Capítulo 43 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
Las maquinaciones de Satanás
Sermón 42
Las maquinaciones de Satanás
«No ignoramos sus maquinaciones».
2 Corintios 2:11.
1. Las maquinaciones con que el sutil dios de este mundo se afana por destruir a los hijos de Dios —o al menos por atormentar a los que no puede destruir, por desconcertarlos y estorbarlos en la carrera que les es propuesta— son innumerables como las estrellas del cielo o la arena de la orilla del mar. Pero solo me propongo hablar ahora de una de ellas (aunque la ejerce de diversas maneras), por la cual procura dividir el evangelio contra sí mismo, y derribar con una parte de él la otra.
2. El reino interior de los cielos, que se establece en el corazón de todos los que se arrepienten y creen el evangelio, no es otra cosa que «justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo». Todo niño en Cristo sabe que somos hechos partícipes de estas cosas en la misma hora en que creemos en Jesús. Pero estas no son más que las primicias de su Espíritu; la cosecha aún no ha llegado. Aunque estas bendiciones son inconcebiblemente grandes, confiamos en ver otras mayores que estas. Confiamos en amar al Señor nuestro Dios, no solo como ahora lo amamos, con un afecto débil aunque sincero, sino «con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas». Esperamos recibir poder para «estar siempre gozosos, orar sin cesar y dar gracias en todo», sabiendo que «esta es la voluntad de Dios para con nosotros en Cristo Jesús».
3. Esperamos ser «perfeccionados en el amor»; en ese amor que echa fuera todo temor penoso, y todo deseo que no sea el de glorificar a aquel a quien amamos, y de amarle y servirle más y más. Aguardamos tal aumento en el conocimiento experimental y en el amor de Dios nuestro Salvador, que nos capacite para «andar siempre en luz, como él está en luz». Creemos que estará en nosotros todo el sentir «que hubo también en Cristo Jesús»; que amaremos a todo hombre de tal manera que estemos dispuestos a dar nuestra vida por él; de tal manera que, por este amor, seamos librados de la ira, del orgullo y de todo afecto poco bondadoso. Esperamos ser «limpiados de todos nuestros ídolos», «de toda inmundicia», sea «de carne o de espíritu»; ser «guardados de todas nuestras inmundicias», interiores o exteriores; ser «purificados como él es limpio».
4. Confiamos en la promesa de aquel que no puede mentir, de que ciertamente vendrá el tiempo en que, en toda palabra y toda obra, haremos su bendita voluntad en la tierra como se hace en el cielo; en que toda nuestra conversación será sazonada con sal, toda apta para dar gracia a los oyentes; en que, sea que comamos o bebamos, o hagamos cualquier otra cosa, todo se hará para la gloria de Dios; en que todas nuestras palabras y obras serán «en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por él».
5. Ahora bien, esta es la gran maquinación de Satanás: destruir la primera obra de Dios en el alma, o al menos estorbar su crecimiento, valiéndose de nuestra expectación de aquella obra mayor. Mi propósito presente es, por tanto, primero, señalar las diversas maneras por las que él se esfuerza en esto; y, en segundo lugar, considerar cómo podemos devolver estos dardos de fuego del maligno, cómo podemos elevarnos más alto precisamente por lo que él se propone como ocasión de nuestra caída.
