Sermones en diversas ocasiones
La sabiduría de los consejos de Dios

Capítulo 69 · 26 min de lectura · 33 min de escucha

La sabiduría de los consejos de Dios

Sermón 68

La sabiduría de los consejos de Dios

«¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!»

Romanos 11:33.

1. Algunos entienden que la sabiduría y la ciencia de Dios significan una y la misma cosa. Otros creen que la sabiduría de Dios se refiere más directamente a su designación de los fines de todas las cosas; y su ciencia, a los medios que ha preparado y hecho conducentes a esos fines. La primera parece ser la explicación más natural, puesto que la sabiduría de Dios, en su sentido más amplio, ha de incluir lo uno tanto como lo otro, los medios tanto como los fines.

2. Ahora bien, la sabiduría, así como el poder de Dios, se manifiesta abundantemente en su creación: en la formación y disposición de todas sus obras, en el cielo arriba y en la tierra abajo; y en la adaptación de todas ellas a los diversos fines para los que fueron destinadas; de tal modo que cada una de ellas, aparte de las demás, es buena; pero todas juntas son buenas en gran manera; todas conspiran juntas, en un sistema trabado, a la gloria de Dios en la felicidad de sus criaturas inteligentes.

3. Así como esta sabiduría se muestra, aun a los hombres de corta vista (y mucho más a los espíritus de un orden superior), en la creación y disposición de todo el universo y de cada una de sus partes, así se muestra igualmente en su conservación, en que él «sustenta todas las cosas con la palabra de su poder». Y no se muestra de manera menos eminente en el gobierno permanente de todo lo que ha creado. ¡Con qué admirable acierto dirige su sabiduría los movimientos de los cuerpos celestes! ¡De todas las estrellas del firmamento, así las que están fijas como las que vagan, aunque nunca fuera de sus órbitas respectivas! ¡Del sol en medio del cielo! ¡De esos cuerpos asombrosos, los cometas, que se lanzan en todas direcciones a través de los inmensurables campos del éter! ¡Cómo vela sobre todas las partes de este mundo inferior, esta «mota de la creación», la tierra! De modo que todas las cosas siguen siendo, como al principio, «hermosas en su tiempo»; y el verano y el invierno, la sementera y la siega, se suceden con regularidad. Sí, todas las cosas sirven a su Creador: «El fuego y el granizo, la nieve y el vapor, el viento de tempestad, ejecutan su palabra»; de modo que bien podemos decir: «¡Oh Señor, Gobernador nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!»

4. Igualmente visible es la sabiduría de Dios en el gobierno de las naciones, de los estados y los reinos; sí, más visible aún, si es que lo infinito puede admitir grados. Porque toda la creación inanimada, siendo del todo pasiva e inerte, no puede oponerse a su voluntad. Por eso, en el mundo natural todas las cosas siguen un curso parejo e ininterrumpido. Pero muy distinto es en el mundo moral. Aquí los hombres malos y los espíritus malos se oponen continuamente a la voluntad divina y crean innumerables desórdenes. Aquí, pues, hay pleno campo para el ejercicio de todas las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios, en contrarrestar toda la maldad y la necedad de los hombres, y toda la astucia de Satanás, a fin de llevar adelante su propio designio glorioso: la salvación del género humano perdido. En verdad, si lo hiciera por un decreto absoluto y por su propio poder irresistible, ello no supondría sabiduría alguna. Pero su sabiduría se muestra en salvar al hombre de tal manera que no destruye su naturaleza, ni le quita la libertad que le ha dado.

5. Pero las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios se despliegan de la manera más eminente en su Iglesia: en plantarla como un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas; en conservarla y acrecentarla continuamente hasta que llegó a ser un gran árbol, a pesar de la oposición ininterrumpida de todos los poderes de las tinieblas. A esto llama con razón el apóstol la multiforme sabiduría (polypoikilos sophia) de Dios. Es una palabra extraordinariamente expresiva, que da a entender que esta sabiduría, en su modo de obrar, se diversifica de mil maneras y se ejerce con infinitas variedades. En estas cosas «desean mirar» los ángeles más altos, pero nunca pueden comprenderlas del todo. Parece ser principalmente con respecto a ellas que el apóstol prorrumpe en aquella fuerte exclamación: «¡Cuán incomprensibles son sus juicios!»: sus consejos, sus designios, imposibles de sondear; «e inescrutables sus caminos» de llevarlos a cabo, «¡imposibles de rastrear!» Según el salmista, «sus sendas están en las muchas aguas, y sus pisadas no son conocidas».

