Capítulo 67 · 20 min de lectura · 25 min de escucha
Las señales de los tiempos
Sermón 66
Las señales de los tiempos
«Sabéis distinguir el aspecto del cielo; ¿y no podéis distinguir las señales de los tiempos?»
Mateo 16:3.
1. El pasaje entero dice así: «Y llegaron los fariseos con los saduceos, y tentándole le pidieron que les mostrase señal del cielo. Mas él respondiendo, dijo: Cuando es la tarde, decís: Hará buen tiempo, porque el cielo tiene arreboles. Y a la mañana: Hoy habrá tempestad, porque el cielo tiene arreboles y está nublado. ¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo; ¿y no podéis distinguir las señales de los tiempos?» [Mateo 16:1–3]
2. «Y llegaron los fariseos con los saduceos». Por lo general, estos eran del todo opuestos entre sí; pero no es cosa rara que los hijos del mundo dejen a un lado la oposición que se tienen unos a otros (al menos por un tiempo) y se unan cordialmente para oponerse a los hijos de Dios «Y tentándole»; es decir, poniendo a prueba si en verdad era enviado de Dios, «le pidieron que les mostrase señal del cielo», cosa que, según creían, ningún falso profeta era capaz de hacer. No es improbable que se imaginaran que esto los convencería de que él era realmente enviado de Dios. «Y respondiendo él, les dijo: Cuando es la tarde, decís: Hará buen tiempo, porque el cielo tiene arreboles. Y a la mañana: Hoy habrá tempestad, porque el cielo tiene arreboles y está nublado». Probablemente había en su clima señales más seguras del buen tiempo y del mal tiempo que las que hay en el nuestro. «¡Hipócritas!», que hacéis profesión de amor mientras tenéis enemistad en vuestros corazones; «sabéis distinguir el aspecto del cielo», y juzgáis por él qué tiempo hará; «mas ¿no podéis distinguir las señales de los tiempos», cuando Dios introduce a su Primogénito en el mundo?
3. Indaguemos más particularmente, en primer lugar, cuáles eran los tiempos de que nuestro Señor habla aquí, y cuáles eran las señales por las que esos tiempos habían de distinguirse de todos los demás. Podremos luego indagar, en segundo lugar, cuáles son los tiempos que tenemos razón para creer que están ahora cerca, y cómo es que todos los que se llaman cristianos no distinguen las señales de estos tiempos.
I. 1. Indaguemos, en primer lugar, qué tiempos eran aquellos de los que nuestro Señor habla aquí. Es fácil responder: los tiempos del Mesías; los tiempos ordenados antes de la fundación del mundo, en los que agradó a Dios dar a su Hijo unigénito, para que tomara sobre sí nuestra naturaleza, para que fuera «hallado en la condición de hombre», para que viviera una vida de dolor y sufrimiento y, por fin, fuera «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz», a fin de que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna». Este era el tiempo trascendental cuyas señales no podían distinguir los fariseos y los saduceos. Por claras que fuesen en sí mismas, había un velo tan espeso sobre el corazón de estos hombres que no distinguían las señales de su venida, aunque habían sido predichas tanto tiempo antes.
2. Pero ¿cuáles eran esas señales de la venida de aquel Justo, que se habían predicho tanto tiempo antes y con tanta claridad, y por las cuales habrían podido distinguir fácilmente aquellos tiempos, si no hubiera estado el velo sobre su corazón? Son muchas en número, pero bastará mencionar unas pocas. Una de las primeras es la que señalan las solemnes palabras que pronunció Jacob poco antes de su muerte (Génesis 49:10:): «No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh». Todos los judíos, tanto antiguos como modernos, convienen en que por Siloh hemos de entender al Mesías, el cual, por tanto, según la profecía, había de venir «antes que el cetro», es decir, la soberanía, «fuese quitado de Judá». Pero, sin controversia alguna, fue quitado de Judá en ese mismo tiempo: señal infalible de que en ese mismo tiempo vino Siloh, es decir, el Mesías.
3. Una segunda señal eminente de aquellos tiempos, los tiempos de la venida del Mesías, se nos da en el capítulo tercero de la profecía de Malaquías: «He aquí, yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí; y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis». (Malaquías 3:1). ¡Cuán manifiestamente se cumplió esto, primero, con la venida de Juan el Bautista, y luego con la de nuestro bendito Señor mismo, «viniendo súbitamente a su templo»! ¡Y qué señal podía ser más clara para los que consideraban con imparcialidad las palabras del profeta Isaías (Isaías 40:3:): «Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas»!
