Sermones en diversas ocasiones
El misterio de iniquidad

Capítulo 62 · 30 min de lectura · 39 min de escucha

El misterio de iniquidad

Sermón 61

El misterio de iniquidad

«Ya está obrando el misterio de iniquidad».

2 Tesalonicenses 2:7.

1. Sin indagar hasta qué punto se refieren estas palabras a algún acontecimiento particular de la Iglesia cristiana, quisiera al presente tomar ocasión de ellas para considerar esta importante cuestión: — De qué manera ha obrado entre nosotros el misterio de iniquidad, hasta cubrir casi toda la tierra.

2. Es cierto que «Dios hizo al hombre recto», perfectamente santo y perfectamente feliz: pero, al rebelarse contra Dios, se destruyó a sí mismo, perdió el favor y la imagen de Dios, y acarreó el pecado, con su compañero, el dolor, sobre sí mismo y sobre toda su posteridad. Sin embargo, su misericordioso Creador no lo dejó en este estado desvalido y sin esperanza: designó inmediatamente a su Hijo, su Hijo amado, «el cual es el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su sustancia», para que fuera el Salvador de los hombres; «la propiciación por los pecados de todo el mundo»; el gran Médico que, por su Espíritu todopoderoso, había de sanar la enfermedad de sus almas, y restaurarlos no solo al favor, sino a «la imagen de Dios en la cual fueron creados».

3. Este gran misterio de la piedad comenzó a obrar desde el momento mismo de la promesa original. Por consiguiente, habiendo sido el Cordero, en el propósito de Dios, «inmolado desde el principio del mundo», desde ese mismo tiempo su Espíritu santificador comenzó a renovar las almas de los hombres. Tenemos un ejemplo innegable de esto en Abel, quien «alcanzó testimonio» de Dios «de que era justo». (Hebreos 11:4.) Y desde ese mismo tiempo, todos los que fueron participantes de la misma fe fueron participantes de la misma salvación; no solo fueron restablecidos en el favor de Dios, sino también restaurados a su imagen.

4. Pero ¡cuán sumamente pequeño fue el número de estos aun desde las edades más tempranas! Apenas «los hijos de los hombres se multiplicaron sobre la faz de la tierra», cuando Dios, mirando desde el cielo, «vio que la maldad de los hombres era mucha en la tierra»; tan grande que «todo designio de los pensamientos de su corazón era el mal», solamente el mal, y esto «de continuo». (Génesis 6:1–5.) Y así permaneció, sin intermisión alguna, hasta que Dios ejecutó aquella terrible sentencia: «Raeré de sobre la faz de la tierra a los hombres que he creado». (Génesis 6:7.)

5. Solo «Noé halló gracia ante los ojos del Señor», siendo «varón justo, perfecto en sus generaciones». A él, pues, con su mujer, sus hijos y las mujeres de estos, lo preservó Dios de la destrucción general. Y cualquiera habría imaginado que este pequeño remanente sería también «perfecto en sus generaciones». ¡Pero cuán lejos estuvo esto de ser así! Poco después de esta señalada liberación hallamos a uno de ellos, Cam, envuelto en pecado y bajo la maldición de su padre. ¡Y cómo obró después «el misterio de iniquidad», no solo en la posteridad de Cam, sino en la posteridad de Jafet; sí, y en la de Sem, — exceptuados solamente Abraham y su familia!

6. Sí, ¡cómo obró aun en la posteridad de Abraham, en el pueblo escogido de Dios! ¿No fueron también estos, hasta Moisés, hasta David, hasta Malaquías, hasta Herodes el Grande, una generación infiel y obstinada, una «gente pecadora, pueblo cargado de maldad», que continuamente dejaba al Señor y «provocaba a ira al Santo de Israel»? Y, sin embargo, no tenemos razón para creer que fueran peores que las naciones que los rodeaban, las cuales estaban universalmente sumidas en toda suerte de maldad, así como en idolatrías condenables; no teniendo al Dios del cielo «en todos sus pensamientos», sino cometiendo con avidez toda suerte de impureza.

