Capítulo 29 · 37 min de lectura · 47 min de escucha
Discurso 8
Sermón 28
Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor
Discurso 8
«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; mas haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz. Pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará lleno de tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¡cuán grandes son esas tinieblas!»
Mateo 6:19–23.
1. De aquellas acciones que comúnmente se llaman religiosas, y que son verdaderas ramas de la religión verdadera cuando brotan de una intención pura y santa y se realizan de una manera conforme a ella, —nuestro Señor pasa a las acciones de la vida común, y muestra que la misma pureza de intención se requiere de modo tan indispensable en nuestros asuntos ordinarios como en el dar limosna, o en el ayuno, o en la oración.
Y, sin duda alguna, la misma pureza de intención «que hace aceptables nuestras limosnas y devociones debe hacer también de nuestro trabajo u ocupación una ofrenda apropiada a Dios. Si un hombre se dedica a sus negocios para elevarse a un estado de honra y de riquezas en el mundo, ya no sirve a Dios en su ocupación, y no tiene más derecho a una recompensa de Dios que el que da limosna para ser visto, u ora para ser oído de los hombres. Porque los designios vanos y terrenales no son más lícitos en nuestras ocupaciones que en nuestras limosnas y devociones. No solo son malos cuando se mezclan con nuestras buenas obras», con nuestras acciones religiosas, «sino que tienen la misma naturaleza mala cuando entran en los asuntos comunes de nuestras ocupaciones. Si fuese lícito perseguirlos en nuestras ocupaciones mundanas, sería lícito perseguirlos en nuestras devociones. Pero así como nuestras limosnas y devociones no son un servicio aceptable sino cuando proceden de una intención pura, así nuestra ocupación común no puede contarse como un servicio a él sino cuando se realiza con la misma piedad de corazón».
2. Esto lo declara nuestro bendito Señor de la manera más viva en aquellas palabras fuertes y comprensivas que explica, refuerza y amplía a lo largo de todo este capítulo: «La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará lleno de tinieblas». El ojo es la intención: lo que el ojo es para el cuerpo, eso es la intención para el alma. Como el uno guía todos los movimientos del cuerpo, así la otra guía los del alma. Se dice, pues, que este ojo del alma es sencillo cuando mira a una sola cosa; cuando no tenemos otro designio que «conocer a Dios, y a Jesucristo, al cual ha enviado», —conocerle con los afectos que le corresponden, amándole como él nos ha amado; agradar a Dios en todas las cosas; servir a Dios (como le amamos) con todo nuestro corazón, mente, alma y fuerzas; y gozar de Dios en todas las cosas y por encima de todas ellas, en el tiempo y en la eternidad.
3. «Si tu ojo es» así «sencillo», así fijo en Dios, «todo tu cuerpo estará lleno de luz». «Todo tu cuerpo»: —todo lo que es guiado por la intención, como el cuerpo lo es por el ojo. Todo lo que eres, todo lo que haces: tus deseos, disposiciones, afectos; tus pensamientos, y palabras, y acciones. La totalidad de estas cosas «estará llena de luz»; llena del verdadero conocimiento divino. Esto es lo primero que podemos entender aquí por luz. «En su luz verás la luz». «El que antiguamente mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, resplandecerá en tu corazón»: él alumbrará los ojos de tu entendimiento con el conocimiento de la gloria de Dios. Su Espíritu te revelará las cosas profundas de Dios. La inspiración del Santo te dará entendimiento, y te hará comprender sabiduría en lo secreto. Sí, la unción que recibes de él «permanecerá en ti y te enseñará todas las cosas».
¡Cómo confirma esto la experiencia! Aun después que Dios ha abierto los ojos de nuestro entendimiento, si buscamos o deseamos alguna cosa fuera de Dios, ¡cuán pronto se entenebrece nuestro necio corazón! Entonces las nubes vuelven a posarse sobre nuestras almas. Las dudas y los temores vuelven a abrumarnos. Somos zarandeados de acá para allá, y no sabemos qué hacer, ni cuál es la senda por la que debemos andar. Pero cuando no deseamos ni buscamos otra cosa que a Dios, las nubes y las dudas se desvanecen. Nosotros, que «en otro tiempo éramos tinieblas, ahora somos luz en el Señor». La noche resplandece ahora como el día, y hallamos que «la senda de los rectos es luz». Dios nos muestra la senda por la que debemos andar, y allana el camino delante de nuestro rostro.
4. Lo segundo que podemos entender aquí por luz es la santidad. Mientras busques a Dios en todas las cosas, le hallarás en todas, a él, la fuente de toda santidad, llenándote continuamente de su propia semejanza, de justicia, misericordia y verdad. Mientras mires a Jesús, y a él solo, serás lleno del sentir que hubo en él. Tu alma será renovada de día en día conforme a la imagen de aquel que la creó. Si el ojo de tu mente no se aparta de él, si te sostienes «como viendo al Invisible», y no buscas ninguna otra cosa en el cielo ni en la tierra, entonces, mientras contemplas la gloria del Señor, serás transformado «en la misma imagen, de gloria en gloria, por el Espíritu del Señor».
