Sermones en diversas ocasiones
De los ángeles malos

Capítulo 73 · 22 min de lectura · 29 min de escucha

De los ángeles malos

Sermón 72

De los ángeles malos

«Nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes».

Efesios 6:12.

1. Se ha observado con frecuencia que en la creación de Dios no hay vacíos ni abismos, sino que todas sus partes están admirablemente enlazadas entre sí para formar un todo universal. En consecuencia, hay una sola cadena de seres, desde el punto más bajo hasta el más alto, desde una partícula inorgánica de tierra o de agua hasta Miguel el arcángel. Y la escala de las criaturas no avanza per saltum, a saltos, sino por grados suaves y apacibles, aunque es cierto que con frecuencia estos son imperceptibles para nuestras imperfectas facultades. No podemos seguir con exactitud muchos de los eslabones intermedios de esta asombrosa cadena, que son con mucho demasiado finos para que los disciernan nuestros sentidos o nuestro entendimiento.

2. Solo podemos observar, de manera tosca y general, elevándose unos sobre otros, primero la tierra inorgánica, luego los minerales y los vegetales en sus diversos órdenes; después los insectos, los reptiles, los peces, las bestias, los hombres y los ángeles. De los ángeles, en verdad, nada sabemos con certeza sino por revelación. Los relatos que dejaron los más sabios de los antiguos, o que dan los paganos modernos, no son mejores que fábulas necias y contradictorias, demasiado burdas para hacérselas creer aun a los niños. Pero por la revelación divina se nos informa que todos fueron creados santos y felices; sin embargo, no todos permanecieron como fueron creados: unos guardaron su primer estado, pero otros lo abandonaron. Los primeros son ahora ángeles buenos; los segundos, ángeles malos. De los primeros he hablado en el discurso anterior; me propongo ahora hablar de los segundos. Y es sumamente necesario que entendamos bien lo que Dios ha revelado acerca de ellos, para que no saquen ventaja sobre nosotros por nuestra ignorancia, y para que sepamos cómo luchar contra ellos eficazmente. Porque «nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este mundo, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes».

3. Este solo pasaje parece contener toda la doctrina bíblica acerca de los ángeles malos. Entiendo que su sentido llano, traducido literalmente, es este: «Nuestra lucha», la lucha de los verdaderos cristianos, «no es» solamente, ni principalmente, «contra sangre y carne», contra hombres débiles o contra los apetitos y pasiones carnales, «sino contra los principados, contra las potestades» —los poderosos príncipes de todas las regiones infernales, con sus fuerzas combinadas; y grande es su poder, como lo es también el poder de las legiones que mandan—, «contra los gobernadores del mundo». (Este es el sentido literal de la palabra.) Quizá estos principados y potestades permanecen principalmente en la ciudadela de su reino. Pero hay otros espíritus malos que andan por todas partes, a quienes están encomendadas las provincias del mundo, «de las tinieblas», principalmente las tinieblas espirituales, «de este siglo», que prevalecen durante este presente estado de cosas; «contra las huestes espirituales de maldad», que lo son en grado eminente, que aborrecen mortalmente la santidad y se le oponen sin cesar, y se afanan por infundir incredulidad, orgullo, mal deseo, malicia, ira, odio, envidia o venganza; «en las regiones celestes», que fueron en otro tiempo su morada y a las que todavía aspiran.

Al tratar este importante asunto, procuraré explicar:

I. La naturaleza y propiedades de los ángeles malos; y,

II. Su ocupación.

I. 1. En cuanto a lo primero, no podemos dudar de que todos los ángeles de Dios fueron originalmente de la misma naturaleza. Sin duda alguna eran el orden más alto de los seres creados. Eran espíritus, criaturas etéreas y puras, simples e incorruptibles; si no del todo inmateriales, ciertamente no estorbados por una carne y sangre groseras y terrenales. Como espíritus, estaban dotados de entendimiento, de afectos y de libertad, o sea, de un poder de autodeterminación; de modo que dependía de ellos mismos permanecer en su lealtad a Dios o rebelarse contra él.

