Sermones en diversas ocasiones
Sobre la muerte del señor George Whitefield

Capítulo 54 · 33 min de lectura · 43 min de escucha

Sobre la muerte del señor George Whitefield

Sermón 53

Sobre la muerte del reverendo señor George Whitefield

Predicado en la capilla de Tottenham-Court Road y en el Tabernáculo, cerca de Moorfields, el domingo 18 de noviembre de 1770.

«¡Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya!»

Números 23:10.

1. «¡Mi postrimería sea como la suya!» ¿Cuántos de vosotros os unís a este deseo? ¡Quizá sean pocos los que no lo hacen, aun en esta numerosa congregación! ¡Y ojalá este deseo permanezca en vuestras mentes! — que no se desvanezca hasta que también vuestras almas estén alojadas «allí donde los impíos dejan de perturbar, y allí donde descansan los cansados».

2. No se esperará en esta ocasión una exposición detallada del texto. Os apartaría demasiado tiempo del pensamiento, triste y dulce a la vez, de vuestro amado hermano, amigo y pastor; sí, y padre también: porque ¡cuántos hay aquí a quienes él ha «engendrado en el Señor»! ¿No será, pues, más conforme a vuestras inclinaciones, así como a esta solemnidad, hablar directamente de este hombre de Dios, a quien tantas veces habéis oído hablar en este lugar? — cuyo fin de su conducta conocéis: «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». ¿Y no podemos acaso

I. Observar algunos pormenores de su vida y de su muerte?

II. Considerar algo de su carácter? Y,

III. Inquirir cómo podemos aprovechar esta solemne providencia, su repentina separación de nosotros?

1. Podemos, en primer lugar, observar algunos pormenores de su vida y de su muerte. Nació en Gloucester, en diciembre de 1714, y fue puesto en una escuela de gramática de aquella ciudad cuando tenía unos doce años. A los diecisiete comenzó a ser seriamente religioso, y sirvió a Dios según el mejor conocimiento que tenía. Hacia los dieciocho pasó a la Universidad, y fue admitido en el Colegio Pembroke de Oxford; y como un año después trabó conocimiento con los metodistas (así llamados), a quienes desde entonces amó como a su propia alma.

2. Por ellos fue convencido de que «es necesario nacer otra vez», pues de lo contrario la religión exterior de nada nos aprovechará. Se unió a ellos en el ayuno de los miércoles y viernes; en la visita a los enfermos y a los presos; y en recoger hasta los fragmentos mismos del tiempo, para que no se perdiera ni un momento; y cambió el curso de sus estudios, leyendo principalmente libros que entraban en el corazón de la religión y llevaban directamente a un conocimiento experimental de Jesucristo, y de este crucificado.

3. Pronto fue probado como por fuego. No solo perdió su reputación, y algunos de sus amigos más queridos le abandonaron, sino que fue ejercitado con pruebas interiores, y estas de la clase más severa. Muchas noches yació sin dormir en su lecho; muchos días, postrado en tierra. Pero después de haber gemido varios meses bajo «el espíritu de servidumbre», plugo a Dios quitarle la pesada carga, dándole «el espíritu de adopción» y capacitándole, por medio de una fe viva, para asirse del «Hijo de su amor».

4. Sin embargo, se juzgó necesario, para el restablecimiento de su salud, que estaba muy quebrantada, que fuese al campo. Fue, pues, a Gloucester, donde Dios le capacitó para despertar a varios jóvenes. Estos pronto se formaron en una pequeña sociedad, y fueron algunas de las primicias de su trabajo. Poco después comenzó a leer, dos o tres veces por semana, a algunas personas pobres de la ciudad; y a leer cada día a los presos de la cárcel del condado y orar con ellos.

5. Teniendo ya unos veintiún años de edad, se le instó a recibir las sagradas órdenes. Mucho temía él esto, sintiendo profundamente su propia insuficiencia. Pero como el mismo obispo mandó llamarle y le dijo: «Aunque me había propuesto no ordenar a nadie menor de veintitrés años, a ti te ordenaré cuando quiera que vengas» — y concurriendo varias otras circunstancias providenciales — se sometió, y fue ordenado el domingo de la Trinidad de 1736. El domingo siguiente predicó ante un auditorio apiñado en la iglesia en que había sido bautizado. La semana siguiente volvió a Oxford y tomó el grado de bachiller; y ahora estaba plenamente ocupado, pues el cuidado de los presos y de los pobres recaía principalmente sobre él.

6. Pero no pasó mucho tiempo antes de que fuese invitado a Londres para servir el curato de un amigo que se iba al campo. Permaneció allí dos meses, alojado en la Torre, leyendo las oraciones en la capilla dos veces por semana, catequizando y predicando una vez, además de visitar a los soldados en los cuarteles y en la enfermería. También leía las oraciones todas las tardes en la capilla de Wapping, y predicaba en la prisión de Ludgate todos los martes. Mientras estaba aquí, llegaron cartas de sus amigos de Georgia que le hicieron anhelar ir a ayudarles; pero, no viendo clara su vocación, al tiempo señalado volvió a su pequeño cargo en Oxford, donde varios jóvenes se reunían diariamente en su cuarto para edificarse unos a otros sobre su santísima fe.

