Sermones en diversas ocasiones
Discurso 4

Capítulo 25 · 34 min de lectura · 44 min de escucha

Discurso 4

Sermón 24

Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor

Discurso 4

«Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvanece, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres.

«Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.

«Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.

«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»

Mateo 5:13–16

1. La hermosura de la santidad, de aquel hombre interior del corazón que es renovado conforme a la imagen de Dios, no puede menos que impresionar a todo ojo que Dios ha abierto, a todo entendimiento iluminado. El ornato de un espíritu manso, humilde y amoroso suscitará, al menos, la aprobación de todos los que son capaces, en algún grado, de discernir el bien y el mal espirituales. Desde la hora en que los hombres comienzan a salir de las tinieblas que cubren al mundo aturdido e irreflexivo, no pueden menos que percibir cuán deseable cosa es ser así transformados a semejanza de aquel que nos creó. Esta religión interior lleva la forma de Dios tan visiblemente impresa en sí, que un alma tiene que estar enteramente sumergida en la carne y la sangre para poder dudar de su origen divino. Podemos decir de ella, en un sentido secundario, lo mismo que del Hijo de Dios mismo: que es «el resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia»; apaugasma tes doxe autou, el destello de su gloria eterna, y sin embargo tan templado y suavizado que aun los hijos de los hombres pueden ver en ello a Dios y vivir; charakter tes hupostaseos autou, el carácter, el sello, la impresión viva de su persona, que es la fuente de la belleza y del amor, el manantial original de toda excelencia y perfección.

2. Si la religión, pues, no se llevara más allá de esto, no tendrían duda alguna acerca de ella; no tendrían objeción en seguirla con todo el ardor de su alma. «Pero ¿por qué», dicen, «se la estorba con otras cosas? ¿Qué necesidad hay de cargarla con el hacer y el padecer? Esto es lo que apaga el vigor del alma y la hunde de nuevo en la tierra. ¿No basta con seguir la caridad, con remontarse en las alas del amor? ¿No bastará con adorar a Dios, que es Espíritu, con el espíritu de nuestra mente, sin embarazarnos con cosas exteriores, ni aun pensar en ellas en absoluto? ¿No es mejor que toda la extensión de nuestro pensamiento se ocupe en una contemplación elevada y celestial, y que, en vez de afanarnos en lo exterior, solamente tengamos comunión con Dios en nuestro corazón?»

3. Muchos hombres eminentes han hablado así; nos han aconsejado «cesar de toda acción exterior»; retirarnos por completo del mundo; dejar atrás el cuerpo; abstraernos de todas las cosas sensibles; no tener cuidado alguno de la religión exterior, sino obrar todas las virtudes en la voluntad; como el camino mucho más excelente, más perfeccionador del alma, a la vez que más aceptable a Dios.

4. No necesitaba nuestro Señor que nadie le hablara de esta obra maestra de la sabiduría de abajo, ¡la más hermosa de todas las artimañas con que Satanás ha trastornado jamás los caminos rectos del Señor! ¡Y oh, qué instrumentos ha hallado de tiempo en tiempo para emplearlos en este servicio suyo, para blandir esta gran máquina del infierno contra algunas de las verdades más importantes de Dios! Hombres capaces de «engañar, si fuera posible, aun a los escogidos», a los hombres de fe y de amor; sí, que por un tiempo han engañado y extraviado a no pequeño número de ellos, los cuales han caído en todas las épocas en esa trampa dorada, y a duras penas han escapado con la piel de sus dientes.

5. Pero ¿ha faltado nuestro Señor por su parte? ¿No nos ha guardado suficientemente contra este halagüeño engaño? ¿No nos ha armado aquí con armadura a toda prueba contra Satanás «transformado en ángel de luz»? Sí, en verdad: aquí defiende, de la manera más clara y enérgica, la religión activa y sufrida que acababa de describir. ¿Qué puede haber más pleno y más claro que las palabras que añade inmediatamente a lo que había dicho sobre el hacer y el padecer? «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvanece, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»

Para explicar plenamente y hacer valer estas importantes palabras, procuraré mostrar, en primer lugar, que el cristianismo es esencialmente una religión social, y que convertirlo en una religión solitaria es destruirlo. En segundo lugar, que ocultar esta religión es imposible, además de enteramente contrario al propósito de su Autor. En tercer lugar, responderé a algunas objeciones, y concluiré el todo con una aplicación práctica.

I. 1. En primer lugar, procuraré mostrar que el cristianismo es esencialmente una religión social, y que convertirlo en una religión solitaria es, en verdad, destruirlo.

