Sermones en diversas ocasiones
Discurso 10

Capítulo 31 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

Discurso 10

Sermón 30

Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor

Discurso 10

«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir. ¿Y por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la mota de tu ojo; y he aquí la viga en tu propio ojo? ¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás claramente para sacar la mota del ojo de tu hermano.

«No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos; no sea que las pisoteen con sus pies, y se vuelvan y os despedacen.

«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿O qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas dádivas a los que le piden? Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esta es la ley y los profetas.»

Mateo 7:1–12.

1. Nuestro bendito Señor, habiendo concluido ya su designio principal —habiendo expuesto primero la suma de la verdadera religión, cuidadosamente protegida contra aquellas glosas de los hombres con las que querrían invalidar la Palabra de Dios; y habiendo establecido después reglas tocantes a aquella recta intención que debemos conservar en todas nuestras acciones exteriores—, pasa ahora a señalar los principales estorbos de esta religión, y lo concluye todo con una aplicación adecuada.

2. En el capítulo quinto, nuestro gran Maestro ha descrito plenamente la religión interior en sus diversas ramas. Allí ha puesto delante de nosotros aquellas disposiciones del alma que constituyen el cristianismo verdadero; las disposiciones contenidas en aquella «santidad, sin la cual nadie verá al Señor»; los afectos que, cuando brotan de su fuente propia, de una fe viva en Dios por medio de Cristo Jesús, son intrínseca y esencialmente buenos, y aceptables a Dios. En el sexto ha mostrado cómo todas nuestras acciones también, aun las que son indiferentes por su propia naturaleza, pueden hacerse santas, buenas y aceptables a Dios mediante una intención pura y santa. Todo lo que se hace sin ella, declara él, no tiene valor alguno delante de Dios; mientras que todas las obras exteriores así consagradas a Dios son, a sus ojos, de gran precio.

3. En la primera parte de este capítulo señala los estorbos más comunes y más funestos de esta santidad; en la última, nos exhorta con diversos motivos a abrirnos paso a través de todos ellos y asegurar aquel premio de nuestra soberana vocación.

4. El primer estorbo contra el que nos previene es el juzgar. «No juzguéis, para que no seáis juzgados.» No juzguéis a los demás, para que no seáis juzgados por el Señor, para que no traigáis venganza sobre vuestras propias cabezas. «Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir»: una regla clara y equitativa, por la cual Dios os permite determinar por vosotros mismos de qué manera tratará él con vosotros en el juicio del gran día.

5. No hay estado de la vida, ni período alguno de tiempo, desde la hora en que nos arrepentimos y creemos el evangelio por primera vez hasta que somos perfeccionados en el amor, en que esta advertencia no sea necesaria para todo hijo de Dios. Porque nunca pueden faltar ocasiones de juzgar. Y las tentaciones a ello son innumerables; muchas de ellas tan hábilmente disfrazadas que caemos en el pecado antes de sospechar peligro alguno. E indecibles son los males que de ello se siguen: siempre para el que juzga a otro, pues así hiere su propia alma y se expone al justo juicio de Dios; y con frecuencia para los que son juzgados, cuyas manos caen, que son debilitados y estorbados en su carrera, si no apartados del todo del camino y hechos volver atrás hasta la perdición. Sí, ¡cuántas veces, cuando esta «raíz de amargura brota», «muchos son contaminados por ella»; por cuya causa el mismo camino de la verdad es vituperado, y blasfemado aquel digno nombre por el cual somos llamados!

