Capítulo 48 · 26 min de lectura · 33 min de escucha
La pesadumbre por diversas tentaciones
Sermón 47
La pesadumbre por diversas tentaciones
«Aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, estáis en pesadumbre por diversas tentaciones».
1 Pedro 1:6.
1. En el discurso anterior hablé particularmente de aquellas tinieblas del entendimiento en las que a menudo se ve caer a quienes en otro tiempo anduvieron a la luz del rostro de Dios. Muy emparentada con ellas está la pesadumbre del alma, que es todavía más común, aun entre los creyentes. A decir verdad, casi todos los hijos de Dios la experimentan, en mayor o menor grado. Y es tan grande el parecido entre la una y la otra, que con frecuencia se las confunde; y solemos decir indistintamente: «Fulano está en tinieblas» o «Fulano está en pesadumbre», como si fueran términos equivalentes, y el uno no implicara más que el otro. Pero están lejos, muy lejos de serlo. Una cosa son las tinieblas y otra la pesadumbre. Hay una diferencia, sí, una diferencia amplia y esencial, entre aquellas y esta. Y es una diferencia tal que a todos los hijos de Dios les importa profundamente entenderla; de lo contrario, nada les será más fácil que deslizarse de la pesadumbre a las tinieblas. Para prevenirlo, procuraré mostrar:
I. Qué clase de personas eran aquellas a quienes dice el apóstol: «Estáis en pesadumbre».
II. Qué clase de pesadumbre era la suya;
III. Cuáles eran sus causas; y
IV. Cuáles eran sus fines. Concluiré con algunas consecuencias.
I. 1. He de mostrar, en primer lugar, qué clase de personas eran aquellas a quienes dice el apóstol: «Estáis en pesadumbre». Y, ante todo, está fuera de toda discusión que eran creyentes en el momento en que el apóstol se dirigía así a ellos; porque así lo dice expresamente (1 Pedro 1:5): «Vosotros, que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación». Además (1 Pedro 1:7) menciona «la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece». Y todavía más (1 Pedro 1:9) habla de que estaban «obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas». Así pues, al mismo tiempo que estaban «en pesadumbre», poseían una fe viva. Su pesadumbre no destruía su fe: todavía se sostenían «como viendo al Invisible».
2. Tampoco destruía su pesadumbre la paz que tenían; aquella «paz que sobrepuja todo entendimiento», que es inseparable de la fe verdadera y viva. Esto podemos colegirlo fácilmente del versículo segundo, donde el apóstol pide, no que la gracia y la paz les sean dadas, sino solo que les «sean multiplicadas»; es decir, que la bendición de que ya gozaban les fuera concedida con mayor abundancia.
3. Las personas a quienes aquí habla el apóstol estaban también llenas de una esperanza viva. Pues así dice (1 Pedro 1:3): «Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha hecho renacer» —a mí y a vosotros, a todos los que somos «santificados por el Espíritu» y gozamos de la «aspersión de la sangre de Jesucristo»— «para una esperanza viva, para una herencia» —es decir, para una esperanza viva de una herencia— «incorruptible, incontaminada e inmarcesible». De modo que, a pesar de su pesadumbre, conservaban aún una esperanza llena de inmortalidad.
4. Y todavía «se gloriaban en la esperanza de la gloria de Dios». Estaban llenos de gozo en el Espíritu Santo. Así (1 Pedro 1:8), el apóstol, tras mencionar la final «manifestación de Jesucristo» (a saber, cuando venga a juzgar al mundo), añade de inmediato: «En quien, aunque al presente no lo veáis» —no con los ojos del cuerpo—, «creyendo, os alegráis con gozo inefable y glorioso». Su pesadumbre, por tanto, era compatible no solo con una esperanza viva, sino también con un gozo inefable: al mismo tiempo que estaban así apesadumbrados, se alegraban, no obstante, con gozo lleno de gloria.
5. En medio de su pesadumbre seguían gozando igualmente del amor de Dios, que había sido derramado en sus corazones: «A quien», dice el apóstol, «amáis sin haberle visto». Aunque todavía no le habéis visto cara a cara, conociéndole por la fe habéis obedecido su palabra: «Dame, hijo mío, tu corazón. «Él es vuestro Dios y vuestro amor, el deseo de vuestros ojos y vuestro «galardón sobremanera grande». Habéis buscado y hallado la felicidad en él; os «deleitáis en el Señor», y él os ha concedido «las peticiones de vuestro corazón».
