Sermones en diversas ocasiones
El caso de la razón considerado con imparcialidad

Capítulo 71 · 22 min de lectura · 28 min de escucha

El caso de la razón considerado con imparcialidad

Sermón 70

El caso de la razón considerado con imparcialidad

«Hermanos, no seáis niños en el entendimiento; sed niños en la malicia, pero en el entendimiento sed hombres.»

1 Corintios 14:20.

1. Es observación verdadera de un hombre eminente, que había hecho muchas observaciones sobre la naturaleza humana: «Si la razón está contra un hombre, el hombre siempre estará contra la razón». Esto lo ha confirmado la experiencia de todas las épocas. Muchísimos han sido los ejemplos de ello, tanto en el mundo cristiano como en el pagano; sí, y eso desde los tiempos más antiguos. Ya entonces no faltaron hombres bienintencionados que, no teniendo ellos mismos mucha razón, imaginaron que la razón no servía de nada en la religión; sí, más bien, que era un estorbo para ella. Y no ha faltado una sucesión de hombres que han creído y afirmado lo mismo. Pero nunca hubo mayor número de ellos en la Iglesia cristiana, al menos en Gran Bretaña, que en el día de hoy.

2. Entre los que desprecian y vilipendian la razón, siempre podéis esperar hallar a aquellos entusiastas que suponen que los sueños de su propia imaginación son revelaciones de Dios. No podemos esperar que hombres de esta índole hagan mucho caso de la razón. Teniendo un guía infalible, poco les mueven los razonamientos de hombres falibles. A la cabeza de estos solemos hallar a todo el rebaño de los antinomianos; todos los que, por mucho que difieran en otros aspectos, concuerdan en «deshacer la ley por la fe». Si les oponéis la razón cuando están afirmando proposiciones llenas a más no poder de absurdo y de blasfemia, probablemente pensarán que es respuesta suficiente decir: «¡Oh, esa es vuestra razón!», o «vuestra razón carnal»; de modo que todos los argumentos se pierden con ellos: no los tienen en más que la paja o la madera podrida.

3. ¡Qué natural es que los que observan este extremo corran al contrario! Mientras están fuertemente impresionados por el absurdo de menospreciar la razón, ¡qué inclinados están a sobrevalorarla! En consecuencia, estamos rodeados de quienes (los hallamos por todas partes) sientan como principio indudable que la razón es el don más alto de Dios. La pintan con los más bellos colores; la ensalzan hasta los cielos. Gustan de extenderse en su alabanza; la hacen poco menos que divina. Suelen describirla como muy cercana a la infalibilidad, si no del todo infalible. La consideran el director todosuficiente de todos los hijos de los hombres, capaz, por su luz nativa, de guiarlos a toda verdad y conducirlos a toda virtud.

4. Los que tienen prejuicios contra la revelación cristiana, los que no reciben las Escrituras como los oráculos de Dios, caen casi universalmente en este extremo: apenas he conocido excepción alguna. Así lo hacen todos, cualquiera que sea el nombre con que se los llame, los que niegan la divinidad de Cristo. (En verdad algunos de ellos dicen que no niegan su divinidad, sino solo su divinidad suprema. No; esto es lo mismo; porque al negar que él sea el Dios supremo, niegan que sea Dios en absoluto, ¡a menos que afirmen que hay dos dioses, uno grande y otro pequeño!) Todos estos son vehementes aplaudidores de la razón como la gran guía que no yerra. A estos sobrevaloradores de la razón podemos añadir, por lo general, a los hombres de entendimiento eminentemente fuerte, quienes, porque saben más que la mayoría de los demás hombres, suponen que pueden saberlo todo. Pero podemos añadir igualmente a muchos que están en el otro extremo: hombres de entendimiento eminentemente débil; hombres en quienes el orgullo (caso muy común) suple la falta de juicio; que no sospechan que son ciegos, porque siempre lo han sido.

5. ¿No hay, pues, término medio entre estos extremos, entre menospreciar y sobrevalorar la razón? Ciertamente lo hay. Pero ¿quién hay que lo señale?, ¿que marque el camino de en medio? Aquel gran maestro de la razón, el señor Locke, ha hecho algo de esta clase, algo aplicable al caso, en un capítulo de su Ensayo sobre el entendimiento humano. Pero solo es aplicable remotamente a esto: no llega al punto. El bueno y grande doctor Watts ha escrito admirablemente bien, tanto acerca de la razón como de la fe. Pero tampoco nada de lo que ha escrito señala el término medio entre valorarla demasiado poco y demasiado.