6. Sin embargo, no parece que nuestro Señor destinara esta advertencia solo, ni principalmente, a los hijos de Dios, sino más bien a los hijos del mundo, a los hombres que no conocen a Dios. Estos no pueden dejar de oír hablar de aquellos que no son del mundo; que siguen la religión antes descrita; que procuran ser humildes, serios, apacibles, misericordiosos y de limpio corazón; que desean ardientemente aquella medida de estas santas disposiciones que aún no han alcanzado, y la esperan haciendo todo bien a todos los hombres y sufriendo con paciencia el mal. Quienquiera que llegue siquiera hasta aquí no puede esconderse, como no puede esconderse «una ciudad asentada sobre un monte». ¿Y por qué los que «ven» sus «buenas obras no glorifican a su Padre que está en los cielos»? ¿Qué excusa tienen para no seguir sus pisadas, para no imitar su ejemplo y ser imitadores de ellos, como ellos lo son de Cristo? Pues bien, a fin de procurarse una excusa, condenan a aquellos a quienes debieran imitar. Pasan su tiempo buscando las faltas de su prójimo en lugar de enmendar las propias. Están tan ocupados en que otros se salen del camino, que ellos mismos nunca entran en él; o, por lo menos, nunca avanzan, nunca pasan de una pobre forma muerta de piedad sin el poder de ella.

7. Es a estos especialmente a quienes nuestro Señor dice: «¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano» —las flaquezas, los errores, la imprudencia, la debilidad de los hijos de Dios—, «y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?». No echas de ver la condenable impenitencia, el orgullo satánico, la maldita voluntad propia, el idólatra amor al mundo, que están en ti mismo y que hacen de toda tu vida una abominación para el Señor. Sobre todo, ¡con qué supina negligencia e indiferencia vas danzando sobre la boca del infierno! ¿Y «cómo, pues» —con qué gracia, con qué decoro o modestia— «dirás a tu hermano: Déjame sacar la mota de tu ojo», el exceso de celo por Dios, el extremo de la negación de sí mismo, el desprendimiento demasiado grande de los cuidados y ocupaciones del mundo, el deseo de estar día y noche en oración o escuchando las palabras de vida eterna? «¡Y he aquí la viga en tu propio ojo!» No una mota, como una de estas. «¡Hipócrita!», que finges cuidarte de los demás y no tienes cuidado alguno de tu propia alma; que haces alarde de celo por la causa de Dios, cuando en verdad ni lo amas ni lo temes. «Saca primero la viga de tu propio ojo»: ¡saca la viga de la impenitencia! ¡Conócete a ti mismo! ¡Mírate y siéntete pecador! ¡Siente que tus entrañas son la maldad misma, que eres del todo corrupto y abominable, y que la ira de Dios está sobre ti! Saca la viga del orgullo; aborrécete a ti mismo; húndete como en polvo y ceniza; ¡sé cada vez más pequeño, y bajo, y vil, y despreciable a tus propios ojos! ¡Saca la viga de la voluntad propia! Aprende qué significa aquello: «Si alguno quiere venir en pos de mí, renúnciese a sí mismo». Niégate a ti mismo y toma tu cruz cada día. Que toda tu alma clame: «He descendido del cielo» —pues así lo hiciste, tú, espíritu que nunca muere, lo sepas o no—, «no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». ¡Saca la viga del amor al mundo! No ames el mundo, ni las cosas del mundo. Sé tú crucificado al mundo, y el mundo crucificado a ti. Solo usa el mundo, pero goza de Dios. ¡Busca en él toda tu felicidad! Sobre todo, saca la gran viga, esa supina negligencia e indiferencia. Considera profundamente que «una cosa es necesaria»: la única cosa en la que apenas has pensado jamás. ¡Conoce y siente que eres un pobre, vil y culpable gusano, temblando sobre el gran abismo! ¿Qué eres? Un pecador nacido para morir; una hoja arrebatada por el viento; un vapor a punto de desvanecerse, que apenas aparece y luego se disipa en el aire, para no ser visto más. ¡Mira esto! «Y entonces verás claramente para sacar la mota del ojo de tu hermano.» Entonces, si te queda tiempo libre de los asuntos de tu propia alma, sabrás cómo corregir también a tu hermano.

