Sermones en diversas ocasiones
El nuevo nacimiento

Capítulo 46 · 27 min de lectura · 34 min de escucha

El nuevo nacimiento

Sermón 45

El nuevo nacimiento

«Os es necesario nacer otra vez».

Juan 3:7.

1. Si algunas doctrinas, dentro de todo el ámbito del cristianismo, pueden llamarse propiamente fundamentales, son sin duda estas dos: la doctrina de la justificación y la del nuevo nacimiento. La primera se refiere a aquella gran obra que Dios hace por nosotros al perdonar nuestros pecados; la segunda, a la gran obra que Dios hace en nosotros, al renovar nuestra naturaleza caída. En el orden del tiempo, ninguna de ellas precede a la otra: en el momento en que somos justificados por la gracia de Dios, mediante la redención que es en Jesús, somos también «nacidos del Espíritu»; pero en el orden del pensamiento, como suele decirse, la justificación precede al nuevo nacimiento. Concebimos primero que su ira ha sido apartada, y después que su Espíritu obra en nuestros corazones.

2. ¡De cuán grande importancia ha de ser, pues, para todo hijo de hombre, entender a fondo estas doctrinas fundamentales! Plenamente convencidos de ello, muchos hombres excelentes han escrito con gran extensión acerca de la justificación, explicando cada punto que se relaciona con ella y exponiendo las Escrituras que la tratan. Muchos también han escrito sobre el nuevo nacimiento, y algunos con bastante extensión; pero no con la claridad que hubiera sido de desear, ni con la profundidad y exactitud debidas, pues han dado de él o una explicación oscura y abstrusa, o una ligera y superficial. Por eso parece que todavía falta una explicación completa, y al mismo tiempo clara, del nuevo nacimiento; una que nos permita dar respuesta satisfactoria a estas tres preguntas: Primera, ¿por qué hemos de nacer otra vez? ¿Cuál es el fundamento de esta doctrina del nuevo nacimiento? Segunda, ¿cómo hemos de nacer otra vez? ¿Cuál es la naturaleza del nuevo nacimiento? Y tercera, ¿para qué hemos de nacer otra vez? ¿A qué fin es necesario? A estas preguntas, con la ayuda de Dios, responderé breve y llanamente; y luego añadiré algunas consecuencias que de ellas se siguen naturalmente.

I. 1. Y, en primer lugar, ¿por qué hemos de nacer otra vez? ¿Cuál es el fundamento de esta doctrina? Su fundamento está casi tan hondo como la creación del mundo, en cuyo relato bíblico leemos: «Y dijo Dios», el Dios trino y uno: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó» (Génesis 1:26, 27). No solamente a su imagen natural, como un retrato de su propia inmortalidad: un ser espiritual, dotado de entendimiento, de libre albedrío y de diversos afectos; ni tan solo a su imagen política, como gobernador de este mundo inferior, que tuviera «señorío sobre los peces del mar y sobre toda la tierra»; sino, principalmente, a su imagen moral, la cual, según el Apóstol, es «justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4:24). A esta imagen de Dios fue hecho el hombre. «Dios es amor»; y por consiguiente el hombre, en su creación, estaba lleno de amor, que era el único principio de todas sus disposiciones, pensamientos, palabras y acciones. Dios está lleno de justicia, de misericordia y de verdad; así lo estaba el hombre cuando salió de las manos de su Creador. Dios es pureza sin mancha; y así el hombre era en el principio puro de toda mancha de pecado; de otro modo Dios no habría podido declararlo, como a todas las demás obras de sus manos, «bueno en gran manera» (Génesis 1:31). No habría podido serlo si no hubiera sido puro de pecado y lleno de justicia y verdadera santidad. Porque no hay término medio: si suponemos que una criatura inteligente no ama a Dios, que no es justa ni santa, suponemos necesariamente que no es buena en absoluto; y mucho menos «buena en gran manera».

