Sermones en diversas ocasiones
Discurso 7

Capítulo 28 · 35 min de lectura · 45 min de escucha

Discurso 7

Sermón 27

Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor

Discurso 7

«Y cuando ayunéis, no seáis como los hipócritas, de rostro triste; porque ellos desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan. De cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará en público».

Mateo 6:16–18.

1. Desde el principio del mundo ha sido el empeño de Satanás separar lo que Dios ha unido; separar la religión interior de la exterior; poner a la una en pugna con la otra. Y en esto ha tenido no poco éxito entre los que «ignoraban sus maquinaciones».

Muchos, en todas las edades, teniendo celo de Dios, pero no conforme a ciencia, se han aferrado estrictamente a la «justicia que es por la ley», al cumplimiento de los deberes exteriores, pero entretanto han descuidado por completo la justicia interior, «la justicia que es de Dios por la fe». Y muchos han caído en el extremo opuesto, desdeñando todos los deberes exteriores, quizá incluso «murmurando de la ley y juzgando a la ley», en cuanto ella manda cumplirlos.

2. Por esta misma maquinación de Satanás se ha puesto tantas veces en pugna la fe con las obras. Y muchos que tenían verdadero celo de Dios han caído, por un tiempo, en el lazo por uno u otro lado. Algunos han engrandecido la fe hasta excluir del todo las buenas obras, no solo de ser la causa de nuestra justificación (pues sabemos que el hombre es justificado gratuitamente por la redención que es en Jesús), sino de ser su fruto necesario, sí, de tener lugar alguno en la religión de Jesucristo. Otros, ansiosos de evitar este peligroso error, han ido igual de lejos en sentido contrario, y o bien han sostenido que las buenas obras eran la causa, o al menos la condición previa, de la justificación, o bien han hablado de ellas como si lo fueran todo, la religión entera de Jesucristo.

3. Del mismo modo se han puesto en pugna el fin y los medios de la religión. Algunos hombres bienintencionados han parecido poner toda la religión en asistir a las oraciones de la Iglesia, en recibir la cena del Señor, en oír sermones y leer libros de piedad, descuidando entretanto el fin de todo ello, el amor de Dios y del prójimo. Y esto mismo ha confirmado a otros en el descuido, si no en el desprecio, de las ordenanzas de Dios, tan miserablemente abusadas para socavar y derribar el mismo fin que estaban destinadas a establecer.

4. Pero de todos los medios de gracia apenas hay alguno respecto del cual los hombres hayan caído en mayores extremos que aquel del que habla nuestro Señor en las palabras citadas; me refiero al ayuno religioso. ¡Cómo lo han exaltado algunos por encima de toda Escritura y razón, y otros lo han desdeñado por completo, como vengándose al menospreciarlo tanto como los primeros lo habían sobrestimado! Aquellos han hablado de él como si lo fuera todo; si no el fin mismo, sí infaliblemente unido a él; estos, como si no fuera nada, como si fuera un trabajo infructuoso, sin relación alguna con él. Mientras que es cierto que la verdad está entre ambos. No lo es todo, ni tampoco es nada. No es el fin, pero es un medio precioso para él; un medio que Dios mismo ha ordenado, y en el cual, por tanto, cuando se usa debidamente, él nos dará con seguridad su bendición.

Para poner esto en la luz más clara, procuraré mostrar, primero, cuál es la naturaleza del ayuno, y cuáles sus diversas clases y grados; segundo, cuáles son sus razones, fundamentos y fines; tercero, cómo podemos responder a las objeciones más plausibles contra él; y, cuarto, de qué manera debe practicarse.

I. 1. Procuraré mostrar, primero, cuál es la naturaleza del ayuno, y cuáles sus diversas clases y grados. En cuanto a su naturaleza, todos los escritores inspirados, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, toman la palabra ayunar en un solo sentido: no comer, abstenerse de alimento. Esto es tan claro que sería trabajo perdido citar las palabras de David, Nehemías, Isaías y los profetas que les siguieron, o de nuestro Señor y sus apóstoles; todos concuerdan en esto: que ayunar es no comer durante un tiempo prescrito.

2. A esto solían añadir los antiguos otras circunstancias que no tenían conexión necesaria con ello. Tales eran el descuido del vestido; el dejar a un lado los adornos que acostumbraban llevar; el vestir luto; el esparcir ceniza sobre la cabeza; o el llevar cilicio junto a la piel. Pero en el Nuevo Testamento hallamos poca mención de ninguna de estas circunstancias indiferentes. Ni parece que los cristianos de las edades más puras les dieran importancia alguna, aunque algunos penitentes pudieran usarlas voluntariamente como señales exteriores de humillación interior. Mucho menos se golpeaban o desgarraban su propia carne los apóstoles, o los cristianos contemporáneos suyos: semejante disciplina no era impropia de los sacerdotes o adoradores de Baal. Los dioses de los paganos no eran sino demonios; y sin duda era agradable a su dios-demonio cuando sus sacerdotes (1 Reyes 18:28) «clamaban a grandes voces, y se sajaban conforme a su costumbre, hasta chorrear la sangre sobre ellos»; pero no puede agradar a Aquel, ni convenir a sus seguidores, que «no ha venido para perder las vidas de los hombres, sino para salvarlas».

