Sermones en diversas ocasiones
La aprobación de Dios a sus obras

Capítulo 57 · 18 min de lectura · 24 min de escucha

La aprobación de Dios a sus obras

Sermón 56

La aprobación de Dios a sus obras

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera».

Génesis 1:31.

1. Cuando Dios creó los cielos y la tierra, y todo lo que en ellos hay, al concluir la obra de cada día se dice: «Y vio Dios que era bueno». Todo lo que fue creado era bueno en su género: adecuado al fin para el cual había sido destinado, apto para promover el bien del conjunto y la gloria del gran Creador. Plugo a Dios pronunciar esta sentencia respecto de cada criatura en particular. Pero hay una notable variación de la expresión respecto de todas las partes del universo, tomadas en su relación unas con otras y formando un solo sistema: «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera».

2. ¡Cuán pequeña parte de esta gran obra de Dios es capaz de entender el hombre! Pero es nuestro deber contemplar lo que él ha obrado, y entender de ello cuanto podamos. Porque «el Señor misericordioso», como observa el salmista, «ha hecho de tal manera sus maravillas», tanto de la creación como de la providencia, «que deben ser tenidas en memoria» por todos los que le temen; lo cual difícilmente puede ser, a menos que se entiendan. Procuremos, pues, con la ayuda de aquel Espíritu que da al hombre entendimiento, hacer un examen general de las obras que Dios hizo en este mundo inferior, tal como eran antes de ser desordenadas y depravadas a consecuencia del pecado del hombre. Veremos entonces fácilmente que, así como cada criatura era buena en su estado primitivo, así también, cuando todas quedaron trabadas en un solo sistema general, «he aquí que eran buenas en gran manera». No recuerdo haber visto ningún intento de esta clase, a no ser en aquel poema verdaderamente excelente (al que el señor Hutchinson llamó «¡Esa farsa perversa!»), «El paraíso perdido» de Milton.

I. 1. «En el principio creó Dios la materia de los cielos y de la tierra». (Así pueden traducirse con propiedad estas palabras, como observa un gran hombre.) Creó primero los cuatro elementos de que se compuso todo el universo: tierra, agua, aire y fuego, todos mezclados en una sola masa común. Las partes más groseras de ella, la tierra y el agua, estaban del todo sin forma, hasta que Dios infundió un principio de movimiento, mandando al aire que se moviera «sobre la faz de las aguas». En segundo lugar, «dijo el Señor Dios: Sea la luz; y fue la luz». He aquí las cuatro partes constitutivas del universo, los verdaderos elementos, originales y simples. Todos eran esencialmente distintos entre sí y, sin embargo, estaban tan íntimamente mezclados en todos los cuerpos compuestos, que no podemos hallar ninguno, por diminuto que sea, que no los contenga todos.

2. «Y vio Dios que» cada uno de ellos «era bueno»; era perfecto en su género. La tierra era buena. Toda su superficie era hermosa en alto grado. Para hacerla más agradable,

vistió

la faz universal de grato verdor.

La adornó con flores de todo matiz, y con arbustos y árboles de toda especie. Y cada parte era fértil a la vez que hermosa; en nada la afeaban rocas ásperas o escarpadas; no ofendía la vista con horribles precipicios, enormes simas o lúgubres cavernas, ni con profundos pantanos intransitables o desiertos de arena estéril. Pero no tenemos autoridad alguna para decir, con algunos autores doctos e ingeniosos, que no había montañas en la tierra original, ni desigualdad alguna en su superficie. No es fácil conciliar esta hipótesis con aquellas palabras de Moisés: «Las aguas prevalecieron; y todos los montes altos que había debajo de todos los cielos fueron cubiertos. Quince codos en alto» por encima del más alto «prevalecieron las aguas; y fueron cubiertos los montes». (Génesis 7:19, 20.) No tenemos razón para creer que esas montañas fueran producidas por el diluvio mismo: no se da de ello el menor indicio; por tanto, no podemos dudar de que existían antes de él. — En verdad, servían a muchos fines excelentes, además de aumentar en gran manera la belleza de la creación con una variedad de paisajes que se habría perdido por completo si la tierra hubiera sido una sola llanura extendida. Con todo, no necesitamos suponer que sus laderas fueran abruptas o difíciles de subir. Es muy probable que se elevaran y descendieran por grados casi imperceptibles.

