Capítulo 30 · 32 min de lectura · 41 min de escucha
Discurso 9
Sermón 29
Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor
Discurso 9
«“Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a Mammón.
«“Por tanto os digo: no os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, afanándose, añadir a su estatura un codo?
«Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan. Mas os digo que ni aun Salomón con toda su gloria fue vestido así como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos vestiremos? (Porque los gentiles buscan todas estas cosas). Porque vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
«“Así que no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal”».
Mateo 6:24–34.
1. Está escrito de las naciones que el rey de Asiria, después de haber llevado cautivo a Israel, puso en las ciudades de Samaria, que «temían al Señor, y servían a sus propios dioses». «Estas gentes», dice el escritor inspirado, «temían al Señor»; le rendían un culto exterior (prueba clara de que tenían algún temor de Dios, aunque no conforme a ciencia); «y servían a sus imágenes de talla, y también sus hijos y los hijos de sus hijos: como hicieron sus padres, así hacen hasta hoy. (2 Reyes 17:33.)
¡Cuánto se parece la práctica de la mayoría de los cristianos modernos a la de aquellos antiguos paganos! «Temen al Señor»; también le rinden un culto exterior, y con ello muestran que tienen algún temor de Dios; pero asimismo «sirven a sus propios dioses». Hay quienes «les enseñan», como hubo quienes enseñaron a los asirios, «la costumbre del Dios de la tierra»; el Dios cuyo nombre lleva el país hasta hoy, y que en otro tiempo fue adorado allí con un culto santo. «Pero», no le sirven solo a él; no le temen lo bastante para ello. Sino que «cada nación se hace sus propios dioses: cada nación en las ciudades donde habita». «Estas gentes temen al Señor»; no han dejado a un lado la forma exterior de su culto; pero «sirven a sus imágenes de talla», la plata y el oro, obra de manos de hombres: el dinero, el placer y la alabanza, los dioses de este mundo, se reparten su servicio con el Dios de Israel, y aun se llevan la mayor parte. Esta es la costumbre tanto de «sus hijos como de los hijos de sus hijos; como hicieron sus padres, así hacen hasta hoy».
2. Pero aunque, hablando de un modo laxo, según la manera común de los hombres, se dijera de aquellos pobres paganos que «temían al Señor», podemos observar que el Espíritu Santo añade inmediatamente, hablando conforme a la verdad y a la naturaleza real de las cosas: «No temen al Señor, ni hacen según la ley y el mandamiento que el Señor prescribió a los hijos de Jacob, con los cuales el Señor hizo pacto, y les mandó, diciendo: No temeréis a otros dioses, ni les serviréis. — Mas al Señor vuestro Dios temeréis, y él os librará de mano de todos vuestros enemigos».
El mismo juicio pronuncia el Espíritu de Dios, que no yerra, y en verdad todos aquellos a quienes él ha abierto los ojos del entendimiento para discernir las cosas de Dios, sobre estos pobres que comúnmente se llaman cristianos. Si hablamos conforme a la verdad y a la naturaleza real de las cosas, «no temen al Señor, ni le sirven». Porque no hacen «según el pacto que el Señor hizo con ellos, ni según la ley y el mandamiento que les mandó, diciendo: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás». «Sirven a otros dioses hasta hoy». Y «ninguno puede servir a dos señores».
3. ¡Cuán vano es que alguien pretenda esto, que intente servir a dos señores! ¿No es fácil prever cuál ha de ser la consecuencia inevitable de semejante intento? «O aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro». Las dos partes de esta sentencia, aunque propuestas por separado, han de entenderse en conexión la una con la otra; porque la segunda parte es consecuencia de la primera. Naturalmente se llegará a aquel a quien ama. Se unirá a él de tal modo que le prestará un servicio voluntario, fiel y diligente. Y, entretanto, menospreciará por lo menos al señor que aborrece hasta el punto de hacer poco caso de sus mandatos, y de obedecerlos, si es que los obedece, de manera ligera y descuidada. Por tanto, supongan lo que supongan los sabios del mundo, «no podéis servir a Dios y a Mammón».
4. Mammón era el nombre de uno de los dioses paganos, que se suponía presidía sobre las riquezas. Aquí se entiende de las riquezas mismas: el oro y la plata o, en general, el dinero; y, por una figura común del lenguaje, de todo lo que con él puede comprarse, como la comodidad, la honra y el placer sensual.
Pero ¿qué hemos de entender aquí por servir a Dios, y qué por servir a Mammón?