2. Pero, aunque el hombre fue hecho a la imagen de Dios, no fue hecho inmutable. Esto habría sido incompatible con el estado de prueba en que a Dios le plugo colocarlo. Fue creado, pues, capaz de mantenerse en pie, y sin embargo expuesto a caer. Y de esto Dios mismo le advirtió, y le dio una solemne amonestación contra ello. Con todo, el hombre no permaneció en honra: cayó de su alto estado. «Comió del árbol del cual el Señor le había mandado: No comerás de él». Por este acto voluntario de desobediencia a su Creador, por esta abierta rebelión contra su Soberano, declaró públicamente que ya no quería que Dios reinase sobre él; que quería gobernarse por su propia voluntad y no por la voluntad de Aquel que lo había creado; y que no buscaría su felicidad en Dios, sino en el mundo, en las obras de sus manos. Ahora bien, Dios le había dicho antes: «El día que comas» de aquel fruto, «ciertamente morirás». Y la palabra del Señor no puede ser quebrantada. Así pues, aquel día murió: murió para Dios, la más espantosa de todas las muertes. Perdió la vida de Dios: quedó separado de Aquel en cuya unión consistía su vida espiritual. El cuerpo muere cuando se separa del alma; el alma, cuando se separa de Dios. Y esta separación de Dios la sufrió Adán el mismo día, la misma hora en que comió del fruto prohibido. Y de ello dio prueba inmediata, mostrando en seguida por su conducta que el amor de Dios se había extinguido en su alma, la cual estaba ahora «ajena de la vida de Dios». En lugar de ese amor, se hallaba ahora bajo el poder de un temor servil, de modo que huyó de la presencia del Señor. Sí, tan poco conservaba aun del conocimiento de Aquel que llena el cielo y la tierra, que intentó «esconderse de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto» (Génesis 3:8). Había perdido así tanto el conocimiento como el amor de Dios, sin los cuales la imagen de Dios no podía subsistir. De esta, por tanto, quedó privado al mismo tiempo, y se volvió impío a la vez que desdichado. En su lugar, se había hundido en el orgullo y la voluntad propia, que son la misma imagen del diablo; y en apetitos y deseos sensuales, que son la imagen de las bestias que perecen.

3. Si se dice: «No, sino que aquella amenaza, “El día que de él comas, ciertamente morirás”, se refiere a la muerte temporal, y solo a ella, es decir, únicamente a la muerte del cuerpo», la respuesta es sencilla: afirmar esto es hacer a Dios mentiroso, de manera rotunda y palpable; es sostener que el Dios de verdad afirmó positivamente algo contrario a la verdad. Porque es evidente que Adán no murió en este sentido «el día que de él comió». Vivió, en el sentido opuesto a esta muerte, más de novecientos años después. De modo que esto no puede entenderse en manera alguna de la muerte del cuerpo sin poner en duda la veracidad de Dios. Ha de entenderse, pues, de la muerte espiritual, de la pérdida de la vida y de la imagen de Dios.

4. Y en Adán murieron todos: todo el género humano, todos los hijos de los hombres que estaban entonces en los lomos de Adán. La consecuencia natural de esto es que todo el que desciende de él viene al mundo espiritualmente muerto, muerto para Dios, enteramente muerto en el pecado; del todo vacío de la vida de Dios; vacío de la imagen de Dios, de toda aquella justicia y santidad en que Adán fue creado. En lugar de ello, todo hombre que nace ahora en el mundo lleva la imagen del diablo en el orgullo y la voluntad propia, y la imagen de la bestia en los apetitos y deseos sensuales. Este es, pues, el fundamento del nuevo nacimiento: la entera corrupción de nuestra naturaleza. De ahí que, habiendo nacido en pecado, nos sea necesario «nacer otra vez». De ahí que todo el que es nacido de mujer haya de nacer del Espíritu de Dios.