3. En cuanto a las partes internas de la tierra, aun hoy apenas tenemos conocimiento alguno de ellas. Muchos han supuesto que el centro del globo está rodeado de un abismo de fuego. Muchos otros han imaginado que está circundado por un abismo de agua, al cual suponían que la Escritura llama «el grande abismo» (Génesis 7:11), cuyas fuentes fueron todas rotas para dar lugar al diluvio universal. Pero, sea como fuere, estamos seguros de que todas las cosas estaban dispuestas allí con el más perfecto orden y armonía. Por eso no había agitaciones en las entrañas del globo, ni convulsiones violentas, ni sacudidas de la tierra, ni terremotos; ¡sino que todo estaba inmóvil como las columnas del cielo! No existían entonces cosas tales como erupciones de fuego; no había volcanes ni montes ardientes. Ni el Vesubio, ni el Etna, ni el Hekla, si es que existían, arrojaban entonces humo y llama, sino que estaban cubiertos de un manto verde desde la cumbre hasta el pie.

4. El elemento del agua, según es probable, estaba entonces mayormente encerrado dentro del grande abismo. En la tierra nueva (como nos informa el apóstol, Apocalipsis 21:1) no habrá «más mar»; ninguno que, como ahora, cubra la faz de la tierra y haga inhabitable para el hombre una parte tan grande de ella. De ahí que sea probable que no hubiera mar exterior en la tierra paradisíaca; ninguno, hasta que el grande abismo rompió las barreras que le habían sido señaladas originalmente. — En verdad, no había entonces la necesidad del océano para la navegación que hay ahora; porque, o bien, como supone el poeta,

Omnis tuli omnia tellus;

cada país producía cuanto se requería, ya para la necesidad, ya para la comodidad de sus habitantes; o bien el hombre, siendo entonces (como lo será otra vez en la resurrección) igual a los ángeles, podía trasladarse a su gusto a cualquier distancia; y además de esto, aquellos mensajeros de fuego estaban siempre dispuestos a servir a los herederos de la salvación. Pero, hubiera mar o no, había ríos suficientes para regar la tierra y hacerla muy fecunda. Estos servían a todos los fines de la comodidad y del deleite mediante el

líquido fluir de la corriente murmuradora;

a lo cual se añadían lluvias suaves y benignas, con nieblas y exhalaciones saludables. Pero no había lagos pútridos, ni aguas turbias o estancadas, sino solo aguas tales que

llevaban impresa

la bella imagen de la naturaleza en su plácido seno.

5. El elemento del aire era entonces siempre sereno y siempre amigo del hombre. No contenía ningún meteoro espantoso, ni vapores malsanos, ni exhalaciones venenosas. No había tempestades, sino solo brisas frescas y suaves, —

genitabilis aura Favoni,—

que abanicaban al hombre y a la bestia, y llevaban los fragantes aromas en sus alas silenciosas.

6. El sol, la fuente del fuego, de este gran mundo ojo y alma a la vez, estaba situado a la distancia más exacta de la tierra, de modo que diera una cantidad suficiente de calor (ni demasiado poco ni demasiado) a cada parte de ella. Dios aún no había

mandado a sus ángeles que ladearan

este globo oblicuo.

No había, pues, entonces país alguno que gimiera bajo

la furia de la Osa y la escarcha eterna.

No había invierno riguroso ni verano sofocante; ningún extremo, ni de calor ni de frío. Ningún suelo era abrasado por el calor del sol; ninguno era inhabitable por falta de él. ¡Así la tierra, el agua, el aire y el fuego conspiraban todos juntos al bienestar y al deleite del hombre!

