Capítulo 51 · 26 min de lectura · 33 min de escucha
El uso del dinero
Sermón 50
El uso del dinero
«Y yo os digo: Haceos amigos del mammón de injusticia, para que, cuando faltéis, os reciban en las moradas eternas».
Lucas 16:9.
1. Nuestro Señor, habiendo terminado la hermosa parábola del hijo pródigo, que había dirigido particularmente a los que murmuraban porque recibía a publicanos y pecadores, añade otro relato de distinta clase, dirigido más bien a los hijos de Dios. «Dijo también a sus discípulos», no tanto a los escribas y fariseos a quienes había estado hablando antes: «Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y este fue acusado delante de él como disipador de sus bienes. Y le llamó, y le dijo: Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo». (Lucas 16:1, 2.) Después de referir el método que usó el mal mayordomo para prevenirse contra el día de la necesidad, nuestro Salvador añade: «Y alabó su señor al mayordomo injusto», a saber, en este respecto: en que usó de una precaución oportuna; y agrega esta grave reflexión: «Los hijos de este siglo son en su generación más sagaces que los hijos de luz»: (Lucas 16:8:) los que no buscan otra porción que este mundo «son más sagaces» (no absolutamente, pues son todos ellos, uno por uno, los más rematados necios, los locos más insignes que hay bajo el cielo; sino «en su generación», a su manera; son más consecuentes consigo mismos; son más fieles a sus principios declarados; persiguen su fin con más constancia) «que los hijos de luz»: que aquellos que ven «la luz de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo». Siguen luego las palabras citadas arriba: «Y yo»: el Hijo unigénito de Dios, el Creador, Señor y Poseedor del cielo y de la tierra y de todo lo que en ellos hay; el Juez de todos, a quien habéis de «dar cuenta de vuestra mayordomía» cuando «ya no podáis más ser mayordomos»; «yo os digo»: aprended en este respecto, aun del mayordomo injusto, «haceos amigos», con una precaución sabia y oportuna, «del mammón de injusticia». «Mammón» significa riquezas o dinero. Se le llama «el mammón de injusticia» por la manera injusta en que con frecuencia se adquiere, y en que aun lo que fue honradamente adquirido se emplea por lo general. «Haceos amigos» de él haciendo todo el bien posible, particularmente a los hijos de Dios; «para que, cuando faltéis»: cuando volváis al polvo, cuando ya no tengáis lugar debajo del sol, aquellos de ellos que os han precedido «os reciban», os den la bienvenida, en las «moradas eternas».
2. Nuestro Señor inculca aquí a todos sus seguidores una rama excelente de la sabiduría cristiana, a saber, el recto uso del dinero: un tema del que hablan largamente, a su manera, los hombres del mundo, pero que no consideran lo suficiente aquellos a quienes Dios ha escogido del mundo. Estos, por lo general, no consideran, como la importancia del tema lo requiere, el uso de este excelente talento. Tampoco entienden cómo emplearlo con el mayor provecho; y su introducción en el mundo es un ejemplo admirable de la sabia y bondadosa providencia de Dios. Ciertamente ha sido costumbre de poetas, oradores y filósofos, en casi todas las épocas y naciones, vituperarlo como el gran corruptor del mundo, la ruina de la virtud, la peste de la sociedad humana. De ahí que nada se oiga tan comúnmente como:
Nocens ferrum, ferroque nocentius aurum:
Y el oro, más dañino que el más afilado acero.
De ahí la lamentable queja:
Effodiuntur opes, irritamenta malorum.
Se desentierran riquezas, incentivo de todo mal.
Más aún, un célebre escritor exhorta gravemente a sus compatriotas, para desterrar de una vez todo vicio, a «arrojar todo su dinero al mar»:
. . . in mare proximum [. . .]
Summi materiem mali!