6. Pero un poco de esto le ha placido revelarnos; y ateniéndonos a lo que ha revelado, comparando entretanto la palabra y la obra de Dios, podemos entender una parte de sus caminos. Podemos, en alguna medida, rastrear esta multiforme sabiduría desde el principio del mundo: desde Adán hasta Noé, desde Noé hasta Moisés, y desde Moisés hasta Cristo. Pero ahora quisiera considerarla (después de tocar apenas la historia de la Iglesia en las edades pasadas) solo con respecto a lo que él ha obrado en la edad presente, durante el último medio siglo; sí, y en este pequeño rincón del mundo, solamente en las islas británicas.

7. En el cumplimiento del tiempo, justo cuando le pareció mejor a su infinita sabiduría, Dios introdujo a su Primogénito en el mundo. Entonces puso el fundamento de su Iglesia, aunque esta apenas apareció hasta el día de Pentecostés. Y era entonces una Iglesia gloriosa: todos sus miembros estaban «llenos del Espíritu Santo»; eran «de un corazón y de un alma, y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones». En la comunión; es decir, teniendo todas las cosas en común; sin que nadie tuviera por suyo nada de lo que poseía

Mansos y sencillos seguidores del Cordero,

vivían, pensaban y hablaban lo mismo;

todos eran de un corazón y un alma,

y solo el amor los inspiraba a todos.

8. Pero este estado feliz no duró mucho. ¡Ved a Ananías y Safira, por el amor al dinero («la raíz de todos los males»), abriendo la primera brecha en la comunidad de bienes! ¡Ved la parcialidad, la injusta acepción de personas por un lado, y el resentimiento y la murmuración por el otro, aun mientras los mismos apóstoles presidían la iglesia de Jerusalén! Ved las graves manchas y arrugas que se hallaban en todas partes de la Iglesia, registradas no solo en los Hechos, sino en las epístolas de san Pablo, Santiago, Pedro y Juan. Un relato aún más completo tenemos en el Apocalipsis; y, según este, ¡en qué condición estaba la Iglesia cristiana aun en el primer siglo, aun antes de que san Juan fuera quitado de la tierra, si podemos juzgar (como sin duda podemos) del estado de la iglesia en general por el estado de las iglesias particulares (todas menos la de Esmirna y la de Filadelfia) a las que nuestro Señor dirigió sus epístolas! Y desde entonces, durante mil cuatrocientos años, se fue corrompiendo más y más, como muestra toda la historia, hasta que apenas quedó nada ni del poder ni de la forma de la religión.

9. Sin embargo, es cierto que las puertas del infierno nunca prevalecieron del todo contra ella. Dios siempre se reservó una simiente para sí: unos pocos que lo adoraban en espíritu y en verdad. A menudo he dudado si no eran precisamente estas las personas a quienes los cristianos ricos y honorables, que siempre tendrán de su parte el número tanto como el poder, estigmatizaban de tiempo en tiempo con el título de herejes. Quizá fue principalmente por este artificio del diablo y de sus hijos que, siendo vituperado el bien que había en ellos, se les impidió ser tan ampliamente útiles como de otro modo podrían haber sido. Más aún, he dudado si aquel archihereje, Montano, no fue uno de los hombres más santos del siglo segundo. Sí, no me atrevería a afirmar que el archihereje del siglo quinto (por mucho que se le haya cubierto de lodo durante tantos siglos) no fuera uno de los hombres más santos de aquella época, sin exceptuar al mismo san Agustín. (¡Un santo admirable! Tan lleno de orgullo, de pasión, de amargura, de censura, y tan malhablado con todos los que le contradecían, como el mismo George Fox). Creo verdaderamente que la herejía real de Pelagio no fue ni más ni menos que esta: sostener que los cristianos pueden, por la gracia de Dios (no sin ella; eso lo tengo por pura calumnia), «ir adelante a la perfección»; o, en otras palabras, «cumplir la ley de Cristo».