No podemos servir a Dios a menos que creamos en él. Este es el único fundamento verdadero de su servicio. Por tanto, creer en Dios como aquel que está «reconciliando el mundo consigo mismo por Cristo Jesús», creer en él como un Dios que ama y perdona, es la primera gran rama de su servicio.
Y creer así en Dios implica confiar en él como nuestra fuerza, sin el cual nada podemos hacer, que a cada momento nos inviste de poder de lo alto, sin el cual es imposible agradarle; como nuestro auxilio, nuestro único auxilio en el tiempo de la angustia, que nos rodea con cánticos de liberación; como nuestro escudo, nuestro defensor, y el que levanta nuestra cabeza sobre todos nuestros enemigos que están en derredor de nosotros.
Implica confiar en Dios como nuestra felicidad; como el centro de los espíritus; el único reposo de nuestras almas; el único bien que corresponde a todas nuestras capacidades y que basta para satisfacer todos los deseos que él nos ha dado.
Implica (lo cual está muy unido a lo anterior) confiar en Dios como nuestro fin; tener la mira puesta en él en todas las cosas; usar de todas las cosas solo como medios para gozar de él; dondequiera que estemos o cualquier cosa que hagamos, ver al Invisible mirándonos complacido, y referirlo todo a él en Cristo Jesús.
5. Creer así es lo Primero que hemos de entender por servir a Dios. Lo Segundo es amarle.
Ahora bien, amar a Dios de la manera que describe la Escritura, de la manera que Dios mismo nos exige, y que al exigirla se compromete a obrar en nosotros, es amarle como el ÚNICO DIOS; es decir, «con todo nuestro corazón, y con toda nuestra alma, y con toda nuestra mente, y con todas nuestras fuerzas»; es desear solo a Dios por sí mismo, y ninguna otra cosa sino con referencia a él; es regocijarse en Dios; deleitarse en el Señor; no solo buscar, sino hallar, la felicidad en él; gozar de Dios como el señalado entre diez mil; reposar en él como nuestro Dios y nuestro todo; en una palabra, tener tal posesión de Dios que nos haga siempre felices.
6. Lo Tercero que hemos de entender por servir a Dios es asemejarnos a él o imitarle.
Así dice el antiguo Padre: Optimus Dei cultus, imitari quem colis: «El mejor culto o servicio de Dios es imitar a aquel a quien adoras».
Hablamos aquí de imitarle o asemejarnos a él en el espíritu de nuestra mente, porque aquí comienza la verdadera imitación cristiana de Dios. «Dios es Espíritu»; y los que le imitan o se le asemejan deben hacerlo «en espíritu y en verdad».
Ahora bien, Dios es amor; por tanto, los que se le asemejan en el espíritu de su mente son transformados en la misma imagen. Son misericordiosos así como él es misericordioso. Su alma es toda amor. Son bondadosos, benévolos, compasivos, de corazón tierno; y no solo con los buenos y apacibles, sino también con los rigurosos. Más aún, son, como él, amorosos para con todo hombre, y su misericordia se extiende sobre todas sus obras.
7. Una cosa más hemos de entender por servir a Dios, y es obedecerle: glorificarle en nuestro cuerpo tanto como en nuestro espíritu; guardar sus mandamientos exteriores; hacer con celo todo lo que él ha ordenado; evitar con cuidado todo lo que ha prohibido; realizar todas las acciones ordinarias de la vida con ojo sencillo y corazón puro, ofreciéndolas todas en amor santo y ferviente, como sacrificios a Dios por medio de Jesucristo.
8. Consideremos ahora qué hemos de entender, por otra parte, por servir a Mammón. Y, en primer lugar, implica confiar en las riquezas, en el dinero o en las cosas que con él pueden comprarse, como nuestra fuerza, el medio por el cual llevaremos a cabo cualquier empresa que tengamos entre manos; confiar en ellas como nuestro auxilio, por el cual esperamos ser consolados en la angustia o librados de ella.
Implica confiar en el mundo para nuestra felicidad; suponer que «la vida del hombre», el bienestar de su vida, «consiste en la abundancia de los bienes que posee»; buscar el reposo en las cosas que se ven, el contentamiento en la abundancia exterior; esperar en las cosas del mundo aquella satisfacción que nunca puede hallarse fuera de Dios.
