Capítulo 38 · 26 min de lectura · 33 min de escucha
La naturaleza del entusiasmo
Sermón 37
La naturaleza del entusiasmo
«Y Festo dijo a gran voz: Estás loco, Pablo».
Hechos 26:24.
1. Y así dice todo el mundo, los hombres que no conocen a Dios, de todos los que profesan la religión de Pablo; de todo aquel que es seguidor suyo como él lo era de Cristo. Es verdad que hay una suerte de religión, y aun se la llama también cristianismo, que puede practicarse sin semejante imputación, y que generalmente se admite como compatible con el sentido común; a saber, una religión de forma, una ronda de deberes exteriores, cumplidos de manera decente y regular. Podéis añadirle la ortodoxia, un sistema de opiniones correctas, y aun cierta cantidad de moral pagana; y con todo, no muchos sentenciarán que «la mucha religión os ha vuelto locos». Pero si aspiráis a la religión del corazón, si habláis de «justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo», no tardará en pronunciarse vuestra sentencia: «Estás loco».
2. Y no es ningún cumplido el que aquí os hacen los hombres del mundo. Por una vez, quieren decir lo que dicen. No solo afirman, sino que creen de corazón, que está fuera de sí todo hombre que dice que «el amor de Dios está derramado en» su «corazón por el Espíritu Santo que le es dado», y que Dios le ha capacitado para alegrarse en Cristo «con gozo inefable y glorioso». Si un hombre está de veras vivo para Dios y muerto a todas las cosas de aquí abajo; si continuamente ve al Invisible y, en consecuencia, anda por fe y no por vista, entonces lo tienen por caso claro: fuera de toda disputa, «la mucha religión lo ha vuelto loco».
3. Es fácil observar que lo que precisamente el mundo tiene por locura es aquel absoluto desprecio de todas las cosas temporales y aquella firme búsqueda de las eternas; aquella divina convicción de lo que no se ve; aquel gozarse en el favor de Dios, aquel feliz y santo amor de Dios; y aquel testimonio de su Espíritu con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; es decir, en verdad, todo el espíritu, y la vida, y el poder de la religión de Jesucristo.
4. Admitirán, sin embargo, que en otros respectos ese hombre obra y habla como quien está en su sano juicio. En otras cosas es un hombre razonable; solo en estos puntos tiene trastornada la cabeza. Se reconoce, por tanto, que la locura que padece es de un tipo particular; y por eso suelen distinguirla con un nombre particular: «entusiasmo».
5. Término este que se usa con muchísima frecuencia, que casi nunca se cae de la boca de algunos hombres; y con todo, rarísima vez se entiende, aun por quienes más lo usan. Quizá, pues, no sea mal recibido por los hombres serios, por todos los que desean entender lo que dicen u oyen, que procure yo explicar el significado de este término, mostrar qué es el entusiasmo. Puede ser de aliento para aquellos a quienes injustamente se les imputa; y quizá sea de provecho para algunos a quienes justamente se les imputa; o al menos para otros que podrían caer en él si no se les previniese.
6. En cuanto a la palabra misma, se admite generalmente que es de origen griego. Pero de dónde se deriva la palabra griega, enthousiasmos, nadie ha podido mostrarlo todavía. Algunos han intentado derivarla de en theoi, en Dios, porque todo entusiasmo hace referencia a él. Pero esto es muy forzado, pues hay poca semejanza entre la palabra derivada y aquellas de las que se esfuerzan en derivarla. otros quisieran derivarla de en thysiai, en el sacrificio, porque muchos de los entusiastas antiguos eran agitados de la manera más violenta durante el tiempo del sacrificio. Quizá sea una palabra ficticia, inventada a partir del ruido que hacían algunos de los que eran así agitados.
7. No es improbable que una de las razones por las que esta extraña palabra se ha conservado en tantas lenguas haya sido que los hombres no estaban más de acuerdo acerca de su significado que acerca de su derivación. Adoptaron, pues, la palabra griega porque no la entendían; no la tradujeron a sus propias lenguas porque no sabían cómo traducirla, ya que siempre ha sido una palabra de sentido vago e incierto, a la que no se le atribuía ningún significado determinado.
