Capítulo 35 · 30 min de lectura · 38 min de escucha
El origen, la naturaleza, las propiedades y el uso de la ley
Sermón 34
El origen, la naturaleza, las propiedades y el uso de la ley
«De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, y justo, y bueno».
Romanos 7:12
1. Quizá haya pocos temas, en todo el ámbito de la religión, tan poco entendidos como este. Al lector de esta epístola se le suele decir que por la ley san Pablo entiende la ley judía; y así, pensando que nada tiene que ver con ella, pasa adelante sin pensar más en el asunto. Es cierto que algunos no se contentan con esta explicación; pero, observando que la epístola va dirigida a los romanos, deducen de ahí que el Apóstol, al principio de este capítulo, alude a la antigua ley romana. Pero como nada tienen que ver con esta, como tampoco con la ley ceremonial de Moisés, no dedican mucha reflexión a lo que suponen que se menciona de paso, solo para ilustrar otra cosa.
2. Pero quien observe con cuidado el discurso del Apóstol no se contentará con estas explicaciones ligeras. Y cuanto más pese sus palabras, tanto más se convencerá de que san Pablo, por la ley mencionada en este capítulo, no se refiere ni a la antigua ley de Roma ni a la ley ceremonial de Moisés. Esto aparecerá con claridad a todos los que consideren atentamente el hilo de su discurso. Comienza el capítulo así: «¿Ignoráis, hermanos (porque hablo con los que saben la ley)», con los que han sido instruidos en ella desde su juventud, «que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que vive?». (¡Cómo! ¿Solo la ley de Roma, o la ley ceremonial? No, por cierto, sino la ley moral). «Porque», para dar un ejemplo sencillo, «la mujer que está sujeta a marido, mientras el marido vive está obligada por la» ley moral «a su marido; pero muerto el marido, libre es de la ley del marido. Así que, viviendo el marido, se llamará adúltera si se uniere a otro varón; pero si su marido muriere, es libre de esa ley, de tal manera que no será adúltera aunque se una a otro varón». De este caso particular el Apóstol pasa a sacar aquella conclusión general: «Así también vosotros, hermanos míos», por una clara paridad de razón, «habéis muerto a la ley», es decir, a toda la institución mosaica, «mediante el cuerpo de Cristo», ofrecido por vosotros y que os pone bajo una nueva dispensación: «para que seáis» sin culpa alguna «de otro, del que resucitó de los muertos», y que con ello ha dado prueba de su autoridad para hacer el cambio; «a fin de que llevemos fruto para Dios». Y esto podemos hacerlo ahora, mientras que antes no podíamos: «porque mientras estábamos en la carne» —bajo el poder de la carne, es decir, de la naturaleza corrompida, como necesariamente sucedía hasta que conocimos el poder de la resurrección de Cristo—, «las pasiones pecaminosas que eran por la ley» —que la ley mosaica mostraba e inflamaba, pero no vencía— «obraban en nuestros miembros» —estallando de diversas maneras— «llevando fruto para muerte». «Pero ahora estamos libres de la ley», de toda aquella economía, tanto moral como ceremonial; «habiendo muerto aquello en que estábamos sujetos» —estando ahora aquella institución entera como muerta, y sin más autoridad sobre nosotros que la que el marido, una vez muerto, tiene sobre su mujer—, «para que sirvamos» a aquel que murió por nosotros y resucitó, «en novedad de espíritu» —en una nueva dispensación espiritual—, «y no en lo viejo de la letra» —con un mero servicio exterior, conforme a la letra de la institución mosaica— (Romanos 7:1–6).
3. Habiendo llegado el Apóstol hasta aquí en la prueba de que el cristiano había dejado a un lado la dispensación judía, y de que la ley moral misma, aunque nunca podía pasar, descansaba sin embargo sobre un fundamento distinto del de antes, se detiene ahora a proponer y responder una objeción: «¿Qué, pues, diremos? ¿La ley es pecado?». Así podrían inferirlo algunos, entendiendo mal aquellas palabras: «las pasiones pecaminosas que eran por la ley». «¡En ninguna manera!», dice el Apóstol, que tal digamos. Al contrario, la ley es enemiga irreconciliable del pecado; por la ley: porque yo no conociera la concupiscencia», el mal deseo, como pecado, «si la ley no dijera: No codiciarás» (Romanos 7:7). Después de explicar esto más a fondo en los cuatro versículos siguientes, añade esta conclusión general, con respecto más especialmente a la ley moral, de la cual se tomó el ejemplo precedente: «De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, y justo, y bueno».