Pero ¿no es todo esto mera palabrería vacía? ¿Hay en ello alguna razón sólida? De ningún modo. Porque, por corrompido que esté el mundo, ¿tienen la culpa el oro o la plata? «El amor del dinero», lo sabemos, «es la raíz de todos los males»; pero no la cosa misma. La falta no está en el dinero, sino en los que lo usan. Puede usarse mal: ¿y qué cosa no? Pero puede igualmente usarse bien: sirve tanto para los mejores usos como para los peores. Presta un servicio indecible a todas las naciones civilizadas en todos los asuntos comunes de la vida; es el instrumento más compendioso para despachar toda clase de negocios y (si lo usamos conforme a la sabiduría cristiana) para hacer toda clase de bien. Es verdad que si el hombre estuviera en estado de inocencia, o si todos los hombres estuvieran «llenos del Espíritu Santo», de modo que, como la naciente Iglesia de Jerusalén, «ninguno decía ser suyo nada de lo que poseía», sino que «se repartía a cada uno según había menester», su uso quedaría superado; como no podemos concebir que haya nada semejante entre los habitantes del cielo. Pero en el estado presente del género humano es un don excelente de Dios, que responde a los fines más nobles. En manos de sus hijos es alimento para el hambriento, bebida para el sediento, vestido para el desnudo; da al viajero y al forastero dónde recostar la cabeza. Con él podemos ocupar el lugar de un marido para la viuda y de un padre para el huérfano. Podemos ser una defensa para el oprimido, un medio de salud para el enfermo, de alivio para los que sufren dolor; puede ser como ojos para el ciego, como pies para el cojo; ¡sí, uno que levanta de las puertas de la muerte!
3. Por tanto, es de la mayor importancia que todos los que temen a Dios sepan cómo emplear este valioso talento; que sean instruidos en cómo puede responder a estos gloriosos fines, y en el más alto grado. Y quizá todas las instrucciones necesarias para ello puedan reducirse a tres reglas sencillas, por cuya exacta observancia podremos mostrarnos mayordomos fieles del «mammón de injusticia».
I. 1. La primera de ellas es (¡el que oye, entienda!): «Ganad todo lo que podáis». Aquí podemos hablar como los hijos del mundo: les salimos al encuentro en su propio terreno. Y es nuestro deber ineludible hacerlo: debemos ganar todo lo que podamos ganar, sin comprar el oro demasiado caro, sin pagar por él más de lo que vale. Pero es cierto que esto no debemos hacerlo: no debemos ganar dinero a costa de la vida, ni (lo que en efecto es lo mismo) a costa de nuestra salud. Por tanto, ninguna ganancia, sea cual sea, debe inducirnos a entrar o a permanecer en ningún empleo que sea de tal índole, o que lleve consigo un trabajo tan duro o tan prolongado, que dañe nuestra constitución. Tampoco debemos emprender ni continuar ningún negocio que necesariamente nos prive de los tiempos debidos para el alimento y el sueño, en la proporción que nuestra naturaleza requiere. Ciertamente aquí hay gran diferencia. Algunos empleos son absoluta y totalmente insalubres, como los que implican manejar mucho arsénico u otros minerales igualmente dañinos, o respirar un aire viciado con los vapores del plomo fundido, que a la larga han de destruir la constitución más firme. Otros pueden no ser absolutamente insalubres, sino solo para personas de constitución débil. Tales son los que exigen pasar muchas horas escribiendo, sobre todo si uno escribe sentado y apoyado sobre el estómago, o permanece largo tiempo en una postura incómoda. Pero sea lo que sea aquello que la razón o la experiencia muestre que destruye la salud o las fuerzas, a eso no debemos someternos; viendo que «la vida es más» valiosa «que el alimento, y el cuerpo que el vestido». Y si ya estamos metidos en un empleo así, debemos cambiarlo cuanto antes por otro que, aunque disminuya nuestra ganancia, no disminuya en cambio nuestra salud.
