Capítulo 53 · 39 min de lectura · 51 min de escucha
La reforma de las costumbres
Sermón 52 5555[texto de la edición de 1872] 5656Predicado ante la Sociedad para la Reforma de las Costumbres el domingo 30 de enero de 1763, en la capilla de West-Street, Seven-Dials
«¿Quién se levantará por mí contra los malignos?»
Salmo 94:16.
1. En todos los tiempos, hombres que ni temían a Dios ni respetaban a hombre se han unido entre sí y han formado confederaciones para llevar adelante las obras de las tinieblas. Y en esto se han mostrado sagaces en su generación; porque por este medio promovieron el reino de su padre el diablo con más eficacia de lo que de otro modo hubieran podido hacerlo. Por otra parte, hombres que sí temían a Dios y deseaban la felicidad de sus semejantes han hallado necesario, en todos los tiempos, unirse para oponerse a las obras de las tinieblas, para difundir el conocimiento de Dios su Salvador y para promover su reino sobre la tierra. En verdad, él mismo les ha enseñado a hacerlo así. Desde que hubo hombres sobre la tierra, él les ha enseñado a unirse en su servicio, y los ha unido en un cuerpo por un Espíritu. Y para este mismo fin los ha juntado, «para deshacer las obras del diablo»; primero en los que ya están unidos, y por medio de ellos en todos los que los rodean.
2. Este es el designio original de la Iglesia de Cristo. Es un cuerpo de hombres trabados entre sí con el fin, primero, de salvar cada uno su propia alma; luego, de ayudarse unos a otros a ocuparse en su salvación; y, después, en cuanto esté de su parte, de salvar a todos los hombres de la miseria presente y futura, de derribar el reino de Satanás y establecer el reino de Cristo. Y este debería ser el cuidado y el empeño continuo de todo miembro de su Iglesia; de lo contrario, no es digno de ser llamado miembro de ella, pues no es un miembro vivo de Cristo.
3. Por consiguiente, este debería ser el cuidado y el empeño constante de todos los que están unidos en estos reinos y se llaman comúnmente la Iglesia de Inglaterra. Están unidos con este mismo fin: oponerse al diablo y a todas sus obras, y hacer guerra contra el mundo y la carne, sus aliados constantes y fieles. Pero ¿responden de hecho al fin de su unión? ¿Están todos los que se titulan «miembros de la Iglesia de Inglaterra» empeñados de corazón en oponerse a las obras del diablo y en combatir contra el mundo y la carne? ¡Ay!, no podemos decir tal cosa. Tan lejos está de ser así, que gran parte de ellos, y temo que la mayor parte, son ellos mismos el mundo, — el pueblo que no conoce a Dios para ningún fin salvador; en vez de «mortificar la carne con sus afectos y deseos», la complacen día tras día; y hacen ellos mismos aquellas obras del diablo que están particularmente comprometidos a destruir.
4. Hay, pues, todavía necesidad, aun en este país cristiano (como por cortesía llamamos a la Gran Bretaña), sí, en esta iglesia cristiana (si podemos dar ese título al grueso de nuestra nación), de algunos que «se levanten contra los malignos» y se unan «contra los que obran iniquidad». Más aún, nunca hubo más necesidad que en el día de hoy de que «los que temen al Señor hablen cada uno a su compañero» sobre este mismo punto: cómo pueden «levantar bandera contra la iniquidad» que inunda la tierra. Hay causa sobrada para que todos los siervos de Dios se unan contra las obras del diablo; para que, con corazones, consejos y esfuerzos unidos, hagan frente por Dios y repriman, en cuanto esté de su parte, estos «torrentes de impiedad».
5. Con este fin, unas pocas personas de Londres, hacia el final del siglo pasado, se unieron, y al cabo de un tiempo fueron llamadas la Sociedad para la Reforma de las Costumbres; y por ellas se hizo un bien increíble durante cerca de cuarenta años. Pero después, habiendo partido a su recompensa la mayoría de los miembros originales, los que les sucedieron desmayaron en su ánimo y abandonaron la obra; de modo que hace unos años la Sociedad dejó de existir, y no quedó ninguna de su clase en el reino.
6. Es una sociedad de la misma naturaleza la que se ha formado últimamente. Me propongo mostrar: primero, la naturaleza de su designio y los pasos que han dado hasta ahora; segundo, su excelencia, con las diversas objeciones que se han levantado contra él; tercero, qué clase de hombres deben ser los que se empeñan en semejante designio; y, cuarto, con qué espíritu y de qué manera deben proceder en su prosecución. Concluiré con una aplicación tanto a ellos como a todos los que temen a Dios.
I. 1. He de mostrar, primero, la naturaleza de su designio y los pasos que han dado hasta ahora.
Fue un día del Señor, en agosto de 1757, cuando, en una pequeña compañía reunida para la oración y la conversación religiosa, se hizo mención de la grosera y abierta profanación de aquel día sagrado por parte de personas que compraban y vendían, tenían abierta la tienda, bebían en las tabernas y estaban de pie o sentadas en las calles, caminos o campos, vendiendo sus mercancías como en los días comunes; especialmente en Moorfields, que entonces estaba lleno de ellas todos los domingos, de un extremo a otro. Se consideró qué medio podía tomarse para remediar estos agravios, y se acordó que seis de ellos fuesen por la mañana a ver a Sir John Fielding para recibir instrucción. Así lo hicieron: él aprobó el designio y les indicó cómo llevarlo a ejecución.
2. Primero presentaron peticiones al Muy Honorable señor Alcalde y al Tribunal de Regidores; a los jueces de paz que se reunían en Hick’s Hall, y a los de Westminster; y de todos estos honorables tribunales recibieron mucho aliento para seguir adelante.
