Sermones en diversas ocasiones
La perfección cristiana

Capítulo 41 · 47 min de lectura · 1 h 1 min de escucha

La perfección cristiana

Sermón 40

La perfección cristiana

«No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto».

Filipenses 3:12.

1. Apenas hay en la Sagrada Escritura una expresión que haya causado más ofensa que esta. La palabra perfecto es algo que muchos no pueden soportar. Su mismo sonido les es una abominación. Y cualquiera que predica la perfección (como suele decirse), es decir, que afirma que es alcanzable en esta vida, corre gran peligro de ser tenido por ellos como peor que un pagano y un publicano.

2. Y de ahí que algunos hayan aconsejado dejar por completo a un lado el uso de esas expresiones, «porque han causado tan grande ofensa». Pero ¿no se hallan en los oráculos de Dios? Si es así, ¿con qué autoridad puede algún mensajero de Dios dejarlas a un lado, aunque todos los hombres se ofendieran? No hemos aprendido así a Cristo; ni podemos dar así lugar al diablo. Todo lo que Dios ha hablado, eso hablaremos nosotros, oigan o dejen de oír los hombres; sabiendo que solo entonces puede un ministro de Cristo ser «limpio de la sangre de todos», cuando «no ha rehuido anunciarles todo el consejo de Dios». [Hechos 20:26, 27]

3. No podemos, pues, dejar a un lado estas expresiones, ya que son palabras de Dios y no de hombre. Pero podemos, y debemos, explicar su significado, para que los que son sinceros de corazón no se desvíen a la derecha ni a la izquierda del blanco del premio de su soberana vocación. Y esto es tanto más necesario hacerlo cuanto que, en el versículo ya citado, el Apóstol habla de sí mismo como no perfecto: «No», dice él, «que ya sea perfecto». Y sin embargo, inmediatamente después, en el versículo quince, habla de sí mismo, y aun de muchos otros, como perfectos: «Así que», dice él, «todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos». [Filipenses 3:15]

4. Por tanto, a fin de quitar la dificultad que nace de esta aparente contradicción, así como para dar luz a los que prosiguen hacia el blanco, y para que lo cojo no se salga del camino, procuraré mostrar:

Primero, en qué sentido los cristianos no son perfectos; y,

Segundo, en qué sentido son perfectos.

I. 1. En primer lugar procuraré mostrar en qué sentido los cristianos no son perfectos. Y tanto por la experiencia como por la Escritura se ve, primero, que no son perfectos en conocimiento: no son tan perfectos en esta vida que estén libres de ignorancia. Saben, quizá, en común con otros hombres, muchas cosas tocantes al mundo presente; y saben, con respecto al mundo venidero, las verdades generales que Dios ha revelado. Saben también (lo que el hombre natural no percibe, porque estas cosas se han de discernir espiritualmente) «cuál amor» es aquel con que «el Padre» los ha amado, «que sean llamados hijos de Dios». [1 Juan 3:1] Conocen la poderosa obra de su Espíritu en sus corazones; [Efesios 3:16] y la sabiduría de su providencia, que endereza todas sus veredas [Proverbios 3:6] y hace que todas las cosas les ayuden a bien. [Romanos 8:28] Sí, saben en cada circunstancia de la vida lo que el Señor pide de ellos, y cómo tener una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres. [Hechos 24:16]

2. Pero innumerables son las cosas que no saben. En cuanto al Todopoderoso mismo, no pueden llegar a conocerle perfectamente. «He aquí, estas son solo partes de sus caminos; pero el trueno de su poder, ¿quién lo podrá entender?» [Job 26:14] No pueden entender, no diré cómo «tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno»; [1 Juan 5:7] o cómo el eterno Hijo de Dios «tomó sobre sí forma de siervo»; [Filipenses 2:7] —sino ni un solo atributo, ni una sola circunstancia de la naturaleza divina. [2 Pedro 1:4] Tampoco les toca saber los tiempos y las sazones [Hechos 1:7] en que Dios hará sus grandes obras sobre la tierra; no, ni siquiera aquellas que él ha revelado en parte por sus siervos y profetas desde el principio del mundo. [véase Amós 3:7] Mucho menos saben cuándo Dios, habiendo «completado el número de sus escogidos, apresurará su reino»; cuando «los cielos pasarán con grande estruendo, y los elementos, ardiendo, serán deshechos». [2 Pedro 3:10]

3. No saben las razones ni aun de muchas de sus presentes dispensaciones para con los hijos de los hombres; sino que se ven obligados a descansar en esto: aunque «nubes y oscuridad están alrededor de él, justicia y juicio son el asiento de su trono». [Salmo 97:2] Sí, a menudo, con respecto a su trato con ellos mismos, su Señor les dice: «Lo que yo hago, tú no entiendes ahora; mas lo entenderás después». [Juan 13:7] ¡Y cuán poco saben de lo que está siempre delante de ellos, aun de las obras visibles de sus manos! ¿Cómo «extiende el norte sobre el vacío, y cuelga la tierra sobre nada»? [Job 26:7] ¿Cómo une todas las partes de esta vasta máquina con una cadena secreta que no puede romperse? ¡Tan grande es la ignorancia, tan pequeñísimo el conocimiento, aun de los mejores de los hombres!

4. Nadie, pues, es tan perfecto en esta vida que esté libre de ignorancia. Ni, en segundo lugar, del error, que en verdad es una consecuencia casi inevitable de ella; puesto que los que «conocen en parte» [1 Corintios 13:12] están siempre expuestos a errar en las cosas que no conocen. Es verdad que los hijos de Dios no se equivocan en cuanto a las cosas esenciales para la salvación: no «hacen de la luz tinieblas, ni de las tinieblas luz»; [Isaías 5:20] ni «buscan la muerte con el error de su vida». [Sabiduría 1:12] Porque son «enseñados de Dios», y el camino que él les enseña, el camino de santidad, es tan llano que «el caminante, aunque sea torpe, no tiene por qué errar en él». [Isaías 35:8] Pero en cosas no esenciales para la salvación sí yerran, y eso con frecuencia. Los mejores y más sabios de los hombres se equivocan a menudo aun en cuanto a los hechos; creyendo que no sucedieron cosas que realmente sucedieron, o que se hicieron cosas que no se hicieron. O, suponiendo que no se equivoquen en cuanto al hecho mismo, pueden equivocarse en cuanto a sus circunstancias, creyendo que estas, o muchas de ellas, fueron muy diferentes de lo que en verdad fueron. Y de aquí no pueden menos que surgir muchos otros errores. De aquí que puedan creer buenas acciones pasadas o presentes que fueron o son malas, y malas las que fueron o son buenas. De aquí también que puedan juzgar no conforme a la verdad acerca del carácter de los hombres; y eso, no solo suponiendo a los buenos mejores, o a los malvados peores, de lo que son, sino creyendo que fueron o son hombres buenos los que fueron o son muy malvados; o quizá que fueron o son malvados los que fueron o son santos e irreprensibles.

