Capítulo 61 · 26 min de lectura · 33 min de escucha
La liberación general
Sermón 60
La liberación general
«Porque el continuo anhelo de la criatura espera la manifestación de los hijos de Dios. Porque la criatura fue sujetada a vanidad, no de grado, sino por causa del que la sujetó, con la esperanza de que también la criatura misma será libertada de la servidumbre de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está de parto hasta ahora».
Romanos 8:19–22.
1. Nada hay más cierto que esto: que así como «el Señor es bueno para con todos», así también «su misericordia está sobre todas sus obras»; sobre todo lo que tiene sentidos, sobre todo lo que es capaz de placer o de dolor, de felicidad o de miseria. En consecuencia, «abre su mano, y colma de abundancia a todo viviente. Prepara el alimento para las bestias», lo mismo que «la hierba para los hijos de los hombres». Provee para las aves del cielo, «alimentando a los hijos de los cuervos cuando claman a él». «Él envía las fuentes por los arroyos, que corren entre los montes, para dar de beber a todas las bestias del campo», y aun para que «los asnos monteses apaguen su sed». Y, en consonancia con esto, nos manda ser compasivos aun con las criaturas más humildes, y mostrar misericordia también a ellas. «No pondrás bozal al buey que trilla»: — costumbre que se observa en los países de Oriente aun hasta el día de hoy. Y esto en modo alguno lo contradice la pregunta de San Pablo: «¿Tiene Dios cuidado de los bueyes?». Sin duda alguna lo tiene. No podemos negarlo sin contradecir abiertamente su palabra. El sentido llano del Apóstol es este: ¿Es esto todo lo que el texto encierra? ¿No tiene un sentido más amplio? ¿No nos enseña que hemos de alimentar los cuerpos de aquellos de quienes deseamos que alimenten nuestras almas? Entretanto, es cierto que Dios «da el heno para las bestias», lo mismo que «la hierba para el servicio del hombre».
2. Pero ¿cómo se concilian estas Escrituras con el estado presente de las cosas? ¿Cómo se compadecen con lo que vemos cada día a nuestro alrededor, en todas las partes de la creación? Si el Creador y Padre de todo ser viviente es rico en misericordia para con todos; si no pasa por alto ni desprecia ninguna de las obras de sus propias manos; si quiere que aun la más ínfima de ellas sea feliz, según su grado, ¿cómo sucede que tal cúmulo de males las oprime, y aun las abruma? ¿Cómo es que la miseria de toda clase se extiende sobre la faz de la tierra? Esta es una cuestión que ha desconcertado a los filósofos más sabios de todas las épocas, y no puede responderse sin acudir a los oráculos de Dios. Pero, tomándolos por guía, podemos indagar:
I. ¿Cuál fue el estado original de la creación bruta?
II. ¿En qué estado se encuentra al presente? Y,
III. ¿En qué estado se hallará en la manifestación de los hijos de Dios?
I. 1. Podemos indagar, en primer lugar: ¿Cuál fue el estado original de la creación bruta? ¿Y no podemos aprenderlo aun del lugar que se les asignó, a saber, el huerto de Dios? Todas las bestias del campo y todas las aves del cielo estaban con Adán en el paraíso. Y no cabe duda de que su estado correspondía a su lugar: era paradisíaco, perfectamente feliz. Sin duda guardaba una estrecha semejanza con el estado del hombre mismo. Por tanto, echando una breve mirada al uno, podemos formarnos idea del otro. Ahora bien, «el hombre fue hecho a imagen de Dios». Pero «Dios es Espíritu»: así lo era, pues, también el hombre. (Solo que aquel espíritu, destinado a morar en la tierra, fue alojado en un tabernáculo terrenal.) Como tal, tenía un principio innato de movimiento propio. Y así, al parecer, lo tiene todo espíritu en el universo; siendo esta la diferencia propia y distintiva entre el espíritu y la materia, que es total y esencialmente pasiva e inactiva, como se ve por mil experimentos. Estaba dotado, a semejanza de su Creador, de entendimiento: una capacidad de aprehender cualesquiera objetos que se le presentaran, y de juzgar acerca de ellos. Estaba dotado de voluntad, que se ejercía en diversos afectos y pasiones; y, por último, de libertad, o libre albedrío; sin la cual todo lo demás habría sido en vano, y no habría sido más capaz de servir a su Creador que un terrón de tierra o un trozo de mármol; habría sido tan incapaz de vicio o de virtud como cualquier parte de la creación inanimada. En estas cosas, en el poder de moverse a sí mismo, en el entendimiento, la voluntad y la libertad, consistía la imagen natural de Dios.