«Pero san Agustín dice:» — Cuando las pasiones de Agustín estaban encendidas, su palabra no vale un comino. Y he aquí el secreto: san Agustín estaba enojado con Pelagio; por eso lo calumnió y lo maltrató (como era su costumbre), sin temor ni vergüenza. Y san Agustín era entonces en el mundo cristiano lo que Aristóteles fue después: no hacía falta otra prueba de ninguna afirmación que Ipse dixit: «San Agustín lo dijo».

10. Pero volviendo a nuestro asunto: cuando la iniquidad había inundado la Iglesia como un río, el Espíritu del Señor levantó bandera contra ella. Levantó a un pobre monje, sin riqueza, sin poder y, en aquel tiempo, sin amigos, para declarar la guerra, por así decirlo, a todo el mundo: al obispo de Roma y a todos sus partidarios. Pero esta piedrecita, escogida por Dios, pronto se convirtió en un gran monte, y creció más y más hasta cubrir una parte considerable de Europa. Con todo, aun antes de que Lutero fuera llamado a su hogar, el amor de muchos se había enfriado. Muchos que una vez corrían bien se volvieron atrás del santo mandamiento que les había sido dado; sí, la mayor parte de los que una vez experimentaron el poder de la fe naufragaron en cuanto a la fe y a la buena conciencia. Se supone que el observar esto fue la ocasión de aquella enfermedad (un ataque de cálculos) de la que murió Lutero, después de pronunciar estas tristes palabras: «¡He gastado mis fuerzas en vano! Los que son llamados por mi nombre están, es verdad, reformados en sus opiniones y en sus formas de culto; pero en su corazón y en su vida, en sus disposiciones y en su práctica, ¡no son ni un ápice mejores que los papistas!»

11. Por aquel mismo tiempo le plació a Dios visitar la Gran Bretaña. Unos pocos en el reinado del rey Enrique VIII, y muchos más en los tres reinados siguientes, fueron verdaderos testigos del cristianismo auténtico y escritural. El número de estos aumentó en gran manera a principios del siglo siguiente. Y en el año 1627 hubo un maravilloso derramamiento del Espíritu en varias partes de Inglaterra, así como en Escocia y en el norte de Irlanda. Pero desde el momento en que las riquezas y los honores afluyeron sobre los que temían y amaban a Dios, sus corazones comenzaron a apartarse de él y a apegarse al mundo presente. Apenas cesó la persecución, y los pobres cristianos, despreciados y perseguidos, fueron investidos de poder y puestos en holgura y abundancia, cuando el cambio de circunstancias trajo un cambio de espíritu. Las riquezas y los honores pronto produjeron sus efectos habituales. Teniendo el mundo, pronto amaron el mundo: ya no suspiraban por el cielo, sino que se fueron apegando más y más a las cosas de la tierra. De modo que, en pocos años, uno que los conocía y los amaba bien, y que era un juez irreprochable de los hombres y las costumbres (el doctor Owen), se lamentaba profundamente por ellos, como si hubieran perdido toda la vida y el poder de la religión y hubieran llegado a tener el mismo espíritu que aquellos a quienes despreciaban como el lodo de las calles.

12. La poca religión que quedaba en la tierra recibió otra herida mortal en la Restauración, por obra de uno de los peores príncipes que jamás se han sentado en el trono inglés, y de la corte más disoluta de Europa. Y la incredulidad irrumpió entonces con toda fuerza e inundó la tierra como un río. Naturalmente, toda clase de inmoralidad vino con ella, y fue en aumento hasta el fin del siglo. Se hicieron algunos débiles intentos de contener el torrente durante el reinado de la reina Ana; pero siguió creciendo hasta cerca del año 1725, cuando el señor Law publicó su «Tratado práctico sobre la perfección cristiana» y, no mucho después, su «Llamamiento serio a una vida devota y santa». Aquí se sembró la semilla que pronto brotó y se extendió a Oxford, Londres, Bristol, Leeds, York y, en pocos años, a la mayor parte de Inglaterra, Escocia e Irlanda.

