Capítulo 49 · 24 min de lectura · 32 min de escucha
La negación de sí mismo
Sermón 48
La negación de sí mismo
«Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame».
Lucas 9:23
1. Con frecuencia se ha imaginado que la instrucción que aquí se da se refería principalmente, si no por completo, a los apóstoles; o al menos a los cristianos de los primeros siglos, o a los que se hallaban en estado de persecución. Pero este es un grave error; porque, aunque nuestro bendito Señor dirige aquí su discurso más inmediatamente a sus apóstoles y a aquellos otros discípulos que le acompañaban en los días de su carne, sin embargo, en ellos nos habla a nosotros y a todo el género humano, sin excepción ni limitación alguna. La razón misma de la cosa pone fuera de toda duda que el deber que aquí se ordena no es propio de ellos, ni de los cristianos de los primeros tiempos. No concierne a ninguna clase particular de hombres, ni a ningún tiempo particular, más de lo que concierne a ningún país particular. No: es de naturaleza universalísima, y se refiere a todos los tiempos y a todas las personas, sí, y a todas las cosas; no solamente a las comidas y bebidas y a las cosas que pertenecen a los sentidos. El sentido es: «Si alguno», de cualquier rango, posición o circunstancias, en cualquier nación, en cualquier época del mundo, «quiere» de veras «venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» en todas las cosas; «tome su cruz», de cualquier clase que sea; sí, y eso «cada día, y sígame».
2. El negarnos a nosotros mismos y el tomar nuestra cruz, en toda la extensión de la expresión, no es cosa de poca importancia: no es solamente conveniente, como lo son algunas de las circunstancias accesorias de la religión, sino absoluta e indispensablemente necesario, tanto para llegar a ser sus discípulos como para seguir siéndolo. Es absolutamente necesario, por la naturaleza misma de la cosa, para venir en pos de él y seguirle; de tal manera que, en la medida en que no lo practicamos, no somos sus discípulos. Si no nos negamos continuamente a nosotros mismos, no aprendemos de él, sino de otros maestros. Si no tomamos nuestra cruz cada día, no vamos en pos de él, sino en pos del mundo, o del príncipe del mundo, o de nuestra propia mente carnal. Si no andamos en el camino de la cruz, no le seguimos; no pisamos sus pisadas, sino que nos apartamos de él, o al menos nos desviamos lejos de él.
3. Por esta razón tantos ministros de Cristo, en casi todas las épocas y naciones, y particularmente desde la Reforma de la Iglesia, que la limpió de las innovaciones y corrupciones que poco a poco se habían introducido en ella, han escrito y hablado tan extensamente sobre este importante deber, tanto en sus discursos públicos como en sus exhortaciones privadas. Esto los movió a difundir por todas partes muchos tratados sobre el tema; y algunos también en nuestra propia nación. Sabían, tanto por los oráculos de Dios como por el testimonio de su propia experiencia, cuán imposible era no negar a nuestro Maestro a menos que nos neguemos a nosotros mismos; y cuán en vano intentamos seguir a Aquel que fue crucificado a menos que tomemos nuestra cruz cada día.