2. Hasta dónde se extendía entonces su poder de movimiento propio, nos es imposible determinarlo. Es probable que tuviera un grado de rapidez y de fuerza mucho mayor que el que jamás tuvo ninguno de sus descendientes, y mucho menos ninguna de las criaturas inferiores. Es cierto que tenía una fuerza de entendimiento como ningún hombre ha tenido desde entonces. Su entendimiento era perfecto en su género; capaz de aprehender todas las cosas con claridad y de juzgar acerca de ellas conforme a la verdad, sin mezcla alguna de error. Su voluntad no tenía torcida inclinación de ninguna clase; sino que todas sus pasiones y afectos estaban ordenados, siendo guiados con firmeza y uniformidad por los dictados de su entendimiento infalible; no abrazaban nada sino el bien, y cada bien en proporción a su grado de bondad intrínseca. Su libertad, asimismo, era guiada enteramente por su entendimiento: escogía o rehusaba conforme a su dirección. Sobre todo (y esta era su más alta excelencia, mucho más valiosa que todas las demás juntas), era una criatura capaz de Dios; capaz de conocer, amar y obedecer a su Creador. Y, de hecho, conocía a Dios, lo amaba sin fingimiento y lo obedecía con constancia. Esta era la suprema perfección del hombre (como lo es de todos los seres inteligentes): el ver continuamente, y amar, y obedecer al Padre de los espíritus de toda carne. De este recto estado y recto uso de todas sus facultades fluía naturalmente su felicidad. En esto consistía la esencia de su felicidad; pero se acrecentaba con todas las cosas que lo rodeaban. Veía, con placer inefable, el orden, la belleza, la armonía de todas las criaturas; de toda la naturaleza animada e inanimada; la serenidad de los cielos; el sol que caminaba en su esplendor; el vestido dulcemente variado de la tierra; los árboles, los frutos, las flores,
Y el líquido deslizarse de los arroyos murmurantes.
Ni este placer era interrumpido por mal alguno. No tenía mezcla de tristeza ni de dolor, ni del cuerpo ni del alma. Porque mientras fue inocente fue impasible; incapaz de sufrir. Nada podía empañar la pureza de su gozo. Y, para coronarlo todo, era inmortal.
3. A esta criatura, dotada de todas estas excelentes facultades, así calificada para su alto cargo, dijo Dios: «Señorea en los peces del mar, y en las aves de los cielos, y en todo animal que se mueve sobre la tierra». (Génesis 1:28.) Y así el salmista: «Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo, las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar». (Salmo 8:6.) De modo que el hombre era el lugarteniente de Dios sobre la tierra, el príncipe y gobernador de este mundo inferior; y todas las bendiciones de Dios fluían a través de él hacia las criaturas inferiores. El hombre era el canal de comunicación entre su Creador y toda la creación bruta.