6. Más aún: aunque estaban apesadumbrados, eran santos; conservaban el mismo poder sobre el pecado. Seguían siendo «guardados» de él «por el poder de Dios»; eran «hijos obedientes, que no se conformaban a los deseos que antes tenían»; sino que, «como aquel que los había llamado es santo», así eran ellos «santos en toda su manera de vivir». Sabiendo que habían sido «rescatados con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación», habían, por la fe y la esperanza que tenían en Dios, «purificado sus almas por el Espíritu». De modo que, en resumidas cuentas, su pesadumbre se compaginaba bien con la fe, con la esperanza, con el amor de Dios y de los hombres, con la paz de Dios, con el gozo en el Espíritu Santo, con la santidad interior y exterior. No menoscababa en modo alguno, y mucho menos destruía, parte alguna de la obra de Dios en sus corazones. No estorbaba en absoluto aquella «santificación del Espíritu» que es la raíz de toda verdadera obediencia, ni la felicidad que necesariamente resulta de que la gracia y la paz reinen en el corazón.
II. 1. De aquí podemos aprender fácilmente qué clase de pesadumbre era la suya, que es lo segundo que procuraré mostrar. La palabra del original es lupethentes, entristecidos, afligidos; de lupe, aflicción o tristeza. Este es el sentido constante y literal de la palabra; y, observado esto, no hay ambigüedad alguna en la expresión, ni dificultad ninguna para entenderla. Las personas de que aquí se habla estaban afligidas: la pesadumbre en que se hallaban no era ni más ni menos que tristeza o aflicción, una pasión que todo hijo de hombre conoce bien.
2. Es probable que nuestros traductores la vertieran por pesadumbre (aunque es palabra menos común) para denotar dos cosas: primero, su grado, y después, su duración. Parece, en efecto, que no se habla aquí de un grado de aflicción leve o insignificante, sino de una que causa una fuerte impresión en el alma y se hunde hondamente en ella. Tampoco parece ser una tristeza pasajera, de las que se disipan en una hora, sino más bien una que, habiendo hecho presa firme en el corazón, no se sacude enseguida, sino que permanece algún tiempo, más como una disposición asentada que como una pasión, aun en quienes tienen fe viva en Cristo y el genuino amor de Dios en su corazón.
3. aun en estos, esta pesadumbre puede ser a veces tan honda que ensombrezca el alma entera; que dé, por así decirlo, su color a todos los afectos, de manera que se deje ver en toda la conducta. Puede asimismo tener influencia sobre el cuerpo, particularmente en quienes son de constitución naturalmente débil, o están debilitados por algún desarreglo accidental, sobre todo de tipo nervioso. En muchos casos vemos que el cuerpo corruptible oprime al alma. En este, más bien el alma oprime al cuerpo y lo debilita más y más. Es más, no diré que una tristeza de corazón honda y prolongada no pueda a veces debilitar una constitución robusta y echar el cimiento de desórdenes corporales que no se quitan fácilmente; y, sin embargo, todo esto puede ser compatible con una medida de aquella fe que sigue obrando por el amor.
4. Bien puede llamarse a esto una prueba de fuego; y aunque no es la misma de que habla el apóstol en el capítulo cuarto [1 Pedro 4], muchas de las expresiones que allí se usan acerca de los sufrimientos exteriores pueden acomodarse a esta aflicción interior. No pueden, ciertamente, aplicarse con propiedad alguna a los que están en tinieblas: estos no se alegran, ni pueden alegrarse; ni es verdad que el Espíritu de gloria y de Dios repose sobre ellos. Pero con frecuencia reposa sobre los que están en pesadumbre; de modo que, aunque entristecidos, están siempre gozosos.
