Capítulo 72 · 19 min de lectura · 25 min de escucha
De los ángeles buenos
Sermón 71
De los ángeles buenos
«¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?»
Hebreos 1:14.
1. Muchos de los antiguos paganos tenían (probablemente por tradición) alguna noción de ángeles buenos y malos. Concebían un orden superior de seres, entre los hombres y Dios, a los que los griegos solían llamar demonios (los que saben) y los romanos, genios. Suponían que algunos de ellos eran bondadosos y benévolos, y se deleitaban en hacer el bien; otros, malignos y crueles, que se deleitaban en hacer el mal. Pero sus ideas, tanto de unos como de otros, eran toscas, imperfectas y confusas, pues no eran más que fragmentos de la verdad, en parte transmitidos por sus antepasados y en parte tomados de los escritos inspirados.
2. De los primeros, de la clase benévola, parece haber sido el célebre demonio de Sócrates, acerca del cual se han hecho tantas y tan diversas conjeturas en las edades siguientes. «Este me avisa —decía él— cada mañana de cualquier mal que haya de sobrevenirme aquel día». Es cierto que un escritor reciente (supongo que uno que apenas cree en la existencia de ángel ni de espíritu alguno) ha publicado una disertación en la que se esfuerza por probar que el demonio de Sócrates no era sino su razón. Pero no era costumbre de Sócrates hablar en términos tan oscuros y ambiguos. Si hubiera querido decir su razón, sin duda lo habría dicho. Pero no podía ser ese su sentido, porque era imposible que su razón le avisara cada mañana de todo mal que hubiera de sobrevenirle aquel día. No está dentro de la jurisdicción de la razón dar tal aviso de sucesos futuros y contingentes. Ni concuerda en modo alguno esta extraña interpretación con la consecuencia que él mismo saca de ello: «Mi demonio —dice— no me avisó esta mañana de ningún mal que hubiera de sobrevenirme hoy. Por tanto, no puedo tener por mal alguno el ser condenado a muerte». Sin duda era algún ser espiritual; probablemente uno de estos espíritus ministradores.
3. Un antiguo poeta, que vivió varias edades antes de Sócrates, habla de este asunto de manera más determinada. Hesíodo no vacila en decir:
Millones de criaturas espirituales recorren la tierra sin ser vistas.
De aquí, es probable, nacieron las numerosas fábulas sobre las hazañas de sus semidioses, Minorum Gentium. De aquí sus sátiros, faunos y ninfas de toda clase, de los que suponían llenos tanto el mar como la tierra. ¡Pero cuán vanos, pueriles e insatisfactorios son todos los relatos que dan de ellos! Como, en verdad, difícilmente pueden dejar de serlo los relatos que dependen de una tradición rota e incierta.
4. Solo la revelación puede suplir esta falta: solo ella nos da un relato claro, racional y coherente de aquellos a quienes nuestros ojos no han visto ni nuestros oídos han oído; de los ángeles, tanto buenos como malos. Mi propósito es hablar al presente solo de los primeros, de los cuales tenemos un relato completo, aunque breve, en estas palabras: «¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?»
I. 1. La pregunta, según la manera del Apóstol, equivale a una afirmación enérgica. Y de ahí aprendemos, en primer lugar, que en cuanto a su esencia o naturaleza todos ellos son espíritus; no seres materiales; no cargados de carne y sangre como nosotros, sino que tienen cuerpos, si es que los tienen, no groseros y terrenales como los nuestros, sino de una sustancia más fina, que se asemeja al fuego o a la llama más que a ningún otro de estos elementos inferiores. ¿Y no se insinúa algo así en aquellas palabras del salmista: «El que hace a sus ángeles espíritus, y a sus ministros fuego flameante»? (Salmo 104:4.) Como espíritus, él los ha dotado de entendimiento, de voluntad o afectos (que en verdad son lo mismo, ya que los afectos no son sino la voluntad ejerciéndose de diversas maneras) y de libertad. ¿Y no son estas cosas, el entendimiento, la voluntad y la libertad, esenciales a un espíritu, si no son la esencia misma de él?