2. Y sus propiedades originales fueron, sin duda, las mismas que las de los santos ángeles. No hay absurdo en suponer que Satanás, su jefe, llamado también «Lucero, hijo de la mañana», fue por lo menos uno «de los primeros arcángeles, si no el primero». Como los demás hijos de la mañana, tenían una altura y profundidad de entendimiento del todo incomprensibles para nosotros. En consecuencia, tenían tal conocimiento y sabiduría que el más sabio de los hijos de los hombres (si los hombres hubieran existido entonces) habría sido un simple idiota en comparación con ellos. Su fuerza era igual a su conocimiento, tal que no puede subir a nuestro corazón concebirla; ni podemos concebir cuán amplia era la esfera de acción a que se extendían su fuerza o su conocimiento. Su número solo Dios puede decirlo; sin duda era solamente menor que infinito. Y la tercera parte de estas estrellas del cielo arrastró tras de sí el gran rebelde.

3. No sabemos con exactitud (porque no está revelado en los oráculos de Dios) cuál fue la ocasión de su apostasía, ni qué efecto produjo inmediatamente en ellos. Algunos han supuesto, no sin probabilidad, que cuando Dios publicó «el decreto» (mencionado en Salmos 2:6–7) acerca del reino de su Hijo unigénito, que había de estar sobre todas las criaturas, estos primogénitos de las criaturas dieron lugar al orgullo, comparándose con él; cosa posiblemente insinuada por el nombre mismo de Satanás, Lucero o Miguel, que significa ¿Quién como Dios? Puede ser que Satanás, cediendo entonces por primera vez a la tentación, dijera en su corazón: «Yo también tendré mi trono. “Me sentaré a los lados del norte; seré semejante al Altísimo”». ¡Pero cómo cayeron entonces los valientes! ¡Qué pérdida asombrosa sufrieron! Si admitimos de todos ellos lo que nuestro poeta supone acerca de su jefe en particular: —

Su forma aún no había perdido

todo su resplandor original, ni parecía

menos que un arcángel arruinado, y el exceso

de gloria oscurecido;

si suponemos que su forma exterior no fue cambiada por completo (aunque debió de serlo en gran medida, porque la mala disposición de la mente ha de empañar el brillo del semblante), ¡qué cambio asombroso se obró, sin embargo, por dentro cuando los ángeles se volvieron demonios, cuando las más santas de todas las criaturas de Dios se volvieron las más impías!

4. Desde el momento en que sacudieron su lealtad a Dios, sacudieron toda bondad y contrajeron todas aquellas disposiciones que más le son aborrecibles y más opuestas a su naturaleza. Y desde entonces están llenos de orgullo, arrogancia, altivez, exaltándose sobremanera; y aunque tan profundamente depravados en lo más íntimo de su ser, admiran, no obstante, sus propias perfecciones. Están llenos de envidia, si no contra Dios mismo (y aun eso no es imposible, puesto que en otro tiempo aspiraron a su trono), sí contra todas sus criaturas compañeras: contra los ángeles de Dios, que ahora gozan del cielo del cual ellos cayeron, y mucho más contra esos gusanos de la tierra que ahora son llamados a «heredar el reino». Están llenos de crueldad, de furia contra todos los hijos de los hombres, a quienes anhelan inspirar la misma maldad que ellos tienen y envolver en la misma miseria.

5. En la ejecución de este designio infernal son diligentes en el más alto grado. Para hallar los medios más eficaces de llevarlo a cabo, aplican a este fin toda la fuerza de su entendimiento angélico, y lo secundan con toda su fuerza, hasta donde Dios tiene a bien permitirlo. Pero bien le va al género humano que Dios les haya puesto límites que no pueden traspasar. Él ha dicho al más feroz y más fuerte de los espíritus apóstatas: «Hasta aquí vendrás, y no pasarás adelante». De otro modo, ¡con qué facilidad y con qué rapidez podría uno de ellos trastornar toda la fábrica de la naturaleza! ¡Cuán pronto lo envolverían todo en una ruina común o, al menos, destruirían al hombre de sobre la faz de la tierra! Y son infatigables en su mala obra: nunca desfallecen ni se cansan. En verdad, parece que ningún espíritu es capaz de cansancio sino los que habitan en carne y sangre.

