Sermones en diversas ocasiones
Advertencia contra la intolerancia

Capítulo 39 · 29 min de lectura · 37 min de escucha

Advertencia contra la intolerancia

Sermón 38

Advertencia contra la intolerancia

«Y respondió Juan, diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera los demonios, el cual no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos sigue. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis».

Marcos 9:38, 39.

1. En los versículos precedentes leemos que, después que los Doce habían disputado «quién de ellos había de ser el mayor», Jesús tomó a un niño, lo puso en medio de ellos y, tomándolo en sus brazos, les dijo: «El que recibiere en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí» solamente, «sino al que me envió». Entonces «respondió Juan», es decir, dijo, refiriéndose a lo que nuestro Señor acababa de decir: «Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera los demonios, y se lo prohibimos, porque no nos sigue». Como si hubiera dicho: «¿Debíamos haberlo recibido? Al recibirlo, ¿te habríamos recibido a ti? ¿No debíamos más bien habérselo prohibido? ¿No hicimos bien en ello?». «Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis».

2. El mismo pasaje lo refiere san Lucas, y casi con las mismas palabras. Pero puede preguntarse: «¿Qué tiene esto que ver con nosotros, puesto que hoy nadie echa fuera demonios? ¿No ha sido retirado de la iglesia el poder de hacerlo desde hace doce o catorce siglos? ¿Cómo nos concierne, pues, a nosotros el caso aquí propuesto, o la decisión que nuestro Señor dio sobre él?»

3. Quizá más de cerca de lo que comúnmente se imagina, pues el caso propuesto no es nada infrecuente. Para que saquemos de él todo el provecho, me propongo mostrar, primero, en qué sentido los hombres pueden echar fuera demonios, y de hecho los echan, hoy; segundo, qué podemos entender por «No nos sigue». En tercer lugar, explicaré la indicación de nuestro Señor, «No se lo prohibáis», y concluiré con una inferencia sacada del conjunto.

I. 1. He de mostrar, en primer lugar, en qué sentido los hombres pueden echar fuera demonios, y de hecho los echan, hoy.

Para tener la visión más clara de esto, debemos recordar que (según el relato de la Escritura) así como Dios mora y obra en los hijos de luz, así el diablo mora y obra en los hijos de las tinieblas. Así como el Espíritu Santo posee las almas de los hombres buenos, así el espíritu maligno posee las almas de los impíos. De ahí que el Apóstol lo llame «el dios de este siglo», por el poder sin freno que tiene sobre los hombres mundanos. De ahí que nuestro bendito Señor lo llame «el príncipe de este mundo», tan absoluto es su dominio sobre él. Y de ahí que san Juan diga: «Sabemos que somos de Dios, y» todos los que no son de Dios, «todo el mundo», «en toi poneroi keitai», —no está puesto en maldad, sino «está puesto en el maligno»; vive y se mueve en él, como los que no son del mundo viven y se mueven en Dios.

2. Porque al diablo no se le ha de considerar solo como «león rugiente, que anda alrededor buscando a quien devore», ni meramente como un enemigo sutil que cae de improviso sobre las pobres almas y «las tiene cautivas a voluntad de él», sino como aquel que mora en ellas y anda en ellas; que gobierna las tinieblas o la maldad de este mundo (de los hombres mundanos y de todos sus tenebrosos designios y acciones) manteniendo la posesión de sus corazones, levantando allí su trono y sometiendo todo pensamiento a su propia obediencia. Así «el fuerte armado guarda su casa»; y si este «espíritu inmundo» a veces «sale del hombre», con frecuencia vuelve con «otros siete espíritus peores que él, y entrados, habitan allí». Ni puede estar ocioso en su morada. Está continuamente «obrando en» estos «hijos de desobediencia». Obra en ellos con poder, con poderosa energía, transformándolos a su propia semejanza, borrando todos los restos de la imagen de Dios y preparándolos para toda mala palabra y obra.

