Sermones en diversas ocasiones
Discurso 2

Capítulo 37 · 19 min de lectura · 25 min de escucha

Discurso 2

Sermón 36

La ley establecida por la fe

Discurso 2

«¿Luego deshacemos la ley por la fe? ¡En ninguna manera! Antes establecemos la ley».

Romanos 3:31.

1. En el discurso anterior se ha mostrado cuáles son las maneras más comunes de invalidar la ley por la fe; a saber: Primero, no predicarla en absoluto, lo cual de hecho la invalida toda de un golpe; y esto so color de predicar a Cristo y de engrandecer el evangelio, aunque en verdad sea destruir lo uno y lo otro. Segundo, enseñar (directa o indirectamente) que la fe hace innecesaria la santidad; que esta es menos necesaria ahora, o que se requiere de ella un grado menor, que antes de venir Cristo; que nos es menos necesaria porque creemos de lo que lo habría sido de otro modo; o que la libertad cristiana es libertad de toda clase o grado de santidad (pervirtiendo así aquellas grandes verdades: que ahora estamos bajo el pacto de gracia y no de obras; que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley; y que «al que no obra, sino que cree, su fe le es contada por justicia»). O, Tercero, hacer esto en la práctica; invalidar la ley en la práctica, aunque no en principio; vivir u obrar como si la fe estuviese destinada a dispensarnos de la santidad; permitirnos el pecado «porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia». Queda por averiguar cómo podemos seguir un modelo mejor, cómo podemos decir con el Apóstol: «¿Luego deshacemos la ley por la fe? ¡En ninguna manera! Antes establecemos la ley».

2. No establecemos, ciertamente, la antigua ley ceremonial; sabemos que está abolida para siempre. Mucho menos establecemos toda la dispensación mosaica; sabemos que nuestro Señor la ha clavado en su cruz. Tampoco establecemos la ley moral de tal modo (como es de temer que lo hagan demasiados) que el cumplirla, el guardar todos los mandamientos, sea la condición de nuestra justificación; si así fuera, ciertamente «delante de él no se justificará ningún viviente». Pero, concedido todo esto, aún «establecemos la ley», en el sentido del Apóstol: la ley moral.

I. 1. Establecemos la ley, Primero, por nuestra doctrina; procurando predicarla en toda su extensión, explicar e inculcar cada una de sus partes, de la misma manera que lo hizo nuestro gran Maestro mientras estuvo en la tierra. La establecemos siguiendo el consejo de san Pedro: «Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios»; como los santos hombres de la antigüedad, movidos por el Espíritu Santo, hablaron y escribieron para nuestra enseñanza; y como los apóstoles de nuestro bendito Señor, bajo la dirección del mismo Espíritu. La establecemos siempre que hablamos en su nombre, no retrayendo nada a los que oyen; anunciándoles, sin limitación ni reserva alguna, todo el consejo de Dios. Y para establecerla más eficazmente, usamos en ello de mucha franqueza en el hablar. «Porque no somos como muchos, que corrompen la palabra de Dios»; -kapEleuontes_ (como los hombres astutos sus malos vinos); no la adulteramos, mezclamos, falsificamos ni suavizamos para acomodarla al gusto de los oyentes; «sino que con sinceridad, como de Dios, delante de Dios, hablamos en Cristo»; sin tener otra mira que, «por manifestación de la verdad, encomendarnos a nosotros mismos a toda conciencia humana delante de Dios».

2. Así, pues, por nuestra doctrina establecemos la ley cuando la declaramos abiertamente a todos los hombres de esta manera; y eso en la plenitud con que la entregaron nuestro bendito Señor y sus apóstoles; cuando la publicamos en su altura, y profundidad, y longitud, y anchura. Establecemos la ley cuando declaramos cada parte de ella, cada mandamiento que contiene, no solo en su sentido pleno y literal, sino también en su significado espiritual; no solo con respecto a las acciones exteriores que prohíbe u ordena, sino también con respecto al principio interior, a los pensamientos, deseos e intenciones del corazón.