6. Con gusto procuraría suplir en algún grado esta gran falta: señalar, primero, a los que la menosprecian, lo que la razón puede hacer; y luego, a los que la sobrevaloran, lo que la razón no puede hacer. Pero antes de que pueda hacerse lo uno o lo otro, es absolutamente necesario definir el término, fijar el significado preciso de la palabra en cuestión. Si no se hace esto, los hombres pueden disputar hasta el fin del mundo sin llegar a ninguna buena conclusión. Esta es una gran causa de los innumerables altercados que ha habido sobre el tema. Muy pocos de los que disputaban pensaron en esto, en definir la palabra sobre la que disputaban. La consecuencia natural fue que estaban tan lejos de un acuerdo al final como al principio.

I. 1. Primero, pues, la razón se toma a veces por argumento. Así: «Dame una razón de tu afirmación». Así en Isaías: «Presentad vuestras fuertes razones»; es decir, vuestros fuertes argumentos. Usamos la palabra casi en el mismo sentido cuando decimos: «Tiene buenas razones para lo que hace». Aquí parece significar que tiene motivos suficientes, tales que deben influir en un hombre sabio. Pero ¿cómo ha de entenderse la palabra en la célebre cuestión acerca de las «razones de las cosas»? ¿particularmente cuando se pregunta: An rationes rerum sint aeternae? «¿Son eternas las razones de las cosas?» ¿No significan aquí las «razones de las cosas» las relaciones de las cosas entre sí? Pero ¿cuáles son las relaciones eternas de las cosas temporales? ¿de cosas que no existían hasta ayer? ¿Podían existir las relaciones de estas cosas antes de que las cosas mismas tuviesen existencia alguna? ¿No es, pues, hablar de tales relaciones una contradicción manifiesta? Sí, tan palpable como cualquiera que pueda ponerse en palabras.

2. En otra acepción de la palabra, la razón es casi lo mismo que el entendimiento. Significa una facultad del alma humana; aquella facultad que se ejerce de tres maneras: por la simple aprehensión, por el juicio y por el discurso. La simple aprehensión es meramente concebir una cosa en la mente; el primer y más simple acto del entendimiento. El juicio es determinar que las cosas antes concebidas concuerdan o difieren entre sí. El discurso, hablando con propiedad, es el movimiento o progreso de la mente de un juicio a otro. La facultad del alma que incluye estas tres operaciones es lo que aquí entiendo por el término razón.

3. Tomando la palabra en este sentido, consideremos ahora con imparcialidad, primero: ¿Qué es lo que la razón puede hacer? ¿Y quién puede negar que puede hacer mucho, muchísimo, en los asuntos de la vida común? Para comenzar por el punto más bajo: puede dirigir a los criados en cómo realizar los diversos trabajos en que están empleados; cómo cumplir su deber, ya en los oficios más humildes, ya en cualquiera de naturaleza más alta. Puede dirigir al labrador en qué tiempo y de qué manera cultivar su tierra; arar, sembrar, segar, recoger su grano, criar y manejar su ganado, y obrar con prudencia y acierto en cada parte de su ocupación. Puede dirigir a los artesanos en cómo preparar las diversas clases de vestidos, y mil cosas necesarias y cómodas para la vida, no solo para sí mismos y sus familias, sino para sus vecinos, cercanos o lejanos. Puede dirigir a los de mayores capacidades a proyectar y ejecutar obras de clase más elegante. Puede dirigir al pintor, al escultor, al músico, a sobresalir en los puestos en que la Providencia los ha colocado. Puede dirigir al marinero a gobernar su rumbo sobre el seno del gran abismo. Capacita a los que estudian las leyes de su país para defender la propiedad o la vida de sus conciudadanos; y a los que estudian el arte de curar, para sanar la mayoría de las enfermedades a que estamos expuestos en nuestro estado presente.

