Sermones en diversas ocasiones
El estado de desierto

Capítulo 47 · 31 min de lectura · 40 min de escucha

El estado de desierto

Sermón 46

El estado de desierto

«Vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo».

Juan 16:22.

1. Después que Dios hubo obrado una gran liberación para Israel, sacándolo de la casa de servidumbre, no entraron en seguida en la tierra que él había prometido a sus padres, sino que «anduvieron perdidos por el desierto, sin camino», y fueron tentados y afligidos de diversas maneras. Del mismo modo, después que Dios ha librado a los que le temen de la servidumbre del pecado y de Satanás; después que han sido «justificados gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Jesús», con todo, no muchos de ellos entran en seguida en «el reposo que queda para el pueblo de Dios». La mayor parte de ellos se desvía, más o menos, del buen camino al que él los ha traído. Llegan, por así decirlo, a un «desierto horrible y yermo», donde son tentados y atormentados de diversas maneras; y a esto, aludiendo al caso de los israelitas, algunos lo han llamado «un estado de desierto».

2. Cierto es que la condición en que estos se hallan tiene derecho a la más tierna compasión. Padecen una enfermedad mala y dolorosa, aunque no se la entiende comúnmente; y por esta misma razón les es más difícil hallar remedio. Estando ellos mismos en tinieblas, no puede suponerse que entiendan la naturaleza de su propio mal; y pocos de sus hermanos, y aun quizá de sus maestros, saben cuál es su enfermedad o cómo curarla. Tanto más necesario es, pues, investigar: primero, ¿cuál es la naturaleza de esta enfermedad? Segundo, ¿cuál es su causa? Y tercero, ¿cuál es su cura?

I. 1. Y, primero, ¿cuál es la naturaleza de esta enfermedad en la que caen tantos después de haber creído? ¿En qué consiste propiamente, y cuáles son sus síntomas genuinos? Consiste propiamente en la pérdida de aquella fe que Dios obró una vez en su corazón. Los que están en el desierto no tienen ya aquella divina «demostración», aquella convicción satisfactoria «de las cosas que no se ven», de la que antes gozaban. No tienen ya aquella demostración interior del Espíritu que antes capacitaba a cada uno de ellos para decir: «La vida que vivo, la vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó, y se entregó a sí mismo por mí». La luz del cielo ya no «resplandece en sus corazones», ni «ven al Invisible»; sino que hay otra vez tinieblas sobre la faz de sus almas, y ceguera sobre los ojos de su entendimiento. El Espíritu ya no «da testimonio a su espíritu de que son hijos de Dios»; ni permanece como el Espíritu de adopción, «clamando» en sus corazones: «Abba, Padre». No tienen ya una confianza segura en su amor, ni libertad para acercarse a él con santa osadía. «Aunque él me matare, en él esperaré» ya no es el lenguaje de su corazón; sino que han sido despojados de su fuerza, y se han vuelto débiles y de ánimo apocado, como todos los hombres.

2. De aquí procede, en segundo lugar, la pérdida del amor, que no puede sino subir o bajar al mismo tiempo, y en la misma proporción, que la fe verdadera y viva. Por consiguiente, los que están privados de su fe están privados también del amor de Dios. Ya no pueden decir: «Señor, tú sabes todas las cosas; tú sabes que te amo». Ya no son felices en Dios, como lo es todo el que verdaderamente le ama. No se deleitan en él como en tiempos pasados, ni «perciben el olor de sus ungüentos». En otro tiempo todo su «deseo era hacia él, y hacia la memoria de su nombre»; pero ahora aun sus deseos están fríos y muertos, si no del todo extinguidos. Y así como se ha enfriado su amor a Dios, así también su amor al prójimo. Ya no tienen aquel celo por las almas de los hombres, aquel anhelo de su bien, aquel deseo ferviente, inquieto y activo de que se reconcilien con Dios. No sienten aquellas «entrañas de misericordia» por las ovejas perdidas — aquella tierna «compasión de los ignorantes y extraviados». En otro tiempo eran «mansos para con todos», corrigiendo con mansedumbre a los que se oponían a la verdad; y, «si alguno era tomado en alguna falta, restauraban al tal con espíritu de mansedumbre»; pero, tras una tregua, quizá de muchos días, la ira empieza a recobrar su poder; sí, la irritabilidad y la impaciencia los empujan con violencia para que caigan; y bien está si a veces no se ven arrastrados aun a «volver mal por mal y maldición por maldición».

