Capítulo 27 · 35 min de lectura · 45 min de escucha
Discurso 6
Sermón 26
Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor
Discurso 6
«Mirad que no hagáis vuestra limosna delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser glorificados por los hombres. De cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en secreto, él mismo te recompensará en público. Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres. De cierto os digo que ya tienen su recompensa. Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará en público. Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los paganos, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.»
Mateo 6:1–15.
1. En el capítulo anterior nuestro Señor ha descrito la religión interior en sus diversas ramas. Ha puesto delante de nosotros aquellas disposiciones del alma que constituyen el verdadero cristianismo: las disposiciones interiores comprendidas en aquella «santidad, sin la cual nadie verá al Señor»; los afectos que, cuando brotan de su fuente propia, de una fe viva en Dios por medio de Cristo Jesús, son intrínseca y esencialmente buenos y agradables a Dios. En este capítulo pasa a mostrar cómo también todas nuestras acciones, aun aquellas que por su propia naturaleza son indiferentes, pueden hacerse santas, buenas y agradables a Dios por medio de una intención pura y santa. Todo lo que se hace sin ella, declara extensamente, no tiene valor alguno delante de Dios; mientras que todas las obras exteriores que de este modo se consagran a Dios son, a sus ojos, de gran precio.
2. Muestra la necesidad de esta pureza de intención, primero, respecto de aquellas que suelen tenerse por acciones religiosas, y que en verdad lo son cuando se realizan con una intención recta. Algunas de ellas se llaman comúnmente obras de piedad; las demás, obras de caridad o de misericordia. De estas últimas nombra en particular la limosna; de las primeras, la oración y el ayuno. Pero las instrucciones dadas para ellas han de aplicarse igualmente a toda obra, sea de caridad o de misericordia.
I. 1. Y, primero, en cuanto a las obras de misericordia. «Mirad —dice— que no hagáis vuestra limosna delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos». «Que no hagáis vuestra limosna»: aunque solo esto se nombra, queda incluida toda obra de caridad, todo lo que damos, decimos o hacemos para provecho de nuestro prójimo, todo aquello por lo cual otro hombre puede recibir algún beneficio, ya en su cuerpo, ya en su alma. Dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, hospedar o socorrer al forastero, visitar a los enfermos o a los presos, consolar al afligido, instruir al ignorante, reprender al malvado, exhortar y animar al que hace el bien; y si hay alguna otra obra de misericordia, queda igualmente comprendida en este mandato.
2. «Mirad que no hagáis vuestra limosna delante de los hombres, para ser vistos de ellos». Lo que aquí se prohíbe no es simplemente hacer el bien a la vista de los hombres; esta sola circunstancia, que otros vean lo que hacemos, no hace la acción ni peor ni mejor; sino hacerlo delante de los hombres «para ser vistos de ellos», con esta mira y con esta sola intención. Digo con esta sola intención, porque en algunos casos puede ser parte de nuestra intención; podemos proponernos que algunas de nuestras acciones sean vistas, y aun así pueden ser agradables a Dios. Podemos querer que nuestra luz alumbre delante de los hombres, cuando nuestra conciencia nos da testimonio en el Espíritu Santo de que nuestro fin último, al procurar que vean nuestras buenas obras, es «que glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos». Pero mirad que no hagáis la menor cosa con miras a vuestra propia gloria; mirad que el deseo de la alabanza de los hombres no tenga lugar alguno en vuestras obras de misericordia. Si buscáis vuestra propia gloria, si tenéis algún designio de ganar la honra que viene de los hombres, todo lo que se hace con esta mira nada vale; no se hace para el Señor; él no lo acepta; «no tendréis recompensa» por ello «de nuestro Padre que está en los cielos».
3. «Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres». La palabra sinagoga no significa aquí un lugar de culto, sino cualquier lugar de concurrencia pública, como la plaza del mercado o la lonja. Era cosa común entre los judíos que eran hombres de grandes fortunas, y particularmente entre los fariseos, hacer tocar una trompeta delante de ellos en los lugares más públicos de la ciudad cuando estaban a punto de dar alguna limosna considerable. La razón que se pretextaba era reunir a los pobres para recibirla; pero el verdadero designio era ser alabados por los hombres. Mas no seas tú como ellos. No hagas tú tocar trompeta delante de ti. No uses ostentación alguna al hacer el bien. Aspira solamente a la honra que viene de Dios. Los que buscan la alabanza de los hombres ya tienen su recompensa: no tendrán alabanza de Dios.
