Capítulo 45 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
El pecado original
Sermón 44
El pecado original
«Y vio Dios que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos de su corazón era de continuo solamente el mal».
Génesis 6:5.
1. ¡Cuán diferente es esto de los hermosos retratos de la naturaleza humana que los hombres han pintado en todas las épocas! Los escritos de muchos de los antiguos abundan en vistosas descripciones de la dignidad del hombre, a quien algunos de ellos pintan como si tuviera en su constitución toda virtud y felicidad, o al menos enteramente en su poder, sin deber nada a ningún otro ser; más aún, como bastándose a sí mismo, capaz de vivir de su propio caudal y apenas inferior a Dios mismo.
2. Y no solo los paganos, hombres que en sus investigaciones no se guían por mucho más que la tenue luz de la razón, sino también muchos de los que llevan el nombre de Cristo y a quienes han sido confiados los oráculos de Dios, han hablado con igual magnificencia de la naturaleza del hombre, como si toda ella fuera inocencia y perfección. Relatos de esta clase han abundado particularmente en el presente siglo, y quizá en ninguna parte del mundo más que en nuestro propio país. Aquí no pocas personas de gran entendimiento, y también de vasta erudición, han empleado toda su capacidad en mostrar lo que ellas llamaban «el lado hermoso de la naturaleza humana». Y hay que reconocer que, si sus relatos acerca de él son justos, el hombre sigue siendo apenas «un poco menor que los ángeles»; o, como pueden traducirse más literalmente las palabras, «un poco menor que Dios».
3. ¿Es de extrañar que estos relatos sean muy fácilmente recibidos por la generalidad de los hombres? Porque ¿quién no se deja persuadir fácilmente a pensar bien de sí mismo? Por consiguiente, los escritores de esta clase son casi universalmente leídos, admirados y aplaudidos. E innumerables son los convertidos que han hecho, no solo en el mundo elegante, sino también en el docto. De modo que ahora está enteramente fuera de moda hablar de otra manera, decir cosa alguna en menosprecio de la naturaleza humana, la cual, según se concede generalmente, a pesar de algunas flaquezas, ¡es muy inocente, y sabia, y virtuosa!
4. Pero, entretanto, ¿qué hemos de hacer con nuestras Biblias? —porque nunca concordarán con esto. Estos relatos, por agradables que sean a la carne y la sangre, son del todo irreconciliables con el de las Escrituras. La Escritura afirma que «por la desobediencia de un hombre todos los hombres fueron constituidos pecadores»; que «en Adán todos murieron», murieron espiritualmente, perdieron la vida y la imagen de Dios; que Adán, caído y pecador, «engendró entonces un hijo a su semejanza» —ni era posible que lo engendrase de otra manera, porque «¿quién hará limpio de inmundo?»—; que, en consecuencia, nosotros, lo mismo que los demás hombres, estábamos por naturaleza «muertos en delitos y pecados», «sin esperanza y sin Dios en el mundo», y por tanto éramos «hijos de ira»; que todo hombre puede decir: «En maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre»; que «no hay diferencia», por cuanto «todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios», de aquella gloriosa imagen de Dios en la cual el hombre fue creado en el principio. Y de ahí que, cuando «el Señor miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, vio que todos se habían desviado; a una se habían hecho abominables; no había justo, ni aun uno», ninguno que buscara de veras a Dios. Lo cual concuerda bien con lo que el Espíritu Santo declara en las palabras arriba citadas: «Vio Dios», cuando miró antes desde el cielo, «que la maldad de los hombres era mucha en la tierra»; tan grande, que «todo designio de los pensamientos de su corazón era de continuo solamente el mal».
Este es el relato que Dios hace del hombre. De él tomaré ocasión, primero, para mostrar lo que eran los hombres antes del diluvio; segundo, para inquirir si no son los mismos ahora; y, tercero, para añadir algunas consecuencias.
