Sermones en diversas ocasiones
El camino bíblico de la salvación

Capítulo 44 · 24 min de lectura · 30 min de escucha

El camino bíblico de la salvación

Sermón 43

El camino bíblico de la salvación

«Sois salvos por medio de la fe».

Efesios 2:8.

1. Nada puede ser más intrincado, complicado y difícil de entender que la religión tal como se la ha descrito a menudo. Y esto es cierto no solo de la religión de los paganos, aun de muchos de los más sabios de ellos, sino también de la religión de quienes eran, en algún sentido, cristianos; sí, y hombres de gran nombre en el mundo cristiano, hombres que parecían ser sus columnas. ¡Y sin embargo, cuán fácil de entender, cuán llana y sencilla es la genuina religión de Jesucristo, con tal solo que la tomemos en su forma natural, tal como se describe en los oráculos de Dios! El sabio Creador y Gobernador del mundo la ha ajustado exactamente al débil entendimiento y a la estrecha capacidad del hombre en su estado presente. ¡Cuán notable es esto, tanto en lo que toca al fin que se propone como a los medios para alcanzar ese fin! El fin es, en una palabra, la salvación; el medio para alcanzarla, la fe.

2. Fácilmente se echa de ver que estas dos pequeñas palabras, quiero decir fe y salvación, encierran la sustancia de toda la Biblia, la médula, por así decirlo, de toda la Escritura. Tanto más debemos poner todo el cuidado posible en evitar cualquier error acerca de ellas, y en formarnos un juicio verdadero y exacto tanto de la una como de la otra.

3. Investiguemos, pues, seriamente:

I. ¿Qué es la salvación?

II. ¿Qué es esa fe por la cual somos salvos? Y,

III. ¿Cómo somos salvos por ella?

1. I. Y, en primer lugar, investiguemos: ¿qué es la salvación? La salvación de la que aquí se habla no es lo que con frecuencia se entiende por esa palabra: el ir al cielo, la felicidad eterna. No es el ir del alma al paraíso, llamado por nuestro Señor «el seno de Abraham». No es una bendición que está al otro lado de la muerte o, como solemos decir, en el otro mundo. Las mismas palabras del texto ponen esto fuera de toda duda: «Sois salvos». No es algo lejano: es una cosa presente; una bendición que, por la libre misericordia de Dios, poseéis ya. Más aún, las palabras pueden traducirse, y con igual propiedad: «Habéis sido salvos»; de modo que la salvación de la que aquí se habla podría extenderse a toda la obra de Dios, desde el primer amanecer de la gracia en el alma hasta que se consuma en la gloria.

2. Si la tomamos en toda su extensión, incluirá todo lo que se obra en el alma por lo que con frecuencia se llama «conciencia natural», pero más propiamente «gracia preveniente»: todas las atracciones del Padre; los deseos de Dios, que, si cedemos a ellos, aumentan más y más; toda aquella luz con que el Hijo de Dios «alumbra a todo hombre que viene a este mundo», mostrando a cada uno «a hacer justicia, amar misericordia y andar humildemente con su Dios»; todas las convicciones que su Espíritu obra de tiempo en tiempo en todo hijo de hombre, aunque es verdad que la generalidad de los hombres las sofocan cuanto antes y, al cabo de un tiempo, olvidan, o al menos niegan, que jamás las tuvieran.

3. Pero al presente solo nos ocupa aquella salvación de la que habla directamente el apóstol. Y esta consta de dos partes generales: la justificación y la santificación.

La justificación es otra palabra para decir perdón. Es el perdón de todos nuestros pecados y, lo que necesariamente va implícito en él, nuestra aceptación delante de Dios. El precio por el cual se nos ha procurado esto (comúnmente llamado «la causa meritoria de nuestra justificación») es la sangre y la justicia de Cristo; o, para expresarlo un poco más claramente, todo lo que Cristo ha hecho y padecido por nosotros, hasta que «derramó su vida por los transgresores». Los efectos inmediatos de la justificación son la paz de Dios, una «paz que sobrepuja todo entendimiento», y un «gloriarse en la esperanza de la gloria de Dios» «con gozo inefable y glorificado».