7. Pero pronto fue llamado de nuevo de allí para suplir el curato de Dummer, en Hampshire. Aquí leía las oraciones dos veces al día: temprano por la mañana, y por la tarde después de que la gente volvía del trabajo. También catequizaba diariamente a los niños y visitaba de casa en casa. Dividía entonces el día en tres partes, asignando ocho horas al sueño y las comidas, ocho al estudio y al retiro, y ocho a leer las oraciones, catequizar y visitar a la gente. ¿Hay un camino más excelente para un siervo de Cristo y de su Iglesia? Si no lo hay, ¿quién «irá y hará lo mismo»?

8. Con todo, su mente seguía puesta en ir al extranjero; y, estando ya plenamente convencido de que Dios le llamaba a ello, puso todas las cosas en orden y, en enero de 1737, fue a despedirse de sus amigos en Gloucester. Fue en este viaje cuando Dios comenzó a bendecir su ministerio de un modo extraordinario. Dondequiera que predicaba, se juntaban multitudes asombrosas de oyentes, en Gloucester, en Stonehouse, en Bath, en Bristol; de modo que el calor de las iglesias apenas era soportable; y las impresiones hechas en el ánimo de muchos no eran menos extraordinarias. Después de su regreso a Londres, mientras el general Oglethorpe le detenía semana tras semana y mes tras mes, plugo a Dios bendecir su palabra aún más. Y era incansable en su trabajo: generalmente los domingos predicaba cuatro veces, a auditorios sumamente numerosos; además de leer las oraciones dos o tres veces, y de ir y venir a pie, a menudo diez o doce millas.

9. El 28 de diciembre salió de Londres. Fue el 29 cuando predicó por primera vez sin notas. El 30 de diciembre se embarcó; pero pasó más de un mes antes de que perdieran de vista la tierra. Un feliz efecto de su lentísima travesía lo menciona en el abril siguiente: «Bendito sea Dios, ahora vivimos muy cómodamente en la cámara grande. Apenas hablamos de otra cosa que de Dios y de Cristo; y cuando estamos juntos apenas se oye entre nosotros una palabra que no tenga relación con nuestra caída en el primer Adán y con nuestro nuevo nacimiento en el Segundo». Parece también haber sido una providencia particular que pasase algún tiempo en Gibraltar, donde tanto los ciudadanos como los soldados, altos y bajos, jóvenes y viejos, reconocieron el tiempo de su visitación.

10. Desde el domingo 7 de mayo de 1738 hasta fines del agosto siguiente, «cumplió su ministerio» en Georgia, particularmente en Savannah: leía las oraciones y exponía dos veces al día, y visitaba diariamente a los enfermos. El domingo exponía a las cinco de la mañana; a las diez leía las oraciones y predicaba, y otra vez a las tres de la tarde; y a las siete de la noche exponía el Catecismo de la Iglesia. ¡Cuánto más fácil es para nuestros hermanos en el ministerio, sea en Inglaterra, en Escocia o en Irlanda, hallar falta en semejante obrero de la viña de nuestro Señor, que seguir sus pisadas!

11. Fue entonces cuando observó la deplorable condición de muchos niños de allí, y cuando Dios puso en su corazón el primer pensamiento de fundar una Casa de Huérfanos, para la cual determinó reunir contribuciones en Inglaterra, si Dios le concedía regresar allá con bien. En el diciembre siguiente volvió, en efecto, a Londres; y el domingo 14 de enero de 1739 fue ordenado presbítero en Christ Church, Oxford. Al día siguiente vino otra vez a Londres; y el domingo 21 predicó dos veces. Pero aunque las iglesias eran grandes y estaban extraordinariamente llenas, muchos cientos se quedaban de pie en el cementerio, y cientos más se volvían a casa. Esto le hizo concebir por primera vez la idea de predicar al aire libre. Pero cuando la mencionó a algunos de sus amigos, la tuvieron por pura locura; así que no la llevó a ejecución hasta después de haber dejado Londres. Fue el miércoles 21 de febrero cuando, hallando cerradas todas las puertas de las iglesias en Bristol (además de que ninguna iglesia era capaz de contener ni la mitad de la congregación), a las tres de la tarde fue a Kingswood y predicó al aire libre a cerca de dos mil personas. El viernes predicó allí a cuatro o cinco mil; ¡y el domingo, según se calculó, a diez mil! El número fue creciendo continuamente todo el tiempo que permaneció en Bristol; y se encendió una llama de santo amor que no se apagará fácilmente. La misma se encendió después en diversas partes de Gales, de Gloucestershire y de Worcestershire. En verdad, dondequiera que iba, Dios confirmaba abundantemente la palabra de su mensajero.