4. Pero ¿no podría esta misma consideración hacer razonable la pregunta: si ya se ha dicho y escrito tanto sobre el tema, qué necesidad hay de decir o escribir más? Respondo: hay un número nada despreciable de personas, aun de las que temen a Dios, que no han tenido oportunidad ni de oír lo que se ha dicho ni de leer lo que se ha escrito sobre ello. Y quizá, si hubieran leído mucho de lo que se ha escrito, no habrían sacado de ello gran provecho. Muchos de los que han escrito (algunos de ellos gruesos volúmenes) no parecen en modo alguno haber entendido el tema. O tenían una idea imperfecta de su naturaleza misma (y entonces nunca podían explicarla a otros), o desconocían su debida extensión; no veían cuán ancho en extremo es este mandamiento; o no tenían conciencia de su absoluta, de su indispensable necesidad. Otros hablan de ello de un modo tan oscuro, tan confuso, tan intrincado, tan místico, como si se propusieran más bien ocultarlo al vulgo que explicarlo a los lectores comunes. Otros hablan admirablemente bien, con gran claridad y fuerza, de la necesidad de la negación de sí mismo; pero se quedan solamente en generalidades, sin descender a casos particulares, y así son de poca utilidad para la mayor parte de los hombres, para los hombres de capacidad y educación ordinarias. Y si algunos de ellos descienden a particularidades, es solo a aquellas que no afectan a la generalidad de los hombres, pues rara vez, o nunca, se presentan en la vida común; como el sufrir prisión o torturas; el renunciar, en sentido literal, a sus casas o tierras, a sus maridos o esposas, a sus hijos, o a la vida misma; a nada de lo cual somos llamados, ni es probable que lo seamos, a menos que Dios permita que vuelvan los tiempos de persecución pública. Entretanto, no conozco ningún escritor en lengua inglesa que haya descrito la naturaleza de la negación de sí mismo en términos claros e inteligibles, al alcance de los entendimientos comunes, y que la haya aplicado a esas pequeñas particularidades que ocurren cada día en la vida común. Todavía hace falta un discurso de esta clase; y hace tanto más falta cuanto que, en cada etapa de la vida espiritual, aunque hay variedad de estorbos particulares para que alcancemos la gracia o crezcamos en ella, todos pueden reducirse a estos dos generales: o no nos negamos a nosotros mismos, o no tomamos nuestra cruz.
A fin de suplir en algún grado esta falta, procuraré mostrar, primero, qué es para un hombre negarse a sí mismo y qué es tomar su cruz; y, en segundo lugar, que si un hombre no es plenamente discípulo de Cristo, se debe siempre a la falta de esto.
I. 1. Procuraré, primero, mostrar qué es para un hombre «negarse a sí mismo, y tomar su cruz cada día». Este es un punto que, entre todos, es el más necesario de considerar y entender a fondo, aun por esta razón: que es, entre todos, el más combatido por enemigos numerosos y poderosos. Toda nuestra naturaleza ha de levantarse ciertamente contra él, aunque solo sea en defensa propia; el mundo, por consiguiente, los hombres que toman por guía la naturaleza y no la gracia, aborrecen hasta el sonido de esta palabra. Y el gran enemigo de nuestras almas, conociendo bien su importancia, no puede menos que mover toda piedra contra ella. Pero esto no es todo: aun aquellos que en alguna medida se han sacudido el yugo del diablo, que han experimentado, especialmente en estos últimos años, una verdadera obra de gracia en sus corazones, no son, sin embargo, amigos de esta gran doctrina del cristianismo, aunque su Maestro insiste en ella de un modo tan particular. Algunos de ellos la ignoran tan profunda y totalmente como si no hubiera una sola palabra acerca de ella en la Biblia. Otros están todavía más lejos, porque sin darse cuenta han embebido fuertes prejuicios contra ella. Estos los han recibido en parte de cristianos de apariencia exterior, hombres de buen hablar y buen porte, a quienes nada les falta de la piedad sino la eficacia, nada de la religión sino el espíritu; y en parte de aquellos que una vez, si no ahora, «gustaron las virtudes del siglo venidero». Pero ¿hay alguno de estos que no practique él mismo la negación de sí mismo y no la recomiende a otros? Poco conocéis a los hombres si dudáis de ello. Hay cuerpos enteros de hombres que no hacen otra cosa que no declararle la guerra abiertamente. Sin ir más lejos que Londres: mirad a todo el cuerpo de los predestinacionistas, que por la libre misericordia de Dios han sido llamados últimamente de las tinieblas de la naturaleza a la luz de la fe. ¿Son ellos modelos de negación de sí mismos? ¡Cuán pocos de ellos profesan siquiera practicarla! ¡Cuán pocos la recomiendan ellos mismos, o se complacen en los que lo hacen! Antes bien, ¿no la representan continuamente con los colores más odiosos, como si fuera buscar «la salvación por las obras», o procurar «establecer nuestra propia justicia»? ¡Y con cuánta presteza los antinomianos de toda clase, desde el melifluo moravo hasta el bullicioso y malhablado ranter, se unen al clamor con su necia y vacía jerga de legalismo y de predicar la ley! Por tanto, estáis en constante peligro de que os aparten de esta importante doctrina del evangelio a fuerza de halagos, de amenazas o de burlas, ya sea por falsos maestros o por falsos hermanos (más o menos extraviados de la sencillez del evangelio), si no estáis profundamente arraigados en ella. Que la oración ferviente, pues, preceda, acompañe y siga a lo que ahora vais a leer, para que sea escrito en vuestro corazón por el dedo de Dios, de modo que nunca se borre.
