Sermones en diversas ocasiones
Los pensamientos errantes

Capítulo 42 · 20 min de lectura · 25 min de escucha

Los pensamientos errantes

Sermón 41

Los pensamientos errantes

«Cautivando todo pensamiento a la obediencia de Cristo».

2 Corintios 10:5.

1. Pero ¿«cautivará» Dios de tal modo «todo pensamiento a la obediencia de Cristo» que ningún pensamiento errante halle lugar en la mente, aun mientras permanecemos en el cuerpo? Así lo han sostenido algunos con vehemencia; sí, han afirmado que nadie está perfeccionado en el amor si no está tan perfeccionado en el entendimiento que todos los pensamientos errantes hayan desaparecido; si no solo cada afecto y cada disposición son santos, justos y buenos, sino que cada pensamiento particular que surge en la mente es sabio y ordenado.

2. No es esta una cuestión de poca importancia. Porque ¡cuántos de los que temen a Dios, sí, y lo aman, quizá con todo su corazón, se han visto grandemente afligidos por esta causa! ¡Cuántos, por no entenderla bien, no solo se han afligido, sino que han recibido gran daño en sus almas; han sido arrojados a razonamientos inútiles, sí, dañinos, que retardaron su marcha hacia Dios y los debilitaron para correr la carrera que tenían por delante! Más aún, muchos, por haber entendido mal esta misma cosa, han desechado el precioso don de Dios. Se dejaron llevar primero a dudar de la obra que Dios había hecho en sus almas, y después a negarla; y con ello han contristado al Espíritu de Dios, hasta que él se retiró y los dejó en completa oscuridad.

3. ¿Cómo es, pues, que en medio de la abundancia de libros que se han publicado últimamente casi sobre todos los temas, no tengamos ninguno sobre los pensamientos errantes? ¿O al menos ninguno que satisfaga en algo a una mente sosegada y seria? Para suplir esto en alguna medida, me propongo indagar:

I. ¿Cuáles son las diversas clases de pensamientos errantes?

II. ¿Cuáles son, en general, sus ocasiones?

III. ¿Cuáles de ellos son pecaminosos, y cuáles no?

IV. ¿De cuáles de ellos podemos esperar ser librados, y pedirlo en oración?

I. 1. Me propongo indagar, en primer lugar: ¿Cuáles son las diversas clases de pensamientos errantes? Las clases particulares son innumerables; pero, en general, son de dos clases: pensamientos que se apartan de Dios, y pensamientos que se apartan del asunto particular que tenemos entre manos.

2. En cuanto a los primeros, todos nuestros pensamientos son naturalmente de esta especie, porque andan continuamente errantes, lejos de Dios. No pensamos nada en él; Dios no está en ninguno de nuestros pensamientos; estamos, todos sin excepción, como observa el Apóstol, «sin Dios en el mundo». Pensamos en lo que amamos; pero no amamos a Dios; por tanto, no pensamos en él. O, si de vez en cuando nos vemos obligados a pensar en él por un rato, como no hallamos en ello placer alguno, antes bien, como esos pensamientos no solo nos resultan insípidos, sino desagradables y fastidiosos, los echamos fuera tan pronto como podemos y volvemos a aquello en que nos gusta pensar. De manera que el mundo y las cosas del mundo —qué comeremos, qué beberemos, qué vestiremos; qué veremos, qué oiremos, qué ganaremos; cómo complaceremos nuestros sentidos o nuestra imaginación— ocupan todo nuestro tiempo y absorben todo nuestro pensamiento. Así pues, mientras amamos el mundo, es decir, mientras estamos en nuestro estado natural, todos nuestros pensamientos, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, no son otra cosa que pensamientos errantes.

