Sermones en diversas ocasiones
La justificación por la fe

Capítulo 6 · 26 min de lectura · 33 min de escucha

La justificación por la fe

Sermón 5

La justificación por la fe

«Al que no obra, pero cree en aquel que justifica al impío, la fe le es contada por justicia».

Romanos 4:5.

1. Cómo puede un pecador ser justificado delante de Dios, el Señor y Juez de todos, es una cuestión de no común importancia para todo hijo de hombre. Contiene el fundamento de toda nuestra esperanza, por cuanto, mientras estamos enemistados con Dios, no puede haber verdadera paz ni gozo sólido, ni en el tiempo ni en la eternidad. ¿Qué paz puede haber mientras nuestro propio corazón nos condena, y mucho más Aquel que es «mayor que nuestro corazón, y conoce todas las cosas»? ¿Qué gozo sólido, sea en este mundo o en el venidero, mientras «la ira de Dios está sobre nosotros»?

2. ¡Y, sin embargo, cuán poco se ha entendido esta importante cuestión! ¡Qué nociones tan confusas han tenido muchos acerca de ella! En verdad, no solo confusas, sino a menudo enteramente falsas; contrarias a la verdad como la luz a las tinieblas; nociones absolutamente incompatibles con los oráculos de Dios y con toda la analogía de la fe. Y de ahí que, errando acerca del fundamento mismo, de ningún modo pudieron edificar sobre él; al menos no «oro, plata, piedras preciosas», que resistieran al ser probados como por fuego, sino solo «heno y hojarasca», ni aceptables a Dios ni provechosos para el hombre.

3. A fin de hacer justicia, en cuanto de mí dependa, a la vasta importancia del tema; de librar a quienes buscan la verdad con sinceridad de «vanas palabrerías y contiendas de palabras»; de disipar la confusión de pensamiento a la que tantos han sido ya llevados por ellas; y de darles conceptos verdaderos y exactos de este gran misterio de la piedad, procuraré mostrar:

Primero. Cuál es el fundamento general de toda esta doctrina de la justificación.

Segundo. Qué es la justificación.

Tercero. Quiénes son los justificados. Y,

Cuarto. En qué términos son justificados. I. He de mostrar, en primer lugar, cuál es el fundamento general de toda esta doctrina de la justificación.

1. El hombre fue hecho a imagen de Dios: santo, como es santo el que lo creó; misericordioso, como es misericordioso el Autor de todas las cosas; perfecto, como su Padre que está en los cielos es perfecto. Así como Dios es amor, así el hombre, morando en el amor, moraba en Dios, y Dios en él. Dios lo hizo para que fuera una «imagen de su propia eternidad», un retrato incorruptible del Dios de la gloria. Era, por tanto, puro, como Dios es puro, de toda mancha de pecado. No conocía el mal en ninguna clase ni grado, sino que era, interior y exteriormente, sin pecado y sin mancilla. «Amaba al Señor su Dios con todo su corazón, y con toda su mente, y su alma, y sus fuerzas».

2. Al hombre, así recto y perfecto, Dios le dio una ley perfecta, a la cual exigía una obediencia plena y perfecta. Exigía obediencia plena en todo punto, y que esta se cumpliera sin interrupción alguna, desde el momento en que el hombre fue hecho alma viviente hasta que terminara el tiempo de su prueba. No se hizo concesión alguna para ninguna falta; como, en verdad, no había necesidad de ella, pues el hombre era del todo capaz de la tarea asignada y estaba enteramente preparado para toda buena palabra y obra.

3. A la entera ley del amor que estaba escrita en su corazón (contra la cual, quizá, no podía pecar directamente), plugo a la soberana sabiduría de Dios añadir una ley positiva: «No comerás del fruto del árbol que está en medio del huerto»; y le añadió esta pena: «El día que de él comieres, ciertamente morirás».

4. Tal era, pues, el estado del hombre en el Paraíso. Por el amor libre e inmerecido de Dios, era santo y feliz: conocía a Dios, lo amaba, gozaba de él, lo cual es, en sustancia, la vida eterna. Y en esta vida de amor había de continuar para siempre, si continuaba obedeciendo a Dios en todas las cosas; pero, si le desobedecía en alguna, había de perderlo todo. «El día —dijo Dios— que de él comieres, ciertamente morirás».