3. Y en verdad hacemos esto con tanta más diligencia, no solo porque es de la mayor importancia —por cuanto todo el fruto, toda palabra y obra, no puede ser sino continuamente malo si el árbol es malo, si las inclinaciones y disposiciones del corazón no son rectas delante de Dios—, sino también porque, por importantes que sean estas cosas, se consideran o se entienden muy poco; tan poco, que podemos decir con verdad también de la ley, tomada en su pleno significado espiritual, que es «un misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, desde el principio del mundo». Estaba enteramente oculto al mundo pagano. Ellos, con toda su jactanciosa sabiduría, no hallaron ni a Dios ni la ley de Dios; ni en la letra, y mucho menos en su espíritu. «Su necio corazón fue» cada vez más «entenebrecido», mientras, «diciéndose ser sabios, se hicieron necios». Y estaba casi igualmente oculto, en cuanto a su significado espiritual, al grueso de la nación judía. Aun aquellos que tan prontos estaban a declarar acerca de otros: «Este pueblo que no sabe la ley, maldito es», pronunciaban con ello su propia sentencia, pues se hallaban bajo la misma maldición, bajo la misma terrible ignorancia. Testigo de ello es la continua reprensión de nuestro Señor a los más sabios de entre ellos por sus burdas interpretaciones erróneas de la ley. Testigo de ello es la suposición, casi universalmente admitida entre ellos, de que solo necesitaban limpiar lo de fuera del vaso; de que el pagar el diezmo de la menta, el eneldo y el comino —una exactitud exterior— expiaría la impiedad interior, el total descuido tanto de la justicia como de la misericordia, de la fe y del amor de Dios. Más aún, tan absolutamente estaba oculto el significado espiritual de la ley a los más sabios de ellos, que uno de sus rabinos más eminentes comenta así aquellas palabras del salmista: «Si en mi corazón me inclino a la iniquidad, el Señor no me oirá». «Es decir —dice él—, si está solo en mi corazón, si no cometo maldad exterior, el Señor no lo tomará en cuenta; no me castigará a menos que pase al acto exterior».

4. Pero ¡ay!, la ley de Dios, en cuanto a su significado interior y espiritual, no está oculta solo a los judíos o a los paganos, sino aun a lo que se llama el mundo cristiano; al menos, a una inmensa mayoría de él. El sentido espiritual de los mandamientos de Dios sigue siendo un misterio también para estos. Y esto no se observa solo en aquellas tierras que están cubiertas de tinieblas e ignorancia romanistas. Sino que es demasiado cierto que la mayor parte, aun de los que se llaman cristianos reformados, son hoy enteramente extraños a la ley de Cristo en su pureza y espiritualidad.

5. De ahí que hasta el día de hoy «“los escribas y fariseos», los hombres que tienen la forma pero no el poder de la religión, y que por lo general son sabios en su propia opinión y justos en su propio concepto, «oyendo estas cosas, se ofenden»; se ofenden profundamente cuando hablamos de la religión del corazón, y en particular cuando mostramos que, sin ella, aunque «repartiésemos todos nuestros bienes para dar de comer a los pobres», de nada nos serviría. Pero ofenderse tienen; porque no podemos sino hablar la verdad tal como está en Jesús. Nos toca a nosotros, sea que oigan o que dejen de oír, librar nuestra propia alma. Todo lo que está escrito en el libro de Dios hemos de declararlo, no como quien agrada a los hombres, sino al Señor. Hemos de declarar no solo todas las promesas, sino también todas las amenazas que en él hallamos. Al mismo tiempo que proclamamos todas las bendiciones y privilegios que Dios ha preparado para sus hijos, hemos de «enseñar también todas las cosas que él ha mandado». Y sabemos que todas ellas tienen su uso: ya para despertar a los que duermen, para instruir a los ignorantes, para consolar a los de poco ánimo, o para edificar y perfeccionar a los santos. Sabemos que «toda Escritura, inspirada divinamente, es útil», ya «para enseñar», ya «para redargüir», ya «para corregir o para instruir en justicia»; y «que el hombre de Dios», en el curso de la obra de Dios en su alma, tiene necesidad de cada parte de ella, a fin de que al cabo «sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra».