2. En segundo lugar, hemos de ganar todo lo que podamos sin dañar nuestra mente más que nuestro cuerpo. Porque tampoco a esta podemos dañarla. Debemos conservar, a toda costa, el espíritu de una mente sana. Por tanto, no podemos emprender ni continuar ningún oficio pecaminoso, ninguno que sea contrario a la ley de Dios o de nuestro país. Tales son todos los que implican necesariamente robar o defraudar al rey sus legítimos derechos de aduana. Porque es por lo menos tan pecaminoso defraudar al rey lo que es suyo como robar a nuestros conciudadanos. Y el rey tiene tanto derecho a sus aduanas como nosotros a nuestras casas y vestidos. Hay otros negocios que, por inocentes que sean en sí mismos, no pueden seguirse ahora con inocencia, al menos no en Inglaterra; tales, por ejemplo, como los que no dan un sustento suficiente sin engañar o mentir, o sin conformarse a alguna costumbre que no es compatible con una buena conciencia. También estos han de evitarse escrupulosamente, sea cual sea la ganancia que puedan traer siguiendo la costumbre del oficio; porque para ganar dinero no debemos perder nuestra alma. Hay todavía otros que muchos siguen con perfecta inocencia, sin dañar ni su cuerpo ni su mente; y sin embargo quizá vosotros no podáis: o bien pueden enredaros en una compañía que destruiría vuestra alma, y por repetidas experiencias puede verse que no podéis separar lo uno de lo otro; o bien puede haber una idiosincrasia, una peculiaridad en la constitución de vuestra alma (como la hay en la constitución corporal de muchos), por razón de la cual os es mortal un empleo que otro puede seguir sin peligro. Así, estoy convencido, por muchas experiencias, de que yo no podría estudiar, en ningún grado de perfección, ni matemáticas, ni aritmética, ni álgebra, sin hacerme deísta, si no ateo; y sin embargo otros pueden estudiarlas toda su vida sin sufrir ningún inconveniente. Nadie, pues, puede decidir aquí por otro; sino que cada uno debe juzgar por sí mismo y abstenerse de todo lo que él en particular halle dañino para su alma.
3. En tercer lugar, hemos de ganar todo lo que podamos sin dañar a nuestro prójimo. Pero esto no debemos, no podemos hacerlo, si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. No podemos, si amamos a cada uno como a nosotros mismos, dañar a nadie en sus bienes. No podemos devorar el fruto de sus tierras, y quizá las tierras y casas mismas, por el juego, por cuentas abultadas (ya sea por razón de medicina, de leyes o de cualquier otra cosa), o exigiendo o cobrando un interés tal como el que prohíben aun las leyes de nuestro país. Con esto queda excluido todo préstamo sobre prendas, puesto que, sea cual sea el bien que con ello pudiéramos hacer, todos los hombres sin prejuicios ven con pesar que queda abundantemente superado por el mal. Y aunque fuera de otro modo, no se nos permite «hacer males para que vengan bienes». No podemos, de modo compatible con el amor fraternal, vender nuestras mercancías por debajo del precio del mercado; no podemos procurar arruinar el negocio de nuestro prójimo para adelantar el nuestro; mucho menos podemos atraernos o recibir a ninguno de sus criados u obreros que él necesite. ¡Nadie puede ganar tragándose los bienes de su prójimo sin ganarse la condenación del infierno!
