Capítulo 52 · 28 min de lectura · 36 min de escucha
El buen mayordomo
Sermón 51
El buen mayordomo
«Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo».
Lucas 16:2.
1. La relación que el hombre guarda con Dios, la criatura con su Creador, se nos presenta en los oráculos de Dios bajo diversas figuras. Considerado como pecador, como criatura caída, se le representa allí como deudor de su Creador. También se le representa con frecuencia como siervo, lo cual en verdad le es esencial en cuanto criatura; tanto que este nombre se da al Hijo de Dios cuando, en su estado de humillación, «tomó forma de siervo, hecho semejante a los hombres».
2. Pero ningún carácter conviene con más exactitud al estado presente del hombre que el de mayordomo. Nuestro bendito Señor lo representa así con frecuencia, y hay en esa figura una particular propiedad. Solo en un aspecto particular, a saber, en cuanto es pecador, se le llama deudor; y cuando se le llama siervo, el nombre es general e indeterminado. Pero un mayordomo es un siervo de una clase particular; tal como el hombre lo es en todos los aspectos. Este nombre expresa con exactitud su situación en el mundo presente: especifica qué clase de siervo es para Dios y qué clase de servicio espera de él su divino Amo.
Puede ser útil, pues, considerar a fondo este punto y sacar de él todo el provecho posible. Para ello, investiguemos, en primer lugar, en qué aspectos somos ahora mayordomos de Dios. Observemos, en segundo lugar, que cuando él nos pida nuestras almas, «ya no podremos más ser mayordomos». Entonces solo quedará, como podemos observar en tercer lugar, «dar cuenta de nuestra mayordomía».
I. 1. Y, primero, hemos de investigar en qué aspectos somos ahora mayordomos de Dios. Ahora le debemos todo lo que tenemos; pero aunque un deudor está obligado a devolver lo que ha recibido, hasta que llega el tiempo del pago tiene libertad para usarlo como él quiera. No sucede así con un mayordomo: no tiene libertad para usar lo que se ha puesto en sus manos como él quiera, sino como quiera su amo. No tiene derecho a disponer de nada de lo que está en sus manos sino conforme a la voluntad de su señor. Porque no es propietario de ninguna de estas cosas, sino que simplemente otro se las ha confiado; y se las ha confiado con esta condición expresa: que disponga de todo como su amo ordene. Pues bien, este es exactamente el caso de todo hombre en relación con Dios. No tenemos libertad para usar lo que él ha puesto en nuestras manos como nosotros queramos, sino como quiera él, que es el único poseedor de los cielos y de la tierra y el Señor de toda criatura. No tenemos derecho a disponer de nada de lo que tenemos sino conforme a su voluntad, ya que no somos propietarios de ninguna de estas cosas; todas son, como dice nuestro Señor, allotria, de otra persona; ni hay nada propiamente nuestro en la tierra de nuestra peregrinación. No recibiremos ta idia, lo que es nuestro, hasta que lleguemos a nuestra propia patria. Solo las cosas eternas son nuestras; todas estas cosas temporales simplemente nos las ha confiado otro, el Dispensador y Señor de todo. Y nos las confía con esta condición expresa: que las usemos solo como bienes de nuestro Amo y conforme a las instrucciones particulares que nos ha dado en su Palabra.
2. Con esta condición nos ha confiado nuestras almas, nuestros cuerpos, nuestros bienes y cualesquiera otros talentos que hayamos recibido. Pero, para grabar esta verdad de tanto peso en nuestros corazones, será necesario descender a los detalles.
Y, primero, Dios nos ha confiado nuestra alma, un espíritu inmortal, hecho a imagen de Dios, junto con todas sus potencias y facultades: entendimiento, imaginación, memoria, voluntad, y un séquito de afectos, ya incluidos en ella, ya estrechamente dependientes de ella: el amor y el odio, el gozo y la tristeza, respecto del bien y del mal presentes; el deseo y la aversión, la esperanza y el temor, respecto de lo que ha de venir. Todo esto parece incluirlo san Pablo en dos palabras cuando dice: «La paz de Dios guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos». Quizá, en verdad, la segunda palabra, noemata, podría traducirse mejor por pensamientos, con tal que tomemos esa palabra en su sentido más amplio, por toda percepción de la mente, sea activa o pasiva.