6. Nos toca predicar así a Cristo, predicando todas las cosas que él ha revelado. Podemos, en verdad, sin culpa alguna, y aun con una bendición especial de Dios, declarar el amor de nuestro Señor Jesucristo; podemos hablar de manera más particular de «el Señor, justicia nuestra». Podemos extendernos sobre la gracia de Dios en Cristo, «reconciliando el mundo a sí»; podemos, en las ocasiones oportunas, detenernos en su alabanza, como quien «cargó con las iniquidades de todos nosotros, herido por nuestras rebeliones y molido por nuestros pecados, para que por su llaga fuésemos nosotros curados». Pero aun así no predicaríamos a Cristo conforme a su palabra si nos limitáramos enteramente a esto. No estamos limpios delante de Dios si no lo proclamamos en todos sus oficios. Predicar a Cristo como obrero que no tiene de qué avergonzarse es predicarlo no solo como nuestro gran Sumo Sacerdote, «tomado de entre los hombres, y constituido a favor de los hombres en lo que a Dios toca»; y como tal, «reconciliándonos con Dios por su sangre» y «viviendo siempre para interceder por nosotros»; sino también como el Profeta del Señor, «el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría»; que por su palabra y su Espíritu está con nosotros siempre, «guiándonos a toda verdad»; sí, y como quien permanece Rey para siempre; como quien da leyes a todos los que ha comprado con su sangre; como quien restaura a la imagen de Dios a aquellos a quienes primero había restituido a su favor; como quien reina en todos los corazones creyentes hasta haber «sujetado a sí todas las cosas»; hasta haber echado fuera por completo todo pecado y traído la justicia perdurable.

II. 1. Establecemos la ley, Segundo, cuando predicamos la fe en Cristo de tal manera que no sustituya a la santidad, sino que la produzca; que produzca toda clase de santidad, negativa y positiva, del corazón y de la vida.

Con este fin declaramos continuamente (lo que deberían considerar a menudo y a fondo todos los que «no quieran invalidar la ley por la fe») que la fe misma, aun la fe cristiana, la fe de los escogidos de Dios, la fe que es obra de Dios, no es todavía sino la sierva del amor. Por gloriosa y honrosa que sea, no es el fin del mandamiento. Dios ha dado esta honra solo al amor: el amor es el fin de todos los mandamientos de Dios. El amor es el fin, el único fin, de toda dispensación de Dios, desde el principio del mundo hasta la consumación de todas las cosas. Y permanecerá cuando huyan el cielo y la tierra; porque solo «el amor» «nunca deja de ser». La fe cesará por completo; será absorbida por la vista, por la eterna visión de Dios. Pero aun entonces el amor,

la misma en su naturaleza y en su oficio,

perdurable su lámpara y sin consumirse su llama,

en triunfo inmortal vivirá para siempre,

y bien sin fin derramará, y alabanza sin fin recibirá.

2. Cosas muy excelentes se dicen de la fe, y quienquiera que participa de ella bien puede decir con el Apóstol: «Gracias a Dios por su don inefable». Con todo, pierde toda su excelencia cuando se la compara con el amor. Lo que san Pablo observa acerca de la gloria del evangelio, superior a la de la ley, puede decirse con gran propiedad de la gloria del amor, superior a la de la fe: «Porque aun lo que fue glorioso no es glorioso en esta parte, en comparación con la excelente gloria. Porque si lo que perece fue glorioso, mucho más será en gloria lo que permanece» Más aún, toda la gloria de la fe, antes de que perezca, proviene de esto: que sirve al amor. Es el gran medio temporal que Dios ha ordenado para promover aquel fin eterno.

3. Consideren además los que engrandecen la fe fuera de toda proporción, hasta el punto de que absorba todo lo demás, y que entienden tan del todo mal su naturaleza que imaginan que ocupa el lugar del amor, que así como el amor existirá después de la fe, así también existió mucho antes que ella. Los ángeles que, desde el momento de su creación, contemplaron el rostro de su Padre que está en los cielos, no tenían necesidad de fe en su noción general, en cuanto es la convicción de lo que no se ve. Tampoco tenían necesidad de la fe en su acepción más particular, la fe en la sangre de Jesús; porque él no tomó sobre sí la naturaleza de los ángeles, sino solo la simiente de Abraham. No había, pues, lugar antes de la fundación del mundo para la fe, ni en el sentido general ni en el particular. Pero sí lo había para el amor. El amor existía desde la eternidad, en Dios, el gran océano del amor. El amor tuvo lugar en todos los hijos de Dios desde el momento de su creación. Recibieron a la vez de su Creador misericordioso el existir y el amar.

4. Tampoco es cierto (por ingeniosa y plausiblemente que muchos hayan discurrido sobre esto) que la fe, aun en el sentido general de la palabra, tuviera lugar alguno en el paraíso. Es sumamente probable, por el breve y poco circunstanciado relato que tenemos en la Sagrada Escritura, que Adán, antes de rebelarse contra Dios, andaba con él por vista y no por fe.