3. Es, pues, una verdad incuestionable que el dios y príncipe de este mundo posee todavía a todos los que no conocen a Dios. Solo que la manera en que los posee ahora difiere de aquella en que lo hacía antiguamente. Entonces atormentaba con frecuencia sus cuerpos tanto como sus almas, y eso abiertamente, sin disfraz alguno; ahora atormenta solo sus almas (salvo en algunos casos raros), y eso tan encubiertamente como le es posible. La razón de esta diferencia es clara: su propósito era entonces empujar al género humano a la superstición; por eso obraba tan abiertamente como podía. Pero su propósito es empujarnos a la incredulidad; por eso obra tan en secreto como puede, pues cuanto más oculto está, más prevalece.

4. Con todo, si hemos de dar crédito a los historiadores, hay países, aun ahora, donde obra tan abiertamente como antaño. «Pero ¿por qué solo en países salvajes y bárbaros? ¿Por qué no en Italia, Francia o Inglaterra?» Por una razón muy sencilla: conoce a sus hombres, y sabe lo que ha de hacer con cada uno. A los lapones se les aparece a cara descubierta, porque ha de afirmarlos en la superstición y en la idolatría grosera. Pero con vosotros persigue otro fin. Su empeño es que os idolatréis a vosotros mismos; que os tengáis por más sabios en vuestra propia opinión que Dios mismo, que todos los oráculos de Dios. Ahora bien, para lograr esto no debe aparecer en su propia figura: eso frustraría su designio. No: emplea todo su arte para haceros negar su existencia, hasta que os tenga seguros en su propio lugar.

5. Reina, pues, aunque de manera diferente, tan absoluto en una tierra como en la otra. Tiene entre sus dientes al alegre incrédulo italiano con tanta seguridad como al tártaro salvaje. Pero aquel duerme profundamente en la boca del león, que es demasiado sabio para despertarlo de su sueño. Así que por ahora solo juega con él, y cuando le place, ¡se lo traga!

El dios de este mundo tiene a sus adoradores ingleses tan sujetos como a los de Laponia. Pero no le conviene espantarlos, no sea que huyan al Dios del cielo. Por eso el príncipe de las tinieblas no aparece mientras gobierna sobre estos sus súbditos voluntarios. El conquistador tiene a sus cautivos tanto más seguros cuanto que ellos se imaginan en libertad. Así «el fuerte armado guarda su casa, y en paz está lo que posee»; ni el deísta ni el cristiano nominal sospechan que él está allí; de modo que él y ellos están en perfecta paz los unos con los otros.

6. Durante todo este tiempo obra con energía en ellos. Ciega los ojos de su entendimiento, para que no les resplandezca la luz del glorioso evangelio de Cristo. Encadena sus almas a la tierra y al infierno con las cadenas de sus propios afectos viles. Los ata a la tierra por el amor al mundo, el amor al dinero, al placer, a la alabanza. Y por el orgullo, la envidia, la ira, el odio y la venganza, hace que sus almas se acerquen al infierno; y obra con tanta más seguridad y menos freno cuanto que ellos no saben que obre en absoluto.

7. ¡Pero cuán fácilmente podemos conocer la causa por sus efectos! Estos son a veces groseros y palpables. Así lo fueron en las más refinadas de las naciones paganas. No vayáis más lejos que los admirados, los virtuosos romanos; y los hallaréis, en la cumbre de su saber y de su gloria, «atestados de toda iniquidad, de fornicación, de malicia, de avaricia, de maldad; llenos de envidia, de homicidios, de contiendas, de engaños, de malignidades; murmuradores, detractores, injuriosos, soberbios, altivos, desobedientes a los padres, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia».

8. Las partes más fuertes de esta descripción las confirma uno a quien algunos tal vez tengan por testigo más irrecusable. Me refiero a su hermano pagano Dion Casio, quien observa que, antes del regreso de César de las Galias, no solo la glotonería y la lascivia de toda clase eran abiertas y descaradas; no solo abundaban la falsedad, la injusticia y la falta de misericordia, tanto en los tribunales públicos como en las familias particulares, sino que los robos más escandalosos, las rapiñas y los asesinatos eran tan frecuentes en todas partes de Roma, que pocos salían de casa sin hacer testamento, ¡pues no sabían si volverían con vida!