I. 1. He de mostrar, primero, abriendo las palabras del texto, lo que eran los hombres antes del diluvio. Y podemos fiarnos plenamente del relato que aquí se da, porque Dios lo vio, y él no puede ser engañado. Él «vio que la maldad de los hombres era mucha»: no de este o aquel hombre; no de unos pocos hombres solamente; no meramente de la mayor parte, sino del hombre en general, de los hombres universalmente. La palabra incluye a todo el género humano, a todo participante de la naturaleza humana. Y no nos es fácil calcular su número, decir cuántos miles y millones eran. La tierra conservaba entonces mucho de su belleza primitiva y de su fertilidad original. La faz del globo no estaba rasgada y desgarrada como lo está ahora, y la primavera y el verano iban de la mano. Es, pues, probable que diera sustento a muchos más habitantes de los que ahora es capaz de sostener; y estos debieron de multiplicarse inmensamente, mientras los hombres engendraban hijos e hijas durante setecientos u ochocientos años seguidos. Sin embargo, entre todo este número inconcebible, solo «Noé halló gracia ante Dios». Él solo (quizá con parte de su casa) fue una excepción a la maldad universal, que, por el justo juicio de Dios, trajo poco tiempo después la destrucción universal. Todos los demás fueron partícipes de la misma culpa, como lo fueron del mismo castigo.
2. «Vio Dios todos los designios de los pensamientos de su corazón»: de su alma, de su hombre interior, del espíritu que hay en él, del principio de todos sus movimientos interiores y exteriores. «Vio todos los designios»: no es posible hallar una palabra de significado más amplio. Incluye todo cuanto se forma, se hace, se fabrica dentro; todo lo que hay o pasa en el alma; toda inclinación, afecto, pasión, apetito; toda disposición, intento, pensamiento. Por consiguiente, ha de incluir toda palabra y acción, puesto que fluyen naturalmente de estas fuentes y son buenas o malas según la fuente de la cual cada una fluye.
3. Ahora bien, Dios vio que todo esto, la totalidad de ello, era malo: contrario a la rectitud moral; contrario a la naturaleza de Dios, que necesariamente incluye todo bien; contrario a la voluntad divina, la norma eterna del bien y del mal; contrario a la pura y santa imagen de Dios en la cual el hombre fue creado en el principio, y en la cual se hallaba cuando Dios, contemplando las obras de sus manos, vio que todas eran buenas en gran manera; contrario a la justicia, la misericordia y la verdad, y a las relaciones esenciales que cada hombre guardaba con su Creador y con sus semejantes.
4. Pero ¿no había algo de bien mezclado con el mal? ¿No había luz entremezclada con las tinieblas? No; ninguna en absoluto: «Vio Dios que todo designio del corazón del hombre era solamente el mal». No puede negarse, en verdad, que muchos de ellos, quizá todos, tuvieran buenos movimientos puestos en su corazón; porque el Espíritu de Dios también entonces «contendía con el hombre», por si acaso se arrepentía, más especialmente durante aquella misericordiosa prórroga, los ciento veinte años mientras se preparaba el arca. Pero aun así, «en su carne no moraba el bien»; toda su naturaleza era puramente mala: era del todo coherente consigo misma, y sin mezcla de nada de naturaleza contraria.
5. Con todo, aún puede preguntarse: «¿No había intermisión de este mal? ¿No había intervalos de lucidez en los que pudiera hallarse algo bueno en el corazón del hombre?». No hemos de considerar aquí lo que la gracia de Dios pudiera obrar ocasionalmente en su alma; y, prescindiendo de esto, no tenemos razón para creer que hubiera intermisión alguna de aquel mal. Porque Dios, que «vio que todo designio de los pensamientos de su corazón era solamente el mal», vio asimismo que era siempre el mismo, que «era solamente el mal de continuo»; cada año, cada día, cada hora, cada momento. Nunca se desvió hacia el bien.
II. Tal es el relato auténtico de todo el género humano que Aquel que sabe lo que hay en el hombre, que escudriña el corazón y prueba los riñones, ha dejado escrito para nuestra instrucción. Tales eran todos los hombres antes de que Dios trajera el diluvio sobre la tierra. Hemos de inquirir, en segundo lugar, si son los mismos ahora.