3. Ahora bien, de todo esto, es cierto, somos solo mayordomos. Dios nos ha confiado estas potencias y facultades, no para que las empleemos según nuestra propia voluntad, sino según las órdenes expresas que nos ha dado; aunque es verdad que, haciendo su voluntad, aseguramos del modo más eficaz nuestra propia felicidad, ya que solo en esto podemos ser felices, sea en el tiempo, sea en la eternidad. Así hemos de usar nuestro entendimiento, nuestra imaginación, nuestra memoria, enteramente para la gloria de aquel que nos los dio. Así nuestra voluntad ha de entregarse enteramente a él, y todos nuestros afectos han de regularse como él indica. Hemos de amar y aborrecer, alegrarnos y entristecernos, desear y rehuir, esperar y temer, conforme a la regla que prescribe aquel de quien somos y a quien hemos de servir en todas las cosas. Aun nuestros pensamientos no son nuestros en este sentido; no están a nuestra libre disposición; sino que de todo movimiento deliberado de nuestra mente hemos de dar cuenta a nuestro gran Amo.
4. Dios nos ha confiado, en segundo lugar, nuestros cuerpos (esas máquinas tan primorosamente labradas, hechas de un modo tan formidable y maravilloso), con todas sus potencias y miembros. Nos ha confiado los órganos de los sentidos: de la vista, del oído y los demás. Pero ninguno de ellos se nos da como propio, para emplearlo según nuestra propia voluntad. Ninguno se nos presta en un sentido tal que nos deje en libertad de usarlo como queramos por una temporada. No; los hemos recibido precisamente con estas condiciones: que, mientras permanezcan con nosotros, los empleemos todos de la manera misma que él señala, y de ninguna otra.
5. Con las mismas condiciones nos ha concedido ese excelentísimo talento del habla. «Tú me diste una lengua —dice el antiguo escritor— para que con ella te alabe». Para este fin fue dada a todos los hijos de los hombres: para emplearla en glorificar a Dios. Nada hay, pues, más ingrato ni más absurdo que pensar o decir: «Nuestras lenguas son nuestras». Eso no puede ser, a menos que nos hayamos creado a nosotros mismos y seamos así independientes del Altísimo. Antes bien, «él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos»; la consecuencia evidente es que él sigue siendo Señor sobre nosotros, en esto como en todo lo demás. De ahí se sigue que no hay una sola palabra de nuestra lengua de la que no hayamos de darle cuenta.
6. A él hemos de dar cuenta igualmente del uso de nuestras manos y pies y de todos los miembros de nuestro cuerpo. Son otros tantos talentos encomendados a nuestro cuidado hasta el tiempo señalado por el Padre. Hasta entonces tenemos el uso de todos ellos, pero como mayordomos, no como propietarios; a fin de que «no los presentemos al pecado por instrumentos de iniquidad, sino a Dios por instrumentos de justicia».
7. Dios nos ha confiado, en tercer lugar, una porción de bienes terrenales: alimento que comer, ropa que vestir y un lugar donde recostar la cabeza; no solo lo necesario, sino también las comodidades de la vida. Sobre todo, ha encomendado a nuestro cuidado ese talento precioso que contiene todos los demás: el dinero. En verdad es indeciblemente precioso si somos mayordomos sabios y fieles de él; si empleamos cada parte de él en los fines que nuestro bendito Señor nos ha mandado.
8. Dios nos ha confiado, en cuarto lugar, diversos talentos que no caen propiamente bajo ninguno de estos encabezamientos. Tal es la fuerza corporal; tales son la salud, una presencia agradable, un trato afable; tales son la erudición y el conocimiento, en sus diversos grados, con todas las demás ventajas de la educación. Tal es la influencia que tenemos sobre otros, ya por el amor y la estima que nos tienen, ya por el poder: poder para hacerles bien o mal, para ayudarlos o estorbarlos en las circunstancias de la vida. Añadid a esto ese talento inestimable del tiempo, que Dios nos confía de momento en momento. Añadid, por último, aquel del que dependen todos los demás, y sin el cual todos serían maldiciones y no bendiciones: a saber, la gracia de Dios, el poder de su Espíritu Santo, que es el único que obra en nosotros todo lo que es acepto delante de él.