4. Y al mismo tiempo que somos justificados, sí, en ese mismo momento, comienza la santificación. En ese instante nacemos de nuevo, nacemos de lo alto, nacemos del Espíritu: hay un cambio real además de relativo. Somos renovados interiormente por el poder de Dios. Sentimos «el amor de Dios derramado en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos es dado», que produce amor a todo el género humano, y más especialmente a los hijos de Dios; que expulsa el amor del mundo, el amor del placer, de la comodidad, de la honra, del dinero, junto con el orgullo, la ira, la voluntad propia y toda otra disposición mala; en una palabra, que cambia la mente terrena, animal, diabólica, en «el sentir que hubo en Cristo Jesús».

5. ¡Con qué naturalidad imaginan los que experimentan tal cambio que todo pecado ha desaparecido, que ha sido arrancado de raíz de su corazón y ya no tiene lugar en él! ¡Con qué facilidad sacan aquella conclusión: «No siento pecado; por tanto, no lo tengo; no se agita; por tanto, no existe; no tiene movimiento; por tanto, no tiene ser»!

6. Pero rara vez pasa mucho tiempo antes de que salgan del engaño, al hallar que el pecado solo estaba suspendido, no destruido. Vuelven las tentaciones, y el pecado revive, mostrando que antes solo estaba aturdido, no muerto. Sienten ahora en sí mismos dos principios claramente contrarios entre sí: «la carne codicia contra el Espíritu»; la naturaleza se opone a la gracia de Dios. No pueden negar que, aunque todavía sienten poder para creer en Cristo y para amar a Dios, y aunque su «Espíritu» todavía «da testimonio a su espíritu de que son hijos de Dios», sienten sin embargo en sí mismos unas veces orgullo o voluntad propia, otras ira o incredulidad. Hallan que una o varias de estas cosas se agitan con frecuencia en su corazón, aunque no vencen; sí, quizá los «empujan con violencia para que caigan»; pero el Señor es su ayuda.

7. ¡Con qué exactitud describió Macario, hace mil cuatrocientos años, la experiencia presente de los hijos de Dios!: «Los inexpertos», o sin experiencia, «cuando obra la gracia, imaginan al punto que ya no tienen pecado. Mientras que los que tienen discernimiento no pueden negar que aun nosotros, que tenemos la gracia de Dios, podemos ser molestados de nuevo. Porque a menudo hemos tenido ejemplos de algunos entre los hermanos que han experimentado tal gracia que afirmaban que no había pecado en ellos; y, sin embargo, después de todo, cuando se creían enteramente libres de él, la corrupción que acechaba dentro se agitó de nuevo, y casi fueron consumidos por el fuego».

8. Desde el momento en que nacemos de nuevo comienza la obra gradual de la santificación. Somos capacitados «por el Espíritu» para «mortificar las obras del cuerpo», de nuestra naturaleza mala; y a medida que estamos más y más muertos al pecado, estamos más y más vivos para Dios. Así vamos de gracia en gracia, mientras cuidamos de «apartarnos de toda especie de mal» y somos «celosos de buenas obras», haciendo bien a todos según tenemos oportunidad; mientras andamos irreprensibles en todas sus ordenanzas, adorándole en ellas en espíritu y en verdad; mientras tomamos nuestra cruz y nos negamos a nosotros mismos todo placer que no nos lleve a Dios.

9. Así es como aguardamos la entera santificación; una salvación plena de todos nuestros pecados: del orgullo, la voluntad propia, la ira, la incredulidad; o, como lo expresa el apóstol, «ir adelante a la perfección». Pero ¿qué es la perfección? La palabra tiene varios sentidos: aquí significa el amor perfecto. Es el amor que excluye el pecado; el amor que llena el corazón, que ocupa toda la capacidad del alma. Es el amor que «se goza siempre, ora sin cesar, da gracias en todo».

