Capítulo 70 · 29 min de lectura · 37 min de escucha
La imperfección del conocimiento humano
Sermón 69
La imperfección del conocimiento humano
«En parte conocemos.»
1 Corintios 13:9.
1. El deseo de conocimiento es un principio universal en el hombre, fijado en lo más íntimo de su naturaleza. No es variable, sino constante en toda criatura racional, salvo mientras lo suspende algún deseo más fuerte. Y es insaciable: «Nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír»; ni la mente con grado alguno de conocimiento que pueda transmitírsele. Y está plantado en toda alma humana con excelentes fines. Su propósito es impedir que hallemos nuestro descanso en cosa alguna de aquí abajo; elevar nuestros pensamientos a objetos cada vez más altos, cada vez más dignos de nuestra consideración, hasta que ascendamos a la Fuente de todo conocimiento y de toda excelencia, el Creador sapientísimo y lleno de gracia.
2. Pero aunque nuestro deseo de conocimiento no tiene límites, nuestro conocimiento mismo sí los tiene. Está, en verdad, confinado dentro de límites muy estrechos; mucho más estrechos de lo que imagina la gente común o de lo que los hombres doctos están dispuestos a reconocer: un fuerte indicio (puesto que el Creador nada hace en vano) de que habrá algún estado futuro del ser en el que ese deseo, ahora insaciable, quedará satisfecho, y ya no habrá tan inmensa distancia entre el apetito y su objeto.
3. El conocimiento presente del hombre está exactamente adaptado a sus necesidades presentes. Basta para advertirnos de la mayoría de los males a que ahora estamos expuestos, y para preservarnos de ellos; y para procurarnos todo lo que nos es necesario en este nuestro estado infantil de existencia. Sabemos lo suficiente de la naturaleza y de las cualidades sensibles de las cosas que nos rodean, en cuanto sirven a la salud y la fuerza de nuestros cuerpos; sabemos procurar y preparar nuestro alimento; sabemos qué vestido es adecuado para cubrirnos; sabemos construir nuestras casas y amueblarlas con todo lo necesario y lo cómodo; sabemos justamente cuanto contribuye a que vivamos con comodidad en este mundo. Pero de innumerables cosas que están por encima, por debajo y alrededor de nosotros, apenas sabemos más que el hecho de que existen. Y en esta profunda ignorancia nuestra se ve la bondad, así como la sabiduría de Dios, al recortar el conocimiento del hombre por todos lados, a propósito para «apartar del varón la soberbia».
4. Por eso, por la constitución misma de su naturaleza, los más sabios de los hombres no «conocen» sino «en parte». ¡Y qué parte tan asombrosamente pequeña conocen, ya del Creador, ya de sus obras! Es este un tema muy necesario, pero muy desagradable; porque «el hombre vano quisiera ser sabio». Reflexionemos en él por un rato. ¡Y que el Dios de sabiduría y de amor abra nuestros ojos para discernir nuestra propia ignorancia!
I. 1. Comencemos por el gran Creador mismo. ¡Cuán asombrosamente poco sabemos de Dios! ¡Qué pequeña parte de su naturaleza conocemos! ¡de sus atributos esenciales! ¿Qué concepto podemos formarnos de su omnipresencia? ¿Quién es capaz de comprender cómo está Dios en este y en todo lugar? ¿cómo llena la inmensidad del espacio? Si los filósofos, al negar la existencia del vacío, solo quisieron decir que no hay lugar vacío de Dios, que todo punto del espacio infinito está lleno de Dios, ciertamente nadie podría ponerlo en duda. Pero aun así, admitido el hecho, ¿qué es la omnipresencia o ubicuidad? El hombre no es más capaz de comprender esto que de abarcar el universo con la mano.
2. La omnipresencia o inmensidad de Dios procura ilustrarla Sir Isaac Newton con una expresión enérgica, llamando al espacio infinito «el sensorio de la Deidad». Y los mismos paganos no tuvieron reparo en decir: «Todas las cosas están llenas de Dios»; lo cual equivale exactamente a su propia declaración: «¿No lleno yo el cielo y la tierra?, dice el Señor». ¡Con qué belleza lo ilustra el salmista! «¿Adónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; si en el abismo hiciere mi estrado, allí también estás tú. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo del mar, aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra.» Pero, entretanto, ¿qué concepto podemos formarnos, ya de su eternidad, ya de su inmensidad? Tal conocimiento es demasiado maravilloso para nosotros; no podemos alcanzarlo.