9. Igual de groseras y palpables son las obras del diablo entre muchos (si no todos) los paganos modernos. La religión natural de los creeks, los cheroquis, los chickasaws y todos los demás indios que lindan con nuestros asentamientos del sur (no de unos pocos individuos, sino de naciones enteras) consiste en torturar a todos sus prisioneros de la mañana a la noche, hasta que al fin los asan hasta la muerte; y, a la más leve provocación involuntaria, ¡acercarse por detrás y disparar contra cualquiera de sus propios compatriotas! Sí, es cosa común entre ellos que el hijo, si piensa que su padre vive demasiado, le salte los sesos; y que la madre, si está cansada de sus hijos, les ate piedras al cuello y arroje a tres o cuatro de ellos al río, ¡uno tras otro!

10. Sería de desear que nadie sino los paganos hubiera practicado obras del diablo tan groseras y palpables. Pero no nos atrevemos a decirlo. ¡Aun en crueldad y derramamiento de sangre, cuán poco se han quedado atrás los cristianos! Y no solo los españoles o los portugueses, que degollaron a miles en Sudamérica; no solo los holandeses en las Indias Orientales, o los franceses en Norteamérica, siguiendo paso a paso a los españoles: también nuestros propios compatriotas se han cebado en sangre y han exterminado naciones enteras, probando claramente con ello qué espíritu es el que mora y obra en los hijos de desobediencia.

11. Estos monstruos casi podrían hacernos pasar por alto las obras del diablo que se cometen en nuestro propio país. Pero, ¡ay!, no podemos abrir los ojos ni aun aquí sin verlas por todos lados. ¿Es pequeña prueba de su poder que en toda parte de nuestra tierra se hallen todavía los que juran por costumbre, los borrachos, los fornicarios, los adúlteros, los ladrones, los salteadores, los sodomitas, los homicidas? ¡Cuán triunfante reina el príncipe de este mundo en todos estos hijos de desobediencia!

12. De manera menos abierta, pero no menos eficaz, obra en los disimuladores, los chismosos, los mentirosos, los calumniadores; en los opresores y los extorsionadores, en los perjuros, en el que vende a su amigo, su honor, su conciencia, su patria. ¡Y con todo, estos pueden seguir hablando de religión o de conciencia; de honor, de virtud y de espíritu público! Pero no pueden engañar a Satanás más de lo que pueden engañar a Dios. También él conoce a los que son suyos; y una gran multitud son, de toda nación y pueblo, de los cuales tiene plena posesión en este día.

13. Si consideráis esto, no podéis menos que ver en qué sentido los hombres pueden también ahora echar fuera demonios; sí, y todo ministro de Cristo los echa fuera, si la obra de su Señor prospera en su mano.

Por el poder de Dios que acompaña su palabra, lleva a estos pecadores al arrepentimiento: un cambio entero, tanto interior como exterior, de todo mal a todo bien. Y esto es, en un sentido sano, echar fuera demonios de las almas en que hasta entonces habían morado. El fuerte ya no puede guardar su casa. Otro más fuerte que él ha venido sobre él, lo ha echado fuera, ha tomado posesión para sí y ha hecho de ella morada de Dios en el Espíritu. Aquí, pues, termina la energía de Satanás, y el Hijo de Dios «deshace las obras del diablo». El entendimiento del pecador está ahora iluminado, y su corazón dulcemente atraído a Dios. Sus deseos son refinados, sus afectos purificados; y, lleno del Espíritu Santo, crece en la gracia hasta que no solo es santo de corazón, sino en toda su manera de vivir.

14. Todo esto es en verdad obra de Dios. Solo Dios puede echar fuera a Satanás. Pero generalmente le place hacerlo por medio del hombre, como instrumento en su mano, de quien entonces se dice que echa fuera demonios en su nombre, por su poder y autoridad. Y él envía a quien quiere enviar a esta gran obra; pero por lo común a hombres en quienes el hombre nunca habría pensado: porque «sus caminos no son nuestros caminos, ni sus pensamientos nuestros pensamientos». Conforme a esto, escoge lo débil para avergonzar a lo fuerte, lo necio para avergonzar a los sabios, por esta sencilla razón: para asegurarse a sí mismo la gloria; para que «ninguna carne se jacte en su presencia».

II. 1. Pero ¿no prohibiremos a uno que así «echa fuera demonios», si «no nos sigue»? Este, al parecer, fue tanto el juicio como la práctica del Apóstol, hasta que remitió el caso a su Maestro. «Se lo prohibimos», dice él, «¡porque no nos sigue!», lo cual tenía por razón muy suficiente. Lo que podemos entender por esta expresión, «No nos sigue», es el siguiente punto a considerar.