4. Pero señales aún más claras que estas (si alguna podía ser más clara) eran las obras poderosas que él hacía. Por eso él mismo declara: «Las obras que yo hago, ellas dan testimonio de mí». Y a estas apela expresamente en su respuesta a la pregunta de Juan el Bautista (pregunta que no hizo, como algunos se han imaginado extrañamente, por alguna duda que él mismo tuviese, sino por el deseo de confirmar a sus discípulos, que quizá vacilarían cuando su Maestro les fuese quitado de su cabeza: «¿Eres tú aquel que había de venir», el Mesías? «¿O esperaremos a otro?». Ninguna mera respuesta de palabra habría podido ser tan convincente como lo que vieron con sus propios ojos. Por eso Jesús los remitió a este testimonio: «Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos son limpiados, y los sordos oyen; los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio». (Mateo 11:4, 5.)
5. Pero ¿cómo sucedió, entonces, que los que eran tan perspicaces en otras cosas, los que sabían «distinguir el aspecto del cielo», no fueran capaces de distinguir las señales que indicaban la venida del Mesías? No pudieron distinguirlas, no por falta de pruebas —que eran plenas y claras—, sino por falta de integridad en ellos mismos; porque eran una «generación mala y adúltera»; porque la perversidad de sus corazones extendía una nube sobre su entendimiento. Por eso, aunque el Sol de justicia brillaba resplandeciente, ellos eran insensibles a él. No estaban dispuestos a dejarse convencer; por eso permanecieron en la ignorancia. La luz era suficiente, pero cerraron los ojos para no verla; de modo que quedaron sin excusa, hasta que la venganza vino sobre ellos hasta el extremo.
II. 1. Hemos de considerar, en segundo lugar, cuáles son los tiempos que tenemos razón para creer que están ahora cerca. ¿Y cómo es que todos los que se llaman cristianos no distinguen las señales de estos tiempos?
Los tiempos que tenemos razón para creer que están cerca (si es que no han comenzado ya) son los que muchos hombres piadosos han llamado el tiempo de «la gloria de los postreros días», queriendo decir el tiempo en que Dios desplegaría gloriosamente su poder y su amor en el cumplimiento de su misericordiosa promesa de que «el conocimiento del Señor cubrirá la tierra, como las aguas cubren el mar».
2. «Pero ¿hay en Inglaterra, o en alguna otra parte del mundo, alguna señal de que se acerque tal tiempo?». No hace muchos años que una persona de considerable saber, así como de eminencia en la Iglesia (entonces obispo de Londres), hizo en su carta pastoral esta observación: «No alcanzo a imaginar qué quieren decir algunos cuando hablan de una gran obra de Dios en este tiempo. No veo ahora ninguna obra de Dios mayor que la que ha habido en cualquier otro tiempo». Lo creo; creo que aquel gran hombre no veía ninguna obra extraordinaria de Dios. Ni él ni la generalidad de los llamados cristianos veían señal alguna del glorioso día que se acerca. Pero ¿cómo se explica esto? ¿Cómo es que los que ahora saben «distinguir el aspecto del cielo», que no solo son grandes filósofos, sino grandes teólogos, tan eminentes como jamás lo fueron los saduceos, sí, o los fariseos, no distinguen las señales de aquellos gloriosos tiempos que, si no han comenzado, están cerca, a las puertas?
3. Concedemos, en verdad, que en toda época de la Iglesia «el reino de Dios no vino con advertencia», no con esplendor y pompa, ni con ninguna de esas circunstancias exteriores que suelen acompañar a los reinos de este mundo. Concedemos que este «reino de Dios está dentro de nosotros»; y que, por consiguiente, cuando comienza, sea en un individuo o en una nación, «es semejante al grano de mostaza», que al principio «es la más pequeña de todas las semillas», pero que, no obstante, crece gradualmente hasta que «se hace un gran árbol». O, para usar la otra comparación de nuestro Señor, es como «un poco de levadura, que tomó una mujer y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó leudado».
