Capítulo 32 · 18 min de lectura · 24 min de escucha
Discurso 11
Sermón 31
Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor
Discurso 11
«Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.»
Mateo 7:13, 14.
1. Nuestro Señor, habiéndonos advertido de los peligros que fácilmente nos asedian al entrar por primera vez en la religión verdadera, de los estorbos que surgen naturalmente de dentro, de la maldad de nuestro propio corazón, pasa ahora a prevenirnos contra los estorbos de fuera, en particular el mal ejemplo y el mal consejo. Por uno u otro de estos, miles que una vez corrían bien se han vuelto atrás para perdición; sí, muchos de aquellos que no eran novicios en la religión, que habían hecho algún progreso en la justicia. Por eso nos inculca su advertencia contra ellos con toda la insistencia posible, y la repite una y otra vez, con variedad de expresiones, no sea que de algún modo la dejemos escapar. Así, para guardarnos eficazmente contra lo primero, dice: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan». Para asegurarnos contra lo segundo, dice: «Guardaos de los falsos profetas». Por ahora consideraremos solamente lo primero.
2. «Entrad —dice nuestro bendito Señor— por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.»
3. En estas palabras podemos observar, en primer lugar, las propiedades inseparables del camino al infierno: «Ancha es la puerta, espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella»; en segundo lugar, las propiedades inseparables del camino al cielo: «Estrecha es aquella puerta, y pocos son los que la hallan»; en tercer lugar, una seria exhortación fundada en ello: «Entrad por la puerta estrecha».
I. 1. Podemos observar, en primer lugar, las propiedades inseparables del camino al infierno: «Ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella».
2. ¡Ancha es en verdad la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición! Porque el pecado es la puerta del infierno, y la maldad el camino a la perdición. ¡Y cuán ancha es la puerta del pecado! ¡Cuán espacioso es el camino de la maldad! El «mandamiento» de Dios «es amplio sobremanera», pues se extiende no solo a todas nuestras acciones, sino a toda palabra que sale de nuestros labios, sí, a todo pensamiento que se levanta en nuestro corazón. Y el pecado es tan amplio como el mandamiento, puesto que cualquier quebrantamiento del mandamiento es pecado. Más aún, es mil veces más amplio; porque solo hay una manera de guardar el mandamiento, pues no lo guardamos propiamente a menos que tanto la cosa hecha como la manera de hacerla y todas las demás circunstancias sean rectas; pero hay mil maneras de quebrantar cada mandamiento, de modo que esta puerta es ancha en verdad.
3. Para considerar esto un poco más en particular: ¡cuán lejos se extienden aquellos pecados madre, de los cuales todos los demás derivan su ser: la mente carnal, que es enemistad contra Dios, el orgullo del corazón, la voluntad propia y el amor al mundo! ¿Podemos fijarles algún límite? ¿No se difunden por todos nuestros pensamientos, y se mezclan con todas nuestras disposiciones? ¿No son la levadura que leuda, más o menos, toda la masa de nuestros afectos? ¿No podemos, en un examen detenido y fiel de nosotros mismos, percibir estas raíces de amargura brotando continuamente, infectando todas nuestras palabras y manchando todas nuestras acciones? ¡Y cuán innumerable descendencia producen, en toda época y nación! La bastante para cubrir toda la tierra de tinieblas y de habitaciones de crueldad.
4. ¡Oh, quién es capaz de enumerar sus frutos malditos; de contar todos los pecados, ya contra Dios, ya contra nuestro prójimo, no los que la imaginación podría pintar, sino los que pueden ser materia de experiencia diaria y triste! Ni necesitamos recorrer toda la tierra para hallarlos. Examinad un solo reino, un solo país, o ciudad, o pueblo, ¡y cuán abundante es esta cosecha! Y que no sea uno de aquellos que todavía están cubiertos de tinieblas mahometanas o paganas, sino de aquellos que invocan el nombre de Cristo, que profesan ver la luz de su glorioso evangelio. No vayáis más lejos que el reino al que pertenecemos, la ciudad en que ahora estamos. Nos llamamos cristianos; sí, y de la clase más pura: ¡somos protestantes, cristianos reformados! Pero, ¡ay!, ¿quién llevará la reforma de nuestras opiniones a nuestros corazones y vidas? ¿No hay razón para ello? Porque ¡cuán innumerables son nuestros pecados, y de los más negros! ¿No abundan entre nosotros de día en día las más groseras abominaciones de toda clase? ¿No cubren la tierra pecados de toda suerte, como las aguas cubren el mar? ¿Quién podrá contarlos? Id más bien a contar las gotas de la lluvia, o las arenas de la orilla del mar. ¡Tan «ancha es la puerta», tan «espacioso es el camino que lleva a la perdición»!
