Sermones en diversas ocasiones
Sobre la Trinidad

Capítulo 56 · 15 min de lectura · 19 min de escucha

Sobre la Trinidad

Sermón 55

Sobre la Trinidad

Advertencia 6060Hace algunos días se me pidió que predicara sobre este texto. Lo hice ayer por la mañana. Por la tarde se me instó a que pusiera por escrito e imprimiera mi sermón, si era posible, antes de salir de Cork. Lo he escrito esta mañana; pero debo rogar al lector que tenga en cuenta las desventajas en que me hallo, pues no tengo aquí libros que consultar, ni en verdad tiempo para consultarlos. —Cork, 8 de mayo de 1775.

«Tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno».

1 Juan 5:7.

1. Piense lo que piense la generalidad de la gente, es cierto que la opinión no es religión; no, ni siquiera la opinión recta, el asentimiento a una verdad o a diez mil. Hay una gran diferencia entre ambas cosas: aun la opinión recta dista de la religión cuanto está lejos el oriente del occidente. Puede haber personas del todo acertadas en sus opiniones que, sin embargo, no tengan religión alguna; y, por otra parte, puede haber personas verdaderamente religiosas que sostengan muchas opiniones erróneas. ¿Puede alguien dudar de esto mientras haya romanistas en el mundo? Porque ¿quién puede negar no solo que muchos de ellos fueron en otro tiempo verdaderamente religiosos, como Tomás de Kempis, Gregorio López y el marqués de Renty, sino que muchos de ellos, aun en el día de hoy, son verdaderos cristianos interiores? ¡Y sin embargo, qué montón de opiniones erróneas sostienen, transmitidas por tradición de sus padres! Más aún, ¿quién puede dudarlo mientras haya calvinistas en el mundo, defensores de la predestinación absoluta? Porque ¿quién se atreverá a afirmar que ninguno de ellos es hombre verdaderamente religioso? No solo muchos de ellos fueron en el siglo pasado antorchas que ardían y alumbraban, sino que muchos de ellos son ahora verdaderos cristianos, que aman a Dios y a todo el género humano. Y sin embargo, ¿qué son todas las absurdas opiniones de todos los romanistas del mundo comparadas con esta sola: que el Dios de amor, el sabio, justo y misericordioso Padre de los espíritus de toda carne, ha fijado desde toda la eternidad un decreto absoluto, inmutable, irresistible, de que una parte del género humano se salve, haga lo que haga, y el resto se condene, haga lo que pueda?

2. De aquí no podemos menos de inferir que hay diez mil errores que pueden coexistir con la verdadera religión, respecto de los cuales todo hombre sincero y reflexivo pensará y dejará pensar. Pero hay verdades más importantes que otras. Parece que hay algunas que son de honda importancia. No las llamo verdades fundamentales, porque es una palabra ambigua; y de ahí que haya habido tantas disputas acaloradas acerca del número de los fundamentos. Pero sin duda hay algunas que nos importa mucho conocer, por tener estrecha conexión con la religión vital. Y sin duda podemos contar entre ellas la que

se contiene en las palabras antes citadas: Tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno.

3. No quiero decir que sea importante creer esta o aquella explicación de estas palabras. No sé que ningún hombre de buen juicio intente explicarlas en absoluto. Uno de los mejores tratados que jamás escribió aquel gran hombre, el deán Swift, fue su Sermón sobre la Trinidad. En él muestra que todos los que se empeñaron en explicarla se extraviaron por completo; que, más que ningunas otras personas, dañaron la causa que pretendían promover, no habiendo hecho otra cosa, como dice Job, que «oscurecer el consejo con palabras sin sabiduría». En mala hora comenzaron estos explicadores su infructuosa obra. Yo no insisto en explicación alguna; no, ni siquiera en la mejor que he visto, quiero decir, la que se nos da en el credo comúnmente atribuido a Atanasio. Lejos estoy de decir que el que no asienta a esto sin duda perecerá eternamente». Por causa de esta cláusula y de otra, tuve durante algún tiempo escrúpulo en suscribir ese credo, hasta que consideré: (1.) Que estas sentencias se refieren solo a los incrédulos voluntarios, no a los involuntarios; a aquellos que, teniendo todos los medios de conocer la verdad, la rechazan sin embargo obstinadamente; (2.) que se refieren solo a la sustancia de la doctrina allí enseñada, no a las ilustraciones filosóficas de ella.