Y es asimismo materia de experiencia diaria que «por gracia somos» así «salvos por la fe». Es por la fe como el ojo de la mente se abre para ver la luz del glorioso amor de Dios. Y mientras permanece firmemente fijo en ello, en Dios que en Cristo reconcilia consigo al mundo, somos cada vez más llenos del amor de Dios y de los hombres, de mansedumbre, benignidad, longanimidad; de todos los frutos de santidad, que son, por Cristo Jesús, para gloria de Dios Padre.
5. Esta luz que llena al que tiene un ojo sencillo implica, en tercer lugar, felicidad tanto como santidad. Ciertamente «suave es la luz, y agradable a los ojos ver el sol»; pero ¡cuánto más ver al Sol de justicia resplandeciendo continuamente sobre el alma! Y si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna paz que sobrepuja todo entendimiento, si algún gozo en la esperanza de la gloria de Dios, todo ello pertenece a aquel cuyo ojo es sencillo. Así está «todo su cuerpo lleno de luz». Anda en la luz como Dios está en la luz, gozándose siempre, orando sin cesar y dando gracias en todo, gozando de todo cuanto es la voluntad de Dios para con él en Cristo Jesús.
6. «Pero si tu ojo es malo, todo tu cuerpo estará lleno de tinieblas». «Si tu ojo es malo»: —Vemos que no hay término medio entre un ojo sencillo y un ojo malo. Si el ojo no es sencillo, entonces es malo. Si la intención, en todo lo que hacemos, no se dirige únicamente a Dios, si buscamos alguna otra cosa, entonces nuestra «mente y conciencia están contaminadas».
Nuestro ojo es, por tanto, malo si en cualquier cosa que hacemos nos proponemos algún otro fin que Dios; si tenemos alguna otra mira que conocer y amar a Dios, agradarle y servirle en todas las cosas; si tenemos algún otro designio que gozar de Dios, ser felices en él, ahora y para siempre.
7. Si tu ojo no está fijo únicamente en Dios, «todo tu cuerpo estará lleno de tinieblas». El velo permanecerá todavía sobre tu corazón. Tu mente será cada vez más cegada por «el dios de este mundo», «para que no resplandezca sobre ti la luz del glorioso evangelio de Cristo». Estarás lleno de ignorancia y de error en cuanto a las cosas de Dios, no pudiendo recibirlas ni discernirlas. Y aun cuando tengas algún deseo de servir a Dios, estarás lleno de incertidumbre en cuanto a la manera de servirle; hallando dudas y dificultades por todos lados, y sin ver camino alguno de escape.
Más aún, si tu ojo no es sencillo, si buscas alguna de las cosas de la tierra, estarás lleno de impiedad y de injusticia; tus deseos, disposiciones y afectos estarán todos fuera de su curso, todos oscuros, viles y vanos. Y tu conversación será mala tanto como tu corazón; no «sazonada con sal», ni «propia para dar gracia a los oyentes», sino ociosa, inútil, corrompida, ofensiva para el Espíritu Santo de Dios.
8. Destrucción y desventura hay en tus caminos; «porque no has conocido el camino de paz». No hay paz, ninguna paz asentada y sólida, para los que no conocen a Dios. No hay contentamiento verdadero ni duradero para nadie que no le busque de todo corazón. Mientras pongas la mira en alguna de las cosas que perecen, ««todo cuanto viene es vanidad»; sí, no solo vanidad, sino «aflicción de espíritu», y eso tanto al perseguirlo como al disfrutarlo. Andas en verdad en una vana sombra, y en vano te inquietas. Andas en tinieblas que pueden palparse. Sigue durmiendo; pero no puedes hallar tu descanso. Los sueños de la vida pueden dar dolor, y eso tú lo sabes; pero alivio no pueden darlo. No hay descanso en este mundo ni en el venidero, sino solo en Dios, el centro de los espíritus.
«Si la luz que en ti hay es tinieblas, ¡cuán grandes son esas tinieblas!». Si la intención que debería alumbrar toda el alma, llenarla de conocimiento, y de amor, y de paz, y que de hecho así lo hace mientras es sencilla, mientras no mira sino a Dios solo; si esta es tinieblas; si mira a alguna cosa fuera de Dios, y por consiguiente cubre el alma de tinieblas en lugar de luz, de ignorancia y error, de pecado y miseria: ¡oh, cuán grandes son esas tinieblas! ¡Es el mismo humo que sube del pozo del abismo! ¡Es la noche esencial que reina en lo más profundo del abismo, en la tierra de sombra de muerte!
9. Por tanto, «no os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan». Si lo hacéis, es evidente que vuestro ojo es malo; que no está fijo únicamente en Dios.