4. Pero ¿qué bendiciones eran aquellas que entonces se transmitían por medio del hombre a las criaturas inferiores? ¿Cuál era el estado original de las criaturas brutas cuando fueron creadas? Esto merece una consideración más atenta que la que comúnmente se le ha dado. Es cierto que estas, lo mismo que el hombre, tenían un principio innato de movimiento propio; y eso, por lo menos, en un grado tan alto como el que gozan hoy día. Además, estaban dotadas de cierto grado de entendimiento, no menor que el que poseen ahora. Tenían también voluntad, con diversas pasiones, que asimismo conservan todavía; y tenían libertad, un poder de elección, cierto grado del cual se halla aún en toda criatura viviente. Ni podemos dudar que su entendimiento fuera también, al principio, perfecto en su género. Sus pasiones y afectos estaban ordenados, y su elección guiada siempre por su entendimiento
5. ¿Cuál es, pues, la barrera entre los hombres y los brutos? ¿la línea que estos no pueden traspasar? No era la razón. Dejad a un lado ese término ambiguo; cambiadlo por la palabra llana, entendimiento: ¿y quién puede negar que los brutos lo tienen? Lo mismo podríamos negar que tienen vista u oído. Pero es esto: el hombre es capaz de Dios; las criaturas inferiores no lo son. No tenemos fundamento para creer que sean, en grado alguno, capaces de conocer, amar u obedecer a Dios. Esta es la diferencia específica entre el hombre y el bruto; el gran abismo que estos no pueden cruzar. Y así como una obediencia amorosa a Dios era la perfección del hombre, así una obediencia amorosa al hombre era la perfección de los brutos. Y mientras perseveraron en esto fueron felices según su especie; felices en el recto estado y en el recto uso de sus respectivas facultades. Sí, y mientras tanto tuvieron cierta sombra de semejanza aun con la bondad moral. Porque tenían gratitud hacia el hombre por los beneficios recibidos, y reverencia hacia él. Tenían asimismo una especie de benevolencia de unos para con otros, sin mezcla de ninguna disposición contraria. Cuán hermosos eran muchos de ellos, podemos conjeturarlo por lo que todavía queda; y eso no solo en las criaturas más nobles, sino en las del orden más bajo. Y todos estaban rodeados no solo de abundante alimento, sino de todo cuanto podía darles placer; placer sin mezcla de dolor; porque el dolor aún no existía; no había entrado en el paraíso. Y también ellos eran inmortales: porque «Dios no hizo la muerte, ni se complace en la muerte de ningún viviente».
6. ¡Cuán verdadera es, pues, aquella palabra: «Vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera»! Pero ¡cuán lejos está esto de ser el caso presente! ¡En qué condición se halla todo el mundo inferior! — por no decir nada de la naturaleza inanimada, donde todos los elementos parecen salidos de su curso y luchar por turnos contra el hombre. Desde que el hombre se rebeló contra su Hacedor, ¡en qué estado se halla toda la naturaleza animada! Bien pudo decir de esto el Apóstol: «Toda la creación gime a una, y a una está de parto hasta ahora». Esto se refiere directamente a la creación bruta. En qué estado se halla esta al presente es lo que ahora hemos de considerar.
II. 1. Así como todas las bendiciones de Dios en el paraíso fluían a través del hombre hacia las criaturas inferiores; así como el hombre era el gran canal de comunicación entre el Creador y toda la creación bruta; así también, cuando el hombre se hizo incapaz de transmitir esas bendiciones, aquella comunicación quedó necesariamente cortada. Interrumpido el trato entre Dios y las criaturas inferiores, aquellas bendiciones ya no pudieron fluir sobre ellas. Y fue entonces cuando «la criatura», toda criatura, «fue sujetada a vanidad», a la tristeza, al dolor de toda clase, a toda suerte de males: no, en verdad, «de grado», no por su propia elección, no por acto ni obra suya; «sino por causa del que la sujetó», por la sabia permisión de Dios, que determinó sacar un bien eterno de este mal temporal.
2. Pero ¿en qué sentido fue entonces «la criatura», toda criatura, «sujetada a vanidad»? ¿Qué sufrieron las criaturas inferiores cuando el hombre se rebeló contra Dios? Es probable que sufrieran mucha pérdida aun en las facultades inferiores: en su vigor, su fuerza y su rapidez. Pero sin duda sufrieron mucho más en su entendimiento; más de lo que fácilmente podemos concebir. Quizá los insectos y los gusanos tenían entonces tanto entendimiento como el que tienen ahora los brutos más inteligentes; mientras que millones de criaturas tienen al presente poco más entendimiento que la tierra sobre la cual se arrastran, o la roca a la que se adhieren. Sufrieron aún más en su voluntad, en sus pasiones, que entonces fueron torcidas de diversas maneras, y con frecuencia puestas en abierta oposición al poco entendimiento que les quedaba. Su libertad, asimismo, quedó grandemente menoscabada; sí, en muchos casos, totalmente destruida. Están todavía enteramente esclavizados a apetitos irracionales, que ejercen pleno dominio sobre ellos. Los mismos fundamentos de su naturaleza están fuera de su curso; están vueltos del revés. Así como el hombre está privado de su perfección, su obediencia amorosa a Dios, así los brutos están privados de la suya, su obediencia amorosa al hombre. La mayor parte con mucho huyen de él; evitan cuidadosamente su odiada presencia. La mayoría de los restantes lo desafían abiertamente; sí, lo destruyen, si está en su poder. Solo unos pocos, los que comúnmente llamamos animales domésticos, conservan en mayor o menor medida su disposición original (por la misericordia de Dios), lo aman todavía y le prestan obediencia.