4. «Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha». Es una expresión proverbial cuyo significado es: hazlo de la manera más secreta posible; tan secreta como sea compatible con hacerlo en absoluto (porque no ha de dejarse de hacer; no omitas ocasión alguna de hacer el bien, sea en secreto o en público) y con hacerlo del modo más eficaz. Porque aquí hay también una excepción que hacer: cuando estéis plenamente persuadidos en vuestro ánimo de que, no ocultando el bien que se hace, vosotros mismos seréis capacitados, u otros serán movidos, a hacer más bien, entonces podéis no ocultarlo; entonces dejad que vuestra luz se muestre y «alumbre a todos los que están en casa». Pero, salvo donde la gloria de Dios y el bien de los hombres os obliguen a lo contrario, obrad de la manera más privada e inadvertida que la naturaleza de la cosa permita, «para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en secreto te recompensará en público»; quizá en el mundo presente —de lo cual hay muchos ejemplos registrados en todas las edades—, pero infaliblemente en el mundo venidero, delante de la asamblea universal de hombres y ángeles.
II. 1. De las obras de caridad o misericordia nuestro Señor pasa a las que se llaman obras de piedad. «Y cuando ores —dice—, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres». «No seas como los hipócritas». La hipocresía, pues, o falta de sinceridad, es lo primero de que hemos de guardarnos en la oración. Guárdate de decir lo que no sientes. La oración es elevar el corazón a Dios; sin esto, todas las palabras de oración son mera hipocresía. Por tanto, siempre que te dispongas a orar, procura que tu único designio sea tener comunión con Dios, elevar a él tu corazón, derramar tu alma delante de él; no como los hipócritas, que aman, o acostumbran, «orar de pie en las sinagogas», la lonja o las plazas de mercado, «y en las esquinas de las calles», dondequiera que hay más gente, «para ser vistos de los hombres». Este era el único designio, el motivo y el fin de las oraciones que allí repetían. «De cierto os digo que ya tienen su recompensa». No han de esperar ninguna de vuestro Padre que está en los cielos.
2. Pero no es solo el tener puesta la mira en la alabanza de los hombres lo que nos priva de toda recompensa en el cielo, lo que no nos deja lugar para esperar la bendición de Dios sobre nuestras obras, sean de piedad o de misericordia. La pureza de intención queda igualmente destruida por la mira puesta en cualquier recompensa temporal. Si repetimos nuestras oraciones, si asistimos al culto público de Dios, si socorremos a los pobres con miras a la ganancia o al interés, no es ni un ápice más agradable a Dios que si se hiciera con miras a la alabanza. Cualquier mira temporal, cualquier motivo de este lado de la eternidad, cualquier designio que no sea el de promover la gloria de Dios y la felicidad de los hombres por amor de Dios, hace de toda acción, por hermosa que parezca a los hombres, una abominación al Señor.
3. «Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto». Hay un tiempo en que has de glorificar a Dios públicamente, orar y alabarle en la gran congregación. Pero cuando desees dar a conocer tus peticiones a Dios con más amplitud y más en particular, sea por la tarde, o por la mañana, o al mediodía, «entra en tu aposento, y cierra la puerta». Busca todo el retiro que puedas. (Solo que no dejes de hacerlo, tengas o no aposento alguno, retiro alguno. Ora a Dios, si es posible, donde nadie te vea sino Él; pero, si no, ora a Dios de todos modos). Así, «ora a tu Padre que está en secreto»; derrama delante de él tu corazón; «y tu Padre que ve en secreto te recompensará en público».
4. «Y orando», aun en secreto, «no uséis vanas repeticiones, como los paganos»; me battalogesete. No uséis abundancia de palabras sin sentido alguno. No digáis la misma cosa una y otra vez; no penséis que el fruto de vuestras oraciones depende de su longitud, como los paganos; porque ellos piensan que por su palabrería serán oídos.
Lo que aquí se reprueba no es simplemente la longitud de nuestras oraciones, como tampoco su brevedad; sino, primero, la longitud sin sentido; hablar mucho y querer decir poco o nada; el uso (no de toda repetición, pues nuestro Señor mismo oró tres veces repitiendo las mismas palabras, sino) de vanas repeticiones, como hacían los paganos, recitando una y otra vez los nombres de sus dioses; como hacen entre los cristianos (vulgarmente así llamados), y no solo entre los papistas, quienes dicen una y otra vez la misma ristra de oraciones sin sentir jamás lo que pronuncian. Segundo, el pensar ser oídos por nuestra palabrería, el imaginar que Dios mide las oraciones por su longitud y que se complace más en las que contienen más palabras, en las que suenan más largo en sus oídos. Son estos tales ejemplos de superstición y de necedad, que todos los que llevan el nombre de Cristo deberían dejarlos a los paganos, a aquellos sobre quienes nunca ha resplandecido la gloriosa luz del evangelio.