3. Un segundo atributo esencial de Dios es la eternidad. Él existía antes de todo tiempo. Quizá sería más propio decir que él existe desde la eternidad hasta la eternidad. Pero ¿qué es la eternidad? Un autor célebre dice que la eternidad divina es vitae interminabilis tota simul et perfecta possessio: «La posesión a la vez entera y perfecta de una vida sin fin». Pero ¿cuánto más sabios somos por esta definición? Sabemos de ella exactamente lo mismo que antes. «¡La posesión a la vez entera y perfecta!» ¿Quién puede concebir lo que esto significa?
4. Si en verdad Dios hubiera estampado (como algunos han sostenido) una idea de sí mismo en toda alma humana, ciertamente habríamos entendido algo de estos atributos, así como de los demás; porque no podemos suponer que nos hubiera impreso una idea de sí mismo falsa o imperfecta; pero la verdad es que ningún hombre ha hallado jamás, ni halla ahora, semejante idea estampada en su alma. Lo poco que sabemos de Dios (excepto lo que recibimos por la inspiración del Santo) no lo sacamos de ninguna impresión interior, sino que lo adquirimos gradualmente desde fuera. «Las cosas invisibles de Dios», si es que se conocen en absoluto, «se echan de ver por las cosas que son hechas»; no por lo que Dios ha escrito en nuestros corazones, sino por lo que ha escrito en todas sus obras.
5. De aquí, pues, de sus obras, particularmente de sus obras de creación, hemos de aprender el conocimiento de Dios. Pero no es fácil concebir cuán poco sabemos aun de ellas. Comencemos por las que están a distancia: ¿Quién sabe hasta dónde se extiende el universo? ¿Cuáles son sus límites? Las estrellas del alba pueden decirlo, las que cantaban juntas cuando se tendieron sus cordeles, cuando Dios dijo: «¡Sea esta tu circunferencia, oh mundo!» Pero todo lo que está más allá de las estrellas fijas está enteramente oculto a los hijos de los hombres. ¿Y qué sabemos de las estrellas fijas? ¿Quién cuenta el número de ellas? ¿aun de esa pequeña porción que, con su luz mezclada, forma lo que llamamos «la vía láctea»? ¿Y quién conoce su uso? ¿Son otros tantos soles que iluminan sus respectivos planetas? ¿O solo sirven a este (como supone el señor Hutchinson) y contribuyen, de algún modo desconocido, a la perpetua circulación de la luz y del espíritu? ¿Quién sabe qué son los cometas? ¿Son planetas no del todo formados? ¿o planetas destruidos por una conflagración? ¿O son cuerpos de naturaleza totalmente distinta, de la cual no podemos formarnos idea alguna? ¿Quién puede decir qué es el sol? Su uso lo conocemos; pero ¿quién sabe de qué sustancia está compuesto? ¡Más aún, todavía no somos capaces de determinar si es fluido o sólido! ¿Quién sabe cuál es la distancia precisa del sol a la tierra? Muchos astrónomos están persuadidos de que es de cien millones de millas; otros, de que es solo de ochenta y seis millones, aunque generalmente se cuentan noventa. Pero hombres igualmente grandes dicen que no pasa de cincuenta; algunos de ellos, que es de solo doce. Por último viene el doctor Rogers y demuestra que es de exactamente ¡dos millones novecientas mil millas! ¡Tan poco sabemos aun de esta gloriosa lumbrera, el ojo y el alma del mundo inferior! Y otro tanto de los planetas que lo rodean; sí, de nuestro propio planeta, la luna. Algunos, en verdad, han descubierto
ríos y montañas en su globo manchado;
¡sí, han trazado todos sus mares y continentes! Pero, después de todo, no sabemos absolutamente nada del asunto. No tenemos más que meras conjeturas inciertas acerca del más cercano de todos los cuerpos celestes.