7. En el cumplimiento del tiempo, cuando la iniquidad de toda clase, cuando la impiedad y la injusticia se habían extendido sobre todas las naciones y cubierto la tierra como un diluvio, plugo a Dios alzar bandera contra ella «introduciendo a su Primogénito en el mundo». Ahora, pues, cabría esperar que «el misterio de la piedad» prevaleciera por completo sobre «el misterio de iniquidad»; que el Hijo de Dios fuera «luz para alumbrar a los gentiles», así como «salvación para su pueblo Israel». Todo Israel, pensaría uno, sí, y toda la tierra, se llenará pronto de la gloria del Señor. Pero no: «el misterio de iniquidad» prevaleció todavía, casi sobre toda la faz de la tierra. ¡Cuán sumamente pequeño fue el número de aquellos cuyas almas sanó el Hijo de Dios mismo! «Cuando Pedro se levantó en medio de ellos, el número de los nombres era como de ciento veinte». (Hechos 1:15.) Y aun estos solo estaban imperfectamente sanados, pues los principales de ellos eran, poco antes, tan débiles en la fe que, aunque no renegaron de su Maestro como Pedro, con todo, «todos lo dejaron y huyeron»: prueba clara de que el «Espíritu» santificador «no había» sido entonces «dado, porque Jesús no estaba aún glorificado».

8. Fue entonces, cuando hubo «subido a lo alto, y llevado cautiva la cautividad», cuando se cumplió «la promesa del Padre», que habían oído de él. Fue entonces cuando comenzó a obrar como quien él era, mostrando que «toda potestad le era dada en el cielo y en la tierra». «Cuando llegó el día de Pentecostés, de repente vino un estruendo del cielo como de un viento recio que soplaba, y se les aparecieron lenguas como de fuego; y fueron todos llenos del Espíritu Santo». (Hechos 2:1.) Como consecuencia de esto, tres mil almas recibieron medicina para sanar su enfermedad, y fueron restauradas al favor y a la imagen de Dios con un solo sermón de San Pedro. (Hechos 2:41.) «Y el Señor les añadía cada día, «no los que habían de ser salvos; lo cual es una manifiesta perversión del texto; sino «los que eran salvos». La expresión es peculiar; y así lo es, en efecto, la colocación de las palabras, que dicen así: «Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que eran salvos». Primero «fueron salvos» del poder del pecado; luego «fueron añadidos» a la asamblea de los fieles.

9. Para ver claramente cómo ya eran salvos, basta que observemos el breve relato que de ellos se recoge en la última parte del capítulo segundo y en el cuarto. «Perseveraban firmemente en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones»: es decir, eran enseñados cada día por los apóstoles, y tenían todas las cosas en común, y recibían la cena del Señor, y asistían a todo el culto público. (Hechos 2:42.) «Y todos los que creían estaban juntos, y tenían todas las cosas comunes; y vendían sus posesiones, y las repartían a todos, según la necesidad de cada uno». (Hechos 2:44, 45.) Y de nuevo: «La multitud de los que habían creído», ahora grandemente aumentada, «era de un corazón y un alma: y ninguno decía ser suyo nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas comunes». (Hechos 4:32.) Y otra vez: «Y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado: porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad». (Hechos 4:33–35.)

10. Pero aquí se presentará naturalmente una pregunta: «¿Cómo llegaron a obrar así, a tener todas las cosas en común, puesto que no leemos de ningún mandamiento positivo de hacerlo?». Respondo: No hacía falta ningún mandamiento exterior: el mandamiento estaba escrito en sus corazones. Resultaba natural y necesariamente del grado de amor de que gozaban. ¡Observad! «Eran de un corazón y un alma»; y ni uno solo (así dicen las palabras) decía (no podían decirlo, mientras sus corazones rebosaban así de amor) «ser suyo nada de lo que poseía». Y dondequiera que prevalezca la misma causa, seguirá naturalmente el mismo efecto.

11. Aquí estuvo el alba del verdadero día del evangelio. Aquí hubo una verdadera Iglesia cristiana. Fue entonces cuando «el Sol de justicia» se levantó sobre la tierra, «trayendo salud en sus alas». Entonces sí «salvaba a su pueblo de sus pecados»: «sanaba toda su enfermedad». No solo enseñó aquella religión que es la verdadera «sanidad del alma», sino que la plantó eficazmente en la tierra, llenando las almas de todos los que creían en él de justicia, — gratitud a Dios y buena voluntad para con los hombres, acompañada de una paz que sobrepujaba todo entendimiento, y de un gozo inefable y glorioso.

12. Pero ¡cuán pronto volvió a obrar «el misterio de iniquidad» y a oscurecer la gloriosa perspectiva! Comenzó a obrar (no abiertamente, por cierto, sino encubiertamente) en dos de los cristianos, Ananías y Safira. «Vendieron su posesión», como los demás, y probablemente por el mismo motivo; pero después, dando lugar al diablo y consultando con carne y sangre, «sustrajeron parte del precio». ¡Ved a los primeros cristianos que «naufragaron en cuanto a la fe y a la buena conciencia»; los primeros que «retrocedieron para perdición», en vez de seguir «creyendo para» la final «salvación del alma»! ¡Notad la primera plaga que infectó a la Iglesia cristiana, a saber, el amor al dinero! ¿Y no será la gran plaga en todas las generaciones, siempre que Dios reavive la misma obra? ¡Oh vosotros, creyentes en Cristo, escarmentad! Ya seáis todavía niños pequeños, o jóvenes fuertes en la fe, ved el lazo; vuestro lazo en particular, — aquel al que estaréis particularmente expuestos después de haber escapado de las contaminaciones groseras. «¡No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo! Si alguno ama al mundo», sea lo que fuere en tiempos pasados, «¡el amor del Padre no está» ya «en él!».