3. Pero muchas veces no solo estamos «sin Dios en el mundo», sino que además peleamos contra él, puesto que en todo hombre hay por naturaleza una «intención de la carne que es enemistad contra Dios». No es de extrañar, por tanto, que los hombres abunden en pensamientos de incredulidad; ya diciendo en su corazón: «No hay Dios», ya poniendo en duda, si no negando, su poder o su sabiduría, su misericordia, su justicia o su santidad. No es de extrañar que duden tan a menudo de su providencia, al menos de que esta se extienda a todos los acontecimientos; o que, aun admitiéndola, alberguen todavía pensamientos de murmuración o de queja. Muy emparentadas con estos, y frecuentemente unidas a ellos, están las imaginaciones orgullosas y vanas. Además, unas veces están ocupados con pensamientos de ira, de malicia o de venganza; otras, con escenas vaporosas de placer, ya de los sentidos, ya de la imaginación, con lo cual la mente terrena y sensual se hace todavía más terrena y sensual. Ahora bien, con todos estos hacen guerra abierta a Dios: estos son los pensamientos errantes de la peor especie.

4. Muy diferentes de estos son la otra clase de pensamientos errantes, en los cuales el corazón no se aparta de Dios, sino que el entendimiento se aparta del asunto particular que tenía entonces a la vista. Por ejemplo: me siento a considerar aquellas palabras del versículo que precede al texto: «Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios». Pienso: «Así debería ser con todos los que se llaman cristianos. ¡Pero cuán distinto es! Mirad a vuestro alrededor, a casi cualquier parte de lo que se llama el mundo cristiano. ¿Qué clase de armas están usando? ¿En qué especie de guerra andan empeñados,

mientras los hombres, cual demonios, se despedazan

con toda la furia infernal de la guerra?

¡Mirad cómo se aman unos a otros estos cristianos! ¿En qué son preferibles a los turcos y a los paganos? ¿Qué abominación puede hallarse entre los mahometanos o los gentiles que no se halle también entre los cristianos?». Y así mi mente se va, antes de que me dé cuenta, de una circunstancia a otra. Ahora bien, todos estos son, en cierto sentido, pensamientos errantes: porque, aunque no se apartan de Dios, y mucho menos pelean contra él, sí se apartan del asunto particular que yo tenía a la vista.

II. Tal es la naturaleza, tales son las clases (por hablar de un modo más útil que filosófico) de los pensamientos errantes. Pero ¿cuáles son, en general, sus ocasiones? Esto es lo que hemos de considerar en segundo lugar.

1. Y es fácil observar que la ocasión de la primera clase de pensamientos, los que se oponen a Dios o se apartan de él, son, en general, las disposiciones pecaminosas. Por ejemplo: ¿por qué no está Dios en todos los pensamientos, ni en ninguno de los pensamientos, del hombre natural? Por una razón sencilla: sea rico o pobre, docto o indocto, es un ateo (aunque no se le llame así comúnmente); ni conoce ni ama a Dios. ¿Por qué andan sus pensamientos continuamente errantes tras el mundo? Porque es un idólatra. Es verdad que no adora una imagen ni se postra ante un tronco de árbol; y sin embargo está hundido en una idolatría igualmente condenable: ama, es decir, adora, el mundo. Busca la felicidad en las cosas que se ven, en los placeres que perecen con el uso. ¿Por qué se apartan perpetuamente sus pensamientos del fin mismo de su ser, el conocimiento de Dios en Cristo? Porque es un incrédulo; porque no tiene fe, o al menos no más que un demonio. Así, todos estos pensamientos errantes brotan fácil y naturalmente de esa mala raíz de la incredulidad.

2. Lo mismo sucede en otros casos: el orgullo, la ira, la venganza, la vanidad, la lujuria, la avaricia, cada uno de ellos da ocasión a pensamientos conformes a su propia naturaleza. Y así lo hace toda disposición pecaminosa de que es capaz la mente humana. Enumerar los casos particulares apenas es posible, ni tampoco necesario: basta observar que, cuantas malas disposiciones hallen lugar en un alma, de otras tantas maneras se apartará esa alma de Dios, por la peor especie de pensamientos errantes.