6. Pero vengamos a las cosas que están aún más cerca de casa, e indaguemos qué conocimiento tenemos de ellas. ¿Cuánto sabemos de ese maravilloso cuerpo, la luz? ¿Cómo se nos comunica? ¿Fluye en una corriente continua desde el sol? ¿O impulsa el sol las partículas más próximas a su disco, y estas a las siguientes, y así sucesivamente, hasta el extremo de su sistema? Además: ¿gravita la luz o no? ¿Atrae o repele a otros cuerpos? ¿Está sujeta a las leyes generales que rigen en toda otra materia? ¿O es un cuerpo sui generis, enteramente distinto de toda otra materia? ¿Es lo mismo que el fluido eléctrico, que unos cuerpos conducen y otros detienen en su curso? ¿Por qué la redoma puede cargarse hasta cierto punto, y no más allá? Mil preguntas más podrían hacerse sobre este punto, que ningún hombre vivo puede contestar.
7. Pero ciertamente entendemos el aire que respiramos, y que nos rodea por todas partes. Por esa admirable propiedad de la elasticidad, es el resorte general de la naturaleza. Pero ¿es la elasticidad esencial al aire e inseparable de él? No; se ha probado últimamente, por innumerables experimentos, que el aire puede fijarse, es decir, despojarse de su elasticidad, y volver a generarse o a restituírsele esta. Por lo tanto, no es elástico sino en cuanto está unido al fuego eléctrico. ¿Y no es este fuego eléctrico o etéreo el único elástico verdaderamente esencial de la naturaleza? ¿Quién sabe por qué poder el rocío, la lluvia y todos los demás vapores suben y bajan en el aire? ¿Podemos explicar sus fenómenos por los principios comunes? ¿O debemos reconocer, con un ingenioso autor reciente, que esos principios son del todo insuficientes, y que esos fenómenos no pueden explicarse racionalmente sino por el principio de la electricidad?
8. Descendamos ahora a la tierra que pisamos, y que Dios ha dado de modo peculiar a los hijos de los hombres. ¿La entienden los hijos de los hombres? Suponiendo que el globo terráqueo tenga siete u ocho mil millas de diámetro, ¿cuánto de esto conocemos? Quizá una milla o dos de su superficie: hasta ahí ha penetrado el arte del hombre. Pero ¿quién puede informarnos de lo que hay debajo de la región de las piedras, los metales, los minerales y demás fósiles? Esta no es sino una delgada corteza, que guarda una proporción sumamente pequeña con el todo. ¿Quién puede darnos a conocer las partes interiores del globo? ¿De qué constan? ¿Hay un fuego central, un gran depósito, que no solo abastece a los montes que arden, sino que también contribuye (aunque no sabemos cómo) a la maduración de las gemas y los metales; sí, y quizá también a la producción de los vegetales y al bienestar de los animales? ¿O está todavía el gran abismo contenido en las entrañas de la tierra? ¿un abismo central de aguas? ¿Quién lo ha visto? ¿Quién puede decirlo? ¿Quién puede dar alguna satisfacción sólida a un investigador racional?
9. ¡Cuánto de la misma superficie del globo nos es todavía enteramente desconocido! ¡Qué poquísimo sabemos de las regiones polares, ya del norte, ya del sur, ya en Europa, ya en Asia! ¡Qué poco de esos vastos países, las partes interiores de África o de América! Mucho menos sabemos lo que contiene el ancho mar, el gran abismo, que cubre tan gran parte del globo. La mayoría de sus cámaras son inaccesibles al hombre, de modo que no podemos decir cómo están amuebladas. ¡Qué poco sabemos aun de aquellas cosas de la tierra seca que caen directamente bajo nuestra observación! Considerad incluso los metales o las piedras más simples: ¡cuán imperfectamente conocemos su naturaleza y sus propiedades! ¿Quién sabe qué es lo que distingue a los metales de todos los demás fósiles? Se responde: «Pues que son más pesados». Muy cierto; pero ¿cuál es la causa de que sean más pesados? ¿Cuál es la diferencia específica entre los metales y las piedras? ¿o entre un metal y otro? ¿entre el oro y la plata? ¿entre el estaño y el plomo? Todo es misterio para los hijos de los hombres.
10. Pasemos al reino vegetal. ¿Quién puede demostrar que la savia, en cualquier vegetal, realiza una circulación regular por sus vasos, o que no la realiza? ¿Quién puede señalar la diferencia específica entre una clase de planta y otra? ¿o la peculiar conformación interna y disposición de sus partes componentes? Sí, ¿qué hombre vivo entiende a fondo la naturaleza y las propiedades de una sola planta bajo el cielo?