5. Más aún, con respecto a las Sagradas Escrituras mismas, por mucho cuidado que pongan en evitarlo, los mejores de los hombres están expuestos a equivocarse, y se equivocan día tras día; especialmente en aquellas partes que tienen relación menos inmediata con la práctica. De ahí que aun los hijos de Dios no estén de acuerdo en la interpretación de muchos lugares de la Sagrada Escritura; y su diferencia de opinión no prueba que no sean hijos de Dios ni los unos ni los otros; pero sí prueba que no hemos de esperar que ningún hombre viviente sea infalible, como tampoco que sea omnisciente.

6. Si a lo que se ha observado bajo este punto y el anterior se objeta que San Juan, hablando a sus hermanos en la fe, dice: «Vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas» (1 Juan 2:20:), la respuesta es clara: «Conocéis todas las cosas que son necesarias para la salud de vuestras almas». [cf. 3 Juan 2] Que el Apóstol nunca se propuso extender esto más allá, que no pudo decirlo en un sentido absoluto, es claro, primero, por esto: que de otro modo describiría al discípulo como «sobre su maestro»; puesto que Cristo mismo, como hombre, no sabía todas las cosas: «De aquella hora», dice él, «nadie sabe; no, ni el Hijo, sino el Padre». [Marcos 13:32] Es claro, en segundo lugar, por las propias palabras del Apóstol que siguen: «Os he escrito esto sobre los que os engañan»; [cf. 1 Juan 3:7] así como por su advertencia, repetida con frecuencia: «Nadie os engañe»; [véase Marcos 13:5; Efesios 5:6; 2 Tesalonicenses 2:3] la cual habría sido del todo innecesaria si esas mismas personas que tenían aquella unción del Santo [1 Juan 2:20] no hubieran estado expuestas, no solo a la ignorancia, sino también al error.

7. Aun los cristianos, por tanto, no son tan perfectos que estén libres de la ignorancia o del error. Podemos, en tercer lugar, añadir: ni de las flaquezas. Solo tengamos cuidado de entender bien esta palabra; solo no demos ese suave nombre a los pecados conocidos, como algunos acostumbran. Así, un hombre nos dice: «Todo hombre tiene su flaqueza, y la mía es la embriaguez»; otro tiene la flaqueza de la impureza; otro, la de tomar en vano el santo nombre de Dios; y otro más tiene la flaqueza de llamar a su hermano «Fatuo», [Mateo 5:22] o de devolver «maldición por maldición». [1 Pedro 3:9] ¡Es claro que todos vosotros que así habláis, si no os arrepentís, descenderéis vivos al infierno con vuestras flaquezas! Pero entiendo por esto no solo las que propiamente se llaman flaquezas corporales, sino todas aquellas imperfecciones interiores o exteriores que no son de naturaleza moral. Tales son la debilidad o lentitud del entendimiento, la torpeza o confusión de la percepción, la incoherencia del pensamiento, la viveza desordenada o la pesadez de la imaginación. Tal es (por no mencionar más de esta clase) la falta de una memoria pronta o retentiva. Tales son, en otro orden, las que comúnmente se siguen en alguna medida de estas; a saber, la lentitud en el hablar, la impropiedad del lenguaje, la falta de gracia en la pronunciación; a lo cual podrían añadirse mil defectos sin nombre, ya en la conversación, ya en el comportamiento. Estas son las flaquezas que se hallan en los mejores de los hombres, en mayor o menor proporción. Y de ellas nadie puede esperar verse perfectamente libre hasta que el espíritu vuelva a Dios que lo dio. [Eclesiastés 12:7]

8. Tampoco podemos esperar, hasta entonces, vernos del todo libres de la tentación. Tal perfección no pertenece a esta vida. Es verdad que hay quienes, entregados a cometer con avidez toda suerte de impureza, [Efesios 4:19] apenas perciben las tentaciones a las que no resisten, y así parecen estar sin tentación. Hay también muchos a quienes el astuto enemigo de las almas, viéndolos profundamente dormidos en la forma muerta de la piedad, no tentará a pecados groseros, no sea que despierten antes de caer en las llamas eternas. Sé que hay también hijos de Dios que, habiendo sido ahora justificados gratuitamente, [Romanos 5:1] y habiendo hallado redención en la sangre de Cristo, [Efesios 1:7] por el momento no sienten tentación alguna. Dios ha dicho a sus enemigos: «No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal a mis hijos». [véase 1 Crónicas 16:22] Y por este tiempo, quizá por semanas o meses, los hace «subir sobre las alturas»; [Deuteronomio 32:13] los lleva como sobre alas de águilas, [Éxodo 19:4] por encima de todos los dardos de fuego del maligno. [Efesios 6:16] Pero este estado no durará siempre; como podemos aprender de esta sola consideración: que el Hijo de Dios mismo, en los días de su carne, fue tentado hasta el fin de su vida. [Hebreos 2:18; 4:15; 6:7] Por tanto, espere su siervo que así le suceda; porque «bástale ser como su Maestro». [Lucas 6:40]

9. La perfección cristiana, por tanto, no implica (como algunos parecen haber imaginado) exención de la ignorancia o del error, ni de las flaquezas o tentaciones. En verdad, no es sino otro nombre de la santidad. Son dos nombres para una misma cosa. Así, todo el que es perfecto es santo, y todo el que es santo es, en el sentido de la Escritura, perfecto. Sin embargo, podemos observar, por último, que ni aun en este respecto hay perfección absoluta en la tierra. No hay perfección de grados, como se la llama; ninguna que no admita un continuo aumento. De modo que, por mucho que un hombre haya alcanzado, o por alto que sea el grado en que es perfecto, todavía tiene necesidad de «crecer en la gracia», [2 Pedro 3:18] y de avanzar cada día en el conocimiento y el amor de Dios su Salvador. [véase Filipenses 1:9]