2. Pero ¿quién de los hijos de los hombres puede comprender lo que es el entendimiento de un ángel? ¿Quién puede comprender hasta dónde se extiende su vista? Análoga a la vista en los hombres, aunque no la misma; pero así nos vemos obligados a hablar por la pobreza del lenguaje humano. Probablemente no solo sobre un hemisferio de la tierra; sí, o
diez veces la extensión de este globo terreno;
o aun de todo el sistema solar; ¡sino hasta abarcar de una sola mirada toda la extensión de la creación! Y no podemos concebir defecto alguno en su percepción, ni error alguno en su entendimiento. Pero ¿de qué manera usan su entendimiento? En modo alguno debemos imaginar que se arrastran de una verdad a otra por ese método lento que llamamos razonamiento. Sin duda ven de una sola mirada cualquier verdad que se presenta a su entendimiento, y con toda la certeza y claridad con que nosotros, los mortales, vemos el axioma más evidente. ¿Quién, pues, puede concebir la extensión de su conocimiento? No solo de la naturaleza, los atributos y las obras de Dios, sean de creación o de providencia, sino de las circunstancias, acciones, palabras, disposiciones, sí, y pensamientos de los hombres. Porque, aunque solo «Dios» «conoce el corazón de todos los hombres» («a quien son conocidas todas sus obras»), junto con los cambios por que pasan, «desde el siglo», no podemos dudar de que sus ángeles conocen el corazón de aquellos a quienes ministran más de cerca. Mucho menos podemos dudar de que conocen los pensamientos que hay en nuestro corazón en un momento dado. ¿Qué les impediría verlos según van surgiendo? No el delgado velo de la carne y la sangre. ¿Pueden estos interceptar la vista de un espíritu? No,
muros tras muros no le cierran más el paso
que el espacio sin estorbo del aire líquido.
Mucho más fácilmente, pues, y mucho más perfectamente de lo que nosotros leemos los pensamientos de un hombre en su rostro, leen estos seres sagaces nuestros pensamientos tal como surgen en nuestro corazón, por cuanto ven el espíritu, que es de su misma naturaleza, con más claridad que nosotros vemos el cuerpo. Si esto le parece extraño a alguno que no se había fijado en ello antes, que considere solamente esto: suponiendo que mi espíritu estuviera fuera del cuerpo, ¿no podría un ángel ver mis pensamientos aun sin que yo pronunciara palabra alguna? (si es que en el mundo de los espíritus se usan palabras). ¿Y no puede ese espíritu ministrador verlos igual de bien ahora que estoy en el cuerpo? Parece, pues, una verdad incuestionable (aunque quizá no comúnmente observada) que los ángeles conocen no solo las palabras y acciones, sino también los pensamientos de aquellos a quienes ministran. Y, en verdad, sin este conocimiento estarían muy mal capacitados para desempeñar diversas partes de su ministerio.
3. ¡Y qué grado inconcebible de sabiduría deben de haber adquirido mediante el uso de sus asombrosas facultades, además de aquella con que fueron dotados originalmente, en el curso de más de seis mil años! (Que han existido tanto tiempo nos consta, porque «alababan juntos cuando se fundaba la tierra».) ¡Cuán inmensamente debe de haber crecido su sabiduría durante un período tan largo, no solo al contemplar los corazones y los caminos de los hombres en sus generaciones sucesivas, sino al observar las obras de Dios, sus obras de creación, sus obras de providencia, sus obras de gracia; y, sobre todo, al «ver siempre la faz de su Padre que está en los cielos»!
4. ¡Qué medidas de santidad, así como de sabiduría, han sacado de este océano inagotable!
¡Un abismo sin límites, insondable,
sin fondo y sin orilla!
¿No se les llama por eso, por excelencia, los santos ángeles? ¡Qué bondad, qué filantropía, qué amor al hombre han sacado de aquellos ríos que están a su diestra! Un amor tal que no podemos concebir que lo supere otro sino el de Dios nuestro Salvador. Y siguen bebiendo más amor de esta «fuente de agua viva».