11. En cuanto a los animales: ¿son los llamados animales microscópicos animales reales, o no? Si lo son, ¿no son esencialmente distintos de todos los demás animales del universo, puesto que no requieren alimento alguno, ni engendran ni son engendrados? ¿O no son animales en absoluto, sino meras partículas inanimadas de materia en estado de fermentación? ¡Cuán totalmente ignorantes son los más sagaces de los hombres en todo lo tocante a la generación! aun a la generación de los hombres. En el libro del Creador, en verdad, estaban escritos todos nuestros miembros, «que día tras día fueron formados, cuando aún no existía ninguno de ellos»; pero ¿por qué medio se comunicó el primer movimiento al punctum saliens? ¿Cuándo y cómo se añadió el espíritu inmortal al barro insensible? Todo es misterio; y solo podemos decir: «Formidable y maravillosamente he sido formado».
12. En cuanto a los insectos, muchos son los descubrimientos que se han hecho últimamente. Pero ¡qué poco es todo lo descubierto hasta ahora en comparación con lo que queda por descubrir! ¡Cuántos millones de ellos escapan por completo, por su extrema pequeñez, a todas nuestras indagaciones! Y, en verdad, las partes diminutas de los animales más grandes burlan nuestra máxima diligencia. ¿Tenemos un conocimiento más completo de los peces que de los insectos? Gran parte, si no la mayor parte, de los habitantes de las aguas nos está totalmente oculta. Es probable que las especies de animales marinos sean tan numerosas como las de los animales terrestres. ¡Pero cuán pocas de ellas nos son conocidas! Y es muy poco lo que sabemos de esas pocas. Con las aves estamos algo más familiarizados; y, en verdad, no es sino un poco. Porque de muchísimas apenas conocemos algo más que su forma exterior. Conocemos unas cuantas de las propiedades evidentes de otras, principalmente de las que frecuentan nuestras casas. Pero no tenemos un conocimiento cabal y adecuado ni siquiera de ellas. ¡Qué poco sabemos de las bestias! No sabemos de dónde surgen las distintas disposiciones y cualidades, no solo en las distintas especies, sino en los individuos de una misma especie; sí, y con frecuencia en los que nacen de los mismos padres, del mismo animal macho y hembra. ¿Son meras máquinas? Entonces son incapaces de placer o de dolor. Más aún, no pueden tener sentidos: ni ven ni oyen; ni gustan ni huelen. Mucho menos pueden conocer, o recordar, o moverse, sino en cuanto son impelidas desde fuera. Pero todo esto, como muestran los experimentos diarios, es del todo contrario a los hechos.
13. Bien; pero si no sabemos ninguna otra cosa, ¿no nos conocemos a nosotros mismos? ¿nuestros cuerpos y nuestras almas? ¿Qué es nuestra alma? Es un espíritu, lo sabemos. Pero ¿qué es un espíritu? Aquí nos detenemos en seco. ¿Y dónde se aloja el alma? ¿en la glándula pineal, en todo el cerebro, en el corazón, en la sangre, en alguna parte determinada del cuerpo, o (si alguien puede entender esos términos) «toda en el todo, y toda en cada parte»? ¿Cómo está unida el alma al cuerpo? ¿un espíritu a un terrón? ¿Cuál es la cadena secreta e imperceptible que los une? ¿Puede el más sabio de los hombres dar respuesta satisfactoria a una sola de estas sencillas preguntas?
Y en cuanto a nuestro cuerpo mismo, ¡qué poco sabemos! Durante una noche de sueño, un hombre sano transpira una cuarta parte menos cuando suda que cuando no suda. ¿Quién puede explicar esto? ¿Qué es la carne? ¿en particular la de los músculos? ¿Son las fibras que la componen de un tamaño determinado, de modo que solo puedan dividirse hasta cierto punto? ¿O son divisibles in infinitum? ¿Cómo actúa un músculo? ¿hinchándose, y por consiguiente acortándose? Pero ¿con qué se hincha? Si con sangre, ¿cómo y de dónde viene esa sangre? ¿Y adónde va en el momento en que el músculo se relaja? ¿Son los nervios huecos o macizos? ¿Cómo actúan? ¿por vibración, o por transmisión de los espíritus animales? ¿Quién sabe qué son los espíritus animales? ¿Son fuego eléctrico? ¿Qué es el sueño? ¿En qué consiste? ¿Qué es soñar? ¿Cómo podemos distinguir los sueños de los pensamientos de la vigilia? Dudo que hombre alguno lo sepa. ¡Oh, qué poco sabemos aun acerca de toda la creación de Dios!
