Capítulo 4 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
Despiértate, tú que duermes
Sermón 3
Despiértate, tú que duermes 99Predicado el domingo 4 de abril de 1742 ante la Universidad de Oxford por el Rev. Charles Wesley, M.A., Estudiante de Christ-Church.
«Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo».
Efesios 5:14.
AL tratar de estas palabras, con la ayuda de Dios, —
Primero. Describiré a los durmientes a quienes se dirigen:
Segundo. Insistiré en la exhortación: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos». Y,
Tercero. Explicaré la promesa hecha a los que se despiertan y se levantan: «Te alumbrará Cristo».
I. 1. Y primero, en cuanto a los durmientes a quienes aquí se habla. Por el sueño se significa el estado natural del hombre; aquel sueño profundo del alma en que el pecado de Adán ha sumido a todos los que proceden de sus lomos: aquella dejadez, indolencia y estupidez, aquella insensibilidad respecto de su verdadera condición, en la que todo hombre viene al mundo, y en la que permanece hasta que la voz de Dios lo despierta.
2. Ahora bien, «los que duermen, de noche duermen». El estado de naturaleza es un estado de tinieblas completas; un estado en que «tinieblas cubren la tierra, y oscuridad los pueblos». El pobre pecador no despertado, por mucho conocimiento que tenga de otras cosas, no tiene conocimiento de sí mismo: en este respecto «aún no sabe nada como debe saber». No sabe que es un espíritu caído, cuyo único quehacer en el mundo presente es recobrarse de su caída, recuperar aquella imagen de Dios en la que fue creado. No ve ninguna necesidad de lo único necesario, a saber, aquel cambio interior y universal, aquel «nacimiento de lo alto», figurado por el bautismo, que es el principio de aquella renovación total, aquella santificación del espíritu, del alma y del cuerpo, «sin la cual nadie verá al Señor».
3. Lleno como está de toda clase de enfermedades, se figura que goza de perfecta salud. Aprisionado en aflicción y en hierros, sueña que está en libertad. Dice: «¡Paz, paz!», mientras el diablo, como «el fuerte armado», está en plena posesión de su alma. Sigue durmiendo y descansando, aunque el infierno abajo se conmueve para salirle al encuentro; aunque el abismo de donde no hay regreso ha abierto su boca para tragarlo. Un fuego se ha encendido a su alrededor, y él no lo sabe; sí, lo quema, y él no lo toma a pecho.
4. Por el que duerme, pues, hemos de entender (¡y quiera Dios que todos lo entendamos!) a un pecador satisfecho en sus pecados; contento de permanecer en su estado caído, de vivir y morir sin la imagen de Dios; uno que ignora tanto su enfermedad como el único remedio para ella; uno que nunca fue advertido, o que nunca hizo caso de la voz amonestadora de Dios que le manda «huir de la ira que vendrá»; uno que nunca vio todavía que estaba en peligro del fuego del infierno, ni clamó con todo el fervor de su alma: «¿Qué debo hacer para ser salvo?».
5. Si este durmiente no es exteriormente vicioso, su sueño suele ser el más profundo de todos: ya sea del espíritu laodicense, «ni frío ni caliente», sino un profesante tranquilo, razonable, inofensivo y bondadoso de la religión de sus padres; ya sea celoso y ortodoxo, y, «conforme a la más rigurosa secta de nuestra religión», viva como «fariseo»; es decir, según la descripción de la Escritura, uno que se justifica a sí mismo; uno que trabaja por establecer su propia justicia como fundamento de su aceptación delante de Dios.
6. Este es aquel que, «teniendo apariencia de piedad, niega la eficacia de ella»; sí, y probablemente la vilipendia dondequiera que se halle, como mera extravagancia e ilusión. Entretanto, el miserable que se engaña a sí mismo da gracias a Dios porque «no es como los otros hombres, adúlteros, injustos, ladrones»: no, él no hace agravio a nadie. «Ayuna dos veces a la semana», usa todos los medios de gracia, es constante en la iglesia y en el sacramento, sí, y «da diezmos de todo lo que posee»; hace todo el bien que puede; «en cuanto a la justicia que es en la ley», es «irreprensible»: nada le falta de la piedad sino la eficacia; nada de la religión sino el espíritu; nada del cristianismo sino la verdad y la vida.