5. No os hagáis, pues, semejantes a ellos. Vosotros que habéis gustado la gracia de Dios en Cristo Jesús estáis plenamente convencidos de que vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis. De modo que el fin de vuestra oración no es informar a Dios, como si él no conociera ya vuestras necesidades, sino más bien informaros a vosotros mismos; grabar más hondamente en vuestros corazones el sentimiento de esas necesidades, y el sentimiento de vuestra continua dependencia de Aquel que es el único capaz de suplir todas vuestras necesidades. No se trata tanto de mover a Dios, que siempre está más dispuesto a dar que vosotros a pedir, como de moveros a vosotros mismos, para que estéis dispuestos y preparados a recibir los bienes que él os tiene preparados.
III. 1. Después de haber enseñado la verdadera naturaleza y los fines de la oración, nuestro Señor añade un ejemplo de ella: aquella divina forma de oración que en este lugar parece propuesta principalmente a modo de pauta, como modelo y norma de todas nuestras oraciones: «Vosotros, pues, oraréis así». En cambio, en otro lugar ordena el uso de estas mismas palabras: «Y les dijo: Cuando oréis, decid…». (Lucas 11:2).
2. Podemos observar, en general, acerca de esta divina oración, primero, que contiene todo lo que razonable o inocentemente podemos pedir. No hay nada que necesitemos pedir a Dios, nada que podamos pedir sin ofenderle, que no esté incluido, directa o indirectamente, en esta forma tan abarcadora. Segundo, que contiene todo lo que razonable o inocentemente podemos desear: todo lo que es para la gloria de Dios, todo lo que es necesario o provechoso, no solo para nosotros, sino para toda criatura en el cielo y en la tierra. Y, en verdad, nuestras oraciones son la prueba propia de nuestros deseos, pues nada es digno de tener lugar en nuestros deseos que no sea digno de tener lugar en nuestras oraciones: lo que no podemos pedir, tampoco debemos desearlo. Tercero, que contiene todo nuestro deber para con Dios y para con el hombre; todo lo que es puro y santo, todo lo que Dios requiere de los hijos de los hombres, todo lo que es agradable a sus ojos, todo aquello con que podemos aprovechar a nuestro prójimo, está expresado o implícito en ella.
3. Consta de tres partes: el prefacio, las peticiones y la doxología o conclusión. El prefacio, «Padre nuestro que estás en los cielos», pone un fundamento general para la oración, pues comprende lo que primero debemos conocer de Dios antes de poder orar con la confianza de ser oídos. Asimismo nos señala todas aquellas disposiciones con que hemos de acercarnos a Dios, las más esencialmente necesarias si deseamos que nuestras oraciones o nuestras vidas hallen aceptación delante de él.
4. «Padre nuestro»: si es Padre, entonces es bueno, entonces es amoroso para con sus hijos. Y he aquí la primera y gran razón para orar. Dios está dispuesto a bendecir; pidamos, pues, una bendición. «Padre nuestro»: nuestro Creador; el Autor de nuestro ser; Aquel que nos levantó del polvo de la tierra; que sopló en nosotros aliento de vida, y fuimos almas vivientes. Y si él nos hizo, pidamos, y no negará ningún bien a la obra de sus propias manos. «Padre nuestro»: nuestro Preservador, que día tras día sustenta la vida que nos ha dado; de cuyo amor constante recibimos ahora y en todo momento vida, aliento y todas las cosas. Tanto más confiadamente acerquémonos a él, y «alcanzaremos misericordia y hallaremos gracia para el oportuno socorro». Sobre todo, el Padre de nuestro Señor Jesucristo y de todos los que creen en él; que nos justifica «gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Jesús»; que ha «borrado todos nuestros pecados y sanado todas nuestras dolencias»; que nos ha recibido como hijos suyos, por adopción y gracia; y, «por cuanto» somos «hijos, envió el Espíritu de su Hijo a» nuestros «corazones, el cual clama: ¡Abba, Padre!»; que «nos ha engendrado de nuevo, de simiente incorruptible», y «nos ha creado de nuevo en Cristo Jesús». Por eso sabemos que siempre nos oye; por eso oramos a él sin cesar. Oramos porque amamos; y «nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero».