8. No es, pues, nada sorprendente que hoy se tome de maneras tan diversas, entendiéndola distintas personas en sentidos distintos, del todo incompatibles entre sí. Algunos la toman en buen sentido, por un impulso o una impresión divina, superior a todas las facultades naturales, que suspende por un tiempo, total o parcialmente, tanto la razón como los sentidos exteriores. En esta acepción de la palabra, tanto los profetas antiguos como los apóstoles fueron verdaderos entusiastas; pues en diversas ocasiones estaban tan llenos del Espíritu, y tan movidos por aquel que moraba en sus corazones, que, suspendido el ejercicio de su propia razón, de sus sentidos y de todas sus facultades naturales, eran impulsados enteramente por el poder de Dios, y «hablaban» solo «siendo inspirados por el Espíritu Santo».
9. Otros toman la palabra en un sentido indiferente, que no es moralmente ni bueno ni malo; así hablan del entusiasmo de los poetas, de Homero y de Virgilio en particular. Y un eminente escritor reciente lleva esto tan lejos que afirma que no hay hombre excelente en su profesión, sea cual fuere, que no tenga en su temperamento un fuerte tinte de entusiasmo. Por entusiasmo estos parecen entender todo vigor de pensamiento poco común, un fervor particular de espíritu, una viveza y una fuerza que no se hallan en los hombres comunes, y que elevan el alma a cosas mayores y más altas de las que la fría razón hubiera podido alcanzar.
10. Pero ninguno de estos es el sentido en que más comúnmente se entiende la palabra «entusiasmo». La generalidad de los hombres, si no en otra cosa, al menos convienen en esto acerca de ella: que es algo malo; y este es claramente el sentir de todos los que llaman «entusiasmo» a la religión del corazón. Por consiguiente, en las páginas que siguen la tomaré como un mal; una desgracia, si no una culpa.
11. En cuanto a la naturaleza del entusiasmo, es sin duda un desorden de la mente, y un desorden tal que estorba en gran manera el ejercicio de la razón. Más aún, a veces la deja enteramente a un lado: no solo oscurece, sino que cierra los ojos del entendimiento. Bien puede, pues, considerarse una especie de locura; de locura más bien que de necedad; puesto que el necio es propiamente el que saca conclusiones erróneas de premisas correctas, mientras que el loco saca conclusiones correctas, pero de premisas erróneas. Así también el entusiasta supone verdaderas sus premisas, y entonces sus conclusiones se seguirían necesariamente. Pero aquí está su error: sus premisas son falsas. Se imagina ser lo que no es; y por eso, habiendo partido mal, cuanto más avanza, más se extravía del camino.
12. Todo entusiasta, pues, es propiamente un loco. Pero la suya no es una locura ordinaria, sino religiosa. Por «religiosa» no quiero decir que sea parte alguna de la religión; todo lo contrario. La religión es el espíritu de una mente sana y, en consecuencia, se halla en oposición directa a toda clase de locura. Quiero decir que tiene la religión por objeto; que versa sobre la religión. Y así, el entusiasta está generalmente hablando de religión, de Dios o de las cosas de Dios, pero hablando de tal manera que todo cristiano razonable puede discernir el desorden de su mente. El entusiasmo en general puede, pues, describirse más o menos de esta manera: una locura religiosa que nace de alguna influencia o inspiración de Dios falsamente imaginada; o al menos, de atribuir a Dios algo que no debe atribuírsele, o de esperar de Dios algo que no debe esperarse de él.
13. Hay innumerables clases de entusiasmo. Las más comunes, y por esa razón las más peligrosas, procuraré reducirlas a unos pocos encabezamientos generales, para que puedan entenderse y evitarse con más facilidad.
La primera clase de entusiasmo que mencionaré es la de aquellos que se imaginan tener la gracia que no tienen. Así, algunos se imaginan, sin ser así, que tienen redención por Cristo, «la remisión de los pecados». Estos son por lo general los que «no tienen raíz en sí»; ningún arrepentimiento profundo, ninguna convicción cabal. «Por eso reciben la palabra con gozo». Y «porque no tienen profundidad de tierra», ninguna obra profunda en su corazón, por eso la semilla «brota enseguida». Se produce enseguida un cambio superficial, que, junto con aquel gozo ligero, uniéndose al orgullo de su corazón no quebrantado y a su desordenado amor propio, fácilmente los persuade de que ya han «gustado la buena palabra de Dios, y los poderes del siglo venidero».