8. Pero ¿cuál es propiamente el sentido de estas palabras: «No juzguéis»? ¿Qué es el juzgar que aquí se prohíbe? No es lo mismo que la maledicencia, aunque con frecuencia va unido a ella. La maledicencia es referir algo malo acerca de una persona ausente; mientras que el juzgar puede referirse indistintamente al ausente o al presente. Tampoco implica necesariamente hablar en absoluto, sino solo pensar mal de otro. No es que toda clase de pensar mal de otros sea aquel juzgar que nuestro Señor condena. Si veo a alguien cometer un robo o un asesinato, o le oigo blasfemar el nombre de Dios, no puedo dejar de pensar mal del ladrón o del asesino. Sin embargo, esto no es juzgar con maldad: no hay pecado en ello, ni nada contrario al tierno afecto.

9. Pensar de otro de una manera contraria al amor es aquel juzgar que aquí se condena; y esto puede ser de diversas clases. Porque, en primer lugar, podemos tener a otro por culpable cuando no lo es. Podemos imputarle (al menos en nuestra propia mente) cosas de las que no es culpable: palabras que nunca dijo, o acciones que nunca hizo. O podemos pensar que su manera de obrar fue mala, aunque en realidad no lo fue. Y aun donde nada puede justamente reprocharse, ni en la cosa misma ni en el modo de hacerla, podemos suponer que su intención no era buena, y condenarle así por ese motivo, al mismo tiempo que aquel que escudriña el corazón ve su sencillez y sinceridad piadosa.

10. Pero no solo podemos caer en el pecado de juzgar condenando al inocente, sino también, en segundo lugar, condenando al culpable en mayor grado del que merece. Esta especie de juicio es asimismo una ofensa contra la justicia tanto como contra la misericordia; y, sin embargo, una ofensa de la que nada puede guardarnos sino el más fuerte y tierno afecto. Sin este, fácilmente suponemos que alguien a quien se reconoce en falta tiene más culpa de la que realmente tiene. Menospreciamos todo lo bueno que se halla en él. Más aún, no nos dejamos persuadir fácilmente de que pueda quedar algo bueno en aquel en quien hemos hallado algo malo.

11. Todo esto muestra una manifiesta falta de aquel amor que ou logizetai kakon, no piensa el mal; que nunca saca una conclusión injusta o poco bondadosa de premisa alguna. El amor no deducirá, de que una persona haya caído una vez en un acto de pecado manifiesto, que está acostumbrada a hacerlo, que es habitualmente culpable de ello. Y si alguna vez fue habitualmente culpable, el amor no concluye que todavía lo sea; mucho menos que, si ahora es culpable de este pecado, por tanto lo es también de otros. Todos estos malos razonamientos pertenecen a aquel juzgar pecaminoso del cual nuestro Señor nos guarda aquí, y que nos importa en sumo grado evitar, si amamos a Dios o a nuestras propias almas.

12. Pero suponiendo que no condenemos al inocente, ni al culpable más de lo que merece, aún podemos no estar del todo libres del lazo; porque hay una tercera clase de juicio pecaminoso, que consiste en condenar a una persona sin que haya pruebas suficientes. Y por muy ciertos que sean los hechos que suponemos, eso no nos absuelve. Porque no debían haberse supuesto, sino probado; y mientras no lo fueran, no debíamos haber formado juicio alguno. Digo mientras no lo fueran, porque tampoco quedamos excusados, aunque los hechos admitan la prueba más fuerte, a menos que esa prueba se presente antes de dictar sentencia y se compare con las pruebas de la otra parte. Ni podemos ser excusados si alguna vez pronunciamos sentencia definitiva antes de que el acusado haya hablado en su defensa. Aun un judío podría enseñarnos esto, como simple lección de justicia, aparte de la misericordia y del amor fraternal. ¿Juzga nuestra ley a hombre alguno, dice Nicodemo, si primero no le oye y sabe lo que ha hecho? (Juan 7:51.) Más aún, un pagano supo responder, cuando los principales de la nación judía pedían sentencia contra su prisionero, que no es costumbre de los romanos juzgar «a hombre alguno antes que el acusado tenga presentes a sus acusadores, y pueda defenderse de la acusación que se le hace».