3. Las ocasiones de la segunda clase de pensamientos errantes son sumamente variadas. Una multitud de ellos los ocasiona la unión natural entre el alma y el cuerpo. ¡Cuán inmediata y cuán profundamente queda afectado el entendimiento por un cuerpo enfermo! Basta con que la sangre se mueva irregularmente en el cerebro, y se acaba todo pensamiento ordenado. Sobreviene la locura furiosa, y entonces adiós a toda serenidad de pensamiento. Sí, basta con que los espíritus vitales se precipiten o se agiten en cierto grado, y una locura pasajera, un delirio, impide todo pensamiento asentado. ¿Y no ocasiona en cierta medida la misma irregularidad de pensamiento todo trastorno nervioso? Así es como «el cuerpo corruptible agrava el alma, y la hace pensar en muchas cosas».

4. Pero ¿causa esto solamente en tiempo de enfermedad o de trastorno contra la naturaleza? No, sino que, más o menos, en todo tiempo, aun en estado de perfecta salud. Por sano que esté un hombre, estará más o menos delirante cada veinticuatro horas. Pues ¿acaso no duerme? Y mientras duerme, ¿no está expuesto a soñar? ¿Y quién es entonces dueño de sus propios pensamientos, o capaz de conservar su orden y su coherencia? ¿Quién puede entonces mantenerlos fijos en un solo punto, o impedir que vaguen de un polo al otro?

5. Pero supongamos que estamos despiertos: ¿estamos siempre tan despiertos que podamos gobernar con firmeza nuestros pensamientos? ¿No estamos inevitablemente expuestos a extremos contrarios por la naturaleza misma de esta máquina, el cuerpo? Unas veces estamos demasiado pesados, demasiado torpes y lánguidos para seguir cualquier cadena de pensamientos. Otras veces, por el contrario, estamos demasiado vivos. La imaginación, sin pedir permiso, salta de acá para allá y nos arrastra de un lado a otro, queramos o no; y todo esto por el movimiento meramente natural de los espíritus vitales o la vibración de los nervios.

6. Además: ¡cuántos extravíos del pensamiento pueden surgir de esas diversas asociaciones de nuestras ideas que se forman enteramente sin que lo sepamos e independientemente de nuestra elección! Cómo se forman estas conexiones, no lo sabemos decir; pero se forman de mil maneras diferentes. Y no está en poder del más sabio ni del más santo de los hombres romper esas asociaciones, ni impedir lo que es su consecuencia necesaria y materia de observación diaria. Basta con que el fuego toque un extremo de la mecha, y corre al instante hasta el otro.

7. Una vez más: fijemos nuestra atención con todo el empeño de que seamos capaces en cualquier asunto; que surja, no obstante, un placer o un dolor, sobre todo si es intenso, y reclamará nuestra atención inmediata y atraerá hacia sí nuestro pensamiento. Interrumpirá la contemplación más firme y desviará la mente de su asunto favorito.

8. Estas ocasiones de pensamientos errantes están dentro de nosotros, entretejidas en nuestra misma naturaleza. Pero también surgirán natural y necesariamente del impulso variado de los objetos exteriores. Todo lo que hiere el órgano del sentido, el ojo o el oído, suscitará una percepción en la mente. Y, en consecuencia, todo lo que vemos u oímos irrumpirá en el curso anterior de nuestros pensamientos. Todo hombre, por tanto, que hace algo a nuestra vista, o dice algo a nuestros oídos, hace que nuestra mente se aparte, más o menos, del asunto en que antes pensaba.

9. Y no cabe duda de que esos espíritus malignos que andan continuamente buscando a quién devorar se valen de todas las ocasiones ya dichas para precipitar y distraer nuestra mente. Unas veces por uno, otras por otro de estos medios, nos hostigarán y nos dejarán perplejos y, en cuanto Dios lo permite, interrumpirán nuestros pensamientos, en particular cuando están ocupados en los mejores asuntos. Ni esto es nada extraño: ellos entienden los resortes mismos del pensamiento, y saben de cuál de los órganos corporales depende más inmediatamente la imaginación, el entendimiento y toda otra facultad de la mente. Y por ello saben cómo, afectando esos órganos, afectar las operaciones que dependen de ellos. Añádase a esto que pueden inyectar mil pensamientos sin ninguno de los medios precedentes, pues es tan natural que el espíritu obre sobre el espíritu como que la materia obre sobre la materia. Consideradas estas cosas, no podemos maravillarnos de que nuestro pensamiento se aparte tan a menudo de cualquier asunto que tenemos a la vista.