3. En cuanto a los grados o medidas del ayuno, tenemos ejemplos de algunos que ayunaron varios días seguidos. Así se registra que Moisés, Elías y nuestro bendito Señor, dotados de fuerza sobrenatural para ese fin, ayunaron sin interrupción «cuarenta días y cuarenta noches». Pero el tiempo de ayuno mencionado con más frecuencia en la Escritura es un día, de la mañana a la tarde. Y este era el ayuno que comúnmente observaban los antiguos cristianos. Pero además de estos, tenían también sus medios ayunos (Semijejunia, como los llama Tertuliano) en el cuarto y el sexto día de la semana (miércoles y viernes), durante todo el año; en ellos no tomaban alimento hasta las tres de la tarde, hora en que volvían del culto público.

4. Muy relacionado con esto está lo que nuestra Iglesia parece entender particularmente por el término abstinencia; la cual puede practicarse cuando no podemos ayunar por completo, a causa de enfermedad o debilidad corporal. Consiste en comer poco; en abstenerse en parte; en tomar una cantidad de alimento menor que la habitual. No recuerdo ningún ejemplo bíblico de esto. Pero tampoco puedo condenarlo, porque la Escritura no lo condena. Puede tener su utilidad y recibir la bendición de Dios.

5. La clase más baja de ayuno, si puede llamarse con ese nombre, es abstenerse de los alimentos agradables. De esto tenemos varios ejemplos en la Escritura, además del de Daniel y sus hermanos, quienes por una consideración particular, a saber, para «no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía» (de lo cual el rey había dispuesto para ellos una ración diaria), pidieron y obtuvieron del jefe de los eunucos legumbres para comer y agua para beber. (Daniel 1:8). Quizá de una imitación equivocada de esto surgió la antiquísima costumbre de abstenerse de carne y de vino durante los tiempos apartados para el ayuno y la abstinencia; si no nació más bien de la suposición de que estos eran los alimentos más agradables, y de la creencia de que convenía usar lo menos agradable en aquellos tiempos de solemne acercamiento a Dios.

6. En la iglesia judía había algunos ayunos fijos. Tal era el ayuno del séptimo mes, establecido por Dios mismo para que lo observara todo Israel bajo la pena más severa. «Habló el Señor a Moisés, diciendo: A los diez días de este mes séptimo será el día de expiación; y afligiréis vuestras almas, para reconciliaros delante del Señor vuestro Dios. Porque toda persona que no se afligiere en este mismo día será cortada de su pueblo». (Levítico 23:26). En edades posteriores se añadieron a estos otros varios ayunos fijos. Así el profeta Zacarías menciona el ayuno no solo «del séptimo, sino también del cuarto, del quinto y del décimo mes». (Zacarías 8:19)

En la antigua Iglesia cristiana había asimismo ayunos fijos, y estos tanto anuales como semanales. De la primera clase era el que precedía a la Pascua, observado por algunos durante cuarenta y ocho horas; por otros, durante una semana entera; por muchos, durante dos semanas, sin tomar alimento hasta la tarde de cada día. De la segunda, los del cuarto y sexto día de la semana, observados (como escribe Epifanio, señalándolo como un hecho innegable) en holei tei oikoumenei, en toda la tierra habitada; al menos en todo lugar donde moraban cristianos. Los ayunos anuales de nuestra Iglesia son los cuarenta días de Cuaresma, las témporas de las cuatro estaciones, los días de Rogativas y las vigilias o vísperas de varias fiestas solemnes; los semanales, todos los viernes del año, excepto el día de Navidad.

Pero además de los fijos, en toda nación temerosa de Dios ha habido siempre ayunos ocasionales, establecidos de tiempo en tiempo según lo requerían las circunstancias y ocasiones particulares de cada una. Así, cuando los hijos de Moab y los hijos de Amón vinieron a pelear contra Josafat, Josafat se dispuso a buscar al Señor e hizo pregonar ayuno en todo Judá. (2 Crónicas 20:1, 3) Y así, en el año quinto de Joacim hijo de Josías, en el mes noveno, cuando temían al rey de Babilonia, los príncipes de «Judá promulgaron ayuno delante del Señor a todo el pueblo de Jerusalén». (Jeremías 36:9)

Y del mismo modo, las personas particulares que atienden a sus caminos y desean andar humilde y estrechamente con Dios hallarán frecuente ocasión para tiempos privados en que afligir así sus almas delante de su Padre que está en secreto. Y es a esta clase de ayuno a la que se refieren principal y primariamente las instrucciones aquí dadas.