1. Y esto es cierto: la Escritura no nos da razón alguna para pensar otra cosa de ellos. Al contrario, todos los pasajes de la Escritura arriba citados se refieren a los que vivieron después del diluvio. Fue más de mil años después cuando Dios declaró por medio de David acerca de los hijos de los hombres: «Todos se desviaron» del camino de la verdad y de la santidad; «no hay justo, ni aun uno». Y de esto dan testimonio todos los profetas, en sus diversas generaciones. Así Isaías, acerca del pueblo peculiar de Dios (y ciertamente los paganos no estaban en mejor condición): «Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga». El mismo relato dan todos los apóstoles; sí, todo el tenor de los oráculos de Dios. De todos ellos aprendemos, acerca del hombre en su estado natural, sin la ayuda de la gracia de Dios, que «todo designio de los pensamientos de su corazón es» todavía «el mal, solamente el mal», y eso «de continuo».
2. Y este relato del estado presente del hombre lo confirma la experiencia diaria. Es verdad que el hombre natural no lo percibe, y no es de extrañar. Mientras un hombre nacido ciego sigue así, apenas siente lo que le falta; mucho menos, si pudiéramos suponer un lugar donde todos nacieran sin vista, sentirían ellos la falta de ella. De la misma manera, mientras los hombres permanecen en su ceguera natural de entendimiento, no sienten sus necesidades espirituales, y esta en particular. Pero tan pronto como Dios abre los ojos de su entendimiento, ven el estado en que antes estaban; quedan entonces profundamente convencidos de que «todo hombre que vive», y ellos especialmente, es por naturaleza «completa vanidad»; es decir, necedad e ignorancia, pecado y maldad.
3. Vemos, cuando Dios abre nuestros ojos, que antes estábamos atheoi en toi kosmoi, sin Dios, o más bien ateos en el mundo. No teníamos, por naturaleza, ningún conocimiento de Dios, ningún trato con él. Es verdad que, tan pronto como llegamos al uso de razón, aprendimos las cosas invisibles de Dios, aun su eterno poder y deidad, por las cosas que son hechas. De las cosas que se ven inferimos la existencia de un Ser eterno y poderoso que no se ve. Pero aun así, aunque reconocíamos su existencia, no teníamos trato con él. Como sabemos que hay un emperador de la China, a quien sin embargo no conocemos, así sabíamos que había un Rey de toda la tierra, y con todo no lo conocíamos. En verdad, no podíamos conocerlo por ninguna de nuestras facultades naturales. Por ninguna de ellas podíamos alcanzar el conocimiento de Dios. No podíamos percibirlo con nuestro entendimiento natural más de lo que podíamos verlo con nuestros ojos. Porque nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiere revelar. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre lo revela.
4. Leemos de un rey antiguo que, deseando saber cuál era el lenguaje natural de los hombres, para llevar el asunto a una conclusión cierta, hizo el siguiente experimento: mandó que dos niños, tan pronto como nacieran, fueran llevados a un lugar preparado para ellos, donde se criaron sin instrucción alguna y sin oír jamás una voz humana. ¿Y cuál fue el resultado? Pues que, cuando al fin fueron sacados de su encierro, no hablaban lengua alguna; solo emitían sonidos inarticulados, como los de los demás animales. Si dos niños fueran criados de igual manera desde el vientre sin ser instruidos en religión alguna, hay poco lugar para dudar de que (a menos que interviniera la gracia de Dios) el resultado sería exactamente el mismo. No tendrían religión alguna: no tendrían más conocimiento de Dios que las bestias del campo, que el pollino del asno montés. ¡Tal es la religión natural, prescindiendo de la tradicional y de las influencias del Espíritu de Dios!