III. 1. Qué clase de pensamientos errantes son pecaminosos, y cuáles no, es lo tercero que hemos de indagar. Y, en primer lugar, todos aquellos pensamientos que se apartan de Dios, que no le dejan lugar en nuestra mente, son sin duda pecaminosos. Porque todos ellos implican un ateísmo práctico, y por ellos estamos sin Dios en el mundo. Y tanto más lo son todos aquellos que son contrarios a Dios, que implican oposición o enemistad contra él. Tales son todos los pensamientos de murmuración y descontento, que dicen en efecto: «No queremos que este reine sobre nosotros»; todos los pensamientos de incredulidad, ya respecto de su ser, ya de sus atributos, ya de su providencia. Quiero decir su providencia particular sobre todas las cosas, lo mismo que sobre todas las personas del universo; aquella sin la cual «ni un pajarillo cae a tierra», por la cual «los cabellos de nuestra cabeza están todos contados»; porque, en cuanto a una providencia general (como se la llama comúnmente), distinguida de la particular, no es más que una palabra decorosa y de buen sonido que no significa absolutamente nada.

2. Además, todos los pensamientos que brotan de disposiciones pecaminosas son sin duda pecaminosos. Tales son, por ejemplo, los que brotan de una disposición vengativa, del orgullo, de la lujuria o de la vanidad. «No puede el árbol malo llevar frutos buenos»; por tanto, si el árbol es malo, también lo ha de ser el fruto.

3. Y así lo han de ser aquellos que producen o alimentan alguna disposición pecaminosa; aquellos que dan origen al orgullo o a la vanidad, a la ira o al amor del mundo, o que confirman y aumentan estas o cualquier otra disposición, pasión o afecto impíos. Porque no solo es malo todo lo que procede del mal, sino también todo lo que conduce a él; todo lo que tiende a apartar el alma de Dios y a hacerla o mantenerla terrena, animal y diabólica.

4. De aquí que aun aquellos pensamientos ocasionados por la debilidad o la enfermedad, por el mecanismo natural del cuerpo o por las leyes de la unión vital, por inocentes que sean en sí mismos, se vuelven sin embargo pecaminosos cuando producen, o fomentan y aumentan en nosotros, alguna disposición pecaminosa; por ejemplo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos o la soberbia de la vida. Del mismo modo, los pensamientos errantes ocasionados por las palabras o las acciones de otros hombres, si causan o alimentan alguna disposición torcida, comienzan entonces a ser pecaminosos. Y lo mismo podemos observar de los que el diablo sugiere o inyecta. Cuando sirven a alguna disposición terrena o diabólica (lo cual hacen siempre que les damos lugar y, con ello, los hacemos nuestros), entonces son tan pecaminosos como las disposiciones a que sirven.

5. Pero, fuera de estos casos, los pensamientos errantes en el segundo sentido de la palabra, es decir, los pensamientos en que nuestro entendimiento se aparta del asunto que tiene a la vista, no son más pecaminosos que el movimiento de la sangre en nuestras venas o de los espíritus vitales en nuestro cerebro. Si provienen de una constitución débil, o de alguna flaqueza o indisposición accidental, son tan inocentes como lo es tener una constitución débil o un cuerpo indispuesto. Y seguramente nadie duda de que un mal estado de los nervios, una fiebre de cualquier clase y un delirio, pasajero o duradero, pueden ser compatibles con una perfecta inocencia. Y si surgieran en un alma unida a un cuerpo sano, ya sea por la unión natural entre el cuerpo y el alma, ya por cualquiera de los diez mil cambios que pueden ocurrir en aquellos órganos del cuerpo que sirven al pensamiento, en cualquiera de estos casos son tan perfectamente inocentes como las causas de que brotan. Y lo mismo cuando brotan de las asociaciones casuales e involuntarias de nuestras ideas.

