Capítulo 55 · 20 min de lectura · 26 min de escucha
Sobre la eternidad
Sermón 54
Sobre la eternidad
«Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios».
Salmo 90:2
1. Quisiera hablar de ese tremendo asunto: la eternidad. Pero ¿cómo podremos abarcarla con el pensamiento? Es tan vasta que la estrecha mente del hombre es del todo incapaz de comprenderla. Pero ¿no guarda cierta afinidad con otra cosa incomprensible: la inmensidad? ¿No puede compararse el espacio, aunque sea algo insustancial, con otra cosa insustancial: la duración? Pero ¿qué es la inmensidad? Es el espacio sin límites. ¿Y qué es la eternidad? Es la duración sin límites.
2. Se ha considerado generalmente que la eternidad se divide en dos partes, que se han llamado eternidad a parte ante y eternidad a parte post; es decir, en lenguaje llano, la eternidad que ha pasado y la eternidad que ha de venir. ¿Y no parece haber en el texto un indicio de esta distinción? «Tú eres Dios desde el siglo»: he aquí una expresión de la eternidad que ha pasado. «Hasta el siglo»: he aquí una expresión de la eternidad que ha de venir. Quizá, ciertamente, alguno piense que no es del todo propio decir que hay una eternidad que ha pasado. Pero el sentido se entiende con facilidad: con ello queremos decir la duración que no tuvo principio, así como por eternidad venidera entendemos la duración que no tendrá fin.
3. Solo Dios (por usar el sublime lenguaje de la Escritura) «habita la eternidad» en ambos sentidos. Solo el gran Creador (y no ninguna de sus criaturas) es «desde el siglo y hasta el siglo»: solo su duración, así como no tuvo principio, tampoco puede tener fin. Es en atención a esto que alguien habla así, dirigiéndose a Emanuel, Dios con nosotros:
¡Salve, Dios Hijo, de gloria coronado
antes que el tiempo comenzara a ser;
entronizado con tu Padre por la mitad del giro
de la ancha eternidad!
Y de nuevo:
¡Salve, Dios Hijo, de gloria coronado
antes que el tiempo deje de ser;
entronizado con el Padre por todo el giro
de la eternidad entera!
4. «Antes que el tiempo comenzara a ser». Pero ¿qué es el tiempo? No es fácil decirlo, por más que tengamos tan a menudo la palabra en la boca. No sabemos qué es propiamente. No acertamos bien a definirlo. Pero ¿no es, en cierto sentido, un fragmento de la eternidad, quebrado por ambos extremos? ¿Aquella porción de duración que comenzó cuando comenzó el mundo, que continuará mientras este mundo perdure, y luego expirará para siempre? ¿Aquella porción de ella que al presente se mide por la revolución del sol y de los planetas, y que yace (por así decirlo) entre dos eternidades, la que ha pasado y la que ha de venir? Pero tan pronto como los cielos y la tierra huyan de delante de Aquel que está sentado en el gran trono blanco, el tiempo no será más, sino que se hundirá para siempre en el océano de la eternidad.
5. Pero ¿por qué medio puede un hombre mortal, criatura de un día, formarse alguna idea de la eternidad? ¿Qué podemos hallar dentro del ámbito de la naturaleza con que ilustrarla? ¿Con qué comparación la compararemos? ¿Qué hay que guarde alguna semejanza con ella? ¿No parece haber cierta clase de analogía entre la duración sin límites y el espacio sin límites? El gran Creador, el Espíritu infinito, habita lo uno y lo otro. Esta es una de sus prerrogativas peculiares: «¿No lleno yo, dice el Señor, el cielo y la tierra?»; sí, no solo las más remotas regiones de la creación, sino toda la extensión del espacio sin límites. Entre tanto, ¡cuántos de los hijos de los hombres pueden decir:
He aquí, sobre un angosto istmo de tierra,
entre dos mares sin límites me hallo,
¡seguro, insensible!