12. El domingo 29 de abril predicó por primera vez en Moorfields y en Kennington Common; y los miles de oyentes estaban tan quietos como hubieran podido estarlo en una iglesia. Detenido otra vez en Inglaterra mes tras mes, hizo pequeñas excursiones por varios condados, y recibió las contribuciones de multitudes bien dispuestas para una Casa de Huérfanos en Georgia. El embargo que entonces se impuso a la navegación le dio ocasión para más viajes por diversas partes de Inglaterra, por los cuales muchos tendrán motivo de bendecir a Dios por toda la eternidad. Por fin, el 14 de agosto, se embarcó; pero no desembarcó en Pensilvania hasta el 30 de octubre. Después recorrió Pensilvania, los Jerseys, Nueva York, Maryland, Virginia, Carolina del Norte y del Sur, predicando por todo el camino a congregaciones inmensas, con un efecto tan grande como en Inglaterra. El 10 de enero de 1740 llegó a Savannah.

13. El 29 de enero añadió tres huérfanos desamparados a los cerca de veinte que antes tenía en su casa. Al día siguiente trazó el terreno para la casa, a unas diez millas de Savannah. El 11 de febrero recogió cuatro huérfanos más, y partió hacia Frederica para traer a los huérfanos que había en las partes meridionales de la colonia. A su regreso estableció en Darien una escuela, tanto para niños como para adultos, y tomó de allí cuatro huérfanos. El 25 de marzo puso la primera piedra de la Casa de Huérfanos, a la cual, con gran propiedad, dio el nombre de Betesda; una obra por la cual los hijos aún no nacidos alabarán al Señor. Tenía ya unos cuarenta huérfanos, de modo que había cerca de cien bocas que alimentar diariamente. Pero él «por nada estaba afanoso», echando su solicitud en Aquel que da de comer a los hijos de los cuervos que claman a él.

14. En abril hizo otra gira por Pensilvania, los Jerseys y Nueva York. Multitudes increíbles acudían a oírle, entre las cuales había gran número de negros. En todas partes la mayoría de los oyentes quedaban conmovidos en un grado asombroso. Muchos fueron profundamente convencidos de su estado de perdición; muchos, verdaderamente convertidos a Dios. En algunos lugares, miles clamaban en alta voz; muchos como en las agonías de la muerte; la mayoría estaban bañados en lágrimas; algunos se ponían pálidos como la muerte; otros se retorcían las manos; otros yacían en el suelo; otros caían desfallecidos en brazos de sus amigos; casi todos alzaban los ojos y clamaban por misericordia.

15. Volvió a Savannah el 5 de junio. La tarde siguiente, durante el culto público, toda la congregación, jóvenes y viejos, se deshizo en lágrimas; después del culto, varios de los feligreses y toda su familia, particularmente los niños pequeños, volvieron a casa llorando por la calle, y algunos no podían menos de orar en alta voz. Los gemidos y clamores de los niños continuaron toda la noche y gran parte del día siguiente.

16. En agosto partió de nuevo, y a través de varias provincias llegó a Boston. Mientras estuvo allí y en los lugares vecinos, se hallaba sumamente débil de cuerpo; con todo, las multitudes de oyentes eran tan grandes, y los efectos obrados en ellas tan asombrosos, como nunca antes los habían visto los hombres más ancianos que entonces vivían en la ciudad. El mismo poder acompañó su predicación en Nueva York, particularmente el domingo 2 de noviembre: casi tan pronto como comenzó, se oían por todos lados clamores, llanto y lamentos. Muchos cayeron a tierra, compungidos de corazón; y muchos fueron llenos de consolación divina. Hacia el final de su viaje hizo esta reflexión: «Es el día septuagésimo quinto desde que llegué a Rhode Island, sumamente débil de cuerpo; ¡y con todo, Dios me ha capacitado para predicar ciento setenta y cinco veces en público, además de exhortar con frecuencia en privado! Nunca me concedió Dios mayores consuelos; nunca hice mis viajes con menos fatiga, ni vi tal continuación de la presencia divina en las congregaciones a las que prediqué». En diciembre volvió a Savannah, y en el marzo siguiente llegó a Inglaterra.

17. Podéis observar fácilmente que el relato precedente está extraído principalmente de sus propios diarios, que, por su sencillez sin artificio ni afectación, pueden competir con cualesquiera escritos de su clase. ¡Y qué muestra tan exacta es esta de sus trabajos, tanto en Europa como en América, para honra de su amado Maestro, durante los treinta años que siguieron, así como de la ininterrumpida lluvia de bendiciones con que plugo a Dios prosperar sus trabajos! ¿No es muy de lamentar que algo le haya impedido continuar este relato, al menos hasta cerca del tiempo en que fue llamado por su Señor a gozar del fruto de su trabajo? Si ha dejado algunos papeles de esta clase, y sus amigos me tienen por digno de tal honor, sería mi gloria y mi gozo ordenarlos, transcribirlos y prepararlos para que el público los vea.

