Sermones en diversas ocasiones
La difusión general del evangelio

Capítulo 64 · 24 min de lectura · 30 min de escucha

La difusión general del evangelio

Sermón 63

La difusión general del evangelio

«La tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar».

Isaías 11:9.

1. ¡En qué condición se halla el mundo en el presente! ¡Cómo cubren la faz de la tierra las tinieblas, las tinieblas del entendimiento, la ignorancia, con el vicio y la miseria que la acompañan! Según la cuidadosa investigación que con infatigable esmero hizo nuestro ingenioso compatriota, el señor Brerewood (quien recorrió él mismo gran parte del mundo conocido, a fin de formarse un juicio más exacto), si se supone el mundo dividido en treinta partes, diecinueve de ellas son paganos declarados, tan del todo ignorantes de Cristo como si él nunca hubiera venido al mundo; seis de las partes restantes son mahometanos declarados; de modo que solo cinco de cada treinta son cristianos siquiera de nombre.

2. Y recuérdese que, desde que se hizo este cómputo, se han descubierto muchas naciones nuevas; islas innumerables, particularmente en el Mar del Sur, grandes y bien pobladas. Pero ¿pobladas por quién? Por paganos de la peor especie; muchos de ellos inferiores a las bestias del campo. Coman hombres o no (lo cual, a la verdad, no hallo fundamento suficiente para creer), lo cierto es que matan a todos los que caen en sus manos. Son, por tanto, más salvajes que los leones, que no matan más criaturas de las necesarias para saciar su hambre presente. ¡Ved aquí la verdadera dignidad de la naturaleza humana! ¡Aquí aparece en su genuina pureza, sin la contaminación de esos «corruptores universales, los reyes», ni del menor tinte de religión! ¿Qué dirá a esto el abate Raynal (ese decidido enemigo de la monarquía y de la revelación)?

3. Un poco, y solo un poco, por encima de los paganos en religión están los mahometanos. ¡Pero cuán lejos y cuán ampliamente se ha extendido este miserable engaño sobre la faz de la tierra! Tanto que los mahometanos son considerablemente más numerosos que los cristianos (como seis a cinco). Y, según todos los relatos que tienen alguna pretensión de autenticidad, estos son también, en general, tan completamente ajenos a toda religión verdadera como sus hermanos de cuatro patas; tan faltos de misericordia como los leones y los tigres; tan entregados a las concupiscencias brutales como los toros o los machos cabríos. De modo que son, en verdad, una deshonra para la naturaleza humana y una plaga para todos los que están bajo su yugo de hierro.

4. Es cierto que una célebre escritora (lady Mary Wortley Montague) da de ellos una descripción muy diferente. Con la más fina fluidez de palabras, en el lenguaje más elegante, se esfuerza por lavar al etíope hasta dejarlo blanco. Los presenta como muy superiores a los cristianos; como algunas de las personas más amables del mundo; como dotados de todas las virtudes sociales; como algunos de los hombres más cumplidos. Pero de ningún modo puedo recibir su informe: no puedo fiarme de su autoridad. Creo que los que la rodeaban tenían exactamente tanta religión como la que tenía su admiradora cuando fue admitida en las estancias interiores del serrallo del Gran Señor. Por consiguiente, a pesar de todo lo que tal testigo dice o puede decir en su favor, creo que los turcos en general son poco o nada mejores que la generalidad de los paganos.

5. Y poco o nada mejores que los turcos son los cristianos de los dominios turcos; aun los mejores de ellos, los que viven en Morea o están dispersos aquí y allá por Asia. Los grupos más numerosos de cristianos georgianos, circasianos y mingrelianos son motivo de oprobio proverbial para los mismos turcos; no solo por su deplorable ignorancia, sino por su total, estúpida y bárbara irreligión.

6. Por los informes más auténticos que podemos obtener de los cristianos del sur, los de Abisinia, y de las Iglesias del norte, bajo la jurisdicción del patriarca de Moscú, tenemos motivo para temer que se hallan casi en la misma condición, tanto en lo que respecta al conocimiento como a la religión, que los de Turquía. O, si los de Abisinia son más civilizados y tienen una porción mayor de conocimiento, no parece, sin embargo, que tengan más religión que los mahometanos o los paganos.