Lo mínimo que podemos entender por ella es que no tiene ninguna relación externa con nosotros. No trabajamos en unión el uno con el otro. No es nuestro colaborador en el evangelio. Y en verdad, siempre que a nuestro Señor le place enviar muchos obreros a su mies, no pueden todos obrar en subordinación o en conexión unos con otros. Más aún, no pueden conocerse todos personalmente, ni siquiera ser conocidos unos de otros. Necesariamente habrá muchos, en diferentes partes de la mies, tan lejos de tener trato mutuo alguno, que serán tan completamente extraños unos para otros como si hubieran vivido en épocas distintas. Y de cualquiera de estos a quienes no conocemos, podemos sin duda decir: «No nos sigue».

2. Un segundo sentido de esta expresión puede ser —no es de nuestro partido. Hace mucho que es motivo de triste consideración para todos los que piden por la paz de Jerusalén, que subsistan todavía tantos partidos diversos entre los que se llaman todos cristianos. Esto se ha observado particularmente en nuestros propios compatriotas, que han estado continuamente dividiéndose unos de otros sobre puntos de ninguna importancia, y muchas veces sobre cosas que nada tenían que ver con la religión. Las circunstancias más triviales han dado origen a partidos diferentes, que han continuado por muchas generaciones; y cada uno de ellos estaría pronto a objetar a quien estuviera del otro lado: «No nos sigue».

3. Esa expresión puede significar, en tercer lugar, —que difiere de nosotros en nuestras opiniones religiosas. Hubo un tiempo en que todos los cristianos eran de un mismo sentir, así como de un mismo corazón: ¡tan grande gracia había sobre todos ellos cuando fueron llenos por primera vez del Espíritu Santo! ¡Pero cuán breve espacio duró esta bendición! ¡Cuán pronto se perdió aquella unanimidad! y la diferencia de opinión brotó de nuevo, aun en la iglesia de Cristo, —y eso no en cristianos nominales, sino en cristianos verdaderos; más aún, en los principales de ellos, ¡los apóstoles mismos! Ni parece que la diferencia que entonces comenzó se haya quitado nunca del todo. No hallamos que aun aquellas columnas del templo de Dios, mientras permanecieron sobre la tierra, llegaran nunca a pensar del mismo modo, a ser de un mismo sentir, particularmente en lo tocante a la ley ceremonial. No es, pues, nada sorprendente que hoy se hallen en la iglesia cristiana infinitas variedades de opinión. Una consecuencia muy probable de esto es que, siempre que veamos a alguno «echando fuera demonios», será uno que, en este sentido, «no nos sigue» —que no es de nuestra opinión. Apenas cabe imaginar que sea de nuestro parecer en todos los puntos, aun en los de religión. Muy probablemente piense de manera diferente de nosotros, aun en varios asuntos de importancia, como la naturaleza y el uso de la ley moral, los decretos eternos de Dios, la suficiencia y eficacia de su gracia y la perseverancia de sus hijos.

4. Puede diferir de nosotros, en cuarto lugar, no solo en opinión, sino también en algún punto de práctica. Puede no aprobar la manera de adorar a Dios que se practica en nuestra congregación, y juzgar más provechosa para su alma la que tuvo su origen en Calvino o en Martín Lutero. Puede tener muchas objeciones a aquella liturgia que nosotros aprobamos por encima de todas las demás; muchas dudas acerca de aquella forma de gobierno eclesiástico que nosotros estimamos apostólica y bíblica a la vez. Quizá se aparte de nosotros todavía más: puede, por un principio de conciencia, abstenerse de varias de aquellas cosas que creemos ser ordenanzas de Cristo. O, si ambos convenimos en que son ordenadas por Dios, puede quedar aún una diferencia entre nosotros, ya en cuanto a la manera de administrar esas ordenanzas, ya en cuanto a las personas a quienes deben administrarse. Ahora bien, la consecuencia inevitable de cualquiera de estas diferencias será que quien así difiere de nosotros ha de separarse, en lo que toca a esos puntos, de nuestra sociedad. En este respecto, pues, «no nos sigue»: no es (como decimos) «de nuestra Iglesia».