3. Dejando aparte a estos pocos, ¡cuán poca sombra de bien, de gratitud, de benevolencia, de cualquier disposición recta, se halla ahora en parte alguna de la creación bruta! Por el contrario, ¡qué ferocidad salvaje, qué crueldad implacable se observa invariablemente en miles de criaturas; sí, es inseparable de su naturaleza! ¿Es solo el león, el tigre, el lobo, entre los habitantes de los bosques y las llanuras — el tiburón, y unos pocos monstruos voraces más, entre los habitantes de las aguas, — o el águila, entre las aves, — lo que desgarra la carne, chupa la sangre y tritura los huesos de sus indefensas compañeras de creación? No; la mosca inofensiva, la hormiga laboriosa, la mariposa pintada, son tratadas de la misma manera despiadada, ¡aun por los inocentes cantores de la arboleda! Las innumerables tribus de pobres insectos son continuamente devoradas por ellos. Y mientras que en la tierra hay, comparativamente, solo un pequeño número de bestias de presa, muy otra cosa sucede en el elemento líquido. Son pocos los habitantes de las aguas, ya del mar, ya de los ríos, que no devoren cuanto pueden dominar: sí, en esto superan a todas las bestias del bosque y a todas las aves de rapiña. Porque de ninguna de estas se ha observado jamás que haga presa en su propia especie:
Saevis inter se convenit ursis:
Ni aun los fieros osos se despedazan entre sí.
Pero los salvajes de las aguas se tragan a todos, aun a los de su propia especie, que son más pequeños y débiles que ellos. Sí, tal es al presente la miserable constitución del mundo, a tal vanidad está ahora sujetado, ¡que una inmensa mayoría de las criaturas, quizá un millón contra una, no pueden conservar su propia vida de otro modo que destruyendo a sus compañeras de creación!
4. ¿Y no es la forma misma, la apariencia exterior de muchas de las criaturas, tan horrible como sus disposiciones? ¿Dónde está la belleza que se imprimió en ellas cuando salieron por primera vez de las manos de su Creador? No queda de ella el menor rastro: tan lejos está de ello, ¡que causan espanto a la vista! Más aún, no solo son terribles y espantosas de mirar, sino deformes, y eso en alto grado. Y sus facciones, feas como son en el mejor de los casos, se vuelven con frecuencia más deformes que de costumbre cuando las contorsiona el dolor; el cual no pueden evitar, como tampoco los desdichados hijos de los hombres. Dolores de diversas clases, debilidad, enfermedad, dolencias innumerables, vienen sobre ellas; quizá desde dentro; quizá unas de otras; quizá de la inclemencia de las estaciones; del fuego, del granizo, de la nieve o de la tormenta; o de mil causas que no pueden prever ni evitar.
5. Así, «como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres»; y no solo al hombre, sino también a aquellas criaturas que «no pecaron a la manera de la transgresión de Adán». Y no solo la muerte vino sobre ellas, sino todo su séquito de males que la preparan: el dolor y diez mil sufrimientos. Ni solo estos, sino también todas aquellas pasiones desordenadas, todas aquellas disposiciones nada amables (que en los hombres son pecados, y aun en los brutos son fuentes de miseria), «pasaron a todos» los habitantes de la tierra; y permanecen en todos, excepto en los hijos de Dios.