6. Una circunstancia más podemos aprender de la Escritura acerca de los ángeles malos: no andan sueltos a su antojo, sino que están todos unidos bajo una cabeza común. Es aquel a quien nuestro bendito Señor llama «el príncipe de este mundo»; sí, el Apóstol no vacila en llamarlo «el dios de este siglo». Con frecuencia se le llama Satanás, el adversario, por ser el gran adversario tanto de Dios como del hombre. Se le llama «el diablo» por excelencia; «Apolión», o el destructor; «la serpiente antigua», por haber engañado a Eva bajo esa forma; y «el ángel del abismo». Tenemos razón para creer que los demás ángeles malos están bajo su mando; que él los dispone según sus diversos órdenes; que están asignados a sus diversos puestos, y que de tiempo en tiempo se les señalan sus diversas obras y oficios. Y sin duda están unidos (aunque no sabemos cómo; ciertamente no por amor) tanto a él como unos a otros.

II. Pero ¿cuál es la ocupación de los ángeles malos? Este es el segundo punto que debemos considerar.

1. Son (¡recordadlo: en la medida en que Dios lo permite!) kosmokratores, ¡gobernadores del mundo! De modo que puede haber más fundamento del que solemos imaginar para aquella extraña expresión de Satanás (Mateo 4:8–9, ) cuando mostró a nuestro Señor «todos los reinos del mundo, y su gloria»: «Todo esto te daré, si postrado me adorares». Se expresa un poco más detalladamente en el capítulo cuarto de San Lucas: «Le mostró el diablo en un momento de tiempo todos los reinos de la tierra». (¡Tan asombrosa medida de poder le queda todavía al príncipe de las tinieblas!) «Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy». (Lucas 4:5, 6, ) Ellos son «los gobernadores de las tinieblas de este siglo» (así se traducen literalmente las palabras), del presente estado de cosas, durante el cual «el mundo entero está bajo el maligno». Él es el elemento en que se mueven los hijos de los hombres, exceptuando solo a los que temen a Dios. Él y sus ángeles, en unión con él y subordinados a él, disponen toda la ignorancia, todo el error, toda la necedad y, en particular, toda la maldad de los hombres, de tal manera que más estorbe el reino de Dios y más adelante el reino de las tinieblas.

2. «Pero ¿tiene cada hombre un ángel malo particular, así como uno bueno que lo acompaña?» Esta ha sido una opinión antiquísima, tanto entre los cristianos como entre los judíos antes de ellos; pero se duda mucho de que pueda probarse suficientemente por la Escritura. En verdad, no sería improbable que haya un ángel malo particular con cada hombre, si estuviéramos seguros de que hay uno bueno. Pero esto no puede inferirse de aquellas palabras de nuestro Señor acerca de los niños pequeños: «Sus ángeles en los cielos ven siempre la faz de mi Padre que está en los cielos». Esto solo prueba que hay ángeles designados para cuidar de los niños pequeños; no prueba que a cada niño se le haya asignado un ángel particular. Ni lo prueban las palabras de Rode, que, al oír la voz de Pedro, dijo: «Es su ángel». No podemos inferir de esto, aun suponiendo que «su ángel» signifique su ángel de la guarda, más que el hecho de que Rode creía la doctrina de los ángeles de la guarda, que entonces era común entre los judíos. Pero aun así seguirá siendo un punto discutible (puesto que la revelación nada determina acerca de él) si a cada hombre lo acompaña un ángel bueno particular o un ángel malo particular.

3. Pero, ya sea que a ciertos hombres los acompañen o no ciertos espíritus malos, sabemos que Satanás y todos sus ángeles están continuamente en guerra contra nosotros y acechando a cada hijo de hombre. Siempre están al acecho para ver qué circunstancias exteriores o interiores, qué prosperidad o adversidad, qué salud o enfermedad, qué amigos o enemigos, qué juventud o vejez, qué conocimiento o ignorancia, qué ceguera u ociosidad, qué gozo o tristeza pueden dejar a cada uno expuesto a la tentación. Y están perpetuamente prontos a sacar el mayor provecho de cada circunstancia. Estos hábiles luchadores divisan el menor resbalón que damos, y se aprovechan de él al instante, pues también ellos «rodean nuestro lecho y nuestra senda, y espían todos nuestros caminos». En verdad, cada uno de ellos «anda alrededor como león rugiente, buscando a quien devore», o a quien pueda «engañar con su astucia, como la serpiente engañó a Eva». Sí, y para hacer esto más eficazmente, se transforman en ángeles de luz. Así,

con furia que nunca acaba

ensayan sus artes infernales:

legiones de terribles demonios malignos

y espíritus entronizados en lo alto.