3. A consecuencia de la pérdida de la fe y del amor sigue, en tercer lugar, la pérdida del gozo en el Espíritu Santo. Porque si ya no existe la amorosa conciencia del perdón, no puede permanecer el gozo que de ella resultaba. Si el Espíritu no da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, también ha de acabarse el gozo que brotaba de aquel testimonio interior. Y del mismo modo, los que antes «se alegraban con gozo inefable», «en la esperanza de la gloria de Dios», ahora que están privados de aquella «esperanza llena de inmortalidad», están privados del gozo que ella producía; como también del que resultaba de la conciencia del «amor de Dios», entonces «derramado en sus corazones». Porque, quitada la causa, se quita el efecto: cegada la fuente, aquellas aguas vivas ya no brotan para refrescar el alma sedienta.

4. A la pérdida de la fe, del amor y del gozo se une también, en cuarto lugar, la pérdida de aquella paz que antes sobrepujaba todo entendimiento. Aquella dulce tranquilidad de la mente, aquella serenidad del espíritu, ha desaparecido. Vuelve la duda dolorosa: la duda de si alguna vez creímos, y quizá de si alguna vez llegaremos a creer. Empezamos a dudar de si alguna vez hallamos de verdad en nuestro corazón el testimonio real del Espíritu; de si no engañamos más bien a nuestra propia alma, tomando la voz de la naturaleza por la voz de Dios. Más aún, y quizá también, de si alguna vez oiremos su voz y hallaremos gracia ante sus ojos. Y estas dudas se juntan de nuevo con un temor servil, con aquel temor que lleva en sí castigo. Tememos la ira de Dios, igual que antes de creer; tememos ser echados de su presencia, y de ahí volvemos a hundirnos en aquel temor de la muerte del que antes habíamos sido enteramente librados.

5. Pero ni aun esto es todo; porque la pérdida de la paz va acompañada de la pérdida del poder. Sabemos que todo el que tiene paz con Dios, por medio de Jesucristo, tiene poder sobre todo pecado. Pero siempre que pierde la paz de Dios, pierde también el poder sobre el pecado. Mientras aquella paz permanecía, permanecía también el poder, aun sobre el pecado que le asedia, fuera el pecado de su naturaleza, de su complexión, de su educación, o el de su profesión; sí, y sobre aquellas disposiciones y deseos malos que hasta entonces no había podido vencer. El pecado ya no se enseñoreaba entonces de él; pero ahora él ya no se enseñorea del pecado. Podrá luchar, ciertamente, pero no puede vencer; la corona ha caído de su cabeza. Sus enemigos prevalecen otra vez sobre él y, más o menos, lo reducen a servidumbre. La gloria se ha apartado de él, es decir, el reino de Dios que estaba en su corazón. Ha sido despojado de la justicia, así como de la paz y del gozo en el Espíritu Santo.

II. 1. Tal es la naturaleza de lo que muchos han llamado, y no impropiamente, «El estado de desierto». Pero su naturaleza puede entenderse más plenamente indagando, en segundo lugar, cuáles son sus causas. Estas son, a la verdad, diversas. Pero no me atrevo a contar entre ellas la mera voluntad arbitraria y soberana de Dios. Él «se complace en la prosperidad de sus siervos; no se deleita en afligir ni en entristecer a los hijos de los hombres». Su voluntad invariable es nuestra santificación, acompañada de «paz y gozo en el Espíritu Santo». Estos son dones suyos y gratuitos; y se nos asegura que «los dones de Dios son», por su parte, «sin arrepentimiento». Él nunca se arrepiente de lo que ha dado, ni desea quitárnoslo. Por tanto, él nunca nos abandona, como dicen algunos; somos solo nosotros los que le abandonamos a él.

(I.) 2. La causa más común de las tinieblas interiores es el pecado, de una u otra clase. Esto es lo que generalmente ocasiona lo que con frecuencia es una complicación de pecado y de miseria. Y, primero, el pecado de comisión. Puede observarse con frecuencia que este oscurece el alma en un momento; sobre todo si es un pecado conocido, voluntario o presuntuoso. Si, por ejemplo, una persona que ahora anda en la clara luz del rostro de Dios se dejara arrastrar de cualquier modo a cometer un solo acto de embriaguez o de impureza, no sería de extrañar que en aquella misma hora cayera en tinieblas completas. Es verdad que ha habido algunos casos rarísimos en que Dios lo ha impedido mediante una manifestación extraordinaria de su misericordia perdonadora, casi en el mismo instante. Pero en general, semejante abuso de la bondad de Dios, tan grosero insulto a su amor, ocasiona un alejamiento inmediato de Dios, y unas «tinieblas que pueden palparse».