13. Pero ¿de qué medios se valió la sabiduría de Dios para efectuar esta gran obra? Envió a su mies obreros tales como la sabiduría del hombre jamás habría pensado. Escogió lo débil para avergonzar a lo fuerte, y lo necio para avergonzar a los sabios. Escogió a unos pocos hombres jóvenes, pobres e ignorantes, sin experiencia, ni letras, ni arte; pero sencillos de corazón, consagrados a Dios, llenos de fe y de celo, que no buscaban honra, ni provecho, ni placer, ni comodidad, sino únicamente salvar almas; que no temían la necesidad, ni el dolor, ni la persecución, ni cosa alguna que el hombre pudiera hacerles; sí, que no estimaban preciosa su vida para sí mismos, con tal de acabar su carrera con gozo. Del mismo espíritu era el pueblo a quien Dios, por la palabra de ellos, llamó de las tinieblas a su luz admirable, muchos de los cuales pronto convinieron en unirse para fortalecerse mutuamente las manos en Dios. Estos también eran sencillos de corazón, consagrados a Dios, celosos de buenas obras; no deseaban honra, ni riquezas, ni placer, ni comodidad, ni cosa alguna debajo del sol, sino alcanzar la imagen entera de Dios y morar con él en la gloria.

14. Pero a medida que estos jóvenes predicadores crecían en años, no todos crecieron en la gracia. Varios de ellos, ciertamente, aumentaron en otros conocimientos, pero no en proporción en el conocimiento de Dios. Se volvieron menos sencillos, menos vivos para Dios y menos consagrados a él. Tenían menos celo por Dios y, por consiguiente, eran menos activos, menos diligentes en su servicio. Algunos de ellos comenzaron a desear la alabanza de los hombres, y no solo la alabanza de Dios; otros, a cansarse de una vida errante, y así a buscar comodidad y sosiego. Algunos comenzaron de nuevo a temer el rostro de los hombres; a avergonzarse de su vocación; a no querer negarse a sí mismos, tomar su cruz cada día «y sufrir penalidades como buenos soldados de Jesucristo». Dondequiera que trabajaban estos predicadores, no había mucho fruto de sus trabajos. Su palabra no estaba, como antes, revestida de poder: no llevaba consigo demostración del Espíritu. La misma flojedad de espíritu había en su conversación privada. Ya no instaban «a tiempo y fuera de tiempo», «amonestando a todo hombre y exhortando a todo hombre», «por si de algún modo podían salvar a algunos».

15. Pero así como algunos predicadores decayeron de su primer amor, así también muchos del pueblo. También ellos eran asaltados por todos lados, rodeados de diversas tentaciones; y mientras muchos de ellos triunfaban sobre todo, y eran «más que vencedores por medio de aquel que los amó», otros dieron lugar al mundo, a la carne o al diablo, y así «entraron en tentación». Algunos de ellos «naufragaron en cuanto a la fe» de golpe; otros por grados lentos e insensibles. No pocos, careciendo de lo necesario para la vida, fueron abrumados por los afanes del mundo; muchos recayeron en «las codicias de otras cosas», que «ahogaron la buena semilla, y se hizo infructuosa».