III. 1. Pero pasemos al tercer punto: ¿cuáles son las causas de semejante tristeza o pesadumbre en un verdadero creyente? El apóstol nos lo dice claramente: «Estáis en pesadumbre», dice, «por diversas tentaciones»; poikilois, diversas, no solo muchas en número, sino de muchas clases. Pueden variarse y diversificarse de mil maneras, por el cambio o la añadidura de innumerables circunstancias. Y esta misma diversidad y variedad hace más difícil guardarse de ellas. Entre ellas podemos contar todos los desórdenes del cuerpo; particularmente las enfermedades agudas y el dolor violento de toda clase, ya afecte a todo el cuerpo, ya a la parte más pequeña de él. Es cierto que algunos que han gozado de salud ininterrumpida, y no han sentido nada de esto, pueden tenerlo en poco y extrañarse de que la enfermedad o el dolor del cuerpo traigan pesadumbre sobre el ánimo. Y quizá uno entre mil sea de constitución tan peculiar que no sienta el dolor como los demás hombres. Así le ha placido a Dios mostrar su poder omnipotente produciendo algunos de estos prodigios de la naturaleza, que parecían no hacer caso alguno del dolor, aun del más severo; si es que aquel desprecio del dolor no se debía en parte a la fuerza de la educación y en parte a una causa sobrenatural, al poder de espíritus buenos o malos, que elevaban a aquellos hombres por encima del estado de la mera naturaleza. Pero, dejando a un lado estos casos particulares, es en general una observación justa que
El dolor es la perfecta desdicha, y, cuando es extremo,
derriba por completo toda paciencia.
Y aun donde esto lo impide la gracia de Dios, donde los hombres «en su paciencia poseen sus almas», puede, no obstante, ocasionar mucha pesadumbre interior, pues el alma padece con el cuerpo.
2. Todas las enfermedades de larga duración, aunque menos dolorosas, tienden a producir el mismo efecto. Cuando Dios envía sobre nosotros extenuación, o la calentura que hiela y abrasa, si no se quita pronto, no solo «consumirá los ojos», sino que «atormentará el alma». Esto sucede de manera eminente con todas las que se llaman enfermedades nerviosas. Y la fe no trastorna el curso de la naturaleza: las causas naturales siguen produciendo efectos naturales. La fe no impide el abatimiento del ánimo (como se le llama) en una dolencia histérica más de lo que impide la aceleración del pulso en una fiebre.
3. Además, cuando «la calamidad llega como un torbellino, y la pobreza como hombre armado», ¿es esta una tentación pequeña? ¿Es extraño que ocasione tristeza y pesadumbre? Aunque también esto pueda parecer cosa de poca monta a los que están a distancia, o a los que miran y «pasan de largo por el otro lado», es muy distinto para los que lo sienten. «teniendo sustento y con qué cubrirnos» (en verdad, la última palabra, skepasmata, implica alojamiento tanto como vestido), podemos, si el amor de Dios está en nuestro corazón, «estar contentos con esto». Pero ¿qué harán los que no tienen nada de ello? ¿Los que, por así decirlo, «abrazan las peñas por no tener abrigo»? ¿Los que no tienen más que la tierra para acostarse y el cielo para cubrirse? ¿Los que no tienen una morada seca o caliente, y mucho menos limpia, para sí y sus pequeños; no, ni ropa con que guardarse a sí mismos, ni a los que aman casi como a sí mismos, del frío que muerde, ni de día ni de noche? Me río del necio pagano que exclama:
Nil habet, Jelix paupertas durtus tn se,
Quam quod ndiculos homines facit!
¿No tiene la pobreza nada peor que esto, que hace a los hombres objeto de burla? Es señal de que este poeta ocioso hablaba de memoria de cosas que no conocía. ¿No es la falta de alimento algo peor que esto? Dios lo pronunció como maldición sobre el hombre, que había de ganarlo «con el sudor de su rostro». Pero ¡cuántos hay en este país cristiano que se afanan, y trabajan, y sudan, y al final no lo tienen, sino que luchan a la vez con el cansancio y con el hambre! ¿No es peor que uno, tras un duro día de trabajo, vuelva a un alojamiento pobre, frío, sucio e incómodo, y no encuentre allí ni siquiera el alimento necesario para reparar sus fuerzas gastadas? Vosotros, que vivís desahogados en la tierra, que no necesitáis nada sino ojos para ver, oídos para oír y corazón para entender cuán bien os ha tratado Dios, ¿no es peor buscar pan día tras día y no hallarlo? ¿Y quizá encontrar además el consuelo de cinco o seis hijos que lloran pidiendo lo que él no tiene para darles? Si no fuera porque lo refrena una mano invisible, ¿no habría de «maldecir a Dios y morir» muy pronto? ¡Oh falta de pan! ¡Falta de pan! ¿Quién puede decir lo que esto significa, si no lo ha sentido él mismo? ¡Me asombra que no ocasione más que pesadumbre aun en los que creen!