3. Pero es de esperar que este caso no sea muy frecuente; que no haya muchos que desprecien de tal modo las riquezas de su bondad que, mientras andan en su luz, se rebelen contra él tan grosera y presuntuosamente. Aquella luz se pierde mucho más a menudo cediendo a pecados de omisión. Esto, en verdad, no apaga al Espíritu de inmediato, sino gradual y lentamente. Lo primero puede compararse a echar agua sobre el fuego; lo segundo, a quitarle el combustible. Y muchas veces aquel Espíritu amoroso reprenderá nuestra negligencia antes de apartarse de nosotros. Muchos son los frenos interiores, los avisos secretos, que da antes de retirar sus influencias. De modo que solo una serie de omisiones, en las que se persiste voluntariamente, puede llevarnos a tinieblas completas.

4. Quizá ningún pecado de omisión ocasiona esto con más frecuencia que el descuido de la oración privada, cuya falta no puede suplirse con ninguna otra ordenanza, sea cual fuere. Nada puede ser más claro que esto: la vida de Dios en el alma no continúa, y mucho menos crece, a menos que aprovechemos todas las oportunidades de tener comunión con Dios y de derramar nuestro corazón delante de él. Si, pues, somos negligentes en esto, si permitimos que los negocios, la compañía o cualquier otra ocupación, sea cual fuere, impidan estos ejercicios secretos del alma (o, lo que viene a ser lo mismo, nos hagan despacharlos de prisa, de manera ligera y descuidada), aquella vida ciertamente decaerá. Y si los interrumpimos por mucho tiempo o con frecuencia, irá muriendo poco a poco.

5. Otro pecado de omisión que con frecuencia lleva el alma del creyente a las tinieblas es el descuido de lo que tan encarecidamente se mandaba aun bajo la dispensación judía: «Reprenderás sin falta a tu prójimo, y no consentirás sobre él pecado; no aborrecerás a tu hermano en tu corazón». Ahora bien, si aborrecemos a nuestro hermano en nuestro corazón, si no le reprendemos cuando le vemos en falta, sino que consentimos sobre él pecado, esto pronto traerá flaqueza a nuestra propia alma, pues con ello nos hacemos partícipes de su pecado. Al descuidar la reprensión de nuestro prójimo, hacemos nuestro su pecado; nos hacemos responsables de él ante Dios; vimos su peligro y no le advertimos; de modo que, «si perece en su maldad», Dios puede con justicia demandar «su sangre de nuestra mano». No es de extrañar, pues, que contristando así al Espíritu perdamos la luz de su rostro.

6. Una tercera causa de que la perdamos es ceder a alguna clase de pecado interior. Por ejemplo: sabemos que todo el que es «altivo de corazón es abominación al Señor»; y eso aunque este orgullo del corazón no se manifieste en la conducta exterior. ¡Pues con qué facilidad puede un alma llena de paz y de gozo caer en este lazo del diablo! ¡Qué natural le es imaginar que tiene más gracia, más sabiduría o fuerza de las que realmente tiene, «tener más alto concepto de sí que el que debe tener»! ¡Qué natural gloriarse de algo que ha recibido, como si no lo hubiera recibido! Pero, puesto que Dios continuamente «resiste a los soberbios, y da gracia» solo «a los humildes», esto ha de oscurecer ciertamente, si no destruir del todo, la luz que antes brillaba en su corazón.

7. El mismo efecto puede producirse dando lugar a la ira, sea cual fuere la provocación o la ocasión; sí, aunque estuviera disfrazada con el nombre de celo por la verdad o por la gloria de Dios. En verdad, todo celo que no sea la llama del amor es «terrenal, animal, diabólico». Es la llama de la ira; es simple y pecaminosa ira, ni mejor ni peor. Y nada es mayor enemigo del amor apacible y manso de Dios que esto: nunca han subsistido, ni pueden subsistir, juntos en un mismo pecho. En la misma proporción en que esto prevalece, disminuyen el amor y el gozo en el Espíritu Santo. Esto se observa particularmente en el caso de la ofensa; quiero decir, la ira contra alguno de nuestros hermanos, contra cualquiera de los que están unidos a nosotros por lazos civiles o religiosos. Si cedemos al espíritu de ofensa aunque sea una sola hora, perdemos las dulces influencias del Espíritu Santo; de modo que, en lugar de enmendarlos a ellos, nos destruimos a nosotros mismos y llegamos a ser presa fácil de cualquier enemigo que nos asalte.