5. El hombre desobedeció a Dios. «Comió del árbol del que Dios le mandó, diciendo: No comerás de él». Y en aquel día fue condenado por el justo juicio de Dios. Entonces también la sentencia de la que antes había sido advertido comenzó a cumplirse en él. Porque en el momento en que probó aquel fruto, murió. Su alma murió, fue separada de Dios; y separada de él, el alma no tiene más vida que la que tiene el cuerpo cuando está separado del alma. Su cuerpo, asimismo, se volvió corruptible y mortal, de modo que la muerte se apoderó entonces también de él. Y estando ya muerto en espíritu, muerto para Dios, muerto en el pecado, se apresuraba hacia la muerte eterna, a la destrucción del cuerpo y del alma en el fuego que nunca se apagará

6. Así, «el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres», por cuanto estaban contenidos en aquel que era el padre común y representante de todos nosotros. Así, «por el delito de uno», todos están muertos: muertos para Dios, muertos en el pecado, habitando un cuerpo corruptible y mortal que pronto ha de disolverse, y bajo la sentencia de muerte eterna. Porque así como «por la desobediencia de un hombre» todos «fueron constituidos pecadores», así, por aquel delito de uno, «vino la culpa a todos los hombres para condenación» (Romanos 5:12)

7. En este estado estábamos, aun todo el género humano, cuando «de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que no nos perdiésemos, mas tuviésemos vida eterna». En el cumplimiento del tiempo fue hecho Hombre, otra Cabeza común del género humano, un segundo Padre universal y Representante de toda la raza humana. Y como tal fue como «llevó nuestros dolores», «cargando el Señor en él la iniquidad de todos nosotros». Entonces fue «herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados». «Puso su vida en expiación por el pecado». Derramó su sangre por los transgresores. «Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero», para que por su llaga fuésemos sanados. Y por aquella sola oblación de sí mismo, ofrecida una sola vez, me ha redimido a mí y a todo el género humano, habiendo hecho con ella «un sacrificio y satisfacción plenos, perfectos y suficientes por los pecados del mundo entero».

8. En consideración a esto, a que el Hijo de Dios «gustó la muerte por todos», Dios ha «reconciliado ahora el mundo consigo, no imputándoles sus» pasados «pecados». Y así, «de la manera que por un delito vino la culpa a todos los hombres para condenación, así por una justicia vino la gracia a todos los hombres para justificación». De modo que, por amor de su Hijo muy amado, de lo que él ha hecho y padecido por nosotros, Dios se digna ahora, con una sola condición (que él mismo también nos capacita para cumplir), tanto remitir el castigo debido a nuestros pecados como restituirnos a su favor y devolver nuestras almas muertas a la vida espiritual, como arras de la vida eterna.

9. Este es, pues, el fundamento general de toda la doctrina de la justificación. Por el pecado del primer Adán, que no solo era el padre sino también el representante de todos nosotros, todos quedamos destituidos del favor de Dios; todos llegamos a ser hijos de ira; o, como lo expresa el apóstol, «vino la culpa a todos los hombres para condenación». Así también, por el sacrificio por el pecado hecho por el segundo Adán, como Representante de todos nosotros, Dios se ha reconciliado de tal modo con todo el mundo que le ha dado un nuevo pacto; y una vez cumplida su clara condición, «ya no hay condenación» para nosotros, sino que «somos justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús».

II. 1. Pero ¿qué es ser «justificado»? ¿Qué es la «justificación»? Esto era lo segundo que me propuse mostrar. Y es evidente, por lo ya observado, que no es el ser hechos real y efectivamente justos y rectos. Eso es la «santificación», que es, en verdad, en cierto grado, el fruto inmediato de la justificación, pero que, no obstante, es un don distinto de Dios y de una naturaleza totalmente diferente. La una implica lo que Dios hace por nosotros por medio de su Hijo; la otra, lo que él obra en nosotros por su Espíritu. De modo que, aunque puedan hallarse algunos casos raros en que el término «justificado» o «justificación» se usa en un sentido tan amplio que incluye también la «santificación», en el uso general, sin embargo, ambos se distinguen suficientemente el uno del otro, tanto por San Pablo como por los demás escritores inspirados.