5 . «Padre nuestro»: no mío solamente, de mí que ahora clamo a él, sino nuestro en el sentido más amplio. El Dios y «Padre de los espíritus de toda carne»; el Padre de los ángeles y de los hombres; así lo reconocían los mismos paganos: Pater te theOn te. El Padre del universo, de todas las familias, así en el cielo como en la tierra. Por eso no hay en él acepción de personas. Ama todo lo que ha hecho. «Bueno es para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras». Y el Señor se complace en los que le temen y esperan en su misericordia; en los que confían en él por medio del Hijo de su amor, sabiendo que son «aceptos en el Amado». Pero «si Dios así nos ha amado, debemos también nosotros amarnos unos a otros»; sí, a todo el género humano, ya que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito», aun para que sufriera la muerte, a fin de que «no se pierdan, mas tengan vida eterna»
6. «Que estás en los cielos»: alto y sublime; Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos; que, sentado sobre el círculo de los cielos, contempla todas las cosas así en el cielo como en la tierra; cuya mirada penetra toda la esfera del ser creado, sí, y de la noche increada; a quien «son conocidas todas sus obras», y todas las obras de toda criatura, no solo «desde el principio del mundo» (una traducción pobre, baja y débil), sino ap aionos, desde toda la eternidad, desde la eternidad hasta la eternidad; que constriñe al ejército del cielo, así como a los hijos de los hombres, a exclamar con asombro y admiración: ¡Oh profundidad!, ¡la profundidad de las riquezas, así de la sabiduría como del conocimiento de Dios! Que estás en los cielos: el Señor y Gobernador de todo, que vela sobre todas las cosas y de todas dispone; que eres el Rey de reyes y Señor de señores, el Bienaventurado y solo Soberano; que eres fuerte y ceñido de poder, y haces todo lo que te place; el Todopoderoso, pues siempre que quieres, el hacerlo está presente contigo. En los cielos: allí de manera eminente. El cielo es tu trono, «el lugar donde» particularmente «mora tu gloria». Pero no allí solamente, pues tú llenas el cielo y la tierra, toda la extensión del espacio. «Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria. ¡Gloria a ti, oh Señor altísimo!»
Por eso debemos «servir al Señor con temor, y alegrarnos en él con reverencia». Por eso debemos pensar, hablar y obrar como continuamente bajo la mirada, en la presencia inmediata, del Señor, el Rey.
7. «Santificado sea tu nombre». Esta es la primera de las seis peticiones de que se compone la oración misma. El nombre de Dios es Dios mismo; la naturaleza de Dios, hasta donde puede ser descubierta al hombre. Significa, pues, junto con su existencia, todos sus atributos o perfecciones: su eternidad, particularmente significada por su grande e incomunicable nombre, JEHOVÁ, tal como lo traduce el apóstol Juan: To A kai to o, arche kai telos, oon kai ho On kai ho en kai ho erchomenos, «el Alfa y la Omega, el principio y el fin; el que es, y que era, y que ha de venir»; su plenitud de ser, denotada por su otro gran nombre, ¡YO SOY EL QUE SOY!; su omnipresencia; su omnipotencia, pues él es en verdad el único Agente en el mundo material, siendo toda materia esencialmente torpe e inactiva, y moviéndose solo en cuanto es movida por el dedo de Dios; y él es el resorte de la acción en toda criatura, visible e invisible, la cual no podría obrar ni existir sin el continuo influjo y operación de su poder omnipotente; su sabiduría, claramente deducida de las cosas que se ven, del hermoso orden del universo; su Trinidad en la Unidad, y su Unidad en la Trinidad, descubierta a nosotros en la primerísima línea de su palabra escrita: bara elohim, literalmente, los Dioses creó, un sustantivo plural unido a un verbo en número singular; así como en cada parte de sus revelaciones posteriores, dadas por boca de todos sus santos profetas y apóstoles; su pureza y santidad esenciales; y, sobre todo, su amor, que es el resplandor mismo de su gloria.
Al pedir que Dios, o su nombre, «sea santificado» o glorificado, pedimos que sea conocido tal como él es por todos los que son capaces de ello, por todos los seres inteligentes, y con afectos que correspondan a ese conocimiento; que sea debidamente honrado, temido y amado por todos en los cielos arriba y en la tierra abajo; por todos los ángeles y los hombres, a quienes para ese fin ha hecho capaces de conocerle y amarle por toda la eternidad.
8. «Venga tu reino». Esta petición tiene estrecha conexión con la anterior. Para que el nombre de Dios sea santificado, pedimos que venga su reino, el reino de Cristo. Este reino viene, pues, a una persona en particular cuando ella «se arrepiente y cree al evangelio»; cuando es enseñada por Dios, no solo a conocerse a sí misma, sino a conocer a Jesucristo, y a este crucificado. Así como «esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado», así también es el reino de Dios comenzado aquí abajo, establecido en el corazón del creyente; «el Señor Dios Todopoderoso» «reina» entonces, cuando es conocido por medio de Cristo Jesús. Él toma para sí su gran poder, para sujetar a sí todas las cosas. Sigue adelante en el alma venciendo y para vencer, hasta que ha puesto todas las cosas debajo de sus pies, hasta que «todo pensamiento es llevado cautivo a la obediencia a Cristo».