7. Las Iglesias de Occidente parecen tener la preeminencia sobre todas estas en muchos aspectos. Tienen mucho más conocimiento; tienen formas de culto más bíblicas y más racionales. Con todo, dos terceras partes de ellas siguen envueltas en las corrupciones de la Iglesia de Roma, y la mayoría de estas desconocen por completo tanto la teoría como la práctica de la religión. Y en cuanto a los que se llaman protestantes, o reformados, ¿qué conocimiento tienen de ella? Juntad a papistas y protestantes, franceses e ingleses, el grueso de una nación y de la otra: ¿qué clase de cristianos son? ¿Son «santos como aquel que los ha llamado es santo»? ¿Están llenos de «justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo»? ¿Hay en ellos «este sentir que hubo también en Cristo Jesús»? ¿Y «andan como Cristo anduvo»? ¡No; están tan lejos de ello como el infierno lo está del cielo!

8. ¡Tal es el estado presente del género humano en todas las partes del mundo! Pero ¡cuán asombroso es esto, si hay un Dios en el cielo y si sus ojos están sobre toda la tierra! ¿Puede él despreciar la obra de su propia mano? ¡Ciertamente este es uno de los mayores misterios debajo del cielo! ¿Cómo es posible conciliar esto con la sabiduría o con la bondad de Dios? ¿Y qué puede dar sosiego a una mente reflexiva ante un panorama tan triste? ¿Qué, sino la consideración de que las cosas no serán siempre así, de que pronto se abrirá otra escena? Dios será celoso de su honra: se levantará y defenderá su propia causa. Juzgará al príncipe de este mundo y lo despojará de su dominio usurpado. Dará a su Hijo «las naciones por herencia, y por posesión suya los confines de la tierra». «La tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar». El conocimiento amoroso de Dios, que produce una santidad y una felicidad constantes e ininterrumpidas, cubrirá la tierra; llenará toda alma humana.

9. «¡Imposible!», dirán algunos; «sí, la mayor de todas las imposibilidades, ¡que veamos un mundo cristiano; sí, una nación o una ciudad cristiana! ¿Cómo puede hacerse esto?». En un supuesto, ciertamente, no solo desaparece toda imposibilidad, sino toda dificultad. Basta suponer que el Todopoderoso obra irresistiblemente, y la cosa está hecha; sí, con la misma facilidad que cuando «dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz». Pero entonces el hombre ya no sería hombre: su naturaleza más íntima quedaría cambiada. Ya no sería un agente moral, como no lo son el sol o el viento, puesto que ya no estaría dotado de libertad, — de un poder de elegir, o de autodeterminación; y, por consiguiente, ya no sería capaz de virtud ni de vicio, de recompensa ni de castigo.

10. Pero, dejando a un lado esta torpe manera de cortar el nudo que no somos capaces de desatar, ¿cómo pueden todos los hombres ser hechos santos y felices mientras siguen siendo hombres? ¿Mientras siguen gozando del entendimiento, de los afectos y de la libertad que son esenciales a un agente moral? Parece haber una manera llana y sencilla de resolver esta dificultad, sin enredarnos en sutiles disquisiciones metafísicas. Así como Dios es uno, así la obra de Dios es uniforme en todas las edades. ¿No podemos, pues, concebir cómo obrará en las almas de los hombres en los tiempos venideros, considerando cómo obra ahora y cómo ha obrado en los tiempos pasados?

11. Tomad un ejemplo de esto, y un ejemplo tal que difícilmente podáis engañaros en él. Vosotros sabéis cómo obró Dios en vuestra propia alma cuando por primera vez os capacitó para decir: «Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí». No os quitó el entendimiento, sino que lo iluminó y fortaleció. No destruyó ninguno de vuestros afectos; antes bien, fueron más vigorosos que antes. Y menos que nada os quitó la libertad, vuestro poder de escoger el bien o el mal: no os forzó; sino que, asistidos por su gracia, vosotros, como María, escogisteis la buena parte. Del mismo modo ha asistido a cinco en una casa para que hicieran esa feliz elección; a cincuenta o a quinientos en una ciudad; y a muchos miles en una nación; — sin privar a ninguno de ellos de esa libertad que es esencial a un agente moral.