4. Para subir aún más alto: es cierto que la razón puede ayudarnos a recorrer todo el círculo de las artes y las ciencias: de la gramática, la retórica, la lógica, la filosofía natural y moral, las matemáticas, el álgebra, la metafísica. Puede enseñar todo cuanto la habilidad o la industria del hombre ha inventado en algunos miles de años. Es absolutamente necesaria para el debido desempeño de los cargos más importantes, como son los de los magistrados, ya de rango inferior, ya superior; y los de los gobernantes subordinados o supremos, ya de estados, ya de provincias, ya de reinos.

5. Todo esto pocos hombres en su sano juicio lo negarán. Ningún hombre que piense puede dudar de que la razón presta un servicio considerable en todas las cosas relativas al mundo presente. Pero supongamos que hablamos de cosas más altas, de las cosas de otro mundo: ¿qué puede hacer aquí la razón? ¿Es una ayuda o un estorbo para la religión? Puede hacer mucho en los asuntos de los hombres; pero ¿qué puede hacer en las cosas de Dios?

6. Este es un punto que merece ser considerado profundamente. Si preguntáis: ¿Qué puede hacer la razón en la religión?, respondo: puede hacer muchísimo, tanto respecto de su fundamento como de su edificio.

El fundamento de la verdadera religión descansa sobre los oráculos de Dios. Está edificada sobre los profetas y apóstoles, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. Ahora bien, ¡de qué excelente uso es la razón, si queremos entender nosotros mismos, o explicar a otros, esos oráculos vivos! ¿Y cómo es posible sin ella entender las verdades esenciales contenidas en ellos? De ellas tenemos un hermoso resumen en lo que se llama el Credo de los Apóstoles. ¿No es la razón (asistida por el Espíritu Santo) la que nos capacita para entender lo que las Sagradas Escrituras declaran acerca del ser y los atributos de Dios?, ¿acerca de su eternidad e inmensidad, su poder, sabiduría y santidad? Es por la razón como Dios nos capacita para comprender en alguna medida su método de tratar con los hijos de los hombres; la naturaleza de sus diversas dispensaciones, del antiguo y del nuevo pacto, de la ley y del evangelio. Es por ella como entendemos (abriendo e iluminando su Espíritu los ojos de nuestro entendimiento) qué es aquel arrepentimiento de que no hay que arrepentirse; qué es aquella fe por la cual somos salvos; cuál es la naturaleza y la condición de la justificación; cuáles son sus frutos inmediatos y cuáles los subsiguientes. Por la razón aprendemos qué es aquel nuevo nacimiento sin el cual no podemos entrar en el reino de los cielos, y qué es aquella santidad sin la cual nadie verá al Señor. Por el debido uso de la razón llegamos a saber cuáles son las disposiciones que implica la santidad interior, y qué es ser exteriormente santo, santo en toda manera de vivir; en otras palabras, cuál es el sentir que hubo en Cristo, y qué es andar como Cristo anduvo.

7. Se presentarán muchos casos particulares respecto de varios de los artículos precedentes en los que necesitaremos todo nuestro entendimiento, si queremos conservar una conciencia sin remordimiento. Muchos casos de conciencia no pueden resolverse sin el máximo ejercicio de nuestra razón. Lo mismo se requiere para entender y cumplir nuestros deberes relativos ordinarios: los deberes de padres e hijos, de maridos y esposas, y (por no nombrar más) de amos y criados. En todos estos respectos, y en todos los deberes de la vida común, Dios nos ha dado la razón por guía. Y solo obrando conforme a sus dictados, usando todo el entendimiento que Dios nos ha dado, podemos tener una conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres.

8. Aquí, pues, hay en verdad un campo amplio, en el que la razón puede extenderse y ejercitar todas sus facultades. Y si la razón puede hacer todo esto, tanto en las cosas civiles como en las religiosas, ¿qué es lo que no puede hacer?

Hasta aquí hemos procurado dejar a un lado todo prejuicio y pesar el asunto con calma e imparcialidad. Sigamos todavía el mismo camino: consideremos ahora serenamente, sin prevención por ningún lado, qué es, según la mejor luz que tenemos, lo que la razón no puede hacer.

II. 1. Y, primero, la razón no puede producir la fe. Aunque la fe es siempre compatible con la razón, la razón no puede producir la fe en el sentido bíblico de la palabra. La fe, según la Escritura, es «la demostración», o convicción, «de las cosas que no se ven». Es una demostración divina, que trae una plena convicción de un mundo invisible y eterno. Es verdad que hubo una especie de persuasión sombría de esto aun entre los paganos más sabios; probablemente por tradición, o por algunos destellos de luz reflejados de los israelitas. De ahí que muchos cientos de años antes de que naciera nuestro Señor, el poeta griego pronunciara aquella gran verdad:

Millones de criaturas espirituales andan por la tierra

sin ser vistas, ya velemos, ya durmamos.