II. 1. Paso a mostrar, en segundo lugar, cuáles son los fundamentos, las razones y los fines del ayuno.

Y, primero, los hombres que están bajo fuertes emociones del ánimo, afectados por alguna pasión vehemente, como la tristeza o el temor, a menudo quedan absorbidos en ella, y aun se olvidan de comer su pan. En tales momentos poco caso hacen del alimento, ni siquiera de lo necesario para sustentar la naturaleza, y mucho menos de manjares delicados o variados, ocupados como están en pensamientos muy distintos. Así, cuando Saúl dijo: «Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí», se registra que «en todo aquel día y aquella noche no había comido pan». (1 Samuel 28:15, 20). Así los que estaban en la nave con san Pablo, «viniendo sobre ellos una tempestad no pequeña, y perdida ya toda esperanza de salvarse», «permanecieron en ayunas, sin comer nada», ninguna comida regular, durante catorce días seguidos. (Hechos 27:33). Y así David y todos los hombres que estaban con él, cuando oyeron que el pueblo había huido de la batalla, y que muchos del pueblo habían caído y muerto, y que también Saúl y Jonatán su hijo habían muerto, «lloraron y lamentaron, y ayunaron hasta la tarde, por Saúl y por Jonatán, y por la casa de Israel». (2 Samuel 1:12).

Más aún, muchas veces aquellos cuyo ánimo está profundamente ocupado no soportan interrupción alguna, y hasta aborrecen el alimento necesario, porque aparta sus pensamientos de aquello que desean que absorba toda su atención; así como Saúl, cuando, en la ocasión antes mencionada, había «caído en tierra cuan largo era, y no quedaba en él fuerza alguna», aun así dijo: «No comeré», hasta que «sus criados, juntamente con la mujer, le constriñeron».

2. He aquí, pues, el fundamento natural del ayuno. Uno que está bajo profunda aflicción, abrumado de tristeza por el pecado y por una fuerte aprensión de la ira de Dios, sin regla alguna, sin saber ni considerar si es o no un mandamiento de Dios, «se olvidaría de comer su pan», y se abstendría no solo del alimento agradable, sino aun del necesario; como san Pablo, quien, después de ser llevado a Damasco, «estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió». (Hechos 9:9).

Sí, cuando la tormenta arreciaba, «cuando un horrible espanto abrumaba» a uno que había estado sin Dios en el mundo, su alma «abominaría toda vianda»; le sería desagradable y enojosa; no soportaría nada que interrumpiera su incesante clamor: «Señor, sálvame, que perezco».

¡Con cuánta fuerza lo expresa nuestra Iglesia en la primera parte de la Homilía sobre el ayuno! «Cuando los hombres sienten en sí mismos la pesada carga del pecado, ven que la condenación es su paga, y contemplan con los ojos de su mente el horror del infierno, tiemblan, se estremecen y son tocados interiormente con tristeza de corazón, y no pueden sino acusarse a sí mismos y abrir su dolor al Dios Todopoderoso, e invocarle pidiendo misericordia. Hecho esto con seriedad, su mente está tan ocupada [absorta], en parte por la tristeza y la pesadumbre, en parte por un ardiente deseo de ser librados de este peligro del infierno y de la condenación, que todo deseo de comida y bebida queda a un lado, y en su lugar entra el hastío [o aborrecimiento] de todas las cosas y placeres mundanos. De modo que nada les agrada entonces más que llorar, lamentarse, hacer duelo, y mostrarse, tanto con palabras como con la actitud del cuerpo, cansados de la vida».

3. Otra razón o fundamento del ayuno es este: muchos de los que ahora temen a Dios sienten profundamente cuántas veces han pecado contra él por el abuso de estas cosas lícitas. Saben cuánto han pecado por exceso en la comida; cuánto tiempo han transgredido la santa ley de Dios en lo tocante a la templanza, si no también a la sobriedad; cómo han complacido sus apetitos sensuales, quizá hasta menoscabar incluso la salud de su cuerpo, y ciertamente con no pequeño daño de su alma. Porque con ello alimentaban y aumentaban continuamente aquella viva necedad, aquella ligereza de ánimo, aquella frivolidad de disposición, aquella alegre desatención a las cosas de mayor importancia, aquel aturdimiento y descuido de espíritu, que no eran otra cosa que embriaguez del alma, y que entorpecían todas sus facultades más nobles no menos que el exceso de vino o de bebida fuerte. Para quitar, pues, el efecto, quitan la causa. Se mantienen lejos de todo exceso. Se abstienen, en cuanto es posible, de aquello que casi los había hundido en la perdición eterna. A menudo se privan por completo; siempre cuidan de ser parcos y templados en todas las cosas.

4. Recuerdan asimismo muy bien cómo la hartura de pan aumentaba no solo el descuido y la ligereza de espíritu, sino también deseos necios e impíos, y aun afectos impuros y viles. Y esto la experiencia lo pone fuera de toda duda. Aun una sensualidad refinada y ordenada va continuamente sensualizando el alma y rebajándola al nivel de las bestias que perecen. No puede expresarse el efecto que la variedad y delicadeza de los alimentos tienen sobre la mente tanto como sobre el cuerpo, dejándola en sazón para todo placer de los sentidos tan pronto como la ocasión la invite. Por tanto, también por este motivo, todo hombre sabio refrenará su alma y la mantendrá sujeta; la destetará más y más de todas aquellas complacencias de los apetitos inferiores que por naturaleza tienden a encadenarla a la tierra, y a contaminarla además de envilecerla. He aquí otra razón perpetua para el ayuno: quitar el alimento de la concupiscencia y la sensualidad, retirar los incentivos de los deseos necios y dañosos, de los afectos viles y vanos.