I. 1. He de señalar, en primer lugar, las diversas maneras por las que Satanás se esfuerza en destruir la primera obra de Dios en el alma, o al menos en estorbar su crecimiento, valiéndose de nuestra expectación de aquella obra mayor. Y, 1. Procura apagar nuestro gozo en el Señor mediante la consideración de nuestra propia vileza, pecaminosidad e indignidad; añadiendo a esto que ha de haber un cambio mucho mayor que el que hasta ahora se ha dado, o no podremos ver al Señor. Si supiéramos que hemos de permanecer como estamos hasta el día de nuestra muerte, quizá podríamos sacar de esa necesidad una especie de consuelo, por pobre que fuera. Pero como sabemos que no tenemos por qué permanecer en este estado, como se nos asegura que hay un cambio mayor por venir, y que, si el pecado no es quitado del todo en esta vida, no podremos ver a Dios en la gloria, aquel sutil adversario apaga a menudo el gozo que de otro modo sentiríamos en lo que ya hemos alcanzado, mediante una representación torcida de lo que no hemos alcanzado y de la absoluta necesidad de alcanzarlo. De modo que no podemos regocijarnos en lo que tenemos, porque hay más que todavía no tenemos. No podemos gustar debidamente la bondad de Dios, que ha hecho tan grandes cosas por nosotros, porque hay cosas mucho mayores que aún no ha hecho. Asimismo, cuanto más profunda es la convicción que Dios obra en nosotros de nuestra presente falta de santidad, y cuanto más vehemente es el deseo que sentimos en el corazón de la entera santidad que él ha prometido, tanto más somos tentados a tener en poco los dones presentes de Dios, y a menospreciar lo que ya hemos recibido a causa de lo que no hemos recibido.
2. Si puede llegar hasta aquí, si puede apagar nuestro gozo, pronto atacará también nuestra paz. Te sugerirá: «¿Estás tú en condiciones de ver a Dios? Él es muy limpio de ojos para ver el mal. ¿Cómo puedes, pues, lisonjearte hasta imaginar que te mira con aprobación? Dios es santo; tú eres impío. ¿Qué comunión tiene la luz con las tinieblas? ¿Cómo es posible que tú, inmundo como eres, estés en estado de aceptación delante de Dios? Ves, en verdad, la meta, el premio de tu supremo llamamiento; pero ¿no ves que está lejos? ¿Cómo te atreves, pues, a pensar que todos tus pecados ya han sido borrados? ¿Cómo puede ser esto, mientras no seas acercado más a Dios, mientras no te parezcas más a él?». Así se esforzará no solo en sacudir vuestra paz, sino aun en derribar su mismo fundamento; en haceros volver, por grados imperceptibles, al punto de donde partisteis al principio, es decir, a buscar la justificación por las obras, o por vuestra propia justicia; a hacer de algo que hay en vosotros el fundamento de vuestra aceptación, o al menos una condición necesariamente previa a ella.
3. O, si nos mantenemos firmes en que «nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo», y en que «soy justificado gratuitamente por la gracia de Dios, por la redención que es en Jesús», aun así no dejará de insistir: «Pero por el fruto es conocido el árbol; ¿y tienes tú los frutos de la justificación? ¿Hay en ti el sentir que hubo en Cristo Jesús? ¿Estás muerto al pecado y vivo para la justicia? ¿Has sido hecho conforme a la muerte de Cristo, y conoces el poder de su resurrección?». Y entonces, comparando los pequeños frutos que sentimos en nuestras almas con la plenitud de las promesas, estaremos prontos a concluir: «¡Ciertamente Dios no ha dicho que mis pecados me son perdonados! ¡Ciertamente no he recibido la remisión de mis pecados; pues ¿qué suerte tengo yo entre los santificados?».
4. Más especialmente en tiempo de enfermedad y de dolor insistirá en esto con todas sus fuerzas: «¿No es palabra de aquel que no puede mentir: “Sin la santidad nadie verá al Señor”? Pero tú no eres santo. Lo sabes bien; sabes que la santidad es la imagen plena de Dios; ¡y cuán por encima de ti está, fuera de tu vista! No puedes alcanzarla. Por tanto, todo tu trabajo ha sido en vano. Todas estas cosas las has padecido en vano. Has consumido tus fuerzas por nada. Todavía estás en tus pecados, y por eso has de perecer al fin». Y así, si tu ojo no está firmemente fijo en aquel que llevó todos tus pecados, te traerá de nuevo bajo aquel «temor de la muerte» por el cual estuviste tanto tiempo «sujeto a servidumbre», y de este modo menoscabará, si no destruye del todo, tu paz, así como tu gozo en el Señor.