7. Al mismo fin servía la grata alternancia de la luz y las tinieblas, del día y la noche. Porque, así como el cuerpo humano, aunque no estaba sujeto a la muerte ni al dolor, necesitaba sin embargo continuo sustento por medio del alimento, así también, aunque no estaba sujeto al cansancio, necesitaba continua reparación por medio del sueño. Por este se daba cuerda de tiempo en tiempo a los resortes de la máquina animal, y se la mantenía siempre apta para el grato trabajo al cual el hombre había sido destinado por su Creador. Por eso, «fue la tarde y la mañana el primer día» antes de que hubiera pecado o dolor en el mundo. El primer día natural tenía una parte oscura, como tiempo de reposo, y una parte de luz, como tiempo de trabajo. Y aun en el paraíso «Adán durmió» (Génesis 2:21) antes de pecar; el sueño, por tanto, pertenecía a la naturaleza humana inocente. Con todo, no entiendo que de ahí pueda inferirse que haya oscuridad o sueño en el cielo. Ciertamente no hay oscuridad en aquella ciudad de Dios. ¿No se dice expresamente (Apocalipsis 22:5): «Allí no habrá noche»? Es verdad que no tienen luz del sol, pero «el Señor los alumbra». ¡Así, en el cielo todo es día, como en el infierno todo es noche! En la tierra tenemos una mezcla de ambos. El día y la noche se suceden el uno al otro, hasta que la tierra se convierta en cielo. Tampoco podemos dar crédito alguno al relato que hace el antiguo poeta acerca del sueño en el cielo, aunque concede que «Júpiter, el que amontona las nubes», permanecía despierto mientras los dioses inferiores dormían. Es lástima, pues, que nuestro gran poeta copiara tan servilmente al viejo pagano, hasta decirnos:

el sueño había sellado

todos los ojos, menos los ojos insomnes de Dios mismo.

No es así: ellos «están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche», hablando a la manera de los hombres, «en su templo» (Apocalipsis 7:15); es decir, sin intervalo alguno. Así como los espíritus malvados son atormentados día y noche sin interrupción alguna de su miseria, así los espíritus santos gozan de Dios día y noche sin interrupción alguna de su felicidad.

8. El segundo día Dios rodeó el globo terráqueo con aquel noble apéndice, la atmósfera, que consiste principalmente en aire, pero que está repleta de partículas terrosas de diversas clases y de enormes volúmenes de agua, a veces invisibles, a veces visibles, sostenidos en lo alto por aquel fuego etéreo, una partícula del cual se adhiere a cada partícula de aire. Por este medio el agua se dividía en innumerables gotas que, al descender, regaban la tierra y la hacían muy fecunda, sin incomodar a ninguno de sus habitantes. Porque no había entonces impetuosas corrientes de aire, ni vientos tempestuosos, ni granizo furioso, ni torrentes de lluvia, ni truenos retumbantes, ni rayos zigzagueantes. Una primavera perenne sonreía perpetuamente sobre toda la superficie de la tierra.

9. El tercer día Dios mandó que toda clase de vegetales brotara de la tierra, y luego, para añadirles, innumerables hierbas, entremezcladas con flores de todos los matices. A estas se añadieron arbustos de toda especie, junto con árboles altos y majestuosos, ya para sombra, ya para madera, ya para fruto, en variedad sin fin. Algunos de ellos estaban adaptados a climas particulares o a exposiciones particulares, mientras que los vegetales de uso más general (como el trigo en particular) no estaban confinados a un solo país, sino que florecían casi en todo clima. Pero entre todos ellos no había malas hierbas, ni plantas inútiles, ninguna que estorbara el suelo; mucho menos las había venenosas, que tendieran a dañar a criatura alguna; sino que todo era saludable en su género, conforme al benigno designio de su gran Creador.

10. El Señor creó entonces «el sol para que dominase en el día, y la luna para que gobernase la noche». El sol era

de este gran mundo ojo y alma a la vez:—

El ojo, que hace visibles todas las cosas, que distribuye luz a cada parte del sistema y alegra así la tierra y el cielo; y el alma, el principio de toda vida, ya de los vegetales, ya de los animales. Conocemos algunos de los usos de la luna: que causa el flujo y reflujo del mar, y que influye, en mayor o menor grado, en todos los fluidos del globo terráqueo. Y puede tener otros muchos usos, desconocidos para nosotros, pero conocidos del sabio Creador. Pero es cierto que no tenía influencia dañina ni malsana alguna sobre ninguna criatura viviente. «Hizo también las estrellas»: tanto las que se mueven alrededor del sol, sean del orden primario o del secundario, como las que, hallándose a una distancia mucho mayor, nos parecen fijas en el firmamento del cielo. Si los cometas han de contarse entre las estrellas, y si fueron parte de la creación original, quizá no sea tan fácil determinarlo, al menos con certeza, pues no tenemos más que conjeturas probables acerca de su naturaleza o de su uso. No sabemos si (como han imaginado algunos hombres ingeniosos) son mundos arruinados, mundos que han sufrido una conflagración general; o si (como suponen otros, no sin probabilidad) son inmensos depósitos de fluidos, destinados a girar en ciertas épocas y a suplir la humedad de la tierra, que va siempre en disminución. Pero estamos seguros de que no producían ni presagiaban mal alguno. No sacudían (como muchos se han figurado después)

de su horrenda cabellera

la peste y la guerra.

