Capítulo 66 · 16 min de lectura · 21 min de escucha
El deber de reprender a nuestro prójimo
Sermón 65
El deber de reprender a nuestro prójimo
«No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; de cierto reprenderás a tu prójimo, y no consentirás sobre él pecado».
Levítico 19:17.
Gran parte del libro del Éxodo, y casi todo el libro del Levítico, se refieren a la ley ritual o ceremonial de Moisés, que fue dada particularmente a los hijos de Israel, pero que era tal «yugo», dice el apóstol Pedro, «que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar». Por tanto, hemos sido librados de ella; y esta es una parte de «la libertad con que Cristo nos hizo libres». Sin embargo, es fácil observar que entre estas leyes ceremoniales se hallan esparcidos muchos excelentes preceptos morales. Varios de ellos los encontramos en este mismo capítulo, como: «No rebuscarás tu viña; para el pobre y para el extranjero los dejarás. Yo soy el Señor vuestro Dios». (Levítico 19:10.) No hurtaréis, ni mentiréis ninguno a su prójimo. (Levítico 19:11.) «No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No se detendrá el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana». (Levítico 19:13.) «No maldecirás al sordo, ni delante del ciego pondrás tropiezo, sino que tendrás temor de tu Dios: Yo soy el Señor». (Levítico 19:14.) Como si dijera: Yo soy aquel cuyos ojos están sobre toda la tierra, y cuyos oídos están abiertos a su clamor. «No harás injusticia en el juicio: no tendrás respeto al pobre», cosa que los hombres compasivos pueden sentirse tentados a hacer; «ni honrarás la persona del grande», a lo cual hay mil tentaciones. (Levítico 19:15.) «No andarás chismeando entre tu pueblo»: (Levítico 19:16:) aunque este es un pecado que las leyes humanas nunca han podido impedir hasta ahora. Luego sigue: «No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; de cierto reprenderás a tu prójimo, y no consentirás sobre él pecado». [Levítico 19:17]
A fin de entender bien esta importante instrucción, y de aplicarla con provecho a nuestras propias almas, consideremos:
I. ¿Qué es lo que debemos reprender o redargüir? ¿Qué es lo que aquí se nos manda?
II. ¿Quiénes son aquellos a quienes se nos manda reprender? Y,
III. ¿Cómo hemos de reprenderlos?
I. 1. Consideremos, en primer lugar, cuál es el deber que aquí se nos manda. ¿Qué es lo que debemos reprender o redargüir? ¿Y qué es reprender? ¿Qué es reprender? Es decirle a alguien sus faltas, como se ve claramente por las palabras siguientes: «No consentirás sobre él pecado». El pecado es, pues, lo que somos llamados a reprender, o más bien al que comete el pecado. Hemos de hacer todo lo que esté de nuestra parte para convencerle de su falta y conducirle al buen camino.
2. El amor, en verdad, nos obliga a advertirle no solo del pecado (aunque de este principalmente), sino también de cualquier error que, si persistiera en él, le llevaría naturalmente al pecado. Si no «le aborrecemos en nuestro corazón», si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, este será nuestro constante empeño: advertirle de todo mal camino y de toda equivocación que tiende al mal.
3. Pero si no queremos perder nuestro trabajo, rara vez debemos reprender a nadie por algo que sea de naturaleza discutible, sobre lo cual se pueda decir mucho por ambas partes. Una cosa puede quizá parecerme mala a mí; por eso tengo escrúpulo de hacerla, y si la hiciera mientras dura ese escrúpulo, sería pecador delante de Dios. Pero a otro no se le ha de juzgar por mi conciencia: para su propio señor está en pie, o cae. Por tanto, no le reprendería sino por lo que es clara e innegablemente malo. Tal es, por ejemplo, el maldecir y jurar profanamente, que ni aun los que más lo practican se atreverán a defender a menudo si uno les amonesta con mansedumbre. Tal es la embriaguez, que aun el borracho habitual condenará cuando esté sobrio. Y tal es, en el juicio de la generalidad de la gente, la profanación del día del Señor. Y si algunos de los que son culpables de estos pecados intentan defenderlos por un tiempo, muy pocos persistirán en hacerlo si los miráis fijamente a la cara y apeláis a su propia conciencia delante de Dios.