4. Para explicar y hacer valer estas profundas palabras, tan poco atendidas porque tan poco entendidas, procuraré mostrar: primero, el origen de esta ley; segundo, su naturaleza; tercero, sus propiedades, a saber, que es santa, y justa, y buena; y, cuarto, sus usos.
I. 1. Procuraré, en primer lugar, mostrar el origen de la ley moral, llamada a menudo, por excelencia, «la ley». Ahora bien, esta no es, como quizá algunos hayan imaginado, una institución tan tardía como la época de Moisés. Noé la declaró a los hombres mucho antes de ese tiempo, y Enoc antes que él. Pero podemos remontar su origen aún más arriba, incluso más allá de la fundación del mundo: a aquel período, desconocido en verdad para los hombres, pero sin duda inscrito en los anales de la eternidad, cuando «las estrellas del alba» por primera vez «alababan juntas», recién llamadas a la existencia. Agradó al gran Creador hacer de ellas, sus hijos primogénitos, seres inteligentes, para que conociesen a aquel que los había creado. Con este fin los dotó de entendimiento, para discernir la verdad de la falsedad, el bien del mal; y, como resultado necesario de esto, de libertad, es decir, de la capacidad de escoger lo uno y rechazar lo otro. Por ello quedaron igualmente capacitados para ofrecerle un servicio libre y voluntario; un servicio digno de recompensa en sí mismo, y a la vez sumamente aceptable a su bondadoso Señor.
2. Para emplear todas las facultades que les había dado, en particular su entendimiento y su libertad, les dio una ley, modelo completo de toda verdad, en cuanto es inteligible para un ser finito, y de todo bien, en cuanto las mentes angélicas eran capaces de abrazarlo. Era también designio de su benéfico Gobernador abrir así camino a un aumento continuo de su felicidad, puesto que cada acto de obediencia a aquella ley añadiría a la perfección de su naturaleza y les daría derecho a una recompensa más alta, que el justo Juez otorgaría a su debido tiempo.
3. Del mismo modo, cuando Dios, en el tiempo que había señalado, creó un nuevo orden de seres inteligentes, cuando levantó al hombre del polvo de la tierra, sopló en él aliento de vida e hizo que llegara a ser un alma viviente, dotada del poder de escoger el bien o el mal, dio a esta criatura libre e inteligente la misma ley que a sus hijos primogénitos; no escrita, en verdad, sobre tablas de piedra ni sobre ninguna sustancia corruptible, sino grabada en su corazón por el dedo de Dios; escrita en lo más íntimo del espíritu, tanto de los hombres como de los ángeles; a fin de que nunca estuviera lejos, nunca fuera difícil de entender, sino que estuviera siempre a mano y brillara siempre con luz clara, como el sol en medio del cielo.
4. Tal fue el origen de la ley de Dios. Con respecto al hombre, fue coetánea de su naturaleza; pero con respecto a los hijos mayores de Dios, brillaba en todo su esplendor «antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo». Pero no pasó mucho tiempo antes de que el hombre se rebelara contra Dios y, quebrantando esta gloriosa ley, casi la borrara de su corazón; quedando los ojos de su entendimiento entenebrecidos en la misma medida en que su alma estaba «ajena de la vida de Dios». Y, sin embargo, Dios no despreció la obra de sus propias manos; sino que, reconciliado con el hombre por medio del Hijo de su amor, volvió a inscribir en alguna medida la ley en el corazón de su criatura entenebrecida y pecadora. «Él», de nuevo, «te ha declarado, oh hombre, qué es lo bueno», aunque no como al principio: «solamente hacer justicia, y amar misericordia, y andar humildemente con tu Dios».
5. Y esto lo mostró, no solo a nuestros primeros padres, sino también a toda su posteridad, por medio de «aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo». Pero, a pesar de esta luz, toda carne, con el correr del tiempo, «había corrompido su camino delante de él»; hasta que escogió de entre los hombres un pueblo peculiar, al cual dio un conocimiento más perfecto de su ley; y los puntos capitales de ella, porque eran tardos de entendimiento, los escribió en dos tablas de piedra, que mandó a los padres enseñar a sus hijos por todas las generaciones venideras.