Por cristianismo entiendo aquel método de adorar a Dios que Jesucristo revela aquí al hombre. Cuando digo que esta es esencialmente una religión social, no quiero decir solo que no puede subsistir tan bien, sino que no puede subsistir en absoluto sin sociedad, sin vivir y tratar con otros hombres. Y al mostrar esto me limitaré a aquellas consideraciones que surgen del mismo discurso que tenemos delante. Pero, si esto se demuestra, entonces sin duda convertir esta religión en una religión solitaria es destruirla.

No es que podamos condenar de ningún modo el entremezclar la soledad o el retiro con la sociedad. Esto no solo es lícito, sino conveniente; más aún, es necesario, como lo muestra la experiencia diaria, para todo aquel que ya es, o desea ser, un verdadero cristiano. Difícilmente puede ser que pasemos un día entero en trato continuo con los hombres sin sufrir pérdida en nuestra alma y sin contristar en alguna medida al Espíritu Santo de Dios. Tenemos necesidad de retirarnos diariamente del mundo, al menos mañana y tarde, para conversar con Dios, para tener comunión más libremente con nuestro Padre que está en secreto. Ni puede, en verdad, un hombre de experiencia condenar aun temporadas más largas de retiro religioso, con tal que no impliquen ningún descuido de la ocupación terrenal en que la providencia de Dios nos ha colocado.

2. Sin embargo, tal retiro no debe absorber todo nuestro tiempo; esto sería destruir, no promover, la verdadera religión. Porque que la religión descrita por nuestro Señor en las palabras precedentes no puede subsistir sin sociedad, sin que vivamos y tratemos con otros hombres, se ve claramente por esto: que varias de sus ramas más esenciales no pueden tener lugar si no tenemos trato con el mundo.

3. No hay disposición, por ejemplo, más esencial al cristianismo que la mansedumbre. Ahora bien, aunque esta, en cuanto implica resignación a Dios, o paciencia en el dolor y la enfermedad, puede subsistir en un desierto, en la celda de un ermitaño, en total soledad, sin embargo, en cuanto implica (lo cual no implica menos necesariamente) apacibilidad, dulzura y longanimidad, no puede de ningún modo existir, no tiene lugar bajo el cielo, sin trato con otros hombres. De modo que intentar convertirla en una virtud solitaria es destruirla de sobre la faz de la tierra.

4. Otra rama necesaria del verdadero cristianismo es el ser pacificador, o el hacer el bien. Que esta es tan esencial como cualquiera de las otras partes de la religión de Jesucristo, no puede haber argumento más fuerte para demostrarlo (y por eso sería absurdo alegar otro) que el hecho de que está insertada aquí en el plan original que él ha trazado de los fundamentos de su religión. Por tanto, dejar esto a un lado es el mismo atrevido insulto a la autoridad de nuestro gran Maestro que dejar a un lado la misericordia, la pureza de corazón o cualquier otra rama de su institución. Pero esto lo dejan a un lado, evidentemente, todos los que nos llaman al desierto; los que recomiendan la soledad completa, ya a los niños, ya a los jóvenes, ya a los padres en Cristo. Porque ¿afirmará alguien que un cristiano solitario (así llamado, aunque esto es poco menos que una contradicción en los términos) puede ser un hombre misericordioso, es decir, uno que aprovecha toda oportunidad de hacer todo el bien a todos los hombres? ¿Qué puede ser más claro que el hecho de que esta rama fundamental de la religión de Jesucristo no puede de ningún modo subsistir sin sociedad, sin que vivamos y tratemos con otros hombres?

5. «Pero ¿no es conveniente, sin embargo», podría alguno preguntar con naturalidad, «tratar solo con hombres buenos, solo con aquellos que sabemos que son mansos y misericordiosos, santos de corazón y santos de vida? ¿No es conveniente abstenerse de toda conversación o trato con hombres de carácter opuesto, hombres que no obedecen, y quizá no creen, el evangelio de nuestro Señor Jesucristo? El consejo de san Pablo a los cristianos de Corinto puede parecer favorecer esto: «Os he escrito por carta que no os juntéis con los fornicarios». (1 Corintios 5:9) Y ciertamente no es aconsejable juntarse con ellos, ni con ninguno de los obradores de iniquidad, de tal manera que se tenga con ellos alguna familiaridad particular o alguna estrecha amistad. Contraer o mantener intimidad con cualquiera de ellos de ningún modo conviene a un cristiano. Necesariamente le expondrá a gran cantidad de peligros y lazos, de los cuales no puede tener esperanza razonable de librarse.