11. Después el Señor Dios pobló la tierra de animales de toda especie. Mandó primero a las aguas que produjeran en abundancia; que produjeran criaturas que, así como habitaban un elemento más grosero, eran en general de naturaleza más torpe, dotadas de menos sentidos y de menos entendimiento que los otros animales. Los mariscos bivalvos, en particular, parecen no tener otro sentido que el del tacto, a no ser quizá un bajo grado de gusto; de modo que están apenas un grado por encima de los vegetales. Y aun el rey de las aguas (título que algunos dan a la ballena por su enorme magnitud), aunque tiene la vista añadida al gusto y al tacto, no parece tener un entendimiento proporcionado a su corpulencia. Antes bien, en esto es inferior no solo a la mayoría de las aves y de las bestias, sino aun a la generalidad de los reptiles e insectos. Sin embargo, ninguno de ellos intentaba entonces devorar a otro, ni dañarlo en modo alguno. Todos eran pacíficos y tranquilos, como lo eran los campos acuáticos por donde vagaban a su gusto.

12. Parece que las especies de insectos estaban por lo menos un grado por encima de los habitantes de las aguas. Casi todos ellos también se devoran unos a otros, y a cualquier otra criatura que puedan vencer. En verdad, tal es el estado miserablemente desordenado del mundo presente, que innumerables criaturas no pueden conservar su propia vida de otro modo que destruyendo la de otras. Pero al principio no fue así. La tierra paradisíaca proporcionaba alimento suficiente a todos sus habitantes, de modo que ninguno de ellos tenía necesidad ni tentación de hacer presa en otro. La araña era entonces tan inofensiva como la mosca, y no estaba entonces al acecho de la sangre. Los más débiles de ellos se arrastraban seguros sobre la tierra, o desplegaban en el aire sus alas doradas, que ondeaban en la brisa y brillaban al sol, sin que nadie los amedrentase. Entretanto, los reptiles de toda especie eran igualmente inofensivos, y más inteligentes que ellos; sí, una especie de ellos «era astuta», o sagaz, «más que todos los» animales «que Dios había hecho».

13. Pero, en general, las aves, creadas para volar en la abierta expansión de los cielos, parecen haber sido de un orden muy superior a los insectos y a los reptiles, aunque todavía considerablemente inferior a las bestias, según restringimos ahora esa palabra a los cuadrúpedos, animales de cuatro patas, palabra que hace doscientos años incluía toda clase de criaturas vivientes. Muchas especies de estas no solo están dotadas de una gran medida de entendimiento natural, sino que son además capaces de mucho perfeccionamiento por medio del arte, tanto que difícilmente se concebiría. Pero entre todas ellas no había aves ni bestias de presa; ninguna que destruyera o molestara a otra; sino que todas las criaturas respiraban, cada una en su especie, la benevolencia de su gran Creador.

14. Tal era el estado de la creación, según las escasas ideas que podemos formarnos ahora acerca de ella, cuando su gran Autor, contemplando todo el sistema de una sola mirada, lo declaró «bueno en gran manera». Era bueno en el más alto grado de que era capaz, y sin mezcla alguna de mal. Cada parte se ajustaba exactamente a las otras y contribuía al bien del conjunto. Había «una cadena de oro» (para usar la expresión de Platón) «descolgada desde el trono de Dios»: una serie de seres exactamente enlazada, desde el más alto hasta el más bajo; desde la tierra muerta, pasando por los fósiles, los vegetales y los animales, hasta el hombre, creado a imagen de Dios y destinado a conocer, amar y gozar a su Creador por toda la eternidad.