5. Pero en un sentido mucho más fuerte «no nos sigue» el que no solo es de una Iglesia diferente, sino de una Iglesia tal que tenemos por antibíblica y anticristiana en muchos respectos, —una Iglesia que creemos del todo falsa y errónea en sus doctrinas, así como muy peligrosamente equivocada en su práctica; culpable de grosera superstición y también de idolatría, —una Iglesia que ha añadido muchos artículos a la fe que una vez fue dada a los santos; que ha suprimido un mandamiento entero de Dios e invalidado varios de los demás con sus tradiciones; y que, aparentando la más alta veneración por la Iglesia antigua y la más estricta conformidad con ella, ha introducido sin embargo innumerables innovaciones, sin autorización alguna ni de la antigüedad ni de la Escritura. Ahora bien, con toda certeza «no nos sigue» quien está a tan gran distancia de nosotros.

6. Y, sin embargo, puede haber una diferencia aún mayor que esta. El que difiere de nosotros en juicio o en práctica puede quizá estar a mayor distancia de nosotros en afecto que en juicio. Y este es, en verdad, un efecto muy natural y muy común de lo otro. Las diferencias que comienzan en puntos de opinión rara vez terminan allí. Generalmente se extienden a los afectos, y entonces separan a los mejores amigos. Ni hay animosidades tan profundas e irreconciliables como las que nacen del desacuerdo en religión. Por esta causa los enemigos más amargos del hombre son los de su propia casa. Por esto el padre se levanta contra sus propios hijos, y los hijos contra el padre; y quizá se persiguen unos a otros hasta la muerte, pensando todo el tiempo que hacen servicio a Dios. No es, pues, más de lo que podemos esperar, que los que difieren de nosotros, sea en opiniones religiosas o en práctica, contraigan pronto una aspereza, más aún, una amargura hacia nosotros; que estén cada vez más prevenidos contra nosotros, hasta formarse tan mala opinión de nuestras personas como de nuestros principios. Una consecuencia casi necesaria de esto será que hablarán de nosotros de la misma manera que piensan. Se pondrán en oposición a nosotros y, en cuanto puedan, estorbarán nuestra obra, pues no les parece que sea obra de Dios, sino del hombre o del diablo. El que piensa, habla y obra de esta manera, en el sentido más alto, «no nos sigue».

7. No creo, en verdad, que la persona de quien habla el Apóstol en el texto (aunque no tenemos ningún relato particular de ella, ni en el contexto ni en ninguna otra parte de la Sagrada Escritura) llegara tan lejos. No tenemos fundamento para suponer que hubiera ninguna diferencia importante entre él y los apóstoles, y mucho menos que tuviera prejuicio alguno contra ellos o contra su Maestro. Parece que podemos deducir esto de las propias palabras de nuestro Señor, que siguen inmediatamente al texto: «Ninguno hay que haga milagro en mi nombre que luego pueda decir mal de mí». Pero a propósito presento el caso a la luz más fuerte, añadiendo todas las circunstancias que razonablemente pueden concebirse, para que, advertidos de antemano de la tentación en toda su fuerza, en ningún caso cedamos a ella y luchemos contra Dios.

III. 1. Supongamos, pues, que un hombre no tenga trato alguno con nosotros; supongamos que no sea de nuestro partido; supongamos que se separe de nuestra Iglesia, sí, y que difiera ampliamente de nosotros en juicio, en práctica y en afecto; con todo, si vemos aun a este hombre «echando fuera demonios», Jesús dice: «No se lo prohibáis». Esta importante indicación de nuestro Señor he de explicar en tercer lugar.

2. Si vemos a este hombre echando fuera demonios: pero ya sería bastante si, en tal caso, creyéramos siquiera lo que vemos con nuestros ojos, si no desmintiéramos a nuestros propios sentidos. Poco conoce la naturaleza humana quien no percibe al instante cuán extremadamente poco dispuestos estaríamos a creer que echa fuera demonios un hombre que «no nos sigue» en todos o en la mayoría de los sentidos arriba expuestos; casi había dicho, en cualquiera de ellos, pues podemos aprender fácilmente, aun por lo que pasa en nuestro propio pecho, cuán poco dispuestos están los hombres a admitir nada bueno en los que no concuerdan en todo con ellos mismos.

