Capítulo 50 · 21 min de lectura · 28 min de escucha
La cura de la maledicencia
Sermón 49
La cura de la maledicencia
«Si tu hermano peca contra ti, ve y dile su falta entre ti y él solos; si te oye, has ganado a tu hermano. Mas si no te oye, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Y si no los oye a ellos, dilo a la iglesia; y si no oye a la iglesia, tenle por pagano y publicano».
Mateo 18:15–17
1. «No hablar mal de nadie», dice el gran apóstol: un mandamiento tan claro como «No matarás». Pero ¿quién, aun entre los cristianos, hace caso de este mandamiento? Más aún, ¡qué pocos hay que siquiera lo entiendan! ¿Qué es la maledicencia? No es, como algunos suponen, lo mismo que mentir o calumniar. Todo lo que un hombre dice puede ser tan verdadero como la Biblia, y sin embargo decirlo es maledicencia. Porque la maledicencia no es ni más ni menos que hablar mal de una persona ausente: contar algo malo que de verdad hizo o dijo alguien que no está presente cuando se cuenta. Supongamos que, habiendo visto a un hombre borracho, o habiéndole oído maldecir o jurar, lo cuento cuando él está ausente: eso es maledicencia. En nuestra lengua esto se llama también, con un nombre sumamente apropiado, murmurar a espaldas de otro. Ni hay diferencia sustancial entre esto y lo que solemos llamar chismorreo. Si el cuento se transmite de manera suave y callada (quizá con expresiones de buena voluntad hacia la persona y de esperanza en que las cosas no sean del todo tan malas), entonces lo llamamos cuchicheo. Pero se haga de la manera que se haga, la cosa es la misma: la misma en sustancia, si no en las circunstancias. Sigue siendo maledicencia; sigue siendo pisoteado este mandamiento, «No hablar mal de nadie», si contamos a otro la falta de una tercera persona cuando esta no está presente para responder por sí misma.
2. ¡Y qué sumamente común es este pecado entre toda clase y condición de hombres! ¡Cómo caen en él continuamente altos y bajos, ricos y pobres, sabios y necios, doctos e indoctos! Personas que difieren entre sí en todo lo demás, coinciden no obstante en esto. ¡Qué pocos hay que puedan testificar delante de Dios: «Estoy limpio en este asunto; siempre he puesto guarda a mi boca y he guardado la puerta de mis labios»! ¿Qué conversación oís, de alguna extensión considerable, de la que la maledicencia no sea uno de los ingredientes? Y eso aun entre personas que, en general, tienen el temor de Dios delante de sus ojos y desean de veras tener una conciencia sin remordimiento acerca de Dios y acerca de los hombres.
3. Y lo muy común de este pecado es justamente lo que hace difícil evitarlo. Como estamos rodeados de él por todas partes, si no somos profundamente conscientes del peligro y no nos guardamos continuamente de él, estamos expuestos a ser arrastrados por el torrente. En este punto, casi todo el género humano está, por así decirlo, en una conspiración contra nosotros. Y su ejemplo se nos insinúa sin que sepamos cómo, de modo que insensiblemente nos deslizamos a imitarlo. Además, se nos recomienda tanto desde dentro como desde fuera. Apenas hay disposición torcida en la mente del hombre que no pueda verse ocasionalmente satisfecha por él y, en consecuencia, inclinarnos a él. Halaga nuestro orgullo contar aquellas faltas de otros de las que nos creemos libres. La ira, el resentimiento y todas las disposiciones poco bondadosas se complacen hablando contra aquellos con quienes estamos disgustados; y en muchos casos, al referir los pecados de su prójimo, los hombres dan rienda suelta a sus propios deseos necios y dañinos.
4. La maledicencia es tanto más difícil de evitar cuanto que con frecuencia nos ataca disfrazada. Hablamos así movidos por una noble y generosa (¡y menos mal si no decimos santa!) indignación contra esas viles criaturas. ¡Cometemos pecado por puro odio al pecado! ¡Servimos al diablo por puro celo de Dios! Es meramente para castigar a los malvados por lo que caemos en esta maldad. «Así es como las pasiones» (como dice alguien) «se justifican todas a sí mismas», y nos hacen pasar el pecado bajo el velo de la santidad.