18. Un caballero de Boston da así un relato particular de la última escena de su vida: —

«Después de estar como un mes con nosotros en Boston y sus alrededores, predicando cada día, fue a Old York; predicó allí el jueves 27 de septiembre; siguió a Portsmouth, y predicó allí el viernes. El sábado por la mañana partió para Boston; pero antes de llegar a Newbury, donde se había comprometido a predicar a la mañana siguiente, le rogaron con insistencia que predicara en el camino. No siendo la casa bastante grande para contener a la gente, predicó en un campo abierto. Pero como había estado enfermo durante varias semanas, esto agotó de tal modo sus fuerzas que, cuando llegó a Newbury, no pudo salir de la barca de pasaje sin la ayuda de dos hombres. Por la noche, sin embargo, recobró el ánimo y se mostró con su alegría habitual. Se retiró a su aposento a las nueve, su hora fija, de la cual ninguna compañía podía apartarle, y durmió mejor de lo que lo había hecho en algunas semanas. Se levantó a las cuatro de la mañana, el 30 de septiembre, y entró en su gabinete; y su compañero observó que estuvo en privado más tiempo que de costumbre. Salió de su gabinete, volvió a su compañero, se echó sobre la cama y estuvo acostado unos diez minutos. Luego cayó de rodillas y oró con el mayor fervor a Dios que, si era conforme a su voluntad, pudiera aquel día terminar la obra de su Maestro. Después pidió a su criado que llamara al señor Parsons, el clérigo en cuya casa estaba; pero, en un minuto, antes de que el señor Parsons pudiera llegar a él, murió, sin un suspiro ni un gemido. Al recibirse la noticia de su muerte, seis caballeros partieron para Newbury a fin de traer acá sus restos; pero no se le pudo trasladar; de modo que sus preciosas cenizas han de quedar en Newbury. Cientos habrían ido desde esta ciudad a asistir a su funeral, si no hubieran esperado que sería sepultado aquí... ¡Sea santificado este golpe para la Iglesia de Dios en general, y para esta provincia en particular!»

II. 1. Hemos, en segundo lugar, de considerar algo de su carácter. Poco después se publicó un breve bosquejo de él en la Gaceta de Boston, del cual se añade un extracto: — [«Poco puede decirse de él que no atestigüe todo amigo del cristianismo vital que se haya sentado bajo su ministerio».]

«En sus trabajos públicos ha asombrado al mundo, durante muchos años, con su elocuencia y su devoción. ¡Con qué patetismo divino persuadía al pecador impenitente a abrazar la práctica de la piedad y la virtud! [Lleno del espíritu de gracia,] hablaba desde el corazón y, con un fervor de celo quizá no igualado desde los días de los apóstoles, [adornaba las verdades que exponía con los encantos más graciosos de la retórica y la oratoria.] En el púlpito no tenía rival en el dominio de un auditorio siempre apiñado. Ni era menos agradable e instructivo en su conversación privada: dichoso en una notable facilidad de trato, dispuesto a comunicar, deseoso de edificar. ¡Que la generación que se levanta prenda una chispa de aquella llama que brilló con tan distinguido resplandor en el espíritu y la práctica de este fiel siervo del Dios altísimo!»

2. En uno de los periódicos ingleses ha aparecido un retrato de él más particular e igualmente justo. Quizá no os sea desagradable que añada también la sustancia de este: —

«El carácter de esta persona verdaderamente piadosa ha de estar [profundamente] impreso en el corazón de todo amigo de la religión vital. A pesar de una constitución débil [y delicada], continuó hasta el último día de su vida predicando con una frecuencia y un fervor que parecían exceder la fuerza natural del más robusto. Llamado al ejercicio de su función a una edad en que la mayoría de los jóvenes apenas comienzan a prepararse para ella, no tuvo tiempo de hacer un progreso muy considerable en las lenguas sabias. Pero este defecto quedó ampliamente suplido por un ingenio vivo y fértil, por un celo ferviente y por una elocución enérgica y sumamente persuasiva. Y aunque en el púlpito con frecuencia hallaba necesario “persuadir a los hombres” por “el temor del Señor”, no tenía nada de sombrío en su natural; era singularmente alegre, así como caritativo y de corazón tierno. Estaba tan pronto a aliviar las necesidades corporales como las espirituales de los que acudían a él. Debe observarse también que constantemente inculcaba a su auditorio todo deber moral; particularmente la laboriosidad en sus diversas vocaciones y la obediencia a sus superiores. Se esforzó, por los más extraordinarios esfuerzos de predicación, en diferentes lugares, y aun en campo abierto, por despertar a la clase más baja del pueblo del último grado de indiferencia e ignorancia a un sentido de la religión. Por esto, y por sus demás trabajos, el nombre de GEORGE WHITEFIELD será recordado largo tiempo con estima y veneración».