5. Pero su obra maestra de sutileza aún está por venir. No contento con herir vuestra paz y vuestro gozo, llevará sus intentos todavía más lejos: dirigirá su asalto también contra vuestra justicia. Procurará sacudir, y aun, si le fuera posible, destruir la santidad que ya habéis recibido, valiéndose de vuestra misma expectación de recibir más, de alcanzar toda la imagen de Dios.
6. La manera en que intenta esto puede verse en parte por lo que ya se ha observado. Porque, en primer lugar, al herir nuestro gozo en el Señor, hiere también nuestra santidad, ya que el gozo en el Espíritu Santo es un precioso medio para promover toda disposición santa; un instrumento escogido de Dios por el cual lleva adelante gran parte de su obra en el alma creyente. Y es una ayuda considerable no solo para la santidad interior, sino también para la exterior. Fortalece nuestras manos para proseguir en la obra de la fe y en el trabajo del amor; para «pelear» varonilmente «la buena batalla de la fe y echar mano de la vida eterna». Está especialmente dispuesto por Dios para servir de contrapeso tanto a los padecimientos interiores como a los exteriores; para «alzar las manos caídas y afirmar las rodillas paralizadas». Por consiguiente, todo lo que apaga nuestro gozo en el Señor obstruye en la misma proporción nuestra santidad. Y por tanto, en la medida en que Satanás sacude nuestro gozo, estorba también nuestra santidad.
7. Se seguirá el mismo efecto si logra, por cualquier medio, destruir o sacudir nuestra paz. Porque la paz de Dios es otro precioso medio para hacer progresar en nosotros la imagen de Dios. Apenas hay mayor ayuda para la santidad que esta: una continua tranquilidad de espíritu, la serenidad de una mente que persevera en Dios, un reposo apacible en la sangre de Jesús. Y sin ella apenas es posible «crecer en la gracia» y en el vivo «conocimiento de nuestro Señor Jesucristo». Porque todo temor (salvo el temor tierno y filial) hiela y entumece el alma. Ata todos los manantiales de la vida espiritual, y detiene todo movimiento del corazón hacia Dios. Y la duda, por así decirlo, enfanga el alma, de modo que queda atascada en el lodo profundo. Por tanto, en la misma proporción en que prevalece cualquiera de los dos, se estorba nuestro crecimiento en santidad.
8. Al mismo tiempo que nuestro astuto adversario procura hacer de nuestra convicción de la necesidad del amor perfecto una ocasión para sacudir nuestra paz con dudas y temores, se esfuerza en debilitar, si no en destruir, nuestra fe. En verdad, estas cosas están inseparablemente unidas, de modo que han de mantenerse o caer juntas. Mientras subsiste la fe, permanecemos en paz; nuestro corazón está firme, confiado en el Señor. Pero si soltamos nuestra fe, nuestra confianza filial en un Dios amante y perdonador, nuestra paz llega a su fin, pues queda derribado el mismo fundamento sobre el que se apoyaba. Y este es el único fundamento de la santidad, así como de la paz; por consiguiente, todo lo que hiere esto hiere la raíz misma de toda santidad. Porque sin esta fe, sin un sentir permanente de que Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí, sin una convicción continua de que Dios, por amor de Cristo, es propicio a mí, pecador, es imposible que yo ame a Dios: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero»; y en proporción a la fuerza y claridad de nuestra convicción de que él nos ha amado y nos ha aceptado en su Hijo. Y si no amamos a Dios, no es posible que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos; ni, por consiguiente, que tengamos ningún afecto recto, ni hacia Dios ni hacia el hombre. Se sigue evidentemente que todo lo que debilita nuestra fe ha de obstruir en el mismo grado nuestra santidad; y este no es solo el modo más eficaz, sino también el más breve, de destruir toda santidad, puesto que no afecta a una sola disposición cristiana, a una sola gracia o fruto del Espíritu, sino que, en cuanto tiene éxito, arranca de raíz toda la obra de Dios.