4. Tampoco podemos ganar dañando a nuestro prójimo en su cuerpo. Por tanto, no podemos vender nada que tienda a perjudicar la salud. Tal es, eminentemente, todo ese fuego líquido que comúnmente se llama aguardiente o licores espirituosos. Es verdad que pueden tener su lugar en la medicina; pueden ser de utilidad en algunos trastornos corporales, aunque rara vez habría ocasión para ellos si no fuera por la impericia del que los receta. Por tanto, quienes los preparan y venden solo para este fin pueden conservar limpia su conciencia. Pero ¿quiénes son? ¿Quiénes los preparan y venden solo para este fin? ¿Conocéis diez destiladores así en Inglaterra? Pues excusad a esos. Pero todos los que los venden de la manera común, a cualquiera que quiera comprar, son envenenadores públicos. Asesinan a los súbditos de Su Majestad al por mayor, y su ojo no se compadece ni perdona. Los arrean al infierno como a ovejas. ¿Y cuál es su ganancia? ¿No es la sangre de estos hombres? ¿Quién, pues, envidiaría sus grandes haciendas y sus suntuosos palacios? Hay una maldición en medio de ellos: la maldición de Dios se adhiere a las piedras, a la madera, a los muebles. La maldición de Dios está en sus jardines, en sus paseos, en sus arboledas; ¡un fuego que arde hasta lo más profundo del infierno! Sangre, sangre hay allí: ¡los cimientos, el suelo, las paredes, el techo están manchados de sangre! ¿Y puedes tú esperar, oh hombre sanguinario, aunque estés «vestido de escarlata y de lino fino, y hagas banquete con esplendidez cada día», puedes esperar transmitir tus campos de sangre hasta la tercera generación? No será así; porque hay un Dios en el cielo: por tanto, tu nombre será pronto raído. Como aquellos a quienes has destruido, cuerpo y alma, «¡tu memoria perecerá contigo!».
5. ¿Y no son partícipes de la misma culpa, aunque en grado menor, ya sean cirujanos, boticarios o médicos, los que juegan con la vida o la salud de los hombres para aumentar su propia ganancia? ¿Los que alargan a propósito el dolor o la enfermedad que podrían quitar rápidamente? ¿Los que demoran la curación del cuerpo de su paciente para saquear sus bienes? ¿Puede alguien estar limpio delante de Dios si no acorta todo trastorno «cuanto pueda», y quita toda enfermedad y dolor «tan pronto como pueda»? No puede; porque nada puede ser más claro que el hecho de que no «ama a su prójimo como a sí mismo»; que no «hace con los demás lo que querría que hiciesen con él».
6. Esta es una ganancia cara. Y así lo es todo lo que se obtiene dañando a nuestro prójimo en su alma; sirviendo, pongamos por caso, directa o indirectamente, a su impureza o a su intemperancia, lo cual ciertamente nadie puede hacer si tiene algún temor de Dios o algún deseo real de agradarle. Mucho importa que consideren esto todos los que tienen algo que ver con tabernas, figones, teatros de ópera, casas de comedias o cualesquiera otros lugares de diversión pública y de moda. Si estos aprovechan a las almas de los hombres, estáis limpios; vuestro empleo es bueno y vuestra ganancia inocente; pero si son pecaminosos en sí mismos, o puertas naturales para pecados de diversas clases, entonces es de temer que tengáis que rendir una triste cuenta. ¡Oh, guardaos de que Dios diga en aquel día: «Estos han perecido en su maldad, pero su sangre la demandaré de tu mano»!
7. Observadas estas precauciones y restricciones, es deber ineludible de todos los que se ocupan en negocios del mundo observar aquella primera y gran regla de la sabiduría cristiana respecto al dinero: «Ganad todo lo que podáis». Ganad todo lo que podáis por medio de un trabajo honrado. Usad toda la diligencia posible en vuestra vocación. No perdáis tiempo. Si os entendéis a vosotros mismos y vuestra relación con Dios y con los hombres, sabéis que no tenéis ninguno que perder. Si entendéis vuestra vocación particular como debéis, no tendréis tiempo que os pese en las manos. Todo negocio dará ocupación suficiente para cada día y cada hora. Aquel en que estáis puestos, si lo seguís con seriedad, no os dejará tiempo libre para diversiones necias e inútiles. Siempre tenéis algo mejor que hacer, algo que os aprovechará, más o menos. Y «todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas». Hacedlo cuanto antes: ¡nada de demoras! ¡Nada de aplazar de un día para otro, o de una hora para otra! No dejéis nunca para mañana nada que podáis hacer hoy. Y hacedlo lo mejor posible. No os durmáis ni bostecéis sobre ello: poned todas vuestras fuerzas en la obra. No escatiméis esfuerzo. Que nada se haga a medias, ni de manera ligera y descuidada. Que nada quede sin hacer en vuestro negocio si puede hacerse con trabajo o con paciencia.