6. Si nuestros pensamientos se apartan del asunto que teníamos a la vista porque otros hombres afectan de diversas maneras nuestros sentidos, siguen siendo igualmente inocentes; porque no es más pecado entender lo que veo y oigo, y en muchos casos no puedo menos de ver, oír y entender, que tener ojos y oídos. «Pero si el diablo inyecta pensamientos errantes, ¿no son malos esos pensamientos?». Son molestos, y en ese sentido malos; pero no son pecaminosos. No sé si habló a nuestro Señor con voz audible; quizá habló solo a su corazón cuando dijo: «Todo esto te daré, si postrado me adorares». Pero, ya hablara por dentro o por fuera, nuestro Señor sin duda entendió lo que decía. Tuvo, por tanto, un pensamiento correspondiente a esas palabras. Pero ¿fue un pensamiento pecaminoso? Sabemos que no. En él no hubo pecado, ni de obra, ni de palabra, ni de pensamiento. Ni hay pecado alguno en mil pensamientos de la misma clase que Satanás pueda inyectar en cualquiera de los seguidores de nuestro Señor.

7. Se sigue que ninguno de estos pensamientos errantes (digan lo que digan personas poco cautas, entristeciendo así a quienes el Señor no había entristecido) es incompatible con el amor perfecto. En verdad, si lo fuera, entonces no solo el dolor agudo, sino el sueño mismo, serían incompatibles con él: el dolor agudo, porque siempre que sobreviene, cualquiera que sea la cosa en que antes pensábamos, interrumpirá nuestro pensar y, por supuesto, llevará nuestros pensamientos por otro cauce; sí, y el sueño mismo, por cuanto es un estado de insensibilidad y de estupor, y tal que generalmente va mezclado con pensamientos que vagan por toda la tierra, sueltos, desordenados e incoherentes. Y, sin embargo, ciertamente estas cosas son compatibles con el amor perfecto; luego también lo son todos los pensamientos errantes de esta clase.

IV. 1. De lo que se ha observado es fácil dar una respuesta clara a la última cuestión: de qué clase de pensamientos errantes podemos esperar ser librados, y pedirlo en oración.

De la primera clase de pensamientos errantes, aquellos en que el corazón se aparta de Dios, de todos los que son contrarios a su voluntad o que nos dejan sin Dios en el mundo, todo el que está perfeccionado en el amor es indudablemente librado. Esta liberación, por tanto, podemos esperarla; esta podemos, debemos pedirla en oración. Los pensamientos errantes de esta clase implican incredulidad, si no enemistad contra Dios; pero a ambas las destruirá él, les pondrá fin por completo. Y, en verdad, de todos los pensamientos errantes pecaminosos seremos absolutamente librados. Todos los que están perfeccionados en el amor están libres de ellos; de otro modo no estarían salvados del pecado. Los hombres y los demonios los tentarán de todas las maneras; pero no podrán prevalecer contra ellos.

2. En cuanto a la segunda clase de pensamientos errantes, el caso es muy diferente. Mientras no se quite la causa, no podemos razonablemente esperar que cese el efecto. Pero las causas u ocasiones de estos permanecerán mientras permanezcamos en el cuerpo. Mientras tanto, pues, tenemos toda razón para creer que también los efectos permanecerán.

3. Para ser más particular: supongamos un alma, por santa que sea, que habita en un cuerpo enfermo; supongamos que el cerebro esté tan completamente trastornado que sobrevenga la locura furiosa: ¿no serán todos los pensamientos desordenados e inconexos mientras dure ese trastorno? Supongamos que una fiebre ocasione esa locura pasajera que llamamos delirio: ¿puede haber alguna justa conexión de pensamiento hasta que ese delirio se quite? Sí, supongamos que lo que se llama un trastorno nervioso llegue a un grado tan alto que ocasione al menos una locura parcial: ¿no habrá mil pensamientos errantes? ¿Y no deben continuar estos pensamientos desordenados tanto como el trastorno que los ocasiona?