Pero el apóstol no nos prohíbe tener trato alguno, ni aun con los hombres que no conocen a Dios: «Pues en tal caso», dice, «os sería necesario salir del mundo»; lo cual él nunca podría aconsejarles. Pero añade: «Si alguno, llamándose hermano», que se profesa cristiano, «es fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón»; (1 Corintios 5:11; ) ahora os he escrito que no os juntéis» con él; «con el tal ni aun comáis». Esto implica necesariamente que rompamos toda familiaridad, toda intimidad de trato con él. «Mas no lo tengáis por enemigo», dice el apóstol en otro lugar, «sino amonestadle como a hermano»; (2 Tesalonicenses 3:15; ) mostrando claramente que aun en un caso como este no hemos de renunciar a toda comunión con él. De modo que aquí no hay consejo alguno de separarse por completo, ni aun de los hombres malvados. Más aún, estas mismas palabras nos enseñan precisamente lo contrario.

6. Mucho más las palabras de nuestro Señor, quien tan lejos está de mandarnos romper todo trato con el mundo, que sin él, según su descripción del cristianismo, no podemos ser cristianos en absoluto. Sería fácil mostrar que algún trato aun con hombres impíos y profanos es absolutamente necesario para el pleno ejercicio de cada disposición que él ha descrito como el camino del reino; que es indispensablemente necesario para el ejercicio completo de la pobreza de espíritu, del llanto y de toda otra disposición que tiene aquí lugar en la genuina religión de Jesucristo. Sí, es necesario para la existencia misma de varias de ellas: de aquella mansedumbre, por ejemplo, que, en lugar de exigir «ojo por ojo, o diente por diente», «no resiste al mal», sino que más bien nos mueve, cuando somos heridos «en la mejilla derecha, a volver también la otra»; de aquella misericordia por la cual «amamos a nuestros enemigos, bendecimos a los que nos maldicen, hacemos bien a los que nos aborrecen, y oramos por los que nos ultrajan y nos persiguen»; y de aquel conjunto de amor y de todas las disposiciones santas que se ejercita en el padecer por causa de la justicia. Ahora bien, todas estas, es evidente, no podrían existir si no tuviéramos trato más que con verdaderos cristianos.

7. En verdad, si nos separáramos por completo de los pecadores, ¿cómo podríamos responder a aquel carácter que nuestro Señor nos atribuye en estas mismas palabras? «Vosotros» (cristianos, vosotros que sois humildes, serios y mansos; vosotros que tenéis hambre de justicia, que amáis a Dios y a los hombres, que hacéis bien a todos y por eso padecéis el mal; vosotros) «sois la sal de la tierra»: es vuestra misma naturaleza sazonar todo lo que está a vuestro alrededor. Es la naturaleza del sabor divino que está en vosotros extenderse a todo lo que tocáis; difundirse por todos lados a todos aquellos entre quienes estáis. Esta es la gran razón por la que la providencia de Dios os ha mezclado así con otros hombres: para que toda gracia que hayáis recibido de Dios sea comunicada a otros por medio de vosotros; para que toda disposición santa, y toda palabra y obra vuestra, influyan también en ellos. Por este medio se pondrá freno, en alguna medida, a la corrupción que hay en el mundo; y una pequeña parte, al menos, será salvada del contagio general, y hecha santa y pura delante de Dios.

8. Para que trabajemos con tanta mayor diligencia en sazonar todo lo que podamos con toda disposición santa y celestial, nuestro Señor pasa a mostrar el estado desesperado de los que no comunican la religión que han recibido; cosa que, en verdad, no pueden dejar de hacer mientras ella permanezca en su propio corazón. «Si la sal se desvanece, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres»: si vosotros, que erais santos y de mente celestial, y por consiguiente celosos de buenas obras, ya no tenéis ese sabor en vosotros mismos, y por tanto ya no sazonáis a otros; si os habéis vuelto sosos, insípidos, muertos, descuidados de vuestra propia alma e inútiles para las almas de los demás hombres, ¿con qué seréis salados? ¿Cómo seréis recobrados? ¿Qué ayuda queda? ¿Qué esperanza? ¿Puede la sal sin sabor recobrar su sabor? No; «no sirve más para nada, sino para ser echada fuera», como el lodo de las calles, «y pisoteada por los hombres», para ser cubierta de vergüenza perpetua. Si nunca hubierais conocido al Señor, podría haber esperanza; si nunca hubierais sido «hallados en él». Pero ¿qué podéis decir ahora a aquella solemne declaración suya, enteramente paralela a lo que aquí ha dicho? «Todo pámpano que en mí no lleva fruto, él, el Padre, «lo quitará. El que está en mí, y yo en él, este lleva mucho fruto». «El que en mí no está», o no lleva fruto». «será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen», no para plantarlos de nuevo, sino «para echarlos en el fuego». (Juan 15:2, 5, 6.)