5. «Y muchos son los que entran» por esa puerta; muchos los que andan por ese camino; casi tantos como los que entran por la puerta de la muerte, como los que se hunden en las cámaras del sepulcro. Porque no puede negarse (aunque tampoco podemos reconocerlo sino con vergüenza y dolor de corazón) que aun en este que se llama un país cristiano, la generalidad de toda edad y sexo, de toda profesión y oficio, de todo rango y grado, altos y bajos, ricos y pobres, andan por el camino de la perdición. La mayor parte con mucho de los habitantes de esta ciudad vive hasta el día de hoy en pecado; en alguna transgresión palpable, habitual y conocida de la ley que profesan guardar; sí, en alguna transgresión exterior, en alguna clase grosera y visible de impiedad o injusticia, en alguna violación manifiesta de su deber, ya para con Dios, ya para con los hombres. Nadie puede negar, pues, que todos estos están en el camino que lleva a la perdición. Añadid a estos los que tienen en verdad nombre de que viven, pero nunca han estado vivos para Dios; los que por fuera parecen hermosos a los hombres, pero por dentro están llenos de toda inmundicia; llenos de orgullo o vanidad, de ira o venganza, de ambición o avaricia; amadores de sí mismos, amadores del mundo, amadores de los deleites más que amadores de Dios. Estos, en verdad, pueden ser muy estimados por los hombres; pero son abominación delante del Señor. ¡Y cuánto engrosarán estos santos del mundo el número de los hijos del infierno! Sí, añadid a todos, sean lo que sean en otros respectos, tengan más o menos de la forma de la piedad, los que, «ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer su propia justicia» como fundamento de su reconciliación con Dios y de su aceptación delante de él, en consecuencia no «se han sujetado a la justicia que es de Dios» por la fe. Ahora bien, juntando todas estas cosas en una, ¡cuán terriblemente verdadera es la afirmación de nuestro Señor: «Ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella»!
6. Ni concierne esto solo al vulgo, a la parte pobre, baja y estúpida del género humano. Los hombres eminentes en el mundo, los hombres que tienen muchos campos y yuntas de bueyes, no desean ser excusados de esto. Al contrario, «muchos sabios según la carne», según los métodos humanos de juzgar, «muchos poderosos» en poder, en valor, en riquezas, muchos «nobles son llamados»; llamados al camino espacioso por el mundo, la carne y el diablo; y no son desobedientes a ese llamamiento. Sí, cuanto más alto son elevados en fortuna y poder, tanto más hondo se hunden en la maldad. Cuantas más bendiciones han recibido de Dios, tantos más pecados cometen; usando su honra o sus riquezas, su erudición o su sabiduría, no como medios para ocuparse en su salvación, sino más bien para sobresalir en el vicio, y asegurar así su propia perdición.
II. 1. Y la razón misma por la que muchos de estos siguen tan confiados por el camino espacioso es que es espacioso; sin considerar que esta es la propiedad inseparable del camino de la perdición. «Muchos son —dice nuestro Señor— los que entran por ella», por la misma razón por la que deberían huir de ella, a saber, «porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan».