II. Pero ¿qué es la fe por medio de la cual somos salvos? Este es el segundo punto que hemos de considerar.

1. La fe, en general, es definida por el apóstol como oprgmaton elegchos ou blepomenon. Una evidencia, una divina evidencia y convicción (la palabra significa ambas cosas) de las cosas que no se ven; no visibles, no perceptibles ni por la vista ni por ninguno de los otros sentidos externos. Implica a la vez una evidencia sobrenatural de Dios y de las cosas de Dios, una especie de luz espiritual mostrada al alma, y una vista o percepción sobrenatural de ella. Conforme a esto, la Escritura habla de que Dios da unas veces la luz, otras el poder de discernirla. Así dice san Pablo: Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo. Y en otro lugar el mismo apóstol habla de que son abiertos los ojos de nuestro entendimiento. Por esta doble operación del Espíritu Santo, teniendo los ojos de nuestra alma a la vez abiertos e iluminados, vemos las cosas que el «ojo» natural «no vio, ni oído oyó». Tenemos una perspectiva de las cosas invisibles de Dios; vemos el mundo espiritual, que está todo alrededor de nosotros y que, sin embargo, nuestras facultades naturales no disciernen más que si no existiera. Y vemos el mundo eterno, penetrando a través del velo que pende entre el tiempo y la eternidad. Las nubes y la oscuridad ya no reposan sobre él, sino que vemos ya la gloria que ha de ser revelada.

2. Tomando la palabra en un sentido más particular, la fe es una divina evidencia y convicción no solo de que «Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo», sino también de que Cristo me amó a mí y se entregó a sí mismo por mí. Es por esta fe (ya la llamemos su esencia, o más bien una propiedad de ella) como recibimos a Cristo; como le recibimos en todos sus oficios, como nuestro Profeta, Sacerdote y Rey. Es por ella como él nos «ha sido hecho por Dios sabiduría, y justificación, y santificación, y redención».

3. «Pero ¿es esta la fe de seguridad o la fe de adhesión?». La Escritura no menciona tal distinción. El apóstol dice: «Hay una fe, y una esperanza de nuestra vocación»; una sola fe cristiana y salvadora; «como hay un Señor», en quien creemos, y «un Dios y Padre de todos». Y es cierto que esta fe implica necesariamente una seguridad (que aquí no es más que otra palabra para evidencia, pues es difícil señalar la diferencia entre ambas) de que Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí. Porque «el que cree» con la fe verdadera y viva «tiene el testimonio en sí mismo»: «el Espíritu da testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios». «Por cuanto es hijo, Dios envió el Espíritu de su Hijo a su corazón, el cual clama: Abba, Padre», dándole la seguridad de que lo es, y una confianza filial en él. Pero obsérvese que, por la naturaleza misma de la cosa, la seguridad precede a la confianza. Porque un hombre no puede tener una confianza filial en Dios hasta que sabe que es hijo de Dios. Por tanto, la confianza, el fiarse, el apoyarse, la adhesión, o como quiera que se llame, no es la primera rama o acto de la fe, como algunos han supuesto, sino la segunda.

4. Por esta fe somos salvos, justificados y santificados, tomando esa palabra en su sentido más alto. Pero ¿cómo somos justificados y santificados por la fe? Este es nuestro tercer punto de investigación. Y siendo este el punto principal en cuestión, y un punto de no poca importancia, no será impropio darle una consideración más distinta y particular.