4. Quizá, después de esto, podamos poner la muerte de aquellos que nos eran cercanos y queridos: de un padre tierno, y no muy entrado en el valle de los años; de un hijo amado, que apenas despuntaba a la vida y se enlazaba en torno a nuestro corazón; de un amigo que era como nuestra propia alma, el último y mejor don del cielo después de la gracia de Dios. Y mil circunstancias pueden agravar la aflicción. ¡Quizá el hijo, el amigo, murió en nuestros brazos! ¡Quizá nos fue arrebatado cuando no lo esperábamos! ¡Cortado en plena lozanía como una flor! En todos estos casos no solo podemos, sino que debemos, sentirnos afectados: es designio de Dios que lo estemos. No quiere que seamos troncos y piedras. Quiere que nuestros afectos sean regulados, no extinguidos. Por tanto, «la naturaleza, sin reproche, puede derramar una lágrima». Puede haber tristeza sin pecado.
5. Una tristeza aún más honda podemos sentir por los que, viviendo, están muertos; a causa de la falta de bondad, la ingratitud, la apostasía de aquellos que estaban unidos a nosotros por los lazos más estrechos. ¿Quién puede expresar lo que un amante de las almas puede sentir por un amigo, por un hermano, muerto para Dios? ¿Por un marido, una esposa, un padre, un hijo, que se precipita en el pecado como caballo que arremete a la batalla, y que, a pesar de todos los argumentos y persuasiones, se apresura a obrar su propia condenación? Y esta angustia de espíritu puede acrecentarse hasta un grado inconcebible al considerar que el que ahora corre a la perdición corrió un día bien en el camino de la vida. Todo lo que fue en tiempos pasados no sirve ahora para otra cosa que para hacer más penetrantes y dolorosas nuestras reflexiones sobre lo que es.
6. En todas estas circunstancias podemos estar seguros de que nuestro gran adversario no dejará de aprovechar su oportunidad. El que siempre «anda alrededor buscando a quien devorar», usará entonces, especialmente, todo su poder y toda su habilidad, por si acaso logra alguna ventaja sobre el alma que ya está abatida. No escatimará sus dardos de fuego, los más apropiados para hallar entrada y clavarse más hondo en el corazón, por su conformidad con la tentación que lo asalta. Se afanará por inyectar pensamientos de incredulidad, o de blasfemia, o de queja. Sugerirá que Dios no se cuida de la tierra, que no la gobierna; o, al menos, que no la gobierna rectamente, conforme a las reglas de la justicia y la misericordia. Procurará levantar el corazón contra Dios, renovar nuestra enemistad natural contra él. Y si intentamos combatirle con sus propias armas, si empezamos a razonar con él, sobrevendrá sin duda más y más pesadumbre, si no completas tinieblas.
7. Se ha supuesto con frecuencia que hay otra causa, si no de tinieblas, al menos de pesadumbre; a saber, que Dios se retire del alma porque esa es su voluntad soberana. Ciertamente lo hará si contristamos a su Espíritu Santo, ya sea por pecado exterior o interior; ya haciendo el mal, ya descuidando hacer el bien; cediendo al orgullo o a la ira, a la pereza espiritual, al deseo necio o al afecto desordenado. Pero que alguna vez se retire porque quiere, meramente porque es su beneplácito, lo niego absolutamente. No hay en toda la Biblia un solo texto que dé el menor color a semejante suposición. Es más, es una suposición contraria no solo a muchos textos particulares, sino a todo el tenor de la Escritura. Repugna a la naturaleza misma de Dios: está enteramente por debajo de su majestad y sabiduría (como lo expresa con fuerza un escritor eminente) «jugar al escondite con sus criaturas». Es incompatible tanto con su justicia como con su misericordia, y con la sana experiencia de todos sus hijos.