Un punto de tiempo, el espacio de un momento,
me traslada a aquel lugar celestial,
¡o me encierra en el infierno!
6. Pero dejando uno de estos mares sin límites al Padre de la eternidad, a quien solo pertenece la duración sin principio, volvamos nuestros pensamientos a la duración sin fin. Este no es un atributo incomunicable del gran Creador, sino que a él le ha placido benignamente hacer partícipes de él a innumerables multitudes de sus criaturas. Lo ha comunicado no solo a los ángeles, a los arcángeles y a todas las compañías del cielo, que no están destinados a morir, sino a glorificarle y a vivir en su presencia para siempre, sino también a los moradores de la tierra, que habitan en casas de barro. Sus cuerpos, ciertamente, son «quebrantados por la polilla»; pero sus almas nunca morirán. Dios las hizo, como dice un antiguo escritor, para que fuesen «imágenes de su propia eternidad». En verdad, tenemos razón para creer que todos los espíritus están revestidos de inmortalidad, pues no tienen en sí ningún principio interno de corrupción ni están expuestos a ninguna violencia externa.
7. Quizá podamos dar todavía un paso más: ¿no es la materia misma, tanto como el espíritu, eterna en cierto sentido? No, por cierto, a parte ante, como han soñado algunos filósofos insensatos, antiguos y modernos. No que cosa alguna haya existido desde la eternidad, pues, si así fuese, tendría que ser Dios; sí, tendría que ser el Dios único, porque es imposible que haya dos Dioses, o dos Eternos. Pero aunque nada fuera del gran Dios puede haber existido desde siempre (ninguna otra cosa puede ser eterna a parte ante), no hay absurdo alguno en suponer que todas las criaturas son eternas a parte post. Toda la materia, en efecto, cambia continuamente, y en diez mil formas; pero que sea mudable no implica en modo alguno que sea perecedera. La sustancia puede permanecer una y la misma bajo innumerables formas diferentes. Es muy posible que cualquier porción de materia se resuelva en los átomos de que originalmente se compuso; pero ¿qué razón tenemos para creer que uno solo de esos átomos haya sido o vaya a ser jamás aniquilado? Nunca puede serlo, a no ser por el poder irresistible de su Creador todopoderoso. ¿Y es probable que él ejerza alguna vez este poder deshaciendo alguna de las cosas que ha hecho? También en esto Dios no es «hijo de hombre para que se arrepienta». En verdad, toda criatura bajo el cielo cambia, y debe cambiar, continuamente de forma, cosa que ahora podemos explicar con facilidad, pues por los descubrimientos recientes se ve claramente que el fuego etéreo entra en la composición de cada parte de la creación. Ahora bien, este es esencialmente edax rerum: es el disolvente universal, lo que desagrega todas las cosas bajo el sol. Por su fuerza se disuelven aun los cuerpos más fuertes y firmes. Por el experimento repetidas veces hecho por el gran lord Bacon se ve que aun los diamantes, con un alto grado de calor, pueden convertirse en polvo; y que, con un grado todavía mayor (por extraño que parezca), se consumen enteramente en llamas. Sí, por él los cielos mismos serán disueltos; «los elementos ardiendo serán deshechos». Pero solo serán disueltos, no destruidos; se fundirán, pero no perecerán. Aunque pierdan su forma presente, ni una sola partícula de ellos perderá jamás su existencia, sino que cada átomo suyo permanecerá, bajo una u otra forma, por toda la eternidad.