6. Durante esta época de vanidad, no solo las criaturas más débiles son continuamente destruidas por las más fuertes; no solo las fuertes son con frecuencia destruidas por las de igual fuerza; sino que unas y otras están expuestas a la violencia y crueldad de aquel que es ahora su enemigo común, — el hombre. Y si su rapidez o su fuerza no igualan a las de ellas, su arte suple con creces esa falta. Con él elude toda su fuerza, por grande que sea; con él vence toda su rapidez; y, a pesar de sus diversos ardides y artificios, descubre todos sus refugios. Las persigue por las más anchas llanuras y a través de los bosques más espesos. Las alcanza en los campos del aire, y las halla en las profundidades del mar. Ni las criaturas mansas y amigas que todavía reconocen su señorío y obedecen sumisas sus órdenes, quedan por ello a salvo de una violencia más que brutal; de ultrajes y malos tratos de diversas clases. ¿Está exento de esto el generoso caballo, que sirve a la necesidad o al placer de su amo con incansable diligencia, — está exento el perro fiel, que aguarda el movimiento de su mano o de sus ojos? ¿Qué recompensa por su largo y fiel servicio reciben muchas de estas pobres criaturas? ¡Y qué espantosa diferencia hay entre lo que sufren de sus compañeros brutos y lo que sufren del hombre tirano! El león, el tigre o el tiburón les causan dolor por mera necesidad, a fin de prolongar su propia vida, y les ponen fin a su dolor de una vez: pero el tiburón humano, sin necesidad alguna, las atormenta por su libre elección; y quizá prolonga su dolor persistente hasta que, después de meses o años, la muerte firma su liberación.
III. 1. Pero ¿permanecerá siempre «la criatura», aun la creación bruta, en esta condición deplorable? ¡No permita Dios que afirmemos tal cosa, ni aun que abriguemos semejante pensamiento! Mientras «toda la creación gime a una» (atiendan los hombres o no), sus gemidos no se disipan en el aire vano, sino que entran en los oídos de Aquel que la hizo. Mientras sus criaturas «están a una de parto», él conoce todo su dolor, y las va acercando más y más al alumbramiento, que se cumplirá a su tiempo. Él ve «el continuo anhelo» con que toda la creación animada «espera» aquella final «manifestación de los hijos de Dios»; en la cual «también ellas mismas serán libertadas» (no por aniquilación; la aniquilación no es liberación) «de la» presente «servidumbre de corrupción a» una medida de «la libertad gloriosa de los hijos de Dios».
2. Nada puede ser más expreso: fuera los prejuicios vulgares, y prevalezca la llana palabra de Dios. Ellas «serán libertadas de la servidumbre de corrupción a la libertad gloriosa», — en cierta medida, según su capacidad, — de «la libertad de los hijos de Dios».
Una visión general de esto se nos da en el capítulo veintiuno del Apocalipsis. Cuando el que «está sentado sobre el gran trono blanco» haya pronunciado: «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas»; cuando se cumpla la palabra: «El tabernáculo de Dios está con los hombres, y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos y será su Dios»; — entonces tendrá lugar la siguiente bendición (no solo sobre los hijos de los hombres; no hay tal restricción en el texto; sino) sobre toda criatura según su capacidad: «Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. Y no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor. Ni habrá más dolor: porque las primeras cosas pasaron».
3. Para descender a algunos particulares: toda la creación bruta será entonces, sin duda, restaurada, no solo al vigor, la fuerza y la rapidez que tenía en su creación, sino a un grado mucho más alto de cada una de estas cosas del que jamás gozó. Serán restaurados, no solo a aquella medida de entendimiento que tenían en el paraíso, sino a un grado tanto más alto que aquel como el entendimiento de un elefante supera al de un gusano. Y cualesquiera afectos que tuvieran en el huerto de Dios serán restaurados con gran aumento, siendo exaltados y refinados de un modo que nosotros mismos no somos capaces ahora de comprender. La libertad que entonces tenían les será restaurada por completo, y serán libres en todos sus movimientos. Serán librados de todos los apetitos desordenados, de todas las pasiones indómitas, de toda disposición que sea mala en sí misma o tenga alguna tendencia al mal. No se hallará furia en criatura alguna, ni ferocidad, ni crueldad, ni sed de sangre. Tan lejos de ello, que «morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león joven andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán juntas; y el león comerá paja como el buey. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte». (Isaías 11:6.)