II. 1. Consideremos, en segundo lugar, quiénes son aquellos a quienes somos llamados a reprender. Es tanto más necesario considerar esto cuanto que muchas personas serias afirman que hay algunos pecadores a quienes la Escritura misma nos prohíbe reprender. Este sentido se ha dado a aquella solemne advertencia de nuestro Señor en su Sermón del Monte: «No echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus pies, y se vuelvan y os despedacen». Pero el sentido llano de estas palabras es: No ofrezcáis las perlas, las sublimes doctrinas o misterios del evangelio, a aquellos que sabéis que son hombres embrutecidos, sumidos en sus pecados y sin temor de Dios delante de sus ojos. Esto expondría esas joyas preciosas al desprecio, y a vosotros mismos a malos tratos. Pero aun a aquellos que sabemos que son, en el sentido de nuestro Señor, perros y puercos, si los vemos hacer, o los oímos decir, lo que ellos mismos saben que es malo, debemos de cierto reprenderlos; de lo contrario, «aborrecemos a nuestro hermano en nuestro corazón».
2. Las personas a las que se refiere «nuestro prójimo» son todo hijo de hombre, todo el que respira el aire vital, todos los que tienen un alma que salvar. Y si dejamos de prestar este oficio de amor a alguno porque es pecador más que los demás hombres, él podrá persistir en su iniquidad, pero Dios demandará su sangre de nuestras manos.
3. ¡Cuán impresionante es la reflexión del señor Baxter sobre este punto en su «Descanso eterno de los santos! «Supón que encontraras en el mundo de abajo a alguno a quien negaste este oficio de amor cuando ambos estabais juntos bajo el sol: ¿qué respuesta podrías dar a sus reproches? “En tal tiempo y lugar, mientras estábamos bajo el sol, Dios me entregó en tus manos. Yo entonces no conocía el camino de la salvación, sino que buscaba la muerte en el error de mi vida; ¡y en él me dejaste permanecer, sin procurar ni una sola vez despertarme del sueño! Si me hubieras comunicado tu conocimiento y me hubieras advertido que huyera de la ira venidera, ni yo ni tú habríamos tenido que venir jamás a este lugar de tormento”».
4. Todo aquel, pues, que tiene un alma que salvar tiene derecho a recibir de ti este buen oficio. Sin embargo, esto no significa que se haya de prestar en el mismo grado a todos. No puede negarse que hay algunos a quienes se les debe de manera particular. Tales son, en primer lugar, nuestros padres, si tenemos alguno que lo necesite; a menos que pongamos a nuestros cónyuges y a nuestros hijos en pie de igualdad con ellos. Después de estos podemos colocar a nuestros hermanos y hermanas, y luego a nuestros parientes, según estén unidos a nosotros de manera más cercana o más lejana, sea por sangre o por matrimonio. Inmediatamente después de estos vienen nuestros criados, ya estén obligados con nosotros por un plazo de años o por otro más corto. Por último, tales son, en sus diversos grados, nuestros compatriotas, nuestros conciudadanos y los miembros de una misma sociedad, sea civil o religiosa. Estos últimos tienen un derecho particular a nuestro servicio, ya que tales sociedades se forman con ese mismo designio: velar los unos por los otros con este mismo fin, que no consintamos pecado sobre nuestro hermano. Si descuidamos reprender a cualquiera de ellos cuando se ofrece una buena oportunidad, sin duda hemos de ser contados entre los que «aborrecen a su hermano en su corazón». ¡Y cuán severa es la sentencia del apóstol contra los que caen bajo esta condenación! «Cualquiera que aborrece a su hermano», aunque ello no estalle en palabras o acciones, «es homicida»; y sabéis», prosigue el apóstol, «que ningún homicida tiene vida eterna permanente en sí». No tiene plantada en su alma aquella semilla que crece para vida eterna; en otras palabras, está en tal estado que, si muere en él, no puede ver la vida. Se sigue claramente que descuidar esto no es cosa pequeña, sino que pone en grave peligro nuestra salvación final.