II. 1. En tantos aspectos son los hijos de los hombres mayordomos del Señor, el Poseedor de los cielos y de la tierra: tan grande porción de sus bienes, de diversas clases, ha encomendado a su cuidado. Pero no es para siempre, ni siquiera por un tiempo considerable. Este depósito se nos confía solo durante el breve e incierto espacio en que peregrinamos aquí abajo; solo mientras permanecemos en la tierra, mientras este aliento fugaz está en nuestras narices. Se acerca velozmente la hora, está ya a las puertas, en que «ya no podremos más ser mayordomos». En el momento en que el cuerpo «se torna a la tierra, como era, y el espíritu se vuelve a Dios que lo dio», dejamos de tener ese carácter; el tiempo de nuestra mayordomía ha llegado a su fin. Parte de los bienes que antes se nos habían confiado han llegado ya a su fin; al menos lo han hecho respecto de nosotros, y ya no se nos confían; y la parte que queda ya no puede emplearse ni hacerse fructificar como antes.
2. Parte de lo que se nos había confiado antes ha llegado a su fin, al menos respecto de nosotros. ¿Qué tenemos que ver, después de esta vida, con el alimento, el vestido, las casas y las posesiones terrenales? El alimento de los muertos es el polvo de la tierra; solo los visten los gusanos y la podredumbre. Moran en la casa determinada a todo viviente; sus tierras no los conocen más; todos sus bienes terrenales pasan a otras manos, y «ya no tienen más parte en todo lo que se hace debajo del sol».
3. Lo mismo sucede con respecto al cuerpo. En el momento en que el espíritu vuelve a Dios, ya no somos mayordomos de esta máquina, que entonces se siembra en corrupción y en vergüenza. Todas las partes y miembros de que se componía yacen deshaciéndose en el barro. Las manos ya no tienen fuerza para moverse; los pies han olvidado su oficio; la carne, los tendones y los huesos se apresuran todos a disolverse en polvo común.
4. Aquí terminan también los talentos de naturaleza mixta: nuestra fuerza, nuestra salud, nuestra belleza, nuestra elocuencia y nuestro trato, nuestra facultad de agradar, persuadir o convencer a otros. Aquí terminan asimismo todos los honores de que gozamos un día, todo el poder que se puso en nuestras manos, toda la influencia que tuvimos un día sobre otros, ya por el amor, ya por la estima que nos tenían. Nuestro amor, nuestro odio, nuestro deseo, ya pereció; nadie se cuida de cuáles fueron un día nuestros sentimientos hacia ellos. Miran a los muertos como incapaces de ayudarlos o dañarlos; de modo que «mejor es perro vivo que león muerto».
5. Quizá quede alguna duda acerca de algunos de los otros talentos que ahora se nos confían: si dejarán de existir cuando el cuerpo vuelva al polvo, o si solo dejarán de poder hacerse fructificar. En verdad, no cabe duda de que la clase de habla que usamos ahora, por medio de estos órganos corporales, terminará por completo cuando esos órganos sean destruidos. Es cierto que la lengua ya no producirá vibraciones en el aire, ni el oído transmitirá esos movimientos trémulos al sensorio común. Ni siquiera el sonus exilis, la voz débil y aguda que el poeta supone propia de un espíritu separado, podemos admitir que tenga existencia real; es un mero vuelo de la imaginación. Ciertamente no puede ponerse en duda que los espíritus separados tienen algún modo de comunicarse sus sentimientos unos a otros; pero ¿qué habitante de carne y sangre puede explicar ese modo? Lo que nosotros llamamos «habla» no pueden tenerlo; de suerte que ya no podemos ser mayordomos de este talento cuando somos contados entre los muertos.