3. Se juzgó conveniente luego dar a conocer su designio a muchas personas de rango eminente y al cuerpo del clero, así como a los ministros de otras denominaciones, pertenecientes a las diversas iglesias y congregaciones de las ciudades de Londres y Westminster y sus alrededores; y tuvieron la satisfacción de hallar en ellos un consentimiento cordial y una aprobación universal.
4. Después imprimieron y repartieron, a su propia costa, varios miles de libros de instrucción para los alguaciles y otros oficiales de parroquia, explicando y urgiendo sus diversos deberes. Y para evitar, en cuanto fuese posible, la necesidad de proceder a la ejecución efectiva de las leyes, imprimieron también y repartieron por todas partes de la ciudad exhortaciones contra el quebrantamiento del día de reposo, extractos de las leyes del Parlamento contra él y avisos a los infractores.
5. Allanado el camino con estas precauciones, fue a principios del año 1758 cuando, después de avisos dados una y otra vez, que otras tantas veces fueron menospreciados, se presentaron denuncias formales ante los magistrados contra las personas que profanaban el día del Señor. Por este medio limpiaron primero las calles y los campos de aquellos infractores notorios que, sin consideración alguna ni a Dios ni al rey, vendían sus mercancías de la mañana a la noche. Pasaron a una empresa más difícil: impedir que se bebiera en el día del Señor, pasando en las tabernas el tiempo que debía emplearse en el culto más inmediato de Dios. En esto quedaron expuestos a gran cantidad de oprobio, a insultos y ultrajes de toda clase; pues tenían que contender no solo con los bebedores y con quienes los acogían, los taberneros, sino con hombres ricos y honorables, en parte los dueños de las casas de esos taberneros, en parte los que les proveían de bebida y, en general, todos los que se lucraban con sus pecados. Algunos de estos eran no solo hombres de fortuna, sino hombres con autoridad; más aún, en más de un caso eran las mismas personas ante quienes se llevaba a los delincuentes. Y el trato que estos daban a los que presentaban las denuncias animaba naturalmente a «las bestias del pueblo» a seguir su ejemplo y a tratarlos como a individuos indignos de vivir sobre la tierra. De ahí que no tuvieran escrúpulo, no solo en tratarlos con el lenguaje más vil, no solo en arrojarles barro o piedras o lo que les viniera a mano, sino muchas veces en golpearlos sin misericordia y arrastrarlos sobre las piedras o por los albañales. Y si no los asesinaron, no fue por falta de voluntad; sino porque tenían el freno en los dientes.
6. Habiendo, pues, recibido ayuda de Dios, pasaron a refrenar también a los panaderos para que no emplearan una parte tan grande del día del Señor en ejercer el trabajo de su oficio. Pero muchos de estos fueron más nobles que los taberneros. Tan lejos estuvieron de resentirse de ello o de tomarlo como una afrenta, que varios que habían sido arrastrados por la corriente de la costumbre a obrar contra su propia conciencia les agradecieron sinceramente su trabajo y lo reconocieron como una verdadera bondad.
7. Al limpiar de quebrantadores del día de reposo las calles, los campos y las tabernas, dieron con otra clase de infractores, tan dañinos para la sociedad como cualesquiera otros; a saber, jugadores de diversas clases. Algunos de estos eran de la clase más baja y vil, llamados comúnmente tahúres, que hacen oficio de apoderarse de hombres jóvenes e inexpertos y despojarlos con engaños de todo su dinero; y después de haberlos reducido a la mendicidad, con frecuencia les enseñan el mismo misterio de iniquidad. Han extirpado varios nidos de estos, y han obligado a no pocos de ellos a ganarse honradamente el pan con el sudor de su frente y el trabajo de sus manos.
8. Creciendo en número y en fuerza, extendieron sus miras y comenzaron no solo a reprimir el jurar profano, sino a quitar de nuestras calles otra molestia pública y escándalo del nombre cristiano: las prostitutas comunes. Muchas de estas fueron detenidas en mitad de su carrera de audaz maldad. Y para ir a la raíz de la enfermedad, muchas de las casas que las acogían han sido descubiertas, procesadas conforme a la ley y suprimidas por completo. Y algunas de estas pobres mujeres desamparadas, aunque caídas hasta
la más baja línea de la infamia humana,
han reconocido la misericordiosa providencia de Dios y han roto con sus pecados mediante un arrepentimiento duradero. Varias de ellas han sido colocadas en servicio, y varias recibidas en el Hospital de la Magdalena.
9. Si se me permite una pequeña digresión, ¿quién puede admirar suficientemente la sabiduría de la divina Providencia en la disposición de los tiempos y las sazones, de modo que un suceso se ajuste a otro? Por ejemplo: justamente en el tiempo en que muchas de estas pobres criaturas, detenidas en su carrera de pecado, sintieron el deseo de llevar una vida mejor, como en respuesta a aquella triste pregunta: «Pero si dejo el camino en que ahora estoy, ¿de qué voy a vivir? Porque no sé ningún oficio, y no tengo amigos que me reciban»; — digo que justamente en ese tiempo Dios ha preparado el Hospital de la Magdalena. Aquí las que no tienen oficio ni amigos que las reciban son recibidas con toda ternura; sí, pueden vivir, y vivir con consuelo, provistas de todas las cosas que son necesarias «para la vida y la piedad».