III. 1. Y, en primer lugar, ¿cómo somos justificados por la fe? ¿En qué sentido ha de entenderse esto? Respondo: la fe es la condición, y la única condición, de la justificación. Es la condición: nadie es justificado sino el que cree; sin fe ningún hombre es justificado. Y es la única condición: ella sola basta para la justificación. Todo el que cree es justificado, tenga o no tenga cualquier otra cosa. En otras palabras: ningún hombre es justificado hasta que cree; todo hombre, cuando cree, es justificado.

2. «Pero ¿no nos manda Dios también arrepentirnos? Sí, y hacer frutos dignos de arrepentimiento: por ejemplo, dejar de hacer lo malo y aprender a hacer el bien. ¿Y no es lo uno y lo otro de la mayor necesidad, hasta el punto de que, si descuidamos voluntariamente cualquiera de ellos, no podemos razonablemente esperar ser justificados en absoluto? Pero, si esto es así, ¿cómo puede decirse que la fe es la única condición de la justificación?». Dios, sin duda, nos manda tanto arrepentirnos como hacer frutos dignos de arrepentimiento; y si los descuidamos voluntariamente, no podemos razonablemente esperar ser justificados en absoluto; por tanto, tanto el arrepentimiento como los frutos dignos de arrepentimiento son, en algún sentido, necesarios para la justificación. Pero no son necesarios en el mismo sentido que la fe, ni en el mismo grado. No en el mismo grado; porque esos frutos solo son necesarios condicionalmente: si hay tiempo y oportunidad para ellos. De otro modo, un hombre puede ser justificado sin ellos, como lo fue el ladrón en la cruz (si es que podemos llamarlo así; pues un escritor reciente ha descubierto que no era ningún ladrón, ¡sino una persona muy honrada y respetable!); pero no puede ser justificado sin fe; esto es imposible. Asimismo, por mucho arrepentimiento que tenga un hombre, o por muchos frutos dignos de arrepentimiento, todo esto de nada le aprovecha: no es justificado hasta que cree. Pero en el momento en que cree, con esos frutos o sin ellos, sí, con más o menos arrepentimiento, es justificado. No en el mismo sentido; porque el arrepentimiento y sus frutos solo son necesarios remotamente, necesarios en orden a la fe; mientras que la fe es necesaria inmediatamente para la justificación. Queda, pues, que la fe es la única condición que es inmediata y próximamente necesaria para la justificación.

3. «Pero ¿crees tú que somos santificados por la fe? Sabemos que crees que somos justificados por la fe; pero ¿no crees, y en consecuencia enseñas, que somos santificados por nuestras obras?». Así se ha afirmado rotunda y vehementemente durante estos veinticinco años; pero yo he declarado constantemente todo lo contrario, y de todas las maneras posibles. He testificado continuamente, en privado y en público, que somos santificados, así como justificados, por la fe. Y, en verdad, una de estas grandes verdades ilustra sobremanera la otra. Exactamente como somos justificados por la fe, así somos santificados por la fe. La fe es la condición, y la única condición, de la santificación, exactamente como lo es de la justificación. Es la condición: nadie es santificado sino el que cree; sin fe ningún hombre es santificado. Y es la única condición: ella sola basta para la santificación. Todo el que cree es santificado, tenga o no tenga cualquier otra cosa. En otras palabras: ningún hombre es santificado hasta que cree; todo hombre, cuando cree, es santificado.

4. «Pero ¿no hay un arrepentimiento posterior a la justificación, así como un arrepentimiento anterior a ella? ¿Y no incumbe a todos los que son justificados ser celosos de buenas obras? Más aún, ¿no son estas tan necesarias que, si un hombre las descuida voluntariamente, no puede razonablemente esperar ser jamás santificado en el sentido pleno, es decir, perfeccionado en el amor? Más todavía, ¿puede siquiera crecer en la gracia, en el conocimiento amoroso de nuestro Señor Jesucristo? Sí, ¿puede retener la gracia que Dios ya le ha dado? ¿Puede permanecer en la fe que ha recibido, o en el favor de Dios? ¿No admites tú mismo todo esto, y no lo afirmas continuamente? Pero, si esto es así, ¿cómo puede decirse que la fe es la única condición de la santificación?».