4. Pero ¿no podrá preguntarse: «¿Hay ahora alguna señal de que se acerca el día del poder de Dios?». Apelo a toda persona sincera y sin prejuicios: ¿no podemos distinguir en este día todas aquellas señales (entendiendo las palabras en sentido espiritual) a las que nuestro Señor remitió a los discípulos de Juan? «Los ciegos ven»: los que eran ciegos de nacimiento, incapaces de ver su propio estado deplorable, y mucho más de ver a Dios y el remedio que él les ha preparado en el Hijo de su amor, ahora se ven a sí mismos, sí, y ven «la luz de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. «Abiertos ahora los ojos de su entendimiento, ven todas las cosas con claridad. — «Los sordos oyen»: los que antes estaban del todo sordos a todos los llamamientos exteriores e interiores de Dios, ahora oyen no solo sus llamamientos providenciales, sino también los susurros de su gracia. — «Los cojos andan»: los que nunca antes se habían levantado del suelo, ni habían dado un solo paso hacia el cielo, andan ahora en todos los caminos de Dios; sí, «corren la carrera que tienen por delante». — «Los leprosos son limpiados»: la mortal lepra del pecado, que trajeron consigo al mundo, y que ningún arte humano pudo jamás curar, se ha apartado ahora por completo de ellos. Y ciertamente nunca, en ninguna época ni nación desde los apóstoles, se han cumplido tan eminentemente aquellas palabras: «A los pobres es anunciado el evangelio», como en este día. En este día la levadura del evangelio, la fe que obra por el amor, — la santidad interior y exterior, — o (para usar los términos de san Pablo) «justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo» — se ha extendido de tal modo en diversas partes de Europa, particularmente en Inglaterra, Escocia, Irlanda, en las islas, en el norte y en el sur, desde Georgia hasta Nueva Inglaterra y Terranova, que los pecadores se han convertido verdaderamente a Dios, cambiados por entero tanto en el corazón como en la vida; ¡no por decenas, ni solo por centenares, sino por millares, sí, por miríadas! El hecho no puede negarse: podemos señalar a las personas, con sus nombres y lugares de residencia. Y, sin embargo, los sabios del mundo, los hombres eminentes, los hombres de saber y de renombre, «¡no alcanzan a imaginar qué queremos decir cuando hablamos de alguna obra extraordinaria de Dios!». ¡No saben distinguir las señales de estos tiempos! ¡No ven señal alguna de que Dios se levante a defender su propia causa y a establecer su reino sobre la tierra!
5. Pero ¿cómo puede explicarse esto? ¿Cómo es que no saben distinguir las señales de estos tiempos? Podemos explicar su falta de discernimiento por el mismo principio con que explicamos la de los fariseos y saduceos, a saber, que ellos también son lo que aquellos eran, una «generación adúltera y pecadora». Si su ojo fuese sincero, todo su cuerpo estaría lleno de luz; pero si su ojo es malo, todo su cuerpo ha de estar lleno de tinieblas. Toda disposición mala oscurece el alma; toda pasión mala nubla el entendimiento. ¿Cómo, pues, podemos esperar que sean capaces de distinguir las señales de los tiempos los que están llenos de toda clase de pasiones desordenadas y son esclavos de toda disposición mala? Pero este es realmente el caso. Están llenos de orgullo: tienen de sí mismos un concepto mucho más alto que el que deben tener. Son vanidosos: «buscan la gloria los unos de los otros, y no la gloria que viene de solo Dios». Abrigan odio y malicia en sus corazones; dan lugar a la ira, a la envidia, a la venganza; devuelven mal por mal, y maldición por maldición. En lugar de vencer con el bien el mal, no tienen escrúpulo en exigir ojo por ojo y diente por diente. «No gustan de las cosas que son de Dios, sino de las que son de los hombres». No ponen sus afectos en las cosas de arriba, sino en las cosas que son de la tierra. «Aman a la criatura más que al Creador»; son «amadores de los deleites más que de Dios». ¿Cómo, pues, habrían de distinguir las señales de los tiempos? El dios de este mundo, a quien sirven, ha cegado sus corazones y ha cubierto sus mentes con un velo de densas tinieblas. ¡Ay!, ¿qué tienen que ver estas «almas de carne y sangre» (como dice alguien) con Dios, o con las cosas de Dios?
6. San Juan asigna esta misma razón para que los judíos no entendieran las cosas de Dios; a saber, que a consecuencia de sus pecados anteriores y de haber rechazado voluntariamente la luz, Dios los había entregado ya a Satanás, quien los cegó sin remedio. Una y otra vez, cuando podían haber visto, no quisieron; cerraron los ojos a la luz; y ahora no pueden ver, pues Dios los ha entregado a una mente sin discernimiento: por eso no creen, porque dijo Isaías (es decir, a causa de la razón dada en aquel dicho de Isaías): «Cegó los ojos de ellos, y endureció su corazón, para que no vean con los ojos, ni entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane». El sentido llano no es que Dios hiciera esto por su propio poder inmediato; sería franca blasfemia decir que Dios, en este sentido, endurece a hombre alguno; sino que su Espíritu ya no contiende más con ellos, y entonces Satanás los endurece eficazmente.