10. Pero volvamos. El número de personas llevadas ante la justicia, desde agosto de 1757 hasta agosto de 1762, es de......................9.596
Desde entonces hasta el presente: —
Por juego ilícito y por jurar profanamente
40
Por quebrantar el día de reposo
400
Mujeres de mala vida y dueños de casas de mala fama
550
Por poner a la venta estampas obscenas
2
En total
10.588
11. En la admisión de miembros en la Sociedad no se atiende a ninguna secta o partido en particular. Cualquiera que, después de averiguarlo, resulte ser un hombre bueno es admitido de buena gana. Y nadie que tenga miras egoístas o pecuniarias permanecerá en ella mucho tiempo; no solo porque nada puede ganar en ello, sino porque pronto saldría perdiendo, puesto que ha de hacerse suscriptor tan pronto como es miembro. Es verdad que el clamor del vulgo es: «Todos estos son whitefieldianos». Pero es un gran error. Unos veinte de los miembros que contribuyen con regularidad son todos los que tienen relación con el señor Whitefield; unos cincuenta tienen relación con el señor Wesley; unos veinte, que son de la Iglesia establecida, no tienen relación con ninguno de los dos; y unos setenta son disidentes; lo cual hace, en total, ciento sesenta. Hay, en verdad, muchos más que ayudan en la obra con suscripciones ocasionales.
II. 1. Estos son los pasos que se han dado hasta ahora en la prosecución de este designio. He de mostrar, en segundo lugar, su excelencia, no obstante las objeciones que se han levantado contra él. Ahora bien, esto puede verse por diversas consideraciones. Y, primero, por esta: que hacer frente abiertamente a toda la impiedad e injusticia que como un diluvio cubren nuestra tierra es una de las maneras más nobles de confesar a Cristo delante de sus enemigos. Es dar gloria a Dios y mostrar a los hombres que, aun en estas heces del tiempo,
hay quienes prefieren la fe,
aunque pocos, y la piedad para con Dios.
¿Y qué hay más excelente que dar a Dios la honra debida a su nombre? ¿Que declarar con una prueba más fuerte que las palabras, aun padeciendo y arrostrando todo peligro: «Ciertamente hay fruto para el justo; ciertamente hay Dios que juzga en la tierra»?
2. ¡Cuán excelente es el designio de impedir en algún grado la deshonra que se hace a su glorioso nombre, el desprecio que se derrama sobre su autoridad y el escándalo que se trae sobre nuestra santa religión por la maldad grosera y flagrante de los que todavía se llaman por el nombre de Cristo! Contener en algún grado el torrente del vicio, reprimir los torrentes de la impiedad, quitar en alguna medida esas ocasiones de blasfemar el buen nombre por el cual somos llamados, es uno de los designios más nobles que puede caber en el corazón del hombre concebir.
3. Y así como este designio tiende tan evidentemente a dar «gloria a Dios en las alturas», no menos manifiestamente contribuye a establecer «en la tierra paz». Porque así como todo pecado tiende directamente a destruir nuestra paz con Dios, desafiándole abiertamente, a desterrar la paz de nuestro propio pecho y a poner la espada de cada hombre contra su prójimo, así todo lo que impide o quita el pecado promueve en el mismo grado la paz, — tanto la paz en nuestra propia alma como la paz con Dios y la paz unos con otros. Tales son los frutos genuinos de este designio, aun en el mundo presente. Pero ¿por qué habríamos de limitar nuestras miras a los estrechos límites del tiempo y del espacio? Pasemos más bien más allá de ellos, a la eternidad. ¿Y qué fruto de él hallaremos allí? Hable el Apóstol: «Hermanos, si alguno de entre vosotros ha errado de la verdad, y alguno le convirtiere» (¡no a esta o aquella opinión, sino a Dios!), «sepa que el que hubiere hecho convertir al pecador del error de su camino, salvará un alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados». (Santiago 5:19, 20.)
4. Y no es solo a los individuos, ya sean los que arrastran a otros al pecado, ya los que están expuestos a ser arrastrados y destruidos por ellos, a quienes redunda el beneficio de este designio, sino a toda la comunidad de la cual somos miembros. Porque ¿no es una observación segura que «la justicia engrandece la nación»? ¿Y no es igualmente seguro, por otra parte, que «el pecado es afrenta de las naciones»? ¿Sí, y que trae sobre ellas la maldición de Dios? Por tanto, en la medida en que se promueve la justicia en cualquiera de sus ramas, en esa medida se adelanta el interés de la nación. En la medida en que se refrena el pecado, especialmente el pecado abierto, se quitan de nosotros la maldición y el oprobio. Quienesquiera, pues, que sean los que trabajan en esto, son bienhechores de todos. Son los más verdaderos amigos de su rey y de su patria. Y en la misma proporción en que su designio se cumpla, no cabe duda de que Dios dará prosperidad a la nación, en cumplimiento de su fiel palabra: «Yo honraré a los que me honran».
5. Pero se objeta: «Por excelente que sea este designio, no os concierne a vosotros. Porque ¿no hay personas a quienes corresponde propiamente reprimir estas ofensas y castigar a los ofensores? ¿No hay alguaciles y otros oficiales de parroquia que están obligados por juramento a esto mismo?». Los hay. Los alguaciles y los mayordomos de la iglesia, en particular, están comprometidos por juramentos solemnes a dar la debida denuncia contra los profanadores del día del Señor y contra todos los demás pecadores escandalosos. Pero si lo dejan sin hacer, — si, a pesar de sus juramentos, no se ocupan del asunto, entonces concierne a todos los que temen a Dios, aman a la humanidad y desean el bien de su rey y de su patria, proseguir este designio con el mismo vigor que si no existieran tales oficiales; pues, si no sirven de nada, es exactamente lo mismo que si no existieran.
6. «Pero esto no es más que un pretexto: su verdadero designio es sacar dinero presentando denuncias». Así se ha afirmado con frecuencia y rotundamente; pero sin la menor sombra de verdad. Lo contrario puede probarse con mil ejemplos: ningún miembro de la Sociedad toma parte alguna del dinero que la ley asigna al denunciante. Nunca lo hicieron desde el principio; ni ninguno de ellos recibe jamás cosa alguna por suprimir o retirar su denuncia. Este es otro error, si no una calumnia deliberada, para la cual no hay el menor fundamento.