8. Ganad todo lo que podáis por medio del sentido común, usando en vuestro negocio todo el entendimiento que Dios os ha dado. Es asombroso observar cuán pocos lo hacen; cómo los hombres siguen corriendo por la misma rutina torpe que sus antepasados. Pero lo que hagan los que no conocen a Dios no es regla para vosotros. Es una vergüenza que un cristiano no los aventaje a ellos en cualquier cosa que emprenda. Deberíais estar aprendiendo continuamente, por la experiencia de otros o por vuestra propia experiencia, por la lectura y la reflexión, a hacer todo lo que tenéis que hacer mejor hoy que ayer. Y mirad que practiquéis todo lo que aprendáis, para que saquéis el mejor partido de todo lo que está en vuestras manos.
II. 1. Habiendo ganado todo lo que podáis, con honrada sabiduría e incansable diligencia, la segunda regla de la prudencia cristiana es: «Ahorrad todo lo que podáis». No arrojéis al mar el precioso talento: dejad esa locura a los filósofos paganos. No lo tiréis en gastos ociosos, que es exactamente lo mismo que arrojarlo al mar. No gastéis ninguna parte de él meramente para complacer la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos o la soberbia de la vida.
2. No malgastéis ninguna parte de un talento tan precioso meramente en complacer los deseos de la carne; en procuraros los placeres de los sentidos, de cualquier clase que sean; particularmente, en aumentar el placer del gusto. No quiero decir solamente: evitad la glotonería y la embriaguez; un pagano honrado condenaría estas cosas. Pero hay una clase de sensualidad ordenada y respetable, un epicureísmo elegante, que no trastorna inmediatamente el estómago ni (al menos de manera sensible) daña el entendimiento. Y sin embargo (por no mencionar ahora otros efectos suyos) no puede mantenerse sin un gasto considerable. ¡Cortad todo este gasto! Despreciad los manjares delicados y la variedad, y contentaos con lo que pide la naturaleza sencilla.
3. No malgastéis ninguna parte de un talento tan precioso meramente en complacer la concupiscencia de los ojos con vestidos superfluos o costosos, o con adornos innecesarios. No malgastéis ninguna parte de él en adornar con primor vuestras casas; en muebles superfluos o costosos; en cuadros caros, pinturas, dorados, libros; en jardines más elegantes que útiles. Dejad que vuestros vecinos, que no conocen nada mejor, hagan esto: «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Pero «¿qué a ti?», dice nuestro Señor: «Sígueme tú». ¿Estáis dispuestos? Entonces podéis hacerlo.
4. No gastéis nada en complacer la soberbia de la vida, en ganaros la admiración o la alabanza de los hombres. Este motivo de gasto se entrelaza con frecuencia con uno de los anteriores, o con ambos. Los hombres son derrochadores en la comida, en el vestido o en los muebles, no solamente para agradar a su apetito o para complacer sus ojos, su imaginación, sino también su vanidad. «Mientras te trates bien a ti mismo, los hombres hablarán bien de ti». Mientras vayas «vestido de púrpura y de lino fino, y hagas banquete con esplendidez» cada día», sin duda muchos aplaudirán la elegancia de tu gusto, tu generosidad y tu hospitalidad. Pero no compres tan caro su aplauso. Conténtate más bien con la honra que viene de Dios.