13. En verdad, no caeríamos fácilmente en el juicio pecaminoso si tan solo observáramos aquella regla que otro [Séneca] de aquellos romanos paganos afirma haber sido la medida de su propia conducta. «Estoy tan lejos —dice— de creer a la ligera el testimonio de cualquier hombre, o de hombre alguno, contra otro, que ni siquiera creo fácil o inmediatamente el testimonio de un hombre contra sí mismo. Siempre le concedo segundas reflexiones, y muchas veces también consejo.» Ve tú, que te llamas cristiano, y haz lo mismo, no sea que el pagano se levante y te condene en aquel día.

14. Pero ¡qué raras veces nos condenaríamos o juzgaríamos unos a otros, o al menos cuán pronto se remediaría ese mal, si anduviéramos según aquella regla clara y expresa que nuestro Señor mismo nos ha enseñado! «Si tu hermano peca contra ti» —o si oyes o crees que lo ha hecho—, «ve y repréndele su falta estando tú y él solos.» Este es el primer paso que has de dar. «Mas si no te oye, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.» Este es el segundo paso. «Si no los oye a ellos, dilo a la iglesia», ya sea a sus sobreveedores, ya a toda la congregación. Entonces habrás hecho tu parte. No pienses más en ello, sino encomiéndalo todo a Dios.

15. Pero suponiendo que, por la gracia de Dios, hayas «sacado la viga de tu propio ojo», y ahora «veas claramente la mota o la viga que está en el ojo de tu hermano», guárdate, sin embargo, de recibir daño tú mismo al procurar ayudarle. Aun así, «no deis lo santo a los perros». No cuentes a la ligera a nadie en ese número; pero si aparece evidentemente que merecen ese nombre, entonces «no echéis vuestras perlas delante de los cerdos». Guárdate de aquel celo que no es conforme a ciencia. Porque este es otro gran estorbo en el camino de quienes quieren ser «perfectos, como su Padre celestial es perfecto». Los que desean esto no pueden sino desear que todo el género humano participe de la bendición común. Y cuando nosotros mismos participamos por primera vez del don celestial, de la divina «demostración de las cosas que no se ven», nos maravillamos de que todos los hombres no vean las cosas que nosotros vemos con tanta claridad, y no dudamos en absoluto de que abriremos los ojos de todos aquellos con quienes tenemos algún trato. De ahí que nos empeñemos en abordar sin demora a todos los que encontramos, y en obligarlos a ver, quieran o no. Y por el mal éxito de este celo destemplado, a menudo sufrimos en nuestras propias almas. Para evitar que gastemos así nuestras fuerzas en vano, nuestro Señor añade esta advertencia necesaria (necesaria para todos, pero muy especialmente para los que ahora están encendidos en su primer amor): «No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos; no sea que las pisoteen con sus pies, y se vuelvan y os despedacen».