6. Y así es como la ley de Dios se da a conocer ahora a los que no conocen a Dios. Oyen, con el oír del oído, las cosas que antes fueron escritas para nuestra enseñanza. Pero esto no basta: por este medio no pueden comprender su altura, y su profundidad, y su longitud, y su anchura. Solo Dios puede revelar esto por su Espíritu. Y así lo hace con todos los que verdaderamente creen, en virtud de aquella promesa llena de gracia hecha a todo el Israel de Dios: «He aquí que vienen días, dice el Señor, en los cuales haré un nuevo pacto con la casa de Israel. Y este es el pacto que haré: Pondré mi ley en sus entrañas, y la escribiré en sus corazones; y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (Jeremías 31:31 y ss.)
II. 1. La naturaleza de aquella ley que originalmente fue dada a los ángeles en el cielo y al hombre en el paraíso, y que Dios ha prometido tan misericordiosamente escribir de nuevo en el corazón de todos los verdaderos creyentes, era lo segundo que me propuse mostrar. Para ello, quisiera observar primero que, aunque «la ley» y «el mandamiento» se toman a veces de modo diferente (significando el mandamiento solo una parte de la ley), en el texto, sin embargo, se usan como términos equivalentes, que denotan una y la misma cosa. Pero aquí no podemos entender, ni por lo uno ni por lo otro, la ley ceremonial. No es de la ley ceremonial de la que dice el Apóstol, en las palabras antes citadas: «Yo no conocí el pecado sino por la ley»; esto es demasiado claro para necesitar prueba. Ni es tampoco la ley ceremonial la que dice, en las palabras que siguen inmediatamente: «No codiciarás». Por tanto, la ley ceremonial no tiene lugar en la presente cuestión.
2. Tampoco podemos entender por la ley mencionada en el texto la dispensación mosaica. Es verdad que la palabra se entiende a veces así; como cuando el Apóstol dice, hablando a los gálatas (Gálatas 3:17): «El pacto previamente ratificado», a saber, con Abraham, el padre de los fieles, «la ley», es decir, la dispensación mosaica, «que vino cuatrocientos treinta años después, no lo abroga». Pero no puede entenderse así en el texto; porque el Apóstol nunca concede elogios tan altos como estos a aquella dispensación imperfecta y sombría. En ninguna parte afirma que la ley mosaica sea una ley espiritual, ni que sea santa, y justa, y buena. Ni es verdad tampoco que Dios vaya a escribir esa ley en el corazón de aquellos cuyas iniquidades no recuerda más. Queda, pues, que «la ley», llamada así por excelencia, no es otra que la ley moral.
3. Ahora bien, esta ley es una imagen incorruptible del Alto y Sublime, el que habita la eternidad. Es aquel a quien, en su esencia, ningún hombre ha visto ni puede ver, hecho visible a los hombres y a los ángeles. Es el rostro de Dios descubierto; Dios manifestado a sus criaturas en la medida en que pueden soportarlo; manifestado para dar vida, y no para destruirla, a fin de que vean a Dios y vivan. Es el corazón de Dios revelado al hombre. Sí, en cierto sentido podemos aplicar a esta ley lo que el Apóstol dice de su Hijo: es apaugasma tes doxes, kai charakter tes hypostaseos autou el brotar o resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia.
4. Si la virtud, decían los antiguos paganos, pudiera tomar una forma tal que la contempláramos con nuestros ojos, ¡qué amor tan admirable despertaría en nosotros! ¡Si la virtud pudiera hacer esto! Ya está hecho. La ley de Dios es todas las virtudes en una, en una forma tal que pueden contemplarla a cara descubierta todos aquellos cuyos ojos Dios ha alumbrado. ¿Qué es la ley sino la virtud y la sabiduría divinas tomando una forma visible? ¿Qué es sino las ideas originales de la verdad y del bien, que estaban alojadas desde la eternidad en la mente increada, ahora sacadas a la luz y revestidas de un vehículo tal que aparecen incluso al entendimiento humano?