16. Pero de todas las tentaciones, ninguna golpeó tanto a toda la obra de Dios como «el engaño de las riquezas», del cual he visto mil pruebas tristes en estos últimos cincuenta años. ¡Engañosas son en verdad! Porque ¿quién creerá que le hacen el menor daño? Y, sin embargo, no he conocido sesenta personas ricas, quizá ni la mitad de ese número, en sesenta años, que, hasta donde puedo juzgar, no fueran menos santas de lo que habrían sido si hubieran sido pobres. Por riquezas no entiendo miles de libras, sino cualquier cosa más de lo que basta para procurar las comodidades de la vida. Así, tengo por rico al hombre que tiene comida y vestido para sí y para su familia, sin endeudarse, y algo de sobra. ¿Y cuán pocos hay en estas circunstancias que no sean dañados, si no destruidos, por ello? Y, sin embargo, ¿quién escarmienta? ¿Quién atiende seriamente a aquella terrible declaración del apóstol: Aun «los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición?» ¡Cuántos tristes ejemplos de esto hemos visto en Londres, en Bristol, en Newcastle; en todas las grandes ciudades comerciales del reino, donde Dios ha hecho conocer últimamente su poder! ¡Ved cuántos de los que una vez eran sencillos de corazón, y no deseaban nada sino a Dios, satisfacen ahora «el deseo de la carne»; procurando agradar a sus sentidos, particularmente al gusto; esforzándose por ensanchar cuanto pueden los placeres del paladar! ¿No eres tú uno de ellos? Es verdad que no eres borracho ni glotón; pero ¿no te entregas a una especie de sensualidad ordenada? ¿No son el comer y el beber los mayores placeres de tu vida, la parte más considerable de tu felicidad? Si es así, temo que san Pablo te habría dado un lugar entre aquellos «cuyo dios es el vientre». ¡Cuántos de ellos se entregan ahora de nuevo al «deseo de los ojos», empleando todos los medios que están a su alcance para ensanchar los placeres de su imaginación! ¡Si no en la grandeza, que todavía está fuera de su alcance, sí en cosas nuevas o hermosas! ¿No buscas tú la felicidad en vestidos o muebles bonitos o elegantes, o en ropa nueva, o en libros, o en cuadros, o en jardines? «Pues ¿qué daño hay en estas cosas?» Este daño hay: que satisfacen «el deseo de los ojos», y así lo fortalecen y lo aumentan, haciéndote más y más muerto para Dios y más vivo para el mundo. ¡Cuántos se entregan a «la soberbia de la vida», buscando la honra que viene de los hombres, o «haciéndose tesoros en la tierra»! Ganan todo lo que pueden, honrada y concienzudamente. Ahorran todo lo que pueden, suprimiendo todo gasto innecesario, añadiendo la frugalidad a la diligencia. Y hasta aquí todo está bien. Este es el deber de todo el que teme a Dios. Pero no dan todo lo que pueden; y sin esto, por fuerza se volverán más y más terrenales. Sus afectos se apegarán más y más al polvo, y tendrán menos y menos comunión con Dios. ¿No es este tu caso? ¿No buscas la alabanza de los hombres más que la alabanza de Dios? ¿No te haces , o al menos deseas y procuras «hacerte, tesoros en la tierra?» ¿No eres, pues (¡trata con fidelidad a tu propia alma!), más y más vivo para el mundo y, por consiguiente, más y más muerto para Dios? No puede ser de otro modo. Eso tiene que seguirse, a menos que des todo lo que puedas, así como ganas y ahorras todo lo que puedes. ¡No hay otro camino bajo el cielo para impedir que tu dinero te hunda más abajo que el sepulcro! Porque «si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él». Y aunque ese amor estuviera en él en el más alto grado, si se desliza hacia el amor del mundo, en la misma medida en que este entra, el amor de Dios saldrá del corazón.

17. Y quizá haya algo más que todo esto contenido en aquellas palabras: «No améis al mundo, ni las cosas del mundo». Aquí se nos advierte expresamente contra amar al mundo, así como contra amar «las cosas del mundo». El mundo son los hombres que no conocen a Dios, que ni lo aman ni lo temen. Amar a estos con un amor de deleite o complacencia, poner en ellos nuestros afectos, está aquí absolutamente prohibido; y, por la misma razón, conversar o tener trato con ellos más allá de lo que requieren los asuntos necesarios. La amistad o la intimidad con ellos, Santiago no tiene reparo en llamarla adulterio: «Adúlteros y adúlteras, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad con Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios». No procuréis eludir ni esquivar el sentido de estas fuertes palabras. Claramente nos exigen mantenernos apartados de ellos, no tener trato innecesario con los hombres impíos. De otro modo, ciertamente nos deslizaremos hacia la conformidad con el mundo: con sus máximas, su espíritu y sus costumbres. Porque no solo sus palabras, por inofensivas que parezcan, carcomen como gangrena, sino que su mismo aliento es contagioso: su espíritu influye imperceptiblemente en nuestro espíritu. Entra «como agua en nuestras entrañas, y como aceite en nuestros huesos».