9. Para con los que nunca han gustado la buena palabra, Dios es en verdad compasivo y de tierna misericordia. Pero la justicia tiene lugar respecto a los que han gustado que el Señor es benigno, y después se han vuelto atrás «del santo mandamiento» que entonces «les fue dado». «Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados»; (Hebreos 6:4) en cuyos corazones Dios había resplandecido una vez para iluminarlos con el conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo; que «gustaron del don celestial» de la redención en su sangre, el perdón de los pecados; «y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo», de la humildad, de la mansedumbre y del amor de Dios y de los hombres derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que les fue dado; y «recayeron» —kai parapesontas— (aquí no hay una suposición, sino una declaración rotunda de un hecho) «sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio».

Pero para que nadie entienda mal estas terribles palabras, debe observarse con cuidado: (1.) Quiénes son aquellos de quienes aquí se habla; a saber, aquellos, y solo aquellos, que una vez fueron así «iluminados»; solo aquellos que «gustaron» de ese «don celestial, y fueron» así «“hechos partícipes del Espíritu Santo». De modo que todos los que no han experimentado estas cosas no tienen nada que ver con esta Escritura. (2.) Qué es esa recaída de que aquí se habla: es una apostasía absoluta y total. Un creyente puede caer, y no recaer. Puede caer y levantarse de nuevo. Y si cayera, aun en pecado, este caso, por terrible que sea, no es desesperado. Porque «abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo; y él es la propiciación por nuestros pecados». Pero guárdese ante todo de que su «corazón se endurezca con el engaño del pecado»; de hundirse cada vez más bajo, hasta recaer del todo, hasta volverse como la sal que ha perdido su sabor; porque si así pecamos voluntariamente después de haber recibido experimentalmente el «conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio y hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios».

II. 1. «Pero, aunque no podamos separarnos por completo de los hombres, aunque se conceda que debemos sazonarlos con la religión que Dios ha obrado en nuestro corazón, ¿no puede esto hacerse de un modo imperceptible? ¿No podemos transmitirla a otros de una manera secreta y casi insensible, de modo que apenas nadie pueda observar cómo o cuándo se hace? Así como la sal comunica su sabor a lo que con ella se sazona, sin ningún ruido y sin estar expuesta a ninguna observación exterior. Y, si es así, aunque no salgamos del mundo, podemos permanecer escondidos en él. Podemos guardar hasta ese punto nuestra religión para nosotros mismos, y no ofender a aquellos a quienes no podemos ayudar».

2. Nuestro Señor conocía bien también este razonamiento plausible de la carne y la sangre. Y le ha dado una respuesta completa en aquellas palabras que ahora pasamos a considerar; al explicarlas, procuraré mostrar, como me propuse hacer en segundo lugar, que, mientras la verdadera religión permanezca en nuestro corazón, es imposible ocultarla, además de absolutamente contrario al propósito de su gran Autor.

Y, en primer lugar, es imposible que los que la tienen oculten la religión de Jesucristo. Esto nuestro Señor lo deja claro más allá de toda contradicción, por medio de una doble comparación: «Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder». Vosotros, cristianos, «sois la luz del mundo», tanto por vuestras disposiciones como por vuestras acciones. Vuestra santidad os hace tan visibles como el sol en medio del cielo. Así como no podéis salir del mundo, tampoco podéis permanecer en él sin mostraros a todos los hombres. No podéis huir de los hombres; y, mientras estéis entre ellos, es imposible esconder vuestra humildad y mansedumbre, y aquellas otras disposiciones por las cuales aspiráis a ser perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto. El amor no puede esconderse más que la luz; y menos que nunca cuando resplandece en la acción, cuando os ejercitáis en el trabajo del amor, en la beneficencia de toda clase. Tan fácil es que los hombres piensen esconder una ciudad como esconder a un cristiano; sí, tan fácil es ocultar una ciudad asentada sobre un monte como a un amante santo, celoso y activo de Dios y de los hombres.

3. Es verdad que los hombres que aman más las tinieblas que la luz, porque sus obras son malas, se tomarán todo el trabajo posible para probar que la luz que hay en vosotros es tinieblas. Dirán mal, toda clase de mal, mintiendo, del bien que hay en vosotros; os imputarán lo que está más lejos de vuestros pensamientos, lo que es exactamente lo contrario de todo lo que sois y de todo lo que hacéis. Y vuestra perseverancia en hacer el bien, vuestro manso sufrir todas las cosas por amor del Señor, vuestro gozo sereno y humilde en medio de la persecución, vuestro incansable trabajo por vencer con el bien el mal, os harán aún más visibles y notorios de lo que erais antes.

