Capítulo 60 · 22 min de lectura · 28 min de escucha
El amor de Dios al hombre caído
Sermón 59
El amor de Dios al hombre caído
«No como el delito, así también el don».
Romanos 5:15.
1. ¡Cuán sumamente común y cuán amargo es el clamor contra nuestro primer padre por el daño que no solo atrajo sobre sí mismo, sino que legó a su más remota posteridad! Fue por su voluntaria rebelión contra Dios por lo que «el pecado entró en el mundo». Como observa el apóstol, «por la desobediencia de un hombre» los muchos, hoi polloi, cuantos estaban entonces en los lomos de su antepasado, fueron hechos, o constituidos, pecadores: privados no solo del favor de Dios, sino también de su imagen, de toda virtud, justicia y verdadera santidad; y hundidos, en parte, en la imagen del diablo, en el orgullo, la malicia y todas las demás disposiciones diabólicas; en parte, en la imagen del bruto, habiendo caído bajo el dominio de pasiones brutales y apetitos rastreros. De ahí también entró la muerte en el mundo, con todos sus precursores y acompañantes: el dolor, la enfermedad y todo un séquito de pasiones y disposiciones tan penosas como impías.
2. Todo esto se lo debemos a Adán: así ha resonado de generación en generación. El mismo cargo se ha repetido en toda época y en toda nación donde se conocen los oráculos de Dios, únicos por los cuales este grande e importante suceso ha sido dado a conocer a los hijos de los hombres. ¿No se ha unido vuestro corazón, y probablemente también vuestros labios, a la acusación general? ¡Cuán pocos hay, de entre los que creen el relato bíblico de la caída del hombre, que no hayan abrigado el mismo pensamiento acerca de nuestro primer padre, condenando severamente a aquel que, por su voluntaria desobediencia al único mandato de su Creador,
trajo la muerte al mundo, y todo nuestro dolor!
3. Y aun sería bueno que la acusación se detuviera aquí; pero es cierto que no se detiene. No puede negarse que con frecuencia rebota de Adán a su Creador. ¿No se han tomado miles, aun de los que se llaman cristianos, la libertad de poner en duda su misericordia, si no también su justicia, por este mismo motivo? Algunos, en verdad, lo han hecho con algo más de modestia, de manera oblicua e indirecta; pero otros han arrojado la máscara y han preguntado: «¿No previó Dios que Adán abusaría de su libertad? ¿Y no conocía las funestas consecuencias que esto había de tener naturalmente sobre toda su posteridad? ¿Por qué, pues, permitió aquella desobediencia? ¿No le era fácil al Todopoderoso haberla impedido?». Ciertamente lo previó todo. Esto no puede negarse, pues «conocidas son a Dios todas sus obras desde el principio del mundo»; o más bien, desde toda la eternidad, como propiamente significan las palabras ap aionos. Y sin duda estaba en su poder impedirlo, porque él tiene todo poder, así en el cielo como en la tierra. Pero al mismo tiempo sabía que lo mejor, en conjunto, era no impedirlo. Sabía que «no como el delito, así también el don»; que el mal resultante de lo primero no era como el bien resultante de lo segundo, que no era digno de compararse con él. Vio que permitir la caída del primer hombre era con mucho lo mejor para el género humano en general; que de su caída resultaría a la posteridad de Adán muchísimo más bien que mal; que si por ella «el pecado abundó» sobre toda la tierra, la gracia, sin embargo, «sobreabundaría mucho más»; sí, y esto para cada individuo de la raza humana, a menos que él mismo eligiera lo contrario.
4. Es sumamente extraño que apenas se haya escrito, o al menos publicado, nada sobre este tema; más aún, que la generalidad de los cristianos lo haya ponderado o entendido tan poco; especialmente si se considera que no es materia de mera curiosidad, sino una verdad de la más honda importancia, pues es imposible, sobre cualquier otro principio,
afirmar una Providencia bondadosa
y justificar los caminos de Dios ante los hombres;
y considerando además cuán clara es esta importante verdad para todo indagador sensato e imparcial. ¡Abra el Amante de los hombres los ojos de nuestro entendimiento, para que percibamos claramente que, por la caída de Adán, el género humano en general ha obtenido la capacidad,
primero, de ser más santo y más feliz en la tierra, y,
segundo, de ser más feliz en el cielo, de lo que de otro modo habría podido ser!