8. Pero, suponiendo que estemos prevenidos contra este lazo del diablo, podemos ser atacados por otro flanco. Cuando la fiereza y la ira duermen, y solo el amor está despierto, podemos correr no menos peligro por el deseo, que tiende igualmente a oscurecer el alma. Este es el efecto seguro de cualquier deseo necio, de cualquier afecto vano o desordenado. Si ponemos nuestro afecto en las cosas de la tierra, en cualquier persona o cosa debajo del sol; si deseamos algo fuera de Dios y de lo que conduce a Dios; si buscamos la felicidad en alguna criatura, el Dios celoso ciertamente contenderá con nosotros, porque no puede admitir rival. Y si no queremos oír su voz de advertencia y volvernos a él con toda nuestra alma, si seguimos contristándole con nuestros ídolos y corriendo tras otros dioses, pronto estaremos fríos, estériles y secos; y el dios de este siglo cegará y oscurecerá nuestro corazón.

9. Pero esto lo hace con frecuencia aun cuando no cedemos a ningún pecado positivo. Basta, le da ventaja suficiente, que no «despertemos el don de Dios que está en nosotros»; que no agonicemos continuamente «por entrar por la puerta angosta»; que no «luchemos» con empeño «por la victoria», y no «arrebatemos el reino de los cielos por la fuerza». No hace falta más que no pelear, y seguro que seremos vencidos. Basta con que seamos descuidados o «desmayemos en nuestro ánimo», con que seamos comodones e indolentes, y nuestras tinieblas naturales pronto volverán y cubrirán nuestra alma. Basta, pues, con ceder a la pereza espiritual; esto oscurecerá eficazmente el alma: destruirá la luz de Dios tan ciertamente, si no tan rápidamente, como el homicidio o el adulterio.

10. Pero conviene observar que la causa de nuestras tinieblas (sea cual fuere, de omisión o de comisión, pecado interior o exterior) no siempre está cerca. A veces el pecado que ocasionó la angustia presente puede hallarse a considerable distancia. Pudo cometerse días, semanas o meses antes. Y que Dios retire ahora su luz y su paz a causa de lo que se hizo hace tanto tiempo no es (como uno pudiera imaginar al principio) una muestra de su severidad, sino más bien una prueba de su longanimidad y tierna misericordia. Él esperó todo este tiempo por si acaso llegábamos a ver, reconocer y corregir lo que estaba mal. Y, a falta de esto, muestra al fin su desagrado, por si así, por fin, puede llevarnos al arrepentimiento.

(II). 1. Otra causa general de estas tinieblas es la ignorancia, que es asimismo de diversas clases. Si los hombres no conocen las Escrituras, si se imaginan que hay pasajes, ya del Antiguo, ya del Nuevo Testamento, que afirman que todos los creyentes sin excepción deben estar a veces en tinieblas, esta ignorancia traerá naturalmente sobre ellos las tinieblas que esperan. ¡Y cuán común ha sido este caso entre nosotros! ¡Cuán pocos hay que no lo esperen! Y no es de extrañar, puesto que se les enseña a esperarlo; puesto que sus guías los conducen por este camino. No solo los escritores místicos de la Iglesia romana, sino muchos de los más espirituales y experimentados de la nuestra (exceptuados muy pocos del siglo pasado), lo establecen con toda seguridad como una doctrina bíblica clara e incuestionable, y citan muchos textos para probarla.

2. La ignorancia de la obra de Dios en el alma ocasiona también con frecuencia estas tinieblas. Los hombres se imaginan (porque así se les ha enseñado, particularmente escritores de la comunión romana, cuyas aserciones plausibles demasiados protestantes han recibido sin el debido examen) que no siempre han de andar en fe luminosa; que esta es solo una dispensación inferior; que, a medida que suben más alto, han de dejar aquellos consuelos sensibles y vivir por la fe desnuda (¡desnuda en verdad, si está despojada a la vez del amor, de la paz y del gozo en el Espíritu Santo!); que un estado de luz y de gozo es bueno, pero un estado de tinieblas y de sequedad es mejor; que solo por estos podemos ser purificados del orgullo, del amor al mundo y del amor propio desordenado; y que, por tanto, no debemos esperar ni desear andar siempre en la luz. De aquí viene (aunque puedan concurrir otras razones) que el grueso de los hombres piadosos de la Iglesia romana anden generalmente por un camino oscuro y sin consuelo y, si alguna vez reciben la luz de Dios, pronto la pierden.