16. «No deis lo santo a los perros.» Guardaos de pensar que alguno merece este nombre hasta que haya una prueba plena e incontestable, tal que ya no podáis resistirla. Pero cuando quede clara e indiscutiblemente probado que son hombres impíos y perversos, no solo extraños, sino enemigos de Dios, de toda justicia y verdadera santidad, «no deis lo santo», to hagion, «la cosa santa», así llamada enfáticamente, a estos. Las doctrinas santas y peculiares del evangelio —tales como estuvieron «ocultas desde los siglos y edades» de antaño, y ahora nos son dadas a conocer solo por la revelación de Jesucristo y la inspiración de su Santo Espíritu— no han de prostituirse ante estos hombres, que ni siquiera saben si hay Espíritu Santo. No es, por cierto, que los embajadores de Cristo puedan abstenerse de declararlas en la gran congregación, donde probablemente se hallen algunos de estos; debemos hablar, ya sea que los hombres oigan, ya que dejen de oír; pero no es este el caso de los cristianos particulares. Ellos no llevan ese carácter tan solemne, ni están bajo obligación alguna de imponer estas grandes y gloriosas verdades a quienes las contradicen y blasfeman, a quienes les tienen una enemistad arraigada. Más aún, no deben hacerlo, sino más bien conducirlos según lo que puedan soportar. No comencéis a hablar con estos de la remisión de los pecados y del don del Espíritu Santo, sino tratad con ellos a su propia manera y sobre sus propios principios. Con el epicúreo razonable, honorable e injusto, disertad «de la justicia, de la templanza y del juicio venidero». Este es el camino más probable para hacer temblar a Félix. Reservad los temas más elevados para hombres de logros más elevados.

17. «Ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos.» Sed muy reacios a pronunciar este juicio sobre hombre alguno. Pero si el hecho es claro e innegable, si es evidente más allá de toda disputa, si los cerdos no procuran disfrazarse, sino que más bien se glorían en su vergüenza, sin pretender pureza alguna ni de corazón ni de vida, sino cometiendo con avidez toda clase de impureza, entonces no «echéis» vosotros vuestras perlas delante de ellos. No les habléis de los misterios del reino, de las cosas que ojo no vio ni oído oyó; las cuales, en consecuencia, como no tienen otras entradas del conocimiento, ni sentidos espirituales, no puede subir a su corazón concebirlas. No les habléis de las «grandísimas y preciosas promesas» que Dios nos ha dado en el Hijo de su amor. ¿Qué idea pueden tener de ser hechos participantes de la naturaleza divina quienes ni siquiera desean huir de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia? Exactamente tanto conocimiento como tienen los cerdos de las perlas, y tanto gusto como tienen por ellas, tanto gusto tienen por las cosas profundas de Dios, y tanto conocimiento de los misterios del evangelio, los que están sumidos en el fango de este mundo, en los placeres, deseos y cuidados mundanos. ¡Oh, no echéis esas perlas delante de estos, «no sea que las pisoteen con sus pies»!, no sea que desprecien del todo lo que no pueden entender, y hablen mal de las cosas que no conocen. Más aún, es probable que este no fuera el único inconveniente que se seguiría. No sería extraño que, conforme a su naturaleza, «se volvieran y os despedazaran»; que os devolvieran mal por bien, maldición por bendición y odio por vuestra buena voluntad. Tal es la enemistad de la mente carnal contra Dios y contra todas las cosas de Dios. Tal es el trato que habéis de esperar de estos si les hacéis la afrenta imperdonable de procurar salvar sus almas de la muerte, de arrebatarlos como tizones del incendio.

18. Y, sin embargo, no necesitáis desesperar del todo ni aun de estos que, por el momento, «se vuelven y os despedazan». Porque si todos vuestros argumentos y persuasiones fallan, aún queda otro remedio, y uno que con frecuencia resulta eficaz cuando ningún otro medio aprovecha: la oración. Por tanto, todo lo que deseéis o necesitéis, sea para otros o para vuestra propia alma, «pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá». El descuido de esto es un tercer gran estorbo de la santidad. Todavía «no tenemos, porque no pedimos». ¡Oh, cuán mansos y apacibles, cuán humildes de corazón, cuán llenos de amor a Dios y a los hombres podríais haber sido hoy, si tan solo hubierais pedido, si hubierais perseverado constantes en la oración! Por tanto, ahora al menos, «pedid, y se os dará». Pedid, para que experimentéis cabalmente y practiquéis perfectamente toda aquella religión que nuestro Señor ha descrito aquí tan hermosamente. Entonces se os concederá ser santos como él es santo, tanto en el corazón como en toda vuestra manera de vivir. Buscad, en el camino que él ha ordenado: escudriñando las Escrituras, oyendo su palabra, meditando en ella, ayunando, participando de la Cena del Señor; y ciertamente hallaréis. Hallaréis aquella perla de gran precio, aquella fe que vence al mundo, aquella paz que el mundo no puede dar, aquel amor que es las arras de vuestra herencia. Llamad; perseverad en la oración y en todos los demás caminos del Señor. No os canséis ni desmayéis en vuestro ánimo. Proseguid hacia la meta. No aceptéis una negativa. No le dejéis ir hasta que os bendiga. Y la puerta de la misericordia, de la santidad, del cielo, se os abrirá.