1. Y, en primer lugar, el género humano en general ha obtenido, por la caída de Adán, la capacidad de alcanzar más santidad y felicidad en la tierra de las que le habría sido posible alcanzar si Adán no hubiera caído. Porque si Adán no hubiera caído, Cristo no habría muerto. Nada puede ser más claro que esto; nada más innegable: cuanto más a fondo consideremos el punto, más profundamente nos convenceremos de ello. Si todos los que participan de la naturaleza humana no hubieran recibido en Adán aquella herida mortal, no habría sido necesario que el Hijo de Dios tomara sobre sí nuestra naturaleza. ¿No veis que este fue el fundamento mismo de su venida al mundo? «Por un hombre el pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos», por medio de aquel en quien todos los hombres pecaron. (Romanos 5:12.) ¿No fue para remediar esto mismo para lo que «el Verbo fue hecho carne», para que «como en Adán todos murieron, así en Cristo todos» pudieran «ser vivificados»? Si, pues, los muchos no hubieran sido hechos pecadores por la desobediencia de uno, tampoco por la obediencia de uno los muchos habrían sido hechos justos (Romanos 5:19); y así no habría habido lugar para aquella asombrosa manifestación del amor del Hijo de Dios al género humano: no habría habido ocasión para que él se hiciera «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». No habría podido decirse entonces, para asombro de todas las huestes del cielo: «De tal manera amó Dios al mundo», sí, al mundo impío, que no tenía pensamiento ni deseo de volverse a él, «que dio a su Hijo», desde su seno, a su Hijo unigénito, «para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna». Ni habríamos podido decir entonces: Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo»; o que «lo hizo pecado», esto es, ofrenda por el pecado, «por nosotros, al que no conoció pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». No habría habido ocasión para un «abogado para con el Padre» como «Jesucristo el justo»; ni para que él compareciera «a la diestra de Dios, para interceder por nosotros».
2. ¿Cuál es la consecuencia necesaria de esto? Esta: entonces no habría podido existir la fe en Dios como el que así amó al mundo, dando a su único Hijo por nosotros los hombres y por nuestra salvación. No habría podido existir la fe en el Hijo de Dios como el que «nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros». No habría podido haber fe en el Espíritu de Dios como el que renueva la imagen de Dios en nuestros corazones, el que nos levanta de la muerte del pecado a la vida de la justicia. En verdad, todo el privilegio de la justificación por la fe no habría podido existir; no habría podido haber redención en la sangre de Cristo; ni habría podido Cristo ser «hecho por Dios para nosotros» ni «sabiduría, justificación, santificación» ni «redención».
3. Y el mismo gran vacío que habría en nuestra fe habría estado también en nuestro amor. Habríamos podido amar al Autor de nuestro ser, al Padre de los ángeles y de los hombres, como nuestro Creador y Preservador; habríamos podido decir: «¡Oh Señor, gobernador nuestro, cuán excelente es tu nombre en toda la tierra!». Pero no habríamos podido amarle bajo la relación más estrecha y más querida: como el que entregó a su Hijo por todos nosotros. Habríamos podido amar al Hijo de Dios como «el resplandor de la gloria de su Padre, y la misma imagen de su sustancia» (aunque este fundamento parece pertenecer más bien a los habitantes del cielo que a los de la tierra); pero no habríamos podido amarle como el que «llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» y, «por aquella única oblación de sí mismo, una vez ofrecida, hizo un pleno sacrificio, oblación y satisfacción por los pecados de todo el mundo». No habríamos podido ser «hechos conformes a su muerte», ni conocer «el poder de su resurrección». No habríamos podido amar al Espíritu Santo como el que nos revela al Padre y al Hijo; como el que abre los ojos de nuestro entendimiento, nos saca de las tinieblas a su luz admirable, renueva la imagen de Dios en nuestra alma y nos sella para el día de la redención. De modo que, en verdad, lo que ahora es, «delante de Dios y Padre», y no de hombres falibles, «la religión pura y sin mácula», entonces no habría tenido existencia, puesto que depende enteramente de aquellos grandes principios: «Por gracia sois salvos por la fe»; y: «Jesucristo nos ha sido hecho por Dios sabiduría, y justificación, y santificación, y redención».