13. Sin embargo, esta plaga fue detenida en la primera Iglesia cristiana cortando al instante a las personas infectadas. Por aquel señalado juicio de Dios sobre los primeros transgresores, «vino un gran temor sobre todos»; (Hechos 5:11; ) de modo que, al menos por entonces, ni uno solo se atrevió a seguir su ejemplo. Entretanto, los creyentes, hombres llenos de fe y de amor, que se gozaban en tener todas las cosas en común, «se añadían más al Señor, gran número así de hombres como de mujeres». (Hechos 5:14.)

14. Si indagamos de qué manera «el misterio de iniquidad», la energía de Satanás, comenzó a obrar de nuevo en la Iglesia cristiana, hallaremos que obró de un modo muy diferente, tomando una forma muy distinta: la parcialidad se infiltró entre los creyentes cristianos. Aquellos por quienes se hacía la distribución a cada uno hacían acepción de personas; proveían abundantemente a los de su propia nación, mientras que las otras viudas, que no eran hebreas, «eran desatendidas en la distribución diaria». (Hechos 6:1.) No se hacía la distribución a ellas según la necesidad de cada uno. Aquí hubo una manifiesta violación del amor fraternal por parte de los hebreos; un pecado contra la justicia y contra la misericordia, puesto que los griegos, lo mismo que los hebreos, habían «vendido todo lo que tenían, y puesto el precio a los pies de los apóstoles». ¡Ved la segunda plaga que irrumpió en la Iglesia cristiana! — La parcialidad; la acepción de personas; demasiada consideración por los de nuestro propio bando, y demasiado poca por los demás, aunque sean igualmente dignos.

15. El contagio no se detuvo aquí, sino que un mal produjo muchos más. De la parcialidad de los hebreos, «hubo murmuración de los griegos contra» ellos; no solo descontento y pensamientos resentidos, sino palabras conformes a ello; siguieron naturalmente expresiones poco amables, palabras duras, maledicencia y detracción. Y por la «raíz de amargura» que así «brotaba», sin duda «muchos fueron contaminados». Los apóstoles, en verdad, hallaron pronto un medio de quitar la ocasión de esta murmuración; pero quedó tanto de la mala raíz, que Dios vio necesario emplear un remedio más severo. Soltó al mundo contra todos ellos, por si acaso, mediante sus padecimientos, el despojo de sus bienes, el dolor, la cárcel y la muerte misma, podía a la vez castigarlos y enmendarlos. Y la persecución, el último remedio de Dios para un pueblo descarriado, tuvo el feliz efecto que él se proponía. Cesaron tanto la parcialidad de los hebreos como la murmuración de los griegos: y «entonces las iglesias tenían paz, y eran edificadas», afianzadas en el amor de Dios y de unos a otros; «y, andando en el temor del Señor, y con el consuelo del Espíritu Santo, eran multiplicadas». (Hechos 9:31.)

16. Parece haber sido algún tiempo después de esto cuando «el misterio de iniquidad» comenzó a obrar en forma de celo. Surgieron grandes turbaciones por medio de algunos que contendían celosamente por la circuncisión y por el resto de la ley ceremonial; hasta que los apóstoles y los ancianos pusieron fin al mal que se extendía con aquella resolución definitiva: — «Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, y de sangre, y de ahogado, y de fornicación». (Hechos 15:28, 29.) Con todo, no fue este mal suprimido tan completamente que no volviera a estallar con frecuencia, como sabemos por diversas partes de las Epístolas de San Pablo, particularmente la dirigida a los gálatas.

17. Íntimamente emparentado con este hubo otro grave mal que brotó al mismo tiempo en la Iglesia: — la falta de mutua tolerancia y, en consecuencia, la ira, la contienda, la disputa, la discordia. Un ejemplo muy notable de esto hallamos en este mismo capítulo. Cuando «Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos donde hemos predicado la palabra, Bernabé quería llevar consigo a Juan», porque era «hijo de su hermana». «Mas a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que antes los había abandonado». Y ciertamente la razón estaba de su parte. Pero Bernabé se empeñó en salirse con la suya. egeneto oun paroxysmos, — y hubo un arrebato de ira. No dice que de parte de San Pablo: solo Bernabé tuvo pasión, para suplir la falta de razón. Por consiguiente, se apartó de la obra y se volvió a casa; mientras que San Pablo siguió adelante «por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias». (Hechos 15:41.)