5. Pero ¿no hay manera de evitar el lazo? Sin duda la hay. Nuestro bendito Señor ha trazado a sus seguidores un camino llano en las palabras citadas arriba. Nadie que ande con cautela y firmeza por esta senda caerá jamás en la maledicencia. Esta regla es o bien un preventivo infalible, o bien una cura segura de ella. En los versículos anteriores nuestro Señor había dicho: «¡Ay del mundo por los escándalos!»: de esta funesta fuente brotará en el mundo una miseria indecible. (Escándalos son todas las cosas por las que alguien es apartado de los caminos de Dios, o estorbado en ellos.) «Porque es necesario que vengan escándalos»: tal es la naturaleza de las cosas; tal la maldad, la necedad y la flaqueza del género humano. «Mas ¡ay de aquel hombre»: desdichado es aquel hombre «por quien viene el escándalo». «Por tanto, si tu mano, tu pie, tu ojo te es ocasión de caer»: si el goce más querido, la persona más amada y útil, te aparta del camino o te estorba en él, «sácalo»: córtalos y échalos de ti. Pero ¿cómo podemos evitar escandalizar a unos y escandalizarnos de otros? Sobre todo, suponiendo que ellos estén del todo equivocados y lo veamos con nuestros propios ojos. Nuestro Señor nos enseña aquí cómo: establece un método seguro para evitar a la vez los escándalos y la maledicencia. «Si tu hermano peca contra ti, ve y dile su falta entre ti y él solos; si te oye, has ganado a tu hermano. Mas si no te oye, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Y si no los oye a ellos, dilo a la iglesia; y si no oye a la iglesia, tenle por pagano y publicano».
I. 1. En primer lugar: «Si tu hermano peca contra ti, ve y dile su falta entre ti y él solos». La manera más literal de seguir esta primera regla, donde sea factible, es la mejor. Por tanto, si ves con tus propios ojos a un hermano, a un compañero cristiano, cometer un pecado innegable, o lo oyes con tus propios oídos, de modo que te es imposible dudar del hecho, entonces tu parte está clara: aprovecha la primerísima oportunidad para ir a él y, si puedes tener acceso, «dile su falta entre ti y él solos». Ciertamente hay que tener gran cuidado de que esto se haga con el espíritu debido y de la manera debida. El éxito de una reprensión depende mucho del espíritu con que se da. No dejes, pues, de orar fervientemente a Dios para que se dé con espíritu humilde, con una convicción profunda y penetrante de que solo Dios es quien te distingue, y de que, si algún bien se logra con lo que ahora se dice, Dios mismo lo hace. Pide que él guarde tu corazón, ilumine tu mente y dirija tu lengua a las palabras que a él le plazca bendecir. Procura hablar con espíritu manso a la vez que humilde; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios». Si «fue sorprendido en alguna falta», no puede ser restaurado de otro modo que «con espíritu de mansedumbre». Si se opone a la verdad, aun así no se le puede traer al conocimiento de ella sino con dulzura. Habla siempre con un espíritu de tierno amor, «que las muchas aguas no podrán apagar». Si el amor no es vencido, lo vence todo. ¿Quién puede decir la fuerza del amor?
El amor puede doblar la dura cerviz,
convertir la piedra en carne;
ablandar, y derretir, y traspasar, y quebrantar
un corazón de diamante.
Confirma, pues, tu amor hacia él, y con ello «amontonarás ascuas de fuego sobre su cabeza».
2. Pero procura que también la manera en que hablas sea conforme al evangelio de Cristo. Evita todo lo que, en la mirada, el gesto, la palabra y el tono de voz, sepa a orgullo o a suficiencia propia. Evita con todo empeño todo lo magistral o dogmático, todo lo que parezca arrogancia o presunción. Guárdate del más remoto asomo de desdén, de altanería o de desprecio. Con igual cuidado evita toda apariencia de enojo; y aunque uses gran franqueza al hablar, que no haya, sin embargo, reproche, ni acusación injuriosa, ni señal de otro ardor que el del amor. Sobre todo, que no haya sombra de odio ni de malquerencia, ni amargura ni aspereza en la expresión; antes bien, usa el aire y el lenguaje de la dulzura, así como de la mansedumbre, para que todo parezca brotar del amor que hay en el corazón. Y sin embargo esta dulzura no tiene por qué impedirte hablar de la manera más seria y solemne; en cuanto sea posible, con las palabras mismas de los oráculos de Dios (pues no hay otras como ellas), y como bajo la mirada de Aquel que viene a juzgar a los vivos y a los muertos.