4. Así, en aquel día, toda la vanidad a la que ahora están sujetos sin remedio será abolida; ya no sufrirán más, ni de dentro ni de fuera; los días de su gemir habrán terminado. Al mismo tiempo, no puede haber duda razonable de que todo lo horrible de su apariencia y toda la deformidad de su aspecto se desvanecerán, y serán cambiados por su belleza primitiva. Y con su belleza volverá su felicidad, a la cual entonces no podrá haber obstáculo. Como no habrá nada dentro, así no habrá nada fuera que les cause inquietud alguna: ni calor ni frío, ni tormenta ni tempestad, sino una primavera perenne. En la nueva tierra, lo mismo que en los nuevos cielos, no habrá nada que cause dolor, sino todo cuanto la sabiduría y la bondad de Dios puedan crear para dar felicidad. En recompensa por lo que una vez sufrieron, mientras estaban bajo la «servidumbre de corrupción», cuando Dios haya «renovado la faz de la tierra», y su cuerpo corruptible se haya vestido de incorrupción, gozarán de una felicidad adecuada a su estado, sin mezcla, sin interrupción y sin fin.
5. Pero aunque no dudo que el Padre de todos tiene una tierna consideración aun por sus más humildes criaturas, y que, en consecuencia, les dará amplia compensación por todo lo que sufren mientras están bajo su servidumbre presente; con todo, no me atrevo a afirmar que tenga una consideración igual por ellas y por los hijos de los hombres. No creo que
Vea con iguales ojos, como Señor de todo,
perecer a un héroe, o caer un gorrión.
De ningún modo. Esto es sumamente bonito, pero es absolutamente falso. Porque aunque
La misericordia, con verdad y gracia sin fin,
sobre todas sus obras reina,
se goza ante todo en bendecir
a su criatura predilecta, el hombre.
Dios tiene en mucho a sus criaturas más humildes; pero tiene en mucho más al hombre. No mira igualmente a un héroe y a un gorrión; al mejor de los hombres y al más bajo de los brutos. «¡Cuánto más cuida de vosotros vuestro Padre celestial!», dice Aquel «que está en el seno del Padre». Los que así fuerzan la cuestión quedan claramente refutados por su pregunta: «¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?». Baste decir que Dios tiene en cuenta todo lo que ha hecho, cada cosa en su propio orden y en proporción a aquella medida de su propia imagen que ha impreso en ella.
6. ¿Se me permitirá mencionar aquí una conjetura acerca de la creación bruta? ¿Qué, si entonces placiera al Creador sapientísimo y clementísimo elevarlos a un grado más alto en la escala de los seres? ¿Qué, si le placiera, cuando nos haga «iguales a los ángeles», hacer de ellos lo que nosotros somos ahora, — criaturas capaces de Dios; capaces de conocer y amar y gozar del Autor de su ser? Si así fuera, ¿ha de ser malo nuestro ojo porque él es bueno? Sea como fuere, él hará ciertamente lo que sea más para su propia gloria.
7. Si a todo esto se objeta (como muy probablemente se hará): «Pero ¿de qué servirán esas criaturas en aquel estado futuro?», respondo con otra pregunta: ¿De qué sirven ahora? Si hay (como comúnmente se ha supuesto) ocho mil especies de insectos, ¿quién puede decirnos de qué sirven siete mil de ellas? Si hay cuatro mil especies de peces, ¿quién puede decirnos de qué sirven más de tres mil? Si hay seiscientas clases de aves, ¿quién puede decir de qué sirven quinientas de esas especies? Si hay cuatrocientas clases de bestias, ¿para qué sirven trescientas de ellas? Considerad esto; considerad cuán poco sabemos aun de los designios presentes de Dios; y entonces no os maravillaréis de que sepamos todavía menos de lo que él se propone hacer en los nuevos cielos y la nueva tierra.
8. «Pero ¿con qué fin detenerse en un tema que entendemos tan imperfectamente?». Considerar cuanto sí entendemos, cuanto Dios se ha complacido en revelarnos, puede servir a aquel excelente fin — ilustrar aquella misericordia de Dios que «está sobre todas sus obras». Y puede confirmar en gran manera nuestra fe en que, con mucha más razón, él «es bueno para con todos». Porque ¡con cuánta razón podemos insistir en las palabras de nuestro Señor: «¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?»! Si, pues, el Señor tiene tal cuidado de las aves del cielo y de las bestias del campo, ¿no tendrá mucho más cuidado de vosotros, criaturas de un orden más noble? Si «el Señor salvará», como afirma el escritor inspirado, «al hombre y a la bestia», cada uno en su grado, ¡ciertamente «los hijos de los hombres podrán ampararse bajo la sombra de sus alas»!