2. Tampoco esa ocurrencia rebuscada de que la justificación es librarnos de la acusación, en particular de la de Satanás, puede probarse fácilmente por ningún texto claro de la Sagrada Escritura. En todo el relato bíblico de esta materia, tal como se ha expuesto arriba, ni ese acusador ni su acusación parecen tenerse en cuenta en absoluto. No puede negarse, ciertamente, que él es el «acusador» de los hombres, así llamado enfáticamente. Pero de ningún modo parece que el gran apóstol haga referencia alguna a esto, ni más ni menos, en todo lo que ha escrito tocante a la justificación, sea a los romanos o a los gálatas.

3. Es también mucho más fácil dar por sentado que probar por algún testimonio claro de la Escritura que la justificación es librarnos de la acusación que la ley presenta contra nosotros; al menos si esta manera de hablar, forzada y antinatural, significa algo más o algo menos que esto: que, habiendo nosotros transgredido la ley de Dios y merecido con ello la condenación del infierno, Dios no inflige a los que son justificados el castigo que habían merecido.

4. Menos que nada implica la justificación que Dios sea engañado en aquellos a quienes justifica; que piense que son lo que de hecho no son; que los tenga por otros de lo que son. De ningún modo implica que Dios juzgue de nosotros contrariamente a la naturaleza real de las cosas; que nos estime mejores de lo que realmente somos, o nos crea justos cuando somos injustos. Ciertamente no. El juicio del Dios sapientísimo es siempre según verdad. Tampoco puede jamás compaginarse con su sabiduría infalible el pensar que yo soy inocente, el juzgar que soy justo o santo, porque otro lo es. No puede, de esta manera, confundirme con Cristo más de lo que podría confundirme con David o con Abraham. Que cualquier hombre a quien Dios ha dado entendimiento pese esto sin prejuicio, y no podrá menos que percibir que semejante noción de la justificación no es conciliable ni con la razón ni con la Escritura.

5. La noción clara y bíblica de la justificación es el perdón, la remisión de los pecados. Es aquel acto de Dios Padre por el cual, en virtud de la propiciación hecha por la sangre de su Hijo, él «manifiesta su justicia (o misericordia) por la remisión de los pecados pasados». Esta es la explicación sencilla y natural que de ella da San Pablo a lo largo de toda esta epístola. Así la explica él mismo, más particularmente en este capítulo y en el siguiente. Así, en el segundo versículo después del texto: «Bienaventurados —dice— aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón al cual el Señor no imputará pecado». Al que es justificado o perdonado, Dios «no le imputará pecado» para su condenación. No lo condenará por esa causa, ni en este mundo ni en el venidero. Sus pecados, todos sus pecados pasados, de pensamiento, palabra y obra, son cubiertos, son borrados; no serán recordados ni mencionados contra él, como si nunca hubieran existido. Dios no infligirá a ese pecador lo que merecía padecer, porque el Hijo de su amor ha padecido por él. Y desde el momento en que somos «aceptos en el Amado», «reconciliados con Dios por su sangre», él nos ama, nos bendice y vela por nosotros para bien, como si nunca hubiéramos pecado.

Es cierto que el apóstol, en un lugar, parece extender mucho más el sentido de la palabra, cuando dice: «No los oidores de la ley, sino los hacedores de la ley serán justificados». Aquí parece referir nuestra justificación a la sentencia del gran día. Y así lo hace sin duda nuestro mismo Señor cuando dice: «Por tus palabras serás justificado», probando con ello que «de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio». Pero quizá difícilmente podamos presentar otro ejemplo en que San Pablo use la palabra en ese sentido lejano. En el tenor general de sus escritos es evidente que no lo hace; y menos que nada en el texto que tenemos delante, que innegablemente habla, no de los que ya «han acabado la carrera», sino de los que ahora apenas «emprenden la marcha», que apenas comienzan a «correr la carrera que les es propuesta».