7. «Pero el designio es impracticable. El vicio ha llegado a tal altura que es imposible suprimirlo; especialmente por tales medios. Porque ¿qué puede hacer un puñado de gente pobre en oposición a todo el mundo?». «Para con los hombres imposible es esto; mas no para con Dios». Y ellos confían, no en sí mismos, sino en él. Sean, pues, los patronos del vicio tan fuertes como se quiera, para él no son más que langostas. Y todos los medios son iguales para él: para Dios es lo mismo «salvar con multitud o con poco número». El escaso número, pues, de los que están de parte del Señor no importa nada; ni tampoco el gran número de los que están contra él. Él sigue haciendo todo lo que quiere; y «no hay consejo ni fuerza contra el Señor».
8. «Pero si el fin al que apuntáis es realmente reformar a los pecadores, escogéis el medio equivocado. Es la Palabra de Dios la que ha de efectuar esto, y no las leyes humanas; y es obra de los ministros, no de los magistrados; por tanto, acudir a estos solo puede producir una reforma exterior. No hace cambio alguno en el corazón».
Es verdad que la Palabra de Dios es el medio principal y ordinario por el cual él cambia tanto el corazón como la vida de los pecadores; y que lo hace principalmente por medio de los ministros del evangelio. Pero es igualmente verdad que el magistrado es «ministro de Dios», y que Dios lo ha destinado a ser «para temor al malo», ejecutando sobre los malhechores las leyes humanas. Aunque esto no cambie el corazón, impedir el pecado exterior es ya un punto valioso ganado. Se hace tanto menos deshonra a Dios, se trae menos escándalo sobre nuestra santa religión; hay menos maldición y oprobio sobre nuestra nación; se pone menos tentación en el camino de otros; sí, y los mismos pecadores atesoran menos ira para el día de la ira.
9. «Antes bien, más; porque hace hipócritas a muchos de ellos, que aparentan ser lo que no son. Otros, al ser expuestos a la vergüenza y obligados a hacer gastos, se vuelven desvergonzados y desesperados en la maldad; de modo que en realidad ninguno de ellos es mejor, si no es que son peores que antes».
Esto es un error de principio a fin. Porque: (1.) ¿Dónde están esos hipócritas? No conocemos a ninguno que haya aparentado ser lo que no era. (2.) El exponer a la vergüenza a los ofensores obstinados y obligarlos a hacer gastos no los hace desesperados en ofender, sino temerosos de ofender. (3.) Algunos de ellos, lejos de ser peores, son sustancialmente mejores, pues todo el tenor de su vida ha cambiado. Sí, (4.) algunos han cambiado interiormente, aun «de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios».
10. «Pero muchos no están convencidos de que comprar o vender en el día del Señor sea pecado».
Si no están convencidos, deberían estarlo: ya es hora de que lo estén. El caso es tan claro como puede serlo. Porque si una violación abierta y deliberada tanto de la ley de Dios como de la ley del país no es pecado, ¿qué lo es, decidme? Y si una violación tal de las leyes divinas y humanas no ha de castigarse porque un hombre no está convencido de que sea pecado, se acabó toda ejecución de la justicia, y todos los hombres pueden vivir como les plazca.
11. «Pero primero deberían probarse métodos suaves». Así debe ser, y así se hace. A cada infractor se le da una amonestación suave antes de poner en ejecución la ley contra él; y a nadie se procesa hasta que ha recibido aviso expreso de que así sucederá, a menos que él evite ese proceso quitando su causa. En cada caso se usa el método más suave que la naturaleza del caso admite; y nunca se aplican medios más severos sino cuando son absolutamente necesarios para el fin.
12. «Bien; pero después de todo este alboroto acerca de la reforma, ¿qué bien real se ha hecho?». Un bien indecible; y mucho más de lo que nadie hubiera podido esperar en tan poco tiempo, considerando el escaso número de los instrumentos y las dificultades con que tuvieron que enfrentarse. Mucho mal se ha impedido ya, y mucho se ha quitado. Muchos pecadores se han reformado exteriormente; algunos han cambiado interiormente. La honra de Aquel cuyo nombre llevamos, tan abiertamente afrentada, ha sido abiertamente defendida. Y no es fácil determinar cuántas y cuán grandes bendiciones aun esta pequeña resistencia, hecha por Dios y por su causa contra sus atrevidos enemigos, puede haber atraído ya sobre toda nuestra nación. En suma, pues, después de todas las objeciones que puedan hacerse, los hombres razonables pueden aún concluir que difícilmente pudo caber jamás en el corazón del hombre un designio más excelente.
III. 1. Pero ¿qué clase de hombres deben ser los que se empeñan en semejante designio? Algunos podrán imaginar que todo el que esté dispuesto a ayudar en él debe ser admitido de buena gana, y que cuanto mayor sea el número de miembros, mayor será su influencia. Pero esto de ningún modo es verdad: los hechos prueban innegablemente lo contrario. Mientras la antigua Sociedad para la Reforma de las Costumbres constó solo de miembros escogidos, aunque no fueran ni muchos, ni ricos, ni poderosos, rompieron toda oposición y tuvieron un éxito eminente en todas las ramas de su empresa; pero cuando se recibieron en aquella Sociedad varios hombres escogidos con menos cuidado, se fueron haciendo cada vez menos útiles, hasta que, por grados insensibles, se redujeron a nada.