9. No es de extrañar, por tanto, que el gobernador de las tinieblas de este mundo despliegue aquí toda su fuerza. Y así lo hallamos por experiencia. Porque es mucho más fácil concebir que expresar la indecible violencia con que esta tentación se lanza a menudo contra los que tienen hambre y sed de justicia. Cuando ven, con una luz fuerte y clara, por un lado, la desesperada maldad de su propio corazón y, por otro, la santidad sin mancha a la que son llamados en Cristo Jesús; por un lado, la profundidad de su propia corrupción, de su total enajenación de Dios y, por otro, la altura de la gloria de Dios, aquella imagen del Santo en la cual han de ser renovados, muchas veces no queda en ellos aliento; casi podrían clamar: «¡Para con Dios esto es imposible!». Están prontos a renunciar a la fe y a la esperanza; a desechar aquella misma confianza por la cual han de vencerlo todo y hacerlo todo por Cristo que los fortalece; por la cual, «habiendo hecho la voluntad de Dios», han de «obtener la promesa».
10. Y si «conservan firme hasta el fin el principio de su confianza», recibirán sin duda la promesa de Dios, que se extiende a través del tiempo y de la eternidad. Pero aquí hay otro lazo tendido a nuestros pies: mientras anhelamos ardientemente aquella parte de la promesa que ha de cumplirse aquí, «la libertad gloriosa de los hijos de Dios», podemos ser apartados sin advertirlo de la consideración de la gloria que después ha de ser revelada. Nuestra vista puede desviarse insensiblemente de aquella corona que el Juez justo ha prometido dar en aquel día «a todos los que aman su venida»; y podemos ser alejados de la contemplación de aquella herencia incorruptible que está reservada en los cielos para nosotros. Pero también esto sería una pérdida para nuestras almas y un obstáculo para nuestra santidad. Porque andar con la meta continuamente a la vista es una ayuda necesaria para correr la carrera que nos es propuesta. Esto fue, el «mirar a la remuneración», lo que en tiempos antiguos animó a Moisés a escoger antes «ser afligido con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios». Más aún, expresamente se dice de uno mayor que él que, «por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza», hasta que «se sentó a la diestra del trono de Dios». De donde podemos inferir fácilmente cuánto más necesaria nos es a nosotros la contemplación de aquel gozo puesto delante de nosotros, para que soportemos cualquier cruz que la sabiduría de Dios ponga sobre nosotros, y prosigamos por la santidad hacia la gloria.
11. Pero mientras nos extendemos hacia esto, así como hacia aquella gloriosa libertad que lo prepara, podemos estar en peligro de caer en otro lazo del diablo, con el cual se afana por enredar a los hijos de Dios. Podemos afanarnos demasiado por el día de mañana, hasta descuidar el aprovechamiento del día de hoy. Podemos esperar el amor perfecto de tal manera que no usemos el que ya ha sido derramado en nuestros corazones. No han faltado ejemplos de quienes han sufrido mucho por esto. Estaban tan absortos en lo que habían de recibir después, que descuidaron por completo lo que ya habían recibido. Esperando tener cinco talentos más, enterraron su único talento. Al menos, no lo hicieron rendir como podrían haberlo hecho, para la gloria de Dios y el bien de sus propias almas.
12. Así es como el sutil adversario de Dios y del hombre se esfuerza en frustrar el consejo de Dios, dividiendo el evangelio contra sí mismo y haciendo que una parte de él derribe la otra, mientras la primera obra de Dios en el alma es destruida por la expectación de su obra perfecta. Hemos visto varias de las maneras en que intenta esto, cortando, por así decirlo, los manantiales de la santidad. Pero lo hace también de un modo más directo, haciendo de aquella bendita esperanza una ocasión de disposiciones impías.