4. ¡Tan imposible es impedir que nuestra religión sea vista, a menos que la desechemos; tan vano es el pensamiento de esconder la luz, a menos que sea apagándola! Cierto es que una religión secreta e inadvertida no puede ser la religión de Jesucristo. Cualquier religión que pueda ocultarse no es cristianismo. Si un cristiano pudiera esconderse, no podría ser comparado a una ciudad asentada sobre un monte; a la luz del mundo, al sol que brilla desde el cielo y que es visto por todo el mundo que está debajo. Nunca, pues, entre en el corazón de aquel a quien Dios ha renovado en el espíritu de su mente el esconder esa luz, el guardar su religión para sí; especialmente considerando que no solo es imposible ocultar el verdadero cristianismo, sino que es además absolutamente contrario al designio de su gran Autor.

5. Esto aparece claramente por las palabras que siguen: «Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud». Como si dijera: Así como los hombres no encienden una lámpara solo para cubrirla y ocultarla, tampoco Dios ilumina ningún alma con su glorioso conocimiento y amor para que sea cubierta u ocultada, ya por prudencia, falsamente llamada así, ya por vergüenza, ya por humildad voluntaria; para que quede escondida, sea en un desierto o en el mundo; sea evitando a los hombres o tratando con ellos. «Mas sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa». Del mismo modo, es designio de Dios que todo cristiano esté a la vista de todos; que pueda dar luz a cuantos le rodean, que pueda expresar visiblemente la religión de Jesucristo.

6. Así ha hablado Dios al mundo en todas las edades, no solo por el precepto, sino también por el ejemplo. «No se ha dejado a sí mismo sin testimonio» en ninguna nación adonde ha llegado el sonido del evangelio, sin unos pocos que dieran testimonio de su verdad con sus vidas tanto como con sus palabras. Estos han sido «como luces que alumbran en lugar oscuro». Y de tiempo en tiempo han sido el medio de iluminar a algunos, de preservar un remanente, una pequeña simiente que fue «contada por una generación del Señor». Han sacado a unas pocas pobres ovejas de las tinieblas del mundo y han encaminado sus pies por camino de paz.

7. Podría imaginarse que, donde tanto la Escritura como la razón de las cosas hablan tan clara y expresamente, no podría alegarse mucho en contra, al menos no con apariencia alguna de verdad. Pero quienes así imaginan saben poco de las profundidades de Satanás. Después de todo lo que la Escritura y la razón han dicho, tan sumamente plausibles son los pretextos en favor de una religión solitaria, de que el cristiano salga del mundo, o al menos se esconda en él, que necesitamos toda la sabiduría de Dios para ver a través de la trampa, y todo el poder de Dios para escapar de ella: tantas y tan fuertes son las objeciones que se han levantado contra el ser cristianos sociales, abiertos y activos.

III. 1. Responder a estas objeciones era lo tercero que me propuse. Y, en primer lugar, se ha objetado a menudo que la religión no consiste en cosas exteriores, sino en el corazón, en lo más íntimo del alma; que es la unión del alma con Dios, la vida de Dios en el alma del hombre; que la religión exterior no vale nada; puesto que Dios «no quiere holocausto», ni servicios exteriores, sino que un corazón puro y santo es «el sacrificio que él no despreciará».

Respondo: es muy cierto que la raíz de la religión está en el corazón, en lo más íntimo del alma; que esta es la unión del alma con Dios, la vida de Dios en el alma del hombre. Pero si esta raíz está realmente en el corazón, no puede menos que echar ramas. Y estas son los diversos actos de obediencia exterior, que participan de la misma naturaleza que la raíz; y, por consiguiente, no son solo marcas o señales, sino partes sustanciales de la religión.

Es también cierto que la mera religión exterior, que no tiene raíz en el corazón, no vale nada; que Dios no se complace en tales servicios exteriores, como tampoco en los holocaustos judíos; y que un corazón puro y santo es un sacrificio en el que él siempre se complace. Pero él se complace también en todo aquel servicio exterior que nace del corazón; en el sacrificio de nuestras oraciones (sean públicas o privadas), de nuestras alabanzas y acciones de gracias; en el sacrificio de nuestros bienes, humildemente consagrados a él y empleados enteramente para su gloria; y en el de nuestros cuerpos, que él reclama de modo particular, y que el Apóstol nos ruega, «por las misericordias de Dios, que le presentemos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios».

2. Una segunda objeción, muy relacionada con esta, es que el amor lo es todo; que es «el cumplimiento de la ley», «el fin del mandamiento», de todo mandamiento de Dios; que todo lo que hacemos y todo lo que padecemos, si no tenemos caridad o amor, de nada nos aprovecha; y que por eso el Apóstol nos manda «seguir la caridad», y la llama «el camino más excelente».