Pero esto era poco más que una débil conjetura: estaba lejos de una firme convicción, la cual la razón, en su más alto grado de perfeccionamiento, nunca pudo producir en ningún hijo de hombre.

2. Hace muchos años descubrí la verdad de esto por triste experiencia. Después de haber acumulado cuidadosamente los argumentos más fuertes que pude hallar, ya en autores antiguos, ya en modernos, en favor de la existencia misma de un Dios y (lo cual está estrechamente unido a ello) de la existencia de un mundo invisible, he andado de un lado a otro, meditando conmigo mismo: «¿Y si todas estas cosas que veo a mi alrededor, esta tierra y este cielo, todo este universo, han existido desde la eternidad? ¿Y si aquella melancólica suposición del antiguo poeta es el caso real:

oie per phullon genee, toiede kai andron;

¿Y si “la generación de los hombres es exactamente paralela a la generación de las hojas”? ¿si la tierra deja caer a sus sucesivos habitantes, tal como el árbol deja caer sus hojas? ¿Y si aquel dicho de un gran hombre es realmente verdadero:

Post mortem nihil est; ipsaque mors nihil?

¿La muerte no es nada, y nada hay después de la muerte?

¿Cómo estoy seguro de que no es así; de que no he seguido fábulas por arte compuestas?» Y he seguido el pensamiento hasta que no quedó aliento en mí, y estaba dispuesto a escoger el ahogamiento antes que la vida.

3. Pero en un punto de tan indecible importancia, no dependáis de la palabra de otro; antes retiraos por un rato del mundo bullicioso y haced vosotros mismos el experimento. Probad si vuestra razón os dará una demostración clara y satisfactoria del mundo invisible. Después de dejar a un lado los prejuicios de la educación, presentad vuestras fuertes razones en favor de su existencia. Ponedlas todas en orden de batalla; acallad todas las objeciones; y poned en fuga todas vuestras dudas. ¡Ay!, no podéis, con todo vuestro entendimiento. Podéis reprimirlas por un tiempo. ¡Pero cuán pronto volverán a reunirse y os atacarán con redoblada violencia! ¿Y qué puede hacer la pobre razón para vuestra liberación? Cuanto más vehementemente forcejeáis, más profundamente os enredáis en las redes; y no halláis modo de escapar.

4. ¿Cuál fue el caso de aquel gran admirador de la razón, el autor de la máxima antes citada? Me refiero al famoso señor Hobbes. Nadie negará que tenía un entendimiento fuerte. Pero ¿produjo en él una convicción plena y satisfactoria de un mundo invisible? ¿Abrió los ojos de su entendimiento para ver

más allá de los límites de esta esfera diurna? ¡Oh, no! ¡Muy lejos de ello! Sus palabras al morir nunca deberían olvidarse. «¿Adónde vais, señor?», le dijo uno de sus amigos. Él respondió: «¡Voy a dar un salto en la oscuridad!», y murió. ¡Tal es la demostración del mundo invisible que la mera razón puede dar al más sabio de los hombres!

5. En segundo lugar. La razón sola no puede producir la esperanza en ningún hijo de hombre; me refiero a la esperanza bíblica, por la cual «nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios»; aquella esperanza que San Pablo en un lugar llama «gustar las virtudes del siglo venidero»; en otro, el «estar sentados en los lugares celestiales en Cristo Jesús»; aquella que nos capacita para decir: «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha regenerado en esperanza viva, para una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse, reservada en los cielos para nosotros». Esta esperanza solo puede brotar de la fe cristiana; por tanto, donde no hay fe, no hay esperanza. Por consiguiente, la razón, siendo incapaz de producir la fe, ha de ser igualmente incapaz de producir la esperanza. La experiencia confirma también esto. ¡Cuántas veces he trabajado, y eso con todas mis fuerzas, por engendrar esta esperanza en mí mismo! Pero fue trabajo perdido: no podía adquirir esta esperanza del cielo más de lo que podía tocar el cielo con la mano. Y cualquiera de vosotros que haga el mismo intento lo hallará acompañado del mismo resultado. No niego que un entusiasta que se engaña a sí mismo pueda obrar en sí una especie de esperanza: puede excitarse hasta una imaginación viva, hasta una especie de sueño agradable; puede «cercarse, «como dice el profeta, «de centellas que él mismo encendió»; pero esto no puede durar mucho; dentro de poco la burbuja ciertamente estallará. ¿Y qué seguirá? «De mi mano os vendrá esto, dice el Señor: en dolor seréis sepultados».