3. Que ambos relatos son justos e imparciales se concederá fácilmente; es decir, hasta donde llegan. Pero no van mucho más allá de lo exterior de su carácter. Os muestran al predicador, pero no al hombre, al cristiano, al santo de Dios. ¿Se me permitirá añadir algo sobre este punto, a partir de un conocimiento personal de cerca de cuarenta años? En verdad, siento plenamente cuán difícil es hablar de un tema tan delicado; ¡qué prudencia se requiere para evitar ambos extremos, para no decir ni demasiado poco ni demasiado! Más aún, sé que es imposible hablar en absoluto, decir menos o más, sin incurrir de parte de unos en la primera censura y de parte de otros en la segunda. Algunos pensarán seriamente que se dice demasiado poco; y otros, que es demasiado. Pero sin atender a esto, diré exactamente lo que sé, delante de Aquel a quien todos hemos de dar cuenta.

4. Ya se ha hecho mención de su celo sin igual, de su actividad incansable, de su ternura de corazón para con los afligidos y de su caridad para con los pobres. Pero ¿no deberíamos mencionar también su profunda gratitud hacia todos aquellos a quienes Dios había usado como instrumentos de bien para él? — de quienes no cesó de hablar de la manera más respetuosa, hasta el día de su muerte. ¿No deberíamos mencionar que tenía un corazón capaz de la amistad más generosa y más tierna? He pensado con frecuencia que esta era, entre todas, la parte distintiva de su carácter. ¡Cuán pocos hemos conocido de una disposición tan bondadosa, de afectos tan amplios y desbordantes! ¿No fue principalmente por esto por lo que los corazones de otros se sentían tan extrañamente atraídos y ligados a él? ¿Puede algo, sino el amor, engendrar amor? Esto brillaba en su mismo semblante, y respiraba continuamente en todas sus palabras, ya en público, ya en privado. ¿No era esto lo que, rápido y penetrante como el relámpago, volaba de corazón en corazón? ¿Lo que daba aquella vida a sus sermones, a sus conversaciones, a sus cartas? ¡Vosotros sois testigos!

5. ¡Pero fuera la vil tergiversación de hombres de mente corrompida, que no conocen otro amor que el terrenal y sensual! Recuérdese al mismo tiempo que estaba dotado de la modestia más delicada e intachable. Su oficio le llamaba a conversar muy a menudo y largamente con mujeres tanto como con hombres, y de toda edad y condición. Pero toda su conducta para con ellas era un comentario práctico de aquel consejo de san Pablo a Timoteo: «A las ancianas, como a madres; a las jovencitas, como a hermanas, con toda pureza».

6. Entretanto, ¡cuán conforme con la cordialidad de su espíritu era la franqueza y la sinceridad abierta de su conversación! — aunque estaba tan lejos de la rudeza, por una parte, como del engaño [y el disimulo], por otra. ¿No era esta franqueza a la vez fruto y prueba de su valor y su intrepidez? Armado de estos, no temía el rostro de los hombres, sino que «hablaba con mucha franqueza» a personas de todo rango y condición, altos y bajos, ricos y pobres; procurando solo, «por manifestación de la verdad, recomendarse a toda conciencia humana delante de Dios».

7. Tampoco temía el trabajo ni el dolor, más de lo que temía «lo que [pudiera] hacerle el hombre»; siendo igualmente

paciente en sufrir el mal y en hacer el bien.

Y esto se manifestó en la firmeza con que proseguía todo lo que emprendía por amor de su Maestro. Sirva de testimonio un caso por todos: la Casa de Huérfanos de Georgia, que comenzó y llevó a término a pesar de todos los desalientos. En verdad, en todo lo que le concernía a él mismo era dócil y flexible. En esto era «benigno», fácil de convencer o de persuadir. Pero era inamovible en las cosas de Dios, o dondequiera que estaba en juego su conciencia. Nadie podía persuadirle, como tampoco atemorizarle, a desviarse en lo más mínimo de aquella integridad que era inseparable de todo su carácter y regulaba todas sus palabras y acciones. En esto

se mantuvo fuerte como columna de hierro,

y firme como muro de bronce.

8. Si se pregunta cuál era el fundamento de esta integridad, o de su sinceridad, valor, paciencia y toda otra cualidad valiosa y amable, es fácil dar la respuesta. No era la excelencia de su disposición natural, ni la fuerza de su entendimiento; no era la fuerza de la educación; no, ni el consejo de sus amigos: no era otra cosa que la fe en un Señor que derramó su sangre; «la fe de la operación de Dios». Era «una esperanza viva» de «una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse». Era «el amor de Dios derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le fue dado», que llenaba su alma de un amor tierno y desinteresado hacia todo hijo de hombre. De esta fuente brotaba aquel torrente de elocuencia que con frecuencia arrollaba todo delante de sí; de esta, aquella asombrosa fuerza de persuasión que los pecadores más endurecidos no podían resistir. Esto era lo que a menudo hacía de «su cabeza aguas, y de sus ojos fuentes de lágrimas». Esto era lo que le capacitaba para derramar su alma en oración de una manera peculiar suya, con tal plenitud y facilidad unidas, con tal fuerza y variedad tanto de sentimiento como de expresión.

