Sermones en diversas ocasiones
Discurso 13

Capítulo 34 · 23 min de lectura · 30 min de escucha

Discurso 13

Sermón 33

SOBRE EL SERMÓN DEL MONTE DE NUESTRO SEÑOR

Discurso 13

«No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?, ¿y en tu nombre echamos fuera demonios?, ¿y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.

«Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca: y descendió la lluvia, y vinieron los ríos, y soplaron los vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Y cualquiera que me oye estas palabras, y no las hace, será comparado a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena: y descendió la lluvia, y vinieron los ríos, y soplaron los vientos, y golpearon contra aquella casa; y cayó, y fue grande su caída».

Mateo 7:21–27

1. Nuestro divino Maestro, habiendo declarado todo el consejo de Dios en cuanto al camino de la salvación, y habiendo señalado los principales estorbos de los que desean andar por él, cierra ahora el conjunto con estas palabras de peso; poniendo con ellas, por así decirlo, su sello a su profecía, e imprimiendo toda su autoridad sobre lo que había enseñado, para que permaneciera firme por todas las generaciones.

2. Porque así dice el Señor, para que nadie llegue jamás a pensar que hay otro camino que este: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre?, ¿y en tu nombre echamos fuera demonios?, ¿y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. Por tanto, cualquiera que me oye estas palabras, y no las hace, será comparado a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena: y descendió la lluvia, y vinieron los ríos, y soplaron los vientos, y golpearon contra aquella casa; y cayó, y fue grande su caída».

3. Me propongo, en el discurso siguiente, primero, considerar el caso de aquel que así edifica su casa sobre la arena; segundo, mostrar la sabiduría de aquel que edifica sobre la roca; y, tercero, concluir con una aplicación práctica.

I. 1. Y, primero, he de considerar el caso de aquel que edifica su casa sobre la arena. Es de él de quien dice nuestro Señor: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos». Y este es un decreto que no puede pasar; que permanece firme por los siglos de los siglos. Nos importa, por tanto, en el más alto grado, entender a fondo la fuerza de estas palabras. Ahora bien, ¿qué hemos de entender por esa expresión: «El que me dice: Señor, Señor»? Sin duda significa: el que piensa ir al cielo por cualquier otro camino que el que yo acabo de describir. Implica, por tanto (para comenzar por el punto más bajo), todas las buenas palabras, toda religión de palabra. Incluye cualesquiera credos que recitemos, cualesquiera profesiones de fe que hagamos, cualquier número de oraciones que repitamos, cualesquiera acciones de gracias que leamos o digamos a Dios. Podemos hablar bien de su nombre y declarar su misericordia para con los hijos de los hombres. Podemos estar hablando de todos sus hechos poderosos y anunciando de día en día su salvación. Acomodando lo espiritual a lo espiritual, podemos mostrar el sentido de los oráculos de Dios. Podemos explicar los misterios de su reino, que han estado ocultos desde el principio del mundo. Podemos hablar con lengua de ángeles, más que de hombres, acerca de lo profundo de Dios. Podemos proclamar a los pecadores: «¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!». Sí, podemos hacer esto con tal medida del poder de Dios, y con tal demostración de su Espíritu, que salvemos de muerte muchas almas y cubramos multitud de pecados. Y, sin embargo, es muy posible que todo esto no sea más que decir: «Señor, Señor». Después de haber predicado así con éxito a otros, yo mismo puedo todavía venir a ser reprobado. Puedo, en la mano de Dios, arrebatar muchas almas del infierno, y, sin embargo, caer en él cuando haya terminado. Puedo llevar a muchos otros al reino de los cielos, y, sin embargo, no entrar yo mismo jamás allí. Lector, si Dios ha bendecido alguna vez mi palabra para tu alma, ¡ruega que sea propicio a mí, pecador!

2. El decir «Señor, Señor» puede implicar, en segundo lugar, el no hacer daño. Podemos abstenernos de todo pecado presuntuoso, de toda clase de maldad exterior. Podemos apartarnos de todas aquellas maneras de obrar o de hablar que están prohibidas en la Sagrada Escritura. Podemos ser capaces de decir a todos aquellos entre quienes vivimos: «¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?». Podemos tener una conciencia libre de toda ofensa exterior para con Dios y para con los hombres. Podemos estar limpios de toda inmundicia, impiedad e injusticia en cuanto al acto exterior; o (como el Apóstol testifica de sí mismo) «en cuanto a la justicia que es en la ley», es decir, la justicia exterior, «irreprensibles». Pero no por esto somos justificados. Todavía esto no es más que decir: «Señor, Señor»; y si no vamos más allá, nunca «entraremos en el reino de los cielos».