(III). 1. Una tercera causa general de estas tinieblas es la tentación. Cuando la candela del Señor resplandece por primera vez sobre nuestra cabeza, la tentación con frecuencia huye y desaparece del todo. Todo está en calma por dentro; quizá también por fuera, mientras Dios hace que nuestros enemigos estén en paz con nosotros. Es entonces muy natural suponer que ya no veremos más guerra. Y hay casos en que esta calma ha continuado, no solo semanas, sino meses o años. Pero comúnmente sucede de otro modo: en poco tiempo «soplan los vientos, desciende la lluvia y vienen los ríos» de nuevo. Los que no conocen ni al Hijo ni al Padre, y por consiguiente aborrecen a sus hijos, cuando Dios afloja el freno que tienen entre los dientes, mostrarán ese odio de diversas maneras. Como antiguamente, «el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora»; la misma causa produce todavía el mismo efecto. El mal que aún queda en el corazón se moverá también entonces de nuevo; la ira y muchas otras raíces de amargura procurarán brotar. Al mismo tiempo, Satanás no dejará de lanzar sus dardos de fuego; y el alma tendrá que luchar, no solo con el mundo, no solo «con sangre y carne, sino con principados y potestades, con los gobernadores de las tinieblas de este mundo, con malicias espirituales en las alturas». Ahora bien, cuando se lanzan a la vez asaltos tan diversos, y quizá con la mayor violencia, no es de extrañar que ocasionen, no solo tristeza, sino aun tinieblas en un creyente débil; sobre todo si no estaba velando; si estos asaltos le sobrevienen en una hora en que no los esperaba; si nada esperaba menos, sino que neciamente se había dicho que el día malo no volvería jamás.

2. La fuerza de aquellas tentaciones que surgen de dentro se acrecentará en extremo si antes pensábamos de nosotros mismos más de lo debido, como si hubiéramos sido limpiados de todo pecado. ¡Y cuán naturalmente imaginamos esto durante el fervor de nuestro primer amor! ¡Cuán prontos estamos a creer que Dios ha «cumplido en nosotros la» entera «obra de fe con poder»; que, porque no sentimos pecado, no tenemos ninguno en nosotros, sino que el alma es toda amor! Y bien puede un recio ataque de un enemigo a quien suponíamos no solo vencido sino muerto sumirnos en gran tristeza de alma; sí, a veces, en tinieblas completas; particularmente cuando razonamos con este enemigo, en lugar de invocar al instante a Dios y arrojarnos, por la fe sencilla, en Aquel que es el único que «sabe librar» a los suyos «de tentación».

III. Estas son las causas usuales de estas segundas tinieblas. Indaguemos, en tercer lugar: ¿Cuál es su remedio?

1. Suponer que este es uno y el mismo en todos los casos es un error funesto; y sin embargo sumamente común, aun entre muchos que pasan por cristianos experimentados, sí, que quizá se arrogan ser maestros de Israel, guías de otras almas. Por consiguiente, no conocen ni usan más que una medicina, sea cual fuere la causa del mal. Comienzan inmediatamente a aplicar las promesas; a predicar el evangelio, como ellos lo llaman. Dar consuelo es el único punto al que apuntan; y para ello dicen muchas cosas suaves y tiernas acerca del amor de Dios a los pobres pecadores desvalidos y de la eficacia de la sangre de Cristo. Ahora bien, esto es verdaderamente curanderismo, y de la peor especie, pues tiende, si no a matar los cuerpos de los hombres, sí, sin la particular misericordia de Dios, «a destruir sus cuerpos y sus almas en el infierno». Es difícil hablar como merecen de estos «revocadores con lodo suelto», de estos traficantes de promesas. Bien merecen el título que ignorantemente se ha dado a otros: son charlatanes espirituales. De hecho, hacen de «la sangre del pacto una cosa inmunda». Prostituyen vilmente las promesas de Dios aplicándolas así a todos sin distinción. Mientras que, en realidad, el remedio de las enfermedades espirituales, como el de las corporales, ha de ser tan variado como lo son sus causas. Lo primero, por tanto, es descubrir la causa; y esta señalará naturalmente el remedio.

2. Por ejemplo: ¿Es el pecado lo que ocasiona las tinieblas? ¿Qué pecado? ¿Es un pecado exterior de alguna clase? ¿Te acusa tu conciencia de cometer algún pecado con el que contristas al Espíritu Santo de Dios? ¿Es por esta causa que él se ha apartado de ti, y que el gozo y la paz se han ido con él? ¿Y cómo puedes esperar que vuelvan mientras no quites el anatema? «Deje el impío su camino»; «Pecadores, limpiad las manos»; «quitad la iniquidad de vuestras obras»; así tu «luz nacerá de la oscuridad»; el Señor volverá y «será amplio en perdonar».