5. Admito todo esto, y lo sostengo continuamente como verdad de Dios. Admito que hay un arrepentimiento posterior a la justificación, así como un arrepentimiento anterior a ella. Incumbe a todos los que son justificados ser celosos de buenas obras. Y estas son tan necesarias que, si un hombre las descuida voluntariamente, no puede razonablemente esperar ser jamás santificado; no puede crecer en la gracia, en la imagen de Dios, en el sentir que hubo en Cristo Jesús; más aún, no puede retener la gracia que ha recibido; no puede permanecer en la fe ni en el favor de Dios. ¿Qué conclusión hemos de sacar de aquí? Pues que tanto el arrepentimiento, rectamente entendido, como la práctica de todas las buenas obras —obras de piedad, así como obras de misericordia (ahora propiamente llamadas así, puesto que brotan de la fe)— son, en algún sentido, necesarios para la santificación.

6. Digo «el arrepentimiento rectamente entendido», porque no debe confundirse con el arrepentimiento anterior. El arrepentimiento posterior a la justificación es muy diferente del que la precede. Este no implica culpa, ni sentimiento de condenación, ni conciencia de la ira de Dios. No supone ninguna duda del favor de Dios, ni ningún «temor que tiene castigo». Es propiamente una convicción, obrada por el Espíritu Santo, del pecado que todavía permanece en nuestro corazón; del phronema sarkos, la mente carnal, que «permanece todavía» (como dice nuestra Iglesia) «aun en los que son regenerados»; aunque ya no reina; ya no tiene dominio sobre ellos. Es una convicción de nuestra inclinación al mal, de un corazón propenso a apartarse, de la tendencia que aún continúa en la carne a codiciar contra el espíritu. A veces, a menos que velemos y oremos continuamente, codicia el orgullo, a veces la ira, a veces el amor del mundo, el amor de la comodidad, el amor de la honra o el amor del placer más que el de Dios. Es una convicción de la tendencia de nuestro corazón a la voluntad propia, al ateísmo o a la idolatría; y, sobre todo, a la incredulidad, por la cual, de mil maneras y con mil pretextos, nos estamos apartando siempre, más o menos, del Dios vivo.

7. A esta convicción del pecado que permanece en nuestros corazones se une una clara convicción del pecado que permanece en nuestras vidas, que todavía se adhiere a todas nuestras palabras y acciones. Aun en las mejores de ellas discernimos ahora una mezcla de mal, ya en el espíritu, ya en la materia, ya en el modo de ellas; algo que no podría soportar el justo juicio de Dios, si él mirase con rigor lo que se hace mal. Donde menos lo sospechábamos, hallamos una mancha de orgullo o de voluntad propia, de incredulidad o de idolatría; de modo que ahora nos avergonzamos más de nuestros mejores deberes que antes de nuestros peores pecados; y de ahí que no podamos menos que sentir que estos están tan lejos de tener nada meritorio, sí, tan lejos de poder sostenerse a la vista de la justicia divina, que también por ellos seríamos culpables delante de Dios, si no fuera por la sangre del pacto.

8. La experiencia muestra que, junto con esta convicción del pecado que permanece en nuestros corazones y que se adhiere a todas nuestras palabras y acciones, así como de la culpa en que por ello incurriríamos si no fuéramos continuamente rociados con la sangre expiatoria, hay algo más implícito en este arrepentimiento: a saber, una convicción de nuestra impotencia, de nuestra total incapacidad para pensar un solo buen pensamiento o formar un solo buen deseo, y mucho más para hablar una palabra como es debido o realizar una sola buena acción, sino por su libre y todopoderosa gracia, que primero nos previene y luego nos acompaña a cada momento.

