elemento del fuego disuelve y consume todo lo que se arroja en él. Pero aquí está el error: las leyes presentes de la naturaleza no son inmutables. Cuando huyan los cielos y la tierra, la escena presente cambiará por completo; y, con la constitución presente de las cosas, cesarán las leyes presentes de la naturaleza. Después de este gran cambio, nada se disolverá, nada se consumirá ya más. Por tanto, aunque fuera cierto que el fuego lo consume todo ahora, no se seguiría que hará lo mismo después de que toda la estructura de la naturaleza haya sufrido ese vasto y universal cambio.
6. Digo: si fuera cierto que «el fuego lo consume todo ahora». Pero, en verdad, no es cierto. ¿No le ha placido a Dios darnos ya alguna prueba de lo que será en lo venidero? ¿No es conocido en la mayor parte de Europa el Linum Asbestum, el lino incombustible? Si tomáis una toalla o un pañuelo hecho de él (uno de los cuales puede verse ahora en el Museo Británico), podéis arrojarlo al fuego más ardiente, y cuando se saque de nuevo se observará, con el experimento más minucioso, que no ha perdido un solo grano de su peso. He aquí, pues, delante de nuestros ojos una sustancia que, aun en la constitución presente de las cosas (como si fuera un emblema de las cosas venideras), puede permanecer en el fuego sin ser consumida.
7. Muchos escritores han hablado de otros tormentos corporales, añadidos al ser echado en el lago de fuego. Uno de ellos, el piadoso Kempis nada menos, supone, por ejemplo, que a los avaros se les vierte oro fundido por la garganta; y supone muchos otros tormentos particulares acomodados a los pecados particulares de los hombres. Más aún, nuestro mismo gran poeta supone que los habitantes del infierno sufren una variedad de torturas; que no permanecen siempre en el lago de fuego, sino que con frecuencia son,
por furias de pies de arpía arrastrados,
a regiones de hielo; y luego de vuelta otra vez a través de los extremos, por un cambio más feroz. Pero yo no hallo palabra, ni una tilde de esto, ni el menor indicio de ello en toda la Biblia. Y ciertamente este es un tema demasiado temible para admitir semejante juego de la imaginación. Atengámonos a la palabra escrita. Tormento bastante es morar con las llamas eternas.
8. Esto lo ilustra vivamente una historia fabulosa, tomada de uno de los escritores orientales, acerca de un rey turco que, después de haber sido culpable de toda clase de maldad, hizo una vez una buena obra: pues, viendo a un pobre hombre que caía en un pozo donde inevitablemente habría perecido, y apartándolo de él de una patada, le salvó la vida. La historia añade que, cuando por su enorme maldad fue echado en el infierno, se le permitió tener fuera de las llamas aquel pie con que había salvado la vida del hombre. Pero, aun admitiendo que esto fuera un caso real, ¡qué pobre consuelo sería! ¿Y qué si se le permitiera tener ambos pies fuera de las llamas, y aun ambas manos? ¡Cuán poco le aprovecharía! Más aún, si todo el cuerpo fuera sacado y puesto donde ningún fuego lo tocara, y solo una mano o un pie se mantuviera en un horno de fuego ardiendo, ¿estaría el hombre, entretanto, muy a gusto? No, sino todo lo contrario. ¿No es común decirle a un niño: «Pon el dedo en esa vela: ¿puedes soportarlo siquiera un minuto? ¿Cómo soportarás entonces el fuego del infierno?». Ciertamente sería tormento bastante que se le quemara la carne de un solo dedo. ¿Qué será, entonces, tener todo el cuerpo sumergido en un lago de fuego ardiendo en azufre?
III. Solo queda ahora considerar dos o tres circunstancias que acompañan al gusano que nunca muere y al fuego inextinguible.