Respondo: se concede que el amor de Dios y del hombre, nacido de una fe no fingida, lo es todo, el cumplimiento de la ley, el fin de todo mandamiento de Dios. Es verdad que sin él, cualquier cosa que hagamos, cualquier cosa que padezcamos, de nada nos aprovecha. Pero no se sigue que el amor lo sea todo en tal sentido que sustituya a la fe o a las buenas obras. Es «el cumplimiento de la ley», no porque nos libere de ella, sino porque nos constriñe a obedecerla. Es «el fin del mandamiento», en cuanto todo mandamiento conduce a él y en él tiene su centro. Se admite que cualquier cosa que hagamos o padezcamos sin amor de nada nos aprovecha. Pero, al mismo tiempo, cualquier cosa que hagamos o padezcamos en amor, aunque no fuera más que sufrir oprobio por Cristo, o dar un vaso de agua fría en su nombre, de ningún modo perderá su recompensa.

3. «Pero ¿no nos manda el Apóstol “seguir la caridad”? ¿Y no la llama “un camino más excelente”?». — Ciertamente nos manda «seguir la caridad»; pero no solo eso. Sus palabras son: «Seguid la caridad»; y procurad los dones espirituales». (1 Corintios 14:1) Sí, «seguid la caridad»; y desead gastar y ser gastados por vuestros hermanos. «Seguid la caridad»; y, según tengáis oportunidad, haced bien a todos.

En el mismo versículo en que llama a este, el camino del amor, «un camino más excelente», manda también a los corintios desear otros dones además de él; sí, desearlos ardientemente. «Procurad», dice, «los mejores dones; mas aun yo os muestro un camino más excelente». (1 Corintios 12:31.) ¿Más excelente que qué? Que los dones de sanidades, de hablar en lenguas y de interpretar, mencionados en el versículo anterior; pero no más excelente que el camino de la obediencia. De esto no habla el Apóstol; ni habla en absoluto de la religión exterior: de modo que este texto está muy lejos de la presente cuestión.

Pero supongamos que el Apóstol hubiera estado hablando tanto de la religión exterior como de la interior, y comparándolas entre sí; supongamos que, en la comparación, hubiera dado la preferencia tanto como se quiera a la segunda; supongamos que hubiera preferido (como justamente podía) un corazón amante a todas las obras exteriores, cualesquiera que sean; aun así no se seguiría que hubiéramos de desechar ni la una ni la otra. No; Dios las ha unido desde el principio del mundo; y no las separe el hombre.

4. «Pero “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”. ¿Y no basta esto? Más aún, ¿no debemos emplear en ello toda la fuerza de nuestra mente? ¿No es cierto que el atender a las cosas exteriores entorpece al alma, de modo que no puede remontarse en santa contemplación? ¿No apaga el vigor de nuestro pensamiento? ¿No tiene una tendencia natural a embarazar y distraer la mente? Mientras que San Pablo quiere que estemos “sin congoja”, y que “sin impedimento nos lleguemos al Señor”».

Respondo: «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren». Sí, y esto basta: debemos emplear en ello toda la fuerza de nuestra mente. Pero entonces quisiera preguntar: ¿qué es adorar a Dios, que es Espíritu, en espíritu y en verdad?” Pues es adorarle con nuestro espíritu; adorarle de aquella manera de la que solo los espíritus son capaces. Es creer en él como un Ser sabio, justo y santo, muy limpio de ojos para ver el mal; y, con todo, misericordioso, clemente y lento para la ira; que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; que echa tras sus espaldas todos nuestros pecados y nos acepta en el Amado. Es amarle, deleitarse en él, desearle con todo nuestro corazón, y mente, y alma, y fuerzas; imitar a aquel a quien amamos, purificándonos así como él es puro; y obedecer a aquel a quien amamos y en quien creemos, en pensamiento, en palabra y en obra. Por consiguiente, una rama del adorar a Dios en espíritu y en verdad es guardar sus mandamientos exteriores. Glorificarle, pues, con nuestros cuerpos tanto como con nuestros espíritus; realizar el trabajo exterior con el corazón elevado a él; hacer de nuestra ocupación diaria un sacrificio a Dios; comprar y vender, comer y beber, para su gloria; — esto es adorar a Dios en espíritu y en verdad, tanto como orarle en un desierto.