7. Pero ¿no sabéis que, por muy estimado que sea entre los hombres un cristiano como este, es abominación a los ojos de Dios, y heredero de todos los ayes que el Hijo de Dios, ayer, hoy y por los siglos, pronuncia contra los «escribas y fariseos, hipócritas»? Ha «limpiado lo de fuera del vaso y del plato», pero por dentro está lleno de toda inmundicia. «Una enfermedad maligna se le ha pegado todavía, de modo que sus entrañas son pura maldad». Nuestro Señor con razón lo compara a un «sepulcro pintado», que «por fuera se muestra hermoso», pero que, no obstante, está «lleno de huesos de muertos y de toda suciedad». Los huesos, en verdad, ya no están secos; los tendones y la carne han subido sobre ellos, y la piel los cubre por encima; pero no hay aliento en ellos, no hay Espíritu del Dios vivo. Y «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él». «Vosotros sois de Cristo, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros»; pero, si no, Dios sabe que permanecéis en la muerte, aun hasta ahora.
8. Este es otro rasgo del durmiente a quien aquí se habla. Permanece en la muerte, aunque no lo sabe. Está muerto para Dios, «muerto en delitos y pecados». Porque «la intención de la carne es muerte». Como está escrito: «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres»; no solo la muerte temporal, sino también la espiritual y la eterna. «El día que de él comieres», dijo Dios a Adán, «ciertamente morirás»; no corporalmente (salvo en cuanto entonces se hizo mortal), sino espiritualmente: perderás la vida de tu alma; morirás para Dios; serás separado de él, que es tu vida y tu felicidad esencial.
9. Así se disolvió primero la unión vital de nuestra alma con Dios; de tal manera que «en medio de la» natural «vida, estamos» ahora en espiritual «muerte». Y en ella permanecemos hasta que el segundo Adán se hace para nosotros Espíritu vivificante; hasta que él resucita a los muertos, a los muertos en el pecado, en los placeres, las riquezas o los honores. Pero, antes que alma muerta alguna pueda vivir, «oye» (presta atención a) «la voz del Hijo de Dios»: se le hace sentir su estado perdido, y recibe en sí mismo la sentencia de muerte. Se sabe «muerto mientras vive»; muerto para Dios y para todas las cosas de Dios; sin más poder para realizar las acciones de un cristiano vivo que el que tiene un cadáver para desempeñar las funciones de un hombre vivo.
10. Y es cosa certísima que el que está muerto en el pecado no tiene «los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal espiritual». «Teniendo ojos, no ve; tiene oídos, y no oye». No «gusta y ve que el Señor es benigno». «Jamás ha visto a Dios», ni «oído su voz», ni «palpado el Verbo de vida». En vano es el nombre de Jesús «como ungüento derramado, y todos sus vestidos exhalan mirra, áloe y casia». El alma que duerme en la muerte no tiene percepción alguna de objetos de esta clase. Su corazón «ha perdido toda sensibilidad», y no entiende ninguna de estas cosas.
11. Y de ahí que, no teniendo sentidos espirituales, ni entradas para el conocimiento espiritual, el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios; antes bien, tan lejos está de recibirlas, que todo lo que se discierne espiritualmente le es pura locura. No se contenta con ignorar por completo las cosas espirituales, sino que niega su misma existencia. Y la sensación espiritual misma es para él la locura de las locuras. «¿Cómo», dice, «puede hacerse esto? ¿Cómo puede un hombre saber que está vivo para Dios?». Del mismo modo que sabéis que vuestro cuerpo está ahora vivo. La fe es la vida del alma; y si tenéis esta vida morando en vosotros, no necesitáis otras señales para evidenciarla a vosotros mismos sino el elegchos pneumatos, aquella conciencia divina, aquel testimonio de Dios, que es más y mayor que diez mil testigos humanos.