3. El decir «Señor, Señor» puede implicar, en tercer lugar, muchas de las que suelen llamarse buenas obras. Un hombre puede asistir a la cena del Señor, oír abundancia de excelentes sermones y no omitir ninguna oportunidad de participar de todas las demás ordenanzas de Dios. Yo puedo hacer bien a mi prójimo, partir mi pan con el hambriento y cubrir al desnudo con un vestido. Puedo ser tan celoso de buenas obras que llegue a «repartir toda mi hacienda para dar de comer a los pobres». Sí, y puedo hacer todo esto con el deseo de agradar a Dios y con la sincera creencia de que con ello le agrado (lo cual es innegablemente el caso de aquellos que nuestro Señor presenta diciéndole: «Señor, Señor»); y, aun así, puedo no tener parte en la gloria que ha de ser revelada.

4. Si alguno se maravilla de esto, reconozca que es extraño a toda la religión de Jesucristo, y, en particular, a ese perfecto retrato de ella que él nos ha puesto delante en este discurso. ¡Porque cuán lejos queda todo esto de aquella justicia y santidad verdadera que él ha descrito en él! ¡Qué distante de aquel reino interior de los cielos que ahora se abre en el alma creyente, —que primero se siembra en el corazón como un grano de mostaza, pero después echa grandes ramas, en las que crecen todos los frutos de justicia, toda buena disposición, palabra y obra!

5. Sin embargo, por claramente que lo había declarado, por frecuentemente que había repetido que ninguno que no tenga dentro de sí este reino de Dios entrará en el reino de los cielos, nuestro Señor sabía bien que muchos no recibirían esta palabra, y por eso la confirma una vez más: «Muchos» (dice él: no uno; no solo unos pocos; no es un caso raro ni poco común) «me dirán en aquel día», no solo: Hemos dicho muchas oraciones; hemos pronunciado tu alabanza; nos hemos abstenido del mal; nos hemos ejercitado en hacer el bien; —sino, lo que es muchísimo más que esto: «Hemos profetizado en tu nombre; en tu nombre hemos echado fuera demonios; en tu nombre hemos hecho muchos milagros». «Hemos profetizado»; —hemos declarado tu voluntad a los hombres; hemos mostrado a los pecadores el camino de la paz y de la gloria. Y lo hemos hecho «en tu nombre»; conforme a la verdad de tu evangelio; sí, y por tu autoridad, que confirmabas la palabra con el Espíritu Santo enviado del cielo. Porque en tu nombre, o por él, por el poder de tu palabra y de tu Espíritu, «hemos echado fuera demonios»; de las almas que ellos habían reclamado largo tiempo como suyas, y de las cuales tenían plena y tranquila posesión. «Y en tu nombre», por tu poder, no por el nuestro, «hemos hecho muchos milagros»; tanto que «aun los muertos oyeron la voz del Hijo de Dios» que hablaba por medio de nosotros, y vivieron. «Y entonces les declararé» aun «a ellos: Nunca os conocí»; no, ni siquiera entonces, cuando estabais «echando fuera demonios en mi nombre»: ni aun entonces os conocí como míos, porque vuestro corazón no era recto para con Dios. No erais vosotros mismos mansos y humildes; no erais amantes de Dios y de todos los hombres; no estabais renovados a la imagen de Dios; no erais santos como yo soy santo. «Apartaos de mí, vosotros» que, a pesar de todo esto, sois «hacedores de maldad»; —anomia—: sois transgresores de mi ley, de mi ley de amor santo y perfecto.