6. Si la razón hubiera podido producir una esperanza llena de inmortalidad en algún hijo de hombre, la habría producido en aquel gran hombre a quien Justino Mártir no tiene reparo en llamar «un cristiano antes de Cristo». Porque ¿quién, no habiendo sido favorecido con la palabra escrita de Dios, aventajó jamás, ni siquiera igualó, a Sócrates? ¿En qué otro pagano podemos hallar un entendimiento tan fuerte unido a una virtud tan consumada? Pero ¿tenía él realmente esta esperanza? Que responda él mismo. ¿Cuál es la conclusión de aquella noble apología que pronunció ante sus jueces injustos? «Y ahora, oh jueces, vosotros os vais de aquí a vivir, y yo me voy de aquí a morir. Cuál de estas cosas es mejor, los dioses lo saben; pero, a mi parecer, ningún hombre lo sabe.» ¡Ningún hombre lo sabe! ¡Cuán lejos está esto del lenguaje del pequeño benjamita: «Tengo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor»! ¡Y cuántos miles hay en este día, aun en nuestra propia nación, jóvenes y doncellas, ancianos y niños, que pueden dar testimonio de la misma buena confesión!

7. Pero ¿quién puede hacer esto por la fuerza de su razón, por muy perfeccionada que esté? Uno de los paganos más sensatos y más amables que han vivido desde la muerte de nuestro Señor, aunque gobernó el mayor imperio del mundo, fue el emperador Adriano. Es dicho bien conocido suyo: «Un príncipe debe asemejarse al sol: debe brillar sobre cada parte de su dominio y difundir sus rayos saludables en todo lugar adonde va». Y su vida fue un comentario de su palabra: dondequiera que iba, ejercía la justicia y mostraba misericordia. ¿No estaba él, pues, al cabo de una larga vida, lleno de esperanza inmortal? Podemos responder a esto con autoridad indudable: con sus propias palabras al morir. ¡Qué inimitablemente patéticas!

ADRANI MORIENTIS AD ANIMAM SUAM.
«ADRIANO MORIBUNDO A SU ALMA.»

Animula, vagula, blandula,

Hospes, comesque corporis,

Quae nunc abibis in loca,

Pallidula, rigida, nudula,

Nec, ut soles, dabis jocos!

Lo cual el lector puede ver traducido a nuestra propia lengua, con todo el espíritu del original:

Pobre, pequeña, linda cosa que revoloteas,

¿ya no hemos de vivir juntos?

¿Y alisas tu ala temblorosa

para emprender el vuelo, sin saber adónde?

Tu vena placentera, tu alegre locura,

¡yace toda descuidada, toda olvidada!

Y pensativa, vacilante, melancólica,

esperas y temes, sin saber qué.

8. En tercer lugar. La razón, por cultivada y perfeccionada que esté, no puede producir el amor de Dios; lo cual es claro por esto: no puede producir ni la fe ni la esperanza, de las cuales solamente puede brotar este amor. Solo entonces, cuando «miramos» por la fe «cuál amor nos ha dado el Padre» al darnos a su único Hijo, para que no nos perdamos, mas tengamos vida eterna, es cuando «el amor de Dios está derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos es dado». Solo entonces, cuando «nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios», es cuando «le amamos a él, porque él nos amó primero». Pero ¿qué puede hacer la fría razón en este asunto? Puede presentarnos ideas hermosas; puede dibujar un bello cuadro del amor; pero esto no es más que un fuego pintado. Y más allá de esto la razón no puede ir. Yo hice la prueba durante muchos años. Reuní los mejores himnos, oraciones y meditaciones que pude hallar en cualquier lengua; y los dije, los canté o los leí una y otra vez, con toda la seriedad y atención posibles. Pero aun así era yo como los huesos de la visión de Ezequiel: «La piel los cubrió por encima; mas no había en ellos espíritu».