12. Si él no da ahora testimonio a tu espíritu de que eres hijo de Dios, ¡oh, que te convenza, pobre pecador no despertado, por su demostración y su poder, de que eres hijo del diablo! ¡Oh, que, mientras profetizo, haya ahora «un ruido y un temblor», y «se junten los huesos, cada hueso con su hueso»! Entonces: «¡Ven de los cuatro vientos, oh aliento, y sopla sobre estos muertos, para que vivan!». Y no endurezcáis vuestros corazones, ni resistáis al Espíritu Santo, que aun ahora ha venido a convenceros de pecado, «porque no creéis en el nombre del unigénito Hijo de Dios».
II. 1. Por tanto, «despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos». Dios te llama ahora por mi boca; y te manda que te conozcas a ti mismo, oh espíritu caído, que conozcas tu verdadero estado y tu único cuidado aquí abajo. «¿Qué haces, oh durmiente? ¡Levántate! Clama a tu Dios, por si acaso tu Dios piensa en ti, y no perezcas». Una poderosa tempestad se ha levantado a tu alrededor, y te estás hundiendo en las profundidades de la perdición, en el abismo de los juicios de Dios. Si quieres escapar de ellos, arrójate en ellos. «Júzgate a ti mismo, y no serás juzgado por el Señor».
2. ¡Despierta, despierta! Levántate en este mismo momento, no sea que «bebas de la mano del Señor el cáliz de su furor». Despiértate para asirte del Señor, ¡del Señor, tu Justicia, poderoso para salvar! «Sacúdete del polvo». Por lo menos, que el terremoto de las amenazas de Dios te sacuda. Despierta, y clama con el carcelero tembloroso: «¿Qué debo hacer para ser salvo?». Y no descanses jamás hasta que creas en el Señor Jesús, con una fe que es don suyo, por la operación de su Espíritu.
3. Si hablo a alguno de vosotros más que a otro, es a ti, que te crees ajeno a esta exhortación. «Tengo palabra de Dios para ti». En su nombre te advierto que has de «huir de la ira que vendrá». Tú, alma impía, mira tu retrato en Pedro condenado, tendido en el oscuro calabozo, entre los soldados, atado con dos cadenas, y los guardas delante de la puerta custodiando la cárcel. La noche está muy avanzada, la mañana está cerca, cuando has de ser sacado para la ejecución. ¡Y en estas terribles circunstancias estás profundamente dormido; estás profundamente dormido en brazos del diablo, al borde del abismo, en las fauces de la destrucción eterna!
4. ¡Oh, venga sobre ti el Ángel del Señor, y resplandezca la luz en tu cárcel! Y sientas el golpe de una Mano Todopoderosa que te levante, diciendo: «Levántate prestamente, cíñete, y átate las sandalias, envuélvete en tu manto, y sígueme».
5. ¡Despierta, espíritu eterno, de tu sueño de felicidad mundana! ¿No te creó Dios para sí? Entonces no puedes descansar hasta que descanses en él. ¡Vuelve, tú que andas errante! Vuela de nuevo a tu arca. Esta no es tu casa. No pienses en levantar tabernáculos aquí. No eres más que un extranjero, un peregrino sobre la tierra; una criatura de un día, que apenas se lanza hacia un estado inmutable. Date prisa. La eternidad está a la puerta. La eternidad depende de este momento. ¡Una eternidad de felicidad, o una eternidad de miseria!
6. ¿En qué estado está tu alma? Si Dios, mientras todavía estoy hablando, te la pidiera, ¿estás preparado para afrontar la muerte y el juicio? ¿Puedes estar en pie en presencia de aquel que es «muy limpio de ojos para ver el mal»? ¿Eres «apto para participar de la herencia de los santos en luz»? ¿Has «peleado la buena batalla, y guardado la fe»? ¿Has asegurado lo único necesario? ¿Has recobrado la imagen de Dios, a saber, la justicia y la verdadera santidad? ¿Te has despojado del viejo hombre, y vestido del nuevo? ¿Estás revestido de Cristo?