5. Quizá no debamos omitir del todo (aunque no sé si haríamos bien en darle mucha importancia) otra razón para el ayuno en la que algunos hombres buenos han insistido largamente; a saber, castigarse a sí mismos por haber abusado de los buenos dones de Dios, privándose a veces de ellos por completo; ejerciendo así una especie de santa venganza sobre sí mismos por su pasada necedad e ingratitud, al convertir las cosas que debían haber sido para su bien en ocasión de caída. Suponen que David tenía esto en mira cuando dijo: «Lloré y afligí», o castigué, «con ayuno mi alma»; y san Pablo, cuando menciona «qué vindicación» produjo en los corintios la tristeza según Dios.

6. Una quinta razón, y de más peso, para el ayuno es que es una ayuda para la oración, particularmente cuando apartamos porciones más largas de tiempo para la oración privada. Entonces especialmente es cuando a Dios le place a menudo elevar el alma de sus siervos por encima de todas las cosas de la tierra, y a veces arrebatarlos, por así decirlo, hasta el tercer cielo. Y es principalmente por ser una ayuda para la oración por lo que con tanta frecuencia se ha hallado que es un medio, en la mano de Dios, de confirmar y aumentar no una sola virtud, no solo la castidad (como algunos han imaginado ociosamente, sin fundamento alguno en la Escritura, la razón o la experiencia), sino también la seriedad de espíritu, el fervor, la sensibilidad y ternura de conciencia, la muerte al mundo y, por consiguiente, el amor de Dios y todo afecto santo y celestial.

7. No que haya conexión natural o necesaria alguna entre el ayuno y las bendiciones que Dios comunica por él. Pero él tendrá misericordia del que tendrá misericordia; comunicará todo lo que bien le parezca por cualesquiera medios que le plazca establecer. Y en todas las edades ha establecido este como medio de apartar su ira y de obtener cualesquiera bendiciones que de tiempo en tiempo necesitemos.

Cuán poderoso medio sea este para apartar la ira de Dios, podemos aprenderlo del notable ejemplo de Acab. «No hubo ninguno como él, que se vendiera» —que se entregara por completo, como un esclavo comprado por dinero— «para hacer lo malo». Sin embargo, cuando «rasgó sus vestidos, y puso cilicio sobre su carne, y ayunó, y anduvo humillado, vino palabra del Señor a Elías, diciendo: ¿No has visto cómo Acab se ha humillado delante de mí? Pues por cuanto se ha humillado delante de mí, no traeré el mal en sus días».

Con este fin, para apartar la ira de Dios, buscó Daniel a Dios «en ayuno, cilicio y ceniza». Esto se ve por todo el tenor de su oración, particularmente por su solemne conclusión: «Oh Señor, conforme a todas tus justicias», o misericordias, «apártese ahora tu ira de tu santo monte. Oye la oración de tu siervo, y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado. Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo, por amor de ti mismo». (Daniel 9:3, 16).

8. Pero no es solo del pueblo de Dios de quien aprendemos, cuando su ira se ha encendido, a buscarle con ayuno y oración, sino aun de los paganos. Cuando Jonás hubo declarado: «De aquí a cuarenta días Nínive será destruida», los habitantes de Nínive pregonaron ayuno y se vistieron de cilicio, desde el mayor de ellos hasta el menor. «Porque el rey de Nínive se levantó de su trono, se quitó su manto, se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. E hizo pregonar y anunciar en Nínive: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua». (No que los animales hubieran pecado o pudieran arrepentirse; sino para que, por su ejemplo, el hombre fuese amonestado, considerando que, por su pecado, la ira de Dios pendía sobre todas las criaturas). «¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?». Y su trabajo no fue en vano. El ardor de la ira de Dios se apartó de ellos. «Y vio Dios sus obras» (los frutos de aquel arrepentimiento y de aquella fe que había obrado en ellos por medio de su profeta) «y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo». (Jonás 3:4).