Y si hacemos esto, no podemos sino hacer del mundo nuestro fin; el fin último, si no de todas, al menos de muchas de nuestras empresas, de muchas de nuestras acciones y designios; en los cuales solo apuntaremos a aumentar nuestra riqueza, a obtener placer o alabanza, a ganar una medida mayor de cosas temporales, sin ninguna referencia a las cosas eternas.
9. Servir a Mammón implica, en segundo lugar, amar el mundo; desearlo por sí mismo; poner nuestro gozo en las cosas que hay en él y poner en ellas el corazón; buscar en él nuestra felicidad (lo cual, en verdad, es imposible que hallemos); descansar con todo el peso de nuestra alma sobre el bordón de esta caña quebrada, aunque la experiencia diaria muestra que no puede sostenernos, sino que solo «entrará por la mano y la atravesará».
10. Asemejarse al mundo, conformarse a él, es lo Tercero que hemos de entender por servir a Mammón: tener no solo designios, sino deseos, disposiciones y afectos acordes con los del mundo; ser de una mente terrenal y sensual, encadenada a las cosas de la tierra; ser obstinados, amadores desordenados de nosotros mismos; tener un alto concepto de nuestros propios logros; desear la alabanza de los hombres y deleitarse en ella; temer, rehuir y aborrecer el oprobio; no soportar la reprensión, ser fáciles de provocar y prontos a devolver mal por mal.
11. Servir a Mammón es, por último, obedecer al mundo, conformándonos exteriormente a sus máximas y costumbres; andar como andan los demás hombres, por el camino común, por la senda ancha, llana y trillada; ir a la moda; seguir a la multitud; hacer como el resto de nuestros vecinos; es decir, hacer la voluntad de la carne y de los pensamientos, satisfacer nuestros apetitos e inclinaciones; sacrificar a nosotros mismos; buscar nuestra propia comodidad y placer en el curso general tanto de nuestras palabras como de nuestras acciones.
Ahora bien, ¿qué puede haber más innegablemente claro que el hecho de que no podemos servir así a Dios y a Mammón?
12. ¿No ve todo hombre que no puede servir a ambos con sosiego? ¿Que andar con rodeos entre Dios y el mundo es el camino seguro para quedar defraudado en ambos, y para no tener reposo ni en el uno ni en el otro? ¡Cuán desasosegada ha de ser la condición de aquel que, teniendo el temor pero no el amor de Dios, que, sirviéndole, pero no de todo corazón, solo tiene las fatigas y no los gozos de la religión! Tiene religión bastante para hacerle desdichado, pero no bastante para hacerle feliz: su religión no le deja gozar del mundo, y el mundo no le deja gozar de Dios. De modo que, claudicando entre ambos, pierde ambos; y no tiene paz ni en Dios ni en el mundo.
13. ¿No ve todo hombre que no puede servir a ambos en coherencia consigo mismo? ¿Qué incoherencia más flagrante puede concebirse que la que ha de aparecer continuamente en toda la conducta de aquel que se esfuerza por obedecer a estos dos señores, procurando «servir a Dios y a Mammón»? Es en verdad un «pecador que anda por dos caminos»; un paso adelante y otro atrás. Continuamente edifica con una mano y derriba con la otra. Ama el pecado y lo aborrece; siempre busca a Dios, y siempre huye de él. Quiere y no quiere. No es el mismo hombre un día entero; no, ni una hora seguida. Es una abigarrada mezcla de toda suerte de contrariedades; un montón de contradicciones revueltas en uno. ¡Oh, sé coherente contigo mismo, de un modo o de otro! Vuélvete a la mano derecha o a la izquierda. Si Mammón es Dios, sírvele a él; si lo es el Señor, entonces sírvele a él. Pero nunca pienses en servir a ninguno de los dos, si no es con todo tu corazón.