5. Si contemplamos la ley de Dios desde otro punto de vista, es la razón suprema e inmutable; es la rectitud inalterable; es la conveniencia eterna de todas las cosas que son o que jamás fueron creadas. Soy consciente de cuánta cortedad, y aun impropiedad, hay en estas y en todas las demás expresiones humanas, cuando con estos débiles retratos procuramos bosquejar las cosas profundas de Dios. Con todo, no tenemos otro camino mejor, ni en verdad otro alguno, durante este nuestro estado infantil de existencia. Como ahora solo conocemos «en parte», así nos vemos obligados a «profetizar», es decir, a hablar de las cosas de Dios, también «en parte». «No podemos ordenar nuestras palabras a causa de las tinieblas», mientras estamos en esta casa de barro. Mientras soy «niño», he de «hablar como niño»; pero pronto «dejaré lo que era de niño»; porque «cuando venga lo que es perfecto, entonces lo que es en parte será quitado».
6. Pero volvamos. La ley de Dios (hablando a la manera de los hombres) es una copia de la mente eterna, un trasunto de la naturaleza divina; sí, es el más hermoso fruto del Padre eterno, el más brillante efluvio de su sabiduría esencial, la hermosura visible del Altísimo. Es el deleite y el asombro de los querubines y serafines y de toda la compañía del cielo, y la gloria y el gozo de todo creyente sabio, de todo hijo de Dios bien instruido sobre la tierra.
III. 1. Tal es la naturaleza de la siempre bendita ley de Dios. Me toca, en tercer lugar, mostrar sus propiedades; no todas, porque eso excedería la sabiduría de un ángel, sino solo las que se mencionan en el texto. Estas son tres: es santa, justa y buena. Y, primero, la ley es santa.
2. En esta expresión el Apóstol no parece hablar de sus efectos, sino más bien de su naturaleza; así como Santiago, hablando de la misma cosa bajo otro nombre, dice: «La sabiduría que es de lo alto» (que no es otra que esta ley, escrita en nuestro corazón) «primeramente es pura» (Santiago 3:17) agne, casta, sin mancha; eterna y esencialmente santa. Y, en consecuencia, cuando se traslada a la vida, así como al alma, es (como la llama el mismo apóstol, Santiago 1:27) threskeia kathara kai amiantos, la religión pura y sin mácula; o sea, el culto puro, limpio y sin contaminación a Dios.
3. Es, en verdad, pura, casta, limpia y santa en el más alto grado; de otro modo no podría ser el fruto inmediato, y mucho menos la semejanza expresa, de Dios, que es la santidad esencial. Es pura de todo pecado, limpia y sin mancha de todo contacto con el mal. Es una virgen casta, incapaz de toda contaminación, de toda mezcla con lo que es inmundo o impío. No tiene comunión con pecado de ninguna clase: porque ¿qué comunión tiene la luz con las tinieblas? Así como el pecado es, por su misma naturaleza, enemistad contra Dios, así su ley es enemistad contra el pecado.
4. Por eso el Apóstol rechaza con tal aborrecimiento aquella suposición blasfema de que la ley de Dios sea o el pecado mismo o la causa del pecado. ¡Lejos de nosotros suponer que es la causa del pecado porque es la que lo descubre; porque saca a la luz las cosas ocultas de las tinieblas y las arrastra a pleno día! Es verdad que por este medio (como observa el Apóstol, Romanos 7:13) el pecado se muestra como pecado. Se le arrancan todos sus disfraces, y aparece en su deformidad nativa. Es verdad también que el pecado, por el mandamiento, llega a ser sobremanera pecaminoso; cometido ahora contra la luz y el conocimiento, despojado aun del pobre alegato de la ignorancia, pierde su excusa tanto como su disfraz, y se hace mucho más odioso a Dios y a los hombres. Sí, y es verdad que «el pecado obra la muerte por medio de lo que es bueno», de lo que en sí mismo es puro y santo. Cuando es arrastrado a la luz, se enfurece tanto más; cuando se le refrena, estalla con mayor violencia. Así dice el Apóstol (hablando en la persona de uno que estaba convencido de pecado, pero aún no librado de él): «El pecado, tomando ocasión por el mandamiento», que lo descubría y procuraba refrenarlo, desdeñó el freno, y tanto más «obró en mí toda concupiscencia» (Romanos 7:8), toda clase de deseos necios y dañosos, que aquel mandamiento procuraba refrenar. Así, «venido el mandamiento, el pecado revivió» (Romanos 7:9); se irritó y se enfureció tanto más. Pero esto no es mancha alguna para el mandamiento. Aunque se abuse de él, no puede ser contaminado. Esto solo prueba que «el corazón del hombre es perverso más que todas las cosas». Pero «la ley» de Dios «es santa» todavía.