Pues entonces el ojo de su razón era fuerte y claro,

y (como el águila puede mirar al sol)

pudiera haber contemplado tan de cerca el rostro de su Hacedor

como pudieran haberlo hecho los ángeles intelectuales.

Podía entonces hablar cara a cara con aquel cuyo rostro no podemos ahora ver y vivir; y, por consiguiente, no tenía necesidad de aquella fe cuyo oficio es suplir la falta de la vista.

5. Por otra parte, es absolutamente cierto que la fe, en su sentido particular, no tenía entonces lugar alguno. Porque en ese sentido presupone necesariamente el pecado, y la ira de Dios declarada contra el pecador; sin lo cual no hay necesidad de una expiación por el pecado para la reconciliación del pecador con Dios. Por consiguiente, así como no había necesidad de expiación antes de la caída, tampoco había lugar para la fe en esa expiación, estando entonces el hombre limpio de toda mancha de pecado, santo como Dios es santo. Pero el amor llenaba ya entonces su corazón; reinaba en él sin rival; y solo cuando el amor se perdió por el pecado fue añadida la fe, no por sí misma, ni con el propósito de que existiese más tiempo del necesario para cumplir el fin para el cual fue ordenada, a saber, restaurar al hombre en el amor del cual había caído. En la caída, pues, fue añadida esta convicción de lo que no se ve, que antes era del todo innecesaria; esta confianza en el amor redentor, que no podía tener lugar alguno hasta que se hizo la promesa de que «la Simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente».

6. La fe, pues, fue designada originalmente por Dios para restablecer la ley del amor. Por tanto, al hablar así, no la menospreciamos ni le robamos la alabanza que le es debida; sino que, al contrario, mostramos su verdadero valor, la ensalzamos en su justa proporción y le damos el lugar mismo que la sabiduría de Dios le asignó desde el principio. Es el gran medio para restaurar aquel amor santo en el cual el hombre fue creado originalmente. Se sigue que, aunque la fe no tiene valor en sí misma (como tampoco lo tiene ningún otro medio, sea cual fuere), sin embargo, en cuanto conduce a aquel fin, el establecer de nuevo la ley del amor en nuestros corazones, y en cuanto, en el presente estado de las cosas, es el único medio bajo el cielo para lograrlo, es por esa razón una bendición inefable para el hombre y de valor inefable delante de Dios.

III. 1. Y esto nos lleva naturalmente a observar, Tercero, la manera más importante de establecer la ley; a saber, establecerla en nuestros propios corazones y vidas. En verdad, sin esto, ¿de qué serviría todo lo demás? Podríamos establecerla por nuestra doctrina; podríamos predicarla en toda su extensión; podríamos explicar e inculcar cada una de sus partes. Podríamos exponerla en su significado más espiritual y declarar los misterios del reino; podríamos predicar a Cristo en todos sus oficios, y la fe en Cristo como la que abre todos los tesoros de su amor; y aun así, todo ese tiempo, si la ley que predicábamos no estuviese establecida en nuestros corazones, no seríamos de más cuenta delante de Dios que «metal que resuena, o címbalo que retiñe». Toda nuestra predicación estaría tan lejos de aprovecharnos a nosotros mismos, que solo aumentaría nuestra condenación.

2. Este es, pues, el punto principal que debe considerarse: ¿Cómo podemos establecer la ley en nuestros propios corazones de modo que tenga su plena influencia en nuestras vidas? Y esto solo puede hacerse por la fe.

Solo la fe es la que cumple eficazmente este fin, como aprendemos por la experiencia diaria. Porque mientras andamos por fe, no por vista, avanzamos velozmente en el camino de la santidad. Mientras miramos con firmeza, no las cosas que se ven, sino las que no se ven, somos cada vez más crucificados al mundo, y el mundo crucificado a nosotros. Fíjese solo el ojo del alma constantemente, no en las cosas temporales, sino en las eternas, y nuestros afectos se desprenden cada vez más de la tierra y se fijan en las cosas de arriba. De modo que la fe, en general, es el medio más directo y eficaz de promover toda justicia y verdadera santidad; de establecer la ley santa y espiritual en los corazones de los que creen.