II. 1. ¿En qué sentido, pues, son perfectos los cristianos? Esto es lo que procuraré mostrar en segundo lugar. Pero debe advertirse de antemano que hay varias etapas en la vida cristiana, como en la natural; pues algunos de los hijos de Dios no son sino niños recién nacidos, y otros han alcanzado mayor madurez. Y, en consecuencia, San Juan, en su primera epístola (1 Juan 2:12.), se dirige por separado a los que él llama hijitos, a los que denomina jóvenes y a los que llama padres. «Os escribo a vosotros, hijitos», dice el Apóstol, «porque vuestros pecados os son perdonados»: porque hasta aquí habéis llegado: siendo «justificados gratuitamente», «tenéis paz para con Dios por medio de Jesucristo». [Romanos 5:1] «Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno»; o (como añade después) «porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros». [1 Juan 2:13, 14] Habéis apagado los dardos de fuego del maligno, [Efesios 6:16] las dudas y temores con que turbaba vuestra primera paz; y el testimonio de Dios, de que vuestros pecados os son perdonados, permanece ahora en vuestro corazón. «Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido al que es desde el principio». [1 Juan 2:13] Habéis conocido al Padre, y al Hijo, y al Espíritu de Cristo, en lo más íntimo de vuestra alma. Sois «varones perfectos, crecidos hasta la medida de la estatura de la plenitud de Cristo». [Efesios 4:13]

2. De estos principalmente hablo en la última parte de este discurso, porque solo estos son propiamente cristianos. Pero aun los niños en Cristo son perfectos, o nacidos de Dios (expresión que también se toma en diversos sentidos), en tal sentido que, primero, no cometen pecado. Si alguno duda de este privilegio de los hijos de Dios, la cuestión no ha de decidirse por razonamientos abstractos, que pueden alargarse indefinidamente y dejar el asunto tal como estaba antes. Tampoco ha de determinarse por la experiencia de tal o cual persona en particular. Muchos pueden suponer que no cometen pecado cuando sí lo cometen; pero esto no prueba nada en ningún sentido. A la ley y al testimonio apelamos. «Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso». [Romanos 3:4] A su Palabra nos atendremos, y solo a ella. Por ella debemos ser juzgados.

3. Ahora bien, la Palabra de Dios declara claramente que aun los que están justificados, los que han nacido de nuevo en el sentido más bajo, «no perseveran en pecado»; que no pueden «vivir aún en él» (Romanos 6:1, 2; ); que han sido «plantados juntamente a la semejanza de la muerte» de Cristo (Romanos 6:5; ); que su «viejo hombre es crucificado con él», siendo destruido el cuerpo del pecado, de modo que en adelante no sirven al pecado; que, estando muertos con Cristo, están libres del pecado (Romanos 6:6, 7; ); que están «muertos al pecado, y vivos para Dios» (Romanos 6:11; ); que «el pecado ya no se enseñorea de ellos», que «no están bajo la ley, sino bajo la gracia»; sino que estos, «libertados del pecado, son hechos siervos de la justicia». (Romanos 6:14, 18)

4. Lo menos que puede implicarse en estas palabras es que las personas de quienes en ellas se habla, a saber, todos los cristianos verdaderos, o creyentes en Cristo, son hechos libres del pecado exterior. Y la misma libertad que San Pablo expresa aquí con tanta variedad de frases, San Pedro la expresa en esta sola (1 Pedro 4:1, 2:): «El que ha padecido en la carne, ha cesado de pecar, para no vivir ya conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios». Porque este cesar de pecar, si se interpreta en el sentido más bajo, como refiriéndose solo a la conducta exterior, ha de significar el cese del acto exterior, de toda transgresión exterior de la ley.

5 . Pero las más expresas son las bien conocidas palabras de San Juan en el capítulo tercero de su primera epístola, versículo 8: «El que comete pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios no comete pecado, porque su simiente permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios». [1 Juan 3:8, 9] Y las del quinto (1 Juan 5:18:): «Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios no peca; mas el que es engendrado de Dios se guarda a sí mismo, y el maligno no le toca».

6. En verdad, se dice que esto solo significa que no peca voluntariamente; o que no comete pecado habitualmente; o no como los demás hombres; o no como lo hacía antes. Pero ¿quién dice esto? ¿San Juan? No. No hay tal palabra en el texto, ni en todo el capítulo, ni en toda su epístola, ni en parte alguna de sus escritos. Así pues, la mejor manera de responder a una afirmación atrevida es simplemente negarla. Y si alguien puede probarla por la Palabra de Dios, que presente sus fuertes razones.

7. Y hay cierta clase de razón que se ha alegado con frecuencia en apoyo de estas extrañas afirmaciones, sacada de los ejemplos registrados en la Palabra de Dios. «¡Cómo!», dicen, «¿no cometió pecado el mismo Abraham, disimulando y negando a su mujer? ¿No cometió pecado Moisés cuando provocó a Dios en las aguas de la rencilla? Más aún, para presentar uno por todos, ¿no cometió pecado aun David, “el varón conforme al corazón de Dios”, en el asunto de Urías heteo, nada menos que homicidio y adulterio?» Es muy cierto que lo cometió. Todo esto es verdad. Pero ¿qué es lo que queréis inferir de aquí? Puede concederse, primero, que David, en el curso general de su vida, fue uno de los hombres más santos entre los judíos; y, en segundo lugar, que los hombres más santos entre los judíos a veces cometían pecado. Pero si queréis inferir de aquí que todos los cristianos cometen pecado, y han de cometerlo, mientras viven, negamos rotundamente esta consecuencia: jamás se seguirá de esas premisas.

8. Los que así argumentan parecen no haber considerado nunca aquella declaración de nuestro Señor (Mateo 11:11:): «De cierto os digo que entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él». Temo, en verdad, que algunos hayan imaginado que «el reino de los cielos» significa aquí el reino de la gloria; ¡como si el Hijo de Dios acabara de revelarnos que el menor santo glorificado en el cielo es mayor que cualquier hombre sobre la tierra! Mencionar esto basta para refutarlo. No puede caber duda, por tanto, de que «el reino de los cielos» aquí (como en el versículo siguiente, donde se dice que es tomado por la fuerza) [Mateo 11:12] o «el reino de Dios», como lo expresa San Lucas, es aquel reino de Dios en la tierra al cual pertenecen todos los verdaderos creyentes en Cristo, todos los cristianos verdaderos. En estas palabras, pues, nuestro Señor declara dos cosas. Primero, que antes de su venida en la carne no había habido, entre todos los hijos de los hombres, uno mayor que Juan el Bautista; de donde se sigue evidentemente que ni Abraham, ni David, ni ningún judío fue mayor que Juan. Nuestro Señor declara, en segundo lugar, que el más pequeño en el reino de Dios (en aquel reino que él vino a establecer en la tierra, y que los violentos comenzaban ya a tomar por la fuerza) es mayor que él: no un profeta mayor, como algunos han interpretado la palabra, porque esto es manifiestamente falso en los hechos, sino mayor en la gracia de Dios y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, no podemos medir los privilegios de los cristianos verdaderos por los que antes se dieron a los judíos. Su «ministerio» (o dispensación), lo concedemos, «fue con gloria»; pero el nuestro «abunda en gloria». [2 Corintios 3:7–9] De modo que cualquiera que quiera rebajar la dispensación cristiana a la medida judía, cualquiera que recoja los ejemplos de debilidad registrados en la Ley y los Profetas, y de ahí infiera que los que se han «revestido de Cristo» [Gálatas 3:27] no están dotados de mayor fuerza, yerra grandemente, «no conociendo las Escrituras, ni el poder de Dios». [Mateo 22:29]