1. Y, en primer lugar, considerad la compañía de que cada uno está rodeado en aquel lugar de tormento. No es raro oír aun a criminales condenados, en nuestras cárceles públicas, decir: «¡Oh, ojalá me ahorcaran y me quitaran de en medio, antes que verme atormentado con estos miserables que me rodean!». Pero ¿qué son los miserables más depravados de la tierra comparados con los habitantes del infierno? Ninguno de aquellos es todavía perfectamente malvado, vaciado de toda chispa de bien; ciertamente no hasta que esta vida llega a su fin; probablemente no hasta el día del juicio. Ni puede ninguno de ellos ejercer sin freno toda su maldad sobre sus semejantes. Unas veces los refrenan los hombres buenos; otras, aun los malos. Así, aun las torturas de la Inquisición romana son refrenadas por los mismos que las emplean, cuando suponen que el que padece no puede soportar más. Entonces ordenan a los verdugos que se detengan, porque es contrario a las reglas de la casa que un hombre muera en el potro. Y muy a menudo, cuando no hay ayuda humana, los refrena Dios, que les ha puesto límites que no pueden traspasar, y dice: «Hasta aquí llegaréis, y no pasaréis adelante». Sí, tan misericordiosamente lo ha dispuesto Dios, que el mismo extremo del dolor causa su suspensión. El que padece se desmaya; y así, al menos por un tiempo, se hunde en la insensibilidad. Pero los habitantes del infierno son perfectamente malvados, sin que les quede chispa alguna de bondad. Y nadie los refrena de ejercer hasta lo sumo toda su maldad. No los refrenan los hombres; nadie será refrenado del mal por sus compañeros de condenación. Y no los refrena Dios; porque él los ha olvidado, los ha entregado a los verdugos. Y los demonios no necesitan temer, como sus instrumentos en la tierra, que expiren bajo la tortura. Ya no pueden morir: son fuertes para soportar todo cuanto la malicia, la habilidad y la fuerza unidas de los ángeles puedan infligirles. Y sus atormentadores angélicos tienen tiempo de sobra para variar sus tormentos de mil maneras. ¡Cuán infinitamente pueden variar un solo tormento: apariciones horribles! Con las cuales, no hay duda, un espíritu maligno, si se le permitiera, podría aterrar hasta la muerte al hombre más valiente de la tierra.
2. Considerad, en segundo lugar, que todos estos tormentos del cuerpo y del alma son sin intermisión. No tienen tregua del dolor; sino que «el humo de su tormento sube día y noche». ¡Día y noche! Es decir, hablando según la constitución del mundo presente, en el cual Dios ha dispuesto sabia y bondadosamente que el día y la noche se sucedan el uno a la otra; de modo que en cada veinticuatro horas llega un
sábado diario, hecho para dar descanso
al hombre que se afana y a la bestia cansada.
De ahí que rara vez pasemos mucho trabajo o suframos mucho dolor antes de que
el dulce restaurador de la naturaleza cansada, el sueño balsámico,
se deslice sobre nosotros por grados insensibles y nos traiga un intervalo de alivio. Pero, aunque los condenados tienen noche ininterrumpida, esta no trae interrupción alguna a su dolor. Ningún sueño acompaña aquellas tinieblas: sueñen lo que sueñen los poetas antiguos o modernos, Homero o Milton, no hay sueño ni en el infierno ni en el cielo. Y, por extremo que sea su sufrimiento, por intenso que sea su dolor, no hay posibilidad de que se desmayen; no, ni por un momento.
Además, los habitantes de la tierra con frecuencia se distraen de atender a lo que les aflige por la alegre luz del sol, las vicisitudes de las estaciones, «el afanoso rumor de los hombres» y mil objetos que giran a su alrededor con variedad sin fin. Pero los habitantes del infierno no tienen nada que los distraiga de sus tormentos, ni por un momento:
¡eclipse total: ni sol, ni luna!
Ningún cambio de estaciones ni de compañeros. No hay ocupación alguna, sino una sola escena ininterrumpida de horror, a la cual han de prestar toda su atención. No tienen intervalo alguno de inadvertencia o de estupor: son todo ojos, todo oídos, todo sentido. En cada instante de su duración puede decirse de toda su estructura que están
trémulamente vivos de pies a cabeza,
¡y escuecen y agonizan por cada poro!
3. ¡Y esta duración no tiene fin! ¡Qué pensamiento es este! ¡Nada sino la eternidad es el plazo de su tormento! ¿Y quién puede contar las gotas de la lluvia, o las arenas del mar, o los días de la eternidad? Todo sufrimiento se suaviza si hay alguna esperanza, aunque lejana, de ser librado de él. ¡Pero aquí la esperanza, que viene a todos los habitantes del mundo de arriba, nunca viene! ¡Qué! ¡Sufrimientos que nunca han de terminar!