En lo que toca a la mayor parte de los mandamientos de Dios, ya se refieran al corazón o a la vida, los paganos de África o de América están casi al mismo nivel que los que se llaman cristianos. Los cristianos los observan (exceptuados solo unos pocos) casi tanto como los paganos. Por ejemplo: la generalidad de los naturales de Inglaterra, comúnmente llamados cristianos, son tan sobrios y tan templados como la generalidad de los paganos de cerca del cabo de Buena Esperanza. Y así también los cristianos holandeses o franceses son tan humildes y tan castos como los indios choctaw o cherokee. No es fácil decir, cuando comparamos el grueso de las naciones de Europa con las de América, de qué lado está la superioridad. Al menos el americano no lleva mucha ventaja. Pero no podemos afirmar esto con respecto al mandamiento que ahora tenemos delante. Aquí el pagano tiene con mucho la preeminencia. No desea ni busca más que un alimento sencillo que comer y un vestido sencillo que ponerse. Y esto lo busca solo de día en día. No reserva, no atesora nada; a no ser tanto grano en una estación del año como necesitará antes que esa estación vuelva. Este mandamiento, pues, los paganos, aunque no lo conocen, lo observan constante y puntualmente. «No se hacen tesoros en la tierra»; ningún acopio de púrpura ni de lino fino, de oro ni de plata, que «la polilla o el orín puedan corromper», o «los ladrones minar y hurtar». Pero ¿cómo observan los cristianos lo que profesan recibir como mandamiento del Dios Altísimo? ¡De ningún modo! En ningún grado; no más que si jamás se hubiese dado al hombre semejante mandamiento. Aun los buenos cristianos, tenidos por tales tanto por otros como por ellos mismos, no le prestan atención alguna. Para el caso que le hacen, bien podría estar todavía escondido en su griego original. ¿En qué ciudad cristiana halláis un hombre entre quinientos que tenga el menor escrúpulo en hacerse tanto tesoro como pueda? —¿en aumentar sus bienes hasta donde le sea posible? Hay, en verdad, quienes no lo harían injustamente; hay muchos que ni robarán ni hurtarán; y algunos que no defraudarán a su prójimo; más aún, que no sacarán ganancia ni de su ignorancia ni de su necesidad. Pero este es un punto muy distinto. Aun estos no tienen escrúpulo de la cosa misma, sino de la manera de hacerla. No tienen escrúpulo de «hacerse tesoros en la tierra», sino de hacérselos con falta de honradez. No retroceden ante la desobediencia a Cristo, sino ante una violación de la moral pagana. De modo que aun estos hombres honrados no obedecen este mandamiento más que un salteador de caminos o un ladrón de casas. Más aún, nunca se propusieron obedecerlo. Desde su juventud jamás les pasó por el pensamiento. Fueron criados por sus padres, maestros y amigos cristianos sin instrucción alguna acerca de él; a no ser esta: quebrantarlo tan pronto y tanto como pudiesen, y seguir quebrantándolo hasta el fin de sus vidas.
10. No hay en el mundo ejemplo alguno de ofuscación espiritual más asombroso que este. La mayor parte de estos mismos hombres leen la Biblia u oyen leerla, —muchos de ellos cada día del Señor. Han leído u oído estas palabras cien veces, y sin embargo nunca sospechan que ellos mismos son condenados por ellas, como tampoco por las que prohíben a los padres ofrecer a sus hijos o hijas a Moloc. ¡Oh, que Dios hablase a estos miserables que se engañan a sí mismos con su propia voz, con su voz poderosa! ¡Que despierten al fin del lazo del diablo, y caigan de sus ojos las escamas!
11. ¿Preguntáis qué es «hacerse tesoros en la tierra»? Será necesario examinarlo a fondo. Y observemos, en primer lugar, qué es lo que no se prohíbe en este mandamiento, para que luego podamos discernir claramente lo que se prohíbe.
No se nos prohíbe en este mandamiento, en primer lugar, «procurar lo honesto delante de todos los hombres», procurar con qué dar a todos lo que se les debe, —todo cuanto puedan justamente exigirnos. Lejos de ello, Dios nos enseña a «no deber a nadie nada». Debemos, pues, usar toda diligencia en nuestra vocación, a fin de no deber a nadie nada; no siendo esto otra cosa que una ley llana de justicia común, que nuestro Señor vino «no a abrogar, sino a cumplir».
Tampoco prohíbe aquí, en segundo lugar, que nos proveamos de aquellas cosas que son necesarias para el cuerpo: lo suficiente de un alimento sencillo y sano que comer, y de un vestido limpio que ponernos. Antes bien, es nuestro deber, en cuanto Dios lo pone en nuestro poder, proveernos también de estas cosas, a fin de que podamos «comer nuestro propio pan» y no ser gravosos a nadie.
Ni se nos prohíbe tampoco, en tercer lugar, proveer para nuestros hijos y para los de nuestra propia casa. También esto es deber nuestro hacerlo, aun según los principios de la moral pagana. Todo hombre debe proveer lo sencillamente necesario para la vida tanto a su esposa como a sus hijos, y ponerlos en condición de proveérselo a sí mismos cuando él se haya ido de aquí y no sea más visto. Digo, de proveerse esto, lo sencillamente necesario para la vida; no delicadezas, no cosas superfluas; —y eso por su trabajo diligente; porque no es deber de nadie proporcionarles a ellos, como tampoco a sí mismo, los medios ni del lujo ni de la ociosidad. Pero si alguno no provee hasta ese punto para sus propios hijos (así como para las viudas de su propia casa, de quienes habla principalmente san Pablo en aquellas conocidas palabras a Timoteo), en la práctica ha «negado la fe, y es peor que un infiel», o pagano.
Por último. No se nos prohíbe en estas palabras reservar de tiempo en tiempo lo que sea necesario para llevar adelante nuestros negocios mundanos, en tal medida y grado que baste para responder a los propósitos anteriores; —en tal medida que, en primer lugar, no debamos a nadie nada; en segundo lugar, nos procuremos lo necesario para la vida; y, en tercer lugar, lo proporcionemos a los de nuestra casa mientras vivimos, y les dejemos los medios de procurárselo cuando nos hayamos ido a Dios.