19. Es por compasión hacia la dureza de nuestros corazones, tan poco dispuestos a creer en la bondad de Dios, que nuestro Señor tiene a bien extenderse sobre este punto, y repetir y confirmar lo que ha dicho. «Porque todo aquel —dice él— que pide, recibe», de modo que nadie necesita quedarse sin la bendición; «y el que busca», todo el que busca, «halla» el amor y la imagen de Dios; «y al que llama», a todo el que llama, se le abrirá la puerta de la justicia. De modo que aquí no hay lugar para que nadie se desanime, como si pudiera pedir, o buscar, o llamar en vano. Solo acordaos siempre de orar, de buscar, de llamar, y no desmayar. Y entonces la promesa permanece firme. Es firme como las columnas del cielo; sí, más firme aún, porque el cielo y la tierra pasarán, pero su palabra no pasará.

20. Para cortar todo pretexto a la incredulidad, nuestro bendito Señor, en los versículos siguientes, ilustra aún más lo que había dicho, apelando a lo que sucede en nuestro propio pecho. «¿Qué hombre hay de vosotros —dice él—, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?» ¿Os permitirá siquiera el afecto natural rechazar la petición razonable de alguien a quien amáis? «¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?» ¿Le dará cosas dañinas en lugar de provechosas? De modo que, aun por lo que vosotros mismos sentís y hacéis, podéis recibir la más plena seguridad de que, por un lado, ningún mal efecto puede acompañar vuestro pedir, y, por otro, de que irá acompañado de este buen efecto: la plena provisión de todas vuestras necesidades. Porque «si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos», que es bondad pura, sin mezcla, esencial, «dará buenas cosas a los que le piden?»; o (como lo expresa en otra ocasión) «dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?». En él están comprendidas todas las cosas buenas: toda sabiduría, paz, gozo, amor; todos los tesoros de la santidad y de la felicidad; todo lo que Dios ha preparado para los que le aman.

21. Pero para que vuestra oración tenga todo su peso delante de Dios, mirad que estéis en caridad con todos los hombres; porque de otro modo es más probable que traiga una maldición que una bendición sobre vuestra propia cabeza; ni podéis esperar recibir bendición alguna de Dios mientras no tengáis caridad hacia vuestro prójimo. Por tanto, quítese este estorbo sin demora. Confirmad vuestro amor unos hacia otros, y hacia todos los hombres. Y amadlos, no solo de palabra, sino de obra y en verdad. «Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esta es la ley y los profetas.»

22. Esta es aquella ley real, aquella regla de oro de la misericordia tanto como de la justicia, que aun el emperador pagano hizo escribir sobre la puerta de su palacio; una regla que muchos creen que está grabada por naturaleza en la mente de todo el que viene al mundo. Y esto por lo menos es cierto: que se recomienda a sí misma, tan pronto como se oye, a la conciencia y al entendimiento de todo hombre; de tal manera que nadie puede ofender a sabiendas contra ella sin llevar su condenación en su propio pecho.

23. «Esta es la ley y los profetas.» Todo lo que está escrito en aquella ley que Dios reveló antiguamente al género humano, y todos los preceptos que Dios ha dado por sus santos profetas que ha habido desde el principio del mundo», todo queda resumido en estas pocas palabras, todo se contiene en esta breve instrucción. Y esto, bien entendido, comprende la totalidad de aquella religión que nuestro Señor vino a establecer en la tierra.