3. «Pero ¿cuál es una prueba suficiente y razonable de que un hombre (en el sentido arriba dicho) echa fuera demonios?» La respuesta es fácil. ¿Hay prueba plena, (1) de que una persona que tenemos delante era un pecador grosero y manifiesto? (2) ¿De que ya no lo es? ¿De que ha roto con sus pecados y vive una vida cristiana? Y (3) ¿de que este cambio se obró por haber oído predicar a este hombre? Si estos tres puntos son claros e innegables, entonces tenéis prueba suficiente y razonable, tal que no podéis resistirla sin pecado voluntario, de que este hombre echa fuera demonios.

4. Entonces «no se lo prohibáis». Guardaos de intentar estorbarlo, ya sea con vuestra autoridad, con argumentos o con persuasiones. No os esforcéis en manera alguna por impedirle usar todo el poder que Dios le ha dado. Si tenéis autoridad sobre él, no uséis esa autoridad para detener la obra de Dios. No le proveáis de razones por las que no deba hablar más en el nombre de Jesús. Satanás no dejará de proveérselas, aunque vosotros no le secundéis en ello. No le persuadáis a que abandone la obra. Si diera lugar al diablo y a vosotros, muchas almas podrían perecer en su iniquidad, pero su sangre la demandaría Dios de vuestras manos.

5. «Pero ¿y si no es más que un laico el que echa fuera demonios? ¿No debo prohibírselo entonces?»

¿Se admite el hecho? ¿Hay prueba razonable de que este hombre ha echado o echa fuera demonios? Si la hay, no se lo prohibáis; no, ni a riesgo de vuestra alma. ¿No obrará Dios por medio de quien él quiera obrar? Nadie puede hacer estas obras si Dios no está con él; si Dios no lo ha enviado para esto mismo. Pero si Dios lo ha enviado, ¿lo llamaréis vosotros de vuelta? ¿Le prohibiréis ir?

6. «Pero yo no sé que sea enviado de Dios». «Por cierto, maravillosa cosa es esta» (puede decir cualquiera de los sellos de su misión, cualquiera de aquellos a quienes ha traído de Satanás a Dios), «que vosotros no sabéis de dónde sea, ¡y a mí me abrió los ojos! Si este no fuera de Dios, no podría hacer nada». Si dudáis del hecho, llamad a los padres del hombre; llamad a sus hermanos, amigos, conocidos. Pero si no podéis dudar de esto, si tenéis que reconocer «que señal manifiesta ha sido hecha», entonces ¿con qué conciencia, con qué cara podéis mandar a aquel a quien Dios ha enviado «que no hable más en su nombre»?

7. Admito que es muy conveniente que quienquiera que predique en su nombre tenga un llamamiento exterior además del interior; pero que sea absolutamente necesario, lo niego.

«Pues ¿no es expresa la Escritura? “Nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado de Dios, como lo fue Aarón”» (Hebreos 5:4).

Innumerables veces se ha citado este texto con este motivo, como si contuviera toda la fuerza de la causa; pero de cierto nunca hubo cita tan desafortunada. Porque, en primer lugar, Aarón no fue llamado a predicar en absoluto: fue llamado «para que ofrezca presentes y sacrificios por los pecados». Ese era su oficio peculiar. En segundo lugar, estos hombres no ofrecen sacrificio en absoluto, sino que solo predican, cosa que Aarón no hacía. Por tanto, no es posible hallar en toda la Biblia un texto más ajeno a la cuestión que este.

8. «Pero ¿cuál era la práctica de la era apostólica?» Podéis verlo fácilmente en los Hechos de los Apóstoles. En el capítulo octavo leemos: «Se hizo una grande persecución en la iglesia que estaba en Jerusalén; y todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles» (versículo 1). «Así que los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando la palabra» (versículo 4). Ahora bien, ¿fueron todos estos llamados exteriormente a predicar? Nadie en su sano juicio puede pensarlo. Aquí, pues, hay una prueba innegable de cuál era la práctica de la era apostólica. Aquí veis, no a uno, sino a una multitud de predicadores laicos, hombres que solo habían sido enviados por Dios.