III. 1. Pero esto es lo tercero que había de considerarse, a saber: ¿Quiénes son los justificados? Y el apóstol nos dice expresamente: los impíos. «Él (es decir, Dios) justifica al impío»; a los impíos de toda clase y grado, y a nadie sino a los impíos. Así como «los justos no necesitan arrepentimiento», tampoco necesitan perdón. Solo los pecadores tienen ocasión de ser perdonados; solo el pecado admite ser perdonado. El perdón, por tanto, tiene una referencia inmediata al pecado y, en este respecto, a nada más. Es a nuestra «injusticia» a la que el Dios que perdona es «propicio»; es de nuestra «iniquidad» de la que «no se acuerda más».

2. Esto parece no ser considerado en absoluto por quienes tan vehementemente sostienen que el hombre debe ser santificado, es decir, santo, antes de poder ser justificado; especialmente por aquellos de entre ellos que afirman que la santidad u obediencia universal debe preceder a la justificación. (A menos que se refieran a la justificación del último día, que queda enteramente fuera de la presente cuestión). Tan lejos está de ello, que la suposición misma no solo es rotundamente imposible (porque donde no hay amor de Dios no hay santidad, y no hay amor de Dios sino a partir del sentimiento de que él nos ama), sino también burda e intrínsecamente absurda, contradictoria en sí misma. Porque no es un santo, sino un pecador, el que es perdonado, y en calidad de pecador. Dios no justifica al piadoso, sino al impío; no a los que ya son santos, sino a los que no lo son. Con qué condición hace esto, se considerará en breve; pero, sea la que fuere, no puede ser la santidad. Afirmar tal cosa es decir que el Cordero de Dios quita solo aquellos pecados que ya habían sido quitados antes.

3. ¿Busca y salva, pues, el buen Pastor solo a los que ya están hallados? No: busca y salva lo que se había perdido. Perdona a los que necesitan su misericordia perdonadora. Salva de la culpa del pecado (y, al mismo tiempo, de su poder) a pecadores de toda clase y de todo grado: hombres que hasta entonces eran del todo impíos; en quienes no estaba el amor del Padre y en quienes, por consiguiente, no moraba cosa buena, ninguna disposición buena o verdaderamente cristiana, —sino solo las que eran malas y abominables, —el orgullo, la ira, el amor del mundo, —los frutos genuinos de aquella «intención de la carne» que es «enemistad contra Dios».

4. Estos que están enfermos, cuya carga de pecados es intolerable, son los que necesitan médico; estos que son culpables, que gimen bajo la ira de Dios, son los que necesitan perdón. Estos que están «ya condenados», no solo por Dios, sino también por su propia conciencia, como por mil testigos, por toda su impiedad, de pensamiento, palabra y obra, claman en alta voz a Aquel que «justifica al impío» por la redención que es en Jesús; —al impío y «al que no obra»; que no obra, antes de ser justificado, nada que sea bueno, verdaderamente virtuoso o santo, sino solo el mal continuamente. Porque su corazón es necesaria y esencialmente malo, hasta que el amor de Dios es derramado en él. Y mientras el árbol está maleado, así lo están sus frutos; «porque el árbol maleado no puede llevar frutos buenos».

5. Si se objeta: «Pero un hombre, antes de ser justificado, puede alimentar al hambriento o vestir al desnudo, y estas son buenas obras», la respuesta es fácil: puede hacer estas cosas aun antes de ser justificado; y son, en un sentido, «buenas obras»; son «buenas y útiles a los hombres». Pero no se sigue de ello que sean, estrictamente hablando, buenas en sí mismas, o buenas a los ojos de Dios. Todas las «buenas obras» verdaderas (para usar las palabras de nuestra Iglesia) «siguen a la justificación»; y son, por tanto, buenas y «agradables a Dios en Cristo», porque «brotan de una fe verdadera y viva». Por la misma razón, todas las «obras hechas antes de la justificación no son buenas», en el sentido cristiano, «por cuanto no brotan de la fe en Jesucristo» (aunque puedan brotar de alguna clase de fe en Dios); «antes bien, por no estar hechas como Dios ha querido y mandado que se hagan, no dudamos» (por extraño que esto les parezca a algunos) «de que tienen naturaleza de pecado».