II. 1. Pero ¿cómo ha de nacer otra vez el hombre? ¿Cuál es la naturaleza del nuevo nacimiento? Esta es la segunda pregunta; y es una pregunta de la mayor trascendencia que pueda concebirse. No debemos, pues, en asunto de tanto peso, contentarnos con una indagación ligera, sino examinarla con todo el cuidado posible y meditarla en nuestro corazón, hasta que entendamos plenamente este punto tan importante y veamos con claridad cómo hemos de nacer otra vez.

2. No es que hayamos de esperar una explicación minuciosa y filosófica del modo en que esto se realiza. Nuestro Señor nos previene suficientemente contra semejante expectativa con las palabras que siguen inmediatamente al texto, donde recuerda a Nicodemo un hecho tan indiscutible como cualquiera de todo el ámbito de la naturaleza, que, no obstante, el hombre más sabio que hay bajo el sol no es capaz de explicar del todo. «El viento sopla de donde quiere», no por tu poder ni por tu sabiduría; «y oyes su sonido», estás absolutamente seguro, fuera de toda duda, de que sopla; «mas no sabes de dónde viene, ni adónde va»: el modo preciso en que comienza y acaba, se levanta y se calma, nadie lo puede decir. «Así es todo aquel que es nacido del Espíritu»: puedes estar tan absolutamente seguro del hecho como de que sopla el viento; pero el modo preciso en que se realiza, cómo obra esto el Espíritu Santo en el alma, ni tú ni el más sabio de los hijos de los hombres lo puede explicar.

3. Sin embargo, basta para todo propósito racional y cristiano que, sin descender a indagaciones curiosas y críticas, podamos dar una explicación sencilla y bíblica de la naturaleza del nuevo nacimiento. Esto satisfará a todo hombre razonable que no desea otra cosa que la salvación de su alma. La expresión «nacer otra vez» no la usó por primera vez nuestro Señor en su conversación con Nicodemo: era bien conocida antes de aquel tiempo, y estaba en uso común entre los judíos cuando nuestro Salvador apareció entre ellos. Cuando un pagano adulto se convencía de que la religión judía era de Dios y deseaba unirse a ella, era costumbre bautizarlo primero, antes de admitirlo a la circuncisión. Y cuando era bautizado, se decía que había nacido otra vez; con lo cual querían decir que el que antes era hijo del diablo había sido ahora adoptado en la familia de Dios y era contado como uno de sus hijos. Esta expresión, pues, que Nicodemo, siendo «maestro de Israel», debía haber entendido bien, es la que nuestro Señor emplea al conversar con él; solo que en un sentido más fuerte que aquel a que él estaba acostumbrado. Y esta pudo ser la razón por la que preguntó: «¿Cómo puede esto hacerse?». Literalmente no puede ser: un hombre no puede «entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer»; pero sí puede ser espiritualmente: un hombre puede nacer de lo alto, nacer de Dios, nacer del Espíritu, de una manera que guarda una analogía muy estrecha con el nacimiento natural.