12. Ahora podemos discernir claramente (a menos que no queramos discernirlo) qué es lo que aquí se prohíbe. Es el procurar deliberadamente más bienes de este mundo de los que responden a los propósitos anteriores; el afanarse tras una medida mayor de bienes mundanos, un aumento mayor de oro y de plata, —el atesorar algo más de lo que estos fines requieren, —esto es lo que aquí se prohíbe expresa y absolutamente. Si las palabras tienen algún sentido, ha de ser este; porque no admiten ningún otro. Por consiguiente, quienquiera que sea aquel que, no debiendo a nadie nada, y teniendo alimento y vestido para sí y para su casa, junto con lo suficiente para llevar adelante sus negocios mundanos en cuanto responde a estos propósitos razonables; quienquiera, digo, que, hallándose ya en estas circunstancias, busca una porción todavía mayor en la tierra, vive en una negación abierta y habitual del Señor que lo rescató. Ha negado la fe en la práctica, y es peor que» un africano o un americano «infiel».
13. Oíd esto, todos los que moráis en el mundo y amáis el mundo en que moráis. Podéis ser «tenidos en alta estima por los hombres»; pero sois «abominación delante de Dios». ¿Hasta cuándo estarán vuestras almas pegadas al polvo? ¿Hasta cuándo os cargaréis de espeso lodo? ¿Cuándo despertaréis y veréis que los paganos declarados, los paganos especulativos, están más cerca del reino de los cielos que vosotros? ¿Cuándo os persuadiréis a escoger la buena parte, la que no os será quitada? ¿Cuándo procuraréis solamente «haceros tesoros en el cielo», renunciando a todo otro, temiéndolo y aborreciéndolo? Si aspiráis a «haceros tesoros en la tierra», no solo estáis perdiendo vuestro tiempo y gastando vuestras fuerzas en lo que no es pan; porque ¿cuál es el fruto si lo lográis? —¡Habéis asesinado vuestra propia alma! ¡Habéis apagado en ella la última chispa de vida espiritual! ¡Ahora, en verdad, en medio de la vida estáis en la muerte! Sois un hombre vivo, pero un cristiano muerto. «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Vuestro corazón está hundido en el polvo; vuestra alma está pegada a la tierra. Vuestros afectos están puestos, no en las cosas de arriba, sino en las de la tierra; en pobres algarrobas que pueden envenenar, pero no pueden saciar a un espíritu eterno hecho para Dios. Vuestro amor, vuestro gozo, vuestro deseo, están todos puestos en las cosas que perecen con el uso. Habéis arrojado el tesoro del cielo: ¡Dios y Cristo están perdidos! ¡Habéis ganado riquezas, y el fuego del infierno!
14. ¡Oh, «cuán difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas»! Cuando los discípulos de nuestro Señor se asombraron de que hablase así, él estuvo tan lejos de retractarse que repitió la misma importante verdad en términos más fuertes que antes: «Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios». ¡Cuán difícil es para aquellos cuya menor palabra es aplaudida no ser sabios en su propia opinión! ¡Cuán difícil para ellos no creerse mejores que el rebaño pobre, vil e inculto de los hombres! ¡Cuán difícil no buscar la felicidad en sus riquezas, o en cosas que dependen de ellas; en satisfacer los deseos de la carne, los deseos de los ojos o la vanagloria de la vida! Oh ricos, ¿cómo escaparéis de la condenación del infierno? ¡Solo que para Dios todas las cosas son posibles!
15. Y aun si no lo lográis, ¿cuál es el fruto de vuestro esfuerzo por haceros tesoros en la tierra? «Los que quieren enriquecerse» (hoi boulomenoi ploutein, los que lo desean, los que se esfuerzan por ello, lo logren o no) caen en tentación y lazo, en una red, en una trampa del diablo; y en muchas codicias necias y dañosas; epithymias anoetous, deseos con los cuales la razón nada tiene que ver; tales que no pertenecen propiamente a seres racionales e inmortales, sino solo a las bestias brutas que no tienen entendimiento; —que hunden a los hombres en destrucción y perdición, en miseria presente y eterna. Basta que abramos los ojos, y podremos ver a diario las tristes pruebas de esto: hombres que, deseando y resolviendo ser ricos, codiciando el dinero, la raíz de todos los males, ya se han traspasado a sí mismos de muchos dolores, ¡y han anticipado el infierno al que van!
Es muy digna de notarse la cautela con que el Apóstol habla aquí. No afirma esto de los ricos en términos absolutos, porque un hombre puede ser rico sin culpa alguna suya, por una Providencia soberana que se impone a su propia elección; sino que lo afirma de hoi boulomenoi plourein, los que desean o buscan enriquecerse. Las riquezas, peligrosas como son, no siempre hunden a los hombres en destrucción y perdición; pero el deseo de las riquezas sí lo hace: los que con calma las desean y deliberadamente procuran alcanzarlas, ganen de hecho el mundo o no, pierden infaliblemente su propia alma. Estos son los que venden por unas cuantas monedas de oro o de plata a aquel que los compró con su sangre. Estos hacen pacto con la muerte y con el infierno, y su pacto permanecerá. ¡Porque cada día se van haciendo aptos para participar de su herencia con el diablo y sus ángeles!