8. Pero aún debemos preguntar: ¿qué es esta eternidad? ¿Cómo derramaremos alguna luz sobre este abstruso asunto? No puede ser objeto de nuestro entendimiento. ¿Y con qué comparación la compararemos? ¡Cuán infinitamente las trasciende todas! ¿Qué son las cosas temporales, sean las que fueren, puestas en comparación con las eternas? ¿Qué es la duración de la longeva encina, del antiguo castillo, de la Columna de Trajano, del Anfiteatro de Pompeyo? ¿Qué es la antigüedad de las urnas toscanas, aunque probablemente sean más antiguas que la fundación de Roma; sí, de las pirámides de Egipto, suponiendo que hayan permanecido más de tres mil años, cuando se las pone en la balanza con la eternidad? Se desvanece en nada. Más aún, ¿qué es la duración de «los collados eternos», así llamados en sentido figurado, que han permanecido desde el diluvio universal, si no desde la fundación del mundo, en comparación con la eternidad? No más que una cifra insignificante. Id más lejos todavía: considerad la duración que va desde la creación de los primogénitos hijos de Dios, y en particular del arcángel Miguel, hasta la hora en que reciba el encargo de tocar su trompeta y de hacer resonar su poderosa voz por la bóveda del cielo: «¡Levantaos, muertos, y venid a juicio!». ¿No es un momento, un punto, una nada, en comparación con la insondable eternidad? Añadid a esto mil, un millón de años; añadid un millón de millones de siglos, «antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo»: ¿qué es todo esto en comparación con la eternidad que ha pasado? ¿No es menos, infinitamente menos, que una sola gota de agua respecto de todo el océano? Sí, inmensurablemente menos que un día, una hora, un momento, respecto de un millón de siglos. Retroceded aún mil millones más: no estaréis por ello más cerca del principio de la eternidad.
9. ¿Somos capaces de formarnos una concepción más adecuada de la eternidad venidera? Para ello comparémosla con los diversos grados de duración que conocemos. Una efímera vive seis horas, desde las seis de la tarde hasta las doce. Es una vida corta comparada con la de un hombre, que dura setenta u ochenta años; y esta misma es corta si se la compara con los novecientos sesenta y nueve años de Matusalén. Pero ¿qué son estos años, sí, todos los que se han sucedido unos a otros desde que fueron erigidos los cielos y la tierra hasta que los cielos pasen y la tierra y las obras que en ella hay sean quemadas, si los comparamos con la extensión de aquella duración que jamás tendrá fin?
10. Para ilustrar esto, un autor reciente ha repetido aquel impresionante pensamiento de san Cipriano: «Supongamos que hubiese una bola de arena tan grande como el globo terrestre; supongamos que un grano de esta arena hubiese de ser aniquilado, reducido a nada, cada mil años; pues bien, todo aquel espacio de duración en que esta bola se iría aniquilando, al ritmo de un grano cada mil años, guardaría con la eternidad, la duración sin fin, una proporción infinitamente menor que la que un solo grano de arena guardaría con toda la masa».
11. Para grabar más hondamente en vuestra mente este importante punto, considerad otra comparación. Supongamos que el océano se ensanchara hasta abarcar todo el espacio que hay entre la tierra y los cielos estrellados. Supongamos que una gota de él hubiese de ser aniquilada una vez cada mil años; pues bien, todo aquel espacio de duración en que este océano se iría aniquilando, al ritmo de una gota cada mil años, sería infinitamente menor en proporción con la eternidad que una gota de agua con todo aquel océano.
Mirad, pues, a esos espíritus inmortales, estén en este mundo o en el otro. Cuando hayan vivido miles de miles de años, sí, millones de millones de siglos, su duración apenas habrá comenzado: ¡estarán solo en el umbral de la eternidad!
12. Pero además de esta división de la eternidad en la que ha pasado y la que ha de venir, hay otra división de la eternidad que es de indecible importancia: la que ha de venir, en lo que toca a los espíritus inmortales, es una eternidad o feliz o desdichada.
13. ¡Ved los espíritus de los justos que ya están alabando a Dios en una eternidad feliz! Estamos prontos a decir: ¡Qué corta les parecerá a quienes beben de los ríos de delicias a la diestra de Dios! Estamos prontos a exclamar:
Un día sin noche
habitan ante su rostro,
¡y la eternidad parece un día!