Cuando, pues, Dios «dé a su Hijo las naciones por herencia, y por posesión suya los confines de la tierra»; cuando «todos los reyes se postren delante de él, y todas las naciones le sirvan»; cuando «el monte de la casa del Señor», la Iglesia de Cristo, «sea establecido como cabeza de los montes»; cuando «haya entrado la plenitud de los gentiles, y todo Israel sea salvo»; entonces se verá que «el Señor reina, y se ha vestido de magnificencia», manifestándose a toda alma humana como Rey de reyes y Señor de señores. Y es justo que todos los que aman su venida pidan que él apresure el tiempo; que este su reino, el reino de la gracia, venga pronto y absorba todos los reinos de la tierra; que todo el género humano, recibiéndole por su Rey y creyendo verdaderamente en su nombre, sea lleno de justicia, y paz, y gozo, de santidad y felicidad, hasta que sean trasladados de aquí a su reino celestial, para reinar allí con él por los siglos de los siglos.
Porque también pedimos esto con aquellas palabras: «Venga tu reino»: pedimos la venida de su reino eterno, el reino de gloria en el cielo, que es la continuación y perfección del reino de la gracia en la tierra. Por consiguiente, esta petición, así como la anterior, se ofrece por toda la creación inteligente, interesada toda ella en este gran acontecimiento, la renovación final de todas las cosas, cuando Dios ponga fin a la miseria y al pecado, a la debilidad y a la muerte, tomando todas las cosas en sus propias manos y estableciendo el reino que permanece por todas las edades.
Exactamente conformes con esto son aquellas solemnes palabras de la oración en el entierro de los difuntos: «Suplicándote que te plazca, por tu bondad misericordiosa, completar en breve el número de tus escogidos y apresurar tu reino, para que nosotros, con todos los que han partido en la verdadera fe de tu santo nombre, tengamos nuestra perfecta consumación y bienaventuranza, así en cuerpo como en alma, en tu gloria eterna».
9. «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Esta es la consecuencia necesaria e inmediata dondequiera que ha venido el reino de Dios; dondequiera que Dios habita en el alma por la fe y Cristo reina en el corazón por el amor.
Es probable que muchos, quizá la generalidad de los hombres, a primera vista de estas palabras, se inclinen a imaginar que son solamente una expresión de resignación, o una petición de ella; de una disposición a sufrir la voluntad de Dios, sea la que fuere acerca de nosotros. Y esta es sin duda una disposición divina y excelente, un preciosísimo don de Dios. Pero no es esto lo que pedimos en esta petición; al menos, no en su sentido principal y primario. Pedimos, no tanto una conformidad pasiva como una conformidad activa con la voluntad de Dios, al decir: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra».
¿Cómo la hacen los ángeles de Dios en el cielo, aquellos que ahora rodean gozosos su trono? La hacen de buena gana; aman sus mandamientos y escuchan con alegría sus palabras. Su comida y su bebida es hacer su voluntad; es su más alta gloria y gozo. La hacen continuamente; no hay interrupción en su voluntario servicio. No reposan ni de día ni de noche, sino que emplean cada hora (hablando a la manera de los hombres; pues de otro modo nuestras medidas de duración, días, noches y horas, no tienen lugar en la eternidad) en cumplir sus mandatos, en ejecutar sus designios, en realizar el consejo de su voluntad. Y la hacen perfectamente. Ningún pecado, ningún defecto pertenece a las mentes angélicas. Es verdad que «ni las estrellas son limpias delante de sus ojos», ni aun las estrellas del alba que cantan juntas delante de él. «Delante de sus ojos», es decir, en comparación con Él, los mismos ángeles no son puros. Pero esto no implica que no sean puros en sí mismos. Sin duda lo son; son sin mancha e irreprensibles. Están enteramente consagrados a su voluntad, y perfectamente obedientes en todas las cosas.
Si consideramos esto bajo otra luz, podemos observar que los ángeles de Dios en el cielo hacen toda la voluntad de Dios. Y no hacen ninguna otra cosa, nada sino lo que tienen absoluta seguridad de que es su voluntad. Además, hacen toda la voluntad de Dios como él la quiere; de la manera que a él le agrada, y de ninguna otra. Sí, y la hacen solamente porque es su voluntad; con este fin, y por ninguna otra razón.