13. Así, siempre que nuestro corazón tiene ardiente sed de todas las grandes y preciosas promesas; cuando anhelamos la plenitud de Dios, como el ciervo brama por las corrientes de las aguas; cuando nuestra alma prorrumpe en ferviente deseo: «¿Por qué las ruedas de su carro tardan tanto en venir?», no dejará pasar la ocasión de tentarnos a murmurar contra Dios. Empleará toda su sabiduría y toda su fuerza, por si acaso, en una hora descuidada, logramos ser movidos a quejarnos de nuestro Señor por demorar así su venida. Al menos se afanará por excitar algún grado de irritación o de impaciencia; y, tal vez, de envidia hacia aquellos que creemos que ya han alcanzado el premio de nuestro supremo llamamiento. Sabe bien que, al ceder a cualquiera de estas disposiciones, estamos derribando lo mismo que quisiéramos edificar. Siguiendo de este modo la santidad perfecta, nos volvemos más impíos que antes. Sí, hay gran peligro de que nuestro postrer estado venga a ser peor que el primero; como aquellos de quienes habla el apóstol con aquellas terribles palabras: «Mejor les hubiera sido no haber conocido el camino de la justicia, que, después de haberlo conocido, volverse atrás del santo mandamiento que les fue dado».
14. Y de aquí espera sacar otra ventaja, a saber, desacreditar el buen camino. Sabe cuán pocos son capaces de distinguir (y demasiados no quieren hacerlo) entre el abuso accidental y la tendencia natural de una doctrina. Por eso los mezclará continuamente, en lo que toca a la doctrina de la perfección cristiana, a fin de predisponer el ánimo de los incautos contra las gloriosas promesas de Dios. ¡Y con cuánta frecuencia, con cuánta generalidad, casi diría con cuánta universalidad, ha prevalecido en esto! Porque ¿quién hay que observe alguno de estos malos efectos accidentales de esta doctrina y no concluya inmediatamente que esta es su tendencia natural, y no exclame al punto: «¡Mirad, estos son los frutos (queriendo decir los frutos naturales y necesarios) de semejante doctrina!»? No es así: son frutos que pueden brotar accidentalmente del abuso de una verdad grande y preciosa; pero el abuso de esta, o de cualquier otra doctrina bíblica, de ningún modo destruye su uso. Ni la infidelidad del hombre, que pervierte su camino recto, puede hacer nula la promesa de Dios. No: sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso. La palabra del Señor permanecerá. «Fiel es el que prometió; él también lo hará». No nos dejemos, pues, «mover de la esperanza del evangelio». Consideremos más bien, que era lo segundo que nos propusimos, cómo podemos devolver estos dardos de fuego del maligno; cómo podemos elevarnos más alto precisamente por lo que él se propone como ocasión de nuestra caída.
II. 1. Y, en primer lugar, ¿procura Satanás apagar tu gozo en el Señor mediante la consideración de tu pecaminosidad, añadiendo que sin una santidad entera y universal nadie puede ver al Señor? Puedes volver este dardo contra su propia cabeza si, por la gracia de Dios, cuanto más sientes tu propia vileza, tanto más te regocijas en la confiada esperanza de que todo esto será quitado. Mientras retengas firme esta esperanza, toda disposición mala que sientas, aunque la aborrezcas con odio perfecto, puede ser un medio, no de disminuir tu humilde gozo, sino más bien de aumentarlo. «Esto y esto —puedes decir— perecerá también delante del Señor. Como se derrite la cera delante del fuego, así se derretirá esto delante de su rostro». De este modo, cuanto mayor sea el cambio que aún queda por obrarse en tu alma, tanto más podrás triunfar en el Señor y gozarte en el Dios de tu salvación, que ha hecho ya tan grandes cosas por ti, y hará cosas mucho mayores que estas.