III. Hemos visto qué se entiende por reprender a nuestro hermano, y quiénes son aquellos a quienes debemos reprender. Pero queda por considerar lo principal: ¿Cómo, de qué manera, hemos de reprenderlos?
1. Hay que reconocer que hay una dificultad considerable en hacer esto de la manera debida; aunque, al mismo tiempo, es mucho menos difícil para unos que para otros. Hay algunos que están particularmente capacitados para ello, sea por naturaleza, por práctica o por gracia. No están estorbados ni por una mala vergüenza ni por esa pesada carga que es el temor del hombre; están a la vez dispuestos a emprender esta obra de amor y son diestros en realizarla. Para estos, por tanto, es poca o ninguna cruz; más aún, sienten una especie de gusto por ello, y una satisfacción en hacerlo, además de la que nace de la conciencia de haber cumplido su deber. Pero sea para nosotros una cruz mayor o menor, sabemos que para esto fuimos llamados. Y por grande que sea para nosotros la dificultad, sabemos en quién hemos creído, y que él cumplirá ciertamente su palabra: «Como tus días, así será tu fortaleza».
2. ¿De qué manera, pues, reprenderemos a nuestro hermano, para que nuestra reprensión sea lo más eficaz posible? Cuidemos ante todo de que todo lo que hagamos se haga en «el espíritu de amor»; en el espíritu de tierna buena voluntad hacia nuestro prójimo, como hacia uno que es hijo de nuestro Padre común, y uno por quien Cristo murió para que fuese participante de la salvación. Entonces, por la gracia de Dios, el amor engendrará amor. El afecto del que habla se extenderá al corazón del que oye; y hallaréis, a su debido tiempo, que vuestro trabajo no ha sido en vano en el Señor.
3. Entretanto, hay que tener el mayor cuidado de hablar en el espíritu de humildad. Guardaos de tener de vosotros mismos más alto concepto que el que debéis tener. Si tenéis un concepto demasiado alto de vosotros mismos, difícilmente podréis evitar despreciar a vuestro hermano. Y si mostráis, o aun sentís, el menor desprecio por aquellos a quienes reprendéis, eso arruinará toda vuestra obra y os hará perder todo vuestro trabajo. Para evitar aun la apariencia de orgullo, a menudo será necesario ser explícitos en este punto: renunciar a toda pretensión de preferiros a él, y en el mismo momento en que reprendéis lo que es malo, reconocer y bendecir a Dios por lo que hay de bueno en él.
4. Hay que tener gran cuidado, en tercer lugar, de hablar en el espíritu de mansedumbre, así como de humildad. El apóstol nos asegura que «la ira del hombre no obra la justicia de Dios». La ira, aunque se adorne con el nombre de celo, engendra ira, no amor ni santidad. Debemos, pues, evitar con todo el cuidado posible aun la apariencia de ella. Que no haya rastro de ella ni en los ojos, ni en el gesto, ni en el tono de la voz; sino que todo esto concurra a manifestar un espíritu amoroso, humilde y sereno.
5. Pero en todo este tiempo, mirad que no confiéis en vosotros mismos. No pongáis confianza en vuestra propia sabiduría, ni en vuestra destreza, ni en capacidad alguna de cualquier clase. Para el buen éxito de todo lo que digáis o hagáis, no confiéis en vosotros mismos, sino en el gran Autor de toda buena dádiva y de todo don perfecto. Por tanto, mientras habláis, elevad continuamente vuestro corazón a aquel que obra todas las cosas en todos. Y todo lo que se diga en el espíritu de oración no caerá en tierra.