6. Quizá los que dudan de esto no han considerado debidamente la poderosa razón que aquí se da de por qué ninguna obra hecha antes de la justificación puede ser verdadera y propiamente buena. El argumento corre claramente así: —

Ninguna obra es buena si no está hecha como Dios ha querido y mandado que se haga.

Pero ninguna obra hecha antes de la justificación está hecha como Dios ha querido y mandado que se haga:

Por tanto, ninguna obra hecha antes de la justificación es buena.

La primera proposición es evidente por sí misma; y la segunda, que ninguna obra hecha antes de la justificación está hecha como Dios ha querido y mandado que se haga, parecerá igualmente clara e innegable con solo considerar que Dios ha querido y mandado que «todas nuestras obras» sean «hechas con caridad» (en agape), en amor, en aquel amor a Dios que produce amor a todo el género humano. Pero ninguna de nuestras obras puede ser hecha en este amor mientras el amor del Padre (de Dios como Padre nuestro) no está en nosotros; y este amor no puede estar en nosotros hasta que recibimos el Espíritu de adopción, que clama en , nuestros corazones: Abba, Padre. Si, pues, Dios no justifica al impío y al que (en este sentido) no obra, entonces Cristo murió en vano; entonces, a pesar de su muerte, ninguna carne viviente puede ser justificada.

IV. 1. Pero ¿en qué términos, entonces, es justificado el que es del todo «impío» y hasta ese momento «no obra»? En uno solo, que es la fe: él «cree en aquel que justifica al impío». Y «el que cree no es condenado»; sí, ha «pasado de muerte a vida». «Porque la justicia (o misericordia) de Dios es por la fe de Jesucristo para todos y sobre todos los que creen: a quien Dios ha propuesto en propiciación por medio de la fe en su sangre; para que él sea el justo, y» (en consonancia con su justicia) «el que justifica al que cree en Jesús». «Así que concluimos que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley»; sin obediencia previa a la ley moral, que, en verdad, no podía cumplir hasta ahora. Que es la ley moral, y solo ella, la que aquí se entiende, aparece evidentemente por las palabras que siguen: «¿Luego invalidamos la ley por la fe? En ninguna manera; antes establecemos la ley. ¿Qué ley establecemos por la fe? No la ley ritual; no la ley ceremonial de Moisés. De ningún modo; sino la gran ley inmutable del amor, el santo amor de Dios y de nuestro prójimo».

2. La fe, en general, es una «elegchos» divina y sobrenatural, una «demostración» o «convicción» «de las cosas que no se ven», que no son perceptibles por nuestros sentidos corporales, por ser pasadas, futuras o espirituales. La fe justificante implica no solo una demostración o convicción divina de que «Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo», sino una firme confianza y seguridad de que Cristo murió por «mis» pecados, de que «me» amó y se entregó a sí mismo por «mí». Y en cualquier momento en que un pecador cree así, sea en la temprana niñez, en el vigor de sus años, o cuando es viejo y cano, Dios justifica a ese impío; Dios, por amor de su Hijo, perdona y absuelve al que hasta entonces no tenía en sí cosa buena. Arrepentimiento, en verdad, Dios le había dado antes; pero aquel arrepentimiento no era ni más ni menos que un profundo sentimiento de la falta de todo bien y de la presencia de todo mal. Y cualquier bien que tenga o haga, desde la hora en que por primera vez cree en Dios por medio de Cristo, la fe no lo «halla», sino que lo «trae». Este es el fruto de la fe. Primero el árbol es bueno, y luego el fruto es bueno también.