8. Muchos de los que se llaman autores místicos mencionan otra causa más de pesadumbre. Y la idea se ha introducido, no sé cómo, aun entre gente sencilla que no tiene trato alguno con ellos. No puedo explicarla mejor que con las palabras de una escritora reciente, que la refiere como experiencia propia: «Continué tan feliz en mi Amado que, aunque me hubiera visto forzada a vivir errante en un desierto, no habría hallado en ello dificultad alguna. No había durado mucho este estado cuando, en efecto, me vi conducida a un desierto. Me hallé en una condición desamparada, del todo pobre, desdichada y miserable. La fuente propia de esta aflicción es el conocimiento de nosotros mismos, por el cual hallamos que hay una extrema desemejanza entre Dios y nosotros. Nos vemos sumamente opuestos a él; y vemos que lo más íntimo de nuestra alma está enteramente corrompido, depravado y lleno de toda clase de mal y malignidad, del mundo y de la carne, y de toda suerte de abominaciones». De aquí se ha inferido que el conocimiento de nosotros mismos, sin el cual pereceríamos eternamente, ha de ocasionar, aun después de haber alcanzado la fe que justifica, la más honda pesadumbre.
9. Pero sobre esto quisiera observar: (1.) En el párrafo anterior dice esta escritora: «Al oír que no tenía verdadera fe en Cristo, me ofrecí a Dios, e inmediatamente sentí su amor». Puede ser; y, sin embargo, no parece que esto fuera justificación. Es más probable que no fuera más que lo que suele llamarse las «atracciones del Padre». Y, si es así, la pesadumbre y las tinieblas que siguieron no fueron otra cosa que convicción de pecado, la cual, por la naturaleza misma de las cosas, ha de preceder a la fe por la que somos justificados. (2.) Suponiendo que fuera justificada casi en el mismo momento en que se convenció de que le faltaba la fe, no hubo entonces tiempo para aquel conocimiento de sí misma que va creciendo gradualmente y que suele preceder a la justificación; en este caso, por tanto, vino después, y probablemente fue tanto más severo cuanto menos se esperaba. (3.) Se admite que después de la justificación habrá un conocimiento mucho más hondo, mucho más claro y pleno de nuestro pecado innato, de nuestra total corrupción por naturaleza, que el que jamás hubo antes de ella. Pero esto no tiene por qué ocasionar tinieblas del alma; no diré que tenga que llevarnos a la pesadumbre. Si así fuera, el apóstol no habría usado aquella expresión, si es necesario, pues habría una necesidad absoluta e indispensable de ella para todos los que quisieran conocerse a sí mismos; es decir, en efecto, para todos los que quisieran conocer el perfecto amor de Dios, y ser así «hechos aptos para participar de la herencia de los santos en luz». Pero en modo alguno es este el caso. Al contrario, Dios puede aumentar el conocimiento de nosotros mismos en cualquier grado, y aumentar en la misma proporción el conocimiento de sí mismo y la experiencia de su amor. Y en tal caso no habría «desierto, ni miseria, ni condición desamparada», sino amor, y paz, y gozo, que brotan gradualmente para vida eterna.
IV. 1. ¿Con qué fines, pues (que era lo cuarto que había que considerar), permite Dios que la pesadumbre sobrevenga a tantos de sus hijos? El apóstol nos da una respuesta clara y directa a esta importante pregunta: «Para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, aunque sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando Jesucristo sea manifestado» (1 Pedro 1:7). Puede haber una alusión a esto en aquel conocido pasaje del capítulo cuarto (aunque se refiere principalmente a otra cosa muy distinta, como ya se ha observado): «no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría» (1 Pedro 4:12).
2. De aquí aprendemos que el primero y gran fin por el que Dios permite las tentaciones que traen pesadumbre sobre sus hijos Es la prueba de su fe, que es probada por ellas, como el oro por el fuego. Ahora bien, sabemos que el oro probado en el fuego queda purificado por él; queda separado de su escoria. Y así sucede con la fe en el fuego de la tentación: cuanto más se prueba, más se purifica; sí, y no solo se purifica, sino que también se fortalece, se confirma y se acrecienta abundantemente, mediante tantas nuevas pruebas de la sabiduría y el poder, del amor y la fidelidad de Dios. Esto, pues —aumentar nuestra fe—, es un fin lleno de gracia por el que Dios permite esas diversas tentaciones.