6. Baste esto en cuanto al espíritu con que debéis hablar cuando reprendéis a vuestro prójimo. Paso ahora a la manera exterior. Se ha comprobado con frecuencia que el anteponer a una reprensión una franca declaración de buena voluntad ha hecho que lo dicho penetrara hondo en el corazón. Esto tendrá por lo general un efecto mucho mejor que aquel gran instrumento de moda, la lisonja, por medio de la cual los hombres del mundo han hecho a menudo cosas sorprendentes. Pero esas mismas cosas, y aun mucho mayores, se han logrado con mucha más frecuencia mediante una declaración llana y sin artificio de un amor desinteresado. Cuando sintáis que Dios ha encendido esta llama en vuestro corazón, no la escondáis: ¡dadle libre salida! Penetrará como el relámpago. Los obstinados, los duros de corazón, se derretirán delante de vosotros, y sabrán que Dios está verdaderamente con vosotros.
7. Aunque es cierto que lo principal al reprender es hacerlo con el espíritu debido, también hay que reconocer que hay varias pequeñas circunstancias tocantes a la manera exterior que de ningún modo carecen de utilidad, y que por tanto no deben despreciarse. Una de ellas es que, siempre que reprendáis, lo hagáis con gran seriedad; de modo que, así como de veras habláis en serio, también lo parezcáis. Una reprensión jocosa causa poca impresión y pronto se olvida; además, muchas veces se toma a mal, como si os burlarais de la persona a quien reprendéis. Y en verdad, los que no acostumbran hacer bromas no llevan bien que se bromee a su costa. Un medio de dar un aire serio a lo que decís es usar, tantas veces como se pueda, las mismas palabras de la Escritura. Con frecuencia hallamos que la palabra de Dios, aun en una conversación privada, tiene una energía peculiar; y el pecador, cuando menos lo espera, la siente «más penetrante que toda espada de dos filos».
8. Con todo, hay algunas excepciones a esta regla general de reprender con seriedad. Hay algunos casos excepcionales en los que, como observa un buen conocedor de la naturaleza humana,
Ridiculum acri fortius—
un poco de burla bien colocada penetrará más hondo que un argumento sólido. Pero esto tiene lugar principalmente cuando tratamos con los que son extraños a la religión. Y cuando condescendemos a dar una reprensión jocosa a una persona de este carácter, parece que estamos autorizados a hacerlo por aquel consejo de Salomón: «Responde al necio según su necedad, para que no se estime sabio en su propia opinión».
9. La manera de la reprensión puede también, en otros respectos, variarse según la ocasión. A veces os parecerá conveniente usar muchas palabras, para expresar extensamente lo que pensáis. Otras veces juzgaréis más oportuno usar pocas palabras, quizá una sola frase; y otras, puede ser aconsejable no usar palabra alguna, sino un gesto, un suspiro o una mirada, particularmente cuando la persona a quien querríais reprender es muy superior a vosotros. Y con frecuencia esta clase silenciosa de reprensión irá acompañada del poder de Dios, y tendrá por consiguiente un efecto mucho mejor que un discurso largo y trabajoso.
10. Una vez más: Recordad la observación de Salomón: «La palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!». Es verdad que, si sois llamados providencialmente a reprender a alguien a quien probablemente no volveréis a ver, debéis aprovechar la ocasión presente y hablar «a tiempo» o «fuera de tiempo»; pero con aquellos a quienes tenéis frecuentes oportunidades de ver, podéis esperar una buena ocasión. Aquí tiene lugar el consejo del poeta. Podéis hablar
Si validus, si laetus erit, si denique poscet:
cuando esté de buen humor, o cuando él mismo os lo pida. Aquí podéis aprovechar los
Mollia tempora fandi,—
momentos en que su ánimo se halla en una disposición blanda y apacible; y entonces Dios os enseñará cómo hablar, y dará su bendición a lo que se diga.