4. Antes de que un niño nazca al mundo, tiene ojos, pero no ve; tiene oídos, pero no oye. Tiene un uso muy imperfecto de cualquier otro sentido. No tiene conocimiento de ninguna de las cosas del mundo, ni entendimiento natural alguno. A aquel modo de existencia que entonces tiene ni siquiera le damos el nombre de vida. Solo cuando un hombre nace decimos que comienza a vivir. Porque tan pronto como nace, comienza a ver la luz y los diversos objetos de que está rodeado. Sus oídos se abren entonces, y oye los sonidos que sucesivamente los hieren. Al mismo tiempo, todos los demás órganos de los sentidos comienzan a ejercitarse sobre sus objetos propios. Asimismo respira, y vive de una manera del todo diferente de como vivía antes. ¡Cuán exactamente se cumple el paralelo en todos estos casos! Mientras un hombre está en un estado meramente natural, antes de nacer de Dios, tiene, en sentido espiritual, ojos, y no ve; un velo espeso e impenetrable yace sobre ellos; tiene oídos, pero no oye; está completamente sordo a lo que más le importa oír. Sus demás sentidos espirituales están todos cerrados: se halla en la misma condición que si no los tuviera. Por eso no tiene conocimiento de Dios, ni trato con él; no lo conoce en absoluto. No tiene verdadero conocimiento de las cosas de Dios, ni de las cosas espirituales ni de las eternas; por tanto, aunque es un hombre vivo, es un cristiano muerto. Pero tan pronto como nace de Dios, hay un cambio total en todos estos particulares. «Los ojos de su entendimiento son abiertos» (tal es el lenguaje del gran Apóstol); y Aquel que antiguamente «mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, al resplandecer en su corazón, él ve la luz de la gloria de Dios», su glorioso amor, «en la faz de Jesucristo». Abiertos sus oídos, es ahora capaz de oír la voz interior de Dios que le dice: «Ten ánimo; tus pecados te son perdonados»; «vete, y no peques más». Este es el sentido de lo que Dios habla a su corazón, aunque quizá no con estas mismas palabras. Está ahora dispuesto a oír todo lo que «el que enseña al hombre la ciencia» tenga a bien revelarle de tiempo en tiempo. «Siente en su corazón», para usar el lenguaje de nuestra Iglesia, «la poderosa operación del Espíritu de Dios»; no en un sentido grosero y carnal, como los hombres del mundo, neciamente y a sabiendas, entienden mal la expresión, aunque se les ha dicho una y otra vez que con ella no queremos decir ni más ni menos que esto: siente, percibe interiormente, las gracias que el Espíritu de Dios obra en su corazón. Siente, tiene conciencia de, una «paz que sobrepuja todo entendimiento». Muchas veces siente en Dios un gozo «inefable y glorioso». Siente «el amor de Dios derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le es dado»; y todos sus sentidos espirituales se ejercitan entonces en discernir el bien y el mal espirituales. Mediante el uso de ellos crece de día en día en el conocimiento de Dios, de Jesucristo, a quien él ha enviado, y de todas las cosas que pertenecen a su reino interior. Y ahora puede decirse con propiedad que vive: habiéndolo vivificado Dios por su Espíritu, está vivo para Dios por medio de Jesucristo. Vive una vida que el mundo no conoce, una «vida que está escondida con Cristo en Dios». Dios está, por decirlo así, alentando continuamente sobre el alma, y su alma respira hacia Dios. La gracia desciende a su corazón, y la oración y la alabanza ascienden al cielo; y por este trato entre Dios y el hombre, por esta comunión con el Padre y con el Hijo, como por una especie de respiración espiritual, se sostiene la vida de Dios en el alma; y el hijo de Dios crece hasta que llega a «la plena medida de la estatura de Cristo».

5. De aquí se ve manifiestamente cuál es la naturaleza del nuevo nacimiento. Es aquel gran cambio que Dios obra en el alma cuando la trae a la vida; cuando la levanta de la muerte del pecado a la vida de la justicia. Es el cambio obrado en toda el alma por el Espíritu todopoderoso de Dios cuando es «creada de nuevo en Cristo Jesús»; cuando es «renovada conforme a la imagen de Dios, en justicia y santidad de la verdad»; cuando el amor del mundo se cambia en amor de Dios; el orgullo, en humildad; la pasión, en mansedumbre; el odio, la envidia y la malicia, en un amor sincero, tierno y desinteresado hacia todo el género humano. En una palabra, es aquel cambio por el cual la mente terrenal, animal y diabólica se convierte en el «sentir que hubo en Cristo Jesús». Esta es la naturaleza del nuevo nacimiento: «Así es todo aquel que es nacido del Espíritu».