3. Sirven también para probar, purificar, confirmar y aumentar aquella esperanza viva para la cual «el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, según su grande misericordia, nos ha hecho renacer». En verdad, nuestra esperanza no puede sino crecer en la misma proporción que nuestra fe. Sobre este fundamento se sostiene: creyendo en su nombre, viviendo por la fe en el Hijo de Dios, esperamos, tenemos una confiada expectación de la gloria que ha de ser revelada; y, en consecuencia, todo lo que fortalece nuestra fe aumenta también nuestra esperanza. Al mismo tiempo aumenta nuestro gozo en el Señor, que no puede sino acompañar a una esperanza llena de inmortalidad. Con esta mira exhorta el apóstol a los creyentes en el otro capítulo: «gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo». Por esta misma causa, «bienaventurados sois, porque el Espíritu de gloria y de Dios reposa sobre vosotros»; y por ello sois capacitados, aun en medio de los padecimientos, para «alegraros con gozo inefable y glorioso».
4. Se alegran tanto más cuanto que las pruebas que aumentan su fe y su esperanza aumentan también su amor; tanto su gratitud a Dios por todas sus misericordias como su buena voluntad para con todo el género humano. Por consiguiente, cuanto más hondamente sienten la misericordia de Dios su Salvador, tanto más se inflama su corazón en amor a aquel que «nos amó primero». Cuanto más clara y firme es la evidencia que tienen de la gloria que ha de ser revelada, tanto más aman a aquel que la compró para ellos y les «dio las arras» de ella «en sus corazones». Y esto, el aumento de su amor, es otro de los fines de las tentaciones que se permite que vengan sobre ellos.
5. Otro más es su adelanto en la santidad: santidad de corazón y santidad de conducta, resultando naturalmente esta de aquella; porque el buen árbol da buenos frutos. Y toda santidad interior es el fruto inmediato de la fe que obra por el amor. Por ella el bendito Espíritu purifica el corazón del orgullo, de la obstinación, de la ira; del amor al mundo, de los deseos necios y dañosos, de los afectos viles y vanos. Además de esto, las aflicciones santificadas tienen, por la gracia de Dios, una tendencia inmediata y directa a la santidad. Por la operación de su Espíritu humillan más y más el alma y la abaten delante de Dios. Calman y amansan nuestro espíritu turbulento, doman la fiereza de nuestra naturaleza, ablandan nuestra terquedad y obstinación, nos crucifican al mundo, y nos llevan a esperar de Dios toda nuestra fuerza y a buscar en él toda nuestra felicidad.
6. Y todo esto se encamina a aquel gran fin: que nuestra fe, esperanza, amor y santidad «sea hallada», aunque todavía no se manifieste, «en alabanza» de parte de Dios mismo, «y honra» de parte de los hombres y los ángeles, «y gloria», asignada por el gran Juez a todos los que han perseverado hasta el fin. Y esta será asignada en aquel día terrible a cada uno «conforme a sus obras»: conforme a la obra que Dios había obrado en su corazón, y a las obras exteriores que él ha obrado para Dios; y asimismo conforme a lo que había padecido. De modo que todas estas pruebas son una ganancia inefable. ¡De tantas maneras esta «leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria»!
7. Añádase a esto el provecho que otros pueden sacar al ver nuestra conducta en la aflicción. Hallamos por experiencia que el ejemplo con frecuencia nos causa una impresión más honda que el precepto. ¿Y qué ejemplos tienen una influencia más fuerte, no solo sobre los que han alcanzado una fe igualmente preciosa, sino aun sobre los que no han conocido a Dios, que el de un alma tranquila y serena en medio de las tormentas; entristecida, mas siempre gozosa; que acepta mansamente todo lo que es voluntad de Dios, por doloroso que sea a la naturaleza; que dice, en la enfermedad y el dolor: «La copa que el Padre me ha dado, ¿no la he de beber?»; y en la pérdida o la necesidad: «El Señor dio, y el Señor quitó; sea el nombre del Señor bendito»?