4. No me atrevo a insistir en que nadie use la palabra Trinidad, o Persona. Yo las uso sin escrúpulo alguno, porque no conozco otras mejores; pero si alguien tiene algún escrúpulo respecto de ellas, ¿quién le obligará a usarlas? Yo no puedo. Mucho menos quemaría vivo a un hombre, y eso con leña húmeda y verde, por decir: Aunque creo que el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, tengo escrúpulo en usar las palabras Trinidad y Personas, porque no hallo esos términos en la Biblia». Estas son las palabras que el misericordioso Juan Calvino cita como escritas por Servet en una carta a él mismo. Yo insistiría solo en las palabras directas, sin explicación, tal como están en el texto: «Tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno».

5. «Tal como están en el texto»: pero aquí surge una pregunta: ¿es auténtico ese texto? ¿Fue escrito originalmente por el apóstol, o fue insertado en siglos posteriores? Muchos lo han puesto en duda; y en particular la gran lumbrera de la iglesia cristiana, recientemente trasladada a la Iglesia de arriba, Bengelius, el más piadoso, el más juicioso y el más laborioso de todos los comentaristas modernos del Nuevo Testamento. Durante algún tiempo dudó de su autenticidad, porque falta en muchas de las copias antiguas. Pero sus dudas se disiparon por tres consideraciones: (1.) Que, aunque falta en muchas copias, se halla en más, y en copias de la mayor autoridad; ( 2.) que lo cita toda una cadena de escritores antiguos, desde el tiempo de san Juan hasta el de Constantino. Este argumento es concluyente, porque no habrían podido citarlo si no hubiera estado en el canon sagrado; (3.) que podemos explicar fácilmente que, después de aquel tiempo, falte en muchas copias, si recordamos que el sucesor de Constantino fue un celoso arriano, que se valió de todos los medios para promover su mala causa y extender el arrianismo por todo el imperio; en particular, borrar este texto de cuantas copias cayeron en sus manos. Y prevaleció tanto, que la época en que vivió se llama comúnmente Seculum Aranium, «el siglo arriano», pues no había entonces más que un hombre eminente que se le opusiera, con peligro de su vida. De modo que se hizo proverbio: Athanasius contra mundum, «Atanasio contra el mundo».

6. Pero se objeta: «Sea lo que fuere del texto, no podemos creer lo que no podemos comprender. Por tanto, cuando nos exigís que creamos misterios, os rogamos que nos tengáis por excusados».

Aquí hay un doble error: (1.) No os exigimos que creáis misterio alguno en esto, aunque vosotros suponéis lo contrario. Pero, (2.) ya creéis muchas cosas que no podéis comprender.

7. Para empezar por lo segundo: ya creéis muchas cosas que no podéis comprender. Porque creéis que hay un sol sobre vuestra cabeza. Pero ya esté quieto en medio de su sistema, ya no solo gire sobre su propio eje, sino que se alegre cual gigante para correr su camino, no podéis comprender lo uno ni lo otro: cómo se mueve, o cómo está quieto. ¿Por qué poder, qué poder natural, mecánico, se sostiene en el fluido éter? No podéis negar el hecho; y sin embargo no podéis explicarlo de modo que satisfaga a ningún investigador racional. Podéis, ciertamente, darnos la hipótesis de Ptolomeo, de Tycho Brahe, de Copérnico y de otros veinte. Las he leído una y otra vez: estoy harto de ellas; no me importan todas ellas tres pajas.

Cada nueva solución no ofrece sino, una vez más,

nuevo cambio de términos y andamiaje de palabras:

recibo mi pregunta con otro ropaje,

y recobro mi duda tal cual la di.

Aun así insisto: el hecho que creéis no lo podéis negar; pero el modo no lo podéis comprender.

8. Creéis que existe la luz, ya fluya del sol o de cualquier otro cuerpo luminoso; pero no podéis comprender ni su naturaleza ni el modo en que fluye. ¿Cómo se mueve de Júpiter a la tierra en ocho minutos, doscientas mil millas en un momento? ¿Cómo se esparcen al instante por cada rincón los rayos de la vela que se trae a la habitación? Más aún: he aquí tres velas, y sin embargo no hay más que una luz. Explicad esto, y yo os explicaré el Dios Trino y Uno.