12. No es que niegue que haya casos excepcionales, en los que

el abrumador poder de la gracia salvadora

obra, por un tiempo, tan irresistiblemente como el rayo que cae del cielo. Pero hablo de la manera general de obrar de Dios, de la cual he conocido innumerables ejemplos; quizá más, en los últimos cincuenta años, que ningún otro en Inglaterra o en Europa. Y aun respecto de estos casos excepcionales, aunque Dios obre irresistiblemente por un tiempo, no creo que haya ninguna alma humana en la que Dios obre irresistiblemente en todo tiempo. Más aún, estoy plenamente persuadido de que no la hay. Estoy persuadido de que no hay hombre vivo que no haya muchas veces «resistido al Espíritu Santo» y desechado «el consejo de Dios contra sí mismo». Sí, estoy persuadido de que todo hijo de Dios ha tenido, en algún momento, «la vida y la muerte puestas delante de él», la vida eterna y la muerte eterna, y tiene en sí mismo el voto decisivo. Tan verdadero es aquel conocido dicho de san Agustín (uno de los más nobles que jamás pronunció): Qui fecit nos sine nobis, non salvabit nos sine nobis: «El que nos hizo sin nosotros no nos salvará sin nosotros». Ahora bien, del mismo modo que Dios ha convertido a tantos a sí sin destruir su libertad, puede sin duda convertir naciones enteras, o el mundo entero; y le es tan fácil convertir un mundo como una sola alma.

13. Observemos lo que Dios ya ha hecho. Hace entre cincuenta y sesenta años, Dios levantó a unos pocos jóvenes en la Universidad de Oxford para dar testimonio de aquellas grandes verdades a las que entonces se prestaba poca atención: — que sin santidad nadie verá al Señor; — que esta santidad es obra de Dios, que obra en nosotros así el querer como el hacer; — que él la realiza por su buena voluntad, únicamente por los méritos de Cristo; — que esta santidad es el sentir que hubo en Cristo, el cual nos capacita para andar como él anduvo; — que nadie puede ser así santificado hasta que es justificado; — y que somos justificados solo por la fe. Estas grandes verdades las declaraban en toda ocasión, en privado y en público, sin otro propósito que promover la gloria de Dios, ni otro deseo que salvar almas de la muerte.

14. Desde Oxford, donde apareció primero, la pequeña levadura se extendió más y más. Cada vez más personas vieron la verdad tal como está en Jesús, y la recibieron con amor. Cada vez más hallaron «redención por la sangre de Jesús, la remisión de los pecados». Nacieron de nuevo de su Espíritu y fueron llenos de justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo. Después se extendió a todas las partes del país, y el pequeño llegó a ser mil. Luego se extendió a Escocia y a Irlanda; y, pocos años después, a Nueva York, a Pensilvania y a muchas otras provincias de América, hasta tan al norte como Terranova y Nueva Escocia. De modo que, aunque al principio este «grano de mostaza» era «la más pequeña de todas las semillas», en pocos años creció hasta hacerse un «árbol grande, y echó grandes ramas».

15. Por lo general, cuando estas verdades, y en particular la justificación por la fe, se declaraban en alguna ciudad grande, al cabo de unos días o semanas venía de repente sobre la gran congregación, — no en un rincón, sino en Londres, Bristol y Newcastle-upon-Tyne en particular, — un poder violento e impetuoso que,

cual viento poderoso o torrente fiero,

arrollaba entonces a todo opositor.

Y esto continuaba con frecuencia, con intervalos más cortos o más largos, durante varias semanas o meses. Pero gradualmente se calmó, y entonces la obra de Dios prosiguió por suaves grados; mientras aquel Espíritu, al regar la semilla que se había sembrado, al confirmar y fortalecer a los que habían creído,

se dignaba infundir su influjo,

secreto, refrescante como el rocío silencioso.

Y esta diferencia en su manera habitual de obrar se observó no solo en Gran Bretaña e Irlanda, sino en todas las partes de América, de sur a norte, dondequiera que la palabra de Dios llegó con poder.

16. ¿No es, pues, muy probable que Dios lleve adelante su obra de la misma manera en que la ha comenzado? Que la llevará adelante, no puedo dudarlo; por más que Lutero afirme que un avivamiento de la religión nunca dura más de una generación, — es decir, treinta años (mientras que el avivamiento presente ya ha durado más de cincuenta); o por más que los profetas de mal digan: «Todo terminará cuando sean quitados los primeros instrumentos». Muy probablemente habrá entonces una gran sacudida; pero no puedo persuadirme de que Dios haya realizado una obra tan gloriosa para dejarla hundirse y extinguirse en pocos años. No: confío en que este sea solo el comienzo de una obra mucho mayor; el alba de «la gloria de los postreros días».