16. ¡Oh, quién advertirá a esta generación de víboras que huya de la ira venidera! No los que yacen a su puerta o se arrastran a sus pies, deseando saciarse de las migajas que caen de sus mesas. No los que cortejan su favor o temen su ceño: ninguno de los que piensan en lo terrenal. Pero si hay un cristiano sobre la tierra, si hay un hombre que ha vencido al mundo, que no desea nada sino a Dios, y no teme a nadie sino a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno, tú, oh hombre de Dios, habla y no te detengas; ¡alza tu voz como trompeta! ¡Clama a voz en cuello y muestra a estos pecadores honorables la condición desesperada en que se hallan! Quizá uno entre mil tenga oídos para oír, se levante y se sacuda del polvo, rompa estas cadenas que lo atan a la tierra y al fin se haga tesoros en el cielo.
17. Y si sucediera que uno de estos, por el gran poder de Dios, despertara y preguntara: ¿Qué debo hacer para ser salvo?, la respuesta, según los oráculos de Dios, es clara, plena y expresa. Dios no te dice: «Vende todo lo que tienes». Es verdad que aquel que ve el corazón de los hombres juzgó necesario mandar esto en un caso particular, el del joven y rico príncipe. Pero nunca lo estableció como regla general para todos los ricos, en todas las generaciones sucesivas. Su dirección general es, en primer lugar: «No seas altivo». Dios no mira lo que el hombre mira.» No te estima por tus riquezas, tu grandeza o tu tren de vida, ni por ninguna cualidad o talento que se deba directa o indirectamente a tu fortuna, que pueda comprarse o procurarse con ella. Todo esto es para él como estiércol y escoria: que lo sea también para ti. Guárdate de pensar que eres ni una jota más sabio o mejor por todas estas cosas. Pésate en otra balanza: estímate solo por la medida de fe y de amor que Dios te ha dado. Si tienes más del conocimiento y del amor de Dios que él, eres por esta razón, y por ninguna otra, más sabio y mejor, más valioso y honorable que aquel que está con los perros de tu ganado. Pero si no tienes este tesoro, eres más necio, más vil, más verdaderamente despreciable, no diré que el más bajo de los criados bajo tu techo, sino que el mendigo echado a tu puerta, lleno de llagas.
18. En segundo lugar: «No pongas la esperanza en la incertidumbre de las riquezas». No confíes en ellas para tu ayuda; y no confíes en ellas para tu felicidad.
Primero. No confíes en ellas para tu ayuda. Te engañas miserablemente si buscas esto en el oro o en la plata. Estos no pueden ponerte por encima del mundo más de lo que pueden ponerte por encima del diablo. Sabe que tanto el mundo como el príncipe de este mundo se ríen de todos esos preparativos contra ellos. De poco servirán en el día de la angustia, aun si permanecen en la hora de la prueba. Pero no es seguro que permanezcan; porque ¡cuántas veces «se hacen alas y vuelan»! Y si no, ¿qué apoyo darán, aun en las tribulaciones ordinarias de la vida? El deseo de tus ojos, la mujer de tu juventud, tu hijo, tu único hijo, o el amigo que era como tu propia alma, te es quitado de golpe. ¿Reanimarán tus riquezas el barro sin aliento, o harán volver a su reciente morador? ¿Te librarán de la enfermedad, de las dolencias, del dolor? ¿Visitan estas solo a los pobres? No; el que apacienta tus rebaños o labra tu tierra tiene menos enfermedad y dolor que tú. Rara vez lo visitan esos huéspedes indeseados; y si llegan allí, se les echa más fácilmente de la pequeña choza que de los «palacios coronados de nubes». Y mientras tu cuerpo es castigado con dolor, o se consume con una enfermedad que lo extenúa, ¿de qué te sirven tus tesoros? Que responda el pobre pagano:
Ut lippum pictae tabulae, fomenta podagrum,
Auriculas citharae collecta sorde dolentes.
[La ayuda que a los ojos enfermos dan las pinturas,
es la que dan las mesas colmadas a su señor gotoso.]
19. Pero hay a la mano una angustia mayor que todas estas. ¡Has de morir! Has de hundirte en el polvo; volver a la tierra de la que fuiste tomado, mezclarte con el barro común. Tu cuerpo ha de volver a la tierra, como era, mientras tu espíritu vuelve a Dios que lo dio. Y el tiempo se acerca: los años se deslizan con paso veloz aunque silencioso. Quizá tu día está ya muy avanzado: el mediodía de la vida ha pasado, y las sombras de la tarde comienzan a posarse sobre ti. Sientes en ti mismo un decaer que se acerca con certeza. Los manantiales de la vida se agotan aprisa. Ahora bien, ¿qué ayuda hay en tus riquezas? ¿Endulzan la muerte? ¿Hacen amable esa hora solemne? Todo lo contrario. «¡Oh muerte, cuán amarga eres para el hombre que vive en paz en medio de sus posesiones!» ¡Cuán inaceptable le es aquella terrible sentencia: «Esta noche vienen a pedir tu alma»! ¿O impedirán el golpe indeseado, o prolongarán la hora temible? ¿Pueden librar tu alma para que no vea muerte? ¿Pueden devolverte los años pasados? ¿Pueden añadir a tu tiempo señalado un mes, un día, una hora, un momento? ¿O te seguirán más allá de la gran sima los bienes que escogiste aquí por porción? No es así. Desnudo viniste a este mundo; desnudo has de volver.