II. 1. He aquí puesto un fundamento firme, sobre el cual podemos afirmarnos y responder a todas las cavilaciones de los filósofos menudos; a todas las objeciones que «los hombres vanos», que «quieren ser sabios», hacen contra la bondad o la sabiduría de Dios en la creación. Todas ellas se fundan en un error completo, a saber, que el mundo está ahora en el mismo estado en que estaba al principio. Y sobre esta suposición edifican, con apariencia de razón, multitud de objeciones. Pero todas estas objeciones caen por tierra cuando observamos que esta suposición no puede admitirse. El mundo, al principio, estaba en un estado totalmente diferente de aquel en que lo hallamos ahora. Objetad, pues, cuanto os plazca contra el estado presente de la creación, animada o inanimada, sea en general, sea respecto de cualquier caso particular, y la respuesta está pronta: estas cosas no son ahora como eran al principio. Por tanto, si hubierais oído a aquel vano rey de Castilla exclamar, con exquisita suficiencia: «Si yo hubiera hecho el mundo, lo habría hecho mejor de lo que lo ha hecho Dios Todopoderoso», podríais haberle respondido: «No: Dios Todopoderoso, lo sepas o no, no lo hizo como es ahora. Él mismo lo hizo mejor, indeciblemente mejor de lo que es al presente. Lo hizo sin mancha alguna, sí, sin defecto alguno. No hizo corrupción ni destrucción en la creación inanimada. No hizo la muerte en la creación animal, ni a sus precursores, el pecado y el dolor. Si no quieres creer su propio relato, cree a tu hermano pagano: fue solo

Post ignem aetherea domo

Subductum,

— es decir, en lenguaje llano, — después de que el hombre, en abierto desafío a su Hacedor, hubo comido del árbol de la ciencia, cuando

— Macies, et nova febrium

Terris incubuit cohors; —

cuando todo un ejército de males, totalmente nuevos, totalmente desconocidos hasta entonces, irrumpió sobre el hombre rebelde y sobre todas las demás criaturas, y se extendió por la faz de la tierra».

2. «No»; (dice un hombre atrevido [el señor S—- J—-s], que desde entonces ha representado el papel de cristiano, y tan bien que muchos lo tienen por tal;) «Dios no tiene la culpa ni de los males naturales ni de los morales que hay en el mundo; porque lo hizo tan bien como pudo, ya que el mal tiene que existir en la naturaleza misma de las cosas». Tiene que existir, en la naturaleza presente de las cosas, supuesto que el hombre se ha rebelado contra Dios; pero el mal no existía en absoluto en la naturaleza original de las cosas. No era el resultado necesario de la materia más de lo que era el resultado necesario del espíritu. Todas las cosas, entonces, sin excepción, eran buenas en gran manera. ¿Y cómo habrían de ser de otro modo? No había defecto alguno en el poder de Dios, como tampoco lo había en su bondad o en su sabiduría. Su bondad lo inclinaba a hacer buenas todas las cosas, y esto lo ejecutaron su poder y su sabiduría. Avergüéncese, pues, todo infiel sensato de dar tan miserables excusas en favor de su Creador. Él no necesita que ninguno de nosotros haga apologías, ni por él ni por su creación. «En cuanto a Dios, perfecto es su camino»; y tales eran originalmente todas sus obras; y tales volverán a ser cuando «el Hijo de Dios» haya «deshecho» todas «las obras del diablo».

3. Sobre este fundamento, pues, de que «Dios hizo al hombre recto», y a toda criatura perfecta en su género, pero que el hombre «buscó para sí muchas invenciones» de felicidad independientes de Dios; y de que, por su apostasía de Dios, arrojó no solo a sí mismo, sino también a toda la creación, que estaba íntimamente unida a él, al desorden, a la miseria y a la muerte; sobre este fundamento, digo, no nos resulta difícil

justificar los caminos de Dios ante los hombres.

Porque, aunque dejó al hombre en mano de su propio consejo, para escoger el bien o el mal, la vida o la muerte; aunque no le quitó la libertad que le había dado, sino que le permitió escoger la muerte, a consecuencia de lo cual toda la creación gime ahora a una; sin embargo, cuando consideramos que todos los males introducidos en la creación pueden ayudarnos a bien, sí, pueden «obrar para nosotros un sobremanera alto y eterno peso de gloria», bien podemos alabar a Dios por permitir estos males temporales en orden a nuestro bien eterno. Sí, bien podemos exclamar: «¡Oh profundidad de la sabiduría» y de la bondad de Dios! «Bien lo ha hecho todo». «¡Gloria a Dios y al Cordero por los siglos de los siglos!»

Capítulo 57 completado

La aprobación de Dios a sus obras

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