5. ¿Quién gastaría algo en complacer estos deseos si considerara que complacerlos es aumentarlos? Nada puede ser más cierto que esto: la experiencia diaria muestra que cuanto más se les da gusto, tanto más crecen. Por tanto, siempre que gastáis algo en agradar a vuestro paladar o a vuestros otros sentidos, pagáis otro tanto por sensualidad. Cuando empleáis dinero en agradar a vuestros ojos, dais otro tanto por un aumento de la curiosidad, por un apego más fuerte a estos placeres que perecen con el uso mismo. Mientras compráis cualquier cosa que los hombres suelen aplaudir, estáis comprando más vanidad. ¿No teníais ya bastante vanidad, sensualidad y curiosidad? ¿Hacía falta añadir algo? ¿Y queréis además pagar por ello? ¿Qué clase de sabiduría es esta? ¿No sería una locura menos dañina arrojar literalmente vuestro dinero al mar?
6. ¿Y por qué habríais de tirar el dinero en vuestros hijos más que en vosotros mismos, en manjares delicados, en vestidos vistosos o costosos, en superfluidades de cualquier clase? ¿Por qué habríais de comprarles más orgullo o concupiscencia, más vanidad, o codicias locas y dañosas? No les hace falta más; ya tienen bastante; la naturaleza ha hecho amplia provisión para ellos. ¿Por qué habríais de hacer más gastos para aumentar sus tentaciones y sus lazos, y para traspasarlos de más dolores?
7. No se lo dejéis para que ellos lo tiren. Si tenéis buenas razones para creer que malgastarían lo que ahora está en vuestro poder en complacer, y así aumentar, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos o la soberbia de la vida, con peligro de su alma y de la vuestra, no les pongáis estas trampas en el camino. No ofrezcáis a vuestros hijos o a vuestras hijas a Belial, como no los ofreceríais a Moloc. Tened compasión de ellos, y quitad de su camino lo que fácilmente podéis prever que aumentaría sus pecados y, por consiguiente, los hundiría más hondo en la perdición eterna. ¡Cuán asombroso es, pues, el desvarío de esos padres que piensan que nunca pueden dejar bastante a sus hijos! ¡Cómo! ¿No podéis dejarles bastantes saetas, llamas y muerte? ¿No bastantes codicias locas y dañosas? ¿No bastante orgullo, concupiscencia, ambición, vanidad? ¿No bastantes quemaduras eternas? ¡Pobre desdichado! Temes donde no hay temor. Ciertamente, tanto tú como ellos, cuando estéis alzando los ojos en el infierno, tendréis bastante del «gusano que no muere» y del «fuego que nunca se apaga».
8. «¿Qué haríais, pues, si estuvierais en mi caso? ¿Si tuvierais una fortuna considerable que dejar?». Si yo lo haría o no, sé lo que debería hacer: esto no admite ninguna duda razonable. Si yo tuviera un hijo, mayor o menor, que conociera el valor del dinero; uno que, según creyera, lo destinaría a su verdadero uso, pensaría que es mi deber absoluto e indispensable dejar a ese hijo la mayor parte de mi fortuna, y a los demás solamente lo suficiente para que pudieran vivir del modo al que estaban acostumbrados. «Pero ¿y si todos vuestros hijos ignoraran igualmente el verdadero uso del dinero?». Entonces debería (¡dura palabra!, ¿quién la puede oír?) dar a cada uno lo que le mantuviera por encima de la necesidad, y emplear todo lo demás de la manera que juzgara más conducente a la gloria de Dios.