Linquenda tellus, et domus, et placens
Uxor; neque harum quas colis, arborum,
Te, praeter invisam cupressos,
Ulla brevem dominum sequetur!
[Lo que sigue es la traducción de Boscawen de estos versos de Horacio:
Tus tierras, tu mansión, tu esposa amable,
todo has de dejarlo; tal es la ley de la naturaleza.
Ningún árbol cuyo cultivo hechiza tu vida,
sino el triste ciprés, aguarda tu tumba. — Ed.]
Ciertamente, si estas verdades no fueran demasiado claras para que se repare en ellas, precisamente porque son demasiado claras para que se nieguen, ningún hombre que ha de morir podría confiar su ayuda a la incertidumbre de las riquezas.
20. Y no confíes en ellas para tu felicidad, porque también aquí se las hallará «engañosas en la balanza». En verdad, esto lo puede inferir todo hombre razonable de lo que ya se ha observado. Porque si ni miles de monedas de oro y plata, ni ninguna de las ventajas o placeres que con ellas se compran, pueden impedir que seamos desdichados, se sigue evidentemente que no pueden hacernos felices. ¿Qué felicidad pueden dar a aquel que, en medio de todo, se ve obligado a exclamar:
A mis nuevos salones vuelve sin cesar el triste pensamiento,
¿y en torno a mis techos dorados se cierne el afán?
En verdad, la experiencia es aquí tan plena, tan fuerte e innegable, que hace innecesarios todos los demás argumentos. Apelemos, pues, a los hechos. ¿Son los ricos y los grandes los únicos hombres felices? ¿Y es cada uno de ellos más o menos feliz en proporción a la medida de sus riquezas? ¿Son siquiera felices? ¡Casi había dicho que son los más desdichados de todos los hombres! Hombre rico, por una vez di la verdad desde el fondo de tu corazón. ¡Habla, tanto por ti mismo como por tus hermanos!
En medio de nuestra abundancia, todavía algo,
a mí, a ti, a él, ¡nos falta!
Ese algo cruel que no se posee
corroe y fermenta todo lo demás.
Sí, y así seguirá, hasta que tus días fatigosos de vanidad se cierren en la noche de la muerte.
¡Ciertamente, pues, confiar en las riquezas para ser feliz es la mayor de todas las necedades que hay debajo del sol! ¿No estás convencido de ello? ¿Es posible que aún esperes hallar la felicidad en el dinero o en todo lo que puede procurar? ¡Qué! ¿Pueden la plata y el oro, el comer y el beber, los caballos y los criados, los vestidos relucientes, las diversiones y los placeres (como se les llama) hacerte feliz? ¡Tan pronto podrían hacerte inmortal!
21. Todas estas cosas son pompa muerta. No las tengas en cuenta. Confía tú en el Dios vivo; así estarás seguro bajo la sombra del Omnipotente; su fidelidad y su verdad serán tu escudo y tu adarga. Él es nuestro pronto auxilio en las tribulaciones, un auxilio tal que nunca puede fallar. Entonces dirás, aunque mueran todos tus demás amigos: «¡Vive el Señor, y bendito sea mi fuerte ayudador!». Él se acordará de ti cuando yazgas enfermo en tu lecho, cuando vana es la ayuda del hombre. Cuando ninguna de las cosas de la tierra pueda darte apoyo, él «mullirá toda tu cama en tu enfermedad». Él endulzará tu dolor; las consolaciones de Dios te harán batir palmas en medio de las llamas. Y aun cuando esta casa de tierra» esté casi derribada, cuando esté a punto de caer en el polvo, él te enseñará a decir: «¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Gracias a Dios, que» me «da la victoria por» mi «Señor Jesucristo».
Oh, confía en él para tu felicidad tanto como para tu ayuda. Todos los manantiales de la felicidad están en él. Confía en aquel «que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos», parechonti plousiOs panta eis apolausin, que de su propia misericordia rica y gratuita nos las tiende como en su propia mano, para que, recibiéndolas como don suyo y como prendas de su amor, disfrutemos de todo lo que poseemos. Es su amor el que da sabor a todo lo que gustamos, el que pone vida y dulzura en todo, mientras cada criatura nos eleva hasta el gran Creador, y toda la tierra es una escala hacia el cielo. Él transfunde los gozos que están a su diestra en todo lo que concede a sus hijos agradecidos, quienes, teniendo comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, lo disfrutan a él en todo y por encima de todo.