3. Si no tienes oportunidad de hablarle en persona, o no puedes tener acceso a él, puedes hacerlo por medio de un mensajero: por un amigo común, en cuya prudencia, así como en cuya rectitud, puedas confiar plenamente. Una persona así, hablando en tu nombre y con el espíritu y la manera descritos arriba, puede servir al mismo fin y suplir en buena medida la falta de tu servicio. Solo guárdate de fingir la falta de oportunidad para rehuir la cruz; ni des por sentado que no puedes tener acceso sin haberlo intentado jamás. Siempre que puedas hablar en persona, es mucho mejor. Pero antes debes hacerlo por medio de otro que no hacerlo en absoluto: este camino es mejor que ninguno.
4. Pero ¿y si no puedes hablar tú mismo ni encontrar un mensajero tal en quien puedas confiar? Si de verdad es así, entonces solo queda escribir. Y puede haber algunas circunstancias que hagan de esta la manera más aconsejable de hablar. Una de esas circunstancias es cuando la persona con quien tenemos que tratar es de un temperamento tan ardiente e impetuoso que no soporta fácilmente la reprensión, sobre todo de un igual o de un inferior. Pero por escrito se puede introducir y suavizar de tal modo que resulte mucho más tolerable. Además, muchos leerán las mismísimas palabras que no podrían soportar oír. No da un golpe tan violento a su orgullo, ni toca tan vivamente su honor. Y aun suponiendo que al principio haga poca impresión, quizá le den una segunda lectura y, tras más detenida consideración, tomen a pecho lo que antes desatendieron. Si añades tu nombre, esto es casi lo mismo que ir a él y hablarle en persona. Y esto debe hacerse siempre, a menos que alguna razón muy particular lo haga improcedente.
5. Debe observarse bien no solo que este es un paso que nuestro Señor nos manda dar de modo absoluto, sino que nos manda darlo primero, antes de intentar cualquier otro. No se admite alternativa, ni elección de ninguna otra cosa: este es el camino; anda por él. Es verdad que nos ordena, si la necesidad lo requiere, dar otros dos pasos; pero han de darse sucesivamente después de este, y ninguno de ellos antes; mucho menos hemos de dar ningún otro paso, ni antes de este ni en lugar de él. Hacer cualquier otra cosa, o no hacer esta, es por tanto igualmente inexcusable.
6. No pienses excusarte de haber dado un paso enteramente distinto diciendo: «Pues yo no hablé con nadie hasta que estuve tan cargado que no pude contenerme». ¡Estabas cargado! No es de extrañar que lo estuvieras, a menos que tu conciencia estuviera cauterizada; porque estabas bajo la culpa del pecado, ¡de desobedecer un mandamiento claro de Dios! Debiste haber ido inmediatamente y haberle dicho «a tu hermano su falta entre ti y él solos». Si no lo hiciste, ¿cómo podías no estar cargado (a menos que tu corazón estuviera del todo endurecido) mientras pisoteabas el mandamiento de Dios y «aborrecías a tu hermano en tu corazón»? ¿Y qué manera has hallado de descargarte? Dios te reprende por un pecado de omisión, por no decirle a tu hermano su falta; ¡y tú te consuelas bajo su reprensión con un pecado de comisión, contándole la falta de tu hermano a otra persona! ¡El alivio comprado con pecado es una compra cara! Confío en Dios que no tendrás alivio, sino que estarás tanto más cargado hasta que «vayas a tu hermano y se lo digas» a él y a nadie más.