4. Vemos, pues, qué indecible ventaja derivamos de la caída de nuestro primer padre en lo que toca a la fe: la fe tanto en Dios Padre, que no perdonó a su propio Hijo, a su único Hijo, sino que «lo hirió por nuestras rebeliones» y «lo molió por nuestros pecados»; como en Dios Hijo, que derramó su alma por nosotros los transgresores y nos lavó en su propia sangre. Vemos qué ventaja derivamos de ella en lo que toca al amor de Dios, tanto de Dios Padre como de Dios Hijo. El principal fundamento de este amor, mientras permanezcamos en el cuerpo, lo declara claramente el apóstol: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero». Pero la mayor prueba de su amor nunca se habría dado si Adán no hubiera caído.
5. Y así como nuestra fe, tanto en Dios Padre como en el Hijo, recibe de este gran suceso un aumento indecible, si no su existencia misma, y lo mismo nuestro amor, tanto al Padre como al Hijo, así lo recibe también el amor a nuestro prójimo, nuestra benevolencia hacia todo el género humano, que no puede sino crecer en la misma proporción que nuestra fe y nuestro amor a Dios. Porque ¿quién no percibe la fuerza de aquella inferencia que saca el amoroso apóstol: «Amados, si Dios así nos ha amado, debemos también nosotros amarnos unos a otros»? Si Dios nos amó ASÍ —observad que el peso del argumento recae precisamente en este punto—: nos amó ASÍ, hasta entregar a su único Hijo a morir de una muerte maldita por nuestra salvación. Amados, ¿qué amor es este con que Dios nos ha amado, hasta dar a su único Hijo, igual al Padre en gloria, coeterno en majestad? ¿Qué amor es este con que el unigénito Hijo de Dios nos ha amado, hasta vaciarse a sí mismo, en cuanto era posible, de su eterna Deidad; hasta despojarse de aquella gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuese; hasta tomar forma de siervo, hallándose en la condición de hombre; y luego, humillándose aún más, «siendo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz»! Si Dios nos amó ASÍ, ¡cuánto debemos amarnos unos a otros! Pero este motivo de amor fraternal habría faltado por completo si Adán no hubiera caído. Por consiguiente, no habríamos podido entonces amarnos unos a otros en un grado tan alto como podemos ahora. Ni habría podido haber aquella altura y profundidad en el mandamiento de nuestro bendito Señor: «Como yo os he amado, así amaos los unos a los otros».
6. Tales ganancias podemos obtener de la caída de Adán, en lo que toca tanto al amor de Dios como al de nuestro prójimo. Pero hay otro gran punto que, aunque poco advertido, merece nuestra más honda consideración. Por aquel solo acto de nuestro primer padre, no solo «el pecado entró en el mundo», sino también el dolor, y en ello se mostró no solo la justicia, sino la indecible bondad de Dios. ¡Porque cuánto bien saca él continuamente de este mal! ¡Cuánta santidad y felicidad saca del dolor!