18. La primera sociedad de cristianos en Roma no estuvo del todo libre de esta mala levadura. Había también entre ellos «disensiones y escándalos»; (Romanos 16:17; ) aunque, en general, parecen haber «andado en amor». Pero ¡cuán temprano obró, y con cuánto poder, el «misterio de iniquidad» en la iglesia de Corinto! No solo había entre ellos cismas y herejías, animosidades, contiendas feroces y amargas; sino pecados abiertos y consumados; sí, «tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles». (1 Corintios 5:1.) Más aún, fue necesario recordarles que «ni los adúlteros, ni los ladrones, ni los borrachos» podían «entrar en el reino de los cielos». (1 Corintios 6:9, 10.) Y en todas las Epístolas de San Pablo hallamos abundante prueba de que la cizaña creció junto con el trigo en todas las iglesias, y de que «el misterio de iniquidad» contrarrestaba en todas partes, en mil formas, «el misterio de la piedad».

19. Cuando Santiago escribió su Epístola, dirigida más inmediatamente «a las doce tribus que están esparcidas», a los judíos convertidos, la cizaña sembrada entre su trigo había producido una abundante cosecha. Aquella gran peste del cristianismo, una fe sin obras, se había extendido por todas partes, llenando la Iglesia de una «sabiduría de abajo», que era «terrenal, animal, diabólica», y que daba origen no solo a juicios temerarios y a la maledicencia, sino a «envidia, contención, perturbación y toda obra perversa». En verdad, quien lea con seria atención los capítulos cuarto y quinto de esta Epístola se inclinará a creer que, aun en este temprano período, la cizaña casi había ahogado el trigo, y que entre la mayoría de aquellos a quienes Santiago escribió no quedaba más que la forma de la piedad, si es que quedaba tanto.

20. San Pedro escribió por el mismo tiempo «a los extranjeros», los cristianos, «esparcidos por» todas aquellas extensas provincias del «Ponto, Galacia, Capadocia, Asia» Menor «y Bitinia». Estos eran probablemente algunos de los cristianos más eminentes que había entonces en el mundo. Y, sin embargo, ¡cuán sumamente lejos estaban aun estos de ser «sin mancha y sin contaminación»! ¡Y qué graves cizañas crecían también aquí junto con el trigo! Algunos de ellos «introducían herejías de perdición, y aun negaban al Señor que los rescató»: (2 Pedro 2:1.) Y «muchos seguían sus disoluciones»; de los cuales el Apóstol da aquel terrible retrato: «Andan en pos de la carne», en «concupiscencia de inmundicia, como bestias brutas, hechas para presa y destrucción. Estos son manchas y suciedades, mientras comen con vosotros»; (en los «convites de caridad», que entonces se celebraban por toda la Iglesia:) «teniendo los ojos llenos de adulterio, y no sabiendo cesar de pecar. Estos son fuentes sin agua, nubes traídas por la tempestad, para los cuales está reservada para siempre la oscuridad de las tinieblas». Y, sin embargo, ¡estos mismos hombres eran llamados cristianos, y estaban aun entonces en el seno de la Iglesia! Ni los menciona el Apóstol como plaga de una sola iglesia en particular, sino como una plaga general, ¡que ya entonces estaba dispersa por todas partes entre todos los cristianos a quienes escribía!

21. ¡Tal es el relato auténtico del «misterio de iniquidad» obrando aun en las iglesias apostólicas! — relato dado, no por los judíos ni por los paganos, sino por los apóstoles mismos. A esto podemos añadir el relato que da la Cabeza y Fundador de la Iglesia; aquel «que tiene las estrellas en su diestra»; que es «el testigo fiel y verdadero». Podemos inferir fácilmente cuál era el estado de la Iglesia en general por el estado de las siete iglesias de Asia. Una de ellas, en verdad, la iglesia de Filadelfia, había «guardado su palabra, y no había negado su nombre»; (Apocalipsis 3:8; ) la iglesia de Esmirna estaba asimismo en estado floreciente: pero todas las demás estaban corrompidas en mayor o menor medida; tanto que muchas de ellas no eran ni un ápice mejores que la presente raza de cristianos; y nuestro Señor les amenazó entonces con lo que hace mucho ha cumplido: «quitar el candelero» de ellas.