9. «Pero ¿no hay afirmaciones en la Escritura que prueban lo mismo, si no puede inferirse de esos ejemplos? ¿No dice expresamente la Escritura: «Aun el justo peca siete veces al día»? Respondo: No. La Escritura no dice tal cosa. No hay tal texto en toda la Biblia. Lo que parece tenerse en mente es el versículo dieciséis del capítulo veinticuatro de los Proverbios, cuyas palabras son estas: «Siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse». [Proverbios 24:16] Pero esto es cosa muy distinta. Porque, primero, las palabras «al día» no están en el texto. De modo que si un justo cae siete veces en su vida, es todo cuanto aquí se afirma. En segundo lugar, aquí no se menciona en absoluto el caer en pecado; lo que aquí se menciona es el caer en aflicción temporal. Esto se ve claramente por el versículo anterior, cuyas palabras son estas: «Oh impío, no aceches la morada del justo, no saquees su lugar de reposo». [Proverbios 24:15] Y sigue: «Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; mas los impíos caerán en el mal». Como si dijera: «Dios lo librará de su angustia; pero cuando tú caigas, no habrá quien te libre».

10. «Pero, con todo, en otros lugares», continúan los objetores, «Salomón afirma claramente: “No hay hombre que no peque”; (1 Reyes 8:46; 2 Crónicas 6:36; ) sí, “No hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque”. (Eclesiastés 7:20.)» Respondo: sin duda, así era en los días de Salomón. Sí, así fue desde Adán hasta Moisés, desde Moisés hasta Salomón y desde Salomón hasta Cristo. No había entonces hombre que no pecara. Aun desde el día en que el pecado entró en el mundo, no hubo hombre justo en la tierra que hiciera el bien y nunca pecara, hasta que el Hijo de Dios fue manifestado para quitar nuestros pecados. Es indudablemente cierto que «el heredero, entre tanto que es niño, en nada difiere del siervo». [Gálatas 4:1] Y que así también ellos (todos los santos hombres de la antigüedad, que estaban bajo la dispensación judía) estaban, durante aquel estado de infancia de la Iglesia, «en esclavitud bajo los rudimentos del mundo». [Gálatas 4:3] «Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, hecho súbdito a la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiesen la adopción de hijos»; [Gálatas 4:4] para que recibiesen aquella «gracia que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad por el evangelio». (2 Timoteo 1:10.) Ahora, pues, «ya no son siervos, sino hijos». [véase Gálatas 4:7] De modo que, cualquiera que fuese el caso de los que estaban bajo la ley, podemos afirmar con seguridad, con San Juan, que, desde que fue dado el evangelio, «el que es nacido de Dios no peca». [1 Juan 5:18]

11. Es de gran importancia observar, y con más cuidado del que comúnmente se pone, la gran diferencia que hay entre la dispensación judía y la cristiana; y el fundamento de ella que el mismo Apóstol señala en el capítulo séptimo de su Evangelio. (Juan 7:38) Después de haber referido allí aquellas palabras de nuestro bendito Señor: «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva», añade inmediatamente: «Esto dijo del Espíritu», ou emellon lambanein hoi pisteuontes eis auton, que habían de recibir después los que creyesen en él. Porque aún no había sido dado el Espíritu Santo, por cuanto Jesús no había sido aún glorificado. [Juan 7:39] Ahora bien, el Apóstol no puede querer decir aquí (como algunos han enseñado) que el poder del Espíritu Santo para obrar milagros no había sido dado todavía. Porque este sí había sido dado; nuestro Señor lo había dado a todos los apóstoles cuando los envió por primera vez a predicar el evangelio. Les dio entonces poder sobre los espíritus inmundos para echarlos fuera; poder para sanar a los enfermos; sí, para resucitar a los muertos. [Mateo 10:8] Pero el Espíritu Santo no había sido dado aún en sus gracias santificadoras, como lo fue después de que Jesús fue glorificado. Fue entonces, cuando subió a lo alto y llevó cautiva la cautividad, que recibió aquellos dones para los hombres, sí, aun para los rebeldes, para que habitase entre ellos el Señor Dios». [Salmo 68:18; cf. Efesios 4:8] Y cuando llegó el día de Pentecostés, [Hechos 2:1] entonces fue por primera vez que los que «esperaban la promesa del Padre» [Hechos 1:4] fueron hechos más que vencedores [Romanos 8:37] sobre el pecado por el Espíritu Santo que les fue dado.

12. Que esta gran salvación del pecado no fue dada hasta que Jesús fue glorificado, lo atestigua claramente también San Pedro, donde, hablando de sus hermanos según la carne como de quienes ahora «obtienen el fin de su fe, que es la salvación de sus almas», añade (1 Pedro 1:9, 10.): «De la cual salvación los profetas que profetizaron de la gracia» es decir, de la dispensación llena de gracia, «que había de venir a vosotros, inquirieron y buscaron diligentemente, escudriñando qué tiempo, o qué clase de tiempo, indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo. y la gloria», la gloriosa salvación, «que vendría después. A ellos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo»; [1 Pedro 1:12] es decir, el día de Pentecostés, y así a todas las generaciones, a los corazones de todos los verdaderos creyentes. sobre este fundamento, a saber, «la gracia que les fue traída por la revelación de Jesucristo», [1 Pedro 1:13] bien pudo el Apóstol edificar aquella enérgica exhortación: «Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento; como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir». [1 Pedro 1:13]

13. Los que han considerado debidamente estas cosas tienen que reconocer que los privilegios de los cristianos de ningún modo han de medirse por lo que el Antiguo Testamento registra acerca de los que estaban bajo la dispensación judía; puesto que ha llegado ya el cumplimiento de los tiempos; el Espíritu Santo ha sido ya dado; la gran salvación de Dios ha sido traída a los hombres por la revelación de Jesucristo. El reino de los cielos está ya establecido en la tierra; acerca del cual el Espíritu de Dios declaró antiguamente (tan lejos está David de ser el modelo o la medida de la perfección cristiana): «El que entre ellos fuere débil en aquel día será como David; y la casa de David será como Dios, como el ángel del Señor delante de ellos». (Zacarías 12:8.)