2. Por tanto, al número de los miembros no se ha de atender más que a su riqueza o eminencia. Esta es una obra de Dios. Se emprende en el nombre de Dios y por amor de él. De ahí se sigue que los hombres que ni aman ni temen a Dios no tienen parte ni suerte en este asunto. «¿Qué tienes tú que tomar mi pacto en tu boca?», puede decir Dios a cualquiera de ellos; «pues que tú» mismo «aborreces ser reformado, y echas a tu espalda mis palabras». Por tanto, quien vive en algún pecado conocido no es apto para empeñarse en reformar a los pecadores; más especialmente si es culpable, en cualquier caso o en el menor grado, de profanar el nombre de Dios, de comprar, vender o hacer cualquier trabajo innecesario en el día del Señor; o de faltar en cualquier otro de aquellos puntos que esta Sociedad está particularmente destinada a reformar. No; que nadie que necesite él mismo de esta reforma presuma de meterse en semejante empresa. Primero «saque la viga de su propio ojo»; sea él mismo irreprensible en todas las cosas.
3. No es que esto baste: todo el que se empeñe en ello debe ser más que un hombre inofensivo. Debe ser un hombre de fe; que tenga al menos tal grado de aquella «demostración de las cosas que no se ven», que «no mire a las cosas que se ven, que son temporales, sino a las que no se ven, que son eternas»; una fe tal que produzca un firme temor de Dios, con una resolución duradera, por su gracia, de abstenerse de todo lo que él ha prohibido y de hacer todo lo que él ha mandado. Necesitará más especialmente aquella rama particular de la fe que es la confianza en Dios. Es esta fe la que «traslada los montes»; la que «apaga la violencia del fuego»; la que rompe toda oposición y capacita a uno para resistir y «perseguir a mil», sabiendo en quién está su fuerza, y aun cuando tiene «en sí mismo respuesta de muerte, confiando en Aquel que levanta los muertos».
4. El que tiene fe y confianza en Dios será, por consiguiente, un hombre de valor. Y tal es sumamente necesario que sea todo hombre que se empeñe en esta empresa; porque en su prosecución ocurrirán muchas cosas que son terribles para la naturaleza; tan terribles, en verdad, que todos los que «consultan con carne y sangre» tendrán miedo de afrontarlas. Aquí, pues, el verdadero valor tiene su lugar propio, y es necesario en el más alto grado. Y esto solo la fe puede suplirlo. Un creyente puede decir:
No temo negativa; no temo peligro;
ni huyo de la prueba; — pues Jesús está cerca.
5. Al valor está estrechamente unida la paciencia: el uno mira a los males futuros, la otra a los presentes. Y quienquiera que se una para llevar adelante un designio de esta naturaleza tendrá gran necesidad de ella. Porque, a pesar de toda su irreprensibilidad, se hallará justamente en la situación de Ismael: «su mano contra todos, y la mano de todos contra él». Y no es de extrañar: si es verdad que «todos los que quieren vivir piadosamente padecerán persecución», ¡cuán eminentemente ha de cumplirse esto en aquellos que, no contentos con vivir ellos mismos piadosamente, obligan a los impíos a hacer otro tanto, o al menos a abstenerse de la impiedad notoria! ¿No es esto declarar la guerra a todo el mundo?, ¿desafiar a todos los hijos del diablo? ¿Y no empleará Satanás mismo, «el príncipe de este mundo, el gobernador de las tinieblas» de él, toda su astucia y toda su fuerza en sostén de su reino tambaleante? ¿Quién puede esperar que el león rugiente se someta mansamente a que le arranquen la presa de entre los dientes? «La paciencia», por tanto, «os es necesaria; para que, habiendo hecho la voluntad de Dios, obtengáis la promesa».
6. Y tenéis necesidad de firmeza, para que «mantengáis firme» esta «profesión de vuestra fe sin fluctuar». Esto también debe hallarse en todos los que se unen en esta Sociedad; la cual no es tarea para un «hombre de doblado ánimo», para uno que «es inconstante en sus caminos». El que es como caña sacudida por el viento no es apto para esta milicia, que exige un propósito firme del alma, una resolución constante y decidida. Al que le falta esto podrá «poner su mano al arado»; ¡pero cuán pronto «mirará atrás»! Podrá, en verdad, «durar por algún tiempo; pero venida la persecución o la aflicción», las tribulaciones públicas o privadas, «por causa de la obra, luego se ofende».
7. En verdad, es difícil que alguien persevere en una obra tan desagradable, a menos que el amor venza tanto el dolor como el temor. Por eso es sumamente conveniente que todos los que en ella se ocupan tengan «el amor de Dios derramado en sus corazones»; que todos ellos puedan declarar: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero». La presencia de Aquel a quien ama su alma hará entonces ligero su trabajo. Entonces pueden decir, no desde el desvarío de una imaginación acalorada, sino con la mayor verdad y sobriedad:
Conversando contigo, olvido
todo tiempo, y fatiga, y afán:
el trabajo es descanso, y dulce el dolor,
mientras tú, Dios mío, estás aquí.
8. Lo que añade una dulzura aún mayor, aun al trabajo y al dolor, es el cristiano «amor del prójimo». Cuando «aman a su prójimo», es decir, a toda alma humana, «como a sí mismos», como a sus propias almas; cuando «el amor de Cristo los constriñe» a amarse unos a otros, «como él nos amó»; cuando, así como él «gustó la muerte por todos», así ellos están «dispuestos a poner su vida por los hermanos» (incluyendo en ese número a todo hombre, a toda alma por la que Cristo murió), ¿qué perspectiva de peligro podrá entonces espantarlos de su «trabajo de amor»? ¿Qué sufrimiento no estarán dispuestos a soportar para salvar un alma de las llamas eternas? ¿Qué continuidad de trabajo, de desengaño, de dolor, vencerá su resolución fija? ¿No serán ellos
templados contra todo rechazo, sin cansarse jamás
del día fatigoso, ni de la noche sin fruto?