7. ¿Tienes aceite en tu lámpara?, ¿gracia en tu corazón? ¿Amas «al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu mente, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas»? ¿Está en ti el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús? ¿Eres de veras cristiano, es decir, una nueva criatura? ¿Pasaron las cosas viejas, y todas son hechas nuevas?
8. ¿Eres «participante de la naturaleza divina»? ¿No sabes que «Cristo está en ti, a menos que seas reprobado»? ¿Sabes que Dios «mora en ti, y tú en Dios, por su Espíritu, que él te ha dado»? ¿No sabes que «tu cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual tienes de Dios»? ¿Tienes el testimonio en ti mismo?, ¿las arras de tu herencia? ¿Has «recibido el Espíritu Santo»? ¿O te sobresaltas ante la pregunta, no sabiendo «si hay Espíritu Santo»?
9. Si esto te ofende, ten por seguro que ni eres cristiano ni deseas serlo. Más aún, tu misma oración se ha convertido en pecado; y has hecho solemne burla de Dios este mismo día, al orar pidiendo la inspiración de su Santo Espíritu, cuando no creías que hubiera tal cosa que recibir.
10. Con todo, sobre la autoridad de la Palabra de Dios y de nuestra propia Iglesia, debo repetir la pregunta: «¿Has recibido el Espíritu Santo?». Si no lo has recibido, todavía no eres cristiano. Porque un cristiano es un hombre que está «ungido con el Espíritu Santo y con poder». Todavía no has sido hecho partícipe de la religión pura y sin mácula. ¿Sabes qué es la religión? —que es una participación de la naturaleza divina; la vida de Dios en el alma del hombre; Cristo formado en el corazón; «Cristo en ti, la esperanza de gloria»; felicidad y santidad; el cielo comenzado en la tierra; «un reino de Dios dentro de ti; no comida ni bebida», ninguna cosa exterior; «sino justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo»; un reino eterno traído a tu alma; una «paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento»; un «gozo inefable y glorioso»?
11. ¿Sabes que «en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor», sino una nueva creación? ¿Ves la necesidad de aquel cambio interior, aquel nacimiento espiritual, aquella vida de entre los muertos, aquella santidad? ¿Y estás plenamente convencido de que sin ella nadie verá al Señor? ¿Te esfuerzas por alcanzarla? —«poniendo toda diligencia en hacer firme tu vocación y elección», «ocupándote en tu salvación con temor y temblor», «agonizando por entrar por la puerta angosta»? ¿Vas en serio en cuanto a tu alma? ¿Y puedes decir al Escudriñador de los corazones: «¡Tú, oh Dios, eres lo que anhelo! Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que quisiera amarte»?
12. Esperas ser salvo; pero ¿qué razón tienes que dar de la esperanza que hay en ti? ¿Es porque no has hecho ningún mal?, ¿o porque has hecho mucho bien?, ¿o porque no eres como los otros hombres, sino sabio, o docto, u honrado, y moralmente bueno; estimado de los hombres y de buena reputación? ¡Ay! todo esto nunca te llevará a Dios. En su balanza es más liviano que la vanidad. ¿Conoces a Jesucristo, a quien él ha enviado? ¿Te ha enseñado él que «por gracia somos salvos por medio de la fe; y esto no de nosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe»? ¿Has recibido la palabra fiel como todo el fundamento de tu esperanza, «que Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores»? ¿Has aprendido qué significa aquello: «No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento? No soy enviado sino a las ovejas perdidas»? ¿Estás tú (¡el que oye, entienda!) perdido, muerto, condenado ya? ¿Conoces lo que mereces? ¿Sientes tus necesidades? ¿Eres «pobre en espíritu»?, ¿lloras por Dios, y rehúsas ser consolado? ¿Ha «vuelto en sí» el pródigo, y está bien contento de ser por ello tenido por fuera de sí» por los que todavía se alimentan de las algarrobas que él ha dejado? ¿Estás dispuesto a vivir piadosamente en Cristo Jesús? ¿Y padeces por ello persecución? ¿Dicen los hombres de ti toda clase de mal, mintiendo, por causa del Hijo del Hombre?