6. Puede asimismo dudarse de si nuestros sentidos existirán cuando los órganos de los sentidos sean destruidos. ¿No es probable que los de la clase inferior cesen —el tacto, el olfato, el gusto—, ya que tienen una referencia más inmediata al cuerpo y están destinados principalmente, si no por completo, a su conservación? Pero ¿no permanecerá alguna clase de vista, aunque el ojo se cierre en la muerte? ¿Y no habrá en el alma algo equivalente al presente sentido del oído? Más aún, ¿no es probable que estos no solo existan en el estado separado, sino que existan en un grado mucho mayor, de una manera más eminente que ahora, cuando el alma, desenredada de su barro, ya no sea «una chispa moribunda en un lugar nublado»; cuando ya no «mire por las ventanas del ojo y del oído», sino que más bien sea toda ojo, toda oído, toda sentido, de una manera que todavía no podemos concebir? ¿Y no tenemos una prueba clara de la posibilidad de esto, de ver sin el uso del ojo y oír sin el uso del oído? ¿Sí, y una prenda de ello continuamente? Porque ¿no ve el alma, de la manera más clara, cuando el ojo no le sirve de nada, a saber, en los sueños? ¿No goza entonces de la facultad de oír sin ayuda alguna del oído? Pero sea como fuere, lo cierto es que ni nuestros sentidos, como tampoco nuestra habla, se nos confiarán de la manera en que se nos confían ahora, cuando el cuerpo yazca en la tumba silenciosa.
7. Hasta qué punto permanecerá entonces el conocimiento o la erudición que hemos adquirido por la educación, no lo podemos decir. Salomón dice, ciertamente: «En el sepulcro, adonde tú vas, no hay obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría». Pero es evidente que estas palabras no pueden entenderse en sentido absoluto. Porque tan lejos está de ser verdad que no haya conocimiento después de dejar el cuerpo, que la duda está más bien del otro lado: si hay hasta entonces tal cosa como un conocimiento real; si no es una verdad llana y sobria, y no una mera ficción poética, que
Todas estas sombras que por cosas tomamos
No son sino sueños vacíos que en el sueño de la muerte forjamos;
exceptuando solo aquellas cosas que Dios mismo ha tenido a bien revelar al hombre. Hablaré por mí mismo. Después de haber buscado la verdad con alguna diligencia durante medio siglo, hoy apenas estoy seguro de nada sino de lo que aprendo en la Biblia. Más aún, afirmo positivamente que no sé ninguna otra cosa con tanta certeza que me atreviera a jugarme en ella mi salvación.
Esto, sin embargo, podemos aprender de las palabras de Salomón: que «no hay» tal «ciencia ni sabiduría en el sepulcro» que sea de utilidad alguna para un espíritu desdichado; «no hay industria» allí con la que pueda ya hacer fructificar los talentos que un día le fueron confiados. Porque el tiempo ya no existe; el tiempo de nuestra prueba para la felicidad o la desdicha eternas ha pasado. Nuestro día, el día del hombre, ha concluido; ¡el día de salvación ha terminado! ¡Nada queda ya sino el «día del Señor», que da entrada a la vasta e inmutable eternidad!
8. Pero aun así, nuestras almas, siendo incorruptibles e inmortales, de una naturaleza «poco menor que los ángeles» (aun si hemos de entender esa frase de nuestra naturaleza original, cosa que bien puede ponerse en duda), cuando nuestros cuerpos se hayan deshecho en tierra, permanecerán con todas sus facultades. Nuestra memoria, nuestro entendimiento, tan lejos estarán de ser destruidos, sí, o siquiera menoscabados, por la disolución del cuerpo, que, por el contrario, tenemos razones para creer que serán inconcebiblemente fortalecidos. ¿No tenemos la razón más clara para creer que entonces estarán enteramente libres de aquellos defectos que ahora resultan naturalmente de la unión del alma con el cuerpo corruptible? Es muy probable que, desde el momento en que estos se separen, nuestra memoria no deje escapar nada; sí, que ponga fielmente ante nuestra vista todo cuanto alguna vez se le confió. Es verdad que el mundo invisible se llama en la Escritura «la tierra del olvido»; o, como se expresa con más fuerza aún en la traducción antigua, «la tierra donde todas las cosas se olvidan». Se olvidan, sí; pero ¿quién las olvida? No los habitantes de aquella tierra, sino los habitantes de la tierra de aquí. Es respecto de ellos que el mundo invisible es «la tierra del olvido». Todas las cosas que hay en él son con harta frecuencia olvidadas por estos; pero no por los espíritus desencarnados. Desde el momento en que se han despojado del tabernáculo terrenal, apenas podemos pensar que olviden nada.