Así el amor «todo lo espera» y «todo lo soporta»; así «la caridad nunca deja de ser».
9. El amor es necesario a todos los miembros de tal Sociedad también por otra razón; a saber, porque «no se envanece»: produce no solo valor y paciencia, sino humildad. ¡Y oh, cuán necesaria es esta para todos los que así se ocupan! ¿Qué puede ser de más importancia que el que sean pequeños, y viles, y bajos, y despreciables a sus propios ojos? Porque, de otro modo, si se tuvieran por algo, si se atribuyeran algo a sí mismos, si admitieran algo de un espíritu farisaico, «confiando de sí como justos, y menospreciando a los otros», nada podría tender más directamente a derribar todo el designio. Porque entonces no solo tendrían que contender con todo el mundo, sino también con Dios mismo, ya que él «resiste a los soberbios, y da gracia» solo «a los humildes». Profundamente consciente, pues, debe estar todo miembro de esta sociedad de su propia necedad, debilidad e impotencia; pendiente continuamente, con toda su alma, de Aquel que solo tiene sabiduría y fuerza, con una convicción inefable de que «la ayuda que se hace en la tierra, Dios mismo la hace»; y de que solo él es «el que en nosotros obra así el querer como el hacer, por su buena voluntad».
10. Un punto más debe tener profundamente grabado en su corazón todo el que se empeñe en este designio, a saber: que «la ira del hombre no obra la justicia de Dios». Aprenda, pues, de Aquel que era manso además de humilde; y permanezca en la mansedumbre tanto como en la humildad: «con toda humildad y mansedumbre», «ande como es digno de la vocación con que es llamado». Sean ellos «mansos para con todos los hombres», buenos o malos, por amor de sí mismo, por amor de ellos, por amor de Cristo. ¿Hay algunos «ignorantes y extraviados»? Tenga «compasión» de ellos. ¿Se oponen incluso a la palabra y a la obra de Dios; más aún, se ponen en orden de batalla contra ella? Tanto más necesidad tiene él de «corregir con mansedumbre a los que así se oponen»; si quizá «se zafen del lazo del diablo», y no estén más «cautivos a voluntad de él».
IV. 1. De las cualidades de los que son aptos para empeñarse en una empresa como esta, paso a mostrar, en cuarto lugar, con qué espíritu y de qué manera debe proseguirse. Primero, con qué espíritu. Ahora bien, esto mira primeramente al motivo, que ha de conservarse en cada paso que se dé; porque si en algún momento «la lumbre que en ti hay son tinieblas, ¡cuántas serán las mismas tinieblas! Mas si tu ojo fuere sincero, todo tu cuerpo será luminoso». Esto, por tanto, se ha de recordar continuamente y llevar a cada palabra y acción. Nada se ha de decir ni hacer, grande o pequeño, con miras a ninguna ventaja temporal; nada con miras al favor o la estima, al amor o la alabanza de los hombres. Sino que la intención, el ojo de la mente, ha de estar siempre fija en la gloria de Dios y el bien del hombre.
2. Pero el espíritu con que todo se ha de hacer mira a la disposición tanto como al motivo. Y esta no es otra que la que se ha descrito arriba. Porque el mismo valor, paciencia y firmeza que capacitan a un hombre para la obra han de ejercitarse en ella. Sobre todo, «tome el escudo de la fe»: este apagará mil dardos de fuego. Ejercite toda la fe que Dios le ha dado, en cada hora de prueba. Y hágase todo lo suyo en amor: nunca deje que se lo arrebaten. Ni las muchas aguas deben apagar este amor, ni ahogarlo las avenidas de la ingratitud. Haya en él asimismo aquel sentir humilde que hubo también en Cristo Jesús; sí, «revístase de humildad», que llene su corazón y adorne toda su conducta. Al mismo tiempo, «vístase de entrañas de misericordia, de benignidad, de tolerancia»; evitando la menor apariencia de malicia, amargura, ira o resentimiento; sabiendo que nuestra vocación es no ser «vencidos de lo malo, sino vencer con el bien el mal». Para conservar este amor humilde y manso, es necesario hacer todas las cosas con recogimiento de espíritu; velando contra toda prisa o disipación del pensamiento, así como contra el orgullo, la ira o la aspereza. Pero esto no puede conservarse de otro modo que «siendo constante en la oración», tanto antes como después de salir al campo, y durante toda la acción; y haciéndolo todo en espíritu de sacrificio, ofreciéndolo todo a Dios por medio del Hijo de su amor.
3. En cuanto a la manera exterior de obrar, una regla general es: sea expresión de estas disposiciones interiores. Pero, para ser más particular: (1.) Guárdese cada uno de «hacer males para que vengan bienes». Por tanto, «dejada la mentira, hable cada uno verdad con su prójimo». No uséis fraude ni engaño, ni para descubrir ni para castigar a nadie, sino que «con simplicidad y sinceridad de Dios» «encomendaos a la conciencia de los hombres delante de Dios». Es probable que, al ateneros a estas reglas, sean convictos menos infractores; pero tanto más acompañará la bendición de Dios a toda la empresa.
4. Pero únase la inocencia a la prudencia, propiamente llamada así; no aquel engendro del infierno que el mundo llama prudencia, que es mera astucia, maña y disimulo; sino aquella «sabiduría que es de lo alto», que nuestro Señor recomienda particularmente a todos los que quieran promover su reino en la tierra. «Sed pues prudentes como serpientes», mientras sois «sencillos como palomas». Esta sabiduría os enseñará cómo ajustar vuestras palabras y toda vuestra conducta a las personas con quienes tenéis que tratar; al tiempo, al lugar y a todas las demás circunstancias. Os enseñará a cortar la ocasión de ofensa aun a los que buscan ocasión, y a hacer las cosas de naturaleza más ofensiva de la manera menos ofensiva que sea posible.