4. Es principalmente por medio de estos instrumentos como «el necio corazón» de los que no conocen a Dios «es entenebrecido»; sí, con frecuencia entenebrecen en cierta medida el corazón aun de los que conocen a Dios. «El dios de este siglo» sabe cómo cegar nuestro corazón, extender una nube sobre nuestro entendimiento y oscurecer la luz de aquellas verdades que en otros momentos brillan tanto como el sol del mediodía. Por este medio asalta nuestra fe, nuestra evidencia de las cosas que no se ven. Se esfuerza por debilitar aquella esperanza llena de inmortalidad para la cual Dios nos había engendrado, y así disminuir, si no puede destruirlo, nuestro gozo en Dios nuestro Salvador. Pero, sobre todo, se esfuerza por enfriar nuestro amor a Dios, pues sabe que este es el manantial de toda nuestra religión y que, según este sube o baja, la obra de Dios florece o decae en el alma.

5. Después del amor a Dios, no hay nada que Satanás aborrezca tan de corazón como el amor al prójimo. Usa, por tanto, todos los medios posibles para impedirlo o destruirlo: para suscitar sospechas, animosidades, resentimientos y contiendas, privados o públicos; para destruir la paz de las familias o de las naciones, y para desterrar de la tierra la unidad y la concordia. Y este es, en verdad, el triunfo de su arte: enconar a los pobres y miserables hijos de los hombres unos contra otros y, al fin, empujarlos a hacer su propia obra, a precipitarse unos a otros en el abismo de la destrucción.

6. Este enemigo de toda justicia es igualmente diligente para estorbar toda buena palabra y obra. Si no puede inducirnos a hacer el mal, impedirá, si le es posible, que hagamos el bien. Es especialmente diligente para impedir que la obra de Dios se extienda en el corazón de los hombres. ¡Qué esfuerzos hace para impedir u obstruir la obra general de Dios! ¡Y cuántas son sus artimañas para detener su progreso en las almas en particular! ¡Para impedir que permanezcan y crezcan en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo! ¡Para disminuir, si no destruir, aquel amor, gozo, paz; aquella paciencia, benignidad, bondad; aquella fidelidad, mansedumbre, templanza, que nuestro Señor obra por su Espíritu de amor en los que creen, y en los cuales consiste la esencia misma de la religión!

7. Para lograr estos fines, se afana continuamente, con toda su destreza y poder, por infundir malos pensamientos de toda clase en el corazón de los hombres. Y ciertamente es tan fácil para un espíritu hablar a nuestro corazón como para un hombre hablar a nuestros oídos. Pero a veces es sumamente difícil distinguir estos pensamientos de los nuestros propios, pues los que él inyecta se parecen tan exactamente a los que surgen naturalmente en nuestra mente. A veces, en verdad, podemos distinguir unos de otros por esta circunstancia: los pensamientos que surgen naturalmente en nuestra mente son por lo general, si no siempre, ocasionados por alguna circunstancia interior o exterior que los precedió, o al menos relacionados con ella. Pero los que son sugeridos de manera sobrenatural con frecuencia no tienen relación ni conexión alguna (al menos ninguna que podamos discernir) con nada de lo que precedió. Al contrario, irrumpen, por así decirlo, de través, y así muestran que son de otra cosecha.

8. Asimismo se afana por despertar malas pasiones o disposiciones en nuestras almas. Se esfuerza por inspirar aquellas pasiones y disposiciones que son directamente opuestas al «fruto del Espíritu». Procura infundir incredulidad, ateísmo, malquerencia, amargura, odio, malicia, envidia, opuestos a la fe y al amor; temor, tristeza, ansiedad, afán del mundo, opuestos a la paz y al gozo; impaciencia, mal genio, ira, resentimiento, opuestos a la paciencia, la benignidad y la mansedumbre; fraude, engaño, disimulo, contrarios a la fidelidad; amor al mundo, afecto desordenado, deseos necios, opuestos al amor de Dios. Una clase de malos deseos puede probablemente suscitarla o inflamarla tocando los resortes de esta máquina animal, procurando así, por medio del cuerpo, perturbar o mancillar el alma.