17. ¿Y no es probable, digo, que la lleve adelante de la misma manera en que la ha comenzado? En el primer estallido de esta obra en este o aquel lugar, puede haber un aguacero, un torrente de gracia; y así también en algunas otras épocas particulares, que «el Padre puso en su sola potestad»; pero en general, según parece, el reino de Dios no «vendrá con advertencia», sino que crecerá silenciosamente dondequiera que se establezca, y se extenderá de corazón en corazón, de casa en casa, de ciudad en ciudad, de un reino a otro. ¿No podrá extenderse primero por las provincias restantes; luego por las islas de Norteamérica; y, al mismo tiempo, de Inglaterra a Holanda, donde ya hay una obra bendita en Utrecht, Haarlem y muchas otras ciudades? Probablemente se extenderá desde estas a los protestantes de Francia, a los de Alemania y a los de Suiza; luego a Suecia, Dinamarca, Rusia y todas las demás naciones protestantes de Europa.

18. ¿No podemos suponer que la misma levadura de religión pura y sin mácula, de conocimiento experimental y amor de Dios, de santidad interior y exterior, se extenderá después a los católicos romanos de Gran Bretaña, Irlanda y Holanda; de Alemania, Francia y Suiza; y de todos los demás países donde romanistas y protestantes viven entremezclados y conversan familiarmente unos con otros? ¿No le será entonces fácil a la sabiduría de Dios abrir camino a la religión, en su vida y poder, en aquellos países que son puramente papistas, como Italia, España y Portugal? ¿Y no podrá difundirse gradualmente desde allí a todos los que invocan el nombre de Cristo en las diversas provincias de Turquía, en Abisinia, sí, y en las partes más remotas, no solo de Europa, sino de Asia, África y América?

19. Y en toda nación debajo del cielo, podemos creer razonablemente, Dios observará el mismo orden que ha seguido desde el principio del cristianismo. «Todos me conocerán, dice el Señor»; no desde el mayor hasta el menor (esa es la sabiduría del mundo, que es necedad para con Dios), sino «desde el menor hasta el mayor»; para que la alabanza no sea de los hombres, sino de Dios. Antes del fin, aun los ricos entrarán en el reino de Dios. Juntamente con ellos entrarán los grandes, los nobles, los honorables; sí, los gobernantes, los príncipes, los reyes de la tierra. Por último, los sabios y los doctos, los hombres de genio, los filósofos, se convencerán de que son necios; se «volverán y se harán como niños», y «entrarán en el reino de Dios».

20. Entonces se cumplirá plenamente para la casa de Israel, el Israel espiritual, de cualquier pueblo o nación, aquella promesa llena de gracia: «Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mí por pueblo. Y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor; porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor. Porque seré propicio a sus injusticias, y de sus pecados y de sus iniquidades no me acordaré más». Entonces «los tiempos del» universal «refrigerio vendrán de la presencia del Señor». El gran «Pentecostés» «llegará plenamente», y «varones piadosos de todas las naciones debajo del cielo», por distantes que estén unos de otros, «serán todos llenos del Espíritu Santo»; y «perseverarán en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones»; «comerán su alimento», y harán todo lo que tengan que hacer, «con alegría y sencillez de corazón. Gran gracia será sobre todos ellos»; y serán «todos de un corazón y un alma». La consecuencia natural y necesaria de esto será la misma que hubo en el principio de la Iglesia cristiana: «Ninguno de ellos dirá ser suyo algo de lo que posee, sino que tendrán todas las cosas en común. Ni habrá entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseen heredades o casas las venderán, y se repartirá a cada uno según su necesidad». Entretanto, todos sus deseos, y pasiones, y disposiciones serán vaciados en un mismo molde, mientras todos hacen la voluntad de Dios en la tierra como se hace en el cielo. Toda su «conversación será sazonada con sal», y «dará gracia a los oyentes»; pues no serán tanto ellos los que hablen, «sino el Espíritu de su Padre que habla en ellos». Y no habrá ninguna «raíz de amargura que brote» para contaminarlos o perturbarlos; no habrá ningún Ananías ni Safira que vuelva a introducir entre ellos el maldito amor al dinero; no habrá parcialidad; ni «viudas menospreciadas en el ministerio cotidiano»; por consiguiente, no habrá tentación alguna a un pensamiento de murmuración, o a una palabra poco amable, de unos contra otros; mientras

todos son de un corazón y un alma,

y solo el amor anima el conjunto.