II. 1. Pero ¿no conocemos mejor sus obras de providencia que sus obras de creación? Es uno de los primeros principios de la religión que su reino domina sobre todos, de modo que podemos decir con confianza: «¡Oh Señor, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!» Es una ocurrencia pueril suponer que el azar gobierna el mundo o que tiene alguna parte en su gobierno; no, ni siquiera en aquellas cosas que, a los ojos del vulgo, parecen perfectamente casuales. «La suerte se echa en el seno; mas del Señor es el juicio de ella.» Nuestro bendito Maestro mismo ha puesto este asunto fuera de toda duda posible: «Ni un pajarillo», dice él, «cae a tierra sin la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos. Pues aun», (para expresar la cosa con más fuerza todavía,) «vuestros cabellos están todos contados».
2. Pero aunque estamos bien enterados de esta verdad general, que todas las cosas son gobernadas por la providencia de Dios (el lenguaje mismo del orador pagano: Deorum moderamine cuncta geri), ¡cuán asombrosamente poco sabemos de los particulares comprendidos en esta verdad general! ¡Qué poco entendemos de su trato providencial, ya con las naciones, ya con las familias, ya con los individuos! Hay en todo esto alturas y profundidades que nuestro entendimiento no puede sondear en modo alguno. Ahora podemos comprender solo una pequeña parte de sus caminos; el resto lo sabremos después.
3. Aun en cuanto a naciones enteras, ¡qué poco comprendemos del trato providencial de Dios con ellas! ¡Cuántas innumerables naciones del mundo oriental florecieron un día, para terror de todos los que las rodeaban, y ahora han sido barridas de la faz de la tierra, y su memoria pereció con ellas! Ni ha sido otro el caso en el occidente. También en Europa leemos de muchos reinos grandes y poderosos de los cuales solo quedan los nombres: los pueblos se han desvanecido, y son como si nunca hubieran existido. Pero por qué ha placido al Gobernador todopoderoso del mundo barrerlos con la escoba de la destrucción, no lo podemos decir; pues los que les sucedieron eran, muchas veces, poco mejores que ellos.
4. Pero no es solo respecto de las naciones antiguas que las dispensaciones providenciales de Dios nos son del todo incomprensibles: las mismas dificultades se presentan ahora. No podemos explicar su trato presente con los habitantes de la tierra. Sabemos que «el Señor es bueno para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras». Pero no sabemos cómo conciliar esto con las presentes dispensaciones de su providencia. En este día, ¿no está casi toda parte de la tierra llena de tinieblas y de habitaciones de violencia? ¡En qué condición está, en particular, el grande y populoso imperio del Indostán! ¡Cuántos cientos de miles de esa pobre y pacífica gente han sido destruidos, y sus cadáveres dejados como estiércol sobre la tierra! ¡En qué condición (aunque allí no tienen rufianes ingleses) están las innumerables islas del océano Pacífico! ¡Qué poco se eleva su estado sobre el de los lobos y los osos! ¿Y quién se cuida de sus almas o de sus cuerpos? Pero ¿no se cuida de ellos el Padre de los hombres? ¡Oh misterio de la providencia!
5. ¿Y quién se cuida de miles, de miríadas, si no de millones, de los desdichados africanos? ¿No son continuamente llevados al mercado rebaños enteros de estas pobres ovejas (¡seres humanos, si no racionales!), y vendidos como ganado a la más vil esclavitud, sin otra esperanza de liberación que la muerte? ¿Quién se cuida de esos parias de los hombres, los bien conocidos hotentotes? Es verdad que un escritor reciente se ha tomado mucho trabajo en presentarlos como un pueblo respetable; pero no es fácil decir por qué motivo, puesto que él mismo admite (como muestra de la elegancia de sus modales) que las tripas crudas de las ovejas y de otros animales no solo son uno de sus manjares predilectos, sino también los adornos de sus brazos y piernas; y (como muestra de su religión) que el hijo no es tenido por hombre hasta que ha golpeado a su madre casi hasta matarla; y que, cuando su padre envejece, lo ata a una pequeña choza y lo deja allí morir de hambre. ¡Oh Padre de misericordias! ¿son estos obra de tus propias manos, la compra de la sangre de tu Hijo?