7. Y como sucedió con ellos en los tiempos antiguos, así sucede con la presente generación. Miles de los que llevan el nombre de Cristo están ahora entregados a una mente sin discernimiento. El dios de este mundo ha cegado de tal manera sus ojos que la luz no puede resplandecer sobre ellos; de modo que ya no pueden distinguir las señales de los tiempos, como tampoco podían antiguamente los fariseos y saduceos. Un ejemplo asombroso de esta ceguera espiritual, de esta total incapacidad para distinguir las señales de los tiempos mencionadas en la Escritura, se nos da en la celebradísima obra de un eminente escritor de tiempos recientes, que supone que la nueva Jerusalén descendió del cielo cuando Constantino el Grande se llamó a sí mismo cristiano. Digo que se llamó a sí mismo cristiano; porque no me atrevo a afirmar que lo fuera, como tampoco me atrevo a afirmarlo de Pedro el Grande. No puedo menos que creer que habría dado más cerca del blanco si hubiera dicho que aquel fue el tiempo en que ¡subió del abismo una enorme nube de azufre infernal y de humo! Porque ciertamente nunca hubo un tiempo en que Satanás obtuviera una ventaja tan funesta sobre la Iglesia de Cristo como cuando irrumpió en ella tal torrente de riquezas, de honores y de poder, ¡particularmente sobre el clero!
8. Por la misma regla, ¿qué señales habría esperado este escritor de la cercana conversión de los paganos? ¡Sin duda habría esperado a un héroe, como Carlos de Suecia o Federico de Prusia, que llevase el fuego, la espada y el cristianismo a través de naciones enteras de una vez! Y no puede negarse que, desde el tiempo de Constantino, muchas naciones se han convertido de esta manera. Pero ¿podría decirse de conversiones como estas: «El reino de los cielos no viene con advertencia»? ¡Ciertamente todo el mundo ha de advertir a un guerrero que se precipita por el país a la cabeza de cincuenta o sesenta mil hombres! Pero ¿es este el modo de extender el cristianismo que ha escogido su autor, el Príncipe de paz? No; no es de esta manera como un grano de mostaza crece hasta hacerse un gran árbol. No es así como un poco de levadura leuda toda la masa. Antes bien, se extiende poco a poco, más y más lejos, hasta que todo queda leudado. Podemos formarnos un juicio de lo que será en adelante por lo que ya hemos visto. Y este es el modo en que la verdadera religión cristiana, la fe que obra por el amor, se ha ido extendiendo, particularmente por la Gran Bretaña y sus dependencias, durante medio siglo.
9. Del mismo modo sigue extendiéndose también en el tiempo presente, como fácilmente pueden ver todos aquellos cuyos ojos no están cegados. Todos los que experimentan en su propio corazón el poder de Dios para salvación percibirán con facilidad cómo la misma religión de que ellos gozan se sigue extendiendo de corazón en corazón. Reconocen la misma gracia de Dios obrando con fuerza y con dulzura por todas partes, y se regocijan al hallar a un pecador tras otro que primero pregunta: «¿Qué debo hacer para ser salvo?», y luego testifica: «Engrandece mi alma al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador». Tras una indagación justa y sincera, hallan cada vez más personas, no solo de las que tenían alguna forma de religión, sino de las que no tenían forma alguna, que eran pecadores disolutos y perdidos, y que ahora están enteramente cambiados, temiendo verdaderamente a Dios y obrando justicia. Observan cada vez más, aun entre estos pobres desechados de los hombres, a quienes han sido cambiados interior y exteriormente; que aman a Dios y a su prójimo; que viven en la práctica constante de la justicia, la misericordia y la verdad; que, según tienen tiempo, hacen bien a todos los hombres; tranquilos y felices en su vida, y triunfantes en su muerte.