21. Quitada así felizmente de en medio la gran piedra de tropiezo, a saber, la vida de los cristianos, los mahometanos los mirarán con otros ojos y comenzarán a prestar atención a sus palabras. Y como sus palabras estarán revestidas de energía divina, acompañadas de la demostración del Espíritu y de poder, los de entre ellos que temen a Dios pronto reconocerán el Espíritu por el cual hablan los cristianos. «Recibirán con mansedumbre la palabra injertada», y darán fruto con paciencia. Desde ellos la levadura se extenderá pronto a los que hasta entonces no tenían temor de Dios delante de sus ojos. Al observar que los perros cristianos, como solían llamarlos, han cambiado de naturaleza; que son sobrios, templados, justos, benévolos, y eso a pesar de todas las provocaciones en contrario; de admirar su vida, serán sin duda llevados a considerar y abrazar su doctrina. Y entonces el Salvador de los pecadores dirá: «La hora ha llegado; glorificaré a mi Padre: buscaré y salvaré a las ovejas que andaban errantes por los montes tenebrosos. Ahora me vengaré de mi enemigo y arrancaré la presa de los dientes del león. Recobraré lo mío, perdido por siglos: reclamaré lo que compré con mi sangre». Así saldrá en la grandeza de su poder, y todos sus enemigos huirán delante de él. Todos los profetas de mentira se desvanecerán, y todas las naciones que los habían seguido reconocerán al gran Profeta del Señor, «poderoso en palabra y en obra»; y «honrarán al Hijo como honran al Padre».

22. Y entonces, quitada también la gran piedra de tropiezo de las naciones paganas, el mismo Espíritu será derramado sobre ellas; aun sobre las que están en los confines más remotos del mar. El pobre salvaje americano ya no preguntará: «¿En qué son mejores que nosotros los cristianos?», — cuando vean su práctica constante de una templanza universal, y de justicia, misericordia y verdad. El pagano malabar ya no tendrá ocasión de decir: «Hombre cristiano toma mi mujer; hombre cristiano muy borracho; hombre cristiano mata hombre. ¡Diablo-cristiano! Yo no cristiano». Antes bien, viendo cuánto aventajan los cristianos a sus propios compatriotas en todo lo amable y de buen nombre, adoptarán un lenguaje muy diferente y dirán: ¡Ángel-cristiano! La vida santa de los cristianos será un argumento al que no sabrán cómo resistir: al ver que los cristianos practican con firmeza y constancia lo que concuerda con la ley escrita en su propio corazón, sus prejuicios se desvanecerán pronto, y recibirán con gozo «la verdad tal como está en Jesús».

23. Podemos creer razonablemente que las naciones paganas que están mezcladas con los cristianos, y las que, lindando con naciones cristianas, mantienen con ellas un trato constante y familiar, serán de las primeras en aprender a adorar a Dios en espíritu y en verdad; por ejemplo, las que viven en el continente de América, o en las islas que han recibido colonias de Europa. Tales son también todos aquellos habitantes de las Indias Orientales que lindan con alguno de los asentamientos cristianos. A estos pueden añadirse numerosas tribus de tártaros, las partes paganas de las Rusias y los habitantes de Noruega, Finlandia y Laponia. Probablemente a estos seguirán las naciones más distantes con las que comercian los cristianos, a las cuales comunicarán lo que es de un valor infinitamente mayor que las perlas terrenales, o el oro y la plata. Entonces el Dios de amor preparará a sus mensajeros y abrirá camino hasta las regiones polares; hasta los rincones más profundos de América y hasta el interior de África; sí, hasta el corazón de la China y del Japón, con los países vecinos. ¡Y entonces «su sonido» «saldrá por toda la tierra, y su voz hasta los confines del mundo»!

24. Pero aún queda una dificultad considerable: hay en el mundo muchísimas naciones paganas que no tienen trato alguno, ni por comercio ni por ningún otro medio, con cristianos de ninguna clase. Tales son los habitantes de las numerosas islas del Mar del Sur, y probablemente de todos los grandes brazos del océano. Ahora bien, ¿qué se hará por estos pobres desechados de entre los hombres? «¿Cómo creerán», dice el apóstol, «en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?». Podéis añadir: «¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?». Sí, pero ¿no puede Dios enviarlos? ¿No puede levantarlos, por así decirlo, de las piedras? ¿Y podrán faltarle jamás medios para enviarlos? No: aunque no hubiera otros medios, él puede «tomarlos por su Espíritu», como hizo con Ezequiel (Ezequiel 3:12), o por su ángel, como hizo con Felipe (Hechos 8), y depositarlos dondequiera que le plazca. Sí, puede hallar mil caminos desconocidos para el necio hombre. Y ciertamente lo hará: porque el cielo y la tierra pasarán, pero su palabra no pasará; él dará a su Hijo «los confines de la tierra por posesión suya».