III. 1. Pero que nadie se imagine que ha hecho algo solamente por haber llegado hasta aquí, por haber «ganado y ahorrado todo lo que podía», si se detuviera aquí. Todo esto no es nada si el hombre no sigue adelante, si no dirige todo esto a un fin ulterior. Ni, en verdad, puede decirse propiamente que un hombre ahorra algo si solamente lo guarda. Lo mismo podéis arrojar vuestro dinero al mar que enterrarlo en la tierra. Y lo mismo podéis enterrarlo en la tierra que en vuestro cofre o en el Banco de Inglaterra. No usarlo es, en efecto, tirarlo. Si, pues, queréis de veras «haceros amigos del mammón de injusticia», añadid la tercera regla a las dos anteriores. Habiendo, primero, ganado todo lo que podáis y, en segundo lugar, ahorrado todo lo que podáis, entonces «dad todo lo que podáis».
2. Para ver el fundamento y la razón de esto, considerad que, cuando el Poseedor del cielo y de la tierra os dio el ser y os colocó en este mundo, os puso aquí no como propietarios, sino como mayordomos. Como tales os confió, por un tiempo, bienes de diversas clases; pero la única propiedad de ellos sigue residiendo en él, y no puede enajenarse de él. Así como vosotros mismos no sois vuestros, sino suyos, así también lo es todo lo que disfrutáis. Así son vuestra alma y vuestro cuerpo: no vuestros, sino de Dios. Y así lo son vuestros bienes en particular. Y él os ha dicho, en los términos más claros y expresos, cómo habéis de emplearlos para él, de tal manera que todo ello sea un sacrificio santo, agradable por medio de Cristo Jesús. Y este servicio ligero y fácil ha prometido recompensarlo con un eterno peso de gloria.
3. Las instrucciones que Dios nos ha dado tocante al uso de nuestros bienes terrenales pueden resumirse en los siguientes puntos. Si deseáis ser mayordomos fieles y prudentes de aquella porción de los bienes de vuestro Señor que él ha depositado por ahora en vuestras manos, pero con el derecho de recobrarla cuando le plazca: primero, proveed lo necesario para vosotros mismos: comida que comer, ropa que vestir, todo lo que la naturaleza requiere moderadamente para conservar el cuerpo en salud y vigor. En segundo lugar, proveed estas cosas para vuestra esposa, vuestros hijos, vuestros criados o cualesquiera otros que pertenezcan a vuestra casa. Si, hecho esto, queda algún sobrante, entonces «haced bien a los domésticos de la fe». Si todavía queda sobrante, «según tengáis oportunidad, haced bien a todos». Al hacerlo así, dais todo lo que podéis; más aún, en un sentido sano, todo lo que tenéis; porque todo lo que se emplea de esta manera se da realmente a Dios. «Dais a Dios lo que es de Dios», no solo por lo que dais a los pobres, sino también por lo que gastáis en proveer lo necesario para vosotros mismos y para vuestra casa.
4. Si, pues, en algún momento surge en vuestra mente alguna duda acerca de lo que vais a gastar, ya sea en vosotros mismos o en algún miembro de vuestra familia, tenéis un modo fácil de disiparla. Preguntaos con calma y seriedad: «(1.) Al gastar esto, ¿obro conforme a mi condición? ¿Obro en esto no como propietario, sino como mayordomo de los bienes de mi Señor? (2.) ¿Hago esto en obediencia a su Palabra? ¿En qué Escritura me pide que lo haga? (3.) ¿Puedo ofrecer esta acción, este gasto, como sacrificio a Dios por medio de Jesucristo? (4.) ¿Tengo razón para creer que por esta misma obra tendré recompensa en la resurrección de los justos?». Rara vez necesitaréis algo más para disipar cualquier duda que surja en este punto; sino que por esta cuádruple consideración recibiréis luz clara acerca del camino por donde debéis andar.