III. 1. No es difícil, para quien haya considerado estas cosas, ver la necesidad del nuevo nacimiento y responder a la tercera pregunta: ¿Para qué, con qué fin, es necesario que nazcamos otra vez? Se discierne muy fácilmente que esto es necesario, en primer lugar, para la santidad. Porque ¿qué es la santidad según los oráculos de Dios? No una mera religión externa, una ronda de deberes exteriores, por muchos que sean y por exactamente que se cumplan. No: la santidad del evangelio no es nada menos que la imagen de Dios estampada en el corazón; no es otra cosa que todo el sentir que hubo en Cristo Jesús; consiste en todos los afectos y disposiciones celestiales mezclados en uno. Implica un amor tan continuo y agradecido a Aquel que no nos ha negado a su Hijo, su Hijo unigénito, que nos hace natural, y en cierto modo necesario, amar a todo hijo de hombre; que nos llena «de entrañas de misericordia, de benignidad, de mansedumbre, de longanimidad». Es un amor de Dios tal que nos enseña a ser irreprensibles en toda nuestra manera de vivir; que nos capacita para presentar nuestras almas y nuestros cuerpos, todo lo que somos y todo lo que tenemos, todos nuestros pensamientos, palabras y acciones, como un sacrificio continuo a Dios, aceptable por medio de Cristo Jesús. Ahora bien, esta santidad no puede existir hasta que seamos renovados en la imagen de nuestra mente. No puede comenzar en el alma hasta que se haya obrado ese cambio; hasta que, cubriéndonos con su sombra el poder del Altísimo, seamos «convertidos de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios»; es decir, hasta que nazcamos otra vez; lo cual, por tanto, es absolutamente necesario para la santidad.

2. Pero «sin la santidad nadie verá al Señor», nadie verá el rostro de Dios en la gloria. Por consiguiente, el nuevo nacimiento es absolutamente necesario para la salvación eterna. Los hombres pueden, en verdad, lisonjearse (¡tan desesperadamente perverso y tan engañoso es el corazón del hombre!) de que podrán vivir en sus pecados hasta el último aliento y, sin embargo, vivir después con Dios; y miles creen realmente que han hallado un camino ancho que no lleva a la perdición. «¿Qué peligro», dicen, «puede correr una mujer tan inofensiva y tan virtuosa? ¿Qué temor hay de que un hombre tan honrado, de tan estricta moralidad, se pierda el cielo; sobre todo si, además de todo esto, asisten con constancia a la iglesia y al sacramento?». Uno de estos preguntará con toda seguridad: «¡Cómo! ¿No me irá a mí tan bien como a mis vecinos?». Sí, tan bien como a vuestros vecinos impíos; ¡tan bien como a vuestros vecinos que mueren en sus pecados! ¡Porque todos caeréis juntos en el abismo, en lo más profundo del infierno! Todos yaceréis juntos en el lago de fuego, «el lago de fuego ardiendo en azufre». Entonces, al fin, veréis (¡pero Dios os conceda verlo antes!) la necesidad de la santidad para la gloria; y, por consiguiente, la del nuevo nacimiento, ya que nadie puede ser santo si no nace otra vez.

3. Por la misma razón, si no nace otra vez, nadie puede ser feliz ni aun en este mundo. Porque no es posible, en la naturaleza de las cosas, que sea feliz un hombre que no es santo. Aun el pobre poeta impío pudo decirnos: Nemo malus felix, «ningún malvado es feliz». La razón es clara: todas las disposiciones impías son disposiciones inquietas. No solo la malicia, el odio, la envidia, los celos y la venganza crean un infierno presente en el pecho, sino que aun las pasiones más suaves, si no se mantienen dentro de los debidos límites, dan mil veces más dolor que placer. Aun «la esperanza», cuando «se demora» (¡y cuán a menudo ha de suceder así!), «enferma el corazón»; y todo deseo que no es conforme a la voluntad de Dios puede «traspasarnos de muchos dolores». Y todas aquellas fuentes generales del pecado —el orgullo, la voluntad propia y la idolatría— son, en la misma proporción en que prevalecen, fuentes generales de miseria. Por tanto, mientras estas reinen en un alma, la felicidad no tiene allí lugar. Pero han de reinar hasta que se cambie la inclinación de nuestra naturaleza, es decir, hasta que nazcamos otra vez; por consiguiente, el nuevo nacimiento es absolutamente necesario para la felicidad en este mundo, así como en el venidero.