9. «Pero ¿cuáles son esas buenas obras cuya práctica afirmas que es necesaria para la santificación?». En primer lugar, todas las obras de piedad, como la oración pública, la oración en familia y la oración en nuestro aposento; recibir la cena del Señor; escudriñar las Escrituras, oyéndolas, leyéndolas y meditándolas; y practicar el ayuno o la abstinencia en la medida que lo permita nuestra salud corporal.

10. En segundo lugar, todas las obras de misericordia, ya se refieran al cuerpo o al alma de los hombres; como dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, hospedar al forastero, visitar a los que están en la cárcel, o enfermos, o afligidos de diversas maneras; como procurar instruir al ignorante, despertar al pecador insensible, avivar al tibio, afirmar al vacilante, consolar al de poco ánimo, socorrer al tentado, o contribuir de cualquier manera a salvar almas de la muerte. Este es el arrepentimiento, y estos los «frutos dignos de arrepentimiento», que son necesarios para la plena santificación. Este es el camino en que Dios ha dispuesto que sus hijos aguarden la salvación completa.

11. De aquí puede verse cuán sumamente dañina es aquella opinión, inocente en apariencia, de que no hay pecado en el creyente; de que todo pecado es destruido, de raíz y rama, en el momento en que un hombre es justificado. Al impedir por completo aquel arrepentimiento, cierra del todo el camino de la santificación. No hay lugar para el arrepentimiento en quien cree que no hay pecado ni en su vida ni en su corazón; por consiguiente, no hay lugar para que sea perfeccionado en el amor, para lo cual aquel arrepentimiento es indispensablemente necesario.

12. De aquí puede verse también que no hay ningún peligro posible en esperar así la plena salvación. Porque supongamos que estuviéramos equivocados, supongamos que tal bendición nunca se ha alcanzado ni puede alcanzarse; aun así, nada perdemos; antes bien, esa misma expectación nos aviva para usar todos los talentos que Dios nos ha dado; sí, para hacerlos rendir todos; de modo que, cuando nuestro Señor venga, recibirá lo suyo con intereses.

13. Pero volvamos. Aunque se admita que tanto este arrepentimiento como sus frutos son necesarios para la plena salvación, no son necesarios ni en el mismo sentido que la fe ni en el mismo grado. No en el mismo grado; porque estos frutos solo son necesarios condicionalmente, si hay tiempo y oportunidad para ellos; de otro modo, un hombre puede ser santificado sin ellos. Pero no puede ser santificado sin fe. Asimismo, por mucho de este arrepentimiento que tenga un hombre, o por muchas buenas obras, todo esto de nada le aprovecha: no es santificado hasta que cree. Pero en el momento en que cree, con esos frutos o sin ellos, sí, con más o menos de este arrepentimiento, es santificado. No en el mismo sentido; porque este arrepentimiento y estos frutos solo son necesarios remotamente: necesarios para la continuación de su fe, así como para su aumento; mientras que la fe es necesaria inmediata y directamente para la santificación. Queda, pues, que la fe es la única condición que es inmediata y próximamente necesaria para la santificación.

14. «Pero ¿cuál es esa fe por la cual somos santificados, salvos del pecado y perfeccionados en el amor?». Es una divina evidencia y convicción, en primer lugar, de que Dios lo ha prometido en la santa Escritura. Mientras no estemos plenamente convencidos de esto, no hay manera de dar un paso más. Y uno pensaría que no hace falta una palabra más para convencer de esto a un hombre razonable que aquella antigua promesa: «Entonces circuncidaré tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente». ¡Con cuánta claridad expresa esto el ser perfeccionado en el amor! ¡Con cuánta fuerza implica el ser salvo de todo pecado! Porque mientras el amor ocupa todo el corazón, ¿qué lugar queda en él para el pecado?