13. ¡Oh, que en todas estas preguntas oigáis la voz que despierta a los muertos, y sintáis aquel martillo de la Palabra que quebranta la piedra! «Si oyereis hoy su voz, entre tanto que se dice: Hoy, no endurezcáis vuestros corazones». Ahora, «despiértate, tú que duermes» en la muerte espiritual, ¡para que no duermas en la muerte eterna! Siente tu estado perdido, y «levántate de los muertos». Deja a tus antiguos compañeros en el pecado y en la muerte. Sigue tú a Jesús, y deja que los muertos entierren a sus muertos. «Sálvate de esta perversa generación». «Sal de en medio de ellos, y apártate, y no toques lo inmundo, y el Señor te recibirá». «Te alumbrará Cristo».
III. 1. Esta promesa vengo, por último, a explicar. ¡Y cuán alentadora es esta consideración: que, quienquiera que seas tú que obedeces su llamamiento, no puedes buscar su rostro en vano! Si aun ahora «te despiertas y te levantas de los muertos», él se ha obligado a «alumbrarte». «El Señor te dará gracia y gloria»; la luz de su gracia aquí, y la luz de su gloria cuando recibas la corona que no se marchita. «Tu luz nacerá como el alba, y tus tinieblas serán como el mediodía». «Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, resplandecerá en tu corazón, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo». Sobre los que temen al Señor «nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salvación». Y en aquel día se te dirá: «Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti». Porque Cristo se revelará en ti; y él es la Luz verdadera.
2. Dios es luz, y se dará a sí mismo a todo pecador despertado que lo espera; y entonces serás templo del Dios vivo, y Cristo «habitará por la fe en tu corazón»; y, «arraigado y cimentado en amor, serás capaz de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, y la longitud, y la profundidad, y la altura de aquel amor de Cristo que excede a todo conocimiento».
3. Mirad, hermanos, vuestra vocación. Somos llamados a ser «morada de Dios por su Espíritu»; y, por su Espíritu que mora en nosotros, a ser santos aquí, y partícipes de la herencia de los santos en luz. ¡Tan grandísimas son las promesas que nos son dadas, realmente dadas a nosotros los que creemos! Porque por la fe «recibimos, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios» —la suma de todas las promesas— «para que sepamos lo que Dios nos ha concedido gratuitamente».
4. El Espíritu de Cristo es aquel gran don de Dios que, muchas veces y de muchas maneras, él ha prometido al hombre, y que ha otorgado plenamente desde el tiempo en que Cristo fue glorificado. Aquellas promesas, hechas antes a los padres, las ha cumplido así: «Pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos» (Ezequiel 36:27). «Derramaré aguas sobre el sediento, y ríos sobre la tierra árida; derramaré mi Espíritu sobre tu descendencia, y mi bendición sobre tus renuevos (Isaías 44:3).
5. Todos vosotros podéis ser testigos vivos de estas cosas: de la remisión de los pecados y del don del Espíritu Santo. «Si puedes creer, al que cree todo le es posible». «¿Quién hay entre vosotros que teme al Señor, y» sin embargo anda «en tinieblas, y carece de luz?». Te pregunto, en el nombre de Jesús: ¿Crees que su brazo no se ha acortado en absoluto?, ¿que él es todavía poderoso para salvar?, ¿que es el mismo ayer, hoy y por los siglos?, ¿que tiene ahora potestad en la tierra para perdonar pecados? «Confía, hijo; tus pecados te son perdonados». Dios, por amor de Cristo, te ha perdonado. Recibe esto, «no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios»; y eres justificado gratuitamente por la fe. Serás santificado también por la fe que es en Jesús, y pondrás tu sello, aun el tuyo, a que «Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo».