5. Pero, si es así, la contemplación no es más que una de las maneras de adorar a Dios en espíritu y en verdad. Por tanto, entregarnos enteramente a ella sería destruir muchas ramas del culto espiritual, todas igualmente aceptables a Dios e igualmente provechosas, no dañinas, para el alma. Porque es un gran error suponer que la atención a aquellas cosas exteriores a las que la providencia de Dios nos ha llamado sea un estorbo para el cristiano, o un impedimento cualquiera para que vea siempre a Aquel que es invisible. No apaga en absoluto el ardor de su pensamiento; no embaraza ni distrae su mente; no causa ningún cuidado inquieto o dañino a quien lo hace todo como para el Señor; a quien ha aprendido a hacer todo lo que hace, de palabra o de hecho, en el nombre del Señor Jesús; teniendo un ojo del alma que se mueve en torno a las cosas exteriores, y otro inmóvilmente fijo en Dios. Aprended lo que esto significa, pobres reclusos, para que discernáis claramente vuestra poca fe; sí, para que no juzguéis más a los otros por vosotros mismos, id y aprended qué cosa es aquello: —

Tú, oh Señor, con tierno amor

llevas todas mis cargas;

eleva mi corazón a las cosas de arriba,

y fíjalo allí para siempre.

Sereno me siento sobre la rueda del tumulto;

solo en medio de multitudes atareadas;

dulcemente esperando a tus pies

hasta que toda tu voluntad se cumpla.

6. Pero aún queda la gran objeción. «Apelamos», dicen, «a la experiencia. Nuestra luz sí brilló; usamos las cosas exteriores durante muchos años; y, sin embargo, de nada nos aprovecharon. Asistimos a todas las ordenanzas; pero no fuimos mejores por ello; ni, a decir verdad, ningún otro lo fue; antes bien, fuimos peores; porque nos creíamos cristianos por hacerlo, cuando no sabíamos lo que significaba el cristianismo».

Admito el hecho: admito que vosotros, y diez mil más, habéis abusado así de las ordenanzas de Dios; confundiendo los medios con el fin; suponiendo que el hacer estas u otras obras exteriores era la religión de Jesucristo, o sería aceptado en lugar de ella. Pero quítese el abuso, y quede el uso. Usad ahora todas las cosas exteriores, pero usadlas con la mira constante puesta en la renovación de vuestra alma en justicia y verdadera santidad.

7. Pero esto no es todo: afirman: «La experiencia muestra también que el intentar hacer el bien no es más que trabajo perdido. ¿De qué sirve alimentar o vestir los cuerpos de los hombres, si están a punto de caer en el fuego eterno? ¿Y qué bien puede hacer hombre alguno a sus almas? Si estas son cambiadas, Dios mismo lo hace. Además, todos los hombres o son buenos, o al menos desean serlo, o son obstinadamente malos. Ahora bien, los primeros no nos necesitan; que pidan ayuda a Dios, y les será dada; y los segundos no recibirán ayuda alguna de nosotros. Más aún, nuestro Señor prohíbe “echar nuestras perlas delante de los puercos”».

Respondo: (1.) Ya hayan de perderse o de salvarse finalmente, se os manda expresamente dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. Si podéis y no lo hacéis, sea lo que sea de ellos, vosotros iréis al fuego eterno. (2.) Aunque solo Dios cambia los corazones, por lo general lo hace por medio del hombre. A nosotros nos toca hacer todo lo que está en nuestra mano, con tanta diligencia como si nosotros mismos pudiéramos cambiarlos, y luego dejarle a él el resultado. (3.) Dios, en respuesta a sus oraciones, edifica a sus hijos unos por medio de otros en todo buen don, nutriendo y fortaleciendo todo «el cuerpo por lo que cada coyuntura suministra». De modo que «ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito»; no, ni siquiera «la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros». Por último, ¿cómo estáis seguros de que las personas que tenéis delante son perros o puercos? No las juzguéis hasta haberlas probado. «¿De dónde sabes, oh hombre, si quizá ganarás a tu hermano», — si quizá, bajo Dios, salvarás su alma de muerte? Cuando él desprecie tu amor y blasfeme la buena palabra, entonces es tiempo de entregarlo a Dios.

8. «Lo hemos intentado; hemos trabajado por reformar a los pecadores; ¿y de qué sirvió? En muchos no pudimos causar impresión alguna. Y si algunos cambiaron por un tiempo, su bondad no fue más que como el rocío de la mañana, y pronto fueron tan malos como antes, más aún, peores que nunca: de modo que solo les hicimos daño a ellos, y a nosotros también; porque nuestras mentes se agitaban y perturbaban, — quizá se llenaban de ira en lugar de amor. Por tanto, más nos habría valido guardar nuestra religión para nosotros mismos».