IV. Me propuse, en último lugar, añadir algunas consecuencias que se siguen naturalmente de las observaciones precedentes.

1. Y, en primer lugar, se sigue que el bautismo no es el nuevo nacimiento: no son una y la misma cosa. Muchos, ciertamente, parecen imaginar que son exactamente lo mismo; al menos hablan como si así lo pensaran; pero no sé que esta opinión sea profesada públicamente por ninguna denominación cristiana, sea cual fuere. Ciertamente no lo es por ninguna de las que hay en estos reinos, ya pertenezcan a la Iglesia establecida, ya disientan de ella. El juicio de los segundos está claramente declarado en el Catecismo Mayor: [P. 163, 165. — Ed.] — P. «¿Cuáles son las partes de un sacramento? R. Las partes de un sacramento son dos: la una, un signo exterior y sensible; la otra, una gracia interior y espiritual, significada por él. — P. ¿Qué es el bautismo? R. El bautismo es un sacramento en el cual Cristo ha ordenado el lavamiento con agua, para que sea signo y sello de la regeneración por su Espíritu». Aquí es manifiesto que se habla del bautismo, el signo, como de algo distinto de la regeneración, la cosa significada.

En el Catecismo de la Iglesia, igualmente, el juicio de nuestra Iglesia está declarado con la mayor claridad: «¿Qué entiendes por esta palabra, sacramento? R. Entiendo un signo exterior y visible de una gracia interior y espiritual. P. ¿Cuál es la parte exterior, o forma, en el bautismo? R. El agua, en la cual la persona es bautizada en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. P. ¿Cuál es la parte interior, o cosa significada? R. Una muerte al pecado y un nuevo nacimiento a la justicia». Nada, pues, es más claro que esto: que, según la Iglesia de Inglaterra, el bautismo no es el nuevo nacimiento.

Pero, en verdad, la razón misma de la cosa es tan clara y evidente que no necesita ninguna otra autoridad. Porque ¿qué puede haber más claro que el que uno es una cosa visible y el otro una invisible, y por tanto enteramente diferentes entre sí? El uno es un acto del hombre, que purifica el cuerpo; el otro, un cambio obrado por Dios en el alma; de modo que el primero se distingue del segundo tanto como el alma del cuerpo, o el agua del Espíritu Santo.

2. De las reflexiones precedentes podemos observar, en segundo lugar, que, así como el nuevo nacimiento no es lo mismo que el bautismo, tampoco acompaña siempre al bautismo: no van siempre juntos. Un hombre puede quizá haber «nacido de agua», y sin embargo no haber «nacido del Espíritu». Puede haber a veces el signo exterior donde no está la gracia interior. No hablo ahora de los niños: es cierto que nuestra Iglesia supone que todos los que son bautizados en su infancia nacen otra vez al mismo tiempo; y se admite que todo el Oficio del Bautismo de Niños procede sobre esta suposición. Ni es objeción de peso alguno contra ello que no podamos comprender cómo puede obrarse esta obra en los niños; porque tampoco podemos comprender cómo se obra en una persona de edad más madura. Pero, sea lo que fuere de los niños, es seguro que no todos los de edad madura que son bautizados nacen otra vez al mismo tiempo. «Por el fruto se conoce el árbol»; y por ello se ve, demasiado claramente para que pueda negarse, que varios de los que eran hijos del diablo antes de ser bautizados siguen siendo lo mismo después del bautismo, «porque las obras de su padre hacen»: siguen siendo siervos del pecado, sin pretensión alguna de santidad, ni interior ni exterior.