Pero esto no es más que hablar a la manera de los hombres, porque las medidas de largo y corto solo son aplicables al tiempo, que admite límite, y no a la duración sin límites. Esta rueda (según nuestras pobres concepciones) con una rapidez indecible, inconcebible; si no se prefiere decir que no rueda ni se mueve en absoluto, sino que es un océano quieto e inmóvil. Porque los moradores del cielo «no tienen reposo día ni noche», sino que claman continuamente: «¡Santo, santo, santo, el Señor, el Dios, el Todopoderoso, que era, y que es, y que ha de venir!». Y cuando hayan transcurrido millones de millones de siglos, su eternidad apenas habrá comenzado.
14. Por otro lado, ¡en qué condición se hallan aquellos espíritus inmortales que han escogido una eternidad desdichada! Digo escogido, porque es imposible que esta sea la suerte de ninguna criatura sino por su propio acto y hecho. Viene el día en que toda alma se verá obligada a reconocer, a la vista de los hombres y de los ángeles:
Ningún terrible decreto tuyo selló
ni fijó la inalterable sentencia,
ni entregó mi alma no nacida al infierno,
ni me condenó desde el seno de mi madre.
¿En qué condición estará un espíritu así después de ejecutada la sentencia: «¡Apartaos, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles!»? Supongamos que acaba de ser arrojado al «lago de fuego ardiendo en azufre», donde «no tienen reposo día ni noche, sino que el humo de su tormento sube para siempre jamás». «¡Para siempre jamás!». Pues si hubiésemos de estar encadenados un solo día, sí, una sola hora, en un lago de fuego, ¡qué asombrosamente largo nos parecería un día o una hora! No sé si no nos parecería como mil años. Pero (¡pensamiento pasmoso!) después de miles de miles de años, apenas habrá probado su amarga copa. ¡Después de millones, no estará más cerca del fin que en el momento en que comenzó!
15. ¿Qué es, pues, aquel (¡cuán necio, cuán loco, en qué grado indecible de desvarío!) que, pareciendo tener entendimiento de hombre, prefiere deliberadamente las cosas temporales a las eternas? ¿Que (concediendo aquella absurda, imposible suposición de que la maldad es felicidad, suposición del todo contraria a toda razón, así como a los hechos) prefiere la felicidad de un año, digamos de mil años, a la felicidad de la eternidad, en comparación con la cual mil siglos son infinitamente menos que un año, un día, un momento? Sobre todo cuando tomamos en consideración esto (que en verdad nunca debería olvidarse): que rechazar una eternidad feliz implica escoger una eternidad desdichada. Porque no hay, ni puede haber, término medio entre el gozo eterno y el dolor eterno. Es vano el pensamiento que algunos han abrigado de que la muerte pondrá fin a lo uno o a lo otro; solo alterará el modo de su existencia. Pero cuando el cuerpo «se torne al polvo, como era, el espíritu se volverá a Dios que lo dio». Por tanto, en el momento de la muerte, ha de ser indeciblemente feliz o indeciblemente desdichado; y esa desdicha no acabará nunca.
¡Nunca! ¿Adónde se hunde el alma a ese terrible sonido?
¡En un abismo cuán oscuro y cuán profundo!
¡Cuántas veces el que hizo esa desdichada elección desearía la muerte de su alma y de su cuerpo! No es imposible que orase de un modo semejante a como supone el doctor Young:
Cuando me haya retorcido diez mil años en el fuego,
¡diez mil veces mil, déjame entonces expirar!