3. Si, tras el más minucioso examen, no puedes hallar ningún pecado de comisión que cause la nube que hay sobre tu alma, indaga luego si no hay algún pecado de omisión que haga separación entre Dios y tú. ¿No «consientes pecado sobre tu hermano»? ¿Reprendes a los que pecan en tu presencia? ¿Andas en todas las ordenanzas de Dios: en la oración pública, en la familiar, en la privada? Si no, si habitualmente descuidas cualquiera de estos deberes conocidos, ¿cómo puedes esperar que la luz de su rostro siga resplandeciendo sobre ti? Apresúrate a «afirmar las cosas que quedan»; entonces tu alma vivirá. «Si oís hoy su voz», suple por su gracia lo que falta. Cuando oigas a tus espaldas una voz que diga: «Este es el camino, anda por él», no endurezcas tu corazón; no seas más «rebelde al llamamiento celestial». Mientras no se quite el pecado, sea de omisión o de comisión, todo consuelo es falso y engañoso. No es más que cerrar la piel sobre la herida, que sigue supurando y enconándose por debajo. No busques paz dentro de ti hasta que estés en paz con Dios; lo cual no puede ser sin «frutos dignos de arrepentimiento».

4. Pero quizá no tienes conciencia ni siquiera de algún pecado de omisión que menoscabe tu paz y tu gozo en el Espíritu Santo. ¿No hay entonces algún pecado interior que, como raíz de amargura, brota en tu corazón para estorbarte? ¿No es tu sequedad y esterilidad de alma ocasionada por haberse «apartado» tu corazón «del Dios vivo»? ¿No ha venido «contra» ti «el pie de la soberbia»? ¿No has pensado de ti mismo «más alto de lo que debes pensar»? ¿No has, en algún respecto, «ofrecido sacrificios a tu propia red, y sahumerios a tu propio aljerife»? ¿No has atribuido el éxito de alguna empresa a tu propio valor, o fuerza, o sabiduría? ¿No te has jactado de algo «que has recibido, como si no lo hubieras recibido»? ¿No te has gloriado en algo, «sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo»? ¿No has buscado o deseado la alabanza de los hombres? ¿No te has complacido en ella? Si es así, ya ves el camino que has de tomar. Si has caído por el orgullo, «humíllate bajo la poderosa mano de Dios, y él te exaltará a su debido tiempo». ¿No lo has obligado a apartarse de ti, dando lugar a la ira? ¿No te has «impacientado a causa de los impíos», o has «tenido envidia de los malhechores»? ¿No te has ofendido con alguno de tus hermanos, mirando su pecado (real o imaginario), hasta pecar tú mismo contra la gran ley del amor, enajenando de ellos tu corazón? Entonces mira al Señor, para que renueves tus fuerzas; para que toda esta aspereza y frialdad desaparezca; para que el amor, la paz y el gozo vuelvan juntos, y seáis invariablemente benignos los unos con los otros, «misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como también Dios os perdonó por amor de Cristo». ¿No has dado lugar a algún deseo necio? ¿A alguna clase o grado de afecto desordenado? ¿Cómo, pues, puede tener lugar en tu corazón el amor de Dios mientras no quites tus ídolos? «No os engañéis: Dios no puede ser burlado»: no morará en un corazón dividido. Mientras, pues, abrigues a Dalila en tu seno, él no tiene lugar allí. Vano es esperar que recobres su luz mientras no te saques el ojo derecho y lo eches de ti. ¡Oh, que no haya más demora! ¡Clama a él para que te capacite para hacerlo! Lamenta tu propia impotencia y desamparo; y, siendo el Señor tu ayudador, entra por la puerta estrecha; ¡arrebata el reino de los cielos por la fuerza! Echa fuera de su santuario todo ídolo, y la gloria del Señor aparecerá pronto.