6. ¡Qué poco mejor es el estado civil o religioso de los pobres indios americanos!, es decir, de los míseros restos de ellos; porque en algunas provincias no ha quedado uno solo con aliento. En La Española, cuando los cristianos llegaron allá por primera vez, había tres millones de habitantes. Apenas sobreviven ahora doce mil. ¿Y en qué condición están estos, o los demás indios que aún andan dispersos aquí y allá por el vasto continente de la América del Sur o del Norte? Religión no tienen ninguna; ¡ningún culto público de clase alguna! No hay Dios en ninguno de sus pensamientos. Y la mayoría de ellos no tienen gobierno civil alguno: ni leyes, ni magistrados; sino que cada uno hace lo recto delante de sus ojos. Por eso disminuyen día tras día, y muy probablemente dentro de uno o dos siglos no quedará uno solo de ellos.
7. Sin embargo, los habitantes de Europa no están en tan deplorable condición. Están en un estado de civilización; tienen leyes útiles y son gobernados por magistrados; tienen religión; son cristianos. Me temo que, ya se llamen cristianos o no, muchos de ellos no tienen mucha religión. ¿Qué decís de los miles de lapones, o finlandeses, o samoyedos y groenlandeses? ¿y, en verdad, de todos los que viven en las altas latitudes del norte? ¿Son tan civilizados como las ovejas o los bueyes? Compararlos con los caballos, o con cualquiera de nuestros animales domésticos, sería hacerles demasiado honor. Añadid a estos las miríadas de salvajes humanos que se están helando entre las nieves de Siberia, y otros tantos, si no más, que andan errantes de un lado a otro por los desiertos de Tartaria. Añadid miles y miles de polacos y moscovitas, y de los llamados cristianos de la Turquía europea. ¿Y «de tal manera amó Dios» a estos, «que dio a su Hijo, su Hijo unigénito, a fin de que no se pierdan, mas tengan vida eterna?» ¿Por qué, entonces, están así? ¡Oh maravilla sobre todas las maravillas!
8. ¿No hay algo igualmente misterioso en la dispensación divina respecto del cristianismo mismo? ¿Quién puede explicar por qué el cristianismo no se ha extendido tanto como el pecado? ¿Por qué no se envía la medicina a todo lugar donde se halla la enfermedad? Pero ¡ay!, no se envía: «El sonido de ella» no ha «salido» todavía «por toda la tierra». El veneno se ha difundido por todo el globo; el antídoto no se conoce en una sexta parte de él. Más aún, ¿cómo es que la sabiduría y la bondad de Dios permiten que el antídoto mismo sea tan gravemente adulterado, no solo en los países católicos romanos, sino casi en todas partes del mundo cristiano? Tan adulterado, mezclándolo a menudo con ingredientes inútiles, y a menudo con ingredientes venenosos, que no conserva nada, o a lo sumo una parte muy pequeña, de su virtud original. Sí, lo adulteran tan completamente muchas de esas mismas personas a quienes él ha enviado a administrarlo, ¡que añade una malignidad diez veces mayor a la enfermedad que estaba destinado a curar! En consecuencia, apenas se halla más misericordia o verdad entre los cristianos que entre los paganos. Más aún, se ha afirmado, y me temo que con verdad, que muchos llamados cristianos son mucho peores que los paganos que los rodean: más disolutos, más entregados a toda clase de maldad, ¡sin temer a Dios ni respetar a hombre! ¡Oh, quién puede comprender esto! ¿No lo mira aquel que es más alto que los altos?
9. Igualmente incomprensibles nos son muchas de las dispensaciones divinas respecto de familias particulares. No podemos comprender en absoluto por qué eleva a unos a la riqueza, al honor y al poder, y por qué entretanto abate a otros con la pobreza y con diversas aflicciones. Algunos prosperan maravillosamente en todo lo que emprenden, y el mundo se derrama sobre ellos; mientras que otros, con todo su trabajo y su fatiga, apenas pueden procurarse el pan de cada día. Y quizá la prosperidad y el aplauso acompañan a los primeros hasta su muerte, mientras los segundos beben la copa de la adversidad hasta el fin de su vida, aunque no nos aparece razón alguna ni para la prosperidad del uno ni para la adversidad del otro.