2. En segundo lugar: cuanto más vehementemente asalte tu paz con aquella sugestión: «Dios es santo; tú eres impío; estás inmensamente lejos de aquella santidad sin la cual no puedes ver a Dios: ¿cómo puedes, pues, estar en el favor de Dios? ¿Cómo puedes imaginar que estás justificado?», con tanto mayor empeño procura retener firme esto: «No por obras de justicia que yo haya hecho soy hallado en él; soy aceptado en el Amado; no teniendo mi propia justicia (como causa, en todo o en parte, de nuestra justificación delante de Dios), sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe». ¡Oh, átate esto al cuello; escríbelo en la tabla de tu corazón! Llévalo como brazalete en tu brazo, como frontales entre tus ojos: «Soy “justificado gratuitamente por su gracia, por la redención que es en Cristo Jesús». Valora y estima más y más aquella preciosa verdad: «Por gracia somos salvos por la fe». Admira más y más la gracia gratuita de Dios, que de tal manera amó al mundo que dio «a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna». Así el sentimiento de la pecaminosidad que sientes, por un lado, y de la santidad que esperas, por otro, contribuirán ambos a afianzar tu paz y a hacerla correr como un río. Así esa paz fluirá con corriente serena, a pesar de todos esos montes de impiedad, que se volverán llanura el día en que el Señor venga a tomar plena posesión de tu corazón. Ni la enfermedad, ni el dolor, ni la cercanía de la muerte ocasionarán duda o temor alguno. Sabes que un día, una hora, un momento es para Dios como mil años. No puede faltarle tiempo para obrar todo lo que queda por hacer en tu alma. Y el tiempo de Dios es siempre el mejor tiempo. Por tanto, por nada estés afanoso; solamente sea notoria tu petición delante de él, y eso no con duda ni temor, sino con hacimiento de gracias; como quien está de antemano seguro de que él no puede negarte ninguna cosa buena.
3. En tercer lugar: cuanto más seas tentado a abandonar tu escudo, a desechar tu fe, tu confianza en su amor, tanto más procura retener aquello a lo que has llegado; tanto más esfuérzate en avivar el don de Dios que está en ti. Nunca dejes escapar esto: «Tengo “abogado para con el Padre, a Jesucristo el justo”; y: “Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”». Sea esta tu gloria y tu corona de gozo. Y mira que nadie tome tu corona. Retén esto firme: «Yo sé que mi Redentor vive, y que al fin se levantará sobre la tierra»; y: «Ahora “tengo redención por su sangre, la remisión de pecados”». Así, lleno de todo gozo y paz en el creer, prosigue, en la paz y el gozo de la fe, hacia la renovación de toda tu alma a la imagen de aquel que te creó. Entretanto, clama continuamente a Dios para que veas aquel premio de tu supremo llamamiento, no como Satanás lo representa, con una forma horrible y espantosa, sino en su genuina y natural hermosura; no como algo que tiene que ser, o irás al infierno, sino como lo que puede ser, para conducirte al cielo. Míralo como el don más deseable que hay en todos los tesoros de las ricas misericordias de Dios. Contemplándolo bajo esta verdadera luz, tendrás hambre de él más y más; toda tu alma tendrá sed de Dios y de esta gloriosa conformidad a su semejanza; y, habiendo recibido una buena esperanza de esto y un fuerte consuelo por la gracia, ya no te cansarás ni desmayarás en tu ánimo, sino que proseguirás hasta que lo alcances.
4. En el mismo poder de la fe, prosigue hacia la gloria. En verdad, es todavía la misma perspectiva. Dios ha unido desde el principio el perdón, la santidad y el cielo. ¿Y por qué ha de separarlos el hombre? ¡Oh, guárdate de esto! No dejes que se rompa un solo eslabón de la cadena de oro. «Dios, por amor de Cristo, me ha perdonado. Ahora me está renovando a su propia imagen. Dentro de poco me hará apto para sí, y me llevará a estar delante de su rostro. Yo, a quien ha justificado por la sangre de su Hijo, siendo enteramente santificado por su Espíritu, subiré pronto a la “nueva Jerusalén, la ciudad del Dios vivo”. Aún un poco, y “llegaré a la congregación de los primogénitos, y a Dios el Juez de todos, y a Jesús el Mediador del nuevo pacto”. ¡Cuán pronto huirán estas sombras, y amanecerá sobre mí el día de la eternidad! ¡Cuán pronto beberé “del río de agua de vida, que sale del trono de Dios y del Cordero! Allí todos sus siervos le alabarán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. Y allí no habrá más noche; y no tienen necesidad de lumbre de antorcha ni de lumbre de sol, porque el Señor Dios los alumbrará, y reinarán por los siglos de los siglos”».