9. Creéis que existe el aire. Os cubre como un vestido y,

ampliamente difundido,

abraza en torno esta florida tierra.

Pero ¿podéis comprender cómo? ¿Podéis darme una explicación satisfactoria de su naturaleza, o de la causa de sus propiedades? Pensad solo en una, su elasticidad: ¿podéis explicarla? Puede deberse al fuego eléctrico adherido a cada una de sus partículas; puede que no; y ni vosotros ni yo podemos decirlo. Pero si no queremos respirarlo hasta que podamos comprenderlo, nuestra vida está muy cerca de su término.

10. Creéis que existe la tierra. Aquí asentáis vuestro pie sobre ella: ella os sostiene. Pero ¿comprendéis qué es lo que sostiene a la tierra? «Oh, un elefante, dice un filósofo malabar, «y a él lo sostiene un toro». Pero ¿qué sostiene al toro? El indio y el británico están igualmente perdidos para dar una respuesta. Sabemos que es Dios quien «extiende el norte sobre vacío, cuelga la tierra sobre nada. Este es el hecho. Pero ¿cómo? ¿Quién puede explicarlo? Quizá criaturas angélicas, pero no humanas.

Sé lo que se dice con apariencia de razón acerca de las fuerzas de proyección y de atracción. Pero por fino que hilemos, la realidad de los hechos barre nuestra hipótesis de telaraña. Combinad la fuerza de proyección y la de atracción como podáis: nunca producirán un movimiento circular. En el momento en que el acero lanzado entra en la atracción del imán, no forma una curva, sino que cae.

11. Creéis que tenéis un alma. «Deteneos ahí», dice el doctor; yo no creo tal cosa. «Si vosotros tenéis un alma inmaterial, también la tienen los brutos». No disputaré con nadie que piense que la tienen; más aún, ojalá pudiera probarlo; y ciertamente preferiría conceder alma a ellos antes que renunciar a la mía. En esto concuerdo cordialmente con el sentir del honrado pagano: Si erro, libenter erro; et me redargui valde recusem. «Si yerro, yerro de buen grado; y rehúso con vehemencia que se me convenza de ello». Y confío en que la mayoría de quienes no creen en una Trinidad son del mismo parecer. Permitidme, pues, seguir adelante. Creéis que tenéis un alma unida a esta casa de barro. Pero ¿podéis comprender cómo? ¿Cuáles son los lazos que unen la llama celestial con el terrón terreno? No entendéis absolutamente nada de la cuestión. Así es; pero cómo, nadie lo puede decir.

12. Ciertamente creéis que tenéis un cuerpo junto con vuestra alma, y que el uno depende del otro. Clavaos tan solo una espina en la mano: al instante se siente dolor en vuestra alma. Por otro lado, ¿siente vergüenza vuestra alma? Al instante el rubor cubre vuestra mejilla. ¿Siente el alma temor o ira violenta? En seguida tiembla el cuerpo. También estos son hechos que no podéis negar, ni tampoco podéis explicarlos.

13. Traigo solo un ejemplo más: al mandato de vuestra alma, vuestra mano se levanta. Pero ¿quién es capaz de explicar esto, la conexión entre el acto de la mente y las acciones exteriores? Más aún, ¿quién puede explicar en absoluto el movimiento muscular, en cualquiera de sus casos? Cuando uno de los médicos más ingeniosos de Inglaterra hubo terminado su lección sobre ese punto, añadió: Ahora, señores, os he contado todos los descubrimientos de nuestra ilustrada época; y ahora, si entendéis una jota de la cuestión, entendéis más que yo». En resumen: los que no quieran creer nada sino lo que pueden comprender no deben creer que hay un sol en el firmamento; que hay luz que brilla en torno de ellos; que hay aire, aunque los rodea por todas partes; que hay tierra alguna, aunque están de pie sobre ella. No deben creer que tienen un alma; no, ni que tienen un cuerpo.