14. Si, pues, quieres probar que las palabras del apóstol, «El que es nacido de Dios no peca», [1 Juan 5:18] no han de entenderse según su sentido llano, natural y obvio, es del Nuevo Testamento de donde has de traer tus pruebas; de lo contrario pelearás como quien hiere el aire. [1 Corintios 9:26] Y la primera de ellas que suele aducirse se toma de los ejemplos que el Nuevo Testamento registra. «Los apóstoles mismos», se dice, «cometieron pecado; más aún, los mayores de ellos, Pedro y Pablo: San Pablo, por su áspera contienda con Bernabé; [Hechos 15:39] y San Pedro, por su simulación en Antioquía». [Gálatas 2:11] Bien: supongamos que tanto Pedro como Pablo cometieron entonces pecado; ¿qué quieres inferir de ello? ¿Que todos los demás apóstoles cometían pecado alguna vez? No hay en esto ni sombra de prueba. ¿O quieres inferir de ahí que todos los demás cristianos de la era apostólica cometían pecado? Peor que peor: es esta una inferencia que, cabría imaginar, jamás se le habría ocurrido a un hombre en su sano juicio. ¿O vas a argumentar así: «Si dos de los apóstoles cometieron pecado una vez, entonces todos los demás cristianos, en todos los siglos, cometen y cometerán pecado mientras vivan»? ¡Ay, hermano mío!, un niño de entendimiento común se avergonzaría de semejante razonamiento. Menos que nada puedes inferir, con algún viso de argumento, que hombre alguno tenga que cometer pecado. No: ¡Dios nos libre de hablar así! Ninguna necesidad de pecar pesaba sobre ellos. La gracia de Dios les era sin duda suficiente. Y nos es suficiente a nosotros en este día. Con la tentación que vino sobre ellos había una salida, como la hay para toda alma humana en toda tentación. De modo que quienquiera que sea tentado a cualquier pecado no tiene por qué ceder; porque nadie es tentado más de lo que puede llevar. [1 Corintios 10:13]

15. «Pero San Pablo rogó tres veces al Señor, y aun así no pudo librarse de su tentación». Consideremos sus propias palabras, traducidas literalmente: «Me fue dado un aguijón para la carne, un ángel» (o mensajero) «de Satanás, que me abofetee. Acerca de esto, tres veces rogué al Señor que ello» (o él) «se apartara de mí. Y me dijo: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de muy buena gana me gloriaré más bien en» estas «mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por lo cual me complazco en las debilidades; —porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». [2 Corintios 12:7-10]

16. Como esta escritura es una de las fortalezas de los patronos del pecado, puede ser oportuno sopesarla a fondo. Obsérvese, pues, en primer lugar, que en modo alguno consta que este aguijón, fuera lo que fuese, ocasionara que San Pablo cometiera pecado; mucho menos que lo pusiera bajo necesidad alguna de hacerlo. Por tanto, de aquí jamás podrá probarse que algún cristiano tenga que cometer pecado. En segundo lugar, los antiguos Padres nos informan de que era un dolor corporal: «un violento dolor de cabeza, dice Tertuliano; (De Pudic.;) con lo cual concuerdan tanto Crisóstomo como San Jerónimo. San Cipriano [De Mortalitate] lo expresa, de un modo algo más general, en estos términos: «Muchos y graves tormentos de la carne y del cuerpo». [Carnis et corporis multa ac gravia tormenta.] En tercer lugar, con esto concuerdan exactamente las propias palabras del apóstol: «Un aguijón para la carne, para herirme, golpearme o abofetearme». «Mi poder se perfecciona en la debilidad»: —y esa misma palabra aparece nada menos que cuatro veces en solo estos dos versículos. Pero, en cuarto lugar, fuera lo que fuese, no podía ser pecado ni interior ni exterior. No podía ser movimientos interiores de orgullo, ira o concupiscencia, como tampoco manifestaciones exteriores de ellos. Esto es manifiesto, más allá de toda objeción posible, por las palabras que siguen inmediatamente: «De muy buena gana me gloriaré en» estas «mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo». [2 Corintios 12:9] ¡Cómo! ¿Se gloriaba él en el orgullo, en la ira, en la concupiscencia? ¿Era por medio de estas debilidades como el poder de Cristo reposaba sobre él? Prosigue: «Por lo cual me complazco en las debilidades; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte»; [2 Corintios 12:10] es decir, cuando soy débil en el cuerpo, entonces soy fuerte en el espíritu. Pero ¿se atreverá alguien a decir: «Cuando soy débil por el orgullo o la concupiscencia, entonces soy fuerte en el espíritu»? Os pongo a todos por testigos en este día, vosotros que halláis el poder de Cristo reposando sobre vosotros: ¿podéis gloriaros en la ira, o en el orgullo, o en la concupiscencia? ¿Podéis complaceros en estas flaquezas? ¿Os hacen fuertes estas debilidades? ¿No saltaríais al infierno, si fuera posible, con tal de escapar de ellas? Juzgad, pues, aun por vosotros mismos, ¡si el apóstol podía gloriarse y complacerse en ellas! Obsérvese, por último, que este aguijón le fue dado a San Pablo más de catorce años antes de escribir esta epístola; [2 Corintios 12:2] la cual, a su vez, fue escrita varios años antes de que acabara su carrera. [véase Hechos 20:24; 2 Timoteo 4:7] De modo que después de esto le quedaba una larga carrera que correr, muchas batallas que pelear, muchas victorias que ganar y un gran crecimiento que recibir en todos los dones de Dios y en el conocimiento de Jesucristo. Por tanto, de cualquier debilidad espiritual (si tal hubiera sido) que él sintiera en aquel tiempo, en modo alguno podríamos inferir que nunca llegó a ser fortalecido; que Pablo el anciano, el padre en Cristo, seguía padeciendo las mismas debilidades; que no alcanzó un estado más alto hasta el día de su muerte. De todo lo cual se desprende que este ejemplo de San Pablo es del todo ajeno a la cuestión, y en nada choca con la afirmación de San Juan: «El que es nacido de Dios no peca». [1 Juan 5:18]