6. Es para poner esto fuera de toda posibilidad de contradicción por lo que nuestro Señor lo confirma con esa comparación tan apropiada: «Cualquiera —dice— que me oye estas palabras, y no las hace, será comparado a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena. Y descendió la lluvia, y vinieron los ríos, y soplaron los vientos, y golpearon contra aquella casa»; —como ciertamente lo harán, tarde o temprano, contra toda alma humana: los ríos de la aflicción exterior o de la tentación interior; las tormentas del orgullo, la ira, el temor o el deseo;— «y cayó, y fue grande su caída»; de modo que pereció por los siglos de los siglos. Tal ha de ser la porción de todos los que descansan en algo que no llegue a aquella religión que se ha descrito arriba. Y tanto mayor será su caída, cuanto que «oyeron estas palabras, y», sin embargo, «no las hicieron».

II. 1. He de mostrar, en segundo lugar, la sabiduría de aquel que las hace, que edifica su casa sobre la roca. Él es en verdad sabio, «el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos». Es verdaderamente sabio aquel cuya «justicia es mayor que la de los escribas y fariseos». Es pobre en espíritu; se conoce a sí mismo como también es conocido. Ve y siente todo su pecado y toda su culpa, hasta que esta es lavada por la sangre expiatoria. Es consciente de su estado perdido, de la ira de Dios que permanece sobre él, y de su total incapacidad para ayudarse a sí mismo, hasta que es lleno de paz y gozo en el Espíritu Santo. Es manso y apacible, paciente para con todos los hombres, sin «volver nunca mal por mal, ni maldición por maldición, sino, por el contrario, bendiciendo», hasta que vence con el bien el mal. Su alma no tiene sed de nada en la tierra, sino solo de Dios, del Dios vivo. Tiene entrañas de amor para con todo el género humano, y está dispuesto a dar su vida por sus enemigos. Ama al Señor su Dios con todo su corazón, y con toda su mente, y alma, y fuerzas. Solo entrará en el reino de los cielos aquel que, con este espíritu, hace bien a todos los hombres; y que, siendo por esta causa despreciado y desechado de los hombres, aborrecido, vituperado y perseguido, se goza y está «muy alegre», sabiendo a quién ha creído, y seguro de que estas leves y momentáneas aflicciones «producirán para él un eterno peso de gloria».

2. ¡Cuán verdaderamente sabio es este hombre! Se conoce a sí mismo: —un espíritu eterno, que salió de Dios y fue enviado a una casa de barro, no para hacer su propia voluntad, sino la voluntad de Aquel que lo envió. Conoce el mundo: —el lugar en que ha de pasar unos pocos días o años, no como morador, sino como extranjero y peregrino, en camino hacia las moradas eternas; y, en consecuencia, usa del mundo como no abusando de él, y sabiendo que su apariencia pasa. Conoce a Dios: —su Padre y su Amigo, el padre de todo bien, el centro de los espíritus de toda carne, la única felicidad de todos los seres inteligentes. Ve, con más claridad que la luz del sol de mediodía, que este es el fin del hombre: glorificar a Aquel que lo hizo para sí, y amarle y gozar de él para siempre. Y con igual claridad ve los medios para ese fin, para el gozo de Dios en la gloria: conocer, amar e imitar a Dios ya desde ahora, y creer en Jesucristo, a quien él ha enviado.

3. Es un hombre sabio, aun a juicio de Dios; porque «edifica su casa sobre la roca»; sobre la Roca de los siglos, la Roca eterna, el Señor Jesucristo. Con razón se le llama así, porque él no cambia: es «el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». De él dan testimonio tanto el varón de Dios de la antigüedad como el Apóstol que cita sus palabras: «Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos: ellos perecerán, mas tú permaneces: y todos ellos se envejecerán como una vestidura; y como un vestido los envolverás, y serán mudados: pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán». (Hebreos 1:10–12) Sabio es, por tanto, el hombre que edifica sobre él; que lo pone como su único fundamento; que edifica solo sobre su sangre y su justicia, sobre lo que él ha hecho y padecido por nosotros. Sobre esta piedra angular fija su fe, y descansa sobre ella todo el peso de su alma. Es enseñado por Dios a decir: «Señor, he pecado; merezco el más profundo infierno; pero soy justificado gratuitamente por tu gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús; y la vida que ahora vivo, la vivo por la fe en aquel que me amó y se entregó a sí mismo por mí: —la vida que ahora vivo; es decir, una vida divina, celestial; una vida que está escondida con Cristo en Dios. Ahora vivo, aun en la carne, una vida de amor; de amor puro tanto a Dios como a los hombres; una vida de santidad y de felicidad; alabando a Dios y haciendo todas las cosas para su gloria».