9. Del mismo modo, el entendimiento quedará sin duda libre de los defectos que ahora le son inseparables. Durante muchos siglos ha sido una máxima indiscutida: Humanum est errare et nescire; la ignorancia y el error son inseparables de la naturaleza humana. Pero toda esta afirmación solo es verdadera respecto de los hombres vivos, y no rige más que mientras «el cuerpo corruptible oprime al alma». La ignorancia, en verdad, pertenece a todo entendimiento finito (ya que no hay nadie fuera de Dios que sepa todas las cosas); pero no el error: cuando se deja a un lado el cuerpo, también este se deja a un lado para siempre.
10. ¿Qué podemos decir, pues, a un hombre ingenioso que ha hecho recientemente el descubrimiento de que los espíritus desencarnados no solo no tienen sentidos (ni siquiera vista ni oído), sino que no tienen memoria ni entendimiento, ni pensamiento ni percepción, ni siquiera conciencia de su propia existencia; que están sumidos en un sueño de muerte desde la muerte hasta la resurrección? ¡Consanguineus lethi sopor, en verdad! A tal sueño podemos llamarlo «pariente cercano de la muerte», si no es la misma cosa. ¿Qué podemos decir, sino que los hombres ingeniosos tienen sueños extraños, y que a veces los toman por realidades?
11. Pero volvamos al asunto. Así como el alma conservará su entendimiento y su memoria, no obstante la disolución del cuerpo, así sin duda la voluntad, incluidos todos los afectos, permanecerá en pleno vigor. Si nuestro amor o nuestra ira, nuestra esperanza o nuestro deseo, perecen, es solo respecto de aquellos que dejamos atrás. A ellos no les importa si fueron objeto de nuestro amor o de nuestro odio, de nuestro deseo o de nuestra aversión. Pero en los espíritus separados mismos no tenemos razón alguna para creer que ninguno de ellos se extinga. Es más probable que obren con mucha mayor fuerza que mientras el alma estaba entorpecida por la carne y la sangre.
12. Pero aunque todo esto, aunque nuestro conocimiento y nuestros sentidos, nuestra memoria y nuestro entendimiento, junto con nuestra voluntad, nuestro amor, nuestro odio y todos nuestros afectos, permanezcan después de dejado el cuerpo, en este respecto son como si no fuesen: ya no somos mayordomos de ellos. Las cosas continúan, pero nuestra mayordomía no; ya no obramos en esa calidad. Aun la gracia que antes se nos confiaba, a fin de capacitarnos para ser mayordomos fieles y sabios, ya no se nos confía para ese fin. Los días de nuestra mayordomía han terminado.
III. 1. Queda ahora que, no siendo ya mayordomos, demos cuenta de nuestra mayordomía. Algunos han imaginado que esto ha de hacerse inmediatamente después de la muerte, en cuanto entramos en el mundo de los espíritus. Más aún, la Iglesia de Roma lo afirma de modo absoluto; sí, lo convierte en artículo de fe. Y esto podemos concederlo: en el momento en que un alma deja el cuerpo y se presenta desnuda delante de Dios, no puede menos que saber cuál será su suerte por toda la eternidad. Tendrá plenamente a la vista o el gozo eterno o el tormento eterno, ya que no es posible engañarse más en el juicio que pronunciamos sobre nosotros mismos. Pero la Escritura no nos da razón alguna para creer que Dios se sentará entonces a juzgarnos. No hay en todos los oráculos de Dios ningún pasaje que afirme tal cosa. El que se ha alegado con frecuencia con este fin parece más bien probar lo contrario; a saber (Hebreos 9:27, ): «Está establecido a los hombres que mueran una vez, y después el juicio». Porque, con toda razón, la palabra «una vez» ha de aplicarse aquí al juicio tanto como a la muerte. De modo que la justa conclusión que se desprende de este mismo texto no es que haya dos juicios, uno particular y otro general, sino que hemos de ser juzgados, así como morir, una sola vez: no una vez inmediatamente después de la muerte, y otra después de la resurrección general, sino solo entonces, «cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él». La idea, pues, de un juicio en la muerte y otro al fin del mundo no puede tener lugar entre quienes hacen de la Palabra escrita de Dios la entera y única norma de su fe.