5. Quizá sea esto mismo, la falta de esfuerzo, la pereza espiritual, lo que mantiene tu alma en tinieblas. Habitas tranquilo en la tierra; no hay guerra en tus fronteras; y así estás quieto y despreocupado. Sigues por la misma senda llana de deberes exteriores, y te contentas con permanecer en ella. ¿Y te maravillas, entretanto, de que tu alma esté muerta? ¡Oh, despiértate delante del Señor! ¡Levántate y sacúdete del polvo; lucha con Dios por la gran bendición; derrama tu alma delante de Dios en oración, y persevera en ella con toda constancia! ¡Vela! ¡Despierta del sueño, y mantente despierto! De otro modo, no hay nada que esperar, sino que te irás alejando más y más de la luz y de la vida de Dios.

6. Si, tras el examen más completo e imparcial de ti mismo, no puedes discernir que al presente des lugar a la pereza espiritual ni a ningún otro pecado interior o exterior, trae entonces a la memoria el tiempo pasado. Considera tus disposiciones, palabras y acciones de antes. ¿Han sido rectas delante del Señor? «Conversa con él en tu cámara, y calla»; y pídele que pruebe el fondo de tu corazón y que traiga a tu memoria todo lo que en algún tiempo haya ofendido los ojos de su gloria. Si la culpa de algún pecado no arrepentido permanece sobre nuestra alma, no puede ser sino que permanezcas en tinieblas, hasta que, renovado por el arrepentimiento, seas lavado de nuevo por la fe en el «manantial abierto para el pecado y la inmundicia».

7. Enteramente diferente será el modo del remedio si la causa de la enfermedad no es el pecado, sino la ignorancia. Puede ser ignorancia del sentido de la Escritura, ocasionada quizá por comentadores ignorantes; ignorantes, al menos, en este respecto, por entendidos y doctos que sean en otros particulares. Y en este caso hay que quitar esa ignorancia antes de poder quitar las tinieblas que de ella proceden. Debemos mostrar el verdadero sentido de aquellos textos que han sido mal entendidos. Mi propósito no me permite considerar todos los pasajes de la Escritura que se han forzado a este servicio. Solo mencionaré dos o tres, que se aducen con frecuencia para probar que todos los creyentes han de «andar en tinieblas», tarde o temprano.

8. Uno de ellos es Isaías 50:10: «¿Quién hay entre vosotros que teme al Señor, y oye la voz de su siervo, que anda en tinieblas y carece de luz? Confíe en el nombre del Señor, y apóyese en su Dios». Pero ¿cómo consta, ni por el texto ni por el contexto, que la persona de quien aquí se habla haya tenido nunca luz? Quien está convencido de pecado «teme al Señor, y oye la voz de su siervo». Y a ese le aconsejaríamos, aunque estuviera todavía en tinieblas de alma y nunca hubiera visto la luz del rostro de Dios, que aun así «confíe en el nombre del Señor, y se apoye en su Dios». Este texto, por tanto, no prueba en absoluto que el creyente en Cristo «haya de andar a veces en tinieblas».

9. Otro texto que se ha supuesto que enseña la misma doctrina es Oseas 2:14: «Yo la atraeré, y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón». De aquí se ha inferido que Dios llevará a todo creyente al desierto, a un estado de muerte y de tinieblas. Pero es cierto que el texto no dice tal cosa; porque no consta que hable en absoluto de creyentes particulares: se refiere manifiestamente a la nación judía, y quizá solo a ella. Pero si es aplicable a personas particulares, su sentido llano es este: Lo atraeré por el amor; luego lo convenceré de pecado; y después lo consolaré con la misericordia que perdona.

10. Una tercera Escritura de la que se ha sacado la misma consecuencia es la citada arriba: «Vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo». Se ha supuesto que esto implica que Dios, después de un tiempo, se retiraría de todos los creyentes, y que estos no podrían tener el gozo que nadie podría quitarles hasta después de haberse entristecido así. Pero todo el contexto muestra que nuestro Señor habla aquí personalmente a los apóstoles, y a nadie más; y que habla acerca de aquellos acontecimientos particulares, su propia muerte y resurrección. «Un poco», dice, «y no me veréis», es decir, mientras estoy en el sepulcro; «y otra vez un poco, y me veréis», cuando haya resucitado de los muertos. Lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero vuestra tristeza se tornará en gozo». «Vosotros ahora tenéis tristeza», porque estoy a punto de seros quitado como cabeza; «pero os volveré a ver», después de mi resurrección, «y se gozará vuestro corazón; y vuestro gozo», que entonces os daré, «nadie os lo quitará». Todo esto, lo sabemos, se cumplió literalmente en el caso particular de los apóstoles. Pero de aquí no puede sacarse ninguna consecuencia respecto al trato de Dios con los creyentes en general.