17. «Pero ¿no contradice esto directamente Santiago? Sus palabras son: “En muchas cosas ofendemos todos, (Santiago 3:2:) ¿Y no es ofender lo mismo que cometer pecado?». En este lugar, concedo que lo es: concedo que las personas de quienes aquí se habla cometían pecado; más aún, que todas ellas cometían muchos pecados. Pero ¿quiénes son las personas de quienes aquí se habla? Pues aquellos muchos maestros o enseñadores a quienes Dios no había enviado; (probablemente los mismos hombres vanos que enseñaban aquella fe sin obras que tan duramente se reprende en el capítulo anterior;) [Santiago 2] no el apóstol mismo, ni ningún cristiano verdadero. Que en la palabra nosotros (usada por una figura retórica común en todos los demás escritos, así como en los inspirados) el apóstol no podía en modo alguno incluirse a sí mismo ni a ningún otro verdadero creyente, se ve con evidencia, en primer lugar, por la misma palabra en el versículo noveno: —«Con ella», dice, «bendecimos a Dios, y con ella maldecimos a los hombres. De una misma boca proceden bendición y maldición». [Santiago 3:9] Cierto; pero no de la boca del apóstol, ni de nadie que esté en Cristo, nueva criatura. [2 Corintios 5:17] En segundo lugar, por el versículo que precede inmediatamente al texto, y que está manifiestamente unido a él: «Hermanos míos, no os hagáis muchos maestros», (o enseñadores,) «sabiendo que recibiremos mayor condenación». «Porque en muchas cosas ofendemos todos». [Santiago 3:1] ¡Nosotros! ¿Quiénes? No los apóstoles, no los verdaderos creyentes; sino aquellos que saben que habrían de recibir mayor condenación a causa de esas muchas ofensas. Pero esto no podía decirse del apóstol mismo, ni de nadie que siguiera sus pisadas, puesto que «ninguna condenación hay para los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu». [Romanos 8:1] Más aún, en tercer lugar, el mismo versículo prueba que «ofendemos todos» no puede decirse ni de todos los hombres ni de todos los cristianos: porque en él sigue inmediatamente la mención de un hombre que no ofende, como lo hacía el nosotros mencionado primero; del cual, por tanto, se le distingue expresamente, y se le declara varón perfecto.

18. Con tanta claridad se explica Santiago a sí mismo, y fija el sentido de sus propias palabras. Sin embargo, para que nadie siga quedando en duda, San Juan, escribiendo muchos años después que Santiago, pone el asunto enteramente fuera de discusión con las declaraciones expresas citadas arriba. Pero aquí puede surgir una nueva dificultad: ¿cómo conciliaremos a San Juan consigo mismo? En un lugar declara: «Todo aquel que es nacido de Dios no hace pecado»; [1 Juan 3:9] y otra vez: —«Sabemos que el que es nacido de Dios no peca»: [1 Juan 5:18] y, sin embargo, en otro dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros»; [1 Juan 1:8] y otra vez: —«Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros». [1 Juan 1:10]

19. Por grande que esta dificultad parezca al principio, se desvanece si observamos, en primer lugar, que el versículo décimo fija el sentido del octavo: «Si decimos que no tenemos pecado», en el primero, queda explicado por «Si decimos que no hemos pecado», en el último. [1 Juan 1:10, 8] En segundo lugar, que el punto que ahora se considera no es si hemos pecado o no hemos pecado antes; y ninguno de estos versículos afirma que pecamos, o cometemos pecado ahora. En tercer lugar, que el versículo noveno explica tanto el octavo como el décimo: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad»: como si hubiera dicho: «Ya he afirmado antes: La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; pero que nadie diga: No la necesito; no tengo pecado del cual ser limpiado. Si decimos que no tenemos pecado, que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y hacemos a Dios mentiroso: pero si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo” no solo “para perdonarnos nuestros pecados”, sino también “para limpiarnos de toda maldad”: [1 Juan 1:8–10] para que podamos “ir y no pecar más”». [Juan 8:11]

20. San Juan, pues, es del todo coherente consigo mismo, así como con los demás escritores sagrados; como aparecerá aún más evidentemente si ponemos a la vista, juntas, todas sus afirmaciones tocantes a esta materia. Declara, en primer lugar: la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado. En segundo lugar: nadie puede decir: No he pecado, no tengo pecado del cual ser limpiado. En tercer lugar: pero Dios está dispuesto tanto a perdonar nuestros pecados pasados como a salvarnos de ellos en adelante. [1 Juan 1:7–10] En cuarto lugar: «Estas cosas os escribo», dice el apóstol, «para que no pequéis. Y si alguno» llegara a «pecar», o hubiera pecado, (como podría traducirse la palabra,) no tiene por qué permanecer en el pecado; puesto que «abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo». [1 Juan 2:1–2] Hasta aquí todo está claro. Pero para que no quedara duda alguna en un punto de tan inmensa importancia, el apóstol vuelve a tomar este asunto en el capítulo tercero, y explica ampliamente su propio sentido. «Hijitos», dice, «nadie os engañe»: (como si yo hubiera dado algún aliento a los que permanecen en el pecado:) «El que hace justicia es justo, como él también es justo. El que hace pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios no hace pecado: porque su simiente permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo». (1 Juan 3:7–10.) Aquí el punto, que hasta entonces quizá habría admitido alguna duda en mentes débiles, queda resuelto a propósito por el último de los escritores inspirados, y decidido de la manera más clara. En conformidad, pues, tanto con la doctrina de San Juan como con todo el tenor del Nuevo Testamento, fijamos esta conclusión: un cristiano es perfecto hasta el punto de no cometer pecado.

21. Este es el glorioso privilegio de todo cristiano; sí, aunque no sea más que un niño en Cristo. Pero solo de aquellos que son fuertes en el Señor, «y «han vencido al maligno», o más bien de aquellos que «han conocido al que es desde el principio», [1 Juan 2:13, 14] puede afirmarse que son perfectos en tal sentido que, en segundo lugar, están libres de malos pensamientos y de malas disposiciones. Primero, de pensamientos malos o pecaminosos. Pero obsérvese aquí que los pensamientos acerca del mal no siempre son malos pensamientos; que un pensamiento acerca del pecado y un pensamiento pecaminoso son cosas muy distintas. Un hombre, por ejemplo, puede pensar en un asesinato que otro ha cometido; y, sin embargo, esto no es un pensamiento malo ni pecaminoso. Así, nuestro bendito Señor mismo sin duda pensó en lo que dijo el diablo, o lo entendió, cuando este dijo: «Todo esto te daré, si postrado me adoras». [Mateo 4:9] Y, sin embargo, no tuvo ningún pensamiento malo ni pecaminoso; ni era capaz, en verdad, de tenerlo. Y de aquí mismo se sigue que tampoco lo tienen los cristianos verdaderos: porque «todo el que es perfecto es como su Maestro». (Lucas 6:40) Por tanto, si él estaba libre de pensamientos malos o pecaminosos, también lo están ellos.

22. Y, en verdad, ¿de dónde habrían de proceder los malos pensamientos en el siervo que es como su Maestro? «Del corazón del hombre» (si acaso de alguna parte) «salen los malos pensamientos». (Marcos 7:21) Si, pues, su corazón ya no es malo, los malos pensamientos ya no pueden salir de él. Si el árbol fuera malo, así lo sería el fruto: pero el árbol es bueno; por tanto, el fruto es bueno también; (Mateo 12:33) como atestigua nuestro Señor mismo: «todo buen árbol da buenos frutos. No puede el buen árbol dar malos frutos», como «el árbol malo no puede dar buenos frutos». (Mateo 7:17, 18)

23. Este mismo dichoso privilegio de los cristianos verdaderos lo afirma San Pablo por su propia experiencia. «Las armas de nuestra milicia», dice, «no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas; derribando imaginaciones» (o más bien razonamientos, pues eso significa la palabra logimous; todos los razonamientos del orgullo y de la incredulidad contra las declaraciones, promesas o dones de Dios) «y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo». (2 Corintios 10:4.)