5. Y si así «gustas la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero», no murmurarás contra Dios porque todavía no eres «apto para participar de la herencia de los santos en luz». En lugar de quejarte de no estar enteramente libre, alabarás a Dios por haberte librado hasta aquí. Engrandecerás a Dios por lo que ha hecho, y lo tomarás como arras de lo que hará. No te irritarás contra él porque aún no has sido renovado, sino que le bendecirás porque lo serás; y porque «ahora está más cerca tu salvación» de todo pecado «que cuando» primero «creíste». En lugar de atormentarte inútilmente porque el tiempo aún no ha llegado del todo, lo aguardarás con calma y sosiego, sabiendo que «sin duda vendrá; no tardará». Puedes, por tanto, soportar con tanto más ánimo, por ahora, la carga del pecado que aún queda en ti, porque no permanecerá para siempre. Aún un poco, y habrá desaparecido por completo. Solamente «aguarda al Señor»; esfuérzate, y «aliéntese tu corazón»; ¡y pon tú tu confianza en el Señor!
6. Y si ves a algunos que parecen (en cuanto el hombre puede juzgar, pues solo Dios escudriña los corazones) ser ya partícipes de su esperanza, ya «perfeccionados en el amor», lejos de envidiar la gracia de Dios en ellos, deja que ella alegre y consuele tu corazón. ¡Glorifica a Dios por causa de ellos! «Si un miembro es honrado», ¿no se gozarán «todos los miembros con él»? En lugar de celos o de malas sospechas acerca de ellos, ¡alaba a Dios por el consuelo! Regocíjate de tener una nueva prueba de la fidelidad de Dios en cumplir todas sus promesas; y estimúlate tanto más a «alcanzar aquello para lo cual también tú fuiste alcanzado por Cristo Jesús».
7. Para esto, redime el tiempo. Aprovecha el momento presente. Compra toda oportunidad de crecer en la gracia o de hacer el bien. No dejes que el pensamiento de recibir más gracia mañana te haga negligente hoy. Ahora tienes un talento: si esperas cinco más, con tanto más razón haz rendir el que tienes. Y cuanto más esperes recibir en adelante, tanto más trabaja ahora para Dios. Basta a cada día su gracia. Dios está derramando ahora sus beneficios sobre ti: muéstrate ahora fiel administrador de la gracia presente de Dios. Sea lo que fuere mañana, pon toda diligencia hoy en «añadir a tu fe valor, templanza, paciencia, amor fraternal», y el temor de Dios, ¡hasta que alcances aquel amor puro y perfecto! ¡Que estas cosas estén ahora «en ti y abunden»! No seas ahora ocioso ni estéril: «¡Así te será abundantemente administrada la entrada en el reino eterno de nuestro Señor Jesucristo!».
8. Por último: si en tiempo pasado habéis abusado de esta bendita esperanza de ser santos como él es santo, no por eso la desechéis. Cese el abuso, permanezca el uso. Usadla ahora para más abundante gloria de Dios y provecho de vuestra propia alma. En fe firme, en sosegada tranquilidad de espíritu, en plena certidumbre de esperanza, gozándoos siempre por lo que Dios ha hecho, ¡proseguid vosotros hacia la perfección! Creciendo cada día en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, y yendo de poder en poder, en resignación, en paciencia, en humilde gratitud por lo que habéis alcanzado y por lo que alcanzaréis, corred la carrera que os es propuesta, «puestos los ojos en Jesús», hasta que, por el amor perfecto, ¡entréis en su gloria!
Capítulo 43 completado
Las maquinaciones de Satanás