2. El tiempo, pues, en que hemos de dar esta cuenta es cuando «el gran trono blanco descienda del cielo, y el que está sentado sobre él, de delante del cual huyen la tierra y el cielo, y no es hallado el lugar de ellos». Es entonces cuando «los muertos, grandes y pequeños, estarán delante de Dios; y los libros serán abiertos»: el libro de la Escritura, para aquellos a quienes se les confió; el libro de la conciencia, para todo el género humano. Asimismo el «libro de memoria» (por usar otra expresión de la Escritura), que se ha ido escribiendo desde la fundación del mundo, quedará entonces abierto a la vista de todos los hijos de los hombres. Delante de todos estos, aun de todo el linaje humano, delante del diablo y sus ángeles, delante de una compañía innumerable de santos ángeles, y delante de Dios el Juez de todos, comparecerás tú, sin abrigo ni cubierta alguna, sin posibilidad alguna de disfraz, a dar cuenta detallada de la manera en que empleaste todos los bienes de tu Señor.
3. El Juez de todos preguntará entonces: «¿Cómo empleaste tu alma? Te confié un espíritu inmortal, dotado de diversas potencias y facultades: entendimiento, imaginación, memoria, voluntad, afectos. Te di además instrucciones plenas y expresas sobre cómo habían de emplearse todas ellas. ¿Empleaste tu entendimiento, en cuanto era capaz, conforme a esas instrucciones, a saber, en el conocimiento de ti mismo y de mí: de mi naturaleza, de mis atributos; de mis obras, ya de creación, ya de providencia, ya de gracia? ¿En familiarizarte con mi palabra? ¿En usar todos los medios para aumentar tu conocimiento de ella? ¿En meditar en ella de día y de noche? ¿Empleaste tu memoria, conforme a mi voluntad, en atesorar todo conocimiento que hubieses adquirido que pudiera contribuir a mi gloria, a tu propia salvación o al provecho de otros? ¿Guardaste en ella, no cosas sin valor, sino toda instrucción que hubieses aprendido de mi palabra, y toda experiencia que hubieses adquirido de mi sabiduría, verdad, poder y misericordia? ¿Se empleó tu imaginación, no en pintar imágenes vanas, y mucho menos tales que alimentasen “codicias locas y dañosas”, sino en representarte todo lo que aprovechase a tu alma y despertase tu búsqueda de la sabiduría y la santidad? ¿Seguiste mis instrucciones respecto de tu voluntad? ¿Me fue entregada enteramente? ¿Fue absorbida en la mía, de modo que nunca se le opusiera, sino que corriera siempre paralela a ella? ¿Estuvieron tus afectos puestos y regulados de la manera que yo dispuse en mi palabra? ¿Me diste tu corazón? ¿No amaste el mundo, ni las cosas que están en el mundo? ¿Fui yo el objeto de tu amor? ¿Era todo tu deseo hacia mí y hacia la memoria de mi nombre? ¿Era yo el gozo de tu corazón, el deleite de tu alma, el señalado entre diez mil? ¿No te entristeciste por nada sino por lo que contristaba a mi Espíritu? ¿No temiste ni aborreciste nada sino el pecado? ¿Refluyó toda la corriente de tus afectos al océano de donde había salido? ¿Se emplearon tus pensamientos conforme a mi voluntad: no en vagar hasta los confines de la tierra, no en la necedad ni en el pecado, sino en todo lo que es puro, en todo lo que es santo”; en todo lo que contribuía a mi gloria y a la paz y la buena voluntad entre los hombres?”».