16. Sin embargo, esta indecible necedad, esta locura inefable de preferir las cosas presentes a las eternas, es la enfermedad de todo hombre nacido en el mundo mientras se halla en su estado natural. Porque tal es la constitución de nuestra naturaleza que, así como el ojo ve de una vez solo cierta porción de espacio, así la mente ve de una vez solo cierta porción de tiempo. Y todo el espacio que está más allá de ese alcance es invisible para la mente. De modo que no percibimos ni el espacio ni el tiempo que están a distancia de nosotros. El ojo ve con claridad el espacio que tiene cerca, con los objetos que contiene; de igual manera, la mente ve con claridad aquellos objetos que están dentro de cierta distancia de tiempo. El ojo no ve las bellezas de la China: están a demasiada distancia; hay demasiado espacio entre nosotros y ellas; por eso no nos afectan. Son como nada para nosotros; nos da exactamente lo mismo que si no existieran. Por la misma razón, la mente no ve ni las bellezas ni los terrores de la eternidad. No nos afectan en absoluto, porque están muy lejos de nosotros. Por esta causa nos parecen como nada, exactamente como si no tuvieran existencia. Entre tanto, estamos del todo ocupados en las cosas presentes, sea en el tiempo o en el espacio; y las cosas nos parecen cada vez menores a medida que están más y más distantes de nosotros, en uno u otro respecto. Y así ha de ser; tal es la constitución de nuestra naturaleza, hasta que la gracia todopoderosa cambie la naturaleza. Pero esto no es en modo alguno excusa para quienes permanecen en su ceguera natural respecto del porvenir, porque se ha provisto un remedio para ella, que hallan todos los que lo buscan; sí, que se da gratuitamente a todos los que lo piden con sinceridad.
17. Este remedio es la fe. No me refiero a la fe de un pagano, que cree que hay un Dios y que es galardonador de los que le buscan con diligencia, sino a la que define el apóstol: «la demostración», o convicción, «de las cosas que no se ven»; una demostración y convicción divina del mundo invisible y eterno. Solo ella abre los ojos del entendimiento para ver a Dios y las cosas de Dios. Ella, por así decirlo, quita, o vuelve transparente, el velo impenetrable
que pende entre el ser mortal y el inmortal.
Cuando
la fe presta su luz que hace real,
las nubes se disipan, las sombras huyen;
lo invisible aparece a la vista,
y Dios es visto por ojo mortal.
Por consiguiente, el creyente, en el sentido bíblico, vive en la eternidad y anda en la eternidad. Su perspectiva se ensancha: su vista ya no está limitada por las cosas presentes; no, ni por un hemisferio terreno, aunque fuese, como dice Milton, «diez veces la extensión de esta tierra». La fe pone continuamente delante de su rostro el mundo invisible y eterno. En consecuencia, no mira «las cosas que se ven»:
riqueza, honra, placer, o cualquier otra cosa
que este mundo de breve duración pueda dar;
no son estas su meta, el objeto de su búsqueda, su deseo o su felicidad; sino que mira «las que no se ven»: el favor, la imagen y la gloria de Dios; sabiendo bien que «las cosas que se ven son temporales» (un vapor, una sombra, un sueño que se desvanece), mientras que «las que no se ven son eternas»: reales, sólidas, inmutables.
18. ¿Qué ocupación, pues, puede ser más apropiada para un hombre sabio que meditar en estas cosas? ¿Que extender con frecuencia sus pensamientos «más allá de los límites de esta esfera diurna» y espaciarse, por encima aun de los cielos estrellados, en el campo de la eternidad? ¡Qué medio sería para confirmar su desprecio de las pobres y pequeñas cosas de la tierra! Cuando un hombre de enormes posesiones se jactaba ante su amigo de la extensión de su hacienda, Sócrates le pidió que trajera un mapa de la tierra y señalara en él el Ática. Hecho esto (aunque no con mucha facilidad, por ser un país pequeño), pidió luego a Alcibíades que señalara en él su propia hacienda. Como no pudo hacerlo, fue fácil observar cuán insignificantes eran, en comparación con toda la tierra, las posesiones de que tanto se enorgullecía. ¡Cuán aplicable es esto al caso presente! ¿Se estima alguno a sí mismo por sus posesiones terrenas? ¡Ay! ¿Qué es todo el globo de la tierra frente a la infinitud del espacio? Una mera mota de la creación. ¿Y qué es la vida del hombre, sí, la duración de la tierra misma, sino una mota de tiempo, si se la compara con la extensión de la eternidad? Pensad en esto; dejad que se hunda en vuestro pensamiento, hasta que tengáis alguna concepción, por imperfecta que sea, de aquel
abismo sin límites, insondable,
sin fondo ni orilla.