9. Y es un medio no solo de apartar la ira de Dios, sino también de obtener cualesquiera bendiciones que necesitemos. Así, cuando las demás tribus fueron derrotadas delante de los benjamitas, «subieron todos los hijos de Israel a la casa de Dios, y lloraron, y ayunaron aquel día hasta la tarde»; y entonces el Señor dijo: «Subid» de nuevo, «que mañana yo los entregaré en tu mano». (Jueces 20:26). Así Samuel reunió a todo Israel cuando estaban sometidos a los filisteos, «y ayunaron aquel día» delante del Señor; y cuando «los filisteos llegaron para pelear contra Israel, el Señor tronó» sobre ellos «con gran estruendo, y los desbarató, y fueron vencidos delante de Israel». (1 Samuel 7:6). Así Esdras: «Publiqué ayuno allí junto al río Ahava, para afligirnos delante de nuestro Dios, para solicitar de él camino derecho para nosotros y para nuestros niños; y él nos fue propicio». (Esdras 8:21). Así Nehemías: ayuné y oré delante del Dios de los cielos, y dije: Te ruego, concede ahora buen éxito a tu siervo hoy, y dale gracia delante de este hombre». Y Dios le concedió gracia delante del rey. (Nehemías 1:4–11)

10. De igual manera, los apóstoles siempre unieron el ayuno a la oración cuando deseaban la bendición de Dios sobre alguna empresa importante. Así leemos (Hechos 13): «Había en la iglesia que estaba en Antioquía profetas y maestros. Ministrando estos al Señor, y ayunando», sin duda para recibir dirección en este mismo asunto, «dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la cual los he llamado. Entonces, habiendo» por segunda vez «ayunado y orado, y puesto las manos sobre ellos, los despidieron». (Hechos 13:3.)

Así también Pablo y Bernabé mismos, según leemos en el capítulo siguiente, cuando «volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, confirmando los ánimos de los discípulos, y habiéndoles constituido ancianos en cada iglesia, y habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor». (Hechos 14:23.)

Más aún, que en el uso de este medio se alcanzan bendiciones que no pueden obtenerse de ningún otro modo, nuestro Señor lo declara expresamente en su respuesta a sus discípulos, cuando le preguntaron: «¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? Jesús les dijo: Por vuestra incredulidad; porque de cierto os digo que, si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. Mas este linaje» de demonios «no sale sino por oración y ayuno»: (Mateo 17:19.) —siendo estos los medios señalados para alcanzar aquella fe por la cual aun los mismos demonios os están sujetos.

11. Estos eran los medios señalados; porque no fue solamente por la luz de la razón, o de la conciencia natural, como se la llama, como el pueblo de Dios ha sido guiado, en todas las edades, a usar el ayuno como medio para estos fines; sino que de tiempo en tiempo lo ha aprendido de Dios mismo, por revelaciones claras y manifiestas de su voluntad. Tal es aquella tan notable del profeta Joel: «Por eso pues ahora, dice el Señor, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y llanto. —¿Quién sabe si volverá, y se apiadará, y dejará bendición tras de él? Tocad trompeta en Sión, pregonad ayuno, llamad a congregación. —Y el Señor celará su tierra, y perdonará a su pueblo. He aquí yo os envío pan, y mosto, y aceite. —Nunca más os pondré en oprobio entre las gentes». (Joel 2:12.)

Y no son solo bendiciones temporales las que Dios enseña a su pueblo a esperar en el uso de estos medios. Porque, al mismo tiempo que prometió a los que le buscasen con ayuno, y lloro, y llanto: «Os restituiré los años que comió la oruga, la langosta, el pulgón y el revoltón, mi grande ejército», añade: «Y comeréis hasta saciaros, y alabaréis el nombre del Señor vuestro Dios. —Y conoceréis que en medio de Israel estoy yo, y que yo soy el Señor vuestro Dios». Y enseguida viene la gran promesa del evangelio: «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne: Profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días». [Joel 2:28–29]

12. Ahora bien, cualesquiera razones que hubiese para avivar a los antiguos en el celoso y constante cumplimiento de este deber, tienen la misma fuerza todavía para avivarnos a nosotros. Pero, por encima de todas ellas, tenemos una razón particular para estar «en muchos ayunos», a saber, el mandamiento de Aquel cuyo nombre llevamos. Es verdad que en este lugar no ordena expresamente ni el ayuno, ni la limosna, ni la oración; pero sus instrucciones sobre cómo ayunar, dar limosna y orar tienen la misma fuerza que tales mandatos. Porque mandarnos hacer una cosa así, es un mandamiento indudable de hacer esa cosa, puesto que es imposible hacerla así si no se hace en absoluto. Por consiguiente, decir: «Dad limosna, orad, ayunad» de tal manera, es un mandamiento claro de cumplir todos esos deberes, y de cumplirlos de aquella manera que de ningún modo perderá su recompensa.

Y hay todavía otro motivo y estímulo para el cumplimiento de este deber, a saber, la promesa que nuestro Señor ha unido bondadosamente a su debido cumplimiento: «Tu Padre que ve en secreto te recompensará en público». Tales son los fundamentos, las razones y los fines claros del ayuno; tal es nuestro estímulo para perseverar en él, a pesar de la multitud de objeciones que hombres más sabios que su Señor han estado levantando continuamente contra él.

III. 1. Paso ahora a considerar las más plausibles de ellas. Y, en primer lugar, se ha dicho con frecuencia: «Ayune el cristiano del pecado, y no del alimento; esto es lo que Dios requiere de él». Así es; pero requiere también lo otro. Por tanto, esto se debe hacer, y no dejar de hacer aquello.