5. Tales son el conocimiento y la sabiduría de los ángeles de Dios, según lo aprendemos de sus propios oráculos. Tales son su santidad y su bondad. ¡Y cuán asombrosa es su fuerza! Aun a un ángel caído lo llama un escritor inspirado «el príncipe de la potestad del aire». ¡Qué terrible prueba dio de este poder al levantar de repente el torbellino que «hirió las cuatro esquinas de la casa» y destruyó de una vez a todos los hijos de Job! (Job 1.) Que esto fue obra suya podemos aprenderlo fácilmente del mandato de «guardar su vida». Pero dio una prueba mucho más terrible de su fuerza (si suponemos que aquel «ángel del Señor» fue un ángel malo, lo cual no es en modo alguno improbable) cuando hirió de muerte a ciento ochenta y cinco mil asirios en una sola noche; más aún, posiblemente en una sola hora, si no en un solo instante. Sin embargo, una fuerza mucho mayor que esta tuvo que ejercer aquel ángel (fuese ángel de luz o de tinieblas, cosa que el texto no determina) que hirió en una hora a «todo primogénito de Egipto, así de los hombres como de las bestias». Porque, considerando la extensión de la tierra de Egipto, su inmensa población y el innumerable ganado que se alimentaba en sus casas y pacía en sus fértiles campos, los hombres y bestias que murieron aquella noche debieron de sumar varios millones. Y si se supone que este fue un ángel malo, ¿no ha de ser un ángel bueno tan fuerte como él, y aún más fuerte? Porque sin duda cualquier ángel bueno ha de tener más poder que incluso un arcángel arruinado. ¡Y qué poder han de tener aquellos «cuatro ángeles» del Apocalipsis que fueron designados para «detener los cuatro vientos» del cielo! No parece, pues, exagerado suponer que, si Dios tuviera a bien permitirlo, cualquiera de los ángeles de luz podría sacar de sus órbitas la tierra y todos los planetas; más aún, que podría armarse de todos estos elementos y aplastar toda la fábrica de la naturaleza. En verdad, no sabemos cómo poner límites a la fuerza de estos primogénitos de Dios.
6. Y aunque nadie sino su gran Creador es omnipresente, aunque nadie fuera de él puede preguntar: «¿No lleno yo el cielo y la tierra?», sin duda ha dado a los espíritus creados una inmensa esfera de acción (aunque no ilimitada). «El príncipe del reino de Persia» (mencionado en Daniel 10:13, ), aunque probablemente era un ángel malo, parece haber tenido una esfera de acción, tanto de conocimiento como de poder, tan extensa como aquel vasto imperio; y la misma, si no mayor, podemos atribuir razonablemente al ángel bueno a quien resistió durante veintiún días.
7. Los ángeles de Dios tienen gran poder, en particular, sobre el cuerpo humano: poder para causar o quitar el dolor y las enfermedades, para matar o para sanar. Entienden perfectamente de qué estamos hechos; conocen todos los resortes de esta curiosa máquina y pueden sin duda, con el permiso de Dios, tocar cualquiera de ellos, ya para detener su movimiento, ya para restaurarlo. De este poder, aun en un ángel malo, tenemos un claro ejemplo en el caso de Job, a quien «hirió de una maligna sarna» por todo el cuerpo, «desde la planta de su pie hasta la coronilla de su cabeza». Y en aquel mismo instante, sin duda, lo habría matado si Dios no le hubiera guardado la vida. Y, por otra parte, del poder de los ángeles para sanar tenemos un ejemplo notable en el caso de Daniel. «Me faltó la fuerza», dijo el profeta, «y no me ha quedado aliento». «Entonces uno vino y me tocó, y me dijo: Paz a ti; esfuérzate y aliéntate. Y hablando él conmigo, cobré vigor». (Daniel 10:17.) Por otra parte, cuando reciben comisión de lo alto, ¿no pueden poner fin a la vida humana? No hay nada improbable en lo que el doctor Parnell supone que el ángel dice al ermitaño acerca de la muerte del niño: —
A todos, salvo a ti, pareció morir de un ataque:
y era mi ministerio descargar el golpe.
De esta gran verdad derivaron probablemente los poetas paganos su fantasía de que Iris solía ser enviada del cielo para desatar las almas de sus cuerpos. Y quizá la muerte repentina de muchos de los hijos de Dios se deba al ministerio de un ángel.
II. Tan perfectamente capacitados están los ángeles de Dios para su alto oficio. Queda por averiguar cómo desempeñan su oficio. ¿Cómo ministran a los herederos de la salvación?
1. No diré que no ministran en absoluto a aquellos que, por su obstinada impenitencia e incredulidad, se desheredan a sí mismos del reino. Este mundo es un mundo de misericordia, en el que Dios derrama muchas misericordias aun sobre los malos y los ingratos. Y es probable que muchas de ellas les sean comunicadas aun a ellos por el ministerio de los ángeles, especialmente mientras tienen algún pensamiento de Dios o algún temor de Dios delante de sus ojos. Pero su ocupación favorita, su oficio peculiar, es ministrar a los herederos de la salvación: a los que ahora son «salvos por la fe», o al menos buscan a Dios con sinceridad.