18. Pero todos los ricos están bajo una continua tentación de trabar amistad y trato con los hombres mundanos. Están asimismo bajo una continua tentación de orgullo, de tener de sí mismos un concepto más alto del que deben tener. Son fuertemente tentados a la venganza cuando se les hace la más leve afrenta; y, teniendo los medios en sus propias manos, ¡cuán pocos hay que resistan la tentación! Son continuamente tentados a la pereza, a la indolencia, al amor de la comodidad, a la molicie, a la delicadeza; a aborrecer la negación de sí mismo y el tomar la cruz, incluso la del ayuno y la de levantarse temprano, sin lo cual es imposible crecer en la gracia. Si tú has aumentado en bienes, ¿no sabes que estas cosas son así? ¿No entablas intimidad con los hombres mundanos? ¿No conversas con ellos más de lo que el deber requiere? ¿No corres ningún peligro de orgullo, de creerte mejor que tus vecinos pobres y desaseados? ¿Nunca te resientes, sí, y te vengas de una afrenta? ¿Nunca devuelves mal por mal? ¿No cedes a la indolencia o al amor de la comodidad? ¿Te niegas a ti mismo y tomas tu cruz cada día? ¿Te levantas siempre tan temprano como lo hacías antes? ¿Por qué no? ¿No es tu alma tan preciosa ahora como lo era entonces? ¿Cuántas veces ayunas? ¿No es esto un deber para ti, tanto como para un jornalero? Pero si fallas en esto, o en cualquier otro aspecto, ¿quién te lo dirá? ¿Quién se atreve a decirte la verdad llana, sino los que nada esperan ni temen de ti? ¡Y si alguno se aventura a tratarte con franqueza, cuán difícil te es soportarlo! ¿No eres mucho menos dispuesto a recibir reprensión, mucho menos dócil al consejo, que cuando eras pobre? Bien está si puedes soportar la reprensión aunque sea de mí; y dentro de pocos días no me verás más.

Una vez más, por tanto, te digo: habiendo ganado y ahorrado todo lo que puedes, ¿das todo lo que puedes? De lo contrario, tu dinero comerá tu carne como fuego, ¡y te hundirá en lo más profundo del infierno! ¡Oh, guárdate de «hacerte tesoros en la tierra»! ¿No es eso atesorar ira para el día de la ira?

¡Señor, los he advertido! Pero si no quieren ser advertidos, ¿qué más puedo hacer? Solo puedo «entregarlos a las codicias de su propio corazón, y dejarlos seguir sus propias imaginaciones».

19. Por no hacer caso de esta advertencia, es cierto que muchos de los metodistas han caído ya; muchos están cayendo en este mismo momento; y hay gran razón para temer que muchos más caerán, ¡la mayoría de los cuales no se levantarán más!

Pero ¿qué método cabe esperar que adopte el Dios sapientísimo para reparar la decadencia de su obra? Si no quita el candelero de este pueblo y levanta otro pueblo que sea más fiel a su gracia, es probable que proceda de la misma manera que lo ha hecho en el pasado. Y este ha sido hasta ahora su método: cuando alguno de los predicadores antiguos dejaba su primer amor, perdía su sencillez y su celo y se apartaba de la obra, él levantaba a jóvenes que son lo que ellos eran, y los enviaba a la mies en su lugar. Lo mismo ha hecho cuando le ha placido llevar a alguno de sus fieles obreros al seno de Abraham. Así, cuando Henry Millard, Edward Dunstone, John Manners, Thomas Walsh u otros descansaron de sus trabajos, él levantó de tiempo en tiempo a otros jóvenes, dispuestos y capaces de prestar el mismo servicio. Es muy probable que siga el mismo método en el tiempo venidero. El lugar de aquellos predicadores que o mueren en el Señor, o pierden la vida espiritual que Dios les había dado, él lo suplirá con otros que estén vivos para Dios y que solo deseen gastar y gastarse por él.

20. ¡Oíd esto, todos vosotros, predicadores que no tenéis la misma vida, la misma comunión con Dios, el mismo celo por su causa, el mismo amor ardiente por las almas, que tuvisteis una vez! «Mirad por vosotros mismos, para que no perdáis las cosas que habéis obrado, sino que recibáis galardón cumplido». ¡Guardaos de que Dios no jure en su ira que no llevaréis más su estandarte! ¡De que no sea provocado a quitar del todo de vuestra boca la palabra de su gracia! Estad seguros de que el Señor no tiene necesidad de vosotros; su obra no depende de vuestra ayuda. Así como puede «de estas piedras levantar hijos a Abraham», así puede de las mismas levantar predicadores conforme a su corazón. ¡Oh, apresuraos! Recordad de dónde habéis caído; ¡y arrepentíos, y haced las primeras obras!

21. ¿No provocaría al Señor de la mies a dejaros del todo a un lado el que despreciarais a los obreros que él ha levantado, simplemente por su juventud? Esto se nos hacía comúnmente a nosotros cuando fuimos enviados por primera vez, hace entre cuarenta y cincuenta años. Hombres viejos y sabios preguntaban: «¿Qué harán estas cabezas jóvenes?» Así, en particular, el entonces obispo de Londres. Pero ¿adoptaremos nosotros su lenguaje? ¡Dios nos libre! ¿Enseñaremos nosotros a Dios a quién ha de enviar, a quién ha de emplear en su propia obra? ¿Somos nosotros, pues, el pueblo, y con nosotros morirá la sabiduría? ¿Depende de nosotros la obra de Dios? ¡Oh, humillaos delante de Dios, no sea que os arrebate y no haya quien os libre!