V. 1. He de concluir con algunas consecuencias. Y, primero, ¡cuán grande es la diferencia entre las tinieblas del alma y la pesadumbre, que, sin embargo, tan generalmente se confunden la una con la otra, aun entre cristianos experimentados! Las tinieblas, o el estado de desierto, implican una pérdida total del gozo en el Espíritu Santo; la pesadumbre no; en medio de ella podemos «alegrarnos con gozo inefable». Los que están en tinieblas han perdido la paz de Dios; los que están en pesadumbre, no; tan lejos están de ello que, en ese mismo tiempo, la «paz», así como la «gracia», puede «serles multiplicada». En los primeros, el amor de Dios se ha enfriado, si no se ha extinguido por completo; en los segundos, conserva toda su fuerza, o más bien aumenta cada día. En aquellos, la fe misma, si no se ha perdido del todo, está con todo gravemente decaída: su evidencia y convicción de las cosas que no se ven, en particular del amor perdonador de Dios, no es tan clara ni tan firme como en tiempos pasados; y su confianza en él se ha debilitado en proporción. Estos, aunque no le ven, tienen una confianza clara e inquebrantable en Dios, y una evidencia permanente de aquel amor por el cual todos sus pecados son borrados. ¡De modo que, mientras sepamos distinguir la fe de la incredulidad, la esperanza de la desesperación, la paz de la guerra, el amor de Dios del amor del mundo, podremos distinguir infaliblemente la pesadumbre de las tinieblas!
2. Podemos aprender de aquí, en segundo lugar, que puede haber necesidad de pesadumbre, pero no puede haber necesidad de tinieblas. Puede ser necesario que estemos «en pesadumbre por un poco de tiempo», en orden a los fines antes expuestos; al menos en este sentido: en cuanto es un resultado natural de aquellas «diversas tentaciones» que son necesarias para probar y aumentar nuestra fe, para confirmar y ensanchar nuestra esperanza, para purificar nuestro corazón de toda disposición impía y para perfeccionarnos en el amor. Y, por consiguiente, son necesarias para dar más brillo a nuestra corona y añadir a nuestro eterno peso de gloria. Pero no podemos decir que las tinieblas sean necesarias para ninguno de estos fines. No conducen a ellos en modo alguno: la pérdida de la fe, de la esperanza, del amor, no conduce, ciertamente, ni a la santidad ni al aumento de aquel galardón en el cielo que estará en proporción a nuestra santidad en la tierra.
3. Por la manera de hablar del apóstol podemos colegir, en tercer lugar, que aun la pesadumbre no es siempre necesaria. «Aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario»; de modo que no es necesaria para todas las personas, ni para persona alguna en todo tiempo. Dios puede —tiene a la vez poder y sabiduría para ello— obrar, cuando le place, la misma obra de gracia en cualquier alma por otros medios. Y en algunos casos así lo hace: hace que aquellos a quienes le place vayan de fortaleza en fortaleza, hasta que «perfeccionan la santidad en su temor», casi sin pesadumbre alguna; pues tiene un poder absoluto sobre el corazón del hombre y mueve a su placer todos sus resortes. Pero estos casos son raros: Dios ve bien, por lo general, probar a «los hombres aceptos en el horno de la aflicción». De modo que las diversas tentaciones y la pesadumbre, en mayor o menor grado, son de ordinario la porción de sus hijos más queridos.
4. Debemos, pues, por último, velar y orar, y hacer nuestros mayores esfuerzos por no caer en las tinieblas. Pero no necesitamos preocuparnos tanto de cómo evitar la pesadumbre como de cómo sacar provecho de ella. Nuestro gran cuidado debe ser comportarnos de tal manera bajo ella, esperar de tal manera en el Señor en ella, que responda plenamente a todo el designio de su amor al permitir que venga sobre nosotros; que sea un medio para aumentar nuestra fe, confirmar nuestra esperanza y perfeccionarnos en toda santidad. Siempre que venga, tengamos la mira puesta en estos fines llenos de gracia para los que se permite, y pongamos toda diligencia para no desechar el consejo de Dios contra nosotros mismos. Cooperemos fervientemente con él, por la gracia que continuamente nos da, «limpiándonos de toda contaminación de carne y de espíritu», y creciendo cada día en la gracia de nuestro Señor Jesucristo, ¡hasta que seamos recibidos en su reino eterno!
Capítulo 48 completado
La pesadumbre por diversas tentaciones