10. Cuando, pues, pedimos que la voluntad de Dios «se haga en la tierra como en el cielo», el sentido es que todos los habitantes de la tierra, aun todo el linaje humano, hagan la voluntad de su Padre que está en los cielos tan de buena gana como los santos ángeles; que la hagan continuamente, igual que ellos, sin interrupción alguna en su voluntario servicio; sí, y que la hagan perfectamente: que «el Dios de paz, por la sangre del pacto eterno, los haga aptos en toda obra buena para que hagan su voluntad, y obre en ellos todo «lo que es agradable delante de él».
En otras palabras, pedimos que nosotros y todo el género humano hagamos toda la voluntad de Dios en todas las cosas; y ninguna otra cosa, ni la más mínima, sino lo que es la santa y agradable voluntad de Dios. Pedimos hacer toda la voluntad de Dios como él la quiere, de la manera que a él le agrada; y, por último, hacerla porque es su voluntad; que esta sea la única razón y fundamento, el entero y único motivo, de todo cuanto pensamos, o de todo cuanto decimos o hacemos.
11. «Danos hoy nuestro pan cotidiano». En las tres peticiones anteriores hemos estado orando por todo el género humano. Llegamos ahora a pedir más particularmente la provisión de nuestras propias necesidades. No que se nos mande, ni aun aquí, limitar enteramente nuestra oración a nosotros mismos; pues esta y cada una de las peticiones siguientes pueden usarse por toda la Iglesia de Cristo sobre la tierra.
Por «pan» podemos entender todas las cosas necesarias, sea para nuestras almas o para nuestros cuerpos; ta pros zoen kai eusebeian, las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad: no entendemos solamente el pan exterior, lo que nuestro Señor llama la comida que perece, sino mucho más el pan espiritual, la gracia de Dios, la comida que permanece para vida eterna. Fue el juicio de muchos de los antiguos Padres que aquí hemos de entender también el pan sacramental, recibido diariamente al principio por toda la Iglesia de Cristo, y altamente estimado, hasta que el amor de muchos se enfrió, como el gran canal por el cual la gracia de su Espíritu se comunicaba a las almas de todos los hijos de Dios.
Nuestro pan cotidiano. La palabra que traducimos cotidiano ha sido explicada de diversas maneras por diversos comentaristas. Pero el sentido más llano y natural parece ser este, que se conserva en casi todas las traducciones, tanto antiguas como modernas: lo que basta para este día; y así para cada día según va llegando.
12. «Danos»: porque nada reclamamos por derecho, sino solo por pura misericordia. No merecemos el aire que respiramos, ni la tierra que nos sostiene, ni el sol que brilla sobre nosotros. Todo nuestro merecimiento, lo confesamos, es el infierno; pero Dios nos ama gratuitamente; por eso le pedimos que nos dé lo que no podemos procurarnos por nosotros mismos, como tampoco podemos merecerlo de sus manos.
No es que la bondad o el poder de Dios sean para nosotros razón para estar ociosos. Es su voluntad que pongamos toda diligencia en todas las cosas, que empleemos nuestros mayores esfuerzos, tanto como si nuestro éxito fuera el efecto natural de nuestra propia sabiduría y fuerza; y luego, como si nada hubiéramos hecho, hemos de depender de él, el dador de toda buena dádiva y de todo don perfecto.
«Hoy»: porque no hemos de afanarnos por el día de mañana. Precisamente con este fin nuestro sabio Creador ha dividido la vida en estas pequeñas porciones de tiempo, tan claramente separadas unas de otras, para que miremos cada día como un nuevo don de Dios, otra vida que podemos consagrar a su gloria; y para que cada noche sea como el término de la vida, más allá del cual no hemos de ver nada sino la eternidad.
13. «Y perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Como nada sino el pecado puede impedir que la generosidad de Dios se derrame sobre toda criatura, esta petición sigue naturalmente a la anterior, para que, removidos todos los estorbos, podamos confiar más plenamente en el Dios de amor para toda clase de bien.
«Nuestras ofensas»: la palabra significa propiamente nuestras deudas. Así se representan con frecuencia nuestros pecados en la Escritura; pues cada pecado nos pone bajo una nueva deuda con Dios, a quien ya debemos, por así decirlo, diez mil talentos. ¿Qué podremos, pues, responder cuando él diga: «Págame lo que debes»? Estamos del todo insolventes; nada tenemos con qué pagar; hemos malgastado todos nuestros bienes. Por tanto, si él nos trata conforme al rigor de su ley, si exige lo que con justicia puede exigir, tendrá que mandar que seamos «atados de pies y manos, y entregados a los verdugos».