2. Pero ¿qué es la negación de sí mismo? ¿En qué hemos de negarnos a nosotros mismos? ¿Y de dónde surge esta necesidad? Respondo: la voluntad de Dios es la regla suprema e inalterable para toda criatura inteligente; obliga igualmente a cada ángel en el cielo y a cada hombre sobre la tierra. Ni puede ser de otro modo: este es el resultado natural y necesario de la relación entre las criaturas y su Creador. Pero si la voluntad de Dios es nuestra única regla de acción en todas las cosas, grandes y pequeñas, se sigue, por consecuencia innegable, que no hemos de hacer nuestra propia voluntad en cosa alguna. Aquí, pues, vemos a la vez la naturaleza de la negación de sí mismo, junto con su fundamento y razón. Vemos la naturaleza de la negación de sí mismo: es negar o rehusar seguir nuestra propia voluntad, por la convicción de que la voluntad de Dios es para nosotros la única regla de acción. Y vemos su razón: porque somos criaturas; porque «él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos».
3. Esta razón para la negación de sí mismo ha de valer aun respecto de los ángeles de Dios en el cielo, y respecto del hombre inocente y santo, tal como salió de las manos de su Creador. Pero surge otra razón más de la condición en que se hallan todos los hombres desde la caída. Todos nosotros ahora «en maldad hemos sido formados, y en pecado nos concibió nuestra madre». Nuestra naturaleza está del todo corrompida, en cada potencia y facultad. Y nuestra voluntad, depravada igual que todo lo demás, está enteramente inclinada a complacer nuestra corrupción natural. Por otra parte, es la voluntad de Dios que resistamos y contrarrestemos esa corrupción, no en algunos momentos o en algunas cosas solamente, sino en todo tiempo y en todas las cosas. Aquí, pues, hay un fundamento más para una negación de sí mismo constante y universal.
4. Para ilustrar esto un poco más: la voluntad de Dios es un sendero que lleva derecho a Dios. La voluntad del hombre, que en otro tiempo corría paralela a ella, es ahora otro sendero, no solo diferente de aquel, sino, en nuestro estado presente, directamente contrario a él: aleja de Dios. Si, pues, andamos por el uno, necesariamente hemos de dejar el otro. No podemos andar por ambos. Es verdad que un hombre de corazón medroso y manos flojas puede andar por dos caminos, uno después del otro. Pero no puede andar por dos caminos al mismo tiempo: no puede, a un mismo tiempo, seguir su propia voluntad y seguir la voluntad de Dios. Ha de escoger lo uno o lo otro: negar la voluntad de Dios para seguir la suya propia, o negarse a sí mismo para seguir la voluntad de Dios.
5 . Ahora bien, es sin duda agradable, por el momento, seguir nuestra propia voluntad, complaciendo, en cualquier ocasión que se ofrezca, la corrupción de nuestra naturaleza; pero al seguirla en cualquier cosa, fortalecemos en esa medida la perversidad de nuestra voluntad; y al complacerla, aumentamos continuamente la corrupción de nuestra naturaleza. Así, con el alimento que es agradable al paladar, a menudo agravamos una enfermedad del cuerpo: halaga el gusto, pero inflama el mal; trae placer, pero trae también la muerte.