2. ¿No es su primer cuidado ministrar a nuestras almas? Pero no debemos esperar que esto se haga con advertencia, de tal manera que podamos distinguir claramente su obrar de las operaciones de nuestra propia mente. No tenemos más razón para esperar esto que para esperar que se aparezcan en forma visible. Sin ello, pueden actuar sobre nuestro entendimiento de mil maneras. Pueden ayudarnos en nuestra búsqueda de la verdad, quitar muchas dudas y dificultades, arrojar luz sobre lo que antes era oscuro y confuso, y confirmarnos en la verdad que es según la piedad. Pueden advertirnos del mal disfrazado y poner lo bueno a una luz clara y fuerte. Pueden mover suavemente nuestra voluntad a abrazar lo bueno y huir de lo malo. Pueden, muchas veces, avivar nuestros afectos aletargados, aumentar nuestra santa esperanza o nuestro temor filial, y ayudarnos a amar con más ardor a Aquel que nos amó primero. Sí, pueden ser enviados por Dios para responder a toda aquella oración que el piadoso obispo Ken puso en nuestros labios: —
¡Oh, que tus ángeles, mientras duermo,
velen en torno a mi lecho;
que infundan su amor angelical
y cierren toda entrada al mal!
Que me repitan gozos celestiales
y conversen conmigo pensamiento a pensamiento.
Aunque la manera de esto no podremos explicarla mientras habitemos en el cuerpo.
3. ¿No pueden ministrarnos también, con respecto a nuestros cuerpos, de mil maneras que ahora no entendemos? Pueden impedir que caigamos en muchos peligros de los que no nos damos cuenta, y pueden librarnos de muchos otros, aunque no sepamos de dónde nos viene la liberación. ¡Cuántas veces hemos sido preservados de manera extraña e inexplicable en caídas repentinas y peligrosas! Y bien está si no atribuimos esa preservación al azar, o a nuestra propia sabiduría o fuerza. No es así: fue Dios quien mandó a sus ángeles acerca de nosotros, y en sus manos nos llevaron. Es cierto que los hombres del mundo siempre atribuirán tales liberaciones al accidente o a causas segundas. A ellas, posiblemente, algunos habrían atribuido la preservación de Daniel en el foso de los leones. Pero él mismo la atribuye a su verdadera causa: «El Dios mío envió su ángel, el cual cerró la boca de los leones». (Daniel 6:22.)
4. Cuando una enfermedad violenta, que se suponía incurable, desaparece total y repentinamente, no es en modo alguno improbable que esto se efectúe por el ministerio de un ángel. Y quizá se deba a la misma causa que de manera inexplicable se le sugiera, ya al enfermo, ya a alguno de los que lo asisten, un remedio con el que queda enteramente curado.
5. Parece que lo que suele llamarse sueños divinos puede atribuirse con frecuencia a los ángeles. Tenemos un ejemplo notable de esta clase, referido por uno a quien difícilmente se tendrá por entusiasta, pues era pagano, filósofo y emperador: me refiero a Marco Antonino. «En sus Meditaciones, da gracias solemnemente a Dios por haberle revelado en un sueño, cuando estaba en Cayeta, lo que curó por completo el flujo de sangre, que ninguno de sus médicos había podido sanar». ¿Y por qué no podemos suponer que Dios le dio este aviso por el ministerio de un ángel?
6. ¡Y cuántas veces nos libra Dios de los hombres malos por el ministerio de sus ángeles, desbaratando todo lo que su furia, su malicia o su astucia habían tramado contra nosotros! Estos rodean su lecho y su senda, y están al tanto de todos sus oscuros designios; y muchos de ellos, sin duda, los han reducido a nada por medios en que no pensamos. A veces malogran sus planes favoritos en el principio; a veces, cuando están justo a punto de ejecutarse. Y esto pueden hacerlo de mil maneras de las que no nos percatamos. Pueden detenerlos en mitad de su carrera, privándolos de valor o de fuerza, infundiendo desfallecimiento en sus lomos o convirtiendo su sabiduría en necedad. A veces sacan a la luz lo oculto de las tinieblas y nos muestran las trampas tendidas a nuestros pies. De estas y otras diversas maneras hacen pedazos los lazos de los impíos.
7. Otra gran rama de su ministerio es contrarrestar a los ángeles malos, que andan continuamente alrededor, no solo como leones rugientes, buscando a quién devorar, sino, de manera aún más peligrosa, como ángeles de luz, buscando a quién engañar. ¡Y cuán grande es el número de estos! ¿No son como las estrellas del cielo en multitud? ¡Cuán grande es su astucia, madurada por la experiencia de más de seis mil años! ¡Cuán grande es su fuerza! Solo inferior a la de los ángeles de Dios. Los más fuertes de los hijos de los hombres no son ante ellos más que langostas. ¡Y qué ventaja tienen sobre nosotros por esa sola circunstancia de ser invisibles! Así como no tenemos fuerza para rechazar su violencia, tampoco tenemos destreza para esquivarla. Pero el Señor misericordioso no nos ha entregado a la voluntad de nuestros enemigos: «Sus ojos», es decir, sus santos ángeles, «recorren toda la tierra». Y si nuestros ojos fueran abiertos, veríamos que «más son los que están con nosotros que los que están con ellos». Veríamos
que una escolta nos acompaña,
una hueste ministradora de amigos invisibles.