5. Vuestra manera de hablar, particularmente a los infractores, debe ser en todo tiempo profundamente seria (no sea que parezca que los insultáis o que triunfáis sobre ellos), inclinada más bien a la tristeza; mostrando que os compadecéis de ellos por lo que hacen, y que os condoléis de ellos en lo que sufren. Que vuestro semblante y tono de voz, así como vuestras palabras, sean desapasionados, tranquilos, apacibles; sí, donde no parezca disimulo, aun bondadosos y amistosos. En algunos casos, donde probablemente se reciba con la intención con que se dice, podéis declarar la buena voluntad que les tenéis; pero al mismo tiempo (para que no se piense que procede del miedo o de alguna inclinación torcida), declarando vuestra intrepidez y vuestra resolución inflexible de oponeros al vicio y castigarlo hasta lo sumo.
V. 1. Solo resta hacer alguna aplicación de lo dicho, en parte a vosotros que ya estáis empeñados en esta obra, en parte a todos los que temen a Dios; y más especialmente a los que le aman además de temerle.
En cuanto a vosotros que ya estáis empeñados en esta obra, el primer consejo que os daría es que consideréis serena y profundamente la naturaleza de vuestra empresa. Sabed lo que hacéis; conoced a fondo lo que tenéis entre manos; considerad las objeciones que se hacen contra el conjunto de vuestra empresa; y antes de proseguir, aseguraos de que esas objeciones no tienen peso real. Entonces podrá cada uno obrar según esté plenamente persuadido en su propio ánimo.
2. Os aconsejo, en segundo lugar, que no os deis prisa en aumentar vuestro número; y, al añadir a él, no miréis a la riqueza, al rango ni a ninguna circunstancia exterior; mirad solo a las cualidades arriba descritas. Inquirid diligentemente si la persona propuesta es de conducta irreprensible, y si es un hombre de fe, valor, paciencia y firmeza; si es amante de Dios y del hombre. Si lo es, añadirá a vuestra fuerza tanto como a vuestro número; si no, perderéis por él más de lo que ganáis, porque desagradaréis a Dios. Y no temáis expulsar de entre vosotros a cualquiera que no responda al carácter precedente. Disminuyendo así vuestro número, aumentaréis vuestra fuerza: seréis «vasos útiles para los usos de vuestro Señor».
3. En tercer lugar, os aconsejaría observar estrechamente por qué motivo obráis o habláis en cualquier momento. Guardaos de que vuestra intención no se manche con miras al provecho o a la alabanza. Todo lo que hagáis, «hacedlo como al Señor; como siervos de Cristo. No procuréis agradaros a vosotros mismos en ningún punto, sino agradar a Aquel de quien sois y a quien servís. Sea sincero vuestro ojo, del principio al fin; mirad solo a Dios en cada palabra y obra.
4. Os aconsejo, en cuarto lugar, que procuréis hacerlo todo con la disposición debida; con humildad y mansedumbre, con paciencia y benignidad, como es digno del evangelio de Cristo. Dad cada paso confiando en Dios, y con el espíritu más tierno y amoroso de que seáis capaces. Entretanto, velad siempre contra toda prisa y disipación de espíritu; y orad siempre, con todo fervor y perseverancia, para que vuestra fe no falte. ¡Y que nada interrumpa ese espíritu de sacrificio por el que ofrecéis todo lo que tenéis y sois, todo lo que sufrís y hacéis, para que sea una ofrenda de olor suave a Dios, por medio de Jesucristo!
5. En cuanto a la manera de obrar y de hablar, os aconsejo que lo hagáis con toda inocencia y sencillez, prudencia y seriedad. Añadid a esto toda la calma y apacibilidad posibles; más aún, toda la ternura que el caso admita. No habéis de portaros como carniceros ni verdugos, sino más bien como cirujanos, que no causan al paciente más dolor del necesario para la curación. Para ello, cada uno de vosotros tiene necesidad, asimismo, de «una mano de dama con un corazón de león». Así muchos, aun de aquellos a quienes os veis obligados a castigar, «glorificarán a Dios en el día de la visitación».
6. Os exhorto a todos los que teméis a Dios, como esperáis hallar misericordia de su mano, como teméis ser hallados (aunque no lo supierais) «resistiendo aun a Dios», que no os opongáis ni estorbéis, por ningún motivo, razón ni pretexto, directa ni indirectamente, a un designio tan misericordioso y tan conducente a su gloria. Pero esto no es todo: si sois amantes de la humanidad, si anheláis disminuir los pecados y las miserias de vuestros semejantes, ¿podéis contentaros, podéis estar limpios delante de Dios, con solo no oponeros a él? ¿No estáis también obligados por los lazos más sagrados, «según tengáis oportunidad, a hacer bien a todos»? ¿Y no es esta una oportunidad de hacer bien a muchos, y bien de la más alta clase? ¡En el nombre de Dios, pues, abrazad la oportunidad! Ayudad a hacer este bien, si no de otro modo, al menos con vuestras fervientes oraciones por los que están ocupados directamente en él. Ayudadles, según vuestra capacidad, a sufragar el gasto que necesariamente lo acompaña y que, sin la ayuda de personas caritativas, sería una carga que no podrían llevar. Ayudadles, si podéis sin incomodidad, con suscripciones trimestrales o anuales. Por lo menos, ayudadles ahora; aprovechad la hora presente, haciendo lo que Dios pone en vuestro corazón. Que no se diga que visteis a vuestros hermanos trabajando para Dios y no quisisteis ayudarles con uno de vuestros dedos. ¡De este modo, al menos, «venid en socorro del Señor, en socorro del Señor contra los fuertes»!