3. No puedo describir la naturaleza de esta fe mejor que con las palabras de nuestra propia Iglesia: «El único instrumento de la salvación» (de la cual la justificación es una rama) «es la fe; es decir, una firme confianza y seguridad de que Dios nos ha perdonado y nos perdonará nuestros pecados, de que nos ha aceptado de nuevo en su favor por los méritos de la muerte y pasión de Cristo. —Pero aquí debemos cuidar de no claudicar con Dios por una fe inconstante y vacilante. Pedro, al ir a Cristo sobre el agua, por desfallecer en la fe estuvo en peligro de ahogarse; así nosotros, si empezamos a vacilar o dudar, es de temer que nos hundamos como Pedro, no en el agua, sino en el abismo sin fondo del fuego del infierno». («Segundo sermón sobre la Pasión»)

«Ten, por tanto, una fe firme y constante, no solo en que la muerte de Cristo es eficaz para todo el mundo, sino en que él ha hecho un sacrificio pleno y suficiente por “ti”, una perfecta purificación de “tus” pecados, de modo que puedas decir con el apóstol que él “te” amó y se entregó a sí mismo por “ti”. Porque esto es hacer a Cristo “tuyo propio” y aplicarte sus méritos a “ti mismo”. («Sermón sobre el Sacramento, primera parte»)

4. Al afirmar que esta fe es el término o «condición de la justificación», quiero decir, en primer lugar, que no hay justificación sin ella. «El que no cree, ya es condenado»; y mientras no cree, esa condenación no puede ser quitada, sino que «la ira de Dios está sobre él». Así como «no hay otro nombre dado debajo del cielo» sino el de Jesús de Nazaret, ningún otro mérito por el cual un pecador condenado pueda jamás ser salvado de la culpa del pecado, así no hay otro medio de obtener parte en su mérito sino «por la fe en su nombre». De modo que, mientras estamos sin esta fe, somos «extranjeros a los pactos de la promesa», estamos «alejados de la república de Israel, y sin Dios en el mundo». Cualesquiera virtudes (así llamadas) que un hombre tenga —hablo de aquellos a quienes se predica el evangelio, porque «¿qué me va a mí en juzgar a los que están fuera?»—, cualesquiera buenas obras (así tenidas) que haga, de nada le aprovechan; sigue siendo un «hijo de ira», sigue bajo la maldición, hasta que cree en Jesús.

5. La fe, por tanto, es la condición «necesaria» de la justificación; sí, y la «única necesaria». Este es el segundo punto que debe observarse cuidadosamente: que, en el mismo momento en que Dios da la fe (porque «es don de Dios») al «impío» que «no obra», esa «fe le es contada por justicia». No tiene justicia alguna antes de esto, ni siquiera una justicia negativa o inocencia. Pero «la fe le es imputada por justicia» en el mismo momento en que cree. No que Dios (como se observó antes) lo crea ser lo que no es. Sino que, así como «al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros», es decir, lo trató como pecador, castigándolo por nuestros pecados, así nos tiene por justos desde el momento en que creemos en él; es decir, no nos castiga por nuestros pecados; sí, nos trata como si fuéramos inocentes y justos.

6. Ciertamente, la dificultad de asentir a esta proposición, que «la fe es la “única condición” de la justificación», ha de nacer de no entenderla. Queremos decir con ella esto: que es lo único sin lo cual nadie es justificado; lo único que es inmediata, indispensable y absolutamente requerido para el perdón. Así como, por una parte, aunque un hombre tuviera todo lo demás sin la fe, no puede ser justificado, así, por otra, aunque se suponga que le falta todo lo demás, si tiene fe no puede menos que ser justificado. Porque supongamos un pecador de cualquier clase o grado, con pleno sentimiento de su total impiedad, de su absoluta incapacidad para pensar, hablar o hacer el bien, y de su entero merecimiento del fuego del infierno; supongamos, digo, que este pecador, sin auxilio y sin esperanza, se arroja enteramente en la misericordia de Dios en Cristo (lo cual, en verdad, no puede hacer sino por la gracia de Dios): ¿quién puede dudar de que es perdonado en ese momento? ¿Quién afirmará que se requiere algo más «indispensablemente» antes de que ese pecador pueda ser justificado?

Ahora bien, si hubo jamás un solo caso así desde el principio del mundo (¿y no los ha habido, y no los hay, millones de millones?), se sigue claramente que la fe es, en el sentido dicho, la única condición de la justificación.