22. En tercer lugar, no procures aumentar tus bienes. No te hagas «tesoros en la tierra». Este es un mandamiento llano y positivo, tan claro como «No cometerás adulterio». ¿Cómo es posible, entonces, que un rico se haga más rico sin negar al Señor que lo rescató? Más aún, ¿cómo puede un hombre que ya tiene lo necesario para la vida ganar más o aspirar a más, y quedar sin culpa? «No os hagáis», dice nuestro Señor, «tesoros en la tierra». Si, a pesar de esto, haces y quieres seguir haciendo acopio de dinero o de bienes, que «la polilla o el orín pueden corromper, o los ladrones minar y hurtar»; si quieres juntar casa con casa, o heredad con heredad, ¿por qué te llamas cristiano? No obedeces a Jesucristo. Ni siquiera te lo propones. ¿Por qué te nombras con su nombre? «¿Por qué me llamáis, Señor, Señor», dice él mismo, «y no hacéis lo que digo?»
23. Si preguntáis: «Pero ¿qué hemos de hacer con nuestros bienes, puesto que tenemos más de lo que necesitamos usar, si no debemos guardarlos? ¿Hemos de tirarlos?», respondo: Si los arrojarais al mar, si los echarais al fuego y los consumierais, estarían mejor empleados de lo que lo están ahora. No podéis hallar manera tan perniciosa de tirarlos como guardarlos para vuestra posteridad o gastarlos en vosotros mismos en necedad y superfluidad. De todos los métodos posibles de tirarlos, estos dos son los peores de todos: los más opuestos al evangelio de Cristo y los más perniciosos para vuestra propia alma.
Cuán pernicioso para vuestra propia alma es el segundo de ellos lo ha mostrado de manera excelente un escritor reciente:
«Si malgastamos nuestro dinero, no solo somos culpables de malgastar un talento que Dios nos ha dado, sino que nos hacemos además este otro daño: convertimos este talento útil en un poderoso medio para corrompernos a nosotros mismos; porque en la medida en que se gasta mal, en esa misma medida se gasta en sostener alguna disposición mala, en satisfacer algunos deseos vanos e irrazonables, a los que como cristianos estamos obligados a renunciar.
«Así como el ingenio y los talentos brillantes no pueden simplemente desperdiciarse en naderías, sino que expondrán a quienes los tienen a mayores locuras, así tampoco el dinero puede simplemente desperdiciarse en naderías, sino que, si no se usa conforme a la razón y la religión, hará que la gente lleve una vida más necia y extravagante de la que habría llevado sin él. Por tanto, si no gastáis vuestro dinero en hacer bien a otros, tendréis que gastarlo en perjuicio vuestro. Obráis como quien niega a su amigo enfermo el cordial que él mismo no puede beber sin inflamarse la sangre. Porque este es el caso del dinero superfluo: si lo dais a quienes lo necesitan, es un cordial; si lo gastáis en vosotros mismos en algo que no necesitáis, solo inflama y desordena vuestra mente.
«Al usar las riquezas donde no tienen ningún uso real, ni nosotros ninguna necesidad real, solo las usamos para gran daño nuestro, creando deseos irrazonables, alimentando malas disposiciones, consintiendo pasiones necias y sosteniendo una inclinación vana del ánimo. Porque el comer y beber con exceso, los vestidos finos y las casas finas, la pompa y el boato, los placeres y diversiones alegres, todos ellos dañan y desordenan naturalmente nuestro corazón. Son el alimento y el sustento de toda la necedad y flaqueza de nuestra naturaleza. Todos ellos sostienen algo que no debería sostenerse. Son contrarios a esa sobriedad y piedad del corazón que se deleita en las cosas divinas. Son otros tantos pesos sobre nuestra mente, que nos hacen menos capaces y menos inclinados a elevar nuestros pensamientos y afectos a las cosas de arriba.
«De modo que el dinero así gastado no solo se desperdicia o se pierde, sino que se gasta para malos fines y efectos miserables: para la corrupción y el desorden de nuestro corazón, para incapacitarnos de seguir las sublimes doctrinas del evangelio. No es sino como quitar el dinero a los pobres para comprar veneno para nosotros mismos».
24. Igualmente inexcusables son los que guardan lo que no necesitan para ningún fin razonable:
«Si un hombre tuviera manos, ojos y pies que pudiera dar a quienes carecen de ellos, y los encerrara en un arca en vez de dárselos a sus hermanos ciegos y cojos, ¿no lo tendríamos con justicia por un miserable inhumano? Si prefiriera entretenerse en atesorarlos antes que hacerse acreedor a una recompensa eterna dándolos a quienes carecían de ojos y manos, ¿no lo tendríamos con justicia por loco?
«Pues bien, el dinero tiene en gran medida la naturaleza de los ojos y los pies. Si, por tanto, lo encerramos en arcas mientras los pobres y afligidos lo necesitan para sus usos indispensables, no estamos lejos de la crueldad de aquel que prefiere atesorar las manos y los ojos antes que darlos a quienes carecen de ellos. Si preferimos guardarlo antes que hacernos acreedores a una recompensa eterna disponiendo bien de nuestro dinero, somos culpables de la locura de aquel que prefiere encerrar ojos y manos antes que hacerse bienaventurado para siempre dándolos a quienes carecen de ellos».
25. ¿No será esta otra razón por la que los ricos entrarán tan difícilmente en el reino de los cielos? La inmensa mayoría de ellos está bajo maldición, bajo la maldición particular de Dios, por cuanto en el tenor general de su vida no solo roban continuamente a Dios, malversando y desperdiciando los bienes de su Señor, y por ese mismo medio corrompiendo su propia alma, sino que también roban a los pobres, a los hambrientos, a los desnudos, agravian a la viuda y al huérfano, y se hacen responsables de toda la necesidad, aflicción y angustia que podrían remediar y no remedian. Más aún, ¿no clama contra ellos desde la tierra la sangre de todos los que perecen por falta de lo que ellos o bien guardan o bien gastan sin necesidad? ¡Oh, qué cuenta darán a aquel que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos!