Y siempre que aquellos nos asaltan en el alma o en el cuerpo, estos son capaces, están dispuestos y prontos a defendernos, pues son por lo menos igualmente fuertes, igualmente sabios e igualmente vigilantes. ¿Y quién puede hacernos daño mientras tenemos ejércitos de ángeles, y al Dios de los ángeles, de nuestra parte?
8. Y podemos hacer una observación general: cualquier ayuda que Dios da a los hombres por medio de hombres, esa misma, y frecuentemente en mayor grado, se la da por medio de ángeles. ¿Nos suministra por medio de hombres luz cuando estamos en tinieblas, gozo cuando estamos en tristeza, liberación cuando estamos en peligro, alivio y salud cuando estamos enfermos o con dolor? No puede dudarse de que con frecuencia comunica las mismas bendiciones por el ministerio de los ángeles: no de modo tan perceptible, en verdad, pero sí tan eficazmente, aunque los mensajeros no se vean. ¿Nos libra con frecuencia, por medio de hombres, de la violencia y la astucia de nuestros enemigos? Muchas veces obra la misma liberación por esos agentes invisibles. Estos cierran la boca de los leones humanos, de modo que no tienen poder para dañarnos. Y frecuentemente se unen a nuestros amigos humanos (aunque ni ellos ni nosotros lo percibamos), dándoles sabiduría, valor o fuerza, sin los cuales todo su trabajo por nosotros sería infructuoso. Así ministran en secreto, en innumerables casos, a los herederos de la salvación, mientras nosotros solo oímos voces de hombres y no vemos a nadie sino hombres a nuestro alrededor.
9. Pero ¿no enseña la Escritura: «La ayuda que se hace en la tierra, Dios mismo la hace»? Ciertísimamente la hace. Y puede hacerla por su propio poder inmediato. No tiene necesidad de usar instrumento alguno, ni en el cielo ni en la tierra. No le hacen falta ni ángeles ni hombres para cumplir todo el consejo de su voluntad. Pero no es de su agrado obrar así. Nunca lo hizo, y podemos suponer razonablemente que nunca lo hará. Siempre ha obrado por los instrumentos que le han placido; pero aun así es Dios mismo quien hace la obra. Por tanto, cualquier ayuda que tengamos, sea por ángeles o por hombres, es tan obra de Dios como si él extendiera su brazo todopoderoso y obrara sin medio alguno. Pero los ha usado desde el principio del mundo: en todas las edades se ha valido del ministerio tanto de hombres como de ángeles. Y en esto, especialmente, se ve «la multiforme sabiduría de Dios por la iglesia». Entretanto, a él le redunda la misma gloria que si no usara instrumento alguno.
10. La gran razón por la que Dios tiene a bien ayudar a los hombres por medio de hombres, y no inmediatamente por sí mismo, es sin duda hacernos queridos unos a otros mediante estos buenos oficios mutuos, a fin de aumentar nuestra felicidad tanto en el tiempo como en la eternidad. ¿Y no es por la misma razón que Dios tiene a bien mandar a sus ángeles acerca de nosotros? A saber, para hacernos a nosotros y a ellos queridos los unos de los otros, a fin de que, con el aumento de nuestro amor y gratitud hacia ellos, hallemos un aumento proporcionado de felicidad cuando nos encontremos en el reino de nuestro Padre. Entretanto, aunque no debemos adorarlos (la adoración solo se debe a nuestro común Creador), sí podemos «tenerlos en mucha estima, con amor, por causa de su obra». Y podemos imitarlos en toda santidad, ajustando nuestra vida a la oración que nuestro Señor mismo nos enseñó, esforzándonos por hacer su voluntad en la tierra como los ángeles la hacen en el cielo.
No puedo concluir mejor este discurso que con aquella admirable colecta de nuestra Iglesia: —
«Oh Dios eterno, que has ordenado y constituido de manera admirable los servicios de los ángeles y de los hombres: concede que, así como tus santos ángeles te sirven siempre en el cielo, así, por tu disposición, nos socorran y defiendan en la tierra, por Jesucristo nuestro Señor».
Capítulo 72 completado
De los ángeles buenos