4. Tu Señor preguntará entonces: «¿Cómo empleaste el cuerpo que te confié? Te di una lengua para que con ella me alabases: ¿la usaste para el fin para el que te fue dada? ¿La empleaste, no en maledicencia ni en palabras ociosas, no en conversación falta de caridad o sin provecho, sino en la que era buena, necesaria o útil para ti mismo o para otros? ¿En la que siempre tendía, directa o indirectamente, a dar gracia a los oyentes?” Te di, junto con tus otros sentidos, esas grandes avenidas del conocimiento, la vista y el oído: ¿se emplearon para los excelentes fines para los que te fueron otorgados? ¿Para traerte cada vez más instrucción en justicia y en verdadera santidad? Te di manos y pies, y diversos miembros, con que realizar las obras que fueron preparadas para ti: ¿se emplearon, no en hacer “la voluntad de la carne”, de tu naturaleza mala, ni la voluntad de la mente (las cosas a que te llevaban tu razón o tu fantasía), sino “la voluntad del que te envió” al mundo, solo para que te ocupases en tu propia salvación? ¿Presentaste todos tus miembros, no al pecado, por instrumentos de iniquidad, sino solo a mí, por medio del Hijo de mi amor, “por instrumentos de justicia”?».
5. El Señor de todos preguntará luego: «¿Cómo empleaste los bienes terrenales que puse en tus manos? ¿Usaste tu alimento, no de modo que buscaras o pusieras en él tu felicidad, sino de modo que conservaras tu cuerpo en salud, en fuerza y vigor, como instrumento apto para el alma? ¿Usaste el vestido, no para alimentar el orgullo o la vanidad, y mucho menos para tentar a otros a pecar, sino para defenderte convenientemente y con decoro de las inclemencias del tiempo? ¿Preparaste y usaste tu casa, y todas las demás comodidades, con el ojo sencillo puesto en mi gloria, buscando en todo no tu propia honra, sino la mía; procurando agradar, no a ti mismo, sino a mí? Una vez más: ¿de qué manera empleaste ese talento que todo lo abarca, el dinero? ¿No en satisfacer la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos o la soberbia de la vida; no derrochándolo en gastos vanos, que es lo mismo que arrojarlo al mar; no atesorándolo para dejarlo tras de ti, que es lo mismo que enterrarlo en la tierra; sino, primero, supliendo tus propias necesidades razonables, junto con las de tu familia, y luego devolviéndome el resto a mí, por medio de los pobres, a quienes yo había designado para recibirlo; considerándote solo como uno más de aquel número de pobres cuyas necesidades habían de suplirse de aquella parte de mis bienes que yo había puesto en tus manos con este fin; dejándote el derecho de ser suplido primero, y la bienaventuranza de dar antes que recibir? ¿Fuiste, en consecuencia, un bienhechor general del género humano: dando de comer al hambriento, vistiendo al desnudo, consolando al enfermo, asistiendo al forastero, aliviando al afligido, según sus diversas necesidades? ¿Fuiste ojos al ciego y pies al cojo, padre del huérfano y marido de la viuda? ¿Y te esforzaste por hacer fructificar todas las obras exteriores de misericordia como medios para salvar almas de muerte?».
6. Tu Señor preguntará además: «¿Has sido un mayordomo sabio y fiel respecto de los talentos de naturaleza mixta que te presté? ¿Empleaste tu salud y tu fuerza, no en la necedad ni en el pecado, no en los placeres que perecían con el uso, “no haciendo caso de la carne en sus deseos”, sino en una vigorosa búsqueda de aquella buena parte que nadie podía quitarte? ¿Empleaste todo lo que había de agradable en tu persona o en tu trato, todas las ventajas que tenías por la educación, toda la parte de erudición, todo conocimiento de las cosas o de los hombres que se te encomendó, en promover la virtud en el mundo, en la extensión de mi reino? ¿Empleaste toda la parte de poder que tenías, toda la influencia sobre otros, por el amor o la estima que te habían cobrado, en acrecentar su sabiduría y su santidad? ¿Empleaste ese talento inestimable del tiempo con cautela y circunspección, sopesando debidamente el valor de cada momento y sabiendo que todos estaban contados en la eternidad? Sobre todo, ¿fuiste un buen mayordomo de mi gracia, que te prevenía, te acompañaba y te seguía? ¿Observaste debidamente, e hiciste fructificar con cuidado, todas las influencias de mi Espíritu: todo buen deseo, toda medida de luz, todas sus reprensiones, severas o suaves? ¿Qué provecho sacaste del “espíritu de servidumbre y de temor”, que precedió al “espíritu de adopción”? Y cuando fuiste hecho partícipe de este Espíritu, que clamaba en tu corazón: “Abba, Padre”, ¿estuviste firme en la libertad gloriosa con que yo te hice libre? ¿Presentaste desde entonces tu alma y tu cuerpo, todos tus pensamientos, tus palabras y tus acciones, en una sola llama de amor, como sacrificio santo, glorificándome en tu cuerpo y en tu espíritu? Entonces, “¡bien, buen siervo y fiel!; ¡entra en el gozo de tu Señor!”».