3. Una tercera consecuencia que podemos sacar de lo que se ha observado es que el nuevo nacimiento no es lo mismo que la santificación. Esto, en verdad, lo dan muchos por supuesto; particularmente un escritor eminente, en su reciente tratado sobre «La naturaleza y los fundamentos de la regeneración cristiana». Por no mencionar otras varias objeciones de peso que podrían hacerse a ese escrito, he aquí una palpable: habla de principio a fin de la regeneración como de una obra progresiva, llevada adelante en el alma por grados lentos, desde el momento en que nos volvemos por primera vez a Dios. Esto es innegablemente cierto de la santificación; pero de la regeneración, del nuevo nacimiento, no es cierto. Este es una parte de la santificación, no el todo; es la puerta de ella, la entrada a ella. Cuando nacemos otra vez, entonces comienza nuestra santificación, nuestra santidad interior y exterior; y desde entonces hemos de «crecer» gradualmente «en aquel que es nuestra Cabeza». Esta expresión del Apóstol ilustra admirablemente la diferencia entre lo uno y lo otro, y señala además la exacta analogía que hay entre las cosas naturales y las espirituales. Un niño nace de mujer en un momento, o por lo menos en muy breve tiempo; después crece gradual y lentamente hasta alcanzar la estatura de un hombre. Del mismo modo, un hijo nace de Dios en breve tiempo, si no en un momento; pero es por grados lentos como después crece hasta la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. La misma relación, pues, que hay entre nuestro nacimiento natural y nuestro crecimiento, la hay también entre nuestro nuevo nacimiento y nuestra santificación.

4. Un punto más podemos aprender de las observaciones precedentes. Pero es un punto de tan grande importancia que bien puede excusar que lo consideremos con más cuidado y lo prosigamos con alguna extensión. ¿Qué ha de decir quien ama las almas de los hombres y se aflige de que alguna de ellas perezca, a uno a quien ve viviendo en la profanación del día de reposo, en la embriaguez o en cualquier otro pecado voluntario? ¿Qué puede decirle, si las observaciones anteriores son verdaderas, sino «Te es necesario nacer otra vez»? «No», dice un hombre celoso, «eso no puede ser. ¿Cómo puedes hablarle a ese hombre con tan poca caridad? ¿No ha sido ya bautizado? Ahora no puede nacer otra vez». ¿Que no puede nacer otra vez? ¿Afirmas tú esto? Entonces no puede ser salvo. Aunque sea tan viejo como lo era Nicodemo, sin embargo, «si no nace otra vez, no puede ver el reino de Dios». Por tanto, al decir «No puede nacer otra vez», lo entregas de hecho a la condenación. ¿Y de qué lado está ahora la falta de caridad: del mío o del tuyo? Yo digo que puede nacer otra vez, y llegar así a ser heredero de la salvación. Tú dices: «No puede nacer otra vez»; y si es así, ¡ha de perecer irremediablemente! ¡De modo que le cierras por completo el camino de la salvación y lo envías al infierno por pura caridad!