4. Pero no piense tal hombre que ya no verá más guerra; que ahora está fuera del alcance de la tentación. Todavía le queda a Dios probar la gracia que le ha dado: será probado como el oro en el fuego. Será tentado no menos que los que no conocen a Dios; quizá mucho más, porque Satanás no dejará de probar hasta lo sumo a aquellos a quienes no puede destruir. En consecuencia, «la lluvia» descenderá impetuosamente; solo que en los tiempos y de la manera que parezca bien, no al príncipe de la potestad del aire, sino a Aquel «cuyo reino domina sobre todos». «Los ríos», o torrentes, vendrán; alzarán sus ondas y bramarán horriblemente. Pero también a ellos el Señor, que preside sobre las aguas del diluvio, que permanece Rey para siempre, les dirá: «Hasta aquí llegaréis, y no pasaréis adelante; aquí se detendrá la soberbia de vuestras olas». «Soplarán los vientos, y golpearán contra aquella casa», como si quisieran arrancarla de sus cimientos; pero no pueden prevalecer: no cae, porque está fundada sobre la roca. Edifica sobre Cristo por la fe y el amor; por tanto, no será derribado. «No temerá aunque la tierra sea removida, y aunque los montes se traspasen al corazón del mar». «Aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza», él todavía «habita al abrigo del Altísimo, y está seguro bajo la sombra del Omnipotente».

III. 1. ¡Cuánto importa, pues, a todo hijo de hombre aplicarse prácticamente estas cosas a sí mismo!, ¡examinar diligentemente sobre qué fundamento edifica, si sobre la roca o sobre la arena! ¡Cuán profundamente te importa a ti inquirir: «¿Cuál es el fundamento de mi esperanza? ¿Sobre qué edifico mi expectativa de entrar en el reino de los cielos? ¿No está edificada sobre la arena?, ¿sobre mi ortodoxia, u opiniones rectas, a las que, por un grosero abuso de las palabras, he llamado fe?, ¿sobre el hecho de tener un conjunto de nociones, supongamos más racionales o más bíblicas que las que tienen otros?». ¡Ay!, ¡qué locura es esta! ¡Sin duda esto es edificar sobre la arena, o, más bien, sobre la espuma del mar! Di: «Estoy convencido de esto: ¿no estoy otra vez edificando mi esperanza sobre lo que es igualmente incapaz de sostenerla? Quizá sobre el pertenecer a “una iglesia tan excelente; reformada según el verdadero modelo de la Escritura; bendecida con la doctrina más pura, la liturgia más primitiva, la forma de gobierno más apostólica!» Estas son, sin duda, otras tantas razones para alabar a Dios, como pueden ser otras tantas ayudas para la santidad; pero no son la santidad misma; y si están separadas de ella, de nada me aprovecharán; antes bien, me dejarán tanto más sin excusa y expuesto a mayor condenación. Por tanto, si edifico mi esperanza sobre este fundamento, todavía estoy edificando sobre la arena.

2. No puedes, no te atreves a descansar aquí. ¿Sobre qué edificarás ahora tu esperanza de salvación? —¿sobre tu inocencia?, ¿sobre el no hacer daño?, ¿sobre el no agraviar ni perjudicar a nadie? Bien; concedamos que este alegato sea verdadero. Eres justo en todos tus tratos; eres un hombre cabalmente honrado; das a cada uno lo suyo; ni engañas ni extorsionas; obras con rectitud con todos los hombres; y tienes conciencia para con Dios; no vives en ningún pecado conocido. Hasta aquí, bien; pero todavía no es eso. Puedes llegar hasta aquí, y, sin embargo, no llegar nunca al cielo. Cuando toda esta inocencia brota de un principio recto, es la parte menor de la religión de Cristo. Pero en ti no brota de un principio recto, y por tanto no es en absoluto parte de la religión. De modo que, al fundar tu esperanza de salvación en esto, todavía estás edificando sobre la arena.