6. Varones hermanos, permitidme hablaros con libertad, y soportad la palabra de exhortación, aun de uno de los menos estimados en la Iglesia. Vuestra conciencia os da testimonio en el Espíritu Santo de que estas cosas son así, si es que habéis gustado que el Señor es benigno. «Esta es la vida eterna: conocer al único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien él ha enviado». Este conocimiento experimental, y solo este, es el verdadero cristianismo. Es cristiano el que ha recibido el Espíritu de Cristo. No es cristiano el que no lo ha recibido. Ni es posible haberlo recibido y no saberlo. «Porque en aquel día» (cuando él venga, dice nuestro Señor), «conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros». Este es aquel «Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros» (Juan 14:17).
7. El mundo no puede recibirlo, sino que rechaza por completo la Promesa del Padre, contradiciendo y blasfemando. Pero todo espíritu que no confiesa esto no es de Dios. Sí, «este es el espíritu del anticristo, del cual habéis oído que ha de venir al mundo; y que ahora ya está en el mundo». Es anticristo cualquiera que niegue la inspiración del Espíritu Santo, o que el Espíritu de Dios que mora en nosotros sea el privilegio común de todos los creyentes, la bendición del evangelio, el don inefable, la promesa universal, el criterio de un cristiano verdadero.
8. De nada les sirve decir: «No negamos la asistencia del Espíritu de Dios, sino solamente esta inspiración, este recibir el Espíritu Santo, y el ser conscientes de ello. Es solo este sentir el Espíritu, este ser movidos por el Espíritu, o llenos de él, lo que negamos que tenga lugar alguno en la religión sana». Pero, al negar solamente esto, negáis las Escrituras enteras; toda la verdad, y la promesa, y el testimonio de Dios.
9. Nuestra propia excelente Iglesia nada sabe de esta distinción diabólica; antes habla claramente de «sentir el Espíritu de Cristo» [Artículo 17]; de ser «movido por el Espíritu Santo» [Oficio de la ordenación de presbíteros] y de saber y «sentir que no hay otro nombre que el de Jesús», [Visitación de los enfermos] por el cual podemos recibir» vida y salvación. Nos enseña a todos a orar pidiendo la «inspiración del Espíritu Santo» [Colecta antes de la Santa Comunión]; sí, que seamos «llenos del Espíritu Santo» [Orden de la Confirmación]. Más aún, todo presbítero suyo profesa recibir el Espíritu Santo por la imposición de manos. Por tanto, negar cualquiera de estas cosas es, en efecto, renunciar a la Iglesia de Inglaterra, así como a toda la revelación cristiana.
10. Pero «la sabiduría de Dios» siempre fue «locura para los hombres». ¡No es de extrañar, pues, que el gran misterio del evangelio esté también ahora «escondido de los sabios y de los entendidos», como en los días antiguos; que sea casi universalmente negado, ridiculizado y rechazado como mero frenesí; y que todos los que todavía se atreven a confesarlo sean tachados de locos y entusiastas! Esta es «aquella apostasía» que había de venir—aquella apostasía general de todos los órdenes y grados de hombres, que aun ahora vemos extendida sobre la tierra. «Recorred las calles de Jerusalén, y mirad si halláis un hombre», un hombre que ame al Señor su Dios con todo su corazón, y le sirva con todas sus fuerzas. ¡Cómo gime nuestra propia tierra (por no mirar más lejos) bajo los desbordamientos de la impiedad! ¡Qué villanías de toda clase se cometen día tras día; sí, demasiado a menudo con impunidad, por los que pecan con mano alzada y se glorían en su vergüenza! ¿Quién puede contar los juramentos, las maldiciones, la profanidad, las blasfemias; la mentira, la calumnia, la maledicencia; la profanación del día del Señor, la glotonería, la embriaguez, la venganza; las fornicaciones, los adulterios y las diversas inmundicias; los fraudes, la injusticia, la opresión, la extorsión, que inundan nuestra tierra como un diluvio?