5. Y es, en segundo lugar, justa. Da a cada uno lo que le corresponde. Prescribe exactamente lo que es recto, precisamente lo que debe hacerse, decirse o pensarse, tanto respecto al Autor de nuestro ser como respecto a nosotros mismos y respecto a toda criatura que él ha hecho. Está adaptada, en todos los aspectos, a la naturaleza de las cosas, del universo entero y de cada individuo. Se ajusta a todas las circunstancias de cada uno y a todas sus relaciones mutuas, sean de las que han existido desde el principio o de las que comenzaron en algún período posterior. Concuerda exactamente con la conveniencia de las cosas, ya sea esencial o accidental. No choca con ninguna de ellas en grado alguno, ni está nunca desligada de ellas. Si la palabra se toma en ese sentido, no hay nada arbitrario en la ley de Dios. Aunque, con todo, el todo y cada parte de ella dependen enteramente de su voluntad; de modo que «Sea hecha tu voluntad» es la ley suprema y universal, tanto en la tierra como en el cielo.
6. «Pero ¿es la voluntad de Dios la causa de su ley? ¿Es su voluntad el origen de lo recto y de lo injusto? ¿Es una cosa recta precisamente porque Dios la quiere, o la quiere él porque es recta?».
Temo que esta célebre cuestión sea más curiosa que útil. Y quizá, del modo en que suele tratarse, no se compadece bien con el respeto que la criatura debe al Creador y Gobernador de todas las cosas. Apenas es decoroso que el hombre llame al Dios supremo a darle cuentas. No obstante, con temor y reverencia podemos decir un poco. ¡El Señor nos perdone si hablamos mal!
7. Parece, pues, que toda la dificultad nace de considerar la voluntad de Dios como distinta de Dios; de otro modo se desvanece. Porque nadie puede dudar de que Dios es la causa de la ley de Dios. Pero la voluntad de Dios es Dios mismo. Es Dios considerado como queriendo esto o aquello. Por consiguiente, decir que la voluntad de Dios, o que Dios mismo, es la causa de la ley, es una y la misma cosa.
8. Además: si la ley, la regla inmutable de lo recto y de lo injusto, depende de la naturaleza y conveniencia de las cosas y de sus relaciones esenciales entre sí (no digo sus relaciones eternas, porque la relación eterna de cosas que existen en el tiempo es poco menos que una contradicción); si, digo, esto depende de la naturaleza y de las relaciones de las cosas, entonces ha de depender de Dios, o de la voluntad de Dios; porque esas cosas mismas, con todas sus relaciones, son obra de sus manos. Por su voluntad, solo «por su beneplácito», todas ellas «tienen ser y fueron creadas».
9. Y, sin embargo, puede concederse (y probablemente es todo lo que sostendría una persona juiciosa) que, en cada caso particular, Dios quiere esto o aquello (supongamos, que los hombres honren a sus padres) porque es recto, conforme a la conveniencia de las cosas, a la relación en que están.