Pero quizá al pecador mismo, a quien con verdadera caridad decimos «Te es necesario nacer otra vez», le han enseñado a responder: «Desafío esa nueva doctrina vuestra; no necesito nacer otra vez: nací otra vez cuando fui bautizado. ¡Cómo! ¿Queréis que niegue mi bautismo?». Respondo, en primer lugar: nada hay debajo del cielo que pueda excusar una mentira; de otro modo, diría a un pecador declarado: Si has sido bautizado, no lo confieses. ¡Porque cuánto agrava eso tu culpa! ¡Cuánto aumentará tu condenación! ¿Fuiste consagrado a Dios a los ocho días de nacido, y has estado todos estos años consagrándote al diablo? ¿Fuiste, aun antes de tener uso de razón, consagrado a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo? ¿Y has estado, desde que tienes uso de ella, desafiando a Dios en su cara y consagrándote a Satanás? ¿Está la abominación desoladora —el amor del mundo, el orgullo, la ira, la lujuria, los deseos necios y todo un séquito de viles afectos— donde no debe estar? ¿Has erigido todas las cosas malditas en aquella alma que fue una vez templo del Espíritu Santo; apartada para «morada de Dios en el Espíritu»; sí, solemnemente entregada a él? ¿Y te glorías de esto, de que una vez perteneciste a Dios? ¡Oh, avergüénzate! ¡Sonrójate! ¡Escóndete en la tierra! No te jactes más de lo que debería llenarte de confusión y hacerte avergonzar delante de Dios y de los hombres. Respondo, en segundo lugar: ya has negado tu bautismo, y de la manera más eficaz. Lo has negado mil y mil veces, y lo sigues negando día tras día. Porque en tu bautismo renunciaste al diablo y a todas sus obras. Siempre, pues, que vuelves a darle lugar, siempre que haces alguna de las obras del diablo, niegas tu bautismo. Lo niegas, por tanto, con cada pecado voluntario; con cada acto de impureza, de embriaguez o de venganza; con cada palabra obscena o profana; con cada juramento que sale de tu boca. Cada vez que profanas el día del Señor, niegas con ello tu bautismo; sí, cada vez que haces a otro algo que no querrías que él te hiciera a ti. Respondo, en tercer lugar: seas bautizado o no lo seas, «te es necesario nacer otra vez»; de otro modo no es posible que seas santo interiormente; y sin santidad interior tanto como exterior no puedes ser feliz, ni aun en este mundo, y mucho menos en el venidero. ¿Dices: «No, pero yo no hago mal a nadie; soy honrado y justo en todos mis tratos; no maldigo ni tomo en vano el nombre del Señor; no profano el día del Señor; no soy borracho; no calumnio a mi prójimo, ni vivo en ningún pecado voluntario»? Si así es, sería muy de desear que todos los hombres llegaran tan lejos como tú. Pero has de ir más lejos todavía, o no puedes ser salvo: aun así, «te es necesario nacer otra vez». ¿Añades: «Sí que voy más lejos; porque no solo no hago mal, sino que hago todo el bien que puedo»? Dudo de ese hecho; temo que has tenido mil ocasiones de hacer el bien que has dejado pasar sin aprovecharlas, y de las cuales, por tanto, eres responsable ante Dios. Pero, aunque las hubieras aprovechado todas, aunque realmente hubieras hecho todo el bien que te fuera posible a todos los hombres, esto no altera en nada el caso; aun así, «te es necesario nacer otra vez». Sin esto, nada hará bien alguno a tu pobre alma, pecadora y contaminada. «No, pero yo asisto con constancia a todas las ordenanzas de Dios: soy fiel a mi iglesia y al sacramento». Bien haces; pero todo esto no te librará del infierno si no naces otra vez. Ve a la iglesia dos veces al día; ve a la mesa del Señor cada semana; di cuantas oraciones quieras en privado; oye cuantos buenos sermones quieras; lee cuantos buenos libros quieras; aun así, «te es necesario nacer otra vez». Ninguna de estas cosas ocupará el lugar del nuevo nacimiento; no, ni ninguna otra cosa debajo del cielo. Sea, pues, esta tu oración continua, si no has experimentado todavía esta obra interior de Dios: «¡Señor, añade esto a todas tus bendiciones: que yo nazca otra vez! Niégame lo que te plazca, pero no me niegues esto; ¡que yo “nazca de lo alto”! Quítame lo que bien te parezca —reputación, fortuna, amigos, salud—; dame solamente esto: nacer del Espíritu, ser recibido entre los hijos de Dios. Que yo nazca “no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre”; ¡y luego que crezca cada día “en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”!».

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