26. La verdadera manera de emplear lo que vosotros mismos no necesitáis podéis aprenderla, en cuarto lugar, de aquellas palabras de nuestro Señor que son la contrapartida de las anteriores: «Haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde los ladrones no minan ni hurtan». Coloca todo lo que puedas ahorrar bajo una garantía mejor que la que este mundo puede ofrecer. Deposita tus tesoros en el banco del cielo, y Dios te los devolverá en aquel día. «Al Señor presta el que da al pobre, y mirad: lo que ha dado, se le volverá a pagar». «Pon eso», dice él, «a mi cuenta. ¡Aunque, además, aun tú mismo te me debes!»
Da a los pobres con ojo sencillo, con corazón recto, y escribe: «Tanto dado a Dios». Porque «en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis».
Este es el oficio del «mayordomo fiel y prudente»: no vender ni sus casas ni sus tierras, ni su capital, sea mucho o poco, a menos que alguna circunstancia particular lo exija; y no desear ni procurar aumentarlo, como tampoco derrocharlo en vanidad; sino emplearlo enteramente para aquellos fines sabios y razonables para los cuales su Señor lo ha puesto en sus manos. El mayordomo prudente, después de haber provisto a su propia casa de lo necesario para la vida y la piedad, se hace amigos con todo lo que de tiempo en tiempo le queda de las «riquezas de maldad, para que, cuando falte, lo reciban en las moradas eternas»; para que, cuando quiera que se deshaga su tabernáculo terrestre, los que fueron llevados antes al seno de Abraham, después de haber comido su pan, llevado el vellón de su rebaño y alabado a Dios por el consuelo, le den la bienvenida en el paraíso y en «la casa de Dios, eterna en los cielos».
27. Os «mandamos», pues, «a los ricos de este siglo», como quienes tienen autoridad de nuestro gran Señor y Maestro, agathoergein, que estéis haciendo el bien habitualmente, que viváis en una carrera de buenas obras. Sed misericordiosos como vuestro Padre que está en los cielos es misericordioso, el cual hace el bien y no cesa. Sed misericordiosos, ¿hasta dónde? Conforme a vuestras fuerzas, con toda la capacidad que Dios da. Haced de esto vuestra única medida para hacer el bien, y no ninguna máxima o costumbre mezquina del mundo. Os mandamos que «seáis ricos en buenas obras»; que, pues tenéis mucho, deis abundantemente. «De gracia recibisteis, dad de gracia»; de modo que no os hagáis tesoro sino en el cielo. Estad «prontos a repartir» a cada uno según su necesidad. Esparcid, dad a los pobres; partid vuestro pan con el hambriento. Cubrid al desnudo con un vestido, hospedad al forastero, llevad o enviad socorro a los que están en la cárcel. Sanad a los enfermos, no por milagro, sino mediante la bendición de Dios sobre vuestro oportuno auxilio. Que venga sobre ti la bendición del que estaba a punto de perecer de extenuante necesidad. Defended al oprimido, abogad por la causa del huérfano y haced cantar de gozo el corazón de la viuda.
28. Os exhortamos en el nombre del Señor Jesucristo a que seáis «dispuestos a compartir», koinonikous einai: a que tengáis el mismo espíritu (aunque no el mismo estado exterior) que aquellos creyentes de los tiempos antiguos que perseveraban en tei koinoniai, en aquella bendita y santa comunión, en la cual «ninguno decía ser suyo nada, sino que tenían todas las cosas en común». Sed mayordomos, mayordomos fieles y prudentes, de Dios y de los pobres; diferenciándoos de ellos solo en estas dos circunstancias: que vuestras necesidades se suplen primero de la porción de los bienes de vuestro Señor que queda en vuestras manos, y que vosotros tenéis la bienaventuranza de dar. Así «atesorad para vosotros buen fundamento», no en el mundo presente, sino más bien «para lo por venir, para que echéis mano de la vida eterna». El gran fundamento, en verdad, de todas las bendiciones de Dios, sean temporales o eternas, es el Señor Jesucristo: su justicia y su sangre, lo que hizo y lo que padeció por nosotros. Y «otro fundamento», en este sentido, «nadie puede poner»; no, ni un apóstol, ni un ángel del cielo. Pero, por sus méritos, todo lo que hacemos en su nombre es fundamento para una buena recompensa en el día en que «cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor». Por tanto, «trabaja» tú «no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna». Por tanto, «todo lo que» ahora «te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas». Por tanto,
no dejes pasar sin atender ninguna buena ocasión;
arrebatando los momentos de oro mientras vuelan,
¡asegura tú, con unos pocos años fugaces, la eternidad!
«Perseverando en bien hacer, busca» tú «gloria y honra e inmortalidad». En el cumplimiento constante y celoso de toda buena obra, aguarda tú aquella hora feliz en que el Rey dirá: «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí. Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo».
Capítulo 29 completado
Discurso 8