6. En suma, pues, negarnos a nosotros mismos es negar nuestra propia voluntad cuando no concuerda con la voluntad de Dios, por agradable que sea. Es negarnos todo placer que no brote de Dios y no conduzca a Dios; es decir, en efecto, rehusar salirnos de nuestro camino, aunque sea hacia un sendero ameno y florido; rehusar lo que sabemos que es veneno mortal, aunque sea agradable al gusto.
7. Y todo aquel que quiera seguir a Cristo, que quiera ser su verdadero discípulo, no solo ha de negarse a sí mismo, sino tomar también su cruz. Una cruz es cualquier cosa contraria a nuestra voluntad, cualquier cosa desagradable a nuestra naturaleza. De modo que tomar nuestra cruz va un poco más allá que negarnos a nosotros mismos; se eleva un poco más alto, y es una tarea más difícil para la carne y la sangre; pues es más fácil renunciar al placer que soportar el dolor.
8. Ahora bien, al correr «la carrera que nos es propuesta», conforme a la voluntad de Dios, a menudo hay una cruz atravesada en el camino; es decir, algo que no solo no es causa de gozo, sino de tristeza; algo que es contrario a nuestra voluntad, que es desagradable a nuestra naturaleza. ¿Qué hay, pues, que hacer? La elección es clara: o hemos de tomar nuestra cruz, o hemos de apartarnos del camino de Dios, «del santo mandamiento que nos fue dado»; ¡si es que no nos detenemos del todo o nos volvemos atrás hacia la perdición eterna!
9. Para sanar esa corrupción, esa mala enfermedad que cada hombre trae consigo al mundo, a menudo es necesario arrancar, por así decirlo, un ojo derecho, cortar una mano derecha; tan doloroso es, o la cosa misma que ha de hacerse, o el único medio de hacerla: por ejemplo, el desprenderse de un deseo necio, de un afecto desordenado; o la separación del objeto de ese afecto, sin la cual nunca podrá extinguirse. En el primer caso, el arrancar tal deseo o afecto, cuando está profundamente arraigado en el alma, es a menudo como si una espada la traspasara, sí, como si alcanzara «hasta partir el alma, y aun el espíritu, y las coyunturas y tuétanos». El Señor se sienta entonces sobre el alma como fuego purificador, para consumir toda su escoria. Y esta es en verdad una cruz; es esencialmente dolorosa; ha de serlo, por la naturaleza misma de la cosa. El alma no puede ser así desgarrada, no puede pasar por el fuego, sin dolor.
10. En el segundo caso, los medios para sanar un alma enferma de pecado, para curar un deseo necio, un afecto desordenado, son a menudo dolorosos, no por la naturaleza de la cosa, sino por la naturaleza de la enfermedad. Así, cuando nuestro Señor dijo al joven rico: «Anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres» (sabiendo bien que este era el único medio de sanar su avaricia), el solo pensarlo le causó tanto dolor que «se fue triste», prefiriendo desprenderse de su esperanza del cielo antes que de sus posesiones en la tierra. Esta era una carga que no podía consentir en levantar, una cruz que no quería tomar. Y de una u otra clase, todo seguidor de Cristo tendrá ciertamente necesidad de «tomar su cruz cada día».
11. El «tomar» difiere un poco del «llevar su cruz». Propiamente se dice que «llevamos nuestra cruz» cuando soportamos con mansedumbre y resignación lo que se nos impone sin que lo escojamos. Mientras que propiamente no «tomamos nuestra cruz» sino cuando sufrimos voluntariamente lo que está en nuestro poder evitar; cuando abrazamos de buena gana la voluntad de Dios, aunque contraria a la nuestra; cuando escogemos lo que es doloroso, porque es la voluntad de nuestro sabio y misericordioso Creador.