7. Solo conozco una excepción a esta regla: puede haber un caso particular en que sea necesario acusar al culpable, aunque esté ausente, para preservar al inocente. Por ejemplo: conoces el designio que un hombre tiene contra los bienes o la vida de su prójimo. Pues bien, el caso puede presentarse de tal manera que no haya otro modo de impedir que ese designio se lleve a efecto sino darlo a conocer, sin demora, a aquel contra quien se trama. En este caso, por tanto, se deja a un lado esta regla, como también la del apóstol, «No hablar mal de nadie»; y es lícito, más aún, es nuestro deber ineludible, hablar mal de una persona ausente para impedir que haga mal a otros y a sí misma al mismo tiempo. Pero recuerda, entretanto, que toda maledicencia es, por su propia naturaleza, veneno mortal. Por tanto, si alguna vez te ves obligado a usarla como medicina, úsala con temor y temblor, viendo que es una medicina tan peligrosa que nada sino la necesidad absoluta puede excusar que la uses. En consecuencia, úsala lo menos posible, nunca sino cuando haya tal necesidad; y aun entonces usa de ella lo menos que se pueda, solo cuanto sea necesario para el fin propuesto. En todos los demás casos, «ve y dile su falta entre ti y él solos».
II. 1. Pero ¿qué, «si no te oye»? ¿Si devuelve mal por bien? ¿Si se enfurece en lugar de convencerse? ¿Qué, si oye sin provecho y sigue adelante en el mal de su camino? Hemos de esperar que esto suceda con frecuencia; la reprensión más suave y tierna no surtirá efecto; pero la bendición que deseábamos para otro volverá a nuestro propio seno. ¿Y qué hemos de hacer entonces? Nuestro Señor nos ha dado una dirección clara y completa. Entonces «toma aún contigo a uno o dos»: este es el segundo paso. Toma a uno o dos que sepas que son de espíritu amoroso, amantes de Dios y de su prójimo. Procura asimismo que sean de espíritu humilde, y «revestidos de humildad». Que sean también de los que son mansos y apacibles, pacientes y sufridos; no inclinados a «volver mal por mal, ni maldición por maldición, sino antes por el contrario, bendiciendo». Que sean hombres de entendimiento, dotados de la sabiduría de lo alto; y hombres imparciales, libres de parcialidad, libres de prejuicio de cualquier clase. Debe cuidarse asimismo de que tanto las personas como su carácter le sean bien conocidos a él; y que se escoja con preferencia a otros a los que le sean aceptables.
2. El amor dictará la manera en que deben proceder, según la naturaleza del caso. Ni puede prescribirse una sola manera particular para todos los casos. Pero quizá, en general, podría aconsejarse que, antes de entrar en el asunto mismo, declaren con suavidad y afecto que no tienen enojo ni prejuicio alguno contra él, y que es meramente por un principio de buena voluntad por lo que ahora vienen, o por lo que se ocupan en absoluto de sus asuntos. Para que esto sea más evidente, podrían luego escuchar con calma cómo repites tu conversación anterior con él, y lo que él dijo en su propia defensa, antes de intentar resolver nada. Después de esto estarían en mejores condiciones de juzgar de qué manera proceder, «para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra»; para que todo lo que tú has dicho tenga su pleno vigor por el peso añadido de su autoridad.
3. Con este fin, ¿no podrían: (1.) Repetir brevemente lo que tú dijiste y lo que él respondió? (2.) Ampliar, explicar y confirmar las razones que tú habías dado? (3.) Dar peso a tu reprensión, mostrando cuán justa, cuán bondadosa y cuán oportuna fue? Y, por último, reforzar los consejos y las persuasiones que le habías añadido? Y estos podrían también más adelante, si la necesidad lo requiriera, dar testimonio de lo que se habló.
4. En cuanto a esto, así como a la regla anterior, podemos observar que nuestro Señor no nos da opción, no nos deja alternativa, sino que nos manda expresamente hacer esto, y nada más en lugar de ello. Asimismo nos indica cuándo hacerlo: ni antes ni después; a saber, después de haber dado el primer paso, y antes de haber dado el tercero. Solo entonces estamos autorizados a contar el mal que otro ha hecho a aquellos a quienes deseamos que tomen parte con nosotros en esta gran muestra de amor fraternal. Pero tengamos cuidado de cómo lo contamos a cualquier otra persona antes de haber dado ambos pasos. Si descuidamos darlos, o si damos otros, ¿qué tiene de extraño que sigamos cargados? Porque somos pecadores contra Dios y contra nuestro prójimo; y por mucho que lo disimulemos, si tenemos alguna conciencia, nuestro pecado nos alcanzará y traerá una carga sobre nuestra alma.