9. ¿No puede servir también a otro fin, a saber, proporcionarnos una respuesta completa a una objeción plausible contra la justicia de Dios, por permitir que innumerables criaturas que nunca habían pecado sean tan severamente castigadas? No podían pecar, porque no eran agentes morales. ¡Y sin embargo, cuán severamente sufren! — sí, muchas de ellas, las bestias de carga en particular, casi todo el tiempo de su permanencia en la tierra; de modo que no pueden tener retribución aquí abajo. Pero la objeción se desvanece si consideramos que algo mejor queda después de la muerte también para estas pobres criaturas; que estas, asimismo, serán un día libertadas de esta servidumbre de corrupción, y recibirán entonces amplia compensación por todos sus sufrimientos presentes.
10. Las consideraciones precedentes pueden sin duda servir aún a otro fin excelente. Pueden animarnos a imitar a Aquel cuya misericordia está sobre todas sus obras. Pueden ablandar nuestros corazones hacia las criaturas más humildes, sabiendo que el Señor cuida de ellas. Puede ensanchar nuestros corazones hacia esas pobres criaturas el reflexionar que, por viles que parezcan a nuestros ojos, ni una sola de ellas está olvidada a la vista de nuestro Padre que está en los cielos. A través de toda la vanidad a la que ahora están sujetas, miremos a lo que Dios ha preparado para ellas. Sí, acostumbrémonos a mirar adelante, más allá de esta escena presente de servidumbre, al tiempo feliz en que serán libertadas de ella a la libertad de los hijos de Dios.
11. De lo dicho no puedo menos de sacar una inferencia que ningún hombre razonable puede negar. Si es esto lo que distingue a los hombres de las bestias, — que son criaturas capaces de Dios, capaces de conocerlo, amarlo y gozar de él; entonces todo aquel que está «sin Dios en el mundo», todo aquel que no conoce ni ama ni goza de Dios, y no se preocupa por ello, de hecho reniega de la naturaleza del hombre y se degrada a sí mismo hasta ser una bestia. Dígnense los tales prestar un poco de atención a aquellas notables palabras de Salomón: «Dije en mi corazón, en cuanto a la condición de los hijos de los hombres, — que vieran ellos mismos que son bestias». (Eclesiastés 3:18.) Estos hijos de los hombres son sin duda bestias; y eso por su propio acto y obra; porque deliberada y voluntariamente reniegan del único rasgo característico de la naturaleza humana. Es verdad que pueden tener una porción de razón; tienen habla y andan erguidos; pero no tienen la marca, la única marca, que separa totalmente al hombre de la creación bruta. «Lo que acontece a las bestias, lo mismo les acontece a ellos». Están igualmente sin Dios en el mundo; «de modo que el hombre» de esta clase «no tiene preeminencia sobre la bestia».
12. Tanto más, pues, afirmen todos los que son de ánimo más noble la dignidad distintiva de su naturaleza. Conozcan y mantengan su rango en la escala de los seres todos los que son de espíritu más generoso. No descanséis hasta gozar del privilegio de la humanidad: el conocimiento y el amor de Dios. ¡Levantad vuestras cabezas, criaturas capaces de Dios! ¡Levantad vuestros corazones a la Fuente de vuestro ser!
Conoced a Dios, y enseñad a vuestras almas a conocer
los gozos que de la religión fluyen.
¡Dad vuestros corazones a Aquel que, junto con diez mil bendiciones, os ha dado a su Hijo, a su único Hijo! ¡Sea vuestra continua «comunión con el Padre, y con su Hijo Jesucristo»! Esté Dios en todos vuestros pensamientos, y seréis hombres de verdad. Sea él vuestro Dios y vuestro Todo, — el deseo de vuestros ojos, el gozo de vuestro corazón y vuestra porción para siempre.
Capítulo 61 completado
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