Mirad vuestro argumento en toda su extensión, y fácilmente juzgaréis de su fuerza: —

Si un cristiano debe abstenerse del pecado, entonces no debe abstenerse del alimento:

Es así que un cristiano debe abstenerse del pecado.

Luego no debe abstenerse del alimento.

Que un cristiano debe abstenerse del pecado es muy cierto; pero ¿cómo se sigue de ahí que no deba abstenerse del alimento? Antes bien, haga lo uno y lo otro. Absténgase siempre, por la gracia de Dios, del pecado; y absténgase a menudo del alimento, por aquellas razones y para aquellos fines que la experiencia y la Escritura muestran claramente que así se alcanzan.

2. «Pero ¿no es mejor» (como se ha objetado, en segundo lugar) «abstenerse del orgullo y de la vanidad, de los deseos necios y dañosos, del mal humor, de la ira y del descontento, que del alimento?». Sin duda alguna lo es. Pero aquí otra vez tenemos necesidad de recordaros las palabras de nuestro Señor: «Esto era menester hacer, y no dejar lo otro». Y, en verdad, lo segundo solo existe en orden a lo primero; es un medio para aquel gran fin. Nos abstenemos del alimento con esta mira: que, por la gracia de Dios comunicada a nuestras almas mediante este medio exterior, juntamente con todos los demás canales de su gracia que él ha señalado, seamos capacitados para abstenernos de toda pasión y disposición que no sea agradable a sus ojos. Nos refrenamos de lo uno para que, investidos de poder de lo alto, podamos refrenarnos de lo otro. De modo que vuestro argumento prueba justamente lo contrario de lo que pretendíais. Prueba que debemos ayunar. Porque si debemos abstenernos de las malas disposiciones y deseos, entonces debemos abstenernos así del alimento, ya que estos pequeños actos de negación de sí mismo son los caminos que Dios ha escogido para otorgar aquella gran salvación.

3. «Pero de hecho no lo hallamos así» (esta es una tercera objeción): «Hemos ayunado mucho y a menudo; pero ¿de qué nos sirvió? No fuimos ni un ápice mejores; no hallamos en ello bendición alguna. Más aún, lo hemos hallado un estorbo antes que una ayuda. En lugar de impedir la ira, por ejemplo, o la irritabilidad, ha sido un medio de aumentarlas hasta tal punto que no podíamos soportar ni a los demás ni a nosotros mismos». Muy bien puede ser así. Es posible ayunar u orar de tal manera que os haga mucho peores que antes, más desdichados y más impíos. Sin embargo, la falta no está en el medio mismo, sino en la manera de usarlo. Usadlo todavía, pero usadlo de otra manera. Haced lo que Dios manda, como él lo manda; y entonces, sin duda, su promesa no faltará: sus bendiciones no serán retenidas por más tiempo; sino que, cuando ayunes en secreto, «el que ve en secreto te recompensará en público».

4. «Pero ¿no es pura superstición» (así se ha objetado, en cuarto lugar) «imaginar que Dios toma en cuenta cosas tan pequeñas como estas?». Si decís que lo es, condenáis a todas las generaciones de los hijos de Dios. Pero ¿diréis que todos ellos fueron hombres débiles y supersticiosos? ¿Podéis ser tan atrevidos como para afirmar esto de Moisés y de Josué, de Samuel y de David, de Josafat, de Esdras, de Nehemías y de todos los profetas? ¿Más aún, de uno mayor que todos ellos, del mismo Hijo de Dios? Es cierto que tanto nuestro Maestro como todos estos siervos suyos sí pensaban que el ayuno no es cosa pequeña, y que Aquel que es más alto que los altísimos lo toma en cuenta. Del mismo parecer, es evidente, eran todos sus apóstoles, después de haber sido «llenos del Espíritu Santo y de sabiduría». Cuando tenían «la unción del Santo, que les enseñaba todas las cosas», todavía se recomendaban como ministros de Dios «en ayunos», así como «con armas de justicia a diestra y a siniestra». Después que «el esposo les fue quitado, entonces ayunaron en aquellos días». Y no emprendían cosa alguna (como hemos visto más arriba) en que la gloria de Dios estuviese estrechamente comprometida, tal como el enviar obreros a la mies, sin ayuno solemne además de oración.

5. «Pero si el ayuno es en verdad de tan gran importancia, y va acompañado de tal bendición, ¿no es lo mejor», dicen algunos, en quinto lugar, «ayunar siempre? ¿No hacerlo de vez en cuando, sino guardar un ayuno continuo? ¿Usar en todo tiempo tanta abstinencia como lo permitan nuestras fuerzas corporales?». Que nadie se desanime de hacer esto. Usad por todos los medios un alimento tan escaso y sencillo, y ejercitad en esto tanta negación de sí mismo, en todo tiempo, como lo permitan vuestras fuerzas corporales. Y esto puede contribuir, por la bendición de Dios, a varios de los grandes fines arriba mencionados. Puede ser una ayuda considerable, no solo para la castidad, sino también para tener la mente puesta en el cielo; para apartar vuestros afectos de las cosas de abajo y ponerlos en las de arriba. Pero esto no es ayunar, no es el ayuno de la Escritura; nunca se le llama así en toda la Biblia. En cierta medida responde a algunos de sus fines; pero con todo es otra cosa. Practicadlo por todos los medios; pero no de tal modo que por ello dejéis a un lado un mandamiento de Dios, y un medio instituido para apartar sus juicios y obtener las bendiciones de sus hijos.