III. 1. Para que seamos instruidos a fondo en este importante asunto, nuestro Señor nos ha dado una dirección más: «Y si no los oye a ellos», entonces, y no antes, «dilo a la iglesia». Este es el tercer paso. Toda la cuestión es cómo ha de entenderse aquí esta palabra, «la iglesia». Pero la naturaleza misma de la cosa lo determinará más allá de toda duda razonable. No puedes decirlo a la Iglesia nacional, a todo el cuerpo de hombres llamado «la Iglesia de Inglaterra». Ni serviría a ningún fin cristiano aunque pudieras; este, por tanto, no es el sentido de la palabra. Tampoco puedes decirlo a todo ese cuerpo de gente en Inglaterra con el que tienes una relación más inmediata. Ni, en verdad, serviría esto a ningún buen fin: la palabra, por tanto, no ha de entenderse así. No serviría a ningún fin valioso contar las faltas de cada miembro particular a la iglesia (si quieres llamarla así), la congregación o sociedad unida en Londres. Queda, pues, que lo digas al anciano o a los ancianos de la iglesia, a aquellos que son supervisores de ese rebaño de Cristo al que ambos pertenecéis, que velan por tu alma y por la suya «como quienes han de dar cuenta». Y esto debe hacerse, si buenamente se puede, en presencia de la persona interesada, y, aunque con claridad, con toda la ternura y el amor que la naturaleza de la cosa admita. Pertenece propiamente a su oficio resolver acerca de la conducta de los que están a su cuidado, y reprender, según el demérito de la ofensa, «con toda autoridad». Cuando, pues, has hecho esto, has hecho todo lo que la Palabra de Dios, o la ley del amor, requiere de ti: ya no eres partícipe de su pecado; si él perece, su sangre será sobre su propia cabeza.
2. Obsérvese también aquí que este, y no otro, es el tercer paso que hemos de dar; y que hemos de darlo en su orden, después de los otros dos; no antes del segundo, y mucho menos antes del primero, salvo en alguna circunstancia muy particular. Ciertamente, en un caso el segundo paso puede coincidir con este: pueden ser, en cierto modo, uno y el mismo. El anciano o los ancianos de la iglesia pueden estar tan relacionados con el hermano que ofende que hagan innecesarios a los uno o dos testigos y ocupen su lugar; de modo que baste con decirlo a ellos después de habérselo dicho a tu hermano «entre ti y él solos».
3. Cuando hayas hecho esto, habrás librado tu propia alma. «Y si no oye a la iglesia», si persiste en su pecado, «tenle por pagano y publicano». No estás obligado a pensar más en él, salvo cuando lo encomiendes a Dios en oración. No necesitas hablar más de él, sino dejarlo a su propio Señor. Ciertamente aún le debes, como a todos los demás paganos, una buena voluntad ferviente y tierna. Le debes cortesía y, según se presente la ocasión, todos los oficios de humanidad. Pero no tengas amistad ni familiaridad con él; ningún otro trato que el que tendrías con un pagano declarado.