14. Este es propiamente un ejemplo de la primera clase de entusiasmo: es una especie de locura que nace de imaginarse que tienen aquella gracia que en verdad no tienen; de modo que solo engañan a su propia alma. Con justicia puede llamarse locura; porque los razonamientos de estos pobres hombres serían correctos si sus premisas fueran buenas; pero como estas son pura criatura de su propia imaginación, todo lo que se edifica sobre ellas se viene al suelo. El fundamento de todos sus desvaríos es este: se imaginan que tienen fe en Cristo. Si la tuvieran, serían «reyes y sacerdotes para Dios»; poseerían «un reino inconmovible»; pero no la tienen; por consiguiente, toda su conducta posterior está tan lejos de la verdad y de la cordura como la del loco ordinario que, creyéndose rey de la tierra, habla y obra en ese papel.
15. Hay muchos otros entusiastas de esta clase. Tal es, por ejemplo, el celoso fogoso por la religión; o, más propiamente, por las opiniones y formas de culto que él honra con ese nombre. Este hombre también se imagina firmemente que es creyente en Jesús; más aún, que es un paladín de la fe que ha sido una vez dada a los santos. En consecuencia, toda su conducta se forma sobre esa vana imaginación. Y si su suposición fuese justa, tendría algún alegato tolerable para su comportamiento; mientras que ahora es evidentemente el efecto de un cerebro trastornado, así como de un corazón trastornado.
16. Pero los más comunes de todos los entusiastas de esta clase son los que se imaginan ser cristianos y no lo son. Abundan no solo en todas partes de nuestra tierra, sino en la mayor parte de la tierra habitable. Que no son cristianos es claro e innegable, si creemos los oráculos de Dios. Porque los cristianos son santos; estos son impíos: los cristianos aman a Dios; estos aman al mundo: los cristianos son humildes; estos son orgullosos: los cristianos son mansos; estos son coléricos; los cristianos tienen el sentir que hubo en Cristo; estos están a la mayor distancia de él. Por consiguiente, no son más cristianos de lo que son arcángeles. Y sin embargo se imaginan serlo, y pueden dar varias razones para ello: porque los han llamado así desde que tienen memoria; fueron bautizados hace muchos años; abrazan las opiniones cristianas, a las que vulgarmente se llama fe cristiana o católica; usan las formas de culto cristianas, como sus padres antes que ellos; llevan lo que se llama una buena vida cristiana, como lo hacen los demás vecinos. ¿Y quién osará pensar o decir que estos hombres no son cristianos?, aunque no tengan un solo grano de verdadera fe en Cristo, ni de santidad real e interior; aunque nunca hayan gustado el amor de Dios, ni hayan sido «hechos partícipes del Espíritu Santo».
17. ¡Ah, pobres engañadores de vosotros mismos! Cristianos no lo sois. Pero sois entusiastas en alto grado. ¡Médicos, curaos a vosotros mismos! Pero primero conoced vuestra enfermedad: toda vuestra vida es entusiasmo, pues toda ella se ajusta a la imaginación de que habéis recibido aquella gracia de Dios que no tenéis. A consecuencia de este gran error, avanzáis a tropiezos, día tras día, hablando y obrando bajo un carácter que de ningún modo os pertenece. De ahí nace esa palpable y flagrante incoherencia que atraviesa toda vuestra conducta, y que es una torpe mezcla de paganismo real y cristianismo imaginario. Y aun así, como tenéis de vuestra parte una mayoría tan vasta, siempre ganaréis la partida por la mera fuerza del número: «que vosotros sois los únicos hombres en su sano juicio, y que todos los que no son como vosotros son lunáticos». Pero esto no altera la naturaleza de las cosas. A los ojos de Dios y de sus santos ángeles, sí, y de todos los hijos de Dios en la tierra, no sois sino locos, ¡todos meros entusiastas! ¿No lo sois? ¿No estáis «andando en una vana sombra, sombra de religión, sombra de felicidad? ¿No estáis todavía «inquietándoos en vano» con desgracias tan imaginarias como vuestra felicidad o vuestra religión? ¿No os figuráis grandes o buenos, muy entendidos y muy sabios? ¿Hasta cuándo? ¡Quizá hasta que la muerte os devuelva el juicio, para lamentar vuestra necedad por los siglos de los siglos!