7. ¡Cuán innumerables son los beneficios que Dios comunica a los hijos de los hombres por el cauce de los sufrimientos!, de modo que bien pudo decirse: «Lo que en el lenguaje de los hombres se llama aflicciones, en el lenguaje de Dios se llama bendiciones». En verdad, si no hubiera habido sufrimiento en el mundo, una parte considerable de la religión, sí, y en algunos aspectos la parte más excelente, no habría podido tener lugar en él, puesto que su existencia misma depende de nuestro sufrir; de modo que, si no hubiera habido dolor, ella no habría podido existir. Sobre este fundamento, nuestro sufrimiento, es evidente que se edifican todas nuestras gracias pasivas; sí, la más noble de todas las gracias cristianas: el amor que todo lo soporta. Aquí está el fundamento de la resignación a Dios, que nos capacita para decir de corazón en toda hora de prueba: «Es el Señor; haga lo que bien le pareciere»; «¿Recibiremos el bien de la mano del Señor, y el mal no lo recibiremos?». ¡Y qué glorioso espectáculo es este! ¿No obligó aun a un pagano a exclamar: Ecce spectaculum Deo dignum!, «¡He aquí un espectáculo digno de Dios!»: un hombre bueno que lucha con la adversidad y se sobrepone a ella? Aquí está el fundamento de la confianza en Dios, tanto respecto de lo que sentimos como respecto de lo que habríamos de temer, si no fuera porque nuestra alma reposa serenamente en él. ¿Qué lugar podría haber para la confianza en Dios si no existiera el dolor ni el peligro? ¿Quién no podría decir entonces: «La copa que mi Padre me ha dado, ¿no la he de beber?». Es por los sufrimientos como nuestra fe es probada y, por tanto, hecha más aceptable a Dios. Es en el día de la angustia cuando tenemos ocasión de decir: «Aunque él me matare, en él confiaré». Y esto es muy agradable a Dios: que lo reconozcamos frente al peligro, desafiando la tristeza, la enfermedad, el dolor o la muerte.
8. Además: si no hubiera habido en el mundo mal natural ni mal moral, ¿qué habría sido de la paciencia, la mansedumbre, la benignidad, la longanimidad? Es manifiesto que no habrían podido existir, ya que todas ellas tienen el mal por objeto. Si, pues, el mal nunca hubiera entrado en el mundo, tampoco ellas habrían podido tener lugar en él. Porque ¿quién habría podido devolver bien por mal, si no hubiera habido en el universo quien hiciera el mal? ¿Cómo habría sido posible, en tal supuesto, «vencer con el bien el mal»? ¿Diréis: «Pero todas estas gracias podrían haber sido infundidas divinamente en el corazón de los hombres»? Sin duda podrían; pero, si lo hubieran sido, no habría habido uso ni ejercicio para ellas. Mientras que, en el presente estado de cosas, nunca nos faltará por mucho tiempo ocasión de ejercitarlas; y cuanto más se ejercitan, más se fortalecen y aumentan todas nuestras gracias. Y en la misma proporción en que aumentan nuestra resignación, nuestra confianza en Dios, nuestra paciencia y fortaleza, nuestra mansedumbre, benignidad y longanimidad, junto con nuestra fe y nuestro amor a Dios y al hombre, ha de aumentar nuestra felicidad, aun en el mundo presente.
9. Y aún más: así como el permitir Dios la caída de Adán dio a toda su posteridad mil oportunidades de sufrir, y con ello de ejercitar todas aquellas gracias pasivas que aumentan tanto su santidad como su felicidad, así también les da oportunidades de hacer el bien en innumerables casos; de ejercitarse en diversas buenas obras que de otro modo no habrían podido existir. ¡Y qué esfuerzos de benevolencia, de compasión, de misericordia semejante a la de Dios, habrían quedado entonces enteramente impedidos! ¿Quién habría podido entonces decir al Amante de los hombres:
¿Muéstrese tu mente en toda mi vida,
mientras, oyendo el clamor del desdichado,
el gemido de la viuda o del huérfano,
en alas de la misericordia vuelo presto
a socorrer al pobre y al necesitado,
a darles mi ser, mi todo?
Es justa la observación de un hombre benévolo:
Todos los goces del mundo son menores
que aquel único gozo de hacer el bien.
Ciertamente, en «guardar este mandamiento», si no en otro, «hay grande galardón». «Entre tanto que tenemos tiempo, hagamos bien a todos»: bien de toda clase y en todo grado. En consecuencia, cuanto más bien hagamos (siendo iguales las demás circunstancias), más felices seremos. Cuanto más partamos nuestro pan con el hambriento y cubramos de vestidos al desnudo; cuanto más socorramos al forastero y visitemos a los enfermos o a los presos; cuantos más oficios de bondad hagamos a los que gimen bajo los diversos males de la vida humana, tanto más consuelo recibiremos aun en el mundo presente, tanto mayor será la recompensa que tendremos en nuestro propio seno.
10. Para resumir lo dicho bajo este punto: puesto que cuanto más santos seamos en la tierra, más felices hemos de ser (ya que hay una conexión inseparable entre la santidad y la felicidad); puesto que cuanto más bien hacemos a otros, más recompensa presente redunda en nuestro propio seno; así como nuestros sufrimientos por Dios nos llevan a alegrarnos en él «con gozo inefable y glorificado»; por tanto, la caída de Adán —primero, al darnos oportunidad de ser mucho más santos; segundo, al darnos ocasiones de hacer innumerables buenas obras que de otro modo no habrían podido hacerse; y, tercero, al poner en nuestro poder el sufrir por Dios, por lo cual «el Espíritu de gloria y de Dios reposa sobre nosotros»— puede ser de tal ventaja para los hijos de los hombres, aun en la vida presente, que no la comprenderán del todo hasta que alcancen la vida eterna.
11. Será entonces cuando se nos capacitará para comprender plenamente, no solo las ventajas que en el tiempo presente redundan a los hijos de los hombres por la caída de su primer padre, sino las ventajas infinitamente mayores que pueden cosechar de ella en la eternidad. Para formarnos alguna idea de esto, podemos recordar la observación del apóstol: así como «una estrella es diferente de otra en gloria, así también es la resurrección de los muertos». Las estrellas más gloriosas serán sin duda las de aquellos que sean más santos, que lleven más de aquella imagen de Dios en que fueron creados; los siguientes en gloria serán los que hayan abundado más en buenas obras; y después de ellos, los que más hayan sufrido conforme a la voluntad de Dios. ¡Pero qué ventajas, en cada uno de estos aspectos, recibirán en el cielo los hijos de Dios por haber permitido Dios la introducción del dolor en la tierra como consecuencia del pecado! Con ocasión de ello alcanzaron muchas disposiciones santas que de otro modo no habrían podido existir: la resignación a Dios; la confianza en él en tiempos de angustia y de peligro; la paciencia, la mansedumbre, la benignidad, la longanimidad y todo el séquito de las virtudes pasivas; y a causa de esta santidad superior gozarán entonces de una felicidad superior. Además: cada uno, entonces, «recibirá su recompensa conforme a su labor»; cada individuo será «recompensado conforme a su obra». Pero la caída dio origen a innumerables buenas obras que de otro modo nunca habrían existido, como el ministrar a las necesidades de los santos, sí, el socorrer a los afligidos de toda clase; y con ello se añadirán innumerables estrellas a su corona eterna. Y aún más: habrá en el cielo una abundante recompensa por sufrir la voluntad de Dios, así como por hacerla: «Estas leves aflicciones, que no duran sino un momento, obran para nosotros un sobremanera alto y eterno peso de gloria». Por tanto, aquel suceso que ocasionó la entrada del sufrimiento en el mundo ha ocasionado con ello a todos los hijos de Dios un aumento de gloria por toda la eternidad. Porque, aunque los sufrimientos mismos tendrán fin; aunque
el dolor de la vida habrá pasado entonces,
la angustia y el afán que turba;
allí la pena que suspira no llorará más,
y el pecado jamás entrará allí; —
con todo, los gozos que ellos ocasionaron nunca tendrán fin, sino que fluirán a la diestra de Dios para siempre.
12. Hay todavía otra ventaja que cosechamos de la caída de Adán, y que no es indigna de nuestra atención. Si en Adán no hubieran muerto todos, estando en los lomos de su primer padre, cada descendiente de Adán, cada hijo de hombre, habría tenido que responder personalmente por sí mismo ante Dios. Parece ser consecuencia necesaria de esto que, si hubiera caído una sola vez, si hubiera violado una sola vez cualquier mandamiento de Dios, no habría habido posibilidad de que se levantara de nuevo; no habría habido ayuda, sino que habría tenido que perecer sin remedio. Porque aquel pacto no sabía mostrar misericordia: la palabra era: «El alma que pecare, esa morirá». Ahora bien, ¿quién no preferiría estar en la situación en que ahora está, bajo un pacto de misericordia? ¿Quién desearía arriesgar toda una eternidad a una sola carta? ¿No es infinitamente más deseable estar en un estado en el que, aunque rodeados de flaquezas, no corremos un riesgo tan desesperado, sino que, si caemos, podemos levantarnos de nuevo?, ¿un estado en el que podemos decir:
¡Mi transgresión ha crecido hasta el cielo;
mas muy por encima de los cielos,
perdonado en Cristo abundantemente,
veo alzarse tus misericordias!
13. ¡En Cristo! Permitidme rogar una vez más a toda persona seria que fije aquí su atención. Todo lo que se ha dicho, todo lo que puede decirse, sobre estos temas se concentra en este punto: la caída de Adán produjo la muerte de Cristo. ¡Oíd, cielos, y escucha tú, tierra! Sí,
concuerden la tierra y el cielo,
únanse los ángeles y los hombres
para celebrar conmigo
al Salvador del género humano;
para adorar al Cordero que todo lo expía
y bendecir el son del nombre de Jesús!
Si Dios hubiera impedido la caída del hombre, «el Verbo» nunca habría sido «hecho carne»; ni habríamos nosotros «visto su gloria, gloria como del unigénito del Padre». Nunca se habrían manifestado aquellos misterios «en los cuales» aun «los ángeles desean mirar». Me parece que esta consideración absorbe todas las demás, y nunca debería apartarse de nuestros pensamientos. Si «por un hombre no hubiera venido el juicio sobre todos los hombres para condenación», ni los ángeles ni los hombres habrían podido conocer jamás «las inescrutables riquezas de Cristo».
14. Ved, pues, en conjunto, cuán poca razón tenemos para quejarnos de la caída de nuestro primer padre, puesto que de ella podemos derivar tan indecibles ventajas, tanto en el tiempo como en la eternidad. Ved cuán escaso pretexto hay para poner en duda la misericordia de Dios por permitir que aquel suceso tuviera lugar, puesto que en él la misericordia, en grados infinitos, se gloría sobre el juicio. ¿Dónde está, pues, el hombre que presuma culpar a Dios por no haber impedido el pecado de Adán? ¿No deberíamos más bien bendecirle desde lo profundo del corazón por haber trazado en él el gran plan de la redención del hombre, y abierto camino para aquella gloriosa manifestación de su sabiduría, santidad, justicia y misericordia? Si, en verdad, Dios hubiera decretado, antes de la fundación del mundo, que millones de hombres habitasen en llamas eternas porque Adán pecó cientos o miles de años antes de que ellos existieran, no sé quién podría darle gracias por esto, a no ser el diablo y sus ángeles; puesto que, en tal supuesto, todos aquellos millones de espíritus desdichados serían precipitados en el infierno por el pecado de Adán, sin ninguna ventaja posible de ello. Pero, bendito sea Dios, no es este el caso. Tal decreto nunca existió. Al contrario, todo nacido de mujer puede ser un ganador indecible por ello, y nadie fue ni puede ser perdedor sino por su propia elección.
15. Vemos aquí una respuesta completa a aquella explicación plausible del origen del mal, publicada hace algunos años y tenida por incontestable: que «resultó necesariamente de la naturaleza de la materia, que Dios no podía alterar». ¡Muy amable es este orador de lengua melosa al presentar una excusa en favor de Dios! Pero en realidad no hay ocasión para ello: Dios ha respondido por sí mismo. Hizo al hombre a su propia imagen: un espíritu dotado de entendimiento y de libertad. El hombre, abusando de esa libertad, produjo el mal; trajo el pecado y el dolor al mundo. Esto lo permitió Dios para una más plena manifestación de su sabiduría, justicia y misericordia, otorgando a todos los que quisieran recibirla una felicidad infinitamente mayor de la que posiblemente habrían podido alcanzar si Adán no hubiera caído.
16. «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!». Aunque mil particularidades «de sus juicios y de sus caminos son inescrutables» para nosotros, y escapan a nuestra búsqueda, podemos, sin embargo, discernir el plan general que recorre el tiempo hasta la eternidad. «Según el consejo de su propia voluntad», el plan que había trazado antes de la fundación del mundo, creó al padre de todo el género humano a su propia imagen; y permitió que todos los hombres fuesen hechos pecadores por la desobediencia de aquel solo hombre, para que, por la obediencia de uno, todos los que reciben el don gratuito sean infinitamente más santos y más felices por toda la eternidad.
Capítulo 60 completado
El amor de Dios al hombre caído