9. Y, en general, podemos observar que, así como ningún bien es hecho, dicho o pensado por hombre alguno sin la ayuda de Dios, que obra juntamente en y con los que creen en él, así tampoco se hace, se dice o se piensa mal alguno sin la ayuda del diablo, «que obra con energía», con un poder fuerte aunque secreto, «en los hijos de incredulidad». Así «entró en Judas» y lo confirmó en el designio de entregar a su Maestro; así «llenó el corazón» de Ananías y Safira «para que mintiesen al Espíritu Santo»; y de igual manera tiene parte en todas las acciones, palabras y designios de los hombres malos. Así como los hijos de Dios son «colaboradores juntamente con Dios» en todo buen pensamiento, palabra o acción, así los hijos del diablo son colaboradores juntamente con él en todo mal pensamiento, palabra u obra. De modo que, así como todas las buenas disposiciones, y remotamente todas las buenas palabras y acciones, son fruto del Espíritu bueno, de igual manera todas las malas disposiciones, con todas las palabras y obras que de ellas brotan, son fruto del espíritu malo; tanto que todas las «obras de la carne», de nuestra mala naturaleza, son igualmente «obras del diablo».

10. Por esta razón, porque incita continuamente a los hombres al mal, se le llama enfáticamente «el tentador». Y no solo con respecto a sus propios hijos se ocupa así: tienta continuamente también a los hijos de Dios, y a los que se esfuerzan por llegar a serlo.

Una guardia constante mantiene;

los acecha noche y día;

nunca dormita, nunca duerme,

no sea que pierda su presa.

En verdad, los más santos de los hombres, mientras permanecen en la tierra, no están exentos de sus tentaciones. No pueden esperarlo, puesto que «bástale al discípulo ser como su maestro»; y sabemos que él fue tentado al mal hasta que dijo: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

11. Porque tal es la malicia del maligno, que atormentará a quien no puede destruir. Si no puede seducir a los hombres al pecado, los hará sufrir dolor, en la medida en que se le permita. No hay duda de que él es ocasión, directa o indirectamente, de muchos de los dolores del género humano, que aquellos que no pueden explicarlos de otro modo despachan a la ligera como nerviosos. E innumerables accidentes, como se les llama, se deben sin duda a su intervención: como el espanto o la caída inexplicables de los caballos; el vuelco de los carruajes; la fractura o dislocación de huesos; el daño causado por el derrumbe o el incendio de casas, por tormentas de viento, nieve, lluvia o granizo, por rayos o terremotos. Pero a todos estos, y a mil más, este espíritu sutil puede darles la apariencia de accidentes, por temor de que los que los sufren, si conocieran al verdadero agente, clamaran por ayuda a Uno que es más fuerte que él.

12. Hay poca razón para dudar de que también muchas enfermedades, tanto agudas como crónicas, son ocasionadas o agravadas por intervención diabólica; particularmente las que comienzan en un instante, sin causa discernible alguna, así como las que persisten, y quizá aumentan gradualmente, a pesar de todo el poder de la medicina. Aquí, en verdad, los «hombres vanos» que «quieren ser sabios» vuelven a llamar en su auxilio a los nervios. Pero ¿no es esto explicar ignotum per ignotius, «una cosa desconocida por otra más desconocida»? Porque ¿qué sabemos de los nervios mismos? ¡Ni siquiera si son sólidos o huecos!

13. Hace muchos años preguntaba yo a un médico experimentado, y particularmente eminente en la curación de la locura: «Señor, ¿no ha visto razón para creer que algunos lunáticos son en realidad endemoniados?». Me respondió: «Señor, a menudo me he inclinado a pensar que la mayoría de los lunáticos son endemoniados. Y no tiene peso alguno la objeción de que con frecuencia se curan con medicinas; porque lo mismo podría ocurrir con cualquier otra enfermedad ocasionada por un espíritu malo, si Dios no le permitiera repetir el golpe que la ocasiona».

14. Este pensamiento nos abre un campo más amplio. ¿Quién puede decir cuántas de esas enfermedades que imputamos enteramente a causas naturales pueden ser en realidad sobrenaturales? ¿Qué desorden hay en el cuerpo humano que un ángel malo no pueda infligir? ¿No puede herirnos, como hirió a Job, y eso en un momento, con llagas desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie? ¿No puede con igual facilidad infligir cualquier otra dolencia, externa o interna? ¿No podría en un momento, con permiso divino, derribar en tierra al hombre más fuerte y hacer que «se revuelque echando espumarajos», con todos los síntomas de una epilepsia o de una apoplejía? Del mismo modo, le es fácil herir a un solo hombre, o a todos los de una ciudad o nación, con una fiebre maligna, o con la peste misma, de modo que vana sería la ayuda del hombre.