2. Esta es una propiedad inseparable del camino al cielo. Tan angosto es el camino que lleva a la vida, a la vida eterna —tan estrecha la puerta—, que nada inmundo, nada impío, puede entrar. Ningún pecador puede pasar por esa puerta hasta que es salvado de todos sus pecados. No solo de sus pecados exteriores, de su mala «manera de vivir, recibida por tradición de sus padres». No bastará que haya «dejado de hacer lo malo» y «aprendido a hacer el bien»: no solo debe ser salvado de todas las acciones pecaminosas, y de toda conversación mala e inútil, sino cambiado interiormente, renovado por completo en el espíritu de su mente; de otro modo no puede pasar por la puerta de la vida, no puede entrar en la gloria.
3. Porque «angosto es el camino que lleva a la vida»: el camino de la santidad universal. Angosto en verdad es el camino de la pobreza de espíritu; el camino del santo llanto; el camino de la mansedumbre; y el del hambre y sed de justicia. Angosto es el camino de la misericordia; del amor no fingido; el camino de la limpieza de corazón; de hacer bien a todos los hombres; y de sufrir con gozo el mal, toda clase de mal, por causa de la justicia.
4. «Y pocos son los que la hallan.» ¡Ay! ¡Cuán pocos hallan siquiera el camino de la honradez pagana! ¡Cuán pocos hay que no hagan a otro nada que no quisieran que otro les hiciera a ellos! ¡Cuán pocos están limpios, delante de Dios, de actos de injusticia o de falta de bondad! ¡Cuán pocos los que no «ofenden con su lengua», los que no dicen nada poco bondadoso, nada falso! ¡Qué pequeña proporción del género humano es inocente aun de las transgresiones exteriores! ¡Y cuánto más pequeña es la proporción de los que tienen el corazón recto delante de Dios, limpio y santo a sus ojos! ¿Dónde están aquellos a quienes su ojo que todo lo escudriña discierne como verdaderamente humildes; que se aborrecen a sí mismos en polvo y ceniza, en la presencia de Dios su Salvador; que son profunda y constantemente serios, sintiendo sus necesidades, y «conduciéndose en temor todo el tiempo de su peregrinación»; verdaderamente mansos y apacibles, nunca «vencidos de lo malo, sino venciendo con el bien el mal»; sedientos de Dios de veras, y anhelando continuamente ser renovados a su semejanza? ¡Cuán escasos y dispersos están por la tierra aquellos cuyas almas están ensanchadas en amor a todo el género humano; que aman a Dios con todas sus fuerzas, que le han dado su corazón, y no desean otra cosa en la tierra ni en el cielo! ¡Cuán pocos son esos amadores de Dios y de los hombres que gastan todas sus fuerzas en hacer bien a todos, y están dispuestos a sufrirlo todo, sí, la muerte misma, por salvar una sola alma de la muerte eterna!
5. Pero mientras tan pocos se hallan en el camino de la vida, y tantos en el camino de la perdición, hay gran peligro de que el torrente del ejemplo nos arrastre con ellos. Aun un solo ejemplo, si está siempre a nuestra vista, suele causar mucha impresión en nosotros; especialmente cuando tiene a la naturaleza de su parte, cuando coincide con nuestras propias inclinaciones. ¡Cuán grande, pues, ha de ser la fuerza de tan numerosos ejemplos, continuamente delante de nuestros ojos, y conspirando todos, junto con nuestro propio corazón, para arrastrarnos por la corriente de la naturaleza! ¡Cuán difícil ha de ser resistir la marea, y conservarnos «sin mancha en el mundo»!
6. Lo que aumenta aún más la dificultad es que no son la parte ruda e insensata del género humano, o al menos no solo ellos, quienes nos dan el ejemplo, quienes llenan el camino descendente, sino los cultos, los bien educados, los distinguidos, los sabios, los hombres que entienden el mundo, los hombres de conocimiento, de erudición profunda y variada, los racionales, los elocuentes. Todos estos, o casi todos, están contra nosotros. ¿Y cómo nos mantendremos firmes contra ellos? ¿No destilan maná sus lenguas, y no han aprendido todas las artes de la suave persuasión? Y también del razonamiento; porque estos son versados en todas las controversias y contiendas de palabras. Les es, pues, cosa fácil probar que el camino es recto porque es espacioso; que el que sigue a la multitud no puede hacer mal, sino solo el que no quiere seguirla; que vuestro camino ha de ser errado porque es angosto y porque son tan pocos los que lo hallan. Estos os demostrarán con toda evidencia que lo malo es bueno, y lo bueno malo; que el camino de la santidad es el camino de la perdición, y el camino del mundo el único camino al cielo.