4. ¿No será el caso el mismo respecto de aquellos pensamientos que surgen necesariamente de un dolor violento? Continuarán, más o menos, mientras ese dolor continúe, por el orden inviolable de la naturaleza. Este orden regirá también donde los pensamientos se vean perturbados, quebrados o interrumpidos por algún defecto de la aprehensión, del juicio o de la imaginación que provenga de la constitución natural del cuerpo. ¡Y cuántas interrupciones pueden brotar de la asociación inexplicable e involuntaria de nuestras ideas! Ahora bien, todas estas son causadas, directa o indirectamente, por el cuerpo corruptible que agrava la mente. Por tanto, no podemos esperar que se quiten hasta que «esto corruptible sea vestido de incorrupción».

5. Y solo entonces, cuando nos acostemos en el polvo, seremos librados de aquellos pensamientos errantes que ocasiona lo que vemos y oímos entre aquellos de quienes ahora estamos rodeados. Para evitarlos, tendríamos que salir del mundo: porque mientras permanezcamos en él, mientras haya hombres y mujeres a nuestro alrededor, y tengamos ojos para ver y oídos para oír, las cosas que cada día vemos y oímos afectarán ciertamente nuestra mente, y más o menos irrumpirán en nuestros pensamientos anteriores y los interrumpirán.

6. Y mientras los espíritus malignos anden de acá para allá por un mundo miserable y desordenado, asaltarán (puedan prevalecer o no) a todo habitante de carne y sangre. Molestarán aun a aquellos a quienes no pueden destruir; atacarán, si no pueden vencer. Y de estos ataques de nuestros enemigos inquietos e incansables no debemos esperar una liberación completa hasta que estemos alojados «allí donde los impíos dejan de perturbar, y allí donde descansan los de cansadas fuerzas».

7. Para resumirlo todo: esperar ser librados de aquellos pensamientos errantes ocasionados por los espíritus malignos es esperar que el diablo muera o se duerma, o al menos que deje de andar alrededor como león rugiente. Esperar ser librados de los ocasionados por otros hombres es esperar o que los hombres desaparezcan de la tierra, o que nosotros quedemos absolutamente apartados de ellos y no tengamos trato alguno con ellos; o que, teniendo ojos, no veamos, ni oigamos con nuestros oídos, sino que seamos tan insensibles como los troncos o las piedras. Y pedir en oración ser librados de los ocasionados por el cuerpo es, en efecto, pedir que dejemos el cuerpo; de otro modo es pedir cosas imposibles y absurdas; pedir que Dios reconcilie lo contradictorio, conservando nuestra unión con un cuerpo corruptible sin las consecuencias naturales y necesarias de esa unión. Es como si pidiéramos ser ángeles y hombres, mortales e inmortales, al mismo tiempo. ¡No! Pero cuando venga lo que es inmortal, la mortalidad quedará abolida.

8. Pidamos más bien en oración, con el espíritu y también con el entendimiento, que todas estas cosas nos ayuden a bien; que podamos sufrir todas las flaquezas de nuestra naturaleza, todas las interrupciones de los hombres, todos los asaltos y sugestiones de los espíritus malignos, y en todo ello ser «más que vencedores». Pidamos ser librados de todo pecado; que sean destruidas tanto la raíz como la rama; que seamos limpiados «de toda inmundicia de carne y de espíritu», de toda mala disposición, palabra y obra; que amemos «al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas»; que todo el fruto del Espíritu se halle en nosotros, no solo amor, gozo, paz, sino también «tolerancia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza». ¡Pedid que todas estas cosas florezcan y abunden, que crezcan en vosotros más y más, hasta que os sea abundantemente administrada la entrada en el reino eterno de nuestro Señor Jesucristo!

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