9. Puedo cerrar este punto observando qué honra plugo a Dios conferir a su fiel siervo, permitiéndole declarar su evangelio eterno en tantos y tan diversos países, a tal número de personas, ¡y con tan grande efecto en tantas de sus preciosas almas! ¿Hemos leído u oído de alguna persona, desde los apóstoles, que haya testificado el evangelio de la gracia de Dios a través de un espacio tan extenso, a través de una parte tan grande del mundo habitable? ¿Hemos leído u oído de alguna persona que haya llamado a tantos miles, a tantas miríadas de pecadores al arrepentimiento? Sobre todo, ¿hemos leído u oído de alguno que haya sido un instrumento bendito en su mano para traer a tantos pecadores «de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios»? Es verdad que, si habláramos así al mundo frívolo, se nos juzgaría como a quienes hablan en lengua bárbara. Pero vosotros entendéis el lenguaje del país al que vais, y adonde nuestro querido amigo ha ido un poco antes que nosotros.

III. Pero ¿cómo aprovecharemos esta solemne providencia? Este es el tercer punto que tenemos que considerar. Y la respuesta a esta importante pregunta es fácil (¡Dios la escriba en todos nuestros corazones!): ateniéndonos estrechamente a las grandes doctrinas que él proclamó, y bebiendo de su espíritu.

1. Y, primero, atengámonos estrechamente a las grandes doctrinas bíblicas que él proclamó en todas partes. Hay muchas doctrinas de naturaleza menos esencial con respecto a las cuales aun los hijos sinceros de Dios (tal es la presente flaqueza del entendimiento humano) están y han estado divididos durante muchos siglos. En estas podemos pensar y dejar pensar; podemos «convenir en disentir». ¡Pero entretanto retengamos lo esencial de «la fe que ha sido una vez dada a los santos», y en la que este campeón de Dios insistió con tanta fuerza, en todo tiempo y en todo lugar!

2. Su punto fundamental era: «Dad a Dios toda la gloria de cuanto bien hay en el hombre»; y: «En el negocio de la salvación, poned a Cristo tan alto y al hombre tan bajo como sea posible». Con este punto comenzaron él y sus amigos de Oxford, los primeros metodistas, así llamados. Su gran principio era que en el hombre no hay poder alguno (por naturaleza) ni mérito alguno. Insistían en que todo poder para pensar, hablar u obrar rectamente está en el Espíritu de Cristo y procede de él; y que todo mérito está (no en el hombre, por alto que esté en la gracia, sino solamente) en la sangre de Cristo. Así enseñaban él y ellos: no hay en el hombre poder, hasta que le es dado de lo alto, para hacer una sola obra buena, para decir una sola palabra buena o para formar un solo deseo bueno. Porque no basta decir que todos los hombres están enfermos de pecado; no, todos estamos «muertos en delitos y pecados». Se sigue que todos los hijos de los hombres son «por naturaleza hijos de ira». Todos somos «culpables delante de Dios», sujetos a la muerte temporal y eterna.

3. Y todos estamos sin ayuda, tanto con respecto al poder como a la culpa del pecado. «Porque ¿quién hará limpio de inmundo?» Nadie menos que el Todopoderoso. ¿Quién puede resucitar a los que están muertos, espiritualmente muertos en el pecado? Nadie sino Aquel que nos levantó del polvo de la tierra. Pero ¿en consideración de qué hará esto? «No por obras de justicia que nosotros hayamos hecho». «Los muertos no te alabarán, oh Señor»; ni pueden hacer cosa alguna por causa de la cual debieran ser levantados a la vida. Todo lo que Dios hace, pues, lo hace únicamente por amor de su Hijo muy amado: «Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados». Él mismo «llevó» todos «nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero». Él «fue entregado por nuestros delitos, y resucitado para nuestra justificación». He aquí, pues, la única causa meritoria de toda bendición de que gozamos o podemos gozar; en particular, de nuestro perdón y aceptación ante Dios, de nuestra plena y gratuita justificación. Pero ¿por qué medio llegamos a tener parte en lo que Cristo ha hecho y padecido? «No por obras, para que nadie se gloríe», sino solo por la fe. «Concluimos», dice el Apóstol, «que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley». Y «a todos los que» así «le reciben, les da potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no son engendrados de voluntad de varón, sino de Dios».