15. Es una divina evidencia y convicción, en segundo lugar, de que lo que Dios ha prometido es poderoso para cumplirlo. Admitiendo, pues, que «para con los hombres es imposible» «hacer limpio de inmundo», purificar el corazón de todo pecado y llenarlo de toda santidad, esto no crea ninguna dificultad en el caso, puesto que «para con Dios todo es posible». ¡Y por cierto nadie imaginó jamás que esto fuera posible a ningún poder inferior al del Todopoderoso! Pero si Dios habla, será hecho. Dios dice: «Sea la luz»; ¡y «hay» «luz»!

16. Es, en tercer lugar, una divina evidencia y convicción de que él puede y quiere hacerlo ahora. ¿Y por qué no? ¿No es para él un momento lo mismo que mil años? No puede necesitar más tiempo para realizar todo lo que es su voluntad. Ni puede necesitar ni aguardar más dignidad o aptitud en las personas a quienes le place honrar. Podemos, pues, decir con denuedo, en cualquier momento: «¡He aquí ahora el día de salvación!». «¡Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones!». «¡He aquí, todo está ya preparado; venid a las bodas!».

17. A esta confianza de que Dios puede y quiere santificarnos ahora, es necesario añadir una cosa más: una divina evidencia y convicción de que él lo hace. En esa hora queda hecho: Dios dice a lo más íntimo del alma: «¡Conforme a tu fe te sea hecho!». Entonces el alma está pura de toda mancha de pecado; está limpia «de toda maldad». El creyente experimenta entonces el profundo significado de aquellas solemnes palabras: «Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión entre nosotros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado».

18. «Pero ¿obra Dios esta gran obra en el alma gradual o instantáneamente?». Quizá en algunos se obre gradualmente; quiero decir en este sentido: que no advierten el momento particular en que el pecado deja de existir. Pero es infinitamente deseable, si fuera la voluntad de Dios, que se hiciera instantáneamente; que el Señor destruyera el pecado «con el espíritu de su boca», en un momento, en un abrir de ojo. Y así lo hace generalmente; un hecho manifiesto, del cual hay evidencia suficiente para convencer a cualquier persona sin prejuicios. Tú, pues, ¡espéralo a cada momento! Espéralo en el camino arriba descrito: en todas aquellas buenas obras para las cuales has sido «creado de nuevo en Cristo Jesús». No hay entonces ningún peligro: no puedes estar peor, si no estás mejor, por esa expectación. Porque, aunque quedaras defraudado en tu esperanza, nada pierdes. Pero no quedarás defraudado en tu esperanza: vendrá, y no tardará. ¡Espéralo, pues, cada día, cada hora, cada momento! ¿Por qué no en esta hora, en este momento? Ciertamente puedes esperarlo ahora, si crees que es por la fe. Y por esta señal puedes saber con certeza si lo buscas por la fe o por las obras. Si por las obras, quieres que se haga algo primero, antes de ser santificado. Piensas: «Primero tengo que ser o hacer esto o aquello». Entonces lo estás buscando por las obras hasta el día de hoy. Si lo buscas por la fe, puedes esperarlo tal como estás; y esperarlo ahora. Importa observar que hay una conexión inseparable entre estos tres puntos: espéralo por la fe; espéralo tal como estás; ¡y espéralo ahora! Negar uno de ellos es negarlos todos; admitir uno es admitirlos todos. ¿Crees tú que somos santificados por la fe? Sé fiel entonces a tu principio; y espera esta bendición tal como estás, ni mejor ni peor; como un pobre pecador que aún no tiene nada con que pagar, nada que alegar, sino «Cristo murió». Y si la esperas tal como estás, entonces espérala ahora. No aguardes nada: ¿por qué habrías de hacerlo? Cristo está dispuesto; y él es todo lo que necesitas. Te está esperando: ¡está a la puerta! Que lo más íntimo de tu alma clame:

¡Entra, entra, Huésped celestial!

Y nunca más te vayas;

mas cena tú conmigo, y que el festín

sea un amor sin fin.

Capítulo 44 completado

El camino bíblico de la salvación

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