14. ¿No ve todo hombre razonable, todo hombre que piensa, que no le es posible servir a Dios y a Mammón? Porque entre ellos hay la más absoluta contrariedad, la más irreconciliable enemistad. La contrariedad entre las cosas más opuestas de la tierra, entre el fuego y el agua, entre las tinieblas y la luz, se desvanece en nada comparada con la contrariedad entre Dios y Mammón. De modo que, en cualquier aspecto en que sirváis al uno, necesariamente renunciáis al otro. ¿Creéis en Dios por medio de Cristo? ¿Confiáis en él como vuestra fuerza, vuestro auxilio, vuestro escudo y vuestro galardón sobremanera grande? ¿Como vuestra felicidad? ¿Vuestro fin en todo, por encima de todas las cosas? Entonces no podéis confiar en las riquezas. Es absolutamente imposible que lo hagáis, mientras tengáis esta fe en Dios. ¿Confiáis así en las riquezas? Entonces habéis negado la fe. No confiáis en el Dios vivo. ¿Amáis a Dios? ¿Buscáis y halláis la felicidad en él? Entonces no podéis amar al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Estáis crucificados al mundo, y el mundo os está crucificado a vosotros. ¿Amáis al mundo? ¿Están vuestros afectos puestos en las cosas de abajo? ¿Buscáis la felicidad en las cosas terrenales? Entonces es imposible que améis a Dios. Entonces el amor del Padre no está en vosotros. ¿Os asemejáis a Dios? ¿Sois misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso? ¿Sois transformados por la renovación de vuestra mente a la imagen del que os creó? Entonces no podéis conformaros a este siglo presente. Habéis renunciado a todos sus afectos y concupiscencias. ¿Os conformáis al mundo? ¿Lleva vuestra alma todavía la imagen del terrenal? Entonces no estáis renovados en el espíritu de vuestra mente. No lleváis la imagen del celestial. ¿Obedecéis a Dios? ¿Sois celosos en hacer su voluntad en la tierra como la hacen los ángeles en el cielo? Entonces es imposible que obedezcáis a Mammón. Entonces desafiáis abiertamente al mundo. Pisoteáis sus costumbres y máximas, y no queréis seguirlas ni dejaros llevar por ellas. ¿Seguís al mundo? ¿Vivís como los demás hombres? ¿Agradáis a los hombres? ¿Os agradáis a vosotros mismos? Entonces no podéis ser siervos de Dios. Sois de vuestro señor y padre, el diablo.
15. Por tanto, «al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás». Dejarás a un lado todo pensamiento de obedecer a dos señores, de servir a Dios y a Mammón. No te propondrás ningún fin, ningún auxilio, ninguna felicidad, sino a Dios. No buscarás nada en la tierra ni en el cielo sino a él; no aspirarás a nada sino a conocerle, amarle y gozar de él. Y porque este es todo tu quehacer aquí abajo, la única mira que razonablemente puedes tener, el único designio que has de perseguir en todas las cosas, «Por tanto os digo» (como prosigue nuestro Señor su discurso), «no os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir»: una dirección profunda y de mucho peso, que nos importa considerar bien y entender a fondo.
16. Nuestro Señor no exige aquí que estemos enteramente libres de todo afán, aun en lo que toca a los asuntos de esta vida. Una disposición atolondrada y descuidada está en el extremo más remoto de toda la religión de Jesucristo. Tampoco nos exige que seamos «perezosos en lo que requiere diligencia», flojos y dilatorios en ello. Esto es asimismo contrario a todo el espíritu y genio de su religión. El cristiano aborrece la pereza tanto como la embriaguez, y huye de la ociosidad como huye del adulterio. Sabe bien que hay una clase de afán y de cuidado en la cual Dios se complace; que es absolutamente necesaria para el debido cumplimiento de aquellas obras exteriores a las cuales la providencia de Dios le ha llamado.
Es voluntad de Dios que cada hombre trabaje para comer su propio pan; sí, y que cada hombre provea para los suyos, para los de su casa. Es asimismo su voluntad que «no debamos a nadie nada, sino que procuremos lo bueno delante de todos los hombres». Pero esto no puede hacerse sin algún afán, sin tener algún cuidado en la mente; sí, a menudo, no sin largo y serio pensamiento, no sin mucho y diligente cuidado. Por consiguiente, este cuidado de proveer para nosotros mismos y para nuestra casa, este pensar en cómo dar a todos lo que se les debe, nuestro bendito Señor no lo condena. Más aún, es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador.
Es bueno y agradable a Dios que pensemos de tal modo en cualquier cosa que tengamos entre manos, que tengamos una comprensión clara de lo que vamos a hacer, y que planeemos nuestro asunto antes de emprenderlo. Y es justo que consideremos con cuidado, de tiempo en tiempo, qué pasos hemos de dar en él; así como que lo preparemos todo de antemano para llevarlo adelante de la manera más eficaz. Este cuidado, llamado por algunos «el cuidado de la cabeza», de ninguna manera fue el propósito de nuestro Señor condenarlo.