¡NUNCA! — ¿Adónde se hunde el alma ante ese temible sonido?
¡En un abismo cuán oscuro y cuán profundo!
Suponed que han transcurrido millones de días, de años, de siglos: ¡todavía estamos solo en el umbral de la eternidad! Ni el dolor del cuerpo ni el del alma está más cerca de su fin que hace millones de siglos. Cuando son echados en to pyr, to asbeston (¡qué enfático! «el fuego, el inextinguible»), todo queda concluido: «¡El gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga!».
Tal es el relato que el Juez de todos da del castigo que ha ordenado para los pecadores impenitentes. ¡Y qué contrapeso puede ser la consideración de esto frente a la violencia de cualquier tentación! En particular, frente al temor de los hombres; que es el mismo uso que le da nuestro Señor: «No temáis a los que matan el cuerpo, y después no tienen más que hacer. Mas temed a aquel que después de haber quitado la vida tiene poder de echar en el infierno». (Lucas 12:4, 5)
¡Qué salvaguardia pueden ser estas consideraciones contra cualquier tentación del placer! ¿Perderéis, por cualquiera de estos pobres placeres terrenales, que perecen con el uso (por no decir nada de los sólidos placeres presentes de la religión), los placeres del paraíso, tales que «ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en nuestro corazón para concebirlos»? Sí, los placeres del cielo, la compañía de los ángeles y de los espíritus de los justos hechos perfectos; el conversar cara a cara con Dios vuestro Padre, vuestro Salvador, vuestro Santificador; y el beber de aquellos ríos de delicias que están a la diestra de Dios para siempre.
¿Sois tentados por el dolor, sea del cuerpo o de la mente? ¡Oh, comparad las cosas presentes con las futuras! ¿Qué es el dolor del cuerpo que soportáis o podéis soportar, comparado con el de yacer en un lago de fuego ardiendo en azufre? ¿Qué es cualquier dolor de la mente, cualquier temor, angustia o pesar, comparado con el «gusano que nunca muere»? ¡Que nunca muere! ¡Este es el aguijón de todo! En cuanto a nuestros dolores en la tierra, bendito sea Dios, no son eternos. Hay algunos intervalos que los alivian, y hay algún término que los acaba. Cuando preguntamos a un amigo enfermo cómo está, nos dice: «Ahora tengo dolor, pero espero aliviarme pronto». Esta es una dulce mitigación del malestar presente. Pero ¡cuán terrible sería su caso si respondiera: «Todo yo soy dolor, y nunca me veré libre de él. Yazgo bajo un tormento exquisito del cuerpo y un horror del alma; y lo sentiré para siempre»! Tal es el caso de los pecadores condenados en el infierno. ¡Sufrid, pues, cualquier dolor antes que venir a aquel lugar de tormento!
Concluyo con una reflexión más, tomada del doctor Watts: «Exige nuestra más alta gratitud que nosotros, que hace mucho merecimos esta miseria, no hayamos sido aún sumergidos en ella. Mientras hay millares que han sido sentenciados a este lugar de castigo antes de haber permanecido en el pecado tanto tiempo como muchos de nosotros, ¡qué muestra es de la bondad divina que no estemos bajo esta venganza de fuego! ¿No hemos visto a muchos pecadores, a nuestra derecha y a nuestra izquierda, cortados en sus pecados? ¿Y qué, sino la tierna misericordia de Dios, nos ha perdonado semana tras semana, mes tras mes, y nos ha dado tiempo para arrepentirnos? ¿Qué pagaremos al Señor por toda su paciencia y longanimidad hasta el día de hoy? ¡Cuántas veces hemos incurrido en la sentencia de condenación por nuestra repetida rebelión contra Dios! Y, sin embargo, aún estamos vivos en su presencia, y estamos oyendo las palabras de esperanza y de salvación. ¡Oh, miremos atrás y estremezcámonos al pensar en aquel espantoso precipicio a cuyo borde hemos andado errantes tanto tiempo! Acojámonos a la esperanza propuesta delante de nosotros, y demos mil gracias a la misericordia divina porque no hemos sido sumergidos en esta perdición».
Capítulo 74 completado
Del infierno