5. Y, no teniendo conocimiento, no podemos tener amor a Dios: no podemos amar a aquel a quien no conocemos. La mayoría de los hombres hablan, en verdad, de amar a Dios, y quizá se imaginan que lo aman; al menos, pocos reconocerán que no lo aman. Pero el hecho es demasiado claro para negarse. Ningún hombre ama a Dios por naturaleza, como no ama una piedra o la tierra que pisa. En lo que amamos nos deleitamos; pero ningún hombre tiene naturalmente deleite alguno en Dios. En nuestro estado natural no podemos concebir cómo alguien pueda deleitarse en él. No hallamos en él placer alguno; nos es del todo insípido. ¡Amar a Dios! Eso está muy por encima, fuera de nuestra vista. No podemos, naturalmente, alcanzarlo.
6. Por naturaleza no tenemos solo falta de amor, sino también de temor de Dios. Se concede, ciertamente, que la mayoría de los hombres tienen, tarde o temprano, una especie de temor insensato e irracional, llamado propiamente superstición, aunque los torpes epicúreos le dieron el nombre de religión. Sin embargo, ni aun esto es natural, sino adquirido, principalmente por el trato o por el ejemplo. Por naturaleza, Dios no está en ninguno de nuestros pensamientos: lo dejamos que maneje sus propios asuntos, que se siente tranquilo, según imaginamos, en el cielo, y que nos deje a nosotros en la tierra manejar los nuestros; de modo que no tenemos más temor de Dios delante de nuestros ojos que amor de Dios en nuestros corazones.
7. Así son todos los hombres «ateos en el mundo». Pero el ateísmo mismo no nos protege de la idolatría. En su estado natural, todo hombre nacido en el mundo es un idólatra consumado. Quizá, en verdad, no lo seamos en el sentido vulgar de la palabra. No adoramos, como los paganos idólatras, imágenes de fundición o de talla. No nos inclinamos ante el tronco de un árbol, ante la obra de nuestras propias manos. No oramos a los ángeles o a los santos del cielo, como tampoco a los santos que están en la tierra. Pero ¿qué importa? Hemos levantado nuestros ídolos en nuestro corazón, y ante ellos nos inclinamos y los adoramos. Nos adoramos a nosotros mismos cuando nos tributamos aquella honra que solo se debe a Dios. Por tanto, todo orgullo es idolatría: es atribuirnos a nosotros mismos lo que solo a Dios se debe. Y aunque el orgullo no fue hecho para el hombre, ¿dónde está el hombre que nazca sin él? Pero con ello robamos a Dios su derecho inalienable y usurpamos idólatramente su gloria.
8. Mas el orgullo no es la única clase de idolatría de que todos somos culpables por naturaleza. Satanás ha estampado su propia imagen en nuestro corazón también en la voluntad propia. «Subiré», dijo él antes de ser echado del cielo, «me sentaré a los lados del norte»; haré mi propia voluntad y placer, independientemente de la de mi Creador. Lo mismo dice todo hombre nacido en el mundo, y eso en mil casos; más aún, y lo confiesa abiertamente, sin sonrojarse jamás por ello, sin temor ni vergüenza. Pregunta al hombre: «¿Por qué hiciste esto?»; y responde: «Porque me dio la gana». ¿Qué es esto sino «porque era mi voluntad»?; es decir, en efecto, porque el diablo y yo estábamos de acuerdo; porque Satanás y yo gobernamos nuestras acciones por un mismo principio. La voluntad de Dios, entretanto, no está en sus pensamientos, no se considera en el menor grado; aunque sea la regla suprema de toda criatura inteligente, ya en el cielo, ya en la tierra, y resulte de la relación esencial e inalterable que todas las criaturas guardan con su Creador.