17. Lo que aquí condena es el cuidado del corazón: el cuidado ansioso e inquieto, el cuidado que tiene tormento, todo aquel cuidado que hace daño, sea al alma o al cuerpo. Lo que prohíbe es aquel cuidado que, como muestra la triste experiencia, consume la sangre y agota el ánimo; que anticipa toda la desdicha que teme y viene a atormentarnos antes de tiempo. Prohíbe solo aquel cuidado que envenena las bendiciones de hoy por temor de lo que pueda suceder mañana; que no puede gozar de la abundancia presente por el recelo de una necesidad futura. Este cuidado no solo es una enfermedad dolorosa, un grave mal del alma, sino también una ofensa abominable contra Dios, un pecado del tinte más oscuro. Es una grave afrenta al bondadoso Gobernador y sabio Ordenador de todas las cosas; pues implica necesariamente que el gran Juez no hace lo recto, que no ordena bien todas las cosas. Implica claramente que le falta, o bien sabiduría, si no sabe qué cosas necesitamos, o bien bondad, si no provee esas cosas para todos los que ponen su confianza en él. Guardaos, pues, de afanaros en este sentido: por nada estéis ansiosamente afanosos. No tengáis afán inquieto: esta es una regla llana y segura: el cuidado inquieto es cuidado ilícito. Con ojo sencillo puesto en Dios, haced todo lo que esté de vuestra parte para procurar lo bueno delante de todos los hombres. Y luego entregadlo todo en mejores manos; dejad todo el resultado a Dios.
18. «No os afanéis» de esta manera, sin afán inquieto, ni aun «por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?». Si, pues, Dios os dio la vida, que es el don mayor, ¿no os dará el alimento para sustentarla? Si os ha dado el cuerpo, ¿cómo podéis dudar de que os dará vestido para cubrirlo? Sobre todo si os entregáis a él y le servís de todo corazón. «Mirad», ved delante de vuestros ojos, «las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros»; y, sin embargo, nada les falta; «y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No sois vosotros mucho mejores que ellas?». Vosotros, que sois criaturas capaces de Dios, ¿no sois de más estima a los ojos de Dios, de un rango más alto en la escala de los seres? «¿Y quién de vosotros podrá, afanándose, añadir a su estatura un codo?». ¿Qué provecho tenéis, pues, de este afán ansioso? Es de todo punto infructuoso y vano.
«Y por el vestido, ¿por qué os afanáis?». ¿No tenéis una reprensión diaria dondequiera que volvéis los ojos? «Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; mas os digo que ni aun Salomón con toda su gloria fue vestido así como uno de ellos. Y si la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada en el horno» (es cortada, quemada, y no se ve más), «Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe?». ¡A vosotros, a quienes él hizo para durar por los siglos de los siglos, para ser retratos de su propia eternidad! En verdad sois de poca fe; de otro modo no podríais dudar de su amor y de su cuidado, no, ni por un momento.
19. «No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos», si no nos hacemos tesoro en la tierra? «¿Qué beberemos», si servimos a Dios con todas nuestras fuerzas, si nuestro ojo está fijo solo en él? «¿Con qué nos vestiremos», si no nos conformamos al mundo, si desagradamos a aquellos de quienes podríamos sacar provecho? «Porque los gentiles buscan todas estas cosas»: los paganos que no conocen a Dios. Pero vosotros sabéis que «vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas». Y él os ha señalado un camino infalible para ser constantemente provistos de ellas: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas».
20. «Buscad primeramente el reino de Dios»: antes de dar lugar a cualquier otro pensamiento o cuidado, sea vuestro empeño que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (que «dio a su Hijo unigénito», a fin de que, creyendo en él, «no os perdáis, sino que tengáis vida eterna») reine en vuestro corazón, se manifieste en vuestra alma, y more y gobierne allí; que «derribe toda altura que se levanta contra el conocimiento de Dios, y lleve cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo». Que Dios tenga el dominio exclusivo sobre vosotros; que reine sin rival; que posea todo vuestro corazón y gobierne solo. Sea él vuestro único deseo, vuestro gozo, vuestro amor; de modo que todo lo que hay dentro de vosotros clame continuamente: «Reina el Señor nuestro Dios Todopoderoso».
«Buscad el reino de Dios y su justicia». La justicia es el fruto del reinado de Dios en el corazón. ¿Y qué es la justicia sino amor?: el amor de Dios y de todo el género humano, que mana de la fe en Jesucristo y produce humildad de mente, mansedumbre, benignidad, longanimidad, paciencia, muerte al mundo, y toda recta disposición del corazón para con Dios y para con el hombre. Y por medio de estas produce todas las acciones santas, todo lo que es amable o de buen nombre; todas las obras de fe y trabajos de amor que son aceptables a Dios y provechosos al hombre.