11. Y aun entre los que se han guardado limpios de esas abominaciones más groseras, ¡cuánta ira y soberbia, cuánta pereza y ociosidad, cuánta molicie y afeminamiento, cuánto lujo y complacencia propia, cuánta codicia y ambición, cuánta sed de alabanza, cuánto amor al mundo, cuánto temor de los hombres se halla! Entretanto, ¡qué poco de verdadera religión! Porque ¿dónde está el que ama a Dios o a su prójimo, como él nos lo ha mandado? De un lado están los que no tienen ni siquiera la apariencia de piedad; del otro, los que tienen solo la apariencia: allí está el sepulcro abierto, allí el pintado. De modo que, en verdad, quien mirase con atención cualquier reunión pública del pueblo (temo que las de nuestras iglesias no han de exceptuarse) fácilmente podría percibir «que una parte eran saduceos, y la otra fariseos»: los unos con casi tan poca preocupación por la religión como si no hubiera «resurrección, ni ángel, ni espíritu»; y los otros haciendo de ella una mera forma sin vida, una monótona ronda de ejercicios externos, ¡sin verdadera fe, ni amor de Dios, ni gozo en el Espíritu Santo!
12. ¡Quiera Dios que pudiera exceptuarnos a nosotros los de este lugar! «Hermanos, el deseo de mi corazón y mi oración a Dios por vosotros es que seáis salvos» de este desbordamiento de impiedad; ¡y que aquí se detengan sus soberbias olas! Pero ¿es así en verdad? Dios lo sabe, sí, y nuestras propias conciencias, que no es así. No os habéis guardado limpios. Corrompidos somos también nosotros, y abominables; y pocos hay que entiendan ya; pocos que adoren a Dios en espíritu y en verdad. También nosotros somos «una generación que no dispuso su corazón, y cuyo espíritu no fue fiel para con Dios». Él nos ha puesto, en verdad, para ser «la sal de la tierra; pero si la sal ha perdido su sabor, no sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres».
13. Y «¿no he de castigar estas cosas?, dice el Señor. ¿No se ha de vengar mi alma de una nación como esta?». Sí, no sabemos cuán pronto dirá a la espada: «¡Espada, pasa por esta tierra!». Nos ha dado largo tiempo para arrepentirnos. Nos deja todavía este año; pero nos amonesta y nos despierta con truenos. Sus juicios están en la tierra; y tenemos toda razón para esperar el más grave de todos, a saber, que él «venga a nosotros presto, y quite nuestro candelero de su lugar, si no nos arrepentimos y hacemos las primeras obras»; a menos que volvamos a los principios de la Reforma, a la verdad y la sencillez del evangelio. Quizá estamos ahora resistiendo el último esfuerzo de la gracia divina para salvarnos. Quizá casi hemos «colmado la medida de nuestras iniquidades», al desechar el consejo de Dios contra nosotros mismos y echar fuera a sus mensajeros.
14. Oh Dios, «¡en medio de la ira, acuérdate de la misericordia!». ¡Sé glorificado en nuestra reforma, no en nuestra destrucción! ¡Haz que «oigamos la vara, y a quien la establece»! Ahora que tus «juicios están en la tierra», ¡que los moradores del mundo «aprendan justicia»!
15. Hermanos míos, ya es hora de que despertemos del sueño, antes que se toque «la gran trompeta del Señor», y nuestra tierra se convierta en campo de sangre. ¡Oh, que veamos pronto lo que toca a nuestra paz, antes que quede encubierto de nuestros ojos! «Haznos volver, oh buen Señor, y haz cesar tu ira de sobre nosotros. Oh Señor, mira desde el cielo, considera y visita esta viña»; y haznos conocer «el tiempo de nuestra visitación». «¡Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre! ¡Oh, líbranos, y sé propicio a nuestros pecados por amor de tu nombre! Y así no nos apartaremos de ti. ¡Oh, danos vida, e invocaremos tu nombre! ¡Haznos volver, oh Señor Dios de los ejércitos! Muéstranos la luz de tu rostro, y seremos salvos».
«Y a aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia por Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. —¡Amén!»
Capítulo 4 completado
Despiértate, tú que duermes