7. ¡Oh, cómo podrán hombres sin letras e ignorantes sostener su causa contra tales adversarios! Y, sin embargo, no son estos todos aquellos con quienes han de contender, por desiguales que sean para la tarea; porque hay muchos poderosos, y nobles, e influyentes, así como sabios, en el camino que lleva a la perdición; y estos tienen una manera más breve de refutar que la de la razón y el argumento. Por lo común no se dirigen al entendimiento, sino a los temores de cualquiera que se les oponga; un método que rara vez deja de tener éxito, aun donde el argumento no aprovecha nada, por estar al alcance de la capacidad de todos los hombres; porque todos pueden temer, sepan razonar o no. Y todos los que no tienen una firme confianza en Dios, una segura dependencia de su poder y de su amor, no pueden menos que temer causar el menor disgusto a aquellos que tienen en sus manos el poder del mundo. ¿Qué tiene de extraño, pues, que el ejemplo de estos sea una ley para todos los que no conocen a Dios?
8. Muchos ricos están asimismo en el camino espacioso. Y estos se dirigen a las esperanzas de los hombres, y a todos sus deseos necios, con tanta fuerza y eficacia como los poderosos y nobles a sus temores. De modo que difícilmente podréis perseverar en el camino del reino, a menos que estéis muertos a todo lo de aquí abajo, a menos que estéis crucificados al mundo, y el mundo crucificado a vosotros, a menos que no deseéis nada más que a Dios.
9. Porque ¡cuán oscura, cuán desconsoladora, cuán poco atrayente es la perspectiva del lado opuesto! ¡Una puerta estrecha! ¡Un camino angosto! ¡Y pocos que hallen esa puerta! ¡Pocos que anden por ese camino! Además, aun esos pocos no son hombres sabios, ni hombres de erudición o de elocuencia. No son capaces de razonar con fuerza ni con claridad; no saben presentar un argumento con ventaja alguna. No saben probar lo que profesan creer, ni explicar siquiera lo que dicen experimentar. Ciertamente, abogados como estos nunca recomendarán, sino más bien desacreditarán, la causa que han abrazado.
10. Añadid a esto que no son hombres nobles ni honorables; si lo fueran, podríais soportar su locura. Son hombres sin influencia, sin autoridad, sin consideración alguna en el mundo. Son humildes y bajos, de condición inferior, y tales que no tienen poder, aunque tuvieran la voluntad, para haceros daño. Por tanto, nada hay que temer de ellos; y nada hay que esperar, porque la mayor parte de ellos puede decir: «No tengo plata ni oro»; o, a lo sumo, una porción muy moderada. Más aún, algunos de ellos apenas tienen alimento que comer o ropa con que vestirse. Por esta razón, y también porque sus caminos no son como los de los demás hombres, en todas partes se habla contra ellos, son despreciados, sus nombres son desechados como malos, son perseguidos de diversas maneras, y tratados como la hez y el desecho del mundo. De modo que tanto vuestros temores como vuestras esperanzas y todos vuestros deseos (excepto los que tenéis inmediatamente de Dios), sí, todas vuestras pasiones naturales, os inclinan continuamente a volver al camino espacioso.
III. 1. Por eso nuestro Señor exhorta con tanto ahínco: «Entrad por la puerta estrecha». O (como se expresa la misma exhortación en otro lugar): «Porfiad a entrar»: Agonizesthe eiselthein, esforzaos como en una agonía; porque muchos, dice nuestro Señor, procurarán entrar —se esforzarán con indolencia—, «y no podrán».
2. Es cierto que él insinúa lo que puede parecer otra razón de esto, de que no puedan entrar, en las palabras que siguen inmediatamente a estas. Porque después de haber dicho: «Muchos, os digo, procurarán entrar, y no podrán», añade: «Después que el padre de familia se haya levantado y haya cerrado la puerta, y comencéis a estar fuera», arxesthe exo estanai, o más bien, estéis fuera; porque arxesthe parece ser solo un expletivo elegante, «y a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos; él os responderá y dirá: No os conozco; apartaos de mí, todos vosotros, obreros de iniquidad». (Lucas 13:24.)