3. Y por la fe, tomada en su significado más particular, como confianza en un Dios que perdona, establecemos su ley en nuestros propios corazones de una manera aún más eficaz. Porque no hay motivo que tan poderosamente nos incline a amar a Dios como el sentimiento del amor de Dios en Cristo. Nada nos capacita como una convicción penetrante de esto para dar nuestro corazón a aquel que fue dado por nosotros. Y de este principio de amor agradecido a Dios brota también el amor a nuestro hermano. Tampoco podemos dejar de amar a nuestro prójimo si de veras creemos en el amor con que Dios nos ha amado. Ahora bien, este amor al hombre, fundado en la fe y en el amor a Dios, «no hace mal al» «prójimo». Por consiguiente, es, como observa el Apóstol, «el cumplimiento de» toda la «ley» negativa. «Porque: No adulterarás; no matarás; no hurtarás; no dirás falso testimonio; no codiciarás; y si hay algún otro mandamiento, en esta sentencia se comprende sumariamente: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Tampoco se contenta el amor con no hacer simplemente ningún mal a nuestro prójimo. Continuamente nos incita a hacer el bien, según tengamos tiempo y oportunidad; a hacer el bien, de toda clase posible y en todo grado posible, a todos los hombres. Es, por tanto, el cumplimiento de la ley positiva de Dios, igualmente, así como de la negativa.

4. Ni cumple la fe la ley negativa o la positiva solo en cuanto a su parte exterior; sino que obra interiormente por el amor, para la purificación del corazón, limpiándolo de todos los afectos viles. Todo aquel que tiene en sí esta fe «se purifica a sí mismo, así como él es puro»; se purifica de todo deseo terreno y sensual, de todos los afectos viles y desordenados; sí, de toda aquella mente carnal que es enemistad contra Dios. Al mismo tiempo, si la fe tiene su obra perfecta, lo llena de toda bondad, justicia y verdad. Trae todo el cielo a su alma, y le hace andar en luz, como Dios está en luz.

5. Procuremos, pues, establecer así la ley en nosotros mismos; no pecando «porque estamos bajo la gracia», sino más bien usando todo el poder que por ella recibimos «para cumplir toda justicia». Recordando qué luz recibimos de Dios mientras su Espíritu nos convencía de pecado, guardémonos de apagar esa luz; lo que entonces habíamos alcanzado, retengámoslo. Que nada nos induzca a edificar de nuevo lo que hemos destruido; a reanudar cosa alguna, pequeña o grande, que entonces vimos claramente que no era para la gloria de Dios ni para provecho de nuestra propia alma; o a descuidar cosa alguna, pequeña o grande, que entonces no podíamos descuidar sin un reproche de nuestra propia conciencia. Para aumentar y perfeccionar la luz que antes teníamos, añadamos ahora la luz de la fe. Confirmemos el don anterior de Dios con un sentimiento más profundo de cuanto él nos había mostrado entonces, con una mayor ternura de conciencia y una sensibilidad más exquisita al pecado. Andando ahora con gozo, y no con temor, en una visión clara y firme de las cosas eternas, miraremos el placer, la riqueza, la alabanza —todas las cosas de la tierra— como burbujas sobre el agua; no teniendo nada por importante, nada por deseable, nada digno de un pensamiento deliberado, sino solo lo que está «dentro del velo», donde Jesús «está sentado a la diestra de Dios».

6. ¿Puedes tú decir: «Eres propicio a mi injusticia; de mis pecados no te acuerdas más»? ¡Entonces, de aquí en adelante, procura huir del pecado como de la presencia de una serpiente! Porque ¡cuán sobremanera pecaminoso te parece ahora! ¡Cuán abominable, más allá de toda expresión! Por otra parte, ¡bajo qué luz tan amable ves ahora la santa y perfecta voluntad de Dios! ¡Ahora, pues, trabaja para que se cumpla en ti, por ti y sobre ti! ¡Ahora vela y ora para no pecar más, para ver y evitar la más mínima transgresión de su ley! Ves las motas que antes no podías ver cuando el sol entra en un lugar oscuro. De la misma manera ves los pecados que antes no podías ver, ahora que el Sol de justicia brilla en tu corazón. ¡Ahora, pues, pon toda diligencia en andar, en todo respecto, conforme a la luz que has recibido! ¡Ahora sé celoso por recibir más luz cada día, más del conocimiento y del amor de Dios, más del Espíritu de Cristo, más de su vida y del poder de su resurrección! Ahora usa todo el conocimiento, y el amor, y la vida, y el poder que ya has alcanzado: así irás continuamente adelante de fe en fe; así crecerás cada día en amor santo, hasta que la fe sea absorbida por la vista, y la ley del amor quede establecida por toda la eternidad.

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