12. Y así conviene a todo discípulo de Cristo tomar, así como llevar, su cruz. En cierto sentido, ciertamente, no es suya solamente; le es común a él y a muchos otros; puesto que a ningún hombre le sobreviene tentación, ei me anthropinos, «sino humana», tal como es propia y adaptada a la naturaleza común de los hombres y a su situación en el mundo presente. Pero, en otro sentido, considerada con todas sus circunstancias, es suya, peculiar de él mismo: está preparada por Dios para él; le es dada por Dios como prenda de su amor. Y si él la recibe como tal y, después de usar los medios que la sabiduría cristiana indica para quitar la opresión, se queda como el barro en la mano del alfarero, ella es dispuesta y ordenada por Dios para su bien, tanto en lo que toca a su calidad, como en cuanto a su cantidad y grado, a su duración y a toda otra circunstancia.
13. En todo esto podemos fácilmente concebir que nuestro bendito Señor obra como el Médico de nuestras almas, no meramente «como a él le parece, sino para lo que nos es provechoso, para que recibamos su santificación». Si, al sondear nuestras heridas, nos causa dolor, es solamente para sanarlas. Corta lo que está podrido o enfermo, a fin de conservar la parte sana. Y si escogemos libremente la pérdida de un miembro antes que perezca el cuerpo entero, ¡cuánto más deberíamos escoger, en sentido figurado, cortarnos una mano derecha antes que el alma entera sea echada al infierno!
14. Vemos, pues, claramente tanto la naturaleza como el fundamento del tomar nuestra cruz. No implica el disciplinarnos a nosotros mismos (como dicen algunos); el desgarrar literalmente nuestra propia carne; el llevar cilicio o cinturones de hierro, o cualquier otra cosa que dañe nuestra salud corporal (aunque no sabemos qué indulgencia tendrá Dios con quienes obran así por ignorancia involuntaria); sino el abrazar la voluntad de Dios, aunque contraria a la nuestra; el escoger medicinas saludables, aunque amargas; el aceptar libremente el dolor pasajero, de cualquier clase y en cualquier grado, cuando es esencial o accidentalmente necesario para el gozo eterno.
II. 1. He de mostrar, en segundo lugar, que, si un hombre no sigue a Cristo de todo corazón, si no es plenamente su discípulo, se debe siempre a la falta, ya sea de la negación de sí mismo, ya sea del tomar su cruz.
Es verdad que esto puede deberse en parte, en algunos casos, a la falta de los medios de gracia: de oír la verdadera palabra de Dios predicada con poder, de los sacramentos o de la comunión cristiana. Pero donde no falta ninguno de estos, el gran estorbo para que recibamos la gracia de Dios o crezcamos en ella es siempre la falta de negarnos a nosotros mismos o de tomar nuestra cruz.
2. Unos pocos ejemplos lo harán evidente. Un hombre oye la palabra que puede salvar su alma: le agrada mucho lo que oye, reconoce la verdad y se siente un poco conmovido por ella; y sin embargo permanece «muerto en sus delitos y pecados», insensible y sin despertar. ¿Por qué? Porque no quiere desprenderse de su pecado favorito, aunque ahora sabe que es abominación al Señor. Vino a oír lleno de concupiscencia y de deseos impuros, y no quiere desprenderse de ellos. Por eso no se le hace ninguna impresión profunda, sino que su necio corazón sigue endurecido; es decir, sigue insensible y sin despertar, porque no quiere negarse a sí mismo.
3. Supongamos que empieza a despertar del sueño y que sus ojos se abren un poco: ¿por qué se cierran de nuevo tan pronto? ¿Por qué se hunde otra vez en el sueño de la muerte? Porque cede otra vez a su pecado favorito; bebe otra vez del veneno agradable. Por eso es imposible que se haga en su corazón alguna impresión duradera; es decir, recae en su fatal insensibilidad, porque no quiere negarse a sí mismo.
4. Pero no es este el caso de todos. Tenemos muchos ejemplos de quienes, una vez despertados, no vuelven a dormirse. Las impresiones que una vez recibieron no se borran: no son solo profundas, sino duraderas. Y sin embargo, muchos de estos no han hallado lo que buscan: lloran, y no son consolados. Ahora bien, ¿por qué? Porque no «hacen frutos dignos de arrepentimiento»; porque no «dejan de hacer lo malo, ni hacen el bien», conforme a la gracia que han recibido. No dejan el pecado que fácilmente los asedia, el pecado de su temperamento, de su educación o de su profesión; u omiten hacer el bien que pueden hacer y que saben que deben hacer, a causa de alguna circunstancia desagradable que lo acompaña; es decir, no alcanzan la fe porque no quieren «negarse a sí mismos» ni «tomar su cruz».