25. Y así también todo Israel será salvo. Porque «el endurecimiento ha acontecido a Israel», como observa el gran apóstol (Romanos 11:25), hasta que la plenitud de los «gentiles haya entrado». Entonces «vendrá de Sión el Libertador, que quitará de Jacob la impiedad». «Dios ha encerrado a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos». Sí, y tendrá misericordia de todo Israel de tal manera que les dará todas las bendiciones temporales junto con todas las espirituales. Porque esta es la promesa: «Porque el Señor tu Dios te recogerá de todos los pueblos a los cuales te hubiere esparcido el Señor tu Dios. Y el Señor tu Dios te hará volver a la tierra que heredaron tus padres, y la poseerás. Y el Señor tu Dios circuncidará tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma» (Deuteronomio 30:3). Y otra vez: «Yo los reuniré de todas las tierras a las cuales los eché; y los haré volver a este lugar, y los haré habitar seguros; y les daré un corazón y un camino, para que me teman perpetuamente. Pondré mi temor en su corazón, para que no se aparten de mí. Y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón y de toda mi alma» (Jeremías 32:37). Y todavía otra vez: «Yo os tomaré de entre las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país. Y esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios» (Ezequiel 36:24).

26. En aquel tiempo se cumplirán todas aquellas gloriosas promesas hechas a la Iglesia cristiana, que entonces no estarán limitadas a esta o aquella nación, sino que abarcarán a todos los habitantes de la tierra. «No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte» (Isaías 11:9). «Nunca más se oirá en tu tierra violencia, destrucción ni quebrantamiento en tus términos; sino que a tus muros llamarás Salvación, y a tus puertas Alabanza». Estarás rodeada por todas partes de salvación, y todos los que pasen por tus puertas alabarán a Dios. «El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que el Señor te será por luz perpetua, y tu Dios por tu gloria». La luz del sol y de la luna será absorbida en la luz de su rostro, que brillará sobre ti. «Y tu pueblo, todos ellos serán justos . . . . obra de mis manos, para glorificarme». «Porque como la tierra produce su renuevo, y como el huerto hace brotar su semilla, así el Señor Dios hará brotar justicia y alabanza delante de todas las naciones» (Isaías 60:18; y 61:11).

27. Esta es, a mi entender, la respuesta, sí, la única respuesta plena y satisfactoria que puede darse a la objeción contra la sabiduría y la bondad de Dios tomada del estado presente del mundo. No será siempre así: estas cosas son solo permitidas por un tiempo por el gran Gobernador del mundo, para sacar un bien inmenso y eterno de este mal pasajero. Esta es precisamente la clave que el mismo apóstol nos da en las palabras citadas arriba: «Dios ha encerrado a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos». A la vista de este glorioso acontecimiento, ¡con cuánta razón podemos exclamar: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios!», aunque por un tiempo «sus juicios fueron incomprensibles, e inescrutables sus caminos»! (Romanos 11:32, 33). Basta que estemos seguros de este único punto: que todos estos males pasajeros acabarán bien, tendrán un desenlace feliz, y que «la misericordia reinará al principio y al fin». Todas las personas sin prejuicios pueden ver con sus propios ojos que él ya está renovando la faz de la tierra; y tenemos fuertes razones para esperar que la obra que ha comenzado la llevará adelante hasta el día del Señor Jesús; que nunca interrumpirá esta bendita obra de su Espíritu hasta que haya cumplido todas sus promesas, hasta que haya puesto fin al pecado, y a la miseria, y a la enfermedad, y a la muerte; y haya restablecido la santidad y la felicidad universales, y haya hecho que todos los habitantes de la tierra canten a una: «¡Aleluya, porque reina el Señor Dios Todopoderoso!». «¡La bendición, y la gloria, y la sabiduría, y la honra, y el poder, y la fortaleza sean a nuestro Dios para siempre jamás!» (Apocalipsis 7:12).

Capítulo 64 completado

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