10. La ley, pues, es recta y justa en todas las cosas. Y es buena, además de justa. Esto podemos inferirlo fácilmente de la fuente de donde manó. Porque ¿qué fue esta, sino la bondad de Dios? ¿Qué, sino la sola bondad, le inclinó a comunicar aquella copia divina de sí mismo a los santos ángeles? ¿A qué otra cosa podemos atribuir que concediera al hombre el mismo trasunto de su propia naturaleza? ¿Y qué, sino un tierno amor, le movió de nuevo a manifestar su voluntad al hombre caído, ya fuera a Adán o a cualquiera de su descendencia, que como él estaban «destituidos de la gloria de Dios»? ¿No fue el puro amor lo que le movió a publicar su ley después que el entendimiento de los hombres se hubo entenebrecido, y a enviar a sus profetas a declarar esa ley a los ciegos e irreflexivos hijos de los hombres? Sin duda fue su bondad la que levantó a Enoc y a Noé como predicadores de justicia; la que hizo que Abraham, su amigo, e Isaac y Jacob dieran testimonio de su verdad. Fue su sola bondad la que, cuando «tinieblas habían cubierto la tierra, y oscuridad los pueblos», dio una ley escrita a Moisés y, por medio de él, a la nación que había escogido. Fue el amor el que explicó estos oráculos vivos por medio de David y de todos los profetas que le siguieron; hasta que, cuando vino el cumplimiento del tiempo, envió a su Hijo unigénito, «no para abrogar la ley, sino para cumplirla», para confirmar cada jota y tilde de ella; hasta que, habiéndola escrito en el corazón de todos sus hijos, y puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies, «entregue» su «reino» mediador «al Padre, para que Dios sea todo en todos». [1 Corintios 15:28]
11. Y esta ley, que la bondad de Dios dio al principio y ha conservado a través de todos los siglos, está, como la fuente de donde mana, llena de bondad y benignidad; es apacible y bondadosa; es, como lo expresa el salmista, «más dulce que la miel, y que la que destila del panal». Es atrayente y amable. Abarca «todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza» delante de Dios y de sus santos ángeles, todo está comprendido en ella; en ella están escondidos todos los tesoros de la sabiduría, del conocimiento y del amor divinos.
12. Y es buena en sus efectos, así como en su naturaleza. Como es el árbol, así son sus frutos. Los frutos de la ley de Dios escrita en el corazón son «justicia, y paz, y seguridad para siempre». O, más bien, la ley misma es justicia, que llena el alma de una paz que sobrepuja todo entendimiento y nos hace regocijarnos siempre en el testimonio de una buena conciencia delante de Dios. No es tanto una prenda como «las arras de nuestra herencia», siendo una parte de la posesión adquirida. Es Dios manifestado en nuestra carne, y que trae consigo la vida eterna; que nos asegura, por medio de aquel amor puro y perfecto, que estamos «sellados para el día de la redención»; que él «nos perdonará como el hombre que perdona a su hijo que le sirve», «en el día en que él prepare su especial tesoro»; y que nos queda «una corona incorruptible de gloria».
IV. 1. Solo queda mostrar, en cuarto y último lugar, los usos de la ley. Y el primer uso de ella es, sin duda, convencer al mundo de pecado. Esta es, en verdad, la obra propia del Espíritu Santo, que puede realizarla sin medio alguno, o por cualesquiera medios que le plazcan, por insuficientes, o aun impropios, que sean en sí mismos para producir tal efecto. Y, en efecto, hay algunos cuyos corazones han sido quebrantados en un momento, ya en la enfermedad, ya en la salud, sin causa visible alguna ni medio exterior de ninguna clase; y otros (uno en un siglo) han sido despertados a sentir «la ira de Dios que está sobre ellos, al oír que «Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo consigo». Pero el método ordinario del Espíritu de Dios es convencer a los pecadores por medio de la ley. Es esta la que, aplicada a la conciencia, generalmente quebranta las rocas en pedazos. Es más especialmente esta parte de la palabra de Dios la que es zon kai energes, viva y eficaz, llena de vida y de energía, «y más penetrante que toda espada de dos filos». Esta, en la mano de Dios y de aquellos a quienes él ha enviado, traspasa todos los pliegues de un corazón engañoso y «parte hasta el alma, y aun el espíritu»; sí, por así decirlo, hasta «las coyunturas y los tuétanos». Por ella el pecador queda descubierto ante sí mismo. Le son arrancadas todas sus hojas de higuera, y ve que es «desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo». La ley lanza la convicción por todos lados. Se siente un mero pecador. No tiene con qué pagar. Su «boca se tapa», y queda «culpable delante de Dios».