18. Una segunda clase de entusiasmo es la de aquellos que se imaginan tener de Dios dones que no tienen. Así, algunos se han imaginado dotados del poder de obrar milagros, de sanar a los enfermos con una palabra o un toque, de devolver la vista a los ciegos; sí, aun de resucitar a los muertos, de lo cual hay todavía un ejemplo notorio, reciente en nuestra propia historia. Otros se han puesto a profetizar, a predecir las cosas por venir, y eso con la mayor certeza y exactitud. Pero por lo común un poco de tiempo convence a estos entusiastas. Cuando los hechos patentes contradicen sus predicciones, la experiencia logra lo que la razón no pudo, y los hace volver a su sano juicio.
19. A la misma clase pertenecen los que, al predicar o al orar, se imaginan estar tan influidos por el Espíritu de Dios como de hecho no lo están. Bien sé, ciertamente, que sin él nada podemos hacer, sobre todo en nuestro ministerio público; que toda nuestra predicación es enteramente vana si no va acompañada de su poder, y toda nuestra oración, si su Espíritu no ayuda en ella nuestra flaqueza. Sé que si no predicamos y oramos por el Espíritu, todo es trabajo perdido, pues el auxilio que se hace en la tierra él mismo lo hace, el que obra todas las cosas en todos. Pero esto no afecta al caso que tenemos delante. Aunque hay una influencia real del Espíritu de Dios, hay también una imaginaria; y son muchos los que confunden la una con la otra. Muchos se suponen bajo esa influencia cuando no lo están, cuando está lejos de ellos. Y muchos otros suponen que están más bajo esa influencia de lo que realmente están. De este número, me temo, son todos los que se imaginan que Dios les dicta las mismas palabras que hablan, y que, por consiguiente, es imposible que digan algo errado, ni en cuanto a la materia ni en cuanto a la manera. Bien se sabe cuántos entusiastas de esta clase han aparecido también durante el presente siglo; algunos de los cuales hablan de un modo mucho más autoritario que san Pablo o cualquiera de los apóstoles.
20. La misma clase de entusiasmo, aunque en menor grado, se halla con frecuencia en hombres de condición privada. También ellos pueden imaginarse influidos o dirigidos por el Espíritu cuando no lo están. Admito que «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él»; y que si alguna vez pensamos, hablamos u obramos rectamente, es por la asistencia de aquel bendito Espíritu. ¡Pero cuántos le atribuyen cosas, o esperan cosas de él, sin fundamento alguno racional ni bíblico! Tales son los que se imaginan que reciben, o que recibirán, direcciones particulares de Dios, no solo en asuntos de importancia, sino en cosas sin trascendencia alguna, en las circunstancias más triviales de la vida. Mientras que en estos casos Dios nos ha dado nuestra propia razón como guía, aunque sin excluir nunca la asistencia secreta de su Espíritu.
21. A esta clase de entusiasmo están particularmente expuestos los que esperan ser dirigidos por Dios, ya en las cosas espirituales, ya en la vida común, de lo que con justicia se llama una manera extraordinaria: quiero decir, por visiones o sueños, por fuertes impresiones o impulsos repentinos en la mente. No niego que Dios haya manifestado su voluntad de esta manera en tiempos antiguos, ni que pueda hacerlo ahora; más aún, creo que lo hace, en algunos casos muy raros. ¡Pero cuán a menudo se equivocan los hombres en esto! ¡Cuán extraviados son por el orgullo y por una imaginación acalorada, hasta atribuir a Dios impulsos o impresiones, sueños o visiones, que son enteramente indignos de él! Ahora bien, todo esto es puro entusiasmo; tan lejano de la religión como de la verdad y de la cordura.
22. Quizá pregunte alguno: «¿No debemos, pues, indagar cuál es la voluntad de Dios en todas las cosas? ¿Y no debe ser su voluntad la regla de nuestra conducta?». Sin duda alguna debe serlo. Pero ¿cómo ha de hacer esta indagación un cristiano sensato?, ¿cómo ha de conocer cuál es la voluntad de Dios? No esperando sueños sobrenaturales; no aguardando que Dios se la revele en visiones; no buscando ningunas impresiones particulares o impulsos repentinos en su mente; no, sino consultando los oráculos de Dios. «¡A la ley y al testimonio!». Este es el método general de conocer cuál es «la santa y agradable voluntad de Dios».