6. Usad, pues, continuamente tanta abstinencia como queráis; la cual, tomada así, no es otra cosa que la templanza cristiana; pero esto no tiene por qué estorbar en absoluto que observéis tiempos solemnes de ayuno y oración. Por ejemplo: vuestra abstinencia o templanza habitual no os impediría ayunar en secreto si de repente os vieseis abrumados por una inmensa tristeza y remordimiento, y por un horrible temor y espanto. Semejante estado del ánimo casi os obligaría a ayunar; aborreceríais vuestro alimento diario; apenas soportaríais tomar siquiera lo que fuese necesario para el cuerpo, hasta que Dios «os sacara del lago de miseria, y pusiera vuestros pies sobre peña, y enderezara vuestros pasos». Lo mismo sucedería si estuvieseis en agonía de deseo, luchando vehementemente con Dios por su bendición. No necesitaríais que nadie os enseñase a no comer pan hasta haber obtenido la petición de vuestros labios.

7. Asimismo, si hubieseis estado en Nínive cuando se pregonó por toda la ciudad: «Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua; sino clamen a Dios fuertemente»; —¿habría sido vuestro ayuno continuo alguna razón para no tomar parte en aquella humillación general? Sin duda que no. Habríais estado tan preocupados como cualquier otro por no probar alimento aquel día.

Tampoco la abstinencia, ni el guardar un ayuno continuo, habría eximido a ninguno de los hijos de Israel de ayunar el día diez del mes séptimo, que no se afligiere», no ayunare, «en aquel mismo día, será cortado de su pueblo».

Por último. Si hubieseis estado con los hermanos en Antioquía, en el tiempo en que ayunaron y oraron antes de enviar a Bernabé y a Saulo, ¿podéis imaginar siquiera que vuestra templanza o abstinencia habría sido causa suficiente para no uniros a ellos? Sin duda, si no lo hubieseis hecho, pronto habríais sido cortados de la comunidad cristiana. Habríais sido merecidamente echados de entre ellos, como quienes introducían confusión en la Iglesia de Dios.

IV. 1. Me toca, en último lugar, mostrar de qué manera hemos de ayunar para que sea un servicio aceptable al Señor. Y, en primer lugar, hágase para el Señor, con nuestra mirada puesta únicamente en él. Sea nuestra intención en ello esta, y solo esta: glorificar a nuestro Padre que está en los cielos; expresar nuestra tristeza y vergüenza por nuestras múltiples transgresiones de su santa ley; esperar un aumento de la gracia que purifica, atrayendo nuestros afectos a las cosas de arriba; añadir seriedad y fervor a nuestras oraciones; apartar la ira de Dios, y obtener todas las grandes y preciosas promesas que él nos ha hecho en Jesucristo.

Guardémonos de burlarnos de Dios, de convertir nuestro ayuno, así como nuestras oraciones, en abominación al Señor, mezclando en ello cualquier mira temporal, y en particular buscando la alabanza de los hombres. Contra esto nos guarda de un modo muy especial nuestro bendito Señor en las palabras del texto: «Y cuando ayunéis, no seáis como los hipócritas»: —tales eran muchos de los que se llamaban pueblo de Dios—; «de semblante triste»; agrios, afectadamente tristes, componiendo su aspecto de una manera particular. «Porque ellos desfiguran sus rostros», no solo con contorsiones antinaturales, sino también cubriéndolos de polvo y ceniza; «para parecer a los hombres que ayunan»; este es su principal designio, si no el único. «De cierto os digo que ya tienen su recompensa»: a saber, la admiración y la alabanza de los hombres. «Mas tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro»: haz como acostumbras hacer en otros tiempos; «para no parecer a los hombres que ayunas»; —no entre esto en tu intención en modo alguno; si ellos lo saben sin ningún deseo tuyo, no importa, no eres por ello ni mejor ni peor—; «sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará en público».

2. Pero, si deseamos esta recompensa, guardémonos, en segundo lugar, de imaginar que merecemos algo de Dios por nuestro ayuno. Nunca se nos advertirá de esto demasiadas veces, por cuanto el deseo de «establecer nuestra propia justicia», de procurar la salvación por deuda y no por gracia, está tan profundamente arraigado en todos nuestros corazones. El ayuno es solamente un camino que Dios ha ordenado, en el cual esperamos su misericordia inmerecida; y en el cual, sin mérito alguno de nuestra parte, él ha prometido darnos gratuitamente su bendición.