9. En verdad, tan lejos está la práctica de la era apostólica de inclinarnos a pensar que era ilícito que un hombre predicase antes de ser ordenado, que tenemos razones para pensar que entonces se tenía por necesario. Ciertamente la práctica y la indicación del apóstol Pablo era probar a un hombre antes de ordenarlo en absoluto. «Y estos» (los diáconos), dice, «sean antes probados; y entonces ejerzan el diaconado» (1 Timoteo 3:10). Probados, ¿cómo? ¿Poniéndoles a construir una frase en griego y haciéndoles unas cuantas preguntas triviales? ¡Oh, asombrosa prueba de un ministro de Cristo! No; sino haciendo un examen claro y abierto (como todavía hacen la mayoría de las Iglesias protestantes de Europa), no solo de si su vida es santa e irreprensible, sino de si tienen aquellos dones que son absoluta e indispensablemente necesarios para edificar la iglesia de Cristo.

10. Pero ¿y si un hombre tiene estos dones, y ha llevado pecadores al arrepentimiento, y con todo el obispo no quiere ordenarlo? Entonces el obispo le prohíbe echar fuera demonios. Pero yo no me atrevo a prohibírselo: he publicado mis razones ante todo el mundo. Con todo, aún se insiste en que debo hacerlo. Vosotros que insistís en ello, responded a esas razones. No sé que nadie lo haya hecho todavía, ni siquiera que haya intentado hacerlo. Solo algunos han hablado de ellas como muy débiles y triviales; y esto fue bastante prudente, porque es mucho más fácil despreciar un argumento, o al menos aparentar despreciarlo, que responderlo. Pero hasta que esto se haga, he de decir que, cuando tengo prueba razonable de que un hombre echa fuera demonios, hagan lo que hagan otros, no me atrevo a prohibírselo, no sea que me halle luchando aun contra Dios.

11. Y quienquiera que seas tú que temes a Dios, «no se lo prohíbas, ni directa ni indirectamente. Hay muchas maneras de hacerlo. Se lo prohíbes indirectamente si niegas del todo, o desprecias y tienes en poco, la obra que Dios ha hecho por sus manos. Se lo prohíbes indirectamente cuando lo desanimas en su obra, arrastrándolo a disputas acerca de ella, levantando objeciones contra ella, o asustándolo con consecuencias que muy posiblemente nunca se darán. Se lo prohíbes cuando le muestras alguna falta de bondad, ya en el lenguaje, ya en el trato; y mucho más cuando hablas de él a otros de manera desconsiderada o despectiva; cuando procuras presentarlo ante alguien bajo una luz odiosa o despreciable. Se lo estás prohibiendo todo el tiempo que hablas mal de él o no tienes en cuenta sus trabajos. ¡Oh, no se lo prohíbas de ninguna de estas maneras; ni prohibiendo a otros que lo oigan, —desanimando a los pecadores de oír aquella palabra que puede salvar sus almas!

12. Sí, si quieres observar la indicación de nuestro Señor en todo su sentido y alcance, recuerda entonces su palabra: «El que no es con nosotros, contra nosotros es; y el que conmigo no recoge, desparrama»: el que no recoge a los hombres en el reino de Dios, de cierto los dispersa lejos de él. Porque no puede haber neutrales en esta guerra. Cada uno está o del lado de Dios o del de Satanás. ¿Estás tú del lado de Dios? Entonces no solo no prohibirás a ningún hombre que eche fuera demonios, sino que trabajarás, hasta lo sumo de tu poder, por adelantarlo en la obra. Reconocerás de buena gana la obra de Dios y confesarás su grandeza. Quitarás de su camino, en cuanto sea posible, todas las dificultades y objeciones. Fortalecerás sus manos hablando honrosamente de él delante de todos los hombres y declarando las cosas que has visto y oído. Animarás a otros a asistir a su palabra, a oír a aquel a quien Dios ha enviado. Y no omitirás ninguna prueba efectiva de tierno amor que Dios te dé ocasión de mostrarle.