3. A primera vista de estas palabras, puede parecer que fue su tardanza en buscar, más que su manera de buscar, la razón por la que no pudieron entrar. Pero en efecto viene a ser lo mismo. Se les mandó apartarse, pues, porque habían sido «obreros de iniquidad»; porque habían andado por el camino espacioso; en otras palabras, porque no habían agonizado por «entrar por la puerta estrecha». Probablemente sí buscaron antes de que se cerrara la puerta; pero eso no bastó; y sí se esforzaron después de cerrada la puerta; pero entonces era demasiado tarde.
4. Por tanto, esforzaos ahora, en este vuestro día, por «entrar por la puerta estrecha». Y para ello, aseguradlo en vuestro corazón, y que esté siempre en lo más alto de vuestros pensamientos, que si estáis en un camino espacioso, estáis en el camino que lleva a la perdición. Si muchos van con vosotros, tan cierto como que Dios es veraz, tanto ellos como vosotros vais camino del infierno. Si andáis como anda la generalidad de los hombres, ¡andáis hacia el abismo sin fondo! ¿Viajan con vosotros por el mismo camino muchos sabios, muchos ricos, muchos poderosos o nobles? Por esta señal, sin ir más lejos, sabéis que no lleva a la vida. He aquí una regla breve, clara e infalible, antes de entrar en particularidades. Cualquiera que sea la profesión en que estéis empeñados, ¡debéis ser singulares, o ser condenados! El camino al infierno no tiene nada de singular; pero el camino al cielo es singularidad de principio a fin. Si dais un solo paso hacia Dios, ya no sois como los demás hombres. Pero no hagáis caso de esto. Es mucho mejor estar solo que caer en el hoyo. Corre, pues, con paciencia la carrera que tienes por delante, aunque tus compañeros en ella sean pocos. No siempre lo serán. Aún un poco, y te habrás «acercado a la compañía innumerable de ángeles, a la asamblea general e iglesia de los primogénitos, y a los espíritus de los justos hechos perfectos».
5. Ahora, pues, «porfiad a entrar por la puerta estrecha», penetrados del más profundo sentimiento del inexpresable peligro en que está vuestra alma mientras estáis en un camino espacioso, mientras estáis vacíos de la pobreza de espíritu y de toda aquella religión interior que los muchos, los ricos, los sabios, tienen por locura. «Porfiad a entrar», traspasados de dolor y de vergüenza por haber corrido tanto tiempo con la multitud irreflexiva, descuidando por completo, si no despreciando, aquella «santidad, sin la cual nadie verá al Señor». Esforzaos, como en una agonía de santo temor, no sea que, «quedando aún la promesa de entrar en su reposo», aquel «reposo que queda para el pueblo de Dios», con todo «os quedéis atrás». Esforzaos con todo el fervor del deseo, con «gemidos indecibles. Esforzaos orando sin cesar; en todo tiempo, en todo lugar, elevando vuestro corazón a Dios, y no dándole reposo hasta que «despertéis a su semejanza» y quedéis «saciados de ella».
6. Para concluir. «Porfiad a entrar por la puerta estrecha», no solo con esta agonía del alma, de convicción, de dolor, de vergüenza, de deseo, de temor, de oración incesante, sino también ordenando bien tu manera de vivir, andando con todas tus fuerzas en todos los caminos de Dios: el camino de la inocencia, de la piedad y de la misericordia. Abstente de toda apariencia de mal; haz todo el bien posible a todos los hombres; niégate a ti mismo, tu propia voluntad, en todas las cosas, y toma tu cruz cada día. Está dispuesto a cortarte la mano derecha, a sacarte el ojo derecho y echarlo de ti; a sufrir la pérdida de bienes, amigos, salud, de todas las cosas de la tierra, ¡con tal que entres en el reino de los cielos!
Capítulo 32 completado
Discurso 11