24. Y así como los cristianos verdaderos están libres de malos pensamientos, así lo están también, en segundo lugar, de malas disposiciones. Esto es evidente por la declaración ya mencionada de nuestro Señor mismo: «El discípulo no es superior a su Maestro; mas todo el que es perfecto será como su Maestro». [Lucas 6:40] Poco antes había estado enseñando algunas de las doctrinas más sublimes del cristianismo, y algunas de las más penosas para la carne y la sangre. «Yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; —y al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra». [Lucas 6:29] Ahora bien, sabía muy bien que el mundo no recibiría estas cosas; y por eso añade inmediatamente: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?». [Lucas 6:39] Como si hubiera dicho: «No consultéis con carne y sangre acerca de estas cosas, —con hombres desprovistos de discernimiento espiritual, a quienes Dios no ha abierto los ojos del entendimiento, —no sea que ellos y vosotros perezcáis juntos». En el versículo siguiente aparta las dos grandes objeciones con que estos sabios necios nos salen al paso a cada momento: «Estas cosas son demasiado pesadas para llevarlas», o: «Son demasiado altas para alcanzarlas», [Mateo 23:4] diciendo: «“El discípulo no es superior a su Maestro”; por tanto, si yo he padecido, contentaos con seguir mis pisadas. Y no dudéis entonces de que cumpliré mi palabra: “Porque todo el que es perfecto será como su Maestro”». [Lucas 6:40] Pero su Maestro estaba libre de toda disposición pecaminosa. Así lo está, por tanto, su discípulo, es decir, todo cristiano verdadero.

25. cada uno de estos puede decir con San Pablo: «Con Cristo estoy juntamente crucificado; y vivo, no ya yo, mas vive Cristo en mí»: [Gálatas 2:20] —palabras que manifiestamente describen una liberación del pecado interior tanto como del exterior. Esto se expresa a la vez negativamente, no vivo yo; (mi naturaleza mala, el cuerpo del pecado, ha sido destruida;) y positivamente, Cristo vive en mí; y, por tanto, todo lo que es santo, justo y bueno. En verdad, ambas cosas, Cristo vive en mí y no vivo yo, están inseparablemente unidas; porque «¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas, o Cristo con Belial?». [2 Corintios 6:15]

26. Aquel, pues, que vive en los verdaderos creyentes, ha «purificado por la fe sus corazones»; [Hechos 15:9] de tal manera que todo el que tiene a Cristo en sí, la esperanza de gloria, [Colosenses 1:27] «se purifica a sí mismo, así como él es puro». (1 Juan 3:3.) Está purificado del orgullo; porque Cristo era humilde de corazón. [Mateo 11:29] Está limpio de la voluntad propia o del deseo propio; porque Cristo solo deseaba hacer la voluntad de su Padre y acabar su obra. [Juan 4:34; 5:30] Y está limpio de la ira, en el sentido común de la palabra; porque Cristo era manso y apacible, paciente y sufrido. Digo en el sentido común de la palabra; porque no toda ira es mala. Leemos de nuestro Señor mismo (Marcos 3:5, ) que una vez «miró alrededor con enojo». Pero ¿con qué clase de enojo? La palabra siguiente lo muestra, syllypoumenos, estando al mismo tiempo «entristecido por la dureza de sus corazones». [Marcos 3:5] Así, pues, se airó contra el pecado, y en el mismo momento se entristeció por los pecadores; airado o disgustado por la ofensa, pero apenado por los ofensores. Con ira, sí, con aborrecimiento, miraba la cosa; con tristeza y amor, a las personas. Ve tú, que eres perfecto, y haz lo mismo. Enójate así, y no pecarás; [véase Efesios 4:26] sintiendo desagrado ante toda ofensa contra Dios, pero solo amor y tierna compasión por el ofensor.

27. Así «salva» Jesús «a su pueblo de sus pecados»: [Mateo 1:21] y no solo de los pecados exteriores, sino también de los pecados del corazón; de los malos pensamientos y de las malas disposiciones. —«Es cierto», dicen algunos, «que así seremos salvados de nuestros pecados; pero no hasta la muerte; no en este mundo». Pero ¿cómo hemos de conciliar esto con las palabras expresas de San Juan? —«En esto se ha perfeccionado el amor con nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio. Pues como él es, así somos nosotros en este mundo». El apóstol habla aquí, fuera de toda contradicción, de sí mismo y de otros cristianos vivos, de quienes (como si hubiera previsto esta misma evasiva y se hubiera propuesto derribarla desde sus cimientos) afirma rotundamente que no solo en la muerte o después de ella, sino en este mundo, son como su Maestro. (1 Juan 4:17.)

28. Exactamente conformes con esto son sus palabras en el primer capítulo de esta epístola (1 Juan 1:5.): «Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas. Si andamos en luz, —tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado». Y otra vez: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad». [1 Juan 1:9] Ahora bien, es evidente que el apóstol habla aquí también de una liberación obrada en este mundo. Porque no dice que la sangre de Cristo limpiará en la hora de la muerte, o en el día del juicio, sino que «limpia», en el tiempo presente, «nos», a los cristianos vivos, «de todo pecado». Y es igualmente evidente que, si queda algún pecado, no estamos limpios de todo pecado: si queda en el alma alguna maldad, no está limpia de toda maldad. Ni diga ningún pecador contra su propia alma que esto se refiere solo a la justificación, o a limpiarnos de la culpa del pecado. Primero, porque esto es confundir lo que el apóstol distingue claramente, pues menciona primero perdonarnos nuestros pecados, y luego limpiarnos de toda maldad. «En segundo lugar, porque esto es afirmar la justificación por las obras en el sentido más fuerte posible; es hacer que toda santidad, interior tanto como exterior, preceda necesariamente a la justificación. Porque si la limpieza de que aquí se habla no es otra que la limpieza de la culpa del pecado, entonces no somos limpiados de la culpa, es decir, no somos justificados, sino a condición de “andar en luz, como él está en luz”. [1 Juan 1:7] Queda, pues, que los cristianos son salvados en este mundo de todo pecado, de toda maldad; que son ahora perfectos en tal sentido que no cometen pecado, y que están libres de malos pensamientos y de malas disposiciones».