11. Un cuarto texto (por no mencionar más) que se ha citado con frecuencia en prueba de la misma doctrina es 1 Pedro 4:12: «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido». Pero este es tan ajeno al asunto como el anterior. El texto, traducido literalmente, dice así: «Amados, no os maravilléis del incendio que hay entre vosotros, el cual es para vuestra prueba». Ahora bien, por mucho que esto pueda acomodarse, en un sentido secundario, a las pruebas interiores, sin duda se refiere primariamente al martirio y a los padecimientos que lo acompañan. Tampoco este texto, por tanto, hace en absoluto al propósito para el cual se cita. Y podemos desafiar a todos los hombres a que presenten un solo texto, del Antiguo o del Nuevo Testamento, que haga al propósito más que este.

12. «Pero ¿no son las tinieblas mucho más provechosas para el alma que la luz? ¿No se lleva adelante la obra de Dios en el corazón con mayor rapidez y eficacia durante un estado de sufrimiento interior? ¿No es purificado el creyente más rápida y completamente por la tristeza que por el gozo, por la angustia, el dolor, la aflicción y los martirios espirituales, que por una paz continua?». Así lo enseñan los místicos; así está escrito en sus libros; pero no en los oráculos de Dios. ¡La Escritura no dice en ninguna parte que la ausencia de Dios sea lo que mejor perfecciona su obra en el corazón! Más bien su presencia, y una clara comunión con el Padre y con el Hijo: una fuerte conciencia de esto hará más en una hora que su ausencia en un siglo. El gozo en el Espíritu Santo purificará el alma mucho más eficazmente que la falta de ese gozo; y la paz de Dios es el mejor medio de refinar el alma de la escoria de los afectos terrenales. ¡Fuera, pues, con la vana fantasía de que el reino de Dios está dividido contra sí mismo; de que la paz de Dios y el gozo en el Espíritu Santo son estorbos para la justicia; y de que somos salvos, no por la fe, sino por la incredulidad; no por la esperanza, sino por la desesperación!

13. Mientras los hombres sueñen así, bien pueden «andar en tinieblas»; y el efecto no puede cesar hasta que se quite la causa. Pero no debemos imaginar que cesará inmediatamente, aun cuando la causa ya no exista. Cuando la ignorancia o el pecado han causado tinieblas, puede quitarse la una o el otro, y sin embargo la luz que por ellos se obstruía puede no volver en seguida. Como es don gratuito de Dios, él puede restituirla, más tarde o más temprano, según le plazca. En el caso del pecado, no podemos razonablemente esperar que vuelva inmediatamente. El pecado comenzó antes que el castigo, el cual, por tanto, puede con justicia permanecer después de acabado el pecado. Y aun en el curso natural de las cosas, aunque una herida no puede sanar mientras el dardo sigue clavado en la carne, tampoco sana en cuanto se lo saca, sino que la llaga y el dolor pueden permanecer mucho tiempo después.

14. Por último. Si las tinieblas son ocasionadas por tentaciones múltiples, graves e inesperadas, el mejor modo de quitarlas y de prevenirlas es enseñar a los creyentes a esperar siempre la tentación, puesto que habitan en un mundo malo, entre espíritus perversos, sutiles y maliciosos, y tienen un corazón capaz de todo mal. Convencedlos de que toda la obra de la santificación no se obra de una vez, como ellos imaginaban; de que, cuando creen por primera vez, no son sino como niños recién nacidos, que han de crecer gradualmente, y que pueden esperar muchas tempestades antes de llegar a la plena estatura de Cristo. Sobre todo, instrúyaseles para que, cuando la tempestad caiga sobre ellos, no razonen con el diablo, sino que oren; que derramen sus almas delante de Dios y le manifiesten su angustia. Y estas son las personas a quienes principalmente hemos de aplicar las grandes y preciosas promesas; no a los ignorantes, mientras no se quite la ignorancia, y mucho menos al pecador impenitente. A estos podemos declarar con amplitud y con afecto la misericordia de Dios nuestro Salvador, extendernos sobre sus tiernas misericordias, que son perpetuas. Aquí podemos detenernos en la fidelidad de Dios, cuya «palabra es acendrada en sumo grado», y en la virtud de aquella sangre que fue derramada por nosotros para «limpiarnos de todo pecado»; y entonces Dios dará testimonio de su palabra y sacará sus almas de la angustia. Él dirá: «Levántate, resplandece; que ha venido tu luz, y la gloria del Señor ha nacido sobre ti». Sí, y esa luz, si andas humildemente y de cerca con Dios, «irá en aumento hasta que el día sea perfecto».

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