5. Pero este hombre sí recibió «el don celestial»; sí «gustó las virtudes del siglo venidero»; vio «la luz de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo»; «la paz que sobrepuja todo entendimiento» sí «gobernaba su corazón y su entendimiento; y «el amor de Dios estaba derramado» en él «por el Espíritu Santo que le fue dado»; y, sin embargo, ahora está débil como cualquier otro hombre; otra vez le saben bien las cosas de la tierra, y tiene más gusto por las cosas que se ven que por las que no se ven; el ojo de su entendimiento se ha cerrado de nuevo, de modo que no puede «ver al Invisible»; su amor se ha enfriado, y la paz de Dios ya no gobierna en su corazón. Y no es de extrañar, porque ha vuelto a dar lugar al diablo y a contristar al Espíritu Santo de Dios. Se ha vuelto otra vez a la locura, a algún pecado agradable, si no en el acto exterior, al menos en el corazón. Ha dado lugar al orgullo, o a la ira, o al deseo, a la obstinación o a la terquedad. O no avivó el don de Dios que estaba en él; se entregó a la pereza espiritual, y no quiso tomarse el trabajo de estar «orando en todo tiempo, y velando en ello con toda perseverancia»; es decir, naufragó en la fe por falta de negarse a sí mismo y de tomar su cruz cada día.
6. Pero quizá no ha naufragado en la fe: tiene todavía una medida del Espíritu de adopción, que sigue dando testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios. Sin embargo, no «va adelante a la perfección»; no tiene, como antes, hambre y sed de justicia, ni anhela toda la imagen de Dios y el pleno gozo de él, como el ciervo brama por las corrientes de las aguas. Antes bien, está fatigado y desmaya en su ánimo, y, por así decirlo, vacila entre la vida y la muerte. ¿Y por qué está así, sino porque ha olvidado la palabra de Dios: «La fe fue perfecta por las obras»? No pone toda diligencia en obrar las obras de Dios. No es «constante en la oración», tanto privada como pública; en la comunión, en oír la palabra, en la meditación, en el ayuno y en la conversación religiosa. Si no descuida por completo algunos de estos medios, al menos no los usa todos con todas sus fuerzas. O no es celoso de las obras de caridad, así como de las obras de piedad. No es misericordioso según su poder, con toda la capacidad que Dios le da. No sirve fervientemente al Señor haciendo bien a los hombres, de toda clase y en todo grado que puede, a sus almas así como a sus cuerpos. ¿Y por qué no persevera en la oración? Porque en tiempo de sequedad le es pena y dolor. No persevera en oír la palabra en toda oportunidad, porque el sueño es dulce; o porque hace frío, o está oscuro, o llueve. Pero ¿por qué no persevera en las obras de misericordia? Porque no puede dar de comer al hambriento ni vestir al desnudo a menos que recorte el gasto en su propio vestido, o use alimentos más baratos y menos agradables. Además de esto, el visitar a los enfermos, o a los que están en la cárcel, va acompañado de muchas circunstancias desagradables. Y lo mismo sucede con la mayoría de las obras de misericordia espiritual; con la reprensión, en particular. Él quisiera reprender a su prójimo; pero a veces la vergüenza, a veces el temor, se interponen; porque puede exponerse no solo al ridículo, sino también a inconvenientes más graves. Por estas y semejantes consideraciones, omite una o más de las obras de misericordia y de piedad, si no todas. Por tanto, su fe no se perfecciona, ni puede crecer en la gracia; a saber, porque no quiere negarse a sí mismo y tomar su cruz cada día.