¿Y qué quedará, sea al mayordomo fiel, sea al infiel? Nada sino la ejecución de la sentencia que ha pronunciado el justo Juez, fijándote en un estado que no admite cambio alguno por los siglos eternos. Solo queda que seas recompensado, por toda la eternidad, conforme a tus obras.
IV. 1. De estas sencillas consideraciones podemos aprender, en primer lugar, ¡cuán importante es este breve e incierto día de la vida! ¡Cuán precioso, por encima de toda palabra, por encima de todo concepto, es cada porción de él!
Aun la menor de ellas pide un cuidado serio;
¡pues aunque pequeñas, son arenas de oro!
¡Cuán hondamente importa a todo hijo de hombre no dejar que ninguna de ellas se pierda, sino hacerlas fructificar todas para los fines más nobles, mientras el aliento de Dios esté en sus narices!
2. Aprendemos de aquí, en segundo lugar, que no hay empleo de nuestro tiempo, ni acción ni conversación alguna, que sea puramente indiferente. Todo es bueno o malo, porque todo nuestro tiempo, como todo lo que tenemos, no es nuestro. Todo ello es, como dice nuestro Señor, ta allotria: propiedad de otro; de Dios nuestro Creador. Ahora bien, estas cosas o se emplean o no se emplean conforme a su voluntad. Si se emplean así, todo es bueno; si no, todo es malo. Además, es su voluntad que crezcamos continuamente en la gracia y en el conocimiento vivo de nuestro Señor Jesucristo. Por consiguiente, todo pensamiento, palabra y obra por los que se aumenta este conocimiento, por los que crecemos en la gracia, es bueno; y todo aquel por el que no se aumenta este conocimiento es verdadera y propiamente malo.
3. Aprendemos de aquí, en tercer lugar, que no hay obras de supererogación; que nunca podemos hacer más que nuestro deber, ya que todo lo que tenemos no es nuestro, sino de Dios; todo lo que podemos hacer se le debe a él. No hemos recibido de él esto o aquello, ni solo muchas cosas, sino todas las cosas; por tanto, todo se le debe a él. El que nos lo da todo ha de tener por fuerza derecho a todo; de modo que si le pagamos algo menos que todo, no podemos ser mayordomos fieles. Y considerando que «cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor», no podemos ser mayordomos sabios a menos que trabajemos hasta el límite de nuestras fuerzas, sin dejar sin hacer nada que podamos hacer, sino empleando toda nuestra fuerza.
4. Hermanos, «¿quién es sabio y avisado entre vosotros?». Muestre la sabiduría que es de lo alto andando como corresponde a su carácter. Si así se tiene por mayordomo de las diferentes gracias de Dios, procure que todos sus pensamientos, palabras y obras estén de acuerdo con el puesto que Dios le ha asignado. No es cosa pequeña emplear para Dios todo lo que habéis recibido de Dios. Requiere toda vuestra sabiduría, toda vuestra resolución, toda vuestra paciencia y constancia; mucho más de lo que jamás tuvisteis por naturaleza, pero no más de lo que podéis tener por gracia. Porque su gracia os basta; y «al que cree», como sabéis, «todo es posible». Por la fe, pues, «vestíos del Señor Jesucristo»; «vestíos de toda la armadura de Dios»; y seréis capacitados para glorificarle en todas vuestras palabras y obras; ¡sí, para llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo!
Edimburgo, 14 de mayo de 1768
Capítulo 52 completado
El buen mayordomo