23. «Pero ¿cómo sabré cuál es la voluntad de Dios en tal o cual caso particular? La cosa propuesta es, en sí misma, de naturaleza indiferente, y por eso la Escritura la deja sin determinar». Respondo: la Escritura misma te da una regla general. aplicable a todos los casos particulares: «La voluntad de Dios es nuestra santificación». Es su voluntad que seamos santos por dentro y por fuera; que seamos buenos y hagamos el bien, de toda clase y en el más alto grado de que seamos capaces. Hasta aquí pisamos terreno firme. Esto es tan claro como el brillo del sol. Para saber, pues, cuál es la voluntad de Dios en un caso particular, no tenemos más que aplicar esta regla general.
24. Supongamos, por ejemplo, que a un hombre razonable se le propusiera casarse, o emprender un nuevo negocio. Para saber si esto es la voluntad de Dios, estando seguro de que «la voluntad de Dios respecto de mí es que yo sea tan santo y haga tanto bien como pueda», no tiene más que preguntarse: «¿En cuál de estos estados puedo ser más santo y hacer más bien?». Y esto ha de determinarse en parte por la razón y en parte por la experiencia. La experiencia le dice qué ventajas tiene en su estado presente, ya para ser bueno, ya para hacer el bien; y la razón ha de mostrarle cuáles tendrá, cierta o probablemente, en el estado propuesto. Comparando estas cosas, ha de juzgar cuál de los dos puede contribuir más a que sea bueno y haga el bien; y en la medida en que sabe esto, en esa misma medida está cierto de cuál es la voluntad de Dios.
25. Entretanto, se supone la asistencia de su Espíritu durante todo el proceso de la indagación. En verdad, no es fácil decir de cuántas maneras se comunica esa asistencia. Él puede traer muchas circunstancias a nuestra memoria; puede poner otras bajo una luz más fuerte y más clara; puede abrir insensiblemente nuestra mente para recibir convicción, y fijar esa convicción en nuestro corazón. Y a una concurrencia de muchas circunstancias de esta clase, en favor de lo que es agradable a sus ojos, puede añadir una paz mental tan inefable y una medida tan poco común de su amor, que no nos deje posibilidad alguna de dudar de que esta, precisamente esta, es su voluntad respecto de nosotros.
26. Esta es la manera llana, bíblica y racional de conocer cuál es la voluntad de Dios en un caso particular. Pero considerando cuán rara vez se toma este camino, y qué torrente de entusiasmo ha de irrumpir necesariamente sobre los que procuran conocer la voluntad de Dios por caminos no bíblicos e irracionales, sería de desear que la expresión misma se usara con mucha más parsimonia. Usarla, como algunos lo hacen, en las ocasiones más triviales, es una clara violación del tercer mandamiento. Es una manera burda de tomar el nombre de Dios en vano, y delata una gran irreverencia hacia él. ¿No sería, pues, mucho mejor usar otras expresiones que no estén expuestas a tales objeciones? Por ejemplo, en lugar de decir en alguna ocasión particular: «Quiero saber cuál es la voluntad de Dios», ¿no sería mejor decir: «Quiero saber qué será lo que más me aproveche, y qué me hará más útil»? esta manera de hablar es clara e irreprochable: es poner el asunto en un terreno llano y bíblico, y eso sin peligro alguno de entusiasmo.
27. Una Tercera clase de entusiasmo, muy común (si es que no coincide con la anterior), es la de aquellos que piensan alcanzar el fin sin usar los medios, por el poder inmediato de Dios. Si, en verdad, esos medios les fueran negados por la Providencia, no caerían bajo esta acusación. Dios puede ejercer, y a veces ejerce, en casos de esta naturaleza, su propio poder inmediato. Pero los que esperan esto cuando tienen esos medios y no quieren usarlos son verdaderos entusiastas. Tales son los que esperan entender las Sagradas Escrituras sin leerlas ni meditar en ellas; más aún, sin usar todas las ayudas que están a su alcance y que probablemente puedan contribuir a ese fin. Tales son los que deliberadamente hablan en la asamblea pública sin preparación alguna. Digo «deliberadamente», porque puede haber circunstancias tales que, en algunas ocasiones, lo hagan inevitable. Pero quienquiera que desprecia ese gran medio de hablar con provecho es, en esa medida, un entusiasta.