11. Pero aquí permitidme poneros en guardia contra un error. Pasa por máxima indiscutible: «Nunca intentes reprender a un hombre cuando está embriagado». La reprensión, se dice, se desperdicia entonces y no puede tener buen efecto. Yo no me atrevo a decir eso. He visto no pocos casos claros de lo contrario. Tomad uno: Hace muchos años, al pasar junto a un hombre en Moorfields que estaba tan borracho que apenas podía tenerse en pie, le puse un papel en la mano. Lo miró y dijo: «Una palabra… Una palabra a un borracho… ese soy yo… ¡Señor, señor! Estoy mal… sé que estoy mal… le ruego que me deje hablar un poco con usted». Me tuvo de la mano una media hora larga; y creo que no volvió a emborracharse.
12. Os ruego, hermanos, por las misericordias de Dios, ¡no despreciéis a los pobres borrachos! ¡Tened compasión de ellos! ¡Instad con ellos a tiempo y fuera de tiempo! No dejéis que la vergüenza o el temor de los hombres os impidan arrebatar estos tizones del fuego. Muchos de ellos se condenan a sí mismos:
Ni dejan de ver el triste estado
en que se encuentran;
pero desesperan; no tienen esperanza de escapar de él; y se hunden en él cada vez más, ¡porque nadie más tiene esperanza alguna para ellos! «A pecadores de toda otra clase», decía un venerable clérigo anciano, «he conocido muchas veces convertidos a Dios. Pero a un borracho habitual nunca lo he conocido convertido». Pero yo he conocido quinientos, quizá cinco mil. ¡Oh! ¿Eres tú uno de los que leen estas palabras? ¡Entonces oye tú la palabra del Señor! ¡Tengo un mensaje de Dios para ti, oh pecador! Así dice el Señor: No deseches tu esperanza. No me he olvidado de ti. El que te dice que no hay remedio es un mentiroso desde el principio. ¡Alza los ojos! ¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo! Hoy ha venido la salvación a tu alma: ¡solo mira que no deseches al que habla! Ahora mismo te dice: «¡Confía, hijo! ¡Tus pecados te son perdonados!».
13. Por último: Vosotros que sois diligentes en esta obra de amor, mirad que no os desaniméis, aunque, después de haber hecho vuestros mejores esfuerzos, no veáis fruto presente. Tenéis necesidad de paciencia, y entonces, «habiendo hecho la voluntad de Dios» en esto, vendrá la cosecha. Nunca «os canséis de hacer bien; que a su tiempo segaréis, si no desmayáis». Imitad a Abraham, que «contra esperanza, creyó todavía en esperanza». «Echa tu pan sobre las aguas; que después de muchos días lo hallarás».
14. Ahora solo me quedan unas pocas palabras que añadir para vosotros, hermanos míos, a quienes vulgarmente llaman «metodistas». Nunca oí ni leí de ningún avivamiento considerable de la religión que no fuera acompañado de un espíritu de reprensión. Creo que no puede ser de otro modo; porque ¿qué es la fe, sino la que obra por el amor? Así sucedió en todas partes de Inglaterra cuando comenzó, hace unos cincuenta años, el presente avivamiento de la religión: todos los que participaron de aquel avivamiento, todos los llamados metodistas, en todo lugar, eran reprensores del pecado exterior. Y en verdad, así son todos los que, «justificados por la fe, tienen paz para con Dios por medio de Jesucristo». Así son al principio; y si usan ese don precioso, nunca les será quitado. ¡Venid, hermanos, en el nombre de Dios, comencemos de nuevo! Ricos o pobres, levantémonos todos como un solo hombre; ¡y que de cierto cada uno «reprenda a su prójimo, y no consienta sobre él pecado»! Entonces sabrán toda la Gran Bretaña e Irlanda que no «vamos a la guerra a nuestras propias expensas»; sí, «Dios nos bendecirá, y le temerán todos los fines de la tierra».
Manchester, 28 de julio de 1787
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El deber de reprender a nuestro prójimo