En verdad, ya estamos atados de pies y manos con las cadenas de nuestros propios pecados. Estos, considerados respecto de nosotros mismos, son cadenas de hierro y grillos de bronce. Son heridas con que el mundo, la carne y el diablo nos han acuchillado y destrozado por completo. Son enfermedades que beben nuestra sangre y nuestro aliento, que nos hacen descender a las cámaras del sepulcro. Pero considerados, como lo son aquí, respecto de Dios, son deudas, inmensas e innumerables. ¡Bien podemos, pues, ya que nada tenemos con qué pagar, clamar a él para que nos «perdone de pura gracia» a todos!
La palabra traducida perdonar significa o bien perdonar una deuda, o bien soltar una cadena. Y si alcanzamos lo primero, lo segundo sigue por sí mismo: si nuestras deudas son perdonadas, las cadenas caen de nuestras manos. Tan pronto como, por la libre gracia de Dios en Cristo, «recibimos perdón de pecados», recibimos asimismo «herencia entre los santificados por la fe que es en él». El pecado ha perdido su poder; no tiene dominio sobre los que «están bajo la gracia», es decir, en el favor de Dios. Así como «ahora ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús», así también son libres del pecado tanto como de la culpa. «La justicia de la ley se cumple en» ellos, y «no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu».
14. «Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». En estas palabras nuestro Señor declara claramente tanto bajo qué condición como en qué grado o manera podemos esperar ser perdonados por Dios. Todas nuestras ofensas y pecados nos son perdonados si perdonamos a otros, y como los perdonamos. [Primero, Dios nos perdona si nosotros perdonamos a otros.] Este es un punto de la mayor importancia. Y nuestro bendito Señor tiene tanto celo de que en ningún momento lo dejemos escapar de nuestro pensamiento, que no solo lo inserta en el cuerpo de su oración, sino que inmediatamente después lo repite dos veces. «Porque si —dice— perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas». (Mateo 6:14, 15). Segundo, Dios nos perdona como nosotros perdonamos a otros. De modo que si queda alguna malicia o amargura, si queda algún resabio de falta de bondad o de ira, si no perdonamos clara, plenamente y de corazón a todos los hombres sus ofensas, recortamos en gran manera el perdón de las nuestras: Dios no puede perdonarnos clara y plenamente; puede mostrarnos algún grado de misericordia, pero nosotros no le permitimos borrar todos nuestros pecados y perdonar todas nuestras iniquidades.
Entretanto, mientras no perdonamos de corazón a nuestro prójimo sus ofensas, ¿qué clase de oración ofrecemos a Dios cada vez que pronunciamos estas palabras? En verdad estamos desafiando abiertamente a Dios: le estamos retando a que haga lo peor. «¡Perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden!». Es decir, en términos llanos: «No nos perdones en absoluto; no deseamos favor alguno de tus manos. Te pedimos que guardes nuestros pecados en tu memoria, y que tu ira permanezca sobre nosotros». ¿Pero podéis en serio ofrecer a Dios semejante oración? ¿Y no os ha arrojado todavía vivos al infierno? ¡Oh, no le tentéis más! ¡Ahora, ahora mismo, por su gracia, perdonad como queréis ser perdonados! ¡Ten ahora compasión de tu consiervo, como Dios ha tenido y tendrá piedad de ti!
15. «Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal». «[Y] no nos metas en tentación». La palabra traducida tentación significa prueba de cualquier clase. Y así la palabra tentación se tomaba antiguamente en sentido indiferente, aunque ahora se entiende por lo común como incitación al pecado. Santiago usa la palabra en ambos sentidos: primero en su acepción general, y luego en la restringida. La toma en el primer sentido cuando dice: «Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba», o haya sido aprobado por Dios, «recibirá la corona de vida». (Santiago 1:12, 13). Inmediatamente añade, tomando la palabra en el segundo sentido: «Nadie diga cuando es tentado: Soy tentado de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado cuando es atraído por su propia concupiscencia», o deseo, exelkomenos, arrastrado fuera de Dios, en quien solo está seguro, «y seducido»; atrapado como un pez con el cebo. Entonces es, cuando así es atraído y seducido, cuando propiamente «entra en tentación». Entonces la tentación lo cubre como una nube; se extiende sobre toda su alma. ¡Y entonces con cuánta dificultad escapará del lazo! Por tanto, rogamos a Dios que «no nos meta en tentación», es decir (puesto que Dios no tienta a nadie), que no permita que seamos llevados a ella. «Mas líbranos del mal». Mejor dicho, «del maligno»; apo tou ponerou. Ho Poneros es sin duda el maligno, así llamado enfáticamente, el príncipe y dios de este mundo, que obra con gran poder en los hijos de desobediencia. Pero todos los que son hijos de Dios por la fe son librados de sus manos. Él puede combatir contra ellos, y lo hará. Pero no puede vencer, a menos que ellos traicionen sus propias almas. Puede atormentar por un tiempo, pero no puede destruir; porque Dios está de su lado, y no dejará, al final, de «hacer justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche». ¡Señor, cuando seamos tentados, no permitas que entremos en tentación! ¡Ábrenos tú una salida para escapar, para que el maligno no nos toque!