2. Dar muerte al pecador es, pues, el primer uso de la ley: destruir la vida y la fuerza en que confía, y convencerle de que está muerto mientras vive; no solo bajo sentencia de muerte, sino efectivamente muerto para Dios, vacío de toda vida espiritual, «muerto en delitos y pecados». El segundo uso de ella es llevarle a la vida, a Cristo, para que viva. Es verdad que, al desempeñar estos dos oficios, hace el papel de un ayo severo. Nos empuja por la fuerza más que nos atrae por el amor. Y, sin embargo, el amor es la fuente de todo. Es el espíritu de amor el que, por este medio doloroso, arranca nuestra confianza en la carne, el que no nos deja caña cascada en que apoyarnos, y así constriñe al pecador, despojado de todo, a clamar en la amargura de su alma, o a gemir en lo profundo de su corazón:
Renuncio a todo otro alegato:
Señor, condenado estoy; mas tú has muerto.
3. El tercer uso de la ley es mantenernos con vida. Es el gran medio por el cual el bendito Espíritu prepara al creyente para comunicaciones más amplias de la vida de Dios.
Temo que esta grande e importante verdad se entienda poco, no solo por el mundo, sino aun por muchos a quienes Dios ha sacado del mundo, que son verdaderos hijos de Dios por la fe. Muchos de ellos sientan como verdad indiscutible que, cuando venimos a Cristo, hemos terminado con la ley; y que, en este sentido, «el fin de la ley es Cristo para todo aquel que cree». «El fin de la ley»: así lo es, «para justicia», para justificación, «a todo aquel que cree». En esto la ley llega a su fin. No justifica a nadie, sino que solo los trae a Cristo; quien es también, en otro sentido, el fin o blanco de la ley, el punto al que continuamente apunta. Pero cuando nos ha traído a él, tiene todavía un oficio ulterior, a saber, mantenernos con él. Porque está continuamente incitando a todos los creyentes, cuanto más ven de su altura, y profundidad, y longitud, y anchura, a exhortarse unos a otros tanto más:
Más y más estrechamente unámonos
a su amado abrazo;
esperemos recibir su plenitud,
y gracia que responda a gracia.
4. Concediendo, pues, que todo creyente ha terminado con la ley, en cuanto significa la ley ceremonial judía o toda la dispensación mosaica (porque estas Cristo las ha quitado de en medio); sí, concediendo que hemos terminado con la ley moral como medio de procurar nuestra justificación, porque somos «justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Jesús», sin embargo, en otro sentido, no hemos terminado con esta ley; porque sigue siendo de una utilidad indecible: primero, para convencernos del pecado que aún permanece tanto en nuestro corazón como en nuestra vida, y así mantenernos pegados a Cristo, para que su sangre nos limpie a cada momento; segundo, para hacer descender fuerza de nuestra Cabeza a sus miembros vivos, con la cual él los capacita para hacer lo que su ley manda; y, tercero, para confirmar nuestra esperanza de todo lo que ella manda y aún no hemos alcanzado, de recibir gracia sobre gracia, hasta que estemos en posesión efectiva de la plenitud de sus promesas.
5. ¡Cuán claramente concuerda esto con la experiencia de todo verdadero creyente! Mientras clama: «¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación», ve cada día, en aquel espejo divino, más y más de su propia pecaminosidad. Ve cada vez con más claridad que todavía es pecador en todas las cosas, que ni su corazón ni sus caminos son rectos delante de Dios, y que cada momento le envía a Cristo. Esto le muestra el sentido de lo que está escrito: «Harás una lámina de oro puro, y grabarás en ella: Santidad al Señor. Y estará sobre la frente de Aarón», (figura de nuestro gran Sumo Sacerdote), «y llevará Aarón el pecado de las cosas santas que los hijos de Israel hubieren consagrado en todas sus santas ofrendas» (¡tan lejos están nuestras oraciones o cosas santas de expiar el resto de nuestro pecado!), «y sobre su frente estará continuamente, para que obtengan gracia delante del Señor» (Éxodo 28:36, 38).
6. Para explicar esto con un solo ejemplo: la ley dice: «No matarás»; y con ello (como enseña nuestro Señor) prohíbe no solo los actos exteriores, sino toda palabra o pensamiento desamorado. Ahora bien, cuanto más miro en esta ley perfecta, tanto más siento cuán lejos estoy de cumplirla; y cuanto más siento esto, tanto más siento mi necesidad de su sangre para expiar todo mi pecado, y de su Espíritu para purificar mi corazón y hacerme «perfecto y cabal, sin que me falte cosa alguna».