24. Puede entenderse en sentido positivo o negativo. Si se entiende en sentido negativo, el significado es: «Todo lo que no queráis que los hombres hagan con vosotros, no lo hagáis vosotros con ellos». He aquí una regla clara, siempre a mano, siempre fácil de aplicar. En todos los casos que tocan a vuestro prójimo, haced vuestro su caso. Suponed que las circunstancias han cambiado, y que vosotros estáis exactamente como él está ahora. Y entonces guardaos de consentir disposición o pensamiento alguno, de que salga de vuestros labios palabra alguna, de dar paso alguno que hubierais condenado en él, si se diera tal cambio de circunstancias. Si se entiende en sentido directo y positivo, su significado claro es: «Todo lo que razonablemente podríais desear de él, suponiéndoos en sus circunstancias, eso hacedlo, hasta el límite de vuestras fuerzas, a todo hijo de hombre».

25. Apliquemos esto a uno o dos casos evidentes. Es claro para la conciencia de todo hombre que no querríamos que otros nos juzgaran, que pensaran mal de nosotros sin causa o a la ligera; mucho menos querríamos que alguien hablara mal de nosotros, que divulgara nuestras faltas o flaquezas reales. Aplicaos esto a vosotros mismos. No hagáis a otro lo que no querríais que él os hiciera a vosotros; y nunca más juzgaréis a vuestro prójimo, nunca pensaréis mal de nadie sin causa o a la ligera; mucho menos hablaréis mal; nunca mencionaréis siquiera la falta real de un ausente, sino en la medida en que estéis convencidos de que es absolutamente necesario para el bien de otras almas.

26. Además, querríamos que todos los hombres nos amaran y estimaran, y se condujeran con nosotros conforme a la justicia, la misericordia y la verdad. Y podemos razonablemente desear que nos hagan todo el bien que puedan sin perjudicarse a sí mismos; más aún, que en las cosas exteriores (según la conocida regla) sus cosas superfluas cedan ante nuestras comodidades, sus comodidades ante nuestras necesidades, y sus necesidades ante nuestros apuros extremos. Ahora, pues, andemos según la misma regla: hagamos a todos como querríamos que ellos nos hicieran a nosotros. Amemos y honremos a todos los hombres. Que la justicia, la misericordia y la verdad gobiernen todas nuestras mentes y acciones. Que nuestras cosas superfluas cedan ante las comodidades de nuestro prójimo (¿y quién tendrá entonces cosas superfluas de sobra?), nuestras comodidades ante las necesidades de nuestro prójimo, nuestras necesidades ante sus apuros extremos.

27. Esta es la moral pura y genuina. Haz esto, y vivirás. «A todos los que anden conforme a esta regla, paz sea sobre ellos, y misericordia»; porque ellos son «el Israel de Dios». Pero téngase en cuenta que nadie puede andar conforme a esta regla (ni nadie lo hizo jamás desde el principio del mundo), nadie puede amar a su prójimo como a sí mismo, si primero no ama a Dios. Y nadie puede amar a Dios si no cree en Cristo; si no tiene redención por su sangre, y el Espíritu de Dios dando testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios. La fe, por tanto, sigue siendo la raíz de todo, de la salvación presente tanto como de la futura. Todavía debemos decir a todo pecador: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo». Serás salvo ahora, para que seas salvo para siempre; salvo en la tierra, para que seas salvo en el cielo. Cree en él, y tu fe obrará por el amor. Amarás al Señor tu Dios porque él te amó; amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y entonces será tu gloria y tu gozo ejercitar y acrecentar este amor; no solo absteniéndote de lo que le es contrario, de todo pensamiento, palabra y acción poco bondadosos, sino mostrando a todo hombre toda aquella bondad que tú quisieras que él te mostrara a ti.

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