29. Así ha cumplido el Señor lo que habló por boca de sus santos profetas, que fueron desde el principio del mundo; —en particular por Moisés, cuando dice (Deuteronomio 30:6.): Yo «circuncidaré tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma»; por David, cuando clama: «Crea en mí un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí»; [Salmos 51:10] —y de la manera más notable por Ezequiel, en estas palabras: «Entonces esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré también un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros; —y haré que andéis en mis estatutos, y guardaréis mis preceptos, y los pondréis por obra. —Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios. Os salvaré también de todas vuestras inmundicias. —Así dice el Señor vuestro Dios: El día que os limpie de todas vuestras iniquidades, —los paganos sabrán que yo, el Señor, reedifico los lugares arruinados; —yo, el Señor, lo he dicho, y lo haré». (Ezequiel 36:25.)

30. «Puesto que tenemos, pues, estas promesas, amados», tanto en la Ley como en los Profetas, y puesto que tenemos la palabra profética confirmada para nosotros en el Evangelio por nuestro bendito Señor y sus apóstoles, «limpiémonos de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios». [2 Corintios 7:1] «Temamos, no sea que», habiéndosenos hecho tantas «promesas de entrar en su reposo», en el cual el que ha entrado ha reposado de sus propias obras, «alguno de nosotros no llegue a alcanzarlo». [Hebreos 4:1] «Hagamos esta sola cosa: olvidando lo que queda atrás, y extendiéndonos a lo que está delante, prosigamos a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús»; [Filipenses 3:13, 14] clamando a él día y noche, hasta que también nosotros seamos «librados de la servidumbre de corrupción a la libertad gloriosa de los hijos de Dios». [Romanos 8:21]

La promesa de la santificación
(Ezequiel 36:25.)
Por el Rev. Charles Wesley.

1 Dios de todo poder, y verdad, y gracia,

que de siglo en siglo permanecerás;

cuya palabra, cuando pasen cielo y tierra,

queda, y está firme para siempre:

2 Sereno hacia ti mi alma levanta la mirada,

y espera probar tus promesas;

objeto de mi firme esperanza,

sello de tu eterno amor.

3 Para que yo proclame tu misericordia,

para que todo el género humano vea tu verdad,

santifica tu grande y glorioso nombre,

y perfecciona la santidad en mí.

4 Escogido del mundo, si ahora estoy en pie

adornado de justicia divina;

si, traído a la tierra prometida,

con razón llamo mío al Salvador;

5 Lleva a cabo la obra que has comenzado,

convierte a ti lo más íntimo de mi alma:

ámame, ama para siempre a los tuyos,

y rocía con tu sangre mi corazón.

6 Derrama tu Espíritu santificador,

para apagar mi sed y lavarme del todo;

ahora, Padre, deja que la lluvia de gracia

descienda, y me haga puro de pecado.

7 Límpiame de toda mancha pecaminosa;

sean desechados todos mis ídolos:

límpiame de todo mal pensamiento,

de toda la inmundicia del yo y del orgullo.

8 Dame un corazón nuevo, un corazón perfecto,

libre de duda, y de temor, y de tristeza;

comunícame la mente que hubo en Cristo,

y haz que mi espíritu se adhiera a ti.

9 Oh, quita este corazón de piedra

(tu dominio no lo reconoce ni puede reconocerlo);

no dejes que en mí permanezca más:

oh, quita este corazón de piedra.

10 La enemistad de mi mente carnal

quítala de una vez de mi carne;

dame un corazón tierno, rendido,

y puro, y lleno de fe y de amor.

11 Pon dentro de mí tu buen Espíritu,

Espíritu de salud, y de amor, y de poder;

planta en mí tu gracia victoriosa,

y el pecado no entrará nunca más.

12 Haz que ande en Cristo, mi Camino,

y yo cumpliré tus estatutos;

en todo punto obedeceré tu ley.

Y haré perfectamente tu voluntad.

13 ¿No has dicho tú, que no puedes mentir,

que yo guardaré tu ley y la cumpliré?

Señor, yo creo, aunque los hombres lo nieguen;

todos ellos son falsos, mas tú eres veraz.

14 ¡Oh, si ahora, libre del pecado,

pudiera probar tu palabra hasta lo sumo!

¡Entrar en el reposo prometido,

el Canaán de tu perfecto amor!

15 Allí déjame morar siempre, siempre;

sé tú mi Dios, y yo seré

tu siervo: ¡oh, pon tu sello!

Dame vida eterna en ti.

16 De toda inmundicia que queda dentro

haz que en ti tenga salvación:

del pecado actual y del pecado innato

sigue salvando mi alma rescatada.

17 Lava mi vieja mancha original:

no me digáis más: «No puede ser»,

¡demonios u hombres! El Cordero fue inmolado,

¡su sangre fue toda derramada por mí!

18 Rocíala, Jesús, sobre mi corazón:

una gota de tu sangre que todo lo limpia

hará que se aparte mi pecaminosidad,

y me llenará de la vida de Dios.

19 Padre, suple toda mi necesidad:

sustenta la vida que tú mismo has dado;

llama al trigo, al pan vivo,

al maná que desciende del cielo.

20 Los frutos de justicia que da tu gracia,

tesoro inagotable de tus bendiciones,

aumenta en mí abundantemente;

ni me dejes tener hambre nunca más.

21 Que ya no clame en honda queja:

«¡Mi flaqueza, oh mi flaqueza!»,

consumido a solas por el hambre que me aflige,

¡yo, entre todos los hijos de mi Padre!

22 La sed dolorosa, el anhelo ferviente,

tu gozosa presencia los quitará;

mientras mi alma saciada aún reclama

toda tu eternidad de amor.

23 Santo, y veraz, y justo Señor,

espero probar tu voluntad perfecta;

acuérdate de tu palabra de gracia,

¡y márcame con el sello de tu Espíritu!

24 Haz que halle tus fieles misericordias,

en las cuales me haces confiar;

dame la mente mansa y humilde,

y pon mi espíritu en el polvo.

25 Muéstrame cuán inmundo ha sido mi corazón,

cuando esté todo renovado por la gracia:

cuando me hayas vaciado de pecado,

muéstrame la plenitud de mi vergüenza.

26Abre el ojo interior de mi fe,

despliega tu gloria desde lo alto;

y todo lo que soy se hundirá y morirá,

perdido en asombro y en amor.

27 Confúndeme, abrúmame con tu gracia:

quisiera ser aborrecido por mí mismo;

(¡todo poder, toda majestad, toda alabanza,

toda gloria sea a Cristo mi Señor!)

28 ¡Alcance yo ahora la cumbre de la perfección!

¡Caiga yo ahora en la nada!

¡Sea menos que nada a tus ojos,

y sienta que Cristo es el todo en todos!

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