10. Tan poco podemos explicar las dispensaciones divinas respecto de los individuos. No sabemos por qué la suerte de este hombre cae en Europa, y la de aquel en las selvas de América; por qué uno nace de padres ricos o nobles, y el otro de padres pobres; por qué el padre y la madre de uno son fuertes y sanos, y los de otro débiles y enfermos, de lo cual resulta que él arrastra una existencia miserable todos los días de su vida, expuesto a la necesidad, al dolor y a mil tentaciones de las que no halla modo de escapar. ¡Cuántos están, desde su misma infancia, cercados de tales parientes que parecen no tener oportunidad (como dicen algunos), ninguna posibilidad de ser útiles a sí mismos ni a otros! ¿Por qué están, antes de toda elección propia, enredados en tales vínculos? ¿Por qué se les cruzan en el camino personas dañinas de tal modo que no saben cómo escapar de ellas? ¿Y por qué se les ocultan de la vista las personas útiles, o se les arrebatan en el momento de su mayor necesidad? ¡Oh Dios, cuán incomprensibles son tus juicios o consejos! ¡Demasiado profundos para que nuestra razón los sondee; y tus caminos para ejecutar esos consejos, imposibles de rastrear por nuestra sabiduría!
III. 1. ¿Somos capaces de escudriñar sus obras de gracia más que sus obras de providencia? Nada es más seguro que esto: que «sin la santidad nadie verá al Señor». ¿Por qué es, entonces, que tan vasta mayoría del género humano está, hasta donde podemos juzgar, privada de todo medio, de toda posibilidad de santidad, aun desde el vientre de su madre? Por ejemplo: ¿qué posibilidad hay de que un hotentote, un neozelandés o un habitante de Nueva Zembla, si vive y muere allí, llegue jamás a saber lo que significa la santidad? ¿O, por consiguiente, a alcanzarla? Sí, pero alguno dirá: «Pecó antes de nacer, en un estado de preexistencia. Por eso fue puesto aquí en una situación tan desfavorable. Y es pura misericordia que tenga una segunda prueba». Respondo: suponiendo tal estado de preexistencia, esto que llamáis una segunda prueba no es realmente prueba alguna. En cuanto nace al mundo, está absolutamente en poder de sus salvajes padres y parientes, quienes desde la primera aurora de la razón lo crían en la misma ignorancia, ateísmo y barbarie que ellos. No tiene oportunidad, por así decirlo; no tiene posibilidad de una educación mejor. ¿Qué prueba tiene, pues? Desde que viene al mundo hasta que vuelve a salir de él, parece estar bajo una terrible necesidad de vivir en toda impiedad e injusticia. Pero ¿cómo es esto? ¿Cómo puede ser este el caso de tantos millones de las almas que Dios ha hecho? ¿No eres tú el Dios «de todos los términos de la tierra, y de los más remotos confines del mar?»
2. Deseo que se observe que, si esto se convierte en una objeción contra la revelación, es una objeción que pesa tanto contra la religión natural como contra la revelada. Si fuera concluyente, no nos empujaría al deísmo, sino al ateísmo puro y simple. Concluiría no solo contra la revelación cristiana, sino contra la existencia de un Dios. Y, sin embargo, no veo cómo podemos evitar su fuerza sino remitiéndolo todo a la inescrutable sabiduría de Dios, junto con una profunda convicción de nuestra ignorancia y de nuestra incapacidad para sondear sus consejos.
3. Aun entre nosotros, que somos favorecidos muy por encima de ellos —a quienes han sido confiados los oráculos de Dios, cuya palabra es lámpara a nuestros pies y lumbrera en todas nuestras sendas—, hay todavía muchas circunstancias en sus dispensaciones que están por encima de nuestra comprensión. No sabemos por qué nos permitió andar tanto tiempo en nuestros propios caminos antes de que fuésemos convencidos de pecado. Ni por qué se valió de este o de aquel instrumento, y de este o de aquel modo. Y mil circunstancias acompañaron el proceso de nuestra convicción que no comprendemos. No sabemos por qué permitió que esperásemos tanto antes de revelar a su Hijo en nuestros corazones; ni por qué este cambio de las tinieblas a la luz fue acompañado de tales o cuales circunstancias particulares.