7. Tengo una demanda más alta sobre vosotros que amáis a Dios además de temerle. Aquel a quien teméis, a quien amáis, os ha capacitado para promover su obra de una manera más excelente. Porque amáis a Dios, amáis también a vuestro hermano: amáis no solo a vuestros amigos, sino a vuestros enemigos; no solo a los amigos, sino aun a los enemigos de Dios. Os habéis «vestido, como escogidos de Dios, de humildad, de benignidad, de tolerancia». Tenéis fe en Dios, y en Jesucristo, al cual él ha enviado; fe que vence al mundo; y por ella vencéis tanto la mala vergüenza como aquel «temor del hombre que pone lazo»; de modo que podéis estar con denuedo delante de los que os desprecian y no hacen caso de vuestros trabajos. Capacitados, pues, como estáis, y armados para la lucha, ¿seréis como los hijos de Efraín, «que, armados y flecheros, volvieron las espaldas el día de la batalla»? ¿Dejaréis vosotros a unos pocos de vuestros hermanos solos frente a todas las huestes de los extraños? ¡Oh, no digas: «Esta cruz es demasiado pesada; no tengo fuerza ni valor para llevarla»! Es verdad; no de ti mismo; pero vosotros los que creéis «todo lo podéis en Cristo que os fortalece». «Si puedes creer, al que cree todo es posible». Ninguna cruz es demasiado pesada para que él la lleve, sabiendo que los que «padecen con él, reinarán con él». No digas: «No, pero no soporto ser singular». Entonces no puedes entrar en el reino de los cielos. Nadie entra allí sino por el camino angosto; y todos los que andan por él son singulares. No digas: «Pero no puedo soportar el oprobio, el odioso nombre de delator». ¿Y salvó alguna vez su alma algún hombre que no fuese objeto de burla y refrán de oprobio? Tampoco podrás tú jamás salvar la tuya, a menos que estés dispuesto a que los hombres digan de ti toda clase de mal. No digas: «Pero si soy activo en esta obra, perderé no solo mi reputación, sino mis amigos, mis clientes, mi negocio, mi sustento; de modo que me veré reducido a la pobreza». No será así; no puede ser: es absolutamente imposible, a menos que Dios mismo lo escoja; porque su «reino domina sobre todos», y «aun los cabellos de tu cabeza están todos contados». Pero si el Dios sabio y lleno de gracia lo escoge para ti, ¿murmurarás o te quejarás? ¿No dirás más bien: «El vaso que mi Padre me ha dado, ¿no lo tengo de beber? Si «padecéis por Cristo, bienaventurados sois; el Espíritu de gloria y de Dios» «reposa sobre vosotros». No digas: «Yo lo sufriría todo, pero mi mujer no lo consiente; y ciertamente el hombre debe dejar padre y madre y todo, y unirse a su mujer». Es verdad; todo menos a Dios; todo menos a Cristo: ¡pero no debe dejarle a él por su mujer! No ha de dejar ningún deber sin hacer por el pariente más querido. Nuestro Señor mismo ha dicho en este mismo sentido: «¡El que ama padre, o madre, o mujer, o hijos más que a mí, no es digno de mí!». No digas: «Bien, yo lo dejaría todo por Cristo; pero un deber no debe estorbar a otro, y esto me impediría con frecuencia asistir al culto público». Algunas veces probablemente lo haría. «Andad, pues, y aprended qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio». Y todo lo que se pierda por mostrar esta misericordia, Dios te lo devolverá siete veces en tu seno. No digas: «Pero dañaré mi propia alma. Soy joven; y al detener a mujeres de mala vida me expondría a la tentación». Sí, si lo hicieras con tus propias fuerzas o para tu propio placer. Pero ese no es el caso. Tú confías en Dios, y no buscas sino agradarle a él. Y si él te llamara aun en medio de un horno de fuego ardiendo, «cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti». «Es verdad; si él me llamara al horno; pero no veo que esté llamado a esto». Quizá no estás dispuesto a verlo. Sin embargo, si no fuiste llamado antes, yo te llamo ahora, en el nombre de Cristo: ¡toma tu cruz y síguele! No consultes más con carne y sangre, sino resuelve ahora echar tu suerte con los más despreciados, los más infames de sus seguidores; ¡la hez y el desecho del mundo! Te llamo en particular a ti, que una vez fortaleciste sus manos, pero después te has vuelto atrás. ¡Ten ánimo! ¡Sé fuerte! ¡Completa su gozo volviendo con el corazón y con la mano! Que se vea que «te apartaste por algún tiempo, para que te recibiesen para siempre». ¡Oh, no seas «rebelde a la vocación celestial»! Y en cuanto a todos vosotros, los que sabéis a qué sois llamados, ¡estimad todas las cosas como pérdida, con tal que salvéis un alma por la que Cristo murió! Y en esto «no os congojéis por el día de mañana», sino «echad toda vuestra solicitud en Aquel que tiene cuidado de vosotros». ¡Encomendadle vuestras almas, cuerpos, bienes, todo, «como a fiel y misericordioso Creador»!
[Después de haber subsistido esta Sociedad varios años, y de haber hecho un bien indecible, fue enteramente destruida por un veredicto dado contra ella en el Tribunal del Rey, con trescientas libras de daños. ¡Temo que queda una severa cuenta pendiente para los testigos, el jurado y todos los que tuvieron parte en aquel terrible asunto!]
Capítulo 53 completado
La reforma de las costumbres