7. Se sigue manifiestamente que, si un hombre no sigue a su Señor de todo corazón, si no es plenamente discípulo de Cristo, se debe siempre a la falta, ya sea de la negación de sí mismo, ya sea del tomar su cruz. A esto se debe que el que está muerto en el pecado no despierte, aunque suene la trompeta; que el que empieza a despertar del sueño no tenga, sin embargo, una convicción profunda ni duradera; que el que está profunda y duraderamente convencido de pecado no alcance la remisión de los pecados; que algunos que han recibido este don celestial no lo retengan, sino que naufraguen en la fe; y que otros, si no se retiran para perdición, estén, sin embargo, fatigados y desmayen en su ánimo, y no lleguen al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús.
III. 1. ¡Cuán fácilmente podemos aprender de aquí que ignoran las Escrituras y el poder de Dios los que, directa o indirectamente, en público o en privado, se oponen a la doctrina de la negación de sí mismo y de la cruz diaria! ¡Cuán totalmente ignorantes son estos hombres de cien textos particulares, así como del tenor general de todos los oráculos de Dios! ¡Y cuán por completo han de desconocer la verdadera y genuina experiencia cristiana, la manera en que el Espíritu Santo ha obrado siempre, y obra todavía hoy, en las almas de los hombres! Pueden hablar, ciertamente, muy alto y con mucha confianza (fruto natural de la ignorancia), como si fueran los únicos hombres que entienden la palabra de Dios o la experiencia de sus hijos; pero sus palabras son, en todo sentido, palabras vanas; han sido pesadas en balanza y halladas faltas.
2. Podemos aprender de aquí, en segundo lugar, la verdadera causa por la que no solo muchas personas particulares, sino aun cuerpos enteros de hombres, que fueron en otro tiempo antorchas que ardían y alumbraban, han perdido ahora tanto su luz como su calor. Si no aborrecieron y combatieron esta preciosa doctrina del evangelio, al menos la tuvieron en poco. Si no dijeron con atrevimiento: Abnegationem omnem proculcamus, internecioni damus-’ «Pisoteamos toda negación de sí mismo, la entregamos a la destrucción», tampoco la valoraron conforme a su alta importancia, ni se tomaron trabajo alguno en practicarla.Hanc mystici docent,_ dijo aquel hombre grande y malo: «Los escritores místicos enseñan la negación de sí mismo». ¡No; los escritores inspirados! ¡Y Dios la enseña a toda alma que está dispuesta a oír su voz!
3. Podemos aprender de aquí, en tercer lugar, que no basta que un ministro del evangelio no se oponga a la doctrina de la negación de sí mismo, que no diga nada acerca de ella. Más aún, no puede cumplir con su deber diciendo un poco en su favor. Si de veras quiere ser limpio de la sangre de todos, ha de hablar de ella con frecuencia y extensamente; ha de inculcar su necesidad de la manera más clara y enérgica; ha de urgirla con todas sus fuerzas, a todas las personas, en todo tiempo y en todo lugar, poniendo «renglón tras renglón, línea sobre línea, mandamiento tras mandamiento, mandato sobre mandato». Así tendrá una conciencia sin remordimiento; así salvará su propia alma y a los que le oyen.
4. Por último: mirad que cada uno de vosotros aplique esto a su propia alma. Meditadlo cuando estéis en lo secreto; ¡ponderadlo en vuestro corazón! ¡Procurad no solo entenderlo a fondo, sino recordarlo hasta el fin de vuestra vida! Clamad al Fuerte pidiendo fuerza, para que, tan pronto como lo entendáis, empecéis a practicarlo. ¡No dilatéis el tiempo, sino practicadlo inmediatamente, desde esta misma hora! ¡Practicadlo universalmente, en cada una de las mil ocasiones que se presentarán en todas las circunstancias de la vida! ¡Practicadlo cada día, sin interrupción, desde la hora en que por primera vez pongáis vuestra mano en el arado, perseverando en ello hasta el fin, hasta que vuestro espíritu vuelva a Dios!
Capítulo 49 completado
La negación de sí mismo