19. Pero si la eternidad desnuda, por así decirlo, es un objeto tan vasto, tan asombroso, que llega a abrumar vuestro pensamiento, ¡cuánto más se agranda la idea al contemplarla revestida de felicidad o de desdicha! ¡Dicha o dolor eternos! ¡Felicidad perpetua o perpetua desdicha! Uno pensaría que ello absorbería todo otro pensamiento en toda criatura racional. Concededme solo esto: «Estás al borde de una eternidad o feliz o desdichada; tu Creador te manda ahora que extiendas la mano hacia la una o hacia la otra», y uno imaginaría que ninguna criatura racional podría pensar en ninguna otra cosa. Uno supondría que este solo punto absorbería toda su atención. Ciertamente así debería ser; ciertamente, si estas cosas son así, no puede haber más que una cosa necesaria. ¡Oh, escojamos vosotros y yo, al menos, hagan lo que hagan los demás, aquella buena parte que nunca nos será quitada!
20. Antes de cerrar este asunto, permitidme tocar dos notables pasajes de los Salmos (uno en el octavo, el otro en el ciento cuarenta y cuatro) que guardan estrecha relación con él. El primero es: «Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, ¿qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, que lo visites?». Aquí se considera al hombre como una cifra, un punto, comparado con la inmensidad. El segundo es: «Señor, ¿qué es el hombre, para que tanto lo estimes? El hombre es semejante a una cosa de nada; su tiempo pasa como la sombra». En la nueva traducción las palabras son más fuertes aún: «¿Qué es el hombre, para que de él conozcas?». Aquí el salmista parece considerar la vida del hombre como un momento, una nada, comparada con la eternidad. ¿No es el sentido del primero: «¿Cómo puede Aquel que llena el cielo y la tierra fijarse en un átomo como el hombre? ¿Cómo es que no se pierde por completo en la inmensidad de las obras de Dios?». ¿No es el sentido del segundo: «¿Cómo puede Aquel que habita la eternidad inclinarse a mirar a la criatura de un día, a uno cuya vida pasa como la sombra?». ¿No es este un pensamiento que ha herido a muchas mentes serias, como hirió la de David, y que ha hecho surgir una especie de temor nacido de una especie de suposición de que Dios es como nosotros? Si consideramos el espacio sin límites o la duración sin límites, nos reducimos a nada ante ellos. Pero Dios no es hombre. Un día y un millón de siglos son lo mismo para él. Por tanto, hay la misma desproporción entre él y cualquier ser finito que entre él y la criatura de un día. Por tanto, siempre que vuelva ese pensamiento, siempre que seáis tentados a temer que seréis olvidados ante el Dios inmenso y eterno, recordad que nada es pequeño ni grande, que ninguna duración es larga ni corta, delante de él. Recordad que Dios ita praesidet singulis sicut universis, et universis sicut singulis: que él «preside sobre cada individuo como sobre el universo, y sobre el universo como sobre cada individuo». De modo que podéis decir confiadamente:
Padre, ¡cuán anchas brillan tus glorias,
Señor del universo, y mío!
Tu bondad vela sobre el todo
como si el mundo entero no fuera más que un alma;
y aun así cuenta cada uno de mis sagrados cabellos,
¡como si yo fuera tu único cuidado!
Capítulo 55 completado
Sobre la eternidad