9. Hasta aquí llevamos la imagen del diablo y andamos en sus pisadas. Pero en el paso siguiente dejamos atrás a Satanás; caemos en una idolatría de la cual él no es culpable: me refiero al amor del mundo, que ahora es tan natural a todo hombre como amar su propia voluntad. ¿Qué cosa nos es más natural que buscar la felicidad en la criatura en lugar del Creador?, ¿buscar en las obras de sus manos aquella satisfacción que solo puede hallarse en Dios? ¿Qué más natural que «los deseos de la carne», es decir, el placer de los sentidos en toda clase? Los hombres, en verdad, hablan con magnificencia de despreciar estos placeres bajos, particularmente los hombres de letras y de buena educación. Fingen estar desprendidos de la satisfacción de esos apetitos en los que se hallan al mismo nivel que las bestias que perecen. Pero es pura afectación, porque todo hombre tiene conciencia de que, en este respecto, es por naturaleza una verdadera bestia. Los apetitos sensuales, aun los de la clase más baja, tienen, más o menos, dominio sobre él. Lo llevan cautivo; lo arrastran de acá para allá, a pesar de su jactanciosa razón. El hombre, con toda su cortesía y demás prendas, no tiene preeminencia sobre el macho cabrío; más aún, es muy dudoso que la bestia no tenga la preeminencia sobre él. Ciertamente la tiene, si hemos de escuchar a uno de sus oráculos modernos, que con mucha decencia nos dice:
una vez en la estación, también las bestias gustan del amor;
solo la bestia de razón es su esclava,
y en esa locura se afana todo el año.
Hay que reconocer, en verdad, que existe una diferencia considerable entre hombre y hombre, que nace (además de la que obra la gracia preveniente) de la diferencia de constitución y de educación. Pero, no obstante esto, ¿quién que no se ignore por completo a sí mismo puede aquí arrojar la primera piedra contra otro? ¿Quién puede resistir la prueba del comentario de nuestro bendito Señor sobre el séptimo mandamiento: «El que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón»? De modo que uno no sabe qué admirar más, si la ignorancia o la insolencia de aquellos hombres que hablan con tal desdén de los que son vencidos por deseos que todo hombre ha sentido en su propio pecho; pues el deseo de todo placer de los sentidos, inocente o no, es natural a todo hijo de hombre.
10. Y lo mismo «los deseos de los ojos», el deseo de los placeres de la imaginación. Estos nacen de objetos grandes, o hermosos, o insólitos; si es que los dos primeros no coinciden con el último; porque quizá se vería, tras una diligente indagación, que ni los objetos grandiosos ni los hermosos agradan más tiempo del que son nuevos; que, cuando ha pasado su novedad, pasa también, al menos, la mayor parte del placer que dan; y que en la misma proporción en que se vuelven familiares, se vuelven sosos e insípidos. Pero, por más que lo experimentemos una y otra vez, el mismo deseo permanecerá todavía. La sed innata sigue fija en el alma; más aún, cuanto más se la complace, más crece, y nos incita a ir tras otro objeto, y otro más, aunque dejemos cada uno con una esperanza malograda y una expectativa burlada. Sí,
el viejo necio, que muchos días
ha luchado con continuo dolor,
renueva su esperanza, y neciamente pone
su apuesta desesperada en el mañana.
¡Llega el mañana! ¡Es mediodía! ¡Es de noche!
Este día, como todos los pasados, vuela:
y aun así sigue adelante, buscando el deleite
mañana, ¡hasta que esta noche muere!