28. Quizá se espere que mencione lo que algunos han tenido por una Cuarta clase de entusiasmo, a saber, el imaginar que se deben a la providencia de Dios cosas que no se deben a ella. Pero tengo mis dudas: no sé qué cosas sean esas que no se deban a la providencia de Dios; en cuya ordenación, o al menos en cuyo gobierno, no intervenga esta, directa o remotamente. No exceptúo nada sino el pecado; y aun en los pecados de otros veo la providencia de Dios para conmigo. No digo su providencia general, porque esta la tengo por una palabra sonora. que no significa nada en absoluto. Y si hay una providencia particular, debe extenderse a todas las personas y a todas las cosas. Así la entendía nuestro Señor, pues de otro modo nunca habría podido decir: «Aun vuestros cabellos están todos contados»; y: «Ni un pajarillo cae a tierra sin» la voluntad de «vuestro Padre» que está en los cielos. Pero si es así, si Dios preside universis tanquam singulis, et singulis tanquam universis, «sobre el universo entero como sobre cada persona en particular, y sobre cada persona en particular como sobre el universo entero», ¿qué hay (excepto solo nuestros propios pecados) que no hayamos de atribuir a la providencia de Dios? De modo que no alcanzo a ver que haya aquí lugar alguno para la acusación de entusiasmo.
29. Si se dice que la acusación está en esto: «Cuando atribuyes esto a la Providencia, te imaginas ser el favorito particular del cielo», respondo: habéis olvidado algunas de las últimas palabras que dije: Praesidet universis tanquam singulis: «Su providencia está sobre todos los hombres del universo tanto como sobre cualquier persona en particular». ¿No veis que el que, creyendo esto, atribuye a la Providencia cualquier cosa que le sucede, no se hace con ello más favorito del cielo de lo que supone que lo es todo hombre bajo el cielo? Por tanto, no tenéis pretexto alguno, sobre este fundamento, para acusarlo de entusiasmo.
30. Contra toda clase de entusiasmo nos conviene guardarnos con la mayor diligencia, considerando los terribles efectos que tan a menudo ha producido, y que en verdad resultan naturalmente de él. Su fruto inmediato es el orgullo; aumenta continuamente esta fuente de la que mana, y por ello nos aleja cada vez más del favor y de la vida de Dios. Seca los manantiales mismos de la fe y del amor, de la justicia y de la verdadera santidad, puesto que todos estos fluyen de la gracia; pero «Dios resiste a los soberbios, y da gracia» solo «a los humildes».
31. Junto con el orgullo surgirá naturalmente un espíritu que no admite consejo ni se deja convencer. De modo que, en cualquier error o falta en que caiga el entusiasta, hay poca esperanza de su recuperación. Porque la razón tendrá poco peso (como se ha observado con frecuencia y con justicia) para aquel que se imagina guiado por un guía más alto, por la sabiduría inmediata de Dios. Y a medida que crece en orgullo, tiene que crecer también en su rechazo de todo consejo y en su obstinación. Tiene que ser cada vez menos capaz de ser convencido, menos susceptible a la persuasión, cada vez más apegado a su propio juicio y a su propia voluntad, hasta quedar del todo fijo e inamovible.
32. Fortificado así tanto contra la gracia de Dios como contra todo consejo y ayuda de los hombres, queda enteramente entregado a la guía de su propio corazón y del rey de los hijos de soberbia. No es de extrañar, pues, que cada día esté más arraigado y cimentado en el desprecio de todo el género humano, en la ira furiosa, en toda inclinación desamorada, en toda disposición terrenal y diabólica. Tampoco podemos maravillarnos de los terribles efectos exteriores que han brotado de tales inclinaciones en todas las épocas: toda clase de maldad, todas las obras de las tinieblas, cometidas por los que se llaman cristianos, mientras obraban con avidez cosas que apenas se nombraban aun entre los paganos.
¡Tal es la naturaleza, tales los terribles efectos, de ese monstruo de muchas cabezas, el Entusiasmo! De cuya consideración podemos ahora sacar algunas inferencias sencillas respecto de nuestra propia práctica.