22. Tal era el verdadero estado de la Iglesia cristiana aun durante el primer siglo, mientras no solo san Juan, sino la mayoría de los apóstoles estaban presentes en ella y la presidían. ¡Pero qué misterio es este: que el Sapientísimo, el Clementísimo, el Todopoderoso, permitiera que así fuese, no en una sola, sino, hasta donde podemos saber, en toda sociedad cristiana, exceptuadas las de Esmirna y Filadelfia! ¿Y cómo llegaron estas a quedar exceptuadas? ¿Por qué estaban estas menos corrompidas (por no ir más lejos) que las demás iglesias de Asia? Parece que porque eran menos ricas. Los cristianos de Filadelfia no estaban literalmente «enriquecidos», como los de Éfeso o Laodicea; y si los cristianos de Esmirna habían adquirido más riqueza, la persecución se la llevó. De modo que estos, teniendo menos de los bienes de este mundo, conservaron más de la sencillez y la pureza del evangelio.

23. ¡Pero cuán contrario es este relato bíblico de los antiguos cristianos a las ideas comunes de los hombres! Hemos solido imaginar que la Iglesia primitiva era toda excelencia y perfección, conforme a aquella vigorosa descripción que san Pedro cita de Moisés: «Vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, gente santa, pueblo adquirido». Y tal fue, sin duda alguna, la primera Iglesia cristiana, que comenzó el día de Pentecostés. ¡Pero cuán pronto se oscureció el oro fino! ¡Cuán pronto se mezcló el vino con agua! ¡Cuán poco tiempo pasó antes de que «el dios de este siglo» recobrara de tal modo su imperio, que los cristianos en general apenas se distinguían de los paganos, salvo por sus opiniones y sus formas de culto!

24. Y si el estado de la Iglesia en el primerísimo siglo era tan malo, no podemos suponer que fuese mejor en el segundo. Sin duda fue de mal en peor. Tertuliano, uno de los cristianos más eminentes de aquella época, nos ha dejado un relato de él en diversos pasajes de sus escritos, de donde sabemos que la religión real e interior apenas se hallaba; más aún, que no solo las disposiciones de los cristianos eran exactamente las mismas que las de sus vecinos paganos (reinando igualmente en unos y otros el orgullo, la pasión y el amor al mundo), sino también sus vidas y costumbres. El dar un fiel testimonio contra la corrupción general de los cristianos parece haber levantado el clamor contra Montano, y contra el mismo Tertuliano cuando se convenció de que el testimonio de Montano era verdadero. En cuanto a las herejías que se atribuyen a Montano, no es fácil averiguar cuáles fueron. Creo que su gran herejía fue sostener que «sin la santidad» interior y exterior «nadie verá al Señor».

25. Cipriano, obispo de Cartago, testigo irreprochable en todo sentido, que floreció hacia mediados del siglo tercero, nos ha dejado abundancia de cartas en las que da un relato amplio y detallado del estado de la religión en su tiempo. Al leerlo, uno se inclinaría a imaginar que está leyendo un relato del siglo presente: tan completamente vacíos de verdadera religión estaban la generalidad tanto de los laicos como del clero, tan sumergidos en la ambición, la envidia, la codicia, el lujo y todos los demás vicios, que los cristianos de África eran entonces exactamente iguales a lo que son ahora los cristianos de Inglaterra.

26. Es verdad que durante todo este período, durante los tres primeros siglos, se intercalaron temporadas más largas o más cortas en que revivió el verdadero cristianismo. En esas temporadas la justicia y la misericordia de Dios soltaron a los paganos contra los cristianos. Muchos de estos fueron llamados entonces a resistir hasta la sangre. Y «la sangre de los mártires fue la semilla de la Iglesia». Volvió el espíritu apostólico; y muchos «no estimaron sus vidas preciosas para sí mismos, con tal de acabar su carrera con gozo». Muchos otros fueron reducidos a una dichosa pobreza; y, despojados de lo que habían amado demasiado, «recordaron de dónde habían caído, y se arrepintieron, e hicieron las primeras obras».