11. Un tercer síntoma de esta enfermedad mortal, el amor del mundo, tan profundamente arraigado en nuestra naturaleza, es «la soberbia de la vida»: el deseo de alabanza, de la honra que viene de los hombres. Este, aun los mayores admiradores de la naturaleza humana conceden que es estrictamente natural; tan natural como la vista, o el oído, o cualquier otro de los sentidos externos. ¿Y se avergüenzan de ello aun los hombres de letras, los hombres de entendimiento refinado y cultivado? ¡Tan lejos están de ello que se glorían en él! ¡Se aplauden a sí mismos por su amor al aplauso! Sí, cristianos eminentes, así llamados, no tienen reparo en adoptar el dicho del antiguo y vano pagano: Animi dissoluti est et nequam negligere quid de se homines sentiant: «No hacer caso de lo que los hombres piensan de nosotros es señal de un ánimo perverso y disoluto». De modo que pasar sereno e impasible por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama, es para ellos señal de alguien que, en verdad, no merece vivir: «¡Quita de la tierra a un tal hombre!». Pero ¿quién imaginaría que estos hombres hubieran oído jamás de Jesucristo o de sus apóstoles, o que supieran quién fue el que dijo: «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?». Pero si esto es realmente así, si es imposible creer, y por consiguiente agradar a Dios, mientras recibimos o buscamos honra los unos de los otros y no buscamos la honra que viene solo de Dios, ¡en qué condición está todo el género humano!, ¡los cristianos lo mismo que los paganos!, ¡puesto que todos buscan honra los unos de los otros!, ¡puesto que les es tan natural hacerlo, a juicio de ellos mismos, como ver la luz que hiere sus ojos u oír el sonido que entra en su oído!; ¡más aún, puesto que tienen por señal de un ánimo virtuoso buscar la alabanza de los hombres, y de uno vicioso contentarse con la honra que viene solo de Dios!
III. 1. Paso a sacar algunas consecuencias de lo dicho. Y, primero, de aquí podemos aprender una gran diferencia fundamental entre el cristianismo, considerado como sistema de doctrinas, y el paganismo más refinado. Muchos de los antiguos paganos han descrito extensamente los vicios de hombres particulares. Han hablado mucho contra su avaricia o crueldad, su lujo o prodigalidad. Algunos se han atrevido a decir que «ningún hombre nace sin vicios de una u otra clase». Pero aun así, como ninguno de ellos tenía noticia de la caída del hombre, así ninguno de ellos conocía su corrupción total. No sabían que todos los hombres estaban vacíos de todo bien y llenos de toda clase de mal. Ignoraban por completo la entera depravación de toda la naturaleza humana, de todo hombre nacido en el mundo, en toda facultad de su alma, no tanto por aquellos vicios particulares que reinan en personas particulares, cuanto por el diluvio general de ateísmo e idolatría, de orgullo, voluntad propia y amor del mundo. Este es, pues, el primer gran punto que distingue el paganismo del cristianismo. El uno reconoce que muchos hombres están infectados de muchos vicios, y aun que nacen con propensión a ellos; pero supone a la vez que en algunos el bien natural sobrepasa con mucho al mal. El otro declara que todos los hombres son concebidos en pecado» y «formados en maldad»; que de ahí hay en todo hombre una «mente carnal, que es enemistad contra Dios, que no se sujeta, ni tampoco puede, a» su «ley»; y que de tal modo infecta toda el alma, que «no mora en» él, «en su carne», en su estado natural, «el bien»; sino que «todo designio de los pensamientos de su corazón es el mal», solamente el mal, y eso «de continuo».
2. De aquí podemos aprender, en segundo lugar, que todos los que niegan esto, llámese pecado original o con cualquier otro nombre, no son sino paganos todavía en el punto fundamental que distingue el paganismo del cristianismo. Pueden, en verdad, conceder que los hombres tienen muchos vicios; que algunos nacen con nosotros; y que, por consiguiente, no nacemos del todo tan sabios ni tan virtuosos como deberíamos; pues hay pocos que se atrevan a afirmar rotundamente: «Nacemos con tanta propensión al bien como al mal, y todo hombre es por naturaleza tan virtuoso y sabio como lo era Adán en su creación». Pero aquí está el shibolet: ¿Está el hombre por naturaleza lleno de toda clase de mal? ¿Está vacío de todo bien? ¿Está enteramente caído? ¿Está su alma totalmente corrompida? O, para volver al texto, ¿es «todo designio de los pensamientos de su corazón de continuo solamente el mal»? Concededlo, y hasta ahí sois cristianos. Negadlo, y no sois sino paganos todavía.