3. No es que hayamos de imaginar que la mera ejecución del acto exterior recibirá bendición alguna de Dios. «¿Es tal el ayuno que yo escogí, dice el Señor, un día en que el hombre aflija su alma? ¿Es que encorve su cabeza como junco, y haga cama de saco y de ceniza?». ¿Son estos actos exteriores, por estrictamente que se cumplan, todo lo que se quiere decir con que un hombre «aflija su alma»? —«¿Llamarás tú esto ayuno, y día agradable al Señor?». No, por cierto. Si no es más que un servicio externo, todo es trabajo perdido. Semejante práctica quizá aflija el cuerpo; pero en cuanto al alma, de nada aprovecha.

4. Más aún, el cuerpo puede a veces ser afligido demasiado, hasta quedar incapaz para las obras de nuestra vocación. También de esto hemos de guardarnos con diligencia; porque debemos conservar nuestra salud como un buen don de Dios. Por tanto, hay que tener cuidado, siempre que ayunemos, de proporcionar el ayuno a nuestras fuerzas. Porque no podemos ofrecer a Dios un homicidio en sacrificio, ni destruir nuestros cuerpos para ayudar a nuestras almas.

Pero en estas ocasiones solemnes podemos, aun en gran debilidad corporal, evitar aquel otro extremo por el cual Dios condena a los que antiguamente le reconvenían por no aceptar sus ayunos: «¿Por qué, dicen, ayunamos, y no hiciste caso? —He aquí que en el día de vuestro ayuno halláis lo que queréis, dice el Señor». Si no podemos abstenernos del todo del alimento, podemos al menos abstenernos del alimento agradable; y entonces no buscaremos su rostro en vano.

5. Pero cuidemos de afligir nuestras almas tanto como nuestros cuerpos. Sea toda ocasión de ayuno, ya público, ya privado, una ocasión de ejercitar todos aquellos santos afectos que van implícitos en un corazón quebrantado y contrito. Sea un tiempo de devoto lamento, de tristeza piadosa por el pecado; una tristeza como la de los corintios, acerca de la cual dice el apóstol: «Me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según Dios, para que ninguna pérdida padecieseis por nuestra parte. Porque el dolor que es según Dios» —he kata Theon lype, la tristeza que es según Dios, que es un precioso don de su Espíritu, y que eleva el alma hacia Dios, de quien procede— «obra arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse». Sí, y que nuestro entristecernos según Dios obre en nosotros el mismo arrepentimiento interior y exterior; el mismo cambio entero del corazón, renovado a la imagen de Dios en justicia y verdadera santidad; y el mismo cambio de vida, hasta que seamos santos como él es santo, en toda nuestra manera de vivir. Que obre en nosotros la misma solicitud por ser hallados en él sin mancha e irreprensibles; la misma defensa de nosotros mismos, más con nuestra vida que con palabras, absteniéndonos de toda apariencia de mal; la misma indignación, el vehemente aborrecimiento de todo pecado; el mismo temor de nuestros propios corazones engañosos; el mismo deseo de conformarnos en todas las cosas a la santa y agradable voluntad de Dios; el mismo celo por todo cuanto pueda ser un medio para su gloria y para nuestro crecimiento en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo; y la misma vindicación contra Satanás y todas sus obras, contra toda inmundicia de carne y de espíritu. (2 Corintios 7:9.)

6. Y unamos siempre al ayuno la oración ferviente, derramando toda nuestra alma delante de Dios, confesando nuestros pecados con todas sus circunstancias agravantes, humillándonos bajo su poderosa mano, descubriendo delante de él todas nuestras necesidades, toda nuestra culpa y nuestra impotencia. Este es un tiempo para ensanchar nuestras oraciones, tanto por nosotros mismos como por nuestros hermanos. Lamentemos ahora los pecados de nuestro pueblo, y clamemos en alta voz por la ciudad de nuestro Dios, para que el Señor edifique a Sión y haga resplandecer su rostro sobre sus asolamientos. Así, podemos observar, los hombres de Dios en los tiempos antiguos siempre unieron la oración y el ayuno; así lo hicieron los apóstoles, en todos los casos arriba citados; y así los une nuestro Señor en el discurso que tenemos delante.

7. Solo resta, para que guardemos un ayuno tal que sea aceptable al Señor, que le añadamos la limosna: obras de misericordia, según nuestras fuerzas, tanto para los cuerpos como para las almas de los hombres. «De tales sacrificios» también «se agrada Dios». Así declara el ángel a Cornelio, que ayunaba y oraba en su casa: «Tus oraciones y tus limosnas han subido para memoria delante de Dios». (Hechos 10:4.) Y esto mismo lo declara Dios expresa y extensamente: «¿No es más bien este el ayuno que yo escogí: desatar las ligaduras de impiedad, deshacer los haces de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes metas en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu carne? Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria del Señor será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá el Señor; clamarás, y dirá él: Heme aquí. —Si, «cuando ayunes, «derramas tu alma al hambriento, y sacias el alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Y el Señor te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y engordará tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan». (Isaías 58:6.)

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