27. La persecución nunca hizo, ni pudo hacer jamás, herida duradera alguna al cristianismo genuino. Pero la mayor que jamás recibió, el gran golpe asestado a la raíz misma de aquel amor humilde, apacible y paciente que es el cumplimiento de la ley cristiana, la esencia entera de la verdadera religión, lo asestó en el siglo cuarto Constantino el Grande, cuando se llamó cristiano y derramó un torrente de riquezas, honores y poder sobre los cristianos, y más especialmente sobre el clero. Entonces se cumplió en la Iglesia cristiana lo que Salustio dice del pueblo de Roma: Sublata imperii aemula, non sensim, sed praecipiti cursu, a virtutibus descitum, ad vitia transcursum. [El señor Wesley sin duda citó de memoria, y esto explica el leve error en que ha caído aquí. El pasaje aludido no se halla en Salustio, sino en Veleyo Patérculo, y dice así: — Remoto Carthaginis metu, sublataque imperri aemula, non gradu, sed praecipiti cursu, a virtute descitum, ad vitia transcursum. Lib. ii. cap. 1. — N. del E.] Exactamente así, cuando se quitó el temor de la persecución, y la riqueza y el honor acompañaron a la profesión cristiana, los cristianos «no se hundieron poco a poco, sino que se precipitaron de cabeza en toda clase de vicios». Entonces «el misterio de iniquidad» ya no estuvo escondido, sino que se paseó a la vista del sol. Entonces comenzó, no la edad de oro, sino la edad de hierro de la Iglesia; entonces podía decirse con verdad:

Protinus irrupit venae pejoris in aevum

Omne nefas; fugere pudor, verumque fidesque,

In quorum subiere locum fraudesque, dolique,

Insidiaeque, et vis, et amor sceleratus habendi.

Al punto, en aquella edad desdichada, irrumpió

toda maldad y todo pecado mortal:

la verdad, el pudor y el amor huyeron lejos,

y la fuerza y la sed de oro impusieron su dominio universal,

28. ¡Y este es el suceso que la mayoría de los expositores cristianos mencionan con tanto triunfo! Sí, el que algunos de ellos suponen figurado en el Apocalipsis por «la nueva Jerusalén que desciende del cielo». Decid más bien que fue la venida de Satanás y de todas sus legiones desde el abismo, puesto que desde aquel mismo tiempo ha establecido su trono sobre la faz de toda la tierra, y ha reinado sobre el mundo cristiano igual que sobre el pagano, casi sin freno alguno. Los historiadores, ciertamente, nos hablan muy gravemente de naciones que, en cada siglo, fueron convertidas al cristianismo por tales o cuales (santos, ¡sin duda!); pero aun así estos convertidos practicaban toda clase de abominaciones, exactamente como antes, sin diferenciarse en nada, ni en sus disposiciones ni en sus vidas, de las naciones que todavía se llamaban paganas. Tal ha sido el deplorable estado de la Iglesia cristiana desde el tiempo de Constantino hasta la Reforma. Una nación cristiana, una ciudad cristiana (según el modelo bíblico), no se veía en ninguna parte; sino que toda ciudad y todo país, exceptuados unos pocos individuos, estaba sumido en toda clase de maldad.

29. ¿Ha cambiado el caso desde la Reforma? ¿Ya no obra «el misterio de iniquidad» en la Iglesia? No: la Reforma misma no se ha extendido a más de un tercio de la Iglesia occidental, de modo que los otros dos tercios permanecen como estaban; y lo mismo las iglesias orientales, meridionales y septentrionales. Están tan llenas de abominaciones paganas, o peores que paganas, como lo estuvieron siempre. ¿Y cuál es la condición de las iglesias reformadas? Es cierto que fueron reformadas en sus opiniones, así como en sus formas de culto. ¿Pero no es esto todo? ¿Se reformaron sus disposiciones o sus vidas? En absoluto. Ciertamente muchos de los mismos reformadores se quejaron de que «la Reforma no se había llevado bastante lejos». ¿Pero qué querían decir? Pues que no habían reformado suficientemente los ritos y ceremonias de la Iglesia. ¡Insensatos y ciegos, que fijasteis toda vuestra atención en lo accesorio de la religión! Vuestra queja debió haber sido que lo esencial de la religión no se había llevado bastante lejos. Debisteis haber insistido con vehemencia en un cambio entero de los hombres en sus disposiciones y sus vidas; en que mostraran que tenían «el sentir que hubo en Cristo», «andando como él anduvo». Sin esto, ¡cuán exquisitamente frívola fue la reforma de opiniones, ritos y ceremonias! Ahora bien, examine cualquiera el estado del cristianismo en las partes reformadas de Suiza; en Alemania o Francia; en Suecia, Dinamarca, Holanda; en Gran Bretaña e Irlanda. ¡Cuán poco mejores que las naciones paganas son cualesquiera de estos cristianos reformados! ¿Tienen más (no diré comunión con Dios, aunque no hay cristianismo sin ella), tienen más justicia, misericordia o verdad que los habitantes de la China o del Indostán? ¡Oh, no! ¡Hemos de reconocer con dolor y vergüenza que estamos muy por debajo de ellos!

¡Que nosotros, que por tu nombre somos llamados,

superemos en pecado a los paganos sin bautismo!