3. Podemos aprender de aquí, en tercer lugar, cuál es la naturaleza propia de la religión, de la religión de Jesucristo. Es therapeia psyches, el método de Dios para sanar un alma así enferma. Por ella el gran Médico de las almas aplica remedios para curar esta enfermedad, para restaurar la naturaleza humana, totalmente corrompida en todas sus facultades. Dios sana todo nuestro ateísmo por el conocimiento de sí mismo y de Jesucristo, a quien ha enviado; dándonos la fe, una evidencia y convicción divina de Dios y de las cosas de Dios —en particular, de esta importante verdad: «Cristo me amó» —y se entregó a sí mismo por mí». Por el arrepentimiento y la humildad de corazón se sana la enfermedad mortal del orgullo; la de la voluntad propia, por la resignación, una sumisión mansa y agradecida a la voluntad de Dios; y para el amor del mundo en todas sus ramas, el amor de Dios es el remedio soberano. Ahora bien, esto es propiamente la religión: «la fe» que así «obra por el amor»; que obra la verdadera y mansa humildad, la entera muerte al mundo, con una amorosa y agradecida aquiescencia y conformidad a toda la voluntad y palabra de Dios.
4. En verdad, si el hombre no estuviera así caído, no habría necesidad de todo esto. No habría ocasión para esta obra en el corazón, esta renovación en el espíritu de nuestra mente. «Superfluidad de piedad» sería entonces una expresión más apropiada que «superfluidad de malicia». Porque una religión exterior, sin piedad alguna, bastaría para todos los fines y propósitos racionales. Y de hecho basta, a juicio de quienes niegan esta corrupción de nuestra naturaleza. Ellos no hacen de la religión mucho más de lo que el famoso señor Hobbes hizo de la razón. Según él, la razón no es más que «una serie bien ordenada de palabras»; según ellos, la religión no es más que una serie bien ordenada de palabras y acciones. Y hablan coherentemente consigo mismos; porque si lo de dentro no está lleno de maldad, si esto ya está limpio, ¿qué queda sino «limpiar lo de fuera del vaso»? La reforma exterior, si su suposición es justa, es en verdad la única cosa necesaria.
5. Pero vosotros no habéis aprendido así los oráculos de Dios. Vosotros sabéis que Aquel que ve lo que hay en el hombre da un relato muy diferente tanto de la naturaleza como de la gracia, de nuestra caída y de nuestra restauración. Sabéis que el gran fin de la religión es renovar nuestro corazón a la imagen de Dios, reparar aquella pérdida total de la justicia y la verdadera santidad que sufrimos por el pecado de nuestro primer padre. Sabéis que toda religión que no responde a este fin, todo lo que se queda corto de esto, la renovación de nuestra alma a la imagen de Dios, conforme a la semejanza de Aquel que la creó, no es otra cosa que una pobre farsa y una mera burla de Dios, para la destrucción de nuestra propia alma. ¡Oh, guardaos de todos esos maestros de mentiras que quisieran haceros pasar esto por cristianismo! No les hagáis caso, aunque vinieran a vosotros con todo el engaño de iniquidad; con toda suavidad de lenguaje, toda decencia, más aún, belleza y elegancia de expresión, con toda profesión de ferviente buena voluntad hacia vosotros y de reverencia por las Santas Escrituras. Ateneos a la fe sencilla y antigua, «una vez dada a los santos», y dada por el Espíritu de Dios a nuestros corazones. ¡Conoced vuestra enfermedad! ¡Conoced vuestra cura! Nacisteis en pecado; por tanto, «os es necesario nacer otra vez», nacer de Dios. Por naturaleza estáis enteramente corrompidos. Por la gracia seréis enteramente renovados. En Adán todos vosotros moristeis; en el segundo Adán, en Cristo, todos vosotros sois vivificados. «Y él os dio vida a vosotros, que estabais muertos en pecados»: ya os ha dado un principio de vida, aun la fe en aquel que os amó y se entregó a sí mismo por vosotros. Ahora, «id de fe en fe», hasta que toda vuestra enfermedad sea sanada, y haya en vosotros todo aquel «sentir que hubo también en Cristo Jesús».
Capítulo 45 completado
El pecado original