«Su justicia»: esta es enteramente su justicia todavía: es su propio don gratuito para nosotros, por causa de Jesucristo el justo, por quien únicamente nos ha sido comprada. Y es obra suya; es él solo quien la obra en nosotros, por la inspiración del Espíritu Santo.
21. Quizá el observar bien esto arroje luz sobre algunas otras escrituras que no siempre hemos entendido con tanta claridad. San Pablo, hablando en su Epístola a los Romanos acerca de los judíos incrédulos, dice: «Ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios». Creo que este puede ser uno de los sentidos de las palabras: «ignoraban la justicia de Dios», no solo la justicia de Cristo, imputada a todo creyente, por la cual son borrados todos sus pecados y él es reconciliado con el favor de Dios, sino (lo cual parece entenderse aquí de manera más inmediata) ignoraban aquella justicia interior, aquella santidad de corazón, que con la mayor propiedad se llama la justicia de Dios, por ser a la vez su propio don gratuito por medio de Cristo y su propia obra, por su Espíritu todopoderoso. Y porque «ignoraban» esto, «procuraban establecer su propia justicia». Se afanaban por establecer aquella justicia exterior que muy propiamente podía llamarse suya. Porque ni fue obrada por el Espíritu de Dios, ni fue reconocida ni aceptada por él. Podían obrarla ellos mismos, por sus propias fuerzas naturales; y una vez hecha, era hedor en sus narices. Y, sin embargo, confiando en ella, «no se sujetaban a la justicia de Dios». Más aún, se endurecían contra aquella fe por la cual solamente era posible alcanzarla. «Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree». Cristo, cuando dijo: «¡Consumado es!», puso fin a aquella ley, a la ley de los ritos y ceremonias externos, para introducir una justicia mejor por medio de su sangre, por aquella única ofrenda de sí mismo hecha una vez para siempre, a saber, la imagen de Dios, en lo más íntimo del alma de todo aquel que cree.
22. Estrechamente relacionadas con estas están aquellas palabras del Apóstol en su Epístola a los Filipenses: «Lo tengo todo por estiércol, para ganar a Cristo»: la entrada en su reino eterno; «y ser hallado en él», creyendo en él, «no teniendo mi justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe». «No teniendo mi justicia, que es por la ley»: una justicia meramente externa, la religión exterior que yo tenía antes, cuando esperaba ser aceptado por Dios porque era, «en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible»; «sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe»; [Filipenses 3:8–9] aquella santidad de corazón, aquella renovación del alma en todos sus deseos, disposiciones y afectos, «que es de Dios» (es obra de Dios y no del hombre), «por la fe»: por la fe de Cristo, por la revelación de Jesucristo en nosotros y por la fe en su sangre; por la cual solamente obtenemos la remisión de nuestros pecados y herencia entre los santificados.
23. «Buscad primeramente» este «reino de Dios» en vuestro corazón; esta justicia, que es don y obra de Dios, la imagen de Dios renovada en vuestras almas; «y todas estas cosas os serán añadidas»: todas las cosas necesarias para el cuerpo; tal medida de todo como Dios vea más conveniente para el adelanto de su reino. Estas os serán añadidas: se os darán por añadidura, por encima y además. Buscando la paz y el amor de Dios, no solo hallaréis lo que buscáis más inmediatamente, a saber, el reino que no puede ser movido, sino también lo que no buscáis, en absoluto por sí mismo, sino solo en relación con lo otro. Hallaréis en vuestro camino hacia el reino todas las cosas exteriores, en cuanto os convengan. Este cuidado Dios lo ha tomado sobre sí: echad vosotros toda vuestra solicitud en él. Él conoce vuestras necesidades, y cualquier cosa que falte no dejará de suplirla.