30. ¿No es esta la defección o apostasía de Dios predicha por san Pablo en su segunda epístola a los Tesalonicenses? (2 Tesalonicenses 2:3.) Ciertamente, no me atrevería a decir, con George Fox, que esta apostasía fue universal; que nunca hubo cristianos verdaderos en el mundo desde los días de los apóstoles hasta su tiempo. Pero podemos decir con osadía que, dondequiera que se ha extendido el cristianismo, se ha extendido también la apostasía; tanto que, aunque hay ahora, y siempre ha habido, individuos que eran cristianos verdaderos, el mundo entero nunca ha podido, ni puede hoy, mostrar un país o una ciudad cristianos.

31. Someto ahora al juicio de todo hombre reflexivo que crea que las Escrituras son de Dios si esta apostasía general no implica la necesidad de una reforma general. Sin admitir esto, ¿cómo podemos justificar la sabiduría o la bondad de Dios? Según la Escritura, la religión cristiana fue destinada a «la sanidad de las naciones»; a salvar del pecado, por medio del segundo Adán, a todos los que fueron «constituidos pecadores» por el primero. Pero no cumple este fin; nunca lo cumplió, salvo por breve tiempo en Jerusalén. ¿Qué podemos decir, sino que, si aún no lo ha cumplido, ciertamente lo cumplirá? Viene el tiempo en que no solo «todo Israel será salvo», sino que «entrará la plenitud de los gentiles». Viene el tiempo en que «nunca más se oirá en la tierra violencia, destrucción ni quebrantamiento en nuestros términos», sino que toda ciudad llamará a sus «muros Salvación, y a sus puertas Alabanza»; cuando el pueblo, dice el Señor, «todos ellos serán justos, para siempre heredarán la tierra; renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme». (Isaías 60:18, 21.)

32. De las consideraciones precedentes podemos aprender la respuesta completa a una de las grandes objeciones de los incrédulos contra el cristianismo, a saber, las vidas de los cristianos. ¿De cristianos hablas? Dudo que hayas conocido jamás a un cristiano en tu vida. Cuando Tomo Chachi, el jefe indio, replicó agudamente a quienes le hablaban de hacerse cristiano: «¡Vaya, esos son cristianos en Savannah! ¡Esos son cristianos en Frederica!», la respuesta apropiada era: «No, no lo son; no son más cristianos que tú y Sinauky». «¿Pero no son cristianos los de Canterbury, los de Londres, los de Westminster?». No: no más de lo que son ángeles. Nadie es cristiano sino los que tienen el sentir que hubo en Cristo, y andan como él anduvo. «Pues si solo estos son cristianos», dijo un eminente hombre de ingenio, «yo todavía no he visto un cristiano». Lo creo: nunca lo has visto; y quizá nunca lo verás; porque nunca los hallarás en el mundo de los grandes ni en el de los frívolos. Los pocos cristianos que hay sobre la tierra solo se hallan donde tú nunca los buscas. No vuelvas, pues, a presentar esta objeción: nunca objetes al cristianismo las vidas o las disposiciones de los paganos. Aunque se llamen cristianos, el nombre no implica la cosa: ¡están tan lejos de ella como el infierno del cielo!

33. Podemos aprender de aquí, en segundo lugar, el alcance de la caída: la asombrosa extensión de la corrupción original. ¿Qué?, entre tantos miles, tantos millones, ¿no hay «justo, ni aun uno»? No por naturaleza. Pero, contando con la gracia de Dios, no diré con el poeta pagano:

Rari quippe boni: numero vix sunt totidem, quot

Thebarum portae, vel divitis ostia Nili.

[La siguiente es la traducción que hizo Gifford de esta cita de Juvenal: —

— ¡Los buenos son pocos! «la apreciada fila»

apenas iguala las puertas de Tebas, las bocas del Nilo.

— N. del E.]

Como si hubiera concedido demasiado al suponer que había cien hombres buenos en el Imperio romano, vuelve sobre sí y afirma que apenas hay siete. ¡No, por cierto, había siete mil! Tantos hubo hace mucho tiempo en una pequeña nación, donde Elías suponía que no había ninguno. Pero, admitiendo unas pocas excepciones, estamos autorizados a decir: «Todo el mundo está puesto en maldad»; sí, «en el maligno», como propiamente significan las palabras. «Sí, todo el mundo pagano». Sí, y también el cristiano (así llamado); porque ¿dónde está la diferencia, salvo en unas pocas cosas externas? ¡Vedlo con vuestros propios ojos! Mirad aquel gran país, el Indostán. Allí hay cristianos y también paganos. ¿Cuáles tienen más justicia, misericordia y verdad, los cristianos o los paganos? ¿Cuáles son más corrompidos, infernales, diabólicos, en sus disposiciones y en su conducta, los ingleses o los indios? ¿Cuáles han asolado países enteros y atascado los ríos de cadáveres?