22. Consideremos a continuación qué método ha seguido la sabiduría de Dios durante estos cuarenta y cinco años, cuando miles del pueblo que una vez corrían bien, uno tras otro, «retrocedieron para perdición». Pues bien, tan pronto como alguno de los pobres era abrumado por los afanes del mundo, de modo que la semilla que había recibido se volvía infructuosa, y tan pronto como alguno de los ricos retrocedía para perdición, cediendo al amor del mundo, a codicias necias y dañosas, o a cualquiera otra de esas innumerables tentaciones que son inseparables de las riquezas, Dios ha levantado constantemente, de tiempo en tiempo, hombres dotados del espíritu que aquellos habían perdido. Sí, y por lo general este cambio se ha hecho con considerable ventaja; porque los últimos no solo eran (en su mayor parte) más numerosos que los primeros, sino más vigilantes, aprovechando su ejemplo; más espirituales, más celestiales en su mente, más celosos, más vivos para Dios y más muertos a todas las cosas de aquí abajo.

23. Y, bendito sea Dios, vemos que ahora está haciendo lo mismo en diversas partes del reino. En lugar de los que han caído de su firmeza, o están cayendo en este día, él levanta continuamente de las piedras otros hijos a Abraham. Esto lo hace en uno u otro lugar, según su propia voluntad, derramando su Espíritu vivificador sobre este o aquel pueblo, tal como le place. Está levantando a personas de toda edad y condición, jóvenes y doncellas, ancianos y niños, para que sean «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido, para que anuncien las alabanzas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable». Y no tenemos razón para dudar de que seguirá haciéndolo hasta que se cumpla la gran promesa; hasta que «la tierra sea llena del conocimiento de la gloria del Señor, como las aguas cubren el mar; hasta que todo Israel sea salvo y haya entrado la plenitud de los gentiles».

24. Pero ¿todos los que han sucumbido bajo diversas tentaciones han caído de tal modo que no pueden levantarse más? ¿Los ha desechado el Señor a todos para siempre, y no se dejará aplacar más? ¿Se ha acabado del todo su promesa para siempre? ¡Dios nos libre de afirmar tal cosa! Ciertamente él puede sanar todas sus rebeliones, porque para Dios ninguna palabra es imposible. ¿Y no está también dispuesto? Él es «Dios, y no hombre; por eso nunca decaen sus misericordias». Que ningún apóstata desespere. «Volveos al Señor, y él tendrá misericordia de vosotros; al Dios nuestro, y él será amplio en perdonar».

Entretanto, así dice el Señor a vosotros que ahora ocupáis su lugar: «¡No te ensoberbezcas, sino teme!» Si «el Señor no perdonó» a tus hermanos mayores, «¡mira que tampoco a ti te perdone!» Teme, aunque no con un temor servil y atormentador, no sea que caigas por alguna de esas mismas tentaciones: por los afanes del mundo, por el engaño de las riquezas o por las codicias de otras cosas. Tentados seréis de diez mil maneras diferentes, quizá mientras permanezcáis en el cuerpo; pero mientras sigáis velando y orando, no «entraréis en tentación». Su gracia os ha bastado hasta ahora, y así os bastará hasta el fin.

25. Veis aquí, hermanos, un breve y general bosquejo de la manera en que Dios obra sobre la tierra para reparar esta obra de gracia dondequiera que haya decaído por la astucia de Satanás y la infidelidad de los hombres, que ceden al fraude y a la malicia del diablo. Así está llevando ahora adelante su propia obra, y así lo hará hasta el fin del tiempo. ¡Y cuán maravillosamente llano y sencillo es su modo de obrar, tanto en el mundo espiritual como en el natural!; es decir, su plan general de obrar, de reparar todo cuanto ha decaído. Pero en cuanto a innumerables particulares, todavía debemos exclamar: «¡Oh profundidad! ¡Cuán insondables son sus consejos, e inescrutables sus sendas!»

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