24. «Así que no os afanéis por el día de mañana». No solo no os afanéis por cómo haceros tesoros en la tierra, por cómo aumentar vuestros bienes mundanos; no os afanéis por cómo procuraros más alimento del que podéis comer, o más vestido del que podéis poneros, o más dinero del que se requiere día a día para los fines sencillos y razonables de la vida; sino que no tengáis afán inquieto ni aun acerca de las cosas que son absolutamente necesarias para el cuerpo. No os turbéis ahora pensando en lo que haréis en un tiempo que aún está lejos. Quizá ese tiempo nunca llegue; o no será asunto vuestro: antes de entonces habréis atravesado todas las olas y habréis desembarcado en la eternidad. Todas esas miras lejanas no os pertenecen a vosotros, que no sois sino criaturas de un día. Más aún, hablando con más rigor, ¿qué tenéis que ver con el mañana? ¿Por qué habéis de inquietaros sin necesidad? Dios os provee hoy lo necesario para sustentar la vida que os ha dado. Basta: entregaos en sus manos. Si vivís otro día, él proveerá también para ese.
25. Sobre todo, no hagáis del cuidado de las cosas futuras un pretexto para descuidar el deber presente. Esta es la manera más funesta de «afanarse por el día de mañana». ¡Y cuán común es entre los hombres! Muchos, si los exhortamos a tener una conciencia sin ofensa, a abstenerse de lo que están convencidos que es malo, no tienen reparo en responder: «¿Cómo hemos de vivir, entonces? ¿No hemos de cuidar de nosotros mismos y de nuestras familias?». Y esto se imaginan que es razón suficiente para continuar en un pecado conocido y voluntario. Dicen, y quizá piensan, que servirían a Dios ahora si no fuera porque, dentro de poco, perderían su pan. Se prepararían para la eternidad; pero temen que les falte lo necesario para la vida. Así sirven al diablo por un bocado de pan; se precipitan en el infierno por miedo a la necesidad; ¡echan a perder sus pobres almas, no sea que algún día les falte lo necesario para el cuerpo!
No es extraño que quienes así quitan el asunto de la mano de Dios se vean tan a menudo defraudados de las mismas cosas que buscan; que, mientras desechan el cielo para asegurarse las cosas de la tierra, pierdan lo uno sin ganar lo otro. El Dios celoso, en el sabio curso de su providencia, permite esto con frecuencia. De modo que los que no quieren echar su cuidado en Dios, los que, afanándose por las cosas temporales, poco se interesan por las eternas, pierden la misma porción que han escogido. Hay un tizón visible sobre todas sus empresas; todo lo que hacen no prospera; tanto que, después de haber abandonado a Dios por el mundo, pierden lo que buscaban tanto como lo que no buscaban: quedan privados del reino de Dios y de su justicia, y tampoco les son añadidas las demás cosas.
26. Hay otra manera de «afanarse por el día de mañana» que está igualmente prohibida en estas palabras. Es posible afanarse de un modo indebido aun respecto a las cosas espirituales; preocuparse tanto por lo que pueda suceder más adelante que se descuide lo que ahora se requiere de nuestras manos. ¡Cuán insensiblemente nos deslizamos en esto, si no velamos continuamente en oración! ¡Cuán fácilmente nos dejamos llevar, en una especie de sueño despierto, proyectando planes lejanos y pintando bellas escenas en nuestra propia imaginación! ¡Pensamos cuánto bien haremos cuando estemos en tal lugar, o cuando llegue tal tiempo! ¡Cuán útiles seremos, cuán abundantes en buenas obras, cuando nuestras circunstancias sean más holgadas! ¡Con cuánto fervor serviremos a Dios, una vez que tal estorbo esté fuera del camino!
O quizá estás ahora en angustia de alma: Dios, por así decirlo, esconde de ti su rostro. Ves poco de la luz de su semblante; no puedes gustar su amor redentor. En tal disposición de ánimo, ¡cuán natural es decir: «¡Oh, cómo alabaré a Dios cuando la luz de su semblante vuelva a alzarse sobre mi alma! ¡Cómo exhortaré a otros a alabarle, cuando su amor sea otra vez derramado en mi corazón! Entonces haré esto y aquello: hablaré por Dios en todo lugar; no me avergonzaré del evangelio de Cristo. Entonces redimiré el tiempo: usaré hasta lo sumo cada talento que he recibido»! No te creas a ti mismo. No lo harás entonces, a menos que lo hagas ahora. «El que es fiel en lo poco», sea de la clase que sea, ya se trate de bienes mundanos, ya del temor o del amor de Dios, «también en lo mucho es fiel». Pero si ahora escondes un talento en la tierra, entonces esconderás cinco; esto es, si alguna vez te son dados; pero hay poca razón para esperar que lo sean jamás. En verdad, «a cualquiera que tiene», es decir, que usa lo que tiene, «le será dado, y tendrá más abundantemente. Pero al que no tiene», es decir, al que no usa la gracia que ya ha recibido, sea en mayor o en menor grado, «aun lo que tiene le será quitado».