4. Pero si esta es la regla por la que andan los cristianos, ¿cuál es la tierra donde viven los cristianos? Quizá encuentres unos pocos, dispersos aquí y allá, que se hacen un deber de conciencia observarla. ¡Pero qué poquísimos! ¡Qué escasamente esparcidos sobre la faz de la tierra! ¿Y dónde hay algún cuerpo de hombres que ande universalmente por ella? ¿Podemos hallarlos en Europa? O, por no ir más lejos, ¿en Gran Bretaña o en Irlanda? Temo que no; temo que podemos registrar estos reinos de punta a punta, y aun así buscar en vano. ¡Ay del mundo cristiano! ¡Ay de los protestantes, de los cristianos reformados! Oh, «¿quién se levantará conmigo contra los malignos?». «¿Quién se pondrá de parte de Dios» contra los maldicientes? ¿Eres tú ese hombre? Por la gracia de Dios, ¿serás tú uno de los que no se dejan arrastrar por el torrente? ¿Estás plenamente resuelto, siendo Dios tu ayudador, a poner desde esta misma hora una guarda, una continua «guarda a tu boca, y guardar la puerta de tus labios»? ¿Andarás desde esta hora según esta regla: «No hablar mal de nadie»? Si ves a tu hermano hacer el mal, ¿le «dirás su falta entre ti y él solos»? ¿Después «tomarás uno o dos testigos», y solo entonces «lo dirás a la iglesia»? Si este es el firme propósito de tu corazón, aprende bien una lección: «No escuchar mal de nadie». Si no hubiera oyentes, no habría quien hablase mal. ¿Y no es (según el proverbio vulgar) el encubridor tan malo como el ladrón? Si, pues, alguien comienza a hablar mal en tu presencia, atájalo inmediatamente. Niégate a oír la voz del encantador, por más hábil que el encantador sea; aunque use la manera más suave, el acento más dulce, las mayores protestas de buena voluntad hacia aquel a quien está apuñalando en la oscuridad, ¡a quien hiere por la quinta costilla! Niégate resueltamente a oír, aunque el chismoso se queje de estar «cargado hasta que hable». ¡Cargado! ¡Necio! ¿Estás de parto con tu maldito secreto, como la mujer está de parto con su criatura? Ve, pues, y líbrate de tu carga de la manera que el Señor ha ordenado. Primero, «ve y dile a tu hermano su falta entre ti y él solos.»: después, «toma contigo a uno o dos» amigos comunes, y díselo en su presencia; si ninguno de estos pasos surte efecto, entonces «dilo a la iglesia». Pero, so pena de tu alma, no lo digas a nadie más, ni antes ni después, salvo en aquel único caso exceptuado, cuando es absolutamente necesario para preservar al inocente. ¿Por qué habrías de cargar a otro como a ti mismo, haciéndolo partícipe de tu pecado?
5. ¡Oh, si todos vosotros, los que lleváis el oprobio de Cristo, los que por escarnio sois llamados metodistas, dieseis ejemplo al mundo llamado cristiano, al menos en este único punto! Desechad la maledicencia, el chismorreo, el cuchicheo: ¡que ninguno de ellos salga de vuestra boca! Procurad «no hablar mal de nadie»; de los ausentes, nada sino bien. Si habéis de ser distinguidos, queráis o no, sea esta la señal distintiva de un metodista: «No censura a nadie a sus espaldas: por este fruto lo podéis conocer». ¡Qué bendito efecto de esta negación de sí mismo sentiríamos pronto en nuestro corazón! ¡Cómo «fluiría nuestra paz como un río», si así «siguiéramos la paz con todos»! ¡Cómo abundaría el amor de Dios en nuestras propias almas, mientras así confirmáramos nuestro amor a nuestros hermanos! ¡Y qué efecto tendría sobre todos los que estuvieran unidos en el nombre del Señor Jesús! ¡Cómo crecería continuamente el amor fraternal, una vez quitado este gran estorbo! Todos los miembros del cuerpo místico de Cristo se cuidarían entonces naturalmente unos de otros. «Si un miembro padeciera, todos padecerían con él; si uno fuera honrado, todos se gozarían con él»; y cada uno amaría a su hermano «entrañablemente de corazón puro». Ni es esto todo: ¡qué efecto podría tener esto aun sobre el mundo salvaje e irreflexivo! Pronto descubrirían en nosotros lo que no podían hallar entre todos los millares de sus hermanos, y exclamarían (como Juliano el Apóstata a sus cortesanos paganos): «¡Mirad cómo se aman estos cristianos unos a otros!». Por esto principalmente convencería Dios al mundo y lo prepararía también para su reino; como podemos aprender fácilmente de aquellas notables palabras de la última y solemne oración de nuestro Señor: «Ruego por los que han de creer en mí, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti; ¡para que el mundo crea que tú me enviaste!». [Juan 17:21] ¡Apresure el Señor ese tiempo! ¡Capacítenos el Señor para amarnos así unos a otros, no solo «de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad», así como Cristo nos amó!
Capítulo 50 completado
La cura de la maledicencia