15. Si no fuera porque la malicia ciega los ojos de los sabios, uno imaginaría que un ser tan inteligente no se rebajaría tanto, como parece que a veces lo hace el diablo, para atormentar a los pobres hijos de los hombres. Porque a él podemos imputar razonablemente muchas pequeñas molestias que sufrimos. «Creo» (dijo aquel hombre excelente, el marqués de Renty, cuando el banco en que estaba sentado se partió en dos sin causa visible alguna) «que Satanás tuvo parte en ello, haciéndome caer torpemente». No sé si no tendrá también parte en aquel horror inexplicable que se ha apoderado de muchos en lo más profundo de la noche, hasta tal punto que todos sus huesos se estremecían. Quizá tenga parte también en aquellos sueños aterradores que muchos tienen aun cuando gozan de perfecta salud.

Puede observarse que en todos estos casos solemos decir «el diablo», como si hubiera uno solo, porque estos espíritus, por innumerables que sean, actúan todos de concierto, y porque no sabemos si uno o varios intervienen en esta o aquella obra de las tinieblas.

Solo queda sacar unas pocas inferencias sencillas de la doctrina expuesta.

1. Y, en primer lugar, como preservativo general contra toda la furia, el poder y la astucia de vuestro gran adversario, vestíos de la panoplia, de «toda la armadura de Dios», la santidad universal. Procurad que «haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús», y que «andéis como él anduvo»; que tengáis una «conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres». Así podréis «resistir» toda la fuerza y todas las estratagemas del enemigo; así podréis «resistir en el día malo», en el día de la tentación dura, y «habiendo acabado todo, estar firmes», permanecer en la postura de la victoria y del triunfo.

2. A sus «dardos de fuego» —sus malas sugestiones de toda clase, blasfemas o impuras, aunque innumerables como las estrellas del cielo— oponed «el escudo de la fe». La conciencia del amor de Cristo Jesús los apagará todos eficazmente.

¡Jesús ha muerto por vosotros!

¿Qué no resistirá vuestra fe?

¡Creed, retened vuestro escudo! ¿Y quién

os arrebatará de su mano?

3. Si os inyecta dudas de si sois hijos de Dios, o temores de que no perseveréis hasta el fin, «tomad por yelmo la esperanza de salvación». Retened firme aquella palabra gozosa: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible». Nunca seréis derribados, nunca os hará tambalear vuestro adversario, si «conserváis firme hasta el fin el principio de» esta «confianza».

4. Siempre que el «león rugiente, que anda alrededor buscando a quien devore», os asalte con toda su malicia, su furia y su fuerza, «resistidle firmes en la fe». Entonces es el momento, habiendo clamado al Fuerte pidiendo fuerza, de «avivar el don de Dios que está en vosotros»; de reunir toda vuestra fe, esperanza y amor; de rechazar el ataque en el nombre del Señor y en la potencia de su fortaleza; y pronto «huirá de vosotros».

5. Pero «no hay tentación —dice uno— mayor que la de estar sin tentación». Por tanto, cuando tal sea el caso, cuando Satanás parezca haberse retirado, guardaos entonces de que no os haga más daño como serpiente tortuosa que el que podría haceros como león rugiente. Cuidad entonces de no ser adormecidos en un sueño placentero, no sea que os engañe como engañó a Eva, aun en su inocencia, y os aparte insensiblemente de vuestra sencillez para con Cristo, de buscar toda vuestra felicidad en él.

6. Por último. Si «se transforma en ángel de luz», entonces estáis en el mayor peligro de todos. Entonces tenéis necesidad de guardaros, no sea que caigáis también vosotros donde muchos más fuertes han sido muertos; entonces tenéis la mayor necesidad de «velar y orar, para que no entréis en tentación». Y si seguís haciéndolo así, el Dios a quien amáis y servís os librará. «La unción del Santo permanecerá en vosotros y os enseñará todas las cosas». Vuestro ojo penetrará a través de los lazos; «conoceréis cuál sea la voluntad de Dios, santa, agradable y perfecta», y proseguiréis vuestro camino hasta que «crezcáis en todas las cosas en aquel que es nuestra cabeza, a saber, Cristo Jesús».

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