33. Y, primero, si entusiasmo es un término que, aunque se usa con tanta frecuencia, se entiende tan raras veces, cuida tú de no hablar de lo que no sabes; de no usar la palabra hasta que la entiendas. Como en todos los demás puntos, así también en este, aprende a pensar antes de hablar. Conoce primero el significado de esta palabra difícil; y luego úsala, si fuere necesario.
34. Pero si tan pocos, aun entre los hombres de educación y cultura, y mucho menos entre el común de las gentes, entienden esta palabra oscura y ambigua, o tienen alguna noción fija de lo que significa, entonces, en segundo lugar, guárdate de juzgar o de llamar entusiasta a nadie por lo que dice la voz común. Esto no es de ninguna manera fundamento suficiente para dar a nadie un nombre de oprobio; y menos que ninguno es fundamento suficiente para un término de oprobio tan negro como este. Cuanto más mal contiene, tanto más cauteloso deberías ser al aplicarlo a alguien; pues lanzar una acusación tan grave sin prueba plena no es compatible ni con la justicia ni con la misericordia.
35. Pero si el entusiasmo es un mal tan grande, guárdate de no enredarte tú mismo en él. Vela y ora para no caer en la tentación. Fácilmente asedia a los que temen o aman a Dios. ¡Oh, guárdate de tener de ti más alto concepto que el que debes tener! No te imagines que has alcanzado aquella gracia de Dios que no has alcanzado. Puedes tener mucho gozo; puedes tener cierta medida de amor; y con todo no tener fe viva. Clama a Dios que no permita que, ciego como eres, te salgas del camino; que nunca te figures creyente en Cristo hasta que Cristo sea revelado en ti, y hasta que su Espíritu dé testimonio a tu espíritu de que eres hijo de Dios.
36. Guárdate de ser un entusiasta fogoso y perseguidor. No te imagines que Dios te ha llamado (justamente al contrario del espíritu de aquel a quien llamas tu Maestro) a destruir las vidas de los hombres, y no a salvarlas. Nunca sueñes con forzar a los hombres a entrar en los caminos de Dios. Piensa por ti mismo, y deja pensar a los demás. No uses coacción alguna en materia de religión. Aun a los que están más lejos del camino, nunca los obligues a entrar por otros medios que la razón, la verdad y el amor.
37. Guárdate de correr con el rebaño común de los entusiastas, figurándote que eres cristiano cuando no lo eres. No presumas de tomar ese nombre venerable a menos que tengas un título claro y bíblico para ello; a menos que tengas el sentir que hubo en Cristo y andes como él anduvo.
38. Guárdate de caer en la segunda clase de entusiasmo: figurarte que tienes de Dios dones que no tienes. No confíes en visiones ni en sueños; en impresiones repentinas ni en fuertes impulsos de ninguna clase. Recuerda que no es por estas cosas como has de conocer cuál es la voluntad de Dios en una ocasión particular, sino aplicando la regla sencilla de la Escritura, con la ayuda de la experiencia y de la razón, y la asistencia ordinaria del Espíritu de Dios. No tomes a la ligera el nombre de Dios en tu boca; no hables de la voluntad de Dios en cada ocasión trivial; sino que tus palabras, así como tus acciones, estén todas templadas por la reverencia y el temor piadoso.
39. Guárdate, por último, de imaginar que alcanzarás el fin sin usar los medios que conducen a él. Dios puede dar el fin sin medio alguno; pero no tienes razón para pensar que lo hará. Por tanto, usa constante y cuidadosamente todos los medios que él ha designado como cauces ordinarios de su gracia. Usa todo medio que la razón o la Escritura recomiendan como conducente (por el amor gratuito de Dios en Cristo) a obtener o aumentar cualquiera de los dones de Dios. Espera así un crecimiento diario en aquella religión pura y santa que el mundo siempre ha llamado, y siempre llamará, «entusiasmo»; pero que, para todos los que han sido salvados del verdadero entusiasmo, de un cristianismo meramente nominal, es «la sabiduría de Dios, y el poder de Dios»; la gloriosa imagen del Altísimo; «justicia y paz»; una «fuente de agua viva, que salta para vida eterna».
Capítulo 38 completado
La naturaleza del entusiasmo