7. Por tanto, no puedo prescindir de la ley ni un momento, como tampoco puedo prescindir de Cristo; puesto que ahora la necesito tanto para mantenerme en Cristo como jamás la necesité para llevarme a él. De otro modo, este «corazón malo de incredulidad» se «apartaría» inmediatamente «del Dios vivo». En verdad, cada uno me está enviando continuamente al otro: la ley a Cristo, y Cristo a la ley. Por un lado, la altura y la profundidad de la ley me constriñen a huir al amor de Dios en Cristo; por otro, el amor de Dios en Cristo me hace amar la ley «más que el oro y las piedras preciosas», sabiendo que cada parte de ella es una promesa llena de gracia que mi Señor cumplirá a su tiempo.
8. ¿Quién eres tú, pues, oh hombre, que «juzgas a la ley y murmuras de la ley»?, ¿que la pones en el mismo rango que el pecado, Satanás y la muerte, y los envías a todos juntos al infierno? El apóstol Santiago tenía el juzgar o «murmurar de la ley» por una maldad tan enorme, que no sabía cómo agravar más la culpa de juzgar a nuestros hermanos que mostrando que la incluía. «Así», dice, «tú no eres guardador de la ley, sino juez». ¡Juez de aquello que Dios ha ordenado para juzgarte a ti! ¡Así te has sentado en el tribunal de Cristo y has derribado la regla por la cual él juzgará al mundo! ¡Oh, reconoce qué ventaja ha ganado Satanás sobre ti; y, en adelante, nunca pienses ni hables a la ligera, y mucho menos hagas un espantajo, de este bendito instrumento de la gracia de Dios! Sí, ámala y apréciala por causa de aquel de quien vino, y de aquel a quien conduce. Sea ella tu gloria y tu gozo, después de la cruz de Cristo. Proclama su alabanza y hazla honrosa delante de todos los hombres.
9. Y si estás plenamente convencido de que es fruto de Dios, de que es la copia de todas sus perfecciones inimitables, y de que es «santa, y justa, y buena», pero especialmente para los que creen, entonces, en lugar de desecharla como cosa contaminada, procura adherirte a ella más y más. Nunca te abandone la ley de la misericordia y de la verdad, del amor a Dios y al hombre, de la humildad, la mansedumbre y la pureza. «Átala a tu cuello, escríbela en la tabla de tu corazón». Mantente cerca de la ley, si quieres mantenerte cerca de Cristo; retenla; no la dejes. Que ella te lleve continuamente a la sangre expiatoria, que confirme continuamente tu esperanza, hasta que toda «la justicia de la ley se cumpla en ti», y seas «lleno de toda la plenitud de Dios».
10. Y si tu Señor ha cumplido ya su palabra, si ya ha «escrito su ley en tu corazón», entonces «estate firme en la libertad con que Cristo te hizo libre». No solo has sido hecho libre de las ceremonias judías, de la culpa del pecado y del temor del infierno (cosas que están tan lejos de ser el todo, que son la parte menor y más baja de la libertad cristiana), sino, lo que es infinitamente más, del poder del pecado, de servir al diablo, de ofender a Dios. ¡Oh, estate firme en esta libertad, en comparación con la cual todo lo demás no es digno ni de nombrarse! ¡Estate firme en amar a Dios con todo tu corazón y en servirle con todas tus fuerzas! Esta es la libertad perfecta: guardar así su ley y andar en todos sus mandamientos irreprensible. «No vuelvas otra vez a ser preso en el yugo de servidumbre». No me refiero a la servidumbre judía, ni tampoco a la servidumbre del temor del infierno: estas, confío, están lejos de ti. Pero guárdate de volver a ser preso en el yugo del pecado, de cualquier transgresión interior o exterior de la ley. Aborrece el pecado mucho más que la muerte o el infierno; aborrece el pecado mismo mucho más que su castigo. Guárdate de la servidumbre del orgullo, del deseo, de la ira; de toda disposición, palabra u obra mala. «Pon los ojos en Jesús»; y, para ello, mira más y más en la ley perfecta, «la ley de la libertad», y «persevera en ella»; así crecerás cada día «en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo».
Capítulo 35 completado
El origen, la naturaleza, las propiedades y el uso de la ley