3. ¿Vas todavía más lejos? ¿Añades al no hacer daño el asistir a todas las ordenanzas de Dios? ¿Participas en todas las ocasiones de la cena del Señor?, ¿usas la oración pública y privada?, ¿ayunas a menudo?, ¿oyes y escudriñas las Escrituras, y meditas en ellas? Estas cosas también debiste hacerlas desde el momento en que por primera vez pusiste tu rostro hacia el cielo. Pero también estas cosas son nada, estando solas. Son nada sin «lo más grave de la ley». Y eso lo has olvidado; al menos, no lo experimentas: —la fe, la misericordia y el amor de Dios; la santidad de corazón; el cielo abierto en el alma. Todavía, por tanto, edificas sobre la arena.

4. Además de todo esto, ¿eres celoso de buenas obras? ¿Haces bien a todos los hombres según tienes tiempo? ¿Das de comer al hambriento, y vistes al desnudo, y visitas a los huérfanos y a las viudas en su tribulación? ¿Visitas a los que están enfermos?, ¿socorres a los que están en la cárcel? ¿Hay algún forastero, y lo recoges? ¡Amigo, sube más arriba! ¿«Profetizas» en el «nombre» de Cristo? ¿Predicas la verdad como está en Jesús? ¿Y acompaña la influencia de su Espíritu a tu palabra, y la hace poder de Dios para salvación? ¿Te capacita para traer a los pecadores de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios? Entonces ve y aprende lo que tantas veces has enseñado: «Por gracia sois salvos por medio de la fe»; «No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia nos salvó». Aprende a colgar desnudo de la cruz de Cristo, teniendo todo lo que has hecho por estiércol y escoria. ¡Acude a él con el mismo espíritu del ladrón moribundo, de la ramera con sus siete demonios! De lo contrario, todavía estás sobre la arena; y, después de salvar a otros, perderás tu propia alma.

5. ¡Señor, aumenta mi fe, si ahora creo!; ¡si no, dame fe, aunque no sea más que como un grano de mostaza! —Pero «¿de qué aprovecha si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá» esa «fe salvarle?». ¡Oh, no! Esa fe que no tiene obras, que no produce santidad interior y exterior, que no imprime toda la imagen de Dios en el corazón, ni nos purifica como él es puro; esa fe que no produce toda la religión descrita en los capítulos anteriores, no es la fe del evangelio, no es la fe cristiana, no es la fe que conduce a la gloria. ¡Oh, guárdate de esto, por encima de todos los demás lazos del diablo: de descansar en una fe sin santidad, que no salva! Si pones tu apoyo en esto, estás perdido para siempre: todavía edificas tu casa sobre la arena. Cuando «desciendan la lluvia y vengan los ríos, ciertamente caerá, y será grande su caída».

6. Ahora, pues, edifica tú sobre la roca. Por la gracia de Dios, conócete a ti mismo. Conoce y siente que fuiste formado en maldad, y que en pecado te concibió tu madre; y que tú mismo has ido amontonando pecado sobre pecado desde que pudiste discernir el bien del mal. Reconócete culpable de muerte eterna, y renuncia a toda esperanza de poder salvarte jamás a ti mismo. Sea toda tu esperanza ser lavado en su sangre y purificado por su Espíritu, «quien llevó él mismo» todos «tus pecados en su cuerpo sobre el madero». Y si sabes que él ha quitado tus pecados, tanto más humíllate delante de él, en un continuo sentimiento de tu total dependencia de él para todo buen pensamiento, palabra y obra, y de tu completa incapacidad para todo bien a menos que él «te riegue a cada momento».

7. Llora ahora por tus pecados, y suspira por Dios, hasta que él torne tu tristeza en gozo. Y aun entonces llora con los que lloran, y por los que no lloran por sí mismos. Lamenta los pecados y las miserias del género humano; y mira, justo delante de tus ojos, el inmenso océano de la eternidad, sin fondo ni orilla, que ya ha tragado millones de millones de hombres, ¡y está abierto para devorar a los que aún quedan! ¡Mira aquí la casa de Dios, eterna en los cielos!, ¡allí, el infierno y la destrucción sin cobertura! —¡y aprende de ahí la importancia de cada momento, que apenas aparece y se va para siempre!