9. Y así como la razón no puede producir el amor de Dios, tampoco puede producir el amor al prójimo: una benevolencia serena, generosa y desinteresada hacia todo hijo de hombre. Esta buena voluntad ferviente y constante hacia nuestros semejantes nunca brotó de otra fuente que de la gratitud a nuestro Creador. Y si esto es (como supone un hombre muy ingenioso) la esencia misma de la virtud, se sigue que la virtud no puede existir si no brota del amor de Dios. Por tanto, así como la razón no puede producir este amor, tampoco puede producir la virtud.

10. Y así como no puede dar ni fe, ni esperanza, ni amor, ni virtud, tampoco puede dar la felicidad, puesto que, separada de estas, no puede haber felicidad para ninguna criatura inteligente. Es verdad que los que están desprovistos de toda virtud pueden tener placeres, tales cuales son; pero felicidad no la tienen, ni pueden tenerla. No:

su gozo es todo tristeza; su alegría, toda vana;

¡su risa es locura; su placer es dolor!

¿Placeres? ¡Sombras! ¡sueños! ¡fugaces como el viento! ¡sin sustancia como el arco iris! tan insatisfactorios para la pobre alma anhelante

como los alegres colores de una nube de oriente.

Ninguno de ellos resistirá la prueba de la reflexión: ¡si llega el pensamiento, la burbuja estalla!

Permitidme ahora añadir unas pocas palabras sencillas, primero a vosotros que menospreciáis la razón. No declaméis nunca más, de esa manera desatinada, suelta y vociferante, contra este precioso don de Dios. Reconoced «la candela del Señor», que él ha fijado en nuestras almas con excelentes fines. Veis a cuántos fines admirables sirve, aunque solo fuera en las cosas de esta vida: ¡de qué indecible utilidad es aun una porción moderada de razón en todas nuestras ocupaciones mundanas, desde los oficios más bajos y humildes de la vida, a través de todas las ramas intermedias de los negocios, hasta que ascendemos a los de mayor importancia y mayor dificultad! Por tanto, cuando despreciáis o rebajáis la razón, no debéis imaginar que estáis haciendo servicio a Dios; ¡y menos que nada estáis promoviendo la causa de Dios cuando procuráis excluir la razón de la religión! A menos que cerréis voluntariamente los ojos, no podéis menos que ver de qué servicio es, tanto para poner el fundamento de la verdadera religión, bajo la guía del Espíritu de Dios, como para levantar el edificio. Veis que nos dirige en cada punto, tanto de fe como de práctica; nos guía respecto de cada rama, tanto de la santidad interior como de la exterior. ¿No nos gloriamos en esto: en que toda nuestra religión es un «culto racional?» ¿sí, y en que cada parte de ella, cuando se cumple debidamente, es el más alto ejercicio de nuestro entendimiento?

Permitidme añadir unas palabras también a vosotros que sobrevaloráis la razón. ¿Por qué habéis de correr de un extremo al otro? ¿No es mejor el camino de en medio? Que la razón haga todo lo que la razón puede hacer: empleadla hasta donde alcance. Pero, al mismo tiempo, reconoced que es enteramente incapaz de dar fe, o esperanza, o amor; y, por consiguiente, de producir verdadera virtud o felicidad sustancial. Esperad estas cosas de una fuente más alta, del Padre de los espíritus de toda carne. Buscadlas y recibidlas, no como adquisición vuestra, sino como dones de Dios. Elevad vuestros corazones a aquel que «da a todos abundantemente y sin reproche». Solo él puede dar aquella fe que es «la demostración» y convicción «de las cosas que no se ven». Solo él puede «regeneraros en esperanza viva» de una herencia eterna en los cielos; y solo él puede «derramar su amor en vuestro corazón por el Espíritu Santo que os es dado». ¡Pedid, pues, y se os dará! ¡Clamad a él, y no clamaréis en vano! ¿Cómo podéis dudar? «Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!» Así seréis testigos vivos de que la sabiduría, la santidad y la felicidad son una sola cosa; de que están inseparablemente unidas; y de que son, en verdad, el principio de aquella vida eterna que Dios nos ha dado en su Hijo.

Capítulo 71 completado

El caso de la razón considerado con imparcialidad

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