7. No conviene a pobres gusanos culpables y pecadores, que reciben cualesquiera bendiciones de que gozan (desde la menor gota de agua que refresca nuestra lengua hasta las inmensas riquezas de gloria en la eternidad) por gracia, por puro favor y no por deuda, pedir a Dios las razones de su proceder. No nos corresponde poner en tela de juicio a Aquel «que no da cuenta de ninguna de sus razones»; exigirle: «¿Por qué hiciste de la fe la condición, la única condición, de la justificación? ¿Por qué decretaste: “El que creyere”, y solo él, “será salvo”? Este es el punto mismo en que tanto insiste San Pablo en el capítulo noveno de esta epístola, a saber: que los términos del perdón y de la aceptación han de depender, no de nosotros, sino «del que llama»; que no hay «injusticia en Dios» al fijar sus propios términos, no conforme a los nuestros, sino conforme a su propio beneplácito; él, que puede decir con justicia: «Tendré misericordia del que tendré misericordia», es decir, del que cree en Jesús. «Así que no es del que quiere, ni del que corre», escoger la condición en que ha de hallar aceptación, «sino de Dios que tiene misericordia», que no acepta a nadie sino por su propio amor libre, su bondad inmerecida. «De manera que del que quiere tiene misericordia», es decir, de los que creen en el Hijo de su amor; «y al que quiere», esto es, a los que no creen, «endurece», los abandona al fin a la dureza de su corazón.

8. Sin embargo, una razón, podemos humildemente concebir, de que Dios fijara esta condición de la justificación —«Si crees en el Señor Jesucristo, serás salvo»— fue «apartar del hombre la soberbia». La soberbia había destruido ya a los mismos ángeles de Dios; había arrojado abajo «la tercera parte de las estrellas del cielo». Fue también, en gran medida, por ella, cuando el tentador dijo: «Seréis como dioses», que Adán cayó de su firmeza y trajo el pecado y la muerte al mundo. Fue, por tanto, una muestra de sabiduría digna de Dios establecer, para él y toda su posteridad, una condición de reconciliación tal que pudiera humillarlos eficazmente, abatirlos hasta el polvo. Y tal es la fe. Está particularmente adaptada para este fin: porque el que viene a Dios por esta fe debe fijar la mirada únicamente en su propia maldad, en su culpa e impotencia, sin tener la menor consideración a ningún supuesto bien en sí mismo, a ninguna virtud o justicia de ninguna clase. Debe venir como un «mero pecador», interior y exteriormente, destruido por sí mismo y condenado por sí mismo, sin traer a Dios nada sino impiedad, sin alegar nada propio sino pecado y miseria. Así es, y solo así, cuando su «boca se tapa» y está enteramente «culpable delante» de Dios, como puede «poner los ojos en Jesús» como la entera y única «propiciación por sus pecados». Solo así puede ser «hallado en él» y recibir «la justicia que es de Dios por la fe».

9. ¡Tú, impío, que oyes o lees estas palabras! ¡Tú, vil, desvalido y miserable pecador! Te encargo delante de Dios, el Juez de todos, que vayas derecho a él con toda tu impiedad. Guárdate de destruir tu propia alma alegando tu justicia, mucha o poca. Ve como del todo impío, culpable, perdido, destruido, merecedor del infierno y cayendo en él; y entonces hallarás gracia ante sus ojos, y sabrás que él justifica al impío. Como tal serás llevado a la «sangre del esparcimiento», como un pecador arruinado, desvalido y condenado. ¡Así «pon los ojos en Jesús»! ¡Allí está «el Cordero de Dios», que «quita tus pecados»! ¡No alegues obras, ni justicia tuya propia, ni humildad, contrición, sinceridad! De ningún modo. Eso sería, en verdad, negar al Señor que te rescató. No: alega únicamente la sangre del pacto, el rescate pagado por tu alma orgullosa, obstinada y pecadora. ¿Quién eres tú, que ahora ves y sientes tu impiedad interior y exterior? ¡Tú eres aquel hombre! ¡Te quiero para mi Señor! ¡Te reclamo «a ti» como hijo de Dios por la fe! El Señor te ha menester. Tú, que sientes que solo eres digno del infierno, eres justamente apto para promover su gloria: la gloria de su gracia gratuita, que justifica al impío y al que no obra. ¡Oh, ven pronto! Cree en el Señor Jesús, y tú, aun tú, quedas reconciliado con Dios.

Página 1 / 1 · 26 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente