Capítulo 5 · 34 min de lectura · 44 min de escucha
El cristianismo bíblico
Sermón 4
El cristianismo bíblico 1111[Este sermón se publicó originalmente en un folleto aparte, acompañado de la siguiente advertencia «al lector», a la que iba añadida la firma del autor: «No era mi propósito, cuando lo escribí, imprimir jamás la última parte del sermón que sigue; pero los relatos falsos y difamatorios que de él se han publicado, casi en todos los rincones de la nación, me obligan a publicarlo entero, tal como fue predicado, para que los hombres razonables juzguen por sí mismos.— N. del E.] 1212Predicado en St. Mary’s, Oxford, ante la Universidad, el 24 de agosto de 1744.
«Cualquiera que oyere el sonido de la trompeta, y no se apercibiere, y viniendo la espada lo tomare, su sangre será sobre su cabeza».
Ezequiel 33:4.
«Y todos fueron llenos del Espíritu Santo».
Hechos 4:31.
1. La misma expresión aparece en el capítulo segundo, donde leemos: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos» (los apóstoles, con las mujeres, y la madre de Jesús, y sus hermanos) «unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba. Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo»; uno de cuyos efectos inmediatos fue que «comenzaron a hablar en otras lenguas»; de tal manera que tanto los partos, medos y elamitas como los demás extranjeros que, «hecho este estruendo, se juntaron, les oían hablar, cada uno en su propia lengua, las maravillas de Dios» (Hechos 2:1–6).
2. En este capítulo leemos que, cuando los apóstoles y los hermanos habían estado orando y alabando a Dios, «el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo». No que hallemos aquí manifestación visible alguna como la que hubo en el caso anterior; ni se nos dice que los dones extraordinarios del Espíritu Santo fueran dados entonces a todos ellos, ni a ninguno; tales como los dones «de sanidades, de hacer» otros «milagros, de profecía, de discernimiento de espíritus, de diversos géneros de lenguas, y de interpretación de lenguas (1 Corintios 12:9, 10).
3. Si estos dones del Espíritu Santo estaban destinados a permanecer en la iglesia a lo largo de todas las edades, y si serán o no restaurados al acercarse más «la restauración de todas las cosas», son cuestiones que no es necesario decidir. Pero sí es necesario observar esto: que, aun en la infancia de la iglesia, Dios los repartió con mano escasa. ¿Eran todos, aun entonces, profetas? ¿Eran todos hacedores de milagros? ¿Tenían todos dones de sanidad? ¿Hablaban todos en lenguas? No, de ninguna manera. Quizá ni uno entre mil. Probablemente nadie sino los maestros de la iglesia, y solo algunos de ellos (1 Corintios 12:28–30). Fue, pues, para un propósito más excelente que este para lo que «todos fueron llenos del Espíritu Santo».
4. Fue para darles (lo que nadie puede negar que es esencial a todos los cristianos en todas las edades) el sentir que hubo en Cristo, aquellos santos frutos del Espíritu que, quien no los tiene, no es de él; para llenarlos de «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad» (Gálatas 5:22–24); para dotarlos de fe (quizá podría traducirse fidelidad), de mansedumbre y de templanza; para capacitarlos para crucificar la carne con sus afectos y concupiscencias, sus pasiones y deseos; y, como consecuencia de aquel cambio interior, para cumplir toda justicia exterior; para «andar como Cristo anduvo», en «la obra de fe, en la paciencia de la esperanza, el trabajo de amor» (1 Tesalonicenses 1:3).
5. Sin ocuparnos, pues, en indagaciones curiosas e innecesarias acerca de aquellos dones extraordinarios del Espíritu, miremos más de cerca estos sus frutos ordinarios, que tenemos la seguridad de que permanecerán a lo largo de todas las edades; —aquella gran obra de Dios entre los hijos de los hombres que solemos expresar con una sola palabra, «cristianismo»; no en cuanto implica un conjunto de opiniones, un sistema de doctrinas, sino en cuanto se refiere al corazón y a la vida de los hombres. Y será útil considerar este cristianismo bajo tres aspectos distintos:
I. Como comenzando a existir en los individuos:
II. Como extendiéndose de unos a otros:
III. Como cubriendo la tierra.
Me propongo cerrar estas consideraciones con una aplicación sencilla y práctica.
I. 1. Y, primero, consideremos el cristianismo en su origen, como comenzando a existir en los individuos.
Supongamos, pues, que uno de los que oyeron al apóstol Pedro predicar el arrepentimiento y la remisión de los pecados fue compungido de corazón, fue convencido de pecado, se arrepintió, y luego creyó en Jesús. Por esta fe, que es operación de Dios, y que era la sustancia misma, o subsistencia, de las cosas que se esperan (Hebreos 11:1, ), la evidencia demostrativa de las cosas invisibles, recibió al instante el Espíritu de adopción, por el cual clamaba ahora: «Abba, Padre» (Romanos 8:15). Ahora, por primera vez, podía llamar a Jesús Señor, por el Espíritu Santo (1 Corintios 12:3), dando el Espíritu mismo testimonio a su espíritu de que era hijo de Dios (Romanos 8:16). Ahora podía decir con verdad: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).
2. Esta era, pues, la esencia misma de su fe: un divino elegchos (evidencia o convicción) del amor de Dios Padre, por medio del Hijo de su amor, hacia él, un pecador, ahora aceptado en el Amado. Y, justificado por la fe, tenía paz con Dios (Romanos 5:1); sí, la paz de Dios gobernando en su corazón; una paz que, sobrepasando todo entendimiento (panta noun, toda concepción meramente racional), guardaba su corazón y su mente de toda duda y temor, por el conocimiento de aquel en quien había creído. No podía, por tanto, «tener temor de malas noticias»; porque su «corazón estaba firme, confiado en el Señor». No temía lo que el hombre pudiera hacerle, sabiendo que aun los cabellos de su cabeza estaban todos contados. No temía a todas las potestades de las tinieblas, a las que Dios quebrantaba cada día bajo sus pies. Menos que nada temía morir; antes bien, deseaba «partir y estar con Cristo» (Filipenses 1:23); el cual, «por medio de la muerte, había destruido al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo, y librado a los que por el temor de la muerte estaban por toda la vida», hasta entonces, «sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:15).
3. Su alma, por tanto, engrandecía al Señor, y su espíritu se regocijaba en Dios su Salvador. «Se alegraba con gozo inefable» en aquel que lo había reconciliado con Dios, el Padre; «en quien tenía redención por su sangre, el perdón de los pecados». Se regocijaba en aquel testimonio del Espíritu de Dios a su espíritu, de que era hijo de Dios; y más abundantemente, «en la esperanza de la gloria de Dios»; en la esperanza de la gloriosa imagen de Dios y de la plena renovación de su alma en justicia y verdadera santidad, y en la esperanza de aquella corona de gloria, aquella «herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible».
4. «El amor de Dios estaba también derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le había sido dado» (Romanos 5:5). «Por cuanto era hijo, Dios había enviado a su corazón el Espíritu de su Hijo, el cual clamaba: ¡Abba, Padre!» (Gálatas 4:6). Y aquel amor filial a Dios se acrecentaba continuamente por el testimonio que tenía en sí mismo (1 Juan 5:10) del amor perdonador de Dios hacia él; «mirando cuál amor era el que el Padre le había dado, para que fuese llamado hijo de Dios» (1 Juan 3:1). De modo que Dios era el deseo de sus ojos y el gozo de su corazón; su porción en el tiempo y en la eternidad.
5. El que así amaba a Dios no podía menos que amar también a su hermano; y «no de palabra solamente, sino de obra y en verdad». «Si Dios», decía, «así nos ha amado, debemos también nosotros amarnos unos a otros» (1 Juan 4:11); sí, a toda alma humana, pues «las misericordias de Dios son sobre todas sus obras» (Salmos 145:9). Conforme a esto, el afecto de este amante de Dios abarcaba a todo el género humano por amor de él; sin exceptuar a aquellos a quienes nunca había visto en la carne, o de quienes no sabía nada más sino que eran «linaje de Dios», por cuyas almas su Hijo había muerto; sin exceptuar a los «malos» e «ingratos», y menos que a nadie a sus enemigos, a los que le aborrecían, o le perseguían, o le ultrajaban por causa de su Maestro. Estos tenían un lugar particular tanto en su corazón como en sus oraciones. Los amaba «como también Cristo nos amó».
6. Y «el amor no se envanece» (1 Corintios 13:4). Abate hasta el polvo a toda alma en que mora. En consecuencia, él era humilde de corazón, pequeño, bajo y vil a sus propios ojos. No buscaba ni recibía la alabanza de los hombres, sino la que viene solo de Dios. Era manso y sufrido, amable para con todos, y fácil de persuadir. La fidelidad y la verdad nunca le desampararon: estaban «atadas a su cuello, y escritas en la tabla de su corazón». Por el mismo espíritu era capacitado para ser templado en todo, acallando su alma como un niño destetado. Estaba «crucificado al mundo, y el mundo crucificado a él»; por encima de «la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida». Por el mismo amor todopoderoso era guardado tanto de la pasión como de la soberbia; de la lujuria y de la vanidad; de la ambición y de la codicia; y de toda disposición que no estuviera en Cristo.
7. Es fácil creer que quien tenía este amor en su corazón no haría mal a su prójimo. Le era imposible, a sabiendas y de propósito, hacer daño a hombre alguno. Estaba lejísimos de la crueldad y del agravio, de toda acción injusta o desconsiderada. Con el mismo cuidado «ponía guarda a su boca, y guardaba la puerta de sus labios», no fuera que ofendiera con la lengua, ya contra la justicia, ya contra la misericordia o la verdad. Desechaba toda mentira, falsedad y fraude; ni se hallaba engaño en su boca. No hablaba mal de nadie; ni salió jamás de sus labios una palabra desconsiderada.
8. Y como sentía profundamente la verdad de aquella palabra: «Sin mí nada podéis hacer», y, por consiguiente, la necesidad que tenía de ser regado por Dios a cada momento, perseveraba cada día en todas las ordenanzas de Dios, los cauces establecidos de su gracia para con el hombre: «en la doctrina de los apóstoles», o enseñanza, recibiendo aquel alimento del alma con toda prontitud de corazón; en «el partimiento del pan», que hallaba ser la comunión del cuerpo de Cristo; y «en las oraciones» y alabanzas ofrecidas por la gran congregación. Y así crecía cada día en la gracia, aumentando en fortaleza, en el conocimiento y en el amor de Dios.
9. Pero no le bastaba simplemente abstenerse de hacer el mal. Su alma tenía sed de hacer el bien. El lenguaje de su corazón era continuamente: «“Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro”. Mi Señor anduvo haciendo bienes; ¿y no he de seguir yo sus pisadas?». Así que, según tenía oportunidad, si no podía hacer un bien de clase más elevada, daba de comer al hambriento, vestía al desnudo, ayudaba al huérfano o al extranjero, visitaba y asistía a los que estaban enfermos o en la cárcel. Daba todos sus bienes para dar de comer a los pobres. Se gozaba en trabajar o en padecer por ellos; y en cualquier cosa en que pudiera aprovechar a otro, allí especialmente se gozaba en «negarse a sí mismo». No tenía nada por demasiado precioso para desprenderse de ello por ellos, recordando bien la palabra de su Señor: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mateo 25:40).
10. Tal era el cristianismo en su origen. Tal era un cristiano en los días antiguos. Tal era cada uno de aquellos que, al oír las amenazas de los principales sacerdotes y de los ancianos, «alzaron unánimes la voz a Dios, y todos fueron llenos del Espíritu Santo. Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma»: ¡así los constreñía el amor de aquel en quien habían creído a amarse unos a otros! «Y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común»: ¡tan plenamente estaban crucificados al mundo, y el mundo crucificado a ellos! «Y perseveraban unánimes en la doctrina de los apóstoles» y en el partimiento del pan, y en las oraciones» (Hechos 2:42). «Y gran gracia era sobre todos ellos; que ningún necesitado había entre ellos; porque todos los que poseían heredades o casas, vendiéndolas, traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad». (Hechos 4:31–35.)
II. 1. Consideremos, en segundo lugar, este cristianismo en cuanto se extiende de unos a otros, y así va abriéndose paso poco a poco en el mundo: porque tal era la voluntad de Dios acerca de él, el cual no «enciende una lámpara para ponerla debajo de un almud, sino para que alumbre a todos los que están en casa». Y esto lo había declarado nuestro Señor a sus primeros discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra», «la luz del mundo»; al mismo tiempo que les daba aquel mandamiento general: «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 5:13–16).
2. Y, en verdad, suponiendo que unos pocos de estos amantes del género humano vieran «todo el mundo puesto en maldad», ¿podemos creer que permanecerían indiferentes ante tal espectáculo, ante la miseria de aquellos por quienes su Señor murió? ¿No se conmoverían por ellos sus entrañas, y no se derretirían sus corazones de pura angustia? ¿Podrían entonces estar ociosos todo el día, aun cuando no hubiera mandamiento alguno de aquel a quien amaban? Antes bien, ¿no trabajarían por todos los medios posibles para arrebatar del fuego algunos de estos tizones? Sin duda que sí: no escatimarían esfuerzo alguno para traer de vuelta a cuantos pudieran de aquellas pobres «ovejas descarriadas, al gran Pastor y Obispo de sus almas» (1 Pedro 2:25).
3. Así lo hacían los cristianos de antaño. Trabajaban, según tenían oportunidad, por «hacer bien a todos» (Gálatas 6:10), advirtiéndoles que huyeran de la ira que vendrá; que ahora, ahora mismo, escaparan de la condenación del infierno. Declaraban: «Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan». (Hechos 17:30) Clamaban a gran voz: Volveos, volveos de vuestros malos caminos; «y no os será la iniquidad causa de ruina» (Ezequiel 18:30). «Disertaban» con ellos «de la templanza, y de la justicia», o equidad —de las virtudes opuestas a sus pecados dominantes—; «y del juicio venidero» —de la ira de Dios que ciertamente se ejecutaría sobre los malhechores en aquel día en que él juzgaría al mundo (Hechos 24:25).
4. Se esforzaban en esto por hablar a cada hombre en particular según su necesidad. A los descuidados, a los que yacían indiferentes en tinieblas y en sombra de muerte, les decían como con trueno: «Despiértate, tú que duermes; levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo». Pero a los que ya habían despertado del sueño y gemían bajo el sentimiento de la ira de Dios, su lenguaje era: «Abogado tenemos para con el Padre; él es la propiciación por nuestros pecados». Entretanto, a los que habían creído los estimulaban al amor y a las buenas obras; a la perseverancia paciente en hacer el bien; y a abundar más y más en aquella santidad sin la cual nadie verá al Señor. (Hebreos 12:14)
5. Y su trabajo no fue en vano en el Señor. Su palabra corría y era glorificada. Crecía poderosamente y prevalecía. Pero tanto más prevalecían también los escándalos. El mundo en general se escandalizaba, «porque daban testimonio de él, que sus obras eran malas» (Juan 7:7). Los hombres de placer se escandalizaban, no solo porque estos hombres habían sido hechos, por así decir, para reprender sus pensamientos («Se jacta», decían, «de tener el conocimiento de Dios; se llama a sí mismo hijo del Señor; su vida no es como la de los otros hombres; sus caminos son de otra manera; se aparta de nuestros caminos como de inmundicias; se gloría de que Dios es su Padre» Sabiduría 2:13–16; ) sino mucho más, porque tantos de sus compañeros les eran quitados, y ya no corrían con ellos «en el mismo desenfreno de disolución». (1 Pedro 4:4.) Los hombres de reputación se escandalizaban, porque, a medida que el evangelio se extendía, decaían en la estima del pueblo; y porque muchos ya no se atrevían a darles títulos lisonjeros, ni a rendir al hombre el homenaje debido solo a Dios. Los hombres del comercio se convocaron unos a otros, y dijeron: «Varones, sabéis que de este oficio obtenemos nuestra riqueza; pero veis y oís que estos hombres han apartado con persuasión a mucha gente; de modo que este nuestro oficio corre peligro de ser tenido en nada» (Hechos 19:25ss.). Sobre todo, los hombres de religión, así llamados, los hombres de la religión exterior, «los santos del mundo», se escandalizaban, y estaban prontos en toda ocasión a gritar: «¡Varones israelitas, ayudad! Hemos hallado que estos hombres son pestilenciales, levantadores de sediciones por todo el mundo» (Hechos 24:5). «Estos son los hombres que por todas partes enseñan a todos contra el pueblo, y contra este lugar» (Hechos 21:28).
6. Así fue como los cielos se ennegrecieron de nubes, y la tormenta se fue formando con fuerza. Porque cuanto más se extendía el cristianismo, tanto mayor era el daño, a juicio de los que no lo recibían; y crecía el número de los que se enfurecían más y más contra estos «hombres que así trastornaban el mundo»; (Hechos 17:6; ) de tal manera que más y más clamaban: «Quita de la tierra a tales hombres, porque no conviene que vivan»; sí, y creían sinceramente que cualquiera que los matase haría servicio a Dios.
7. Entretanto, no dejaron de desechar su nombre como malo; (Lucas 6:22; ) de modo que esta «secta en todas partes era contradicha». (Hechos 28:22.) Los hombres decían toda clase de mal de ellos, como se había hecho con los profetas que fueron antes de ellos (Mateo 5:12). Y cualquier cosa que alguno afirmara, otros la creían; de modo que los escándalos crecieron como las estrellas del cielo en multitud. Y de ahí surgió, en el tiempo preordenado por el Padre, la persecución en todas sus formas. Algunos, por un tiempo, sufrieron solo vergüenza y oprobio; otros, «el despojo de sus bienes»; «otros experimentaron vituperios y azotes; otros, prisiones y cárceles»; y otros «resistieron hasta la sangre» (Hebreos 10:34; 11:36ss.)
8. Ahora fue cuando las columnas del infierno fueron sacudidas, y el reino de Dios se extendió más y más. Los pecadores se convertían por todas partes «de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios». Él daba a sus hijos «tal boca y tal sabiduría, que todos sus adversarios no podían resistir»; y sus vidas tenían igual fuerza que sus palabras. Pero, sobre todo, sus padecimientos hablaban al mundo entero. Ellos «se mostraban siervos de Dios, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos; en peligros en la mar, en peligros en el desierto, en trabajo y fatiga, en hambre y sed, en frío y en desnudez» (2 Corintios 6:4ss.). Y cuando, habiendo peleado la buena batalla, eran llevados como ovejas al matadero, y ofrecidos sobre el sacrificio y servicio de su fe, entonces la sangre de cada uno hallaba voz, y los paganos reconocían: «Muerto, aún habla».
9. Así se extendió el cristianismo en la tierra. Pero ¡cuán pronto apareció la cizaña con el trigo, y obró el misterio de iniquidad, así como el misterio de la piedad! ¡Cuán pronto halló Satanás asiento, aun en el templo de Dios, «hasta que la mujer huyó al desierto», y «se acabaron otra vez los fieles de entre los hijos de los hombres»! Aquí pisamos un camino trillado: las corrupciones, todavía incesantes, de las generaciones siguientes han sido ampliamente descritas, de tiempo en tiempo, por aquellos testigos que Dios levantó para mostrar que él había «edificado su iglesia sobre una roca, y las puertas del infierno no» llegarían del todo a «prevalecer contra ella». (Mateo 16:18.)
III. 1. Pero ¿no veremos cosas mayores que estas? Sí, mayores que las que se han visto desde el principio del mundo. ¿Puede Satanás hacer que falle la verdad de Dios, o que sus promesas queden sin efecto? Si no puede, vendrá el tiempo en que el cristianismo prevalecerá sobre todo y cubrirá la tierra. Detengámonos un poco y contemplemos (lo tercero que nos propusimos) este extraño espectáculo: un mundo cristiano. Acerca de esto inquirieron y buscaron diligentemente los profetas de la antigüedad (1 Pedro 1:10, 11ss.); de esto dio testimonio el Espíritu que estaba en ellos: «Acontecerá en lo postrero de los tiempos, que el monte de la casa del Señor será confirmado como cabeza de los montes, y será ensalzado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra» (Isaías 2:1–4.) «En aquel día estará la raíz de Isaí, la cual estará puesta por pendón a los pueblos; será buscada por las gentes, y su reposo será glorioso. Asimismo acontecerá en aquel día, que el Señor alzará otra vez su mano para recobrar el remanente de su pueblo; y levantará pendón a las naciones, y juntará los desterrados de Israel, y reunirá los esparcidos de Judá de los cuatro confines de la tierra» (Isaías 11:10–12.) «Morará entonces el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. No harán mal ni dañarán, dice el Señor, en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar» (Isaías 11:6–9).
2. En el mismo sentido van las palabras del gran apóstol, que evidentemente nunca se han cumplido todavía: «¿Ha desechado Dios a su pueblo? En ninguna manera». «Mas por la caída de ellos vino la salvación a los gentiles». «Y si el menoscabo de ellos es la riqueza de los gentiles, ¿cuánto más su plenitud?» «Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio: que el endurecimiento en parte ha acontecido a Israel, hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles; y así todo Israel será salvo» (Romanos 11:1, 11, 25, 26.)
3. Supongamos ahora que ha llegado el cumplimiento del tiempo y que las profecías se han realizado. ¡Qué panorama es este! Todo es paz, «reposo y seguridad para siempre». Allí no hay estrépito de armas, ni «estruendo» confuso, ni «vestiduras revolcadas en sangre». «Acabados son para siempre los asolamientos». Las guerras han cesado de la tierra. Tampoco quedan contiendas intestinas; no se levanta el hermano contra el hermano; no hay país ni ciudad dividida contra sí misma, que se desgarre sus propias entrañas. La discordia civil ha terminado para siempre, y no queda nadie que destruya ni dañe a su prójimo. Allí no hay opresión que «haga enloquecer» aun «al sabio»; ni extorsión que «muela las caras de los pobres»; ni robo ni agravio; ni rapiña ni injusticia; porque todos están «contentos con lo que tienen». Así «la justicia y la paz se besaron» (Salmos 85:10; ); han «echado raíces y llenado la tierra»; «la justicia brotando de la tierra», y «la paz mirando desde los cielos».
4. Y con la justicia o equidad se halla también la misericordia. La tierra ya no está llena de habitaciones de crueldad. El Señor ha destruido tanto al sanguinario como al malicioso, al envidioso y al vengativo. Aunque hubiera alguna provocación, ya no hay nadie que sepa devolver mal por mal; antes bien, no hay quien haga el mal, no hay ni siquiera uno; porque todos son sencillos como palomas. Y estando llenos de paz y gozo en el creer, y unidos en un solo cuerpo por un solo Espíritu, todos se aman como hermanos, todos son de un corazón y un alma. «Ninguno de ellos dice ser suyo algo de lo que posee». No hay entre ellos ningún necesitado, porque cada uno ama a su prójimo como a sí mismo. Y todos andan conforme a una sola regla: «Todas las cosas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos».
5. Se sigue que jamás puede oírse entre ellos una palabra desabrida, ni contienda de lenguas, ni disputa de ninguna clase, ni injuria ni maledicencia, sino que cada uno «abre su boca con sabiduría, y la ley de clemencia está en su lengua». Igualmente incapaces son del fraude o del engaño: su amor es sin fingimiento; sus palabras son siempre la justa expresión de sus pensamientos, y abren una ventana en su pecho, para que cualquiera que lo desee pueda mirar dentro de su corazón y ver que solo el amor y Dios están allí.
6. Así, cuando el Señor Todopoderoso toma para sí su gran poder y reina, «sujeta a sí todas las cosas», hace que todo corazón rebose de amor y llena toda boca de alabanza. «Bienaventurado el pueblo que tiene esto; sí, bienaventurado el pueblo cuyo Dios es el Señor» (Salmo 144:15.) «Levántate, resplandece» (dice el Señor); «que ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti». «Has conocido que yo, el Señor, soy tu Salvador y tu Redentor, el Fuerte de Jacob. Pondré paz por tus oficiales, y justicia por tus exactores. Nunca más se oirá en tu tierra violencia, destrucción ni quebrantamiento en tus términos; sino que a tus muros llamarás Salvación, y a tus puertas Alabanza». «Tu pueblo, todos ellos serán justos; para siempre heredarán la tierra; renuevos de mi plantío, obra de mis manos, para glorificarme». «El sol nunca más te servirá de luz para el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que el Señor te será por luz perpetua, y el Dios tuyo por tu gloria» (Isaías 60:1, 16–19).
IV. Habiendo considerado así brevemente el cristianismo en su comienzo, en su progreso y en cuanto cubre la tierra, solo me resta concluir el todo con una aplicación sencilla y práctica.
1. Y, en primer lugar, quisiera preguntar: ¿Dónde existe ahora este cristianismo? ¿Dónde, os ruego, viven los cristianos? ¿Cuál es el país cuyos habitantes están todos así llenos del Espíritu Santo? —¿son todos de un corazón y un alma? ¿no pueden soportar que a ninguno de ellos le falte cosa alguna, sino que continuamente reparten a cada uno según su necesidad? ¿tienen, uno y todos, el amor de Dios llenando sus corazones y constriñéndolos a amar a su prójimo como a sí mismos? ¿se han «vestido todos de entrañas de misericordia, de humildad, de benignidad, de longanimidad»? ¿no ofenden en ninguna forma, ni de palabra ni de obra, contra la justicia, la misericordia o la verdad, sino que en todo punto hacen a todos los hombres lo que quisieran que estos hiciesen con ellos? ¿Con qué propiedad podemos llamar cristiano a un país que no responde a esta descripción? Pues bien, confesemos que nunca hemos visto todavía un país cristiano sobre la tierra.
2. Os ruego, hermanos, por las misericordias de Dios, que, si me tenéis por loco o necio, aun así me soportéis como a necio. Es de todo punto necesario que alguien use de mucha franqueza en el hablar con vosotros. Y es especialmente necesario en este tiempo; porque ¿quién sabe si no será el último? ¿Quién sabe cuán pronto el justo Juez dirá: «No seré ya más rogado por este pueblo»? «Aunque Noé, Daniel y Job estuviesen en esta tierra, solamente librarían sus propias almas». ¿Y quién usará de esta franqueza, si no lo hago yo? Por tanto, yo, aun yo, hablaré. Y os conjuro por el Dios vivo que no endurezcáis vuestro pecho para no recibir una bendición de mis manos. No digáis en vuestro corazón: Non persuadebis, etiamsi persuaseris;» [Vuestras persuasiones no prevalecerán con nosotros, aunque de veras llegaran a convencernos.— N. del E.] o, en otras palabras: «Señor, no enviarás por mano del que has de enviar; ¡déjame más bien perecer en mi sangre que ser salvado por este hombre!»
3. Hermanos, «estoy persuadido de mejores cosas de vosotros, aunque hablo así». Permitidme, pues, preguntaros con tierno amor y en espíritu de mansedumbre: ¿Es esta ciudad una ciudad cristiana? ¿Se halla aquí el cristianismo, el cristianismo bíblico? ¿Estamos nosotros, considerados como una comunidad de hombres, tan «llenos del Espíritu Santo» que disfrutemos en nuestro corazón, y manifestemos en nuestra vida, los frutos genuinos de ese Espíritu? ¿Son todos los magistrados, todos los rectores y gobernadores de los colegios y residencias, con sus respectivas comunidades (por no hablar de los habitantes de la ciudad), «de un corazón «y un alma»? ¿Está «el amor de Dios derramado en nuestros corazones»? ¿Son nuestras disposiciones las mismas que había en él? ¿Y son nuestras vidas conformes a ellas? ¿Somos «santos, como aquel que nos ha llamado es santo, en toda nuestra manera de vivir»?
4. Os ruego que observéis que no se trata aquí de nociones particulares; que la cuestión planteada no se refiere a opiniones dudosas de una u otra clase, sino a las ramas indudables y fundamentales (si es que las hay) de nuestro cristianismo común. Y para decidirla apelo a vuestra propia conciencia, guiada por la Palabra de Dios. Así pues, aquel a quien su propio corazón no condena, váyase libre.
5. En el temor, pues, y en la presencia del gran Dios, ante quien vosotros y yo compareceremos en breve, os ruego a vosotros que tenéis autoridad sobre nosotros, a quienes reverencio por causa de vuestro oficio, que consideréis (y no a la manera de los que disimulan con Dios): ¿Estáis vosotros «llenos del Espíritu Santo»? ¿Sois vivos retratos de aquel a quien habéis sido puestos para representar entre los hombres? «Yo dije: Vosotros sois dioses», vosotros, magistrados y gobernantes; ¡tan estrechamente emparentados estáis por vuestro oficio con el Dios del cielo! En vuestros diversos puestos y grados debéis mostrarnos a «el Señor, nuestro Gobernador». ¿Son todos los pensamientos de vuestro corazón, todas vuestras disposiciones y deseos, dignos de vuestro alto llamamiento? ¿Son todas vuestras palabras semejantes a las que salen de la boca de Dios? ¿Hay en todas vuestras acciones dignidad y amor? —¿una grandeza que las palabras no pueden expresar, que solo puede brotar de un corazón «lleno de Dios», y que sin embargo es compatible con la condición del «hombre que es un gusano, y del hijo de hombre, que es un gusano»?
6. Vosotros, varones venerables, que estáis más especialmente llamados a formar las tiernas mentes de la juventud, a disipar de ellas las sombras de la ignorancia y del error, y a educarlas para que sean sabias para la salvación: ¿estáis vosotros «llenos del Espíritu Santo»? ¿llenos de todos aquellos «frutos del Espíritu» que vuestro importante oficio exige de manera tan indispensable? ¿Es vuestro corazón íntegro para con Dios? ¿está lleno de amor y de celo por establecer su reino en la tierra? ¿Recordáis continuamente a los que están a vuestro cuidado que el único fin racional de todos nuestros estudios es conocer, amar y servir «al solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual ha enviado»? ¿Les inculcáis día tras día que solo el amor nunca deja de ser (mientras que las lenguas cesarán, y el saber filosófico será quitado), y que sin amor toda erudición no es sino una ignorancia espléndida, una locura pomposa, aflicción de espíritu? ¿Tiende realmente todo lo que enseñáis al amor de Dios, y de toda la humanidad por amor de él? ¿Tenéis la mira puesta en este fin en todo lo que prescribís en cuanto a la clase, el modo y la medida de sus estudios, deseando y trabajando para que, dondequiera que caiga la suerte de estos jóvenes soldados de Cristo, sean otras tantas antorchas que ardan y alumbren, adornando en todo el evangelio de Cristo? Y permitidme preguntar: ¿Empleáis todas vuestras fuerzas en la vasta obra que habéis emprendido? ¿Trabajáis en ella con todo vuestro poder, ejercitando cada facultad de vuestra alma, usando cada talento que Dios os ha prestado, y eso hasta el límite de vuestras fuerzas?
7. Que no se diga que hablo aquí como si todos los que están a vuestro cuidado estuvieran destinados a ser clérigos. No es así: solo hablo como si todos estuvieran destinados a ser cristianos. Pero ¿qué ejemplo les damos nosotros, los que gozamos de la beneficencia de nuestros antepasados? —¿los fellows, los estudiantes, los becarios; y más especialmente los que tienen algún rango y eminencia? ¿Abundáis vosotros, hermanos, en los frutos del Espíritu, en humildad de ánimo, en negación de sí mismo y mortificación, en seriedad y serenidad de espíritu, en paciencia, mansedumbre, sobriedad, templanza; y en esfuerzos incansables e inquietos por hacer toda clase de bien a todos los hombres, por aliviar sus necesidades exteriores y llevar sus almas al verdadero conocimiento y amor de Dios? ¿Es este el carácter general de los fellows de los colegios? Temo que no. Antes bien, ¿no se nos ha echado en cara el orgullo y la altivez de espíritu, la impaciencia y la irritabilidad, la pereza y la indolencia, la glotonería y la sensualidad, y aun una inutilidad proverbial, tal vez no siempre por nuestros enemigos, ni del todo sin fundamento? ¡Oh, quiera Dios quitar de nosotros este oprobio, para que aun su memoria perezca para siempre!
8. Muchos de nosotros estamos más directamente consagrados a Dios, llamados a ministrar en las cosas santas. ¿Somos, pues, ejemplo para los demás «en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza» (1 Timoteo 4:12)? ¿Está escrito en nuestra frente y en nuestro corazón: «Santidad al Señor»? ¿Con qué motivos entramos en este oficio? ¿Fue de veras con la mira sencilla de «servir a Dios, confiando en que éramos movidos interiormente por el Espíritu Santo a tomar sobre nosotros este ministerio, para promover su gloria y edificar a su pueblo»? ¿Y hemos «resuelto claramente, por la gracia de Dios, entregarnos por entero a este oficio»? ¿Abandonamos y dejamos a un lado, en cuanto está de nuestra parte, todos los cuidados y estudios mundanos? ¿Nos aplicamos por entero a esta sola cosa, y encaminamos en esta dirección todos nuestros cuidados y estudios? ¿Somos aptos para enseñar? ¿Somos enseñados por Dios, para que podamos enseñar también a otros? ¿Conocemos a Dios? ¿Conocemos a Jesucristo? ¿Ha «revelado Dios a su Hijo en nosotros»? ¿Y nos ha «hecho ministros suficientes del nuevo pacto»? ¿Dónde están entonces los «sellos de nuestro apostolado»? ¿Quiénes, estando muertos en delitos y pecados, han sido vivificados por nuestra palabra? ¿Tenemos un celo ardiente por salvar almas de la muerte, de modo que por amor de ellas a menudo olvidamos aun comer nuestro pan? ¿Hablamos con claridad, «por manifestación de la verdad encomendándonos a toda conciencia humana delante de Dios» (2 Corintios 4:2)? ¿Estamos muertos al mundo y a las cosas del mundo, «haciéndonos todo nuestro tesoro en el cielo»? ¿Nos enseñoreamos de la heredad de Dios? ¿O somos los menores, los siervos de todos? Cuando llevamos el oprobio de Cristo, ¿nos pesa? ¿O nos regocijamos en él? Cuando se nos hiere en una mejilla, ¿nos resentimos? ¿Somos impacientes ante las afrentas? ¿O volvemos también la otra, no resistiendo al mal, sino venciendo el mal con el bien? ¿Tenemos un celo amargo, que nos incita a contender con aspereza y apasionamiento con los que andan extraviados? ¿O es nuestro celo la llama del amor, de modo que dirija todas nuestras palabras con dulzura, humildad y mansedumbre de sabiduría?
9. Una vez más: ¿qué diremos de la juventud de este lugar? ¿Tenéis la forma o la eficacia de la piedad cristiana? ¿Sois humildes, dóciles, dispuestos a recibir consejo; o porfiados, obstinados, impetuosos y altivos? ¿Obedecéis a vuestros superiores como a padres? ¿O despreciáis a aquellos a quienes debéis la más tierna reverencia? ¿Sois diligentes en vuestra fácil tarea, siguiendo vuestros estudios con todas vuestras fuerzas? ¿Redimís el tiempo, metiendo en cada día tanto trabajo como pueda contener? ¿O más bien no tenéis conciencia de que malgastáis un día tras otro, ya leyendo lo que no tiende en nada al cristianismo, ya en el juego, ya en—no sabéis qué? ¿Administráis mejor vuestra fortuna que vuestro tiempo? ¿Procuráis, por principio, no deber a nadie nada? ¿Os «acordáis del día del reposo para santificarlo», para dedicarlo al culto más inmediato de Dios? Cuando estáis en su casa, ¿consideráis que Dios está allí? ¿Os comportáis «como viendo al Invisible»? ¿Sabéis tener vuestro cuerpo en santificación y honor?» ¿No se hallan entre vosotros la embriaguez y la impureza? Más aún, ¿no hay entre vosotros quienes «se glorían en su vergüenza»? ¿No «toman» muchos de vosotros «el nombre de Dios en vano», quizá habitualmente, sin remordimiento ni temor? Sí, ¿no hay una multitud de vosotros que son perjuros? Temo que sea una multitud que crece rápidamente. No os sorprendáis, hermanos. Delante de Dios y de esta congregación confieso que yo mismo fui de su número, cuando juré solemnemente observar todas aquellas costumbres de las que entonces nada sabía, y aquellos estatutos que ni siquiera leí, ni entonces ni durante algunos años después. ¿Qué es el perjurio, si esto no lo es? Pero si lo es, ¡oh, qué peso de pecado, y de pecado de no común gravedad, pesa sobre nosotros! ¿Y no lo tiene en cuenta el Altísimo?
10. ¿No será una de las consecuencias de esto que tantos de vosotros seáis una generación de frívolos; frívolos con Dios, unos con otros y con vuestras propias almas? Porque ¡cuán pocos de vosotros pasan, de una semana a otra, una sola hora en oración privada! ¡Cuán pocos tienen pensamiento alguno de Dios en el tenor general de su conversación! ¿Quién de vosotros conoce en algún grado la obra de su Espíritu, su obra sobrenatural en las almas de los hombres? ¿Podéis soportar, salvo de vez en cuando en una iglesia, que se hable del Espíritu Santo? Si alguno comenzara tal conversación, ¿no daríais por sentado que era hipocresía o entusiasmo? En el nombre del Señor Dios Todopoderoso os pregunto: ¿De qué religión sois? Ni siquiera la conversación sobre el cristianismo podéis, ni queréis, soportarla. ¡Oh, hermanos míos, qué ciudad cristiana es esta! «¡Tiempo es, Señor, de que pongas tu mano!»
11. Porque, en verdad, ¿qué probabilidad, o más bien qué posibilidad hay (hablando a la manera humana) de que el cristianismo, el cristianismo bíblico, vuelva a ser la religión de este lugar? ¿de que todas las clases de hombres entre nosotros hablen y vivan como hombres «llenos del Espíritu Santo»? ¿Por quién habría de ser restaurado este cristianismo? ¿Por aquellos de vosotros que estáis en autoridad? ¿Estáis convencidos, pues, de que este es el cristianismo bíblico? ¿Deseáis que sea restaurado? ¿Y no tenéis por preciosos para vosotros vuestra fortuna, vuestra libertad, vuestra vida, con tal de ser instrumentos para restaurarlo? Pero, suponiendo que tengáis ese deseo, ¿quién tiene un poder proporcionado al efecto? Quizá algunos de vosotros habéis hecho unos pocos y débiles intentos, ¡pero con cuán escaso éxito! ¿Será, pues, restaurado el cristianismo por hombres jóvenes, desconocidos, insignificantes? No sé si vosotros mismos podríais soportarlo. ¿No clamarían algunos de vosotros: «Joven, al hacer esto nos afrentas»? Pero no hay peligro de que seáis puestos a prueba; a tal punto nos ha cubierto la iniquidad como un diluvio. ¿A quién, pues, enviará Dios? —¿el hambre, la pestilencia (los últimos mensajeros de Dios a una tierra culpable), o la espada, «los ejércitos de los» papistas «extranjeros», para reformarnos y devolvernos a nuestro primer amor? No; «caigamos más bien en tu mano, oh Señor, y no caigamos en mano de hombres». ¡Señor, sálvanos, que perecemos! ¡Sácanos del lodo, para que no nos hundamos! ¡Oh, ayúdanos contra estos enemigos!, porque vana es la ayuda del hombre. Para ti todas las cosas son posibles. Conforme a la grandeza de tu poder, preserva tú a los sentenciados a muerte; y presérvanos a nosotros de la manera que bien te parezca; ¡no como nosotros queremos, sino como tú quieres!
Capítulo 5 completado
El cristianismo bíblico