IV. 1. Si de buen grado faltamos en alguno de estos puntos, si directa o indirectamente se lo prohibimos «porque no nos sigue», entonces somos intolerantes. Esta es la inferencia que saco de lo dicho. Pero el término «intolerancia», me temo, por frecuentemente que se use, se entiende casi tan poco como el de «entusiasmo». Es un apego demasiado fuerte, o una afición excesiva, a nuestro propio partido, opinión, iglesia y religión. Por tanto, es intolerante aquel que tiene tal afición a cualquiera de estas cosas, que está tan fuertemente apegado a ellas, que prohíbe a cualquiera que echa fuera demonios porque difiere de él en alguno o en todos estos particulares.

2, Guárdate tú de esto. Cuida (1) de no convencerte a ti mismo de intolerancia por tu poca disposición a creer que echa fuera demonios un hombre que difiere de ti. Y si estás limpio hasta aquí, si reconoces el hecho, entonces examínate a ti mismo: (2) ¿No estoy convicto de intolerancia en esto, en prohibírselo directa o indirectamente? ¿No se lo prohíbo directamente por esta razón: porque no es de mi partido, porque no concuerda con mis opiniones, o porque no adora a Dios según aquel sistema de religión que he recibido de mis padres?

3. Examínate a ti mismo: ¿No se lo prohíbo, al menos indirectamente, por alguna de estas razones? ¿No me pesa que Dios reconozca y bendiga así a un hombre que sostiene opiniones tan erróneas? ¿No lo desanimo, porque no es de mi Iglesia, disputando con él acerca de ello, levantando objeciones y confundiendo su mente con consecuencias remotas? ¿No muestro ira, desprecio o falta de bondad de ninguna clase, ya en mis palabras, ya en mis acciones? ¿No menciono a sus espaldas sus faltas (reales o supuestas) —sus defectos o flaquezas? ¿No estorbo a los pecadores de oír su palabra? Si haces alguna de estas cosas, eres intolerante hasta el día de hoy.

4. «Examíname, oh Señor, y pruébame. ¡Sondea mis riñones y mi corazón! Mira bien si hay algún camino de» intolerancia «en mí, y guíame en el camino eterno». Para examinarnos a fondo, propongamos el caso de la manera más fuerte. ¿Y si viera a un papista, a un arriano, a un sociniano echando fuera demonios? Si lo viera, no podría prohibírselo ni aun a él sin convencerme a mí mismo de intolerancia. Sí, si pudiera suponerse que viera a un judío, a un deísta o a un turco haciendo lo mismo, y se lo prohibiera directa o indirectamente, no sería todavía mejor que un intolerante.

5. ¡Oh, mantente libre de esto! Pero no te contentes con no prohibírselo a ninguno que eche fuera demonios. Bien está llegar hasta aquí; pero no te detengas. Si quieres evitar toda intolerancia, sigue adelante. En todo caso de esta clase, sea cual fuere el instrumento, reconoce el dedo de Dios. Y no solo lo reconozcas, sino regocíjate en su obra y alaba su nombre con acción de gracias. Anima a quienquiera que Dios tenga a bien emplear a entregarse del todo a ello. Habla bien de él dondequiera que estés; defiende su reputación y su misión. Ensancha, en cuanto puedas, su campo de acción; muéstrale toda bondad de palabra y de obra; y no ceses de clamar a Dios en su favor, para que se salve a sí mismo y a los que le oyen.

6. Solo necesito añadir una advertencia: no pienses que la intolerancia de otro es excusa alguna para la tuya. No es imposible que uno que echa fuera demonios él mismo te prohíba con todo a ti hacerlo. Puedes observar que este es precisamente el caso mencionado en el texto. Los apóstoles prohibieron a otro hacer lo que ellos mismos hacían. Pero guárdate de devolver el golpe. No te corresponde volver mal por mal. Que otro no observe la indicación de nuestro Señor no es razón para que tú la descuides. No; antes deja que se quede él con toda la intolerancia. Si él te lo prohíbe a ti, no se lo prohíbas tú a él. Antes bien, trabaja, vela y ora tanto más para afirmar tu amor hacia él. Si dice de ti toda clase de mal, di tú de él toda clase de bien (que sea verdad). Imita en esto aquel glorioso dicho de un gran hombre (¡ojalá hubiera respirado siempre el mismo espíritu!): «Que Lutero me llame cien demonios; yo seguiré reverenciándolo como a un mensajero de Dios».

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