8. Añade ahora a tu seriedad mansedumbre de sabiduría. Mantén en equilibrio todas tus pasiones, pero en particular la ira, la tristeza y el temor. Asiente con calma a todo lo que sea la voluntad de Dios. Aprende a contentarte en cualquier estado en que te encuentres. Sé apacible con los buenos; sé benigno para con todos los hombres, pero especialmente para con los malos y los ingratos. Guárdate no solo de las expresiones exteriores de ira, como llamar a tu hermano Raca, o Fatuo; sino de todo movimiento interior contrario al amor, aunque no pase del corazón. Aírate contra el pecado, como contra una afrenta hecha a la Majestad del cielo; pero ama todavía al pecador: como nuestro Señor, que «miró alrededor a los fariseos con enojo, condoliéndose de la dureza de sus corazones». Se condolía de los pecadores, se airaba contra el pecado. ¡Así, «aírate, y no peques»!

9. Ten ahora hambre y sed, no de «la comida que perece, sino de la que permanece para vida eterna». Pisotea el mundo y las cosas del mundo; todas estas riquezas, honras y placeres. ¿Qué es el mundo para ti? Deja que los muertos entierren a sus muertos; pero tú sigue en pos de la imagen de Dios. Y guárdate de apagar esa bendita sed, si ya ha sido despertada en tu alma, con lo que vulgarmente se llama religión; una pobre y aburrida farsa, una religión de forma, de apariencia exterior, que deja el corazón todavía pegado al polvo, tan terrenal y sensual como siempre. ¡Que nada te satisfaga sino el poder de la piedad, sino una religión que es espíritu y vida; el morar en Dios y Dios en ti; el ser morador de la eternidad; el entrar por la sangre del rociamiento «dentro del velo», y el «estar sentado en los lugares celestiales con Cristo Jesús»!

10. Ahora, pues que todo lo puedes en Cristo que te fortalece, ¡sé misericordioso como tu Padre que está en los cielos es misericordioso! ¡Ama a tu prójimo como a ti mismo! ¡Ama a amigos y enemigos como a tu propia alma! Y sea tu amor sufrido y paciente para con todos los hombres. Sea bondadoso, suave, benigno; que te inspire la más amable dulzura y el afecto más ferviente y tierno. Que se goce en la verdad dondequiera que se halle; la verdad que es conforme a la piedad. Disfruta de todo lo que trae gloria a Dios y promueve la paz y la buena voluntad entre los hombres. En amor, cúbrelo todo, —no diciendo de los muertos y de los ausentes sino lo bueno—; cree todo lo que de algún modo pueda contribuir a limpiar la reputación de tu prójimo; espéralo todo en su favor; y sopórtalo todo, triunfando sobre toda oposición: porque el verdadero amor nunca deja de ser, ni en el tiempo ni en la eternidad.

11. Sé ahora limpio de corazón; purificado por la fe de todo afecto impío; «limpiándote de toda inmundicia de carne y de espíritu, y perfeccionando la santidad en el temor de Dios». Purificado, por el poder de su gracia, del orgullo, mediante una profunda pobreza de espíritu; de la ira, de toda pasión poco bondadosa o turbulenta, mediante la mansedumbre y la misericordia; de todo deseo que no sea agradar a Dios y gozar de él, mediante el hambre y la sed de justicia; ¡ama ahora al Señor tu Dios con todo tu corazón y con todas tus fuerzas!»

12. En una palabra: sea tu religión la religión del corazón. Que arraigue hondo en lo más íntimo de tu alma. Sé tú pequeño, y bajo, y humilde, y vil (más de lo que las palabras pueden expresar) a tus propios ojos; asombrado y humillado hasta el polvo por el amor de Dios que es en Cristo Jesús. Sé serio. ¡Que toda la corriente de tus pensamientos, palabras y acciones fluya de la más honda convicción de que estás al borde del gran abismo, tú y todos los hijos de los hombres, a punto de caer en él, ya en la gloria eterna, ya en las llamas eternas! ¡Sea tu alma llena de mansedumbre, benignidad, paciencia y longanimidad para con todos los hombres; —al mismo tiempo que todo lo que hay en ti tiene sed de Dios, del Dios vivo, anhelando despertar a su semejanza y quedar saciado de ella! ¡Sé amante de Dios y de todo el género humano! ¡Con este espíritu haz y padece todas las cosas! ¡Muestra así tu fe por tus obras; así «haz la voluntad de tu Padre que está en los cielos»! ¡Y tan cierto como que ahora andas con Dios en la tierra, reinarás también con él en la gloria!

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