¡Oh sagrado nombre de cristiano, cómo se te ha profanado!

¡Oh tierra, tierra, tierra! ¡Cómo gimes bajo las villanías de tus habitantes cristianos!

34. De muchas de las circunstancias precedentes podemos aprender, en tercer lugar, cuál es la tendencia genuina de las riquezas: qué influencia funesta han tenido, en todas las épocas, sobre la religión pura y sin mácula. No es que el dinero sea un mal en sí mismo: puede aplicarse a fines buenos tanto como a malos. Pero, no obstante, es una verdad indudable que «el amor del dinero es la raíz de todos los males», y también que la posesión de riquezas engendra naturalmente el amor a ellas. Por eso es antigua la observación:

Crescit amor nummi, quantum ipsa pecunia crescit:

«A medida que crece el dinero, crece el amor a él»; y así será siempre, si no media un milagro de gracia. Por tanto, aunque concurran otras causas, esta ha sido en todas las épocas la causa principal de la decadencia de la verdadera religión en toda comunidad cristiana. Mientras los cristianos de cualquier lugar fueron pobres, estuvieron consagrados a Dios. Mientras tuvieron poco del mundo, no amaron el mundo; pero cuanto más tuvieron de él, tanto más lo amaron. Esto obligó al Amante de sus almas, en diversas ocasiones, a desencadenar a sus perseguidores, quienes, reduciéndolos a su antigua pobreza, los redujeron a su antigua pureza. ¡Pero recordad siempre que las riquezas han sido, en todas las épocas, la ruina del cristianismo genuino!

35. Podemos aprender de aquí, en cuarto lugar, cuán grande vigilancia necesitan los que desean ser cristianos verdaderos, ¡considerando en qué estado se halla el mundo! ¿No puede cada uno de ellos decir con razón:

Enviado a un mundo de rufianes,

camino en tierra enemiga:

osos humanos y fieros, ávidos de matanza,

y lobos rapaces me rodean?

Son tanto más peligrosos porque comúnmente aparecen con vestidos de ovejas. Aun los que no aparentan religión hacen, sin embargo, hermosas profesiones de buena voluntad, de prontitud para servirnos y, quizá, de verdad y honradez. ¡Pero guardaos de fiaros de su palabra! ¡No confiéis en ningún hombre hasta que tema a Dios! Es una gran verdad:

El que no teme a Dios no puede amar a ningún amigo:

por tanto, estad en guardia contra todo aquel que no busca con empeño salvar su alma. Tenemos necesidad de guardar tanto nuestro corazón como nuestra boca como «con freno, en tanto que el impío está delante de nosotros». Su conversación, su espíritu, es contagioso, y se nos insinúa sin darnos cuenta, no sabemos cómo. «Bienaventurado el hombre que siempre está temeroso», también en este sentido, no sea que participe en pecados ajenos. ¡Oh, «consérvate en limpieza»! «¡Vela y ora, para que no entres en tentación!»

36. Podemos aprender de aquí, por último, qué gratitud conviene a los que han escapado de la corrupción que hay en el mundo; a los que Dios ha escogido del mundo para que sean santos e irreprensibles. «¿Quién te distingue?». «¿Y qué tienes que no hayas recibido?». ¿No es solo «Dios» «el que en ti obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad»? «Y den gracias aquellos a quienes el Señor ha redimido y librado de la mano del enemigo». ¡Alabémosle porque nos ha concedido ver el deplorable estado de todos los que nos rodean, ver la maldad que inunda la tierra, y sin embargo no ser arrastrados por el torrente! Vemos el contagio general, casi universal, ¡y sin embargo no puede acercarse a dañarnos! ¡Gracias sean dadas a Aquel «que nos libró de tanta muerte, y aún nos libra»! ¿Y no tenemos además motivo de gratitud, sí, y fuerte consolación, en la bendita esperanza que Dios nos ha dado de que está cerca el tiempo en que la justicia será tan universal como lo es ahora la injusticia? Admitiendo que «toda la creación gime ahora a una» bajo el pecado del hombre, nuestro consuelo es que no gemirá siempre: Dios se levantará y defenderá su propia causa; y toda la creación será entonces librada tanto de la corrupción moral como de la natural. El pecado y su consecuencia, el dolor, no existirán más: la santidad y la felicidad cubrirán la tierra. ¡Entonces todos los términos del mundo verán la salvación de nuestro Dios; y todo el linaje humano conocerá, amará y servirá a Dios, y reinará con él por los siglos de los siglos!

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