4. Y «el que no naciere» así «otra vez, no puede ver el reino de Dios». Pero todos los que han «nacido del Espíritu» así tienen «el reino de Dios dentro de ellos». Cristo establece su reino en sus corazones: «justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo». Hay en ellos «aquel sentir que hubo también en Cristo Jesús», que los capacita para «andar como él anduvo». Su Espíritu que mora en ellos los hace santos de corazón y «santos en toda su manera de vivir». Pero, con todo, puesto que todo esto es un don gratuito, por la justicia y la sangre de Cristo, hay eternamente la misma razón para recordar: «El que se gloría, gloríese en el Señor».

5. No ignoráis que estas son las doctrinas fundamentales en que él insistía en todas partes. ¿Y no pueden resumirse, por así decirlo, en dos palabras: el nuevo nacimiento y la justificación por la fe? Insistamos en ellas con toda osadía, en todo tiempo y en todo lugar; — en público (los que de entre nosotros somos llamados a ello), y en privado en toda oportunidad. Ateneos estrechamente a estas doctrinas buenas, antiguas y pasadas de moda, por muchos que las contradigan y blasfemen. Seguid adelante, hermanos míos, en el «nombre del Señor, y en la potencia de su fortaleza». Con todo cuidado y diligencia «guardad a salvo lo que se ha confiado a vuestro cuidado», sabiendo que «el cielo y la tierra pasarán, mas esta verdad no pasará».

6. Pero ¿bastará con atenernos estrechamente a sus doctrinas, por puras que sean? ¿No hay un punto de importancia aún mayor que este, a saber, beber de su espíritu? — ser en esto imitador de él, así como él lo fue de Cristo. Sin esto, la pureza de nuestras doctrinas solo aumentaría nuestra condenación. Esto, por tanto, es lo principal: copiar su espíritu. Y, concediendo que en algunos puntos debemos contentarnos con admirar lo que no podemos imitar, en otros muchos podemos, por la misma gracia gratuita, ser partícipes de la misma bendición. Conscientes, pues, de vuestras propias necesidades y del generoso amor de Aquel que «da a todos abundantemente, y no zahiere», clamad a Aquel que lo obra todo en todos por una medida de la misma fe preciosa; del mismo celo y actividad; de la misma ternura de corazón, la misma caridad, las mismas entrañas de misericordia. Luchad con Dios por algún grado de la misma disposición agradecida, amistosa y afectuosa; de la misma franqueza, sencillez y sinceridad piadosa; «el amor sin fingimiento». ¡Seguid luchando hasta que el poder de lo alto obre en vosotros el mismo valor firme y la misma paciencia; y, sobre todo, porque es la corona de todo, la misma integridad invariable!

7. ¿Hay algún otro fruto de la gracia de Dios del que él estuviera eminentemente dotado, y cuya falta entre los hijos de Dios lamentara con frecuencia y apasionadamente? Hay uno, a saber, el amor católico; aquel afecto sincero y tierno que se debe a todos aquellos que, según tenemos razón para creer, son hijos de Dios por la fe; en otras palabras, a todos aquellos, de cualquier confesión, que «le temen y obran justicia». Anhelaba ver a todos los que habían «gustado la buena palabra» con un verdadero espíritu católico; palabra poco entendida, y menos aún experimentada, por muchos que la tienen con frecuencia en la boca. ¿Quién es el que responde a este carácter? ¿Quién es el hombre de espíritu católico? Uno que ama como a amigos, como a hermanos en el Señor, como a copartícipes del presente reino de los cielos y coherederos de su reino eterno, a todos los que, cualquiera que sea su opinión, su forma de culto o su congregación, creen en el Señor Jesús; que aman a Dios y al hombre; que, gozándose en agradar a Dios y temiendo ofenderle, cuidan de abstenerse del mal y son celosos de buenas obras. Es hombre de un espíritu verdaderamente católico el que lleva continuamente a todos estos sobre su corazón; el que, teniendo una ternura indecible por sus personas y un ferviente deseo de su bien, no cesa de encomendarlos a Dios en oración, así como de defender su causa ante los hombres; el que les habla con consuelo y procura, con todas sus palabras, fortalecer sus manos en Dios. Les ayuda hasta el límite de su poder en todas las cosas, espirituales y temporales; está pronto a «gastar y ser gastado» por ellos; sí, a «poner su vida por los hermanos».