4. Es sin duda prerrogativa peculiar de Dios reservar «los tiempos y las sazones en su sola potestad». Y no podemos dar razón alguna de por qué, de dos personas igualmente sedientas de salvación, una es al punto recibida en el favor de Dios, y la otra es dejada en su llanto durante meses o años. Una, tan pronto como invoca a Dios, recibe respuesta y es llena de paz y gozo en el creer; otra lo busca, y, según parece, con el mismo grado de sinceridad y de ardor, y sin embargo no puede hallarlo, ni conciencia alguna de su favor, durante semanas, o meses, o años. Sabemos bien que esto no puede deberse en modo alguno a un decreto absoluto que destine a uno, antes de nacer, a la gloria eterna, y al otro al fuego eterno; pero no sabemos cuál es la razón de ello: basta que Dios la sabe.
5. Hay, asimismo, gran variedad en el modo y el tiempo en que Dios concede su gracia santificadora, por la cual capacita a sus hijos para darle todo su corazón, y esto no podemos explicarlo en modo alguno. No sabemos por qué la concede a algunos aun antes de que la pidan (de lo cual hemos visto algunos casos indudables); a otros, después de haberla buscado solo unos pocos días; y, sin embargo, permite que otros creyentes la esperen quizá veinte, treinta o cuarenta años; más aún, y otros, hasta pocas horas, o aun minutos, antes de que su espíritu vuelva a él. También en cuanto a las diversas circunstancias que acompañan el cumplimiento de aquella gran promesa: «Circuncidaré tu corazón, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma», Dios sin duda tiene sus razones; pero esas razones están generalmente ocultas a los hijos de los hombres. Una vez más: algunos de los que son capacitados para amar a Dios con todo su corazón y con toda su alma retienen la misma bendición, sin interrupción alguna, hasta que son llevados al seno de Abraham; otros no la retienen, aunque no tienen conciencia de haber contristado al Espíritu Santo de Dios. Tampoco esto lo entendemos: no sabemos en esto «cuál es el intento del Espíritu».
IV. Varias lecciones valiosas podemos aprender de una profunda conciencia de esta ignorancia nuestra. Primero, podemos aprender de aquí una lección de humildad: no «tener de nosotros mismos», particularmente en cuanto a nuestro entendimiento, «más alto concepto que el que debemos tener», sino «pensar de nosotros con templanza»; plenamente convencidos de que no somos suficientes de nosotros mismos para pensar un solo buen pensamiento; de que estaríamos expuestos a tropezar a cada paso, a errar en cada momento de nuestra vida, si no fuera porque tenemos «la unción del Santo», que permanece «con nosotros»; si no fuera porque aquel que sabe lo que hay en el hombre ayuda nuestra flaqueza; porque «espíritu hay en el hombre que da sabiduría», y la inspiración del Santo es la que «hace que entienda».
De aquí podemos aprender, en segundo lugar, una lección de fe, de confianza en Dios. Una plena convicción de nuestra propia ignorancia puede enseñarnos una plena confianza en su sabiduría. Puede enseñarnos (lo cual no siempre es tan fácil como uno pensaría) a confiar en el Dios invisible más allá de lo que podemos verlo. Puede ayudarnos a aprender aquella difícil lección: «derribar» nuestras propias «imaginaciones» (o más bien razonamientos, como propiamente significa la palabra), «derribar toda altura que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo». Hay al presente dos grandes obstáculos para que formemos un juicio recto del trato de Dios con los hombres. El uno es que hay innumerables hechos relativos a cada hombre que no conocemos ni podemos conocer. Nos están al presente ocultos, y cubiertos a nuestra búsqueda por tinieblas impenetrables. El otro es que no podemos ver los pensamientos de los hombres, aun cuando conocemos sus acciones. Todavía no conocemos sus intenciones; y sin esto mal podemos juzgar de sus acciones exteriores. Conscientes de esto, «no juzguéis nada antes de tiempo» en cuanto a sus dispensaciones providenciales, hasta que él saque a la luz «lo oculto de las tinieblas», y manifieste «los pensamientos y las intenciones del corazón».
De la conciencia de nuestra ignorancia podemos aprender, en tercer lugar, una lección de resignación. Podemos ser enseñados a decir en todo tiempo y en todo caso: «Padre, no como yo quiero, sino como tú». Esta fue la última lección que nuestro bendito Señor (en cuanto hombre) aprendió mientras estuvo en la tierra. No pudo ir más alto que: «No como yo quiero, sino como tú», hasta que inclinó la cabeza y entregó el espíritu. Seamos también nosotros en esto hechos conformes a su muerte, para que conozcamos la plena «virtud de su resurrección». [Predicado en Bristol, el 5 de marzo de 1784]
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