14. Pero, en segundo lugar, por extraño que parezca, al exigiros que creáis que «tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno», no se os exige que creáis misterio alguno. Más aún, aquel grande y buen hombre, el doctor Peter Browne, en otro tiempo obispo de Cork, ha probado extensamente que la Biblia no os exige creer misterio alguno. La Biblia exige solamente que creáis tales hechos, no el modo de ellos. Ahora bien, el misterio no está en el hecho, sino enteramente en el modo.

Por ejemplo: dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz». Lo creo: creo el hecho llano; no hay misterio alguno en esto. El misterio está en el modo de ello. Pero de esto no creo nada en absoluto, ni Dios me lo exige.

Además: «Aquel Verbo fue hecho carne». También creo este hecho. No hay misterio en él; pero en cuanto al modo como fue hecho carne, en lo cual está el misterio, nada sé de ello; nada creo de ello: no es más objeto de mi fe de lo que lo es de mi entendimiento.

15. Para aplicar esto al caso que tenemos delante: tres son los que dan testimonio en el cielo, y estos tres son uno. También creo este hecho (si se me permite la expresión): que Dios es Tres y Uno. Pero el modo como, no lo comprendo y no lo creo. Ahora bien, en esto, en el modo, está el misterio; y que esté ahí; nada tengo que ver con ello: no es objeto de mi fe. Creo exactamente cuanto Dios ha revelado, y nada más. Pero esto, el modo, no lo ha revelado; por tanto, nada creo acerca de ello. Pero ¿no sería absurdo de mi parte negar el hecho porque no entiendo el modo? Es decir, rechazar lo que Dios ha revelado porque no comprendo lo que no ha revelado.

16. Este es un punto muy digno de observarse. Hay muchas cosas «que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre para concebirlas. Parte de ellas Dios nos las «ha revelado por su Espíritu»: «Revelado», es decir, quitado el velo, descubierto. Esa parte nos exige que la creamos. Parte de ellas no las ha revelado: eso no necesitamos creerlo, y en verdad no podemos; está muy por encima, fuera de nuestra vista.

Ahora bien, ¿dónde está la sabiduría de rechazar lo revelado porque no entendemos lo que no está revelado? ¿De negar el hecho que Dios ha desvelado porque no podemos ver el modo, que aún está velado?

17. Sobre todo si consideramos que lo que a Dios le ha placido revelar sobre este punto, lejos de ser cosa indiferente, es una verdad de la mayor importancia. Penetra en el corazón mismo del cristianismo; está en el corazón de toda religión vital.

A menos que estos Tres sean Uno, ¿cómo podrán «todos honrar al Hijo como honran al Padre»? «No sé qué hacer», dice Socino en una carta a su amigo, «con mis díscolos seguidores: no quieren adorar a Jesucristo. Les digo que está escrito: “Adórenle todos los ángeles de Dios”. Ellos responden: Sea como fuere, si él no es Dios, no nos atrevemos a adorarle. Porque “escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás”».

Pero lo que aquí quiero decir en particular es esto: el conocimiento del Dios Trino y Uno está entretejido con toda fe cristiana verdadera, con toda religión vital.

No digo que todo verdadero cristiano pueda decir con el marqués de Renty: «Llevo conmigo continuamente una verdad experimental y una plenitud de la presencia de la siempre bendita Trinidad. «Entiendo que esta no es la experiencia de los niños», sino más bien de los «padres en Cristo».

Pero no sé cómo puede alguien ser un creyente cristiano hasta que «tiene», como dice san Juan, «el testimonio en sí mismo»; hasta que «el Espíritu de Dios da testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios»; es decir, en efecto, hasta que Dios el Espíritu Santo da testimonio de que Dios el Padre lo ha aceptado por los méritos de Dios el Hijo. Y, teniendo este testimonio, honra al Hijo y al bendito Espíritu «como honra al Padre».

18. No que todo creyente cristiano advierta esto; quizá, al principio, ni uno de cada veinte. Pero si hacéis a cualquiera de ellos unas cuantas preguntas, hallaréis fácilmente que está implicado en lo que cree. Por tanto, no veo cómo sea posible que tenga religión vital quien niega que estos Tres son Uno. Y toda mi esperanza respecto de ellos no es que se salven mientras permanecen en su incredulidad (a no ser sobre la base de los paganos honrados, alegando ignorancia invencible), sino que Dios, antes que partan de aquí, «los traiga al conocimiento de la verdad».

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