27. Y no te afanes por las tentaciones de mañana. También este es un lazo peligroso. No pienses: «Cuando venga tal tentación, ¿qué haré? ¿Cómo me mantendré firme? Siento que no tengo poder para resistir. No soy capaz de vencer a ese enemigo». Muy cierto: no tienes ahora el poder que ahora no necesitas. No eres capaz en este momento de vencer a ese enemigo; y en este momento él no te asalta. Con la gracia que tienes ahora, no podrías resistir las tentaciones que no tienes. Pero cuando venga la tentación, vendrá la gracia. En pruebas mayores tendrás mayor fuerza. Cuando abunden los sufrimientos, las consolaciones de Dios abundarán también en la misma proporción. De modo que, en toda situación, la gracia de Dios te bastará. Él no te deja «ser tentado» hoy «más de lo que puedes llevar»; y «en toda tentación dará la salida». «Como tus días, así será tu fortaleza».
28. «El día de mañana», pues, «traerá su afán»; es decir, cuando llegue el mañana, piensa entonces en él. Vive tú hoy. Sea tu empeño diligente aprovechar la hora presente. Esta es tuya, y es todo lo que tienes. El pasado es como nada, como si nunca hubiera sido. El futuro no es nada para ti. No es tuyo; quizá nunca lo sea. No hay que contar con lo que aún ha de venir, porque «no sabes qué dará de sí el día». Por tanto, vive hoy; no pierdas una hora; usa este momento, porque es tu porción. «¿Quién sabe las cosas que fueron antes de él, o las que serán después de él debajo del sol?». Las generaciones que hubo desde el principio del mundo, ¿dónde están ahora? Huyeron; olvidadas. Fueron; vivieron su día; fueron sacudidas de la tierra como las hojas de sus árboles; ¡se deshicieron en polvo común! Otra y otra raza les sucedieron; luego «entraron a la generación de sus padres, y nunca más verán la luz». Ahora es tu turno sobre la tierra. «¡Alégrate, joven, en los días de tu juventud! Goza del ahora mismo, del ahora mismo, gozando de aquel «cuyos años no se acabarán». ¡Pon ahora tu ojo fijo solo en aquel «en quien no hay mudanza ni sombra de variación»! Dale ahora tu corazón; apóyate ahora en él; sé ahora santo, como él es santo. ¡Echa mano ahora de la bendita oportunidad de hacer su voluntad agradable y perfecta! ¡Regocíjate ahora de «perderlo todo», con tal de «ganar a Cristo»!
29. Sufre hoy de buena gana, por amor de su nombre, todo lo que él permita que venga sobre ti en este día. Pero no mires los sufrimientos de mañana. «Basta a cada día su propio mal». Mal es, hablando a la manera de los hombres, ya sea oprobio o necesidad, dolor o enfermedad; pero en el lenguaje de Dios todo es bendición: es un bálsamo precioso, preparado por la sabiduría de Dios y dispensado de diversas maneras entre sus hijos, conforme a las diversas enfermedades de sus almas. Y él da en un día lo suficiente para ese día, proporcionado a la necesidad y a la fuerza del paciente. Si, pues, arrebatas hoy lo que pertenece al mañana; si lo añades a lo que ya se te ha dado, será más de lo que puedes llevar: este es el camino, no para sanar, sino para destruir tu propia alma. Toma, pues, exactamente tanto como él te da hoy. ¡Hoy haz y sufre su voluntad! ¡Hoy entrégate a ti mismo, tu cuerpo, alma y espíritu, a Dios por medio de Cristo Jesús; no deseando nada sino que Dios sea glorificado en todo lo que eres, en todo lo que haces, en todo lo que sufres; no buscando nada sino conocer a Dios y a su Hijo Jesucristo, por el Espíritu eterno; no persiguiendo nada sino amarle, servirle y gozar de él en esta hora y por toda la eternidad!
Ahora, a «Dios Padre, que me ha creado a mí y a todo el mundo»; a «Dios Hijo, que me ha redimido a mí y a todo el género humano»; a «Dios Espíritu Santo, que me santifica a mí y a todo el pueblo escogido de Dios», sea la honra y la alabanza, la majestad y el dominio, ¡por los siglos de los siglos! Amén.
Capítulo 30 completado
Discurso 9