5. Si todavía queda alguna duda, podéis examinaros además por medio de la oración, conforme a esos puntos de indagación. Probad si podéis decir al que escudriña los corazones, sin que vuestra conciencia os condene: «Señor, tú ves que voy a gastar esta suma en tal comida, en tal vestido, en tales muebles. Y tú sabes que en esto obro con ojo sincero, como mayordomo de tus bienes, gastando así esta porción de ellos conforme al propósito que tuviste al confiármelos. Tú sabes que hago esto en obediencia al Señor, como tú lo mandas y porque tú lo mandas. ¡Sea esto, te ruego, un sacrificio santo, agradable por medio de Jesucristo! Y dame un testimonio en mí mismo de que por este trabajo de amor tendré recompensa cuando tú pagues a cada uno conforme a sus obras». Ahora bien, si vuestra conciencia os da testimonio en el Espíritu Santo de que esta oración es agradable a Dios, entonces no tenéis razón para dudar de que ese gasto es recto y bueno, y tal que nunca os avergonzará.
6. Veis, pues, lo que es «haceros amigos del mammón de injusticia», y por qué medios podéis lograr «que, cuando faltéis, os reciban en las moradas eternas». Veis la naturaleza y la extensión de la prudencia verdaderamente cristiana en cuanto se refiere al uso de ese gran talento, el dinero. Ganad todo lo que podáis, sin dañaros a vosotros mismos ni a vuestro prójimo, en alma o en cuerpo, aplicándoos a ello con diligencia incesante y con todo el entendimiento que Dios os ha dado; ahorrad todo lo que podáis, cortando todo gasto que solo sirve para dar gusto a un deseo necio, para complacer la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos o la soberbia de la vida; no malgastéis nada, en vida o en la muerte, en pecado o en locura, ya sea para vosotros mismos o para vuestros hijos; y luego, dad todo lo que podáis o, en otras palabras, dad a Dios todo lo que tenéis. No os limitéis, como un judío más que como un cristiano, a esta o aquella proporción. «Dad a Dios», no un diezmo, no un tercio, no la mitad, sino todo lo que es de Dios, sea más o menos, empleándolo todo en vosotros mismos, en vuestra casa, en los domésticos de la fe y en todo el género humano, de tal manera que podáis dar buena cuenta de vuestra mayordomía cuando ya no podáis más ser mayordomos; de la manera que indican los oráculos de Dios, tanto por preceptos generales como particulares; de tal manera que todo lo que hagáis sea «sacrificio a Dios en olor suave», y que cada acto sea recompensado en aquel día en que el Señor venga con todos sus santos.
7. Hermanos, ¿podemos ser mayordomos sabios o fieles a menos que administremos así los bienes de nuestro Señor? No podemos, como dan testimonio no solo los oráculos de Dios, sino también nuestra propia conciencia. Entonces, ¿por qué hemos de tardar? ¿Por qué hemos de consultar más con carne y sangre, o con los hombres del mundo? Nuestro reino, nuestra sabiduría, no es de este mundo: la costumbre de los paganos nada tiene que ver con nosotros. No seguimos a ningún hombre más allá de lo que él sigue a Cristo. A él oíd. Sí, hoy, mientras se dice «Hoy», ¡oíd y obedeced su voz! En esta hora, y desde esta hora, haced su voluntad: ¡cumplid su palabra, en esto y en todas las cosas! ¡Os ruego, en el nombre del Señor Jesús, que viváis a la altura de la dignidad de vuestra vocación! ¡No más pereza! ¡Todo lo que os viniere a la mano para hacer, hacedlo según vuestras fuerzas! ¡No más derroche! ¡Cortad todo gasto que exijan la moda, el capricho o la carne y la sangre! ¡No más codicia! ¡Sino emplead todo lo que Dios os ha confiado en hacer bien, todo el bien posible, de toda clase y en todo grado posible, a los domésticos de la fe, a todos los hombres! Esta no es pequeña parte de «la prudencia de los justos». Dad todo lo que tenéis, así como todo lo que sois, como sacrificio espiritual a Aquel que no os negó a su Hijo, a su único Hijo; «atesorando así para vosotros mismos buen fundamento para lo por venir, para que alcancéis la vida eterna».
Capítulo 51 completado
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