16. La conclusión de esta divina oración, comúnmente llamada la doxología, es una solemne acción de gracias, un compendioso reconocimiento de los atributos y de las obras de Dios. «Porque tuyo es el reino»: el derecho soberano sobre todas las cosas que son o que jamás fueron creadas; sí, tu reino es reino eterno, y tu señorío permanece por todas las edades. «El poder»: el poder ejecutivo por el cual gobiernas todas las cosas en tu reino eterno, por el cual haces todo lo que te place en todos los lugares de tu señorío. «Y la gloria»: la alabanza que te debe toda criatura por tu poder, y por la grandeza de tu reino, y por todas las obras maravillosas que obras desde la eternidad y obrarás por los siglos sin fin, «¡por los siglos de los siglos! ¡Amén!». ¡Así sea!
Creo que no será desagradable al lector serio que añada aquí
UNA PARÁFRASIS DEL PADRE NUESTRO
1 Padre de todos, cuya voz potente
llamó a existir este universo entero;
cuyas misericordias se gozan sobre todo,
por siglos sin fin siempre las mismas.
Tú, por tu palabra, todo lo sostienes;
a todos se muestra tu amor generoso,
tú oyes el clamor de cada criatura,
y de bien sacias toda boca.
2 En el cielo reinas, entronizado en luz,
la extensión de la naturaleza a tus pies;
tierra, aire y mar delante de tu vista,
y la honda tiniebla del infierno, al descubierto.
Sabiduría, poder y amor son tuyos:
postrados ante tu rostro caemos,
confesamos tus atributos divinos
y aclamamos al soberano Señor de todo.
3 A ti, Señor soberano, confiese todo
lo que se mueve en tierra, aire o cielo;
reverencie tu poder, bendiga tu bondad,
tiemble ante tu mirada penetrante.
Todos los que a Él debéis vuestro ser,
emplead en alabanza cada hora:
¡Jehová reina! ¡Alégrate, oh tierra!
¡Y gritad de gozo, estrellas del alba!
4 Hijo del eterno amor de tu Padre,
toma para ti tu gran poder;
que todos los hijos de la tierra prueben tu misericordia,
que todos adoren tu gracia sangrante.
Despliega los triunfos de tu amor;
reina tú solo en cada corazón,
hasta que tus enemigos confiesen tu dominio
y la gloria acabe lo que la gracia comenzó.
5 Espíritu de gracia, de salud y de poder,
fuente de luz y de amor aquí abajo,
derrama por doquier tu influjo sanador,
que fluya sobre todas las naciones.
Inflama nuestros corazones con amor perfecto;
cumple en nosotros la obra de la fe;
así no se moverán más prestas las huestes del cielo
que nosotros en la tierra para hacer tu voluntad.
6 Padre, tuyo es cada día proveer
de nuevo a las necesidades de tus hijos:
tú vistes los lirios del campo
y oyes el graznido de los cuervos jóvenes.
En ti echamos nuestra ansiedad; vivimos
por ti, que conoces todas nuestras necesidades;
¡oh, aliméntanos con tu gracia, y da
hoy a nuestras almas el pan vivo!
7 Eterno, inmaculado Cordero de Dios,
inmolado antes de la fundación del mundo,
rocíanos siempre con tu sangre;
oh, límpianos y guárdanos siempre limpios.
Hacia toda alma (¡toda alabanza a Ti!)
mueve nuestras entrañas de compasión:
y que todo el género humano vea por esto
que Dios está en nosotros; porque Dios es amor.
8 Dador y Señor de la vida, cuyo poder
y cuidado protector son libres para todos;
a ti, en la hora de la fiera tentación,
huyamos del pecado y de Satanás.
Tuyos somos, Señor, y tú eres nuestro;
muéstrese en nosotros toda tu bondad;
renueva, ensancha y llena nuestro corazón
de paz, y gozo, y cielo, y Dios.
9 Bendición y honra, alabanza y amor,
coiguales, coeternos Tres,
en la tierra abajo, en el cielo arriba,
te sean dados por todas tus obras.
¡Tres veces Santo! Tuyo es el reino,
tuyo es el poder omnipotente;
y cuando muera la naturaleza creada,
tus glorias sin fin seguirán brillando.
Capítulo 27 completado
Discurso 6