10. ¿Qué excusa tienen, pues, los que creen que las Escrituras son la Palabra de Dios, para no distinguir las señales de estos tiempos como preparatorias del llamamiento general de los paganos? ¿Qué podía haber hecho Dios que no haya hecho para convenceros de que el día viene, de que el tiempo está cerca, en que cumplirá sus gloriosas promesas, en que se levantará para defender su propia causa y establecer su reino sobre toda la tierra? ¿Qué, en verdad, sino obligaros a creer? Y esto no podía hacerlo sin destruir la naturaleza que os había dado; porque os hizo agentes libres, con un poder interior de autodeterminación que es esencial a vuestra naturaleza. Y os trata como agentes libres desde el principio hasta el fin. Como tales, podéis cerrar o abrir los ojos, según os plazca. Tenéis luz suficiente que brilla por todas partes a vuestro alrededor; y, sin embargo, no tenéis por qué verla si no queréis. Pero estad seguros de que Dios no se agrada de que cerréis los ojos y luego digáis: «No puedo ver». Os aconsejo que hagáis un examen imparcial de todo el asunto. Después de una indagación sincera de los hechos, considerad profundamente: «¡Lo que ha hecho Dios!». «¿Quién vio cosa semejante? ¿Quién oyó cosa tal?». ¿No ha sido, por así decirlo, una nación «nacida en un día»? ¡Cuán rápida, y también cuán profunda y cuán extensa, es la obra que se ha hecho en la presente época! Y ciertamente, «no con ejército, ni con fuerza, sino con el Espíritu del Señor». ¡Porque cuán del todo inadecuados eran los medios!, ¡cuán insuficientes eran los instrumentos para producir tal efecto!, al menos aquellos de que le ha placido a Dios servirse en los dominios británicos y en América. ¡Por cuán improbables instrumentos le ha placido a Dios obrar desde el principio! «Unas cuantas cabezas jóvenes e inexpertas», dijo el obispo de Londres, «¿qué pueden pretender hacer?». Pretendían ser aquello en la mano de Dios que es una pluma en la mano de un hombre. Pretendían (y lo pretenden hasta el día de hoy) hacer la obra a la que son enviados; hacer exactamente lo que al Señor le plazca. Y si es su voluntad derribar los muros de Jericó, las fortalezas de Satanás, no con máquinas de guerra, sino con el sonido de las bocinas de cuerno de carnero, ¿quién le dirá: «¡Qué haces!»?
11. Entretanto, «bienaventurados vuestros ojos, porque ven: muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron». Vosotros veis y reconocéis el día de vuestra visitación; una visitación tal como ni vosotros ni vuestros padres habíais conocido. Bien podéis decir: «Este es el día que hizo el Señor; nos gozaremos y alegraremos en él». Veis el alba de aquel glorioso día del que han hablado todos los profetas. ¿Y cómo aprovecharéis más eficazmente este día de vuestra visitación?
12. Lo primero es: mirad que vosotros mismos no recibáis en vano la bendición de Dios. Comenzad por la raíz, si no lo habéis hecho ya. ¡Arrepentíos ahora, y creed al evangelio! Si habéis creído, «¡mirad por vosotros mismos, para que no perdáis lo que habéis obrado, sino que recibáis galardón cumplido!». ¡Avivad el don de Dios que está en vosotros! Andad en luz, como él está en luz. Y mientras «retenéis lo que habéis alcanzado, id adelante a la perfección». Sí, y cuando seáis «perfeccionados en el amor», aun entonces, «olvidando lo que queda atrás, proseguid al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús».
13. Os toca, en segundo lugar, ayudar a vuestros prójimos. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Según tengáis tiempo, haced bien a todos los hombres, y mayormente a los de la familia de la fe. ¡Proclamad las alegres nuevas de la salvación que está preparada para ser manifestada, no solo a los de vuestra propia casa, no solo a vuestros parientes, amigos y conocidos, sino a todos los que Dios, en su providencia, pone en vuestras manos! «Vosotros», los que ya sabéis en quién habéis creído, «sois la sal de la tierra». ¡Procurad sazonar con el conocimiento y el amor de Dios a todos aquellos con quienes tenéis algún trato! «Sois como una ciudad asentada sobre un monte»; no podéis, no debéis estar escondidos. «Vosotros sois la luz del mundo: los hombres no encienden una lámpara y la ponen debajo de un almud»; ¡cuánto menos lo hará el Dios todo sabio! No; dejad que alumbre a todos los que están en la casa, a todos los que son testigos de vuestra vida y conducta. Sobre todo, ¡perseverad constantes en la oración, tanto por vosotros mismos como por toda la Iglesia de Dios y por todos los hijos de los hombres, para que se acuerden y se vuelvan a nuestro Dios, a fin de que también ellos gocen de la bendición del evangelio en la tierra y de la gloria de Dios en el cielo!
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