8. ¡Cuán amable es este carácter! ¡Cuán deseable para todo hijo de Dios! Pero ¿por qué, entonces, se halla tan raras veces? ¿Cómo es que hay tan pocos ejemplos de él? En verdad, suponiendo que hayamos gustado el amor de Dios, ¿cómo puede alguno de nosotros descansar hasta que sea nuestro? Pues bien, hay un sutil artificio por el cual Satanás persuade a millares de que pueden quedarse cortos de él y, sin embargo, ser inocentes. Bien será si muchos de los aquí presentes no están en este «lazo del diablo, cautivos a voluntad de él». «Oh, sí», dice uno, «yo tengo todo este amor por aquellos a quienes creo hijos de Dios; ¡pero nunca creeré que es hijo de Dios el que pertenece a esa vil congregación! ¿Pensáis vosotros que puede ser hijo de Dios el que sostiene opiniones tan detestables? ¿O el que se une a un culto tan insensato y supersticioso, si no idólatra?». ¡Así podemos justificarnos en un pecado añadiéndole un segundo! ¡Excusamos la falta de amor en nosotros echando la culpa a otros! ¡Para disimular nuestra propia disposición diabólica, declaramos a nuestros hermanos hijos del diablo! ¡Oh, guardaos de esto! — y si ya habéis caído en el lazo, ¡escapad de él cuanto antes! Id y aprended aquel amor verdaderamente católico que «no es temerario», ni precipitado en juzgar; aquel amor que «no piensa el mal»; que «todo lo cree, todo lo espera»; que concede a otros todas las consideraciones que deseamos que otros nos concedan a nosotros. Entonces reconoceremos la gracia de Dios que hay en cada hombre, cualquiera que sea su opinión o su forma de culto: ¡entonces todos los que temen a Dios nos serán cercanos y queridos «en las entrañas de Jesucristo»!

9. ¿No era este el espíritu de nuestro querido amigo? ¿Y por qué no habría de ser el nuestro? Oh tú, Dios de amor, ¿hasta cuándo será tu pueblo un refrán entre los paganos? ¿Hasta cuándo se burlarán de nosotros y dirán: «¡Mirad cómo se aman estos cristianos unos a otros!»? ¿Cuándo quitarás nuestro oprobio? ¿Consumirá la espada perpetuamente? ¿Hasta cuándo tardarás en decir a tu pueblo que se vuelva de «seguir los unos a los otros»? ¡Ahora al menos «deténgase todo el pueblo, y no persiga más a sus hermanos»! Pero hagan lo que hagan otros, ¡oigamos todos nosotros, hermanos míos, la voz de aquel que, muerto, aún habla! Suponed que le oís decir: «¡Ahora al menos sed imitadores de mí, así como yo lo fui de Cristo! ¡Que el hermano “no alce más espada contra el hermano, ni conozcáis más la guerra”! Antes bien, vestíos, como escogidos de Dios, de entrañas de misericordia, de humildad de ánimo, de amor fraternal, de mansedumbre, de longanimidad, soportándoos los unos a los otros en amor. Baste el tiempo pasado para la contienda, la envidia y la porfía; para morderos y comeros los unos a los otros. ¡Bendito sea Dios, que no os habéis consumido hace mucho los unos a los otros! De aquí en adelante guardad la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz».

10. ¡Oh Dios, para ti no hay palabra imposible! ¡Tú haces todo lo que quieres! ¡Oh, si hicieras que el manto de tu profeta, a quien te has llevado, cayera ahora sobre nosotros, los que quedamos! «¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías?» ¡Repose su espíritu sobre estos tus siervos! ¡Muestra que tú eres el Dios que responde por fuego! ¡Caiga el fuego de tu amor sobre cada corazón! ¡Y, porque te amamos, amémonos unos a otros con un «amor más fuerte que la muerte»! ¡Quita de nosotros «toda ira, y enojo, y amargura; toda gritería y maledicencia»! ¡Repose tu Espíritu sobre nosotros de tal modo que desde esta hora seamos «benignos los unos con los otros, misericordiosos, perdonándonos los unos a los otros, como también Dios nos perdonó por amor de Cristo»!

Himno

1 ¡Siervo de Dios, bien hecho!

Tu gloriosa milicia pasó;

librada la batalla, ganada la carrera,

al fin eres coronado;

de todo el deseo de tu corazón

triunfalmente en posesión,

llevado por el coro de los ministros

al seno de tu Redentor.

2 Con amor condescendiente

oyó él tu incesante oración,

y te mandó partir de pronto

a tu completa recompensa:

prestos a llevar la paz

estaban calzados tus hermosos pies,

cuando la misericordia firmó la libertad de tu alma

y te arrebató hasta Dios.

3 Con los santos entronizados en lo alto

proclamas a tu Señor,

y sin cesar clamas: ¡A Dios la salvación,

la salvación al Cordero!

¡Oh alma dichosa, dichosa!

En éxtasis de alabanza,

mientras rueden los siglos eternos,

¡contemplas el rostro de tu Salvador!

4 Redimidos de la tierra y del dolor,

¡ah!, ¿cuándo ascenderemos

y reinaremos todos en la presencia de Jesús

con nuestro amigo trasladado?

¡Ven, Señor, y ven pronto!

Y, cuando seamos completos en ti,

recibe en casa a tus siervos que te anhelan,

¡para triunfar a tus pies!

Capítulo 54 completado

Sobre la muerte del señor George Whitefield

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