Es muy posible que también este hecho sea verdad; que hayáis intentado hacer el bien y no lo hayáis logrado; sí, que los que parecían reformados recayeran en el pecado, y que su postrer estado fuera peor que el primero. ¿Y qué hay de extraño en ello? ¿Es el siervo más que su señor? ¡Pero cuántas veces se esforzó Él por salvar a los pecadores, y ellos no quisieron oír; o, después de haberle seguido por un tiempo, se volvieron atrás como el perro a su vómito! Pero no por eso desistió de esforzarse por hacer el bien: tampoco debéis desistir vosotros, sea cual fuere vuestro éxito. A vosotros os toca hacer lo que se os manda: el resultado está en la mano de Dios. No sois responsables de él. Dejadlo a aquel que ordena bien todas las cosas. «Por la mañana siembra tu simiente, y a la tarde no dejes reposar tu mano: porque tú no sabes cuál prosperará». (Eclesiastés 11:6)

Pero el intento agita e inquieta vuestra propia alma. Quizá lo hizo por esta misma razón: porque pensabais que erais responsables del resultado, cosa que ningún hombre es, ni en verdad puede serlo; — o quizá porque estabais desprevenidos; no velabais sobre vuestro propio espíritu. Pero esta no es razón para desobedecer a Dios. Intentadlo de nuevo, pero con más cautela que antes. Haced el bien (así como perdonáis) «no solo siete veces, sino hasta setenta veces siete». Solo sed más sabios por la experiencia: intentadlo cada vez con más precaución que antes. Humillaos más delante de Dios, convencidos más profundamente de que por vosotros mismos nada podéis hacer. Sed más celosos sobre vuestro propio espíritu; más mansos, y velad en oración. Así, «echad vuestro pan sobre las aguas, y después de muchos días lo hallaréis».

IV. 1. A pesar de todos estos plausibles pretextos para esconderla, «así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Esta es la aplicación práctica que nuestro Señor mismo hace de las consideraciones precedentes.

«Así alumbre vuestra luz»: — vuestra humildad de corazón; vuestra benignidad y mansedumbre de sabiduría; vuestra seria y grave preocupación por las cosas de la eternidad, y vuestra tristeza por los pecados y miserias de los hombres; vuestro ferviente deseo de una santidad universal y de una plena felicidad en Dios; vuestra tierna buena voluntad para con todo el género humano, y vuestro ardiente amor a vuestro supremo Bienhechor. No procuréis ocultar esta luz con la que Dios ha iluminado vuestra alma; antes dejadla alumbrar delante de los hombres, delante de todos aquellos con quienes estéis, en todo el tenor de vuestra conducta. Dejadla alumbrar aún más eminentemente en vuestras acciones, en hacer todo el bien posible a todos los hombres; y en vuestro padecer por causa de la justicia, mientras «os gozáis y os alegráis, sabiendo que vuestra recompensa es grande en los cielos».

2. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas»: — ¡tan lejos esté el cristiano de pretender o desear jamás ocultar su religión! Al contrario, sea vuestro deseo no ocultarla; no poner la luz debajo del almud. Sea vuestro cuidado ponerla «sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en casa». Solo guardaos de buscar en ello vuestra propia alabanza, de desear honra alguna para vosotros mismos. Antes bien, sea vuestro único fin que todos los que vean vuestras buenas obras «glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

3. Sea este vuestro único fin último en todas las cosas. Con esta mira, sed sencillos, abiertos, sin disfraz. Que vuestro amor sea sin fingimiento: ¿por qué habríais de esconder un amor limpio y desinteresado? Que no se halle engaño en vuestra boca: que vuestras palabras sean el retrato fiel de vuestro corazón. Que no haya oscuridad ni reserva en vuestra conversación, ni disfraz en vuestro comportamiento. Dejad eso a los que tienen a la vista otros designios; designios que no soportan la luz. Sed sin artificio y sencillos con todos los hombres, para que todos vean la gracia de Dios que está en vosotros. Y aunque algunos endurecerán sus corazones, otros conocerán que habéis estado con Jesús y, volviéndose ellos mismos “al gran Obispo de sus almas, «glorificarán a vuestro Padre que está en los cielos».

4. Con este único designio, que los hombres glorifiquen a Dios en vosotros, id adelante en su nombre y en la potencia de su fortaleza. No os avergoncéis ni aun de estar solos, con tal que sea en los caminos de Dios. Que la luz que hay en vuestro corazón alumbre en toda buena obra, tanto en obras de piedad como en obras de misericordia. Y, a fin de ensanchar vuestra capacidad de hacer el bien, renunciad a todo lo superfluo. Cortad todo gasto innecesario en comida, en mobiliario, en vestido. Sed buenos mayordomos de todo don de Dios, aun de estos, sus dones más bajos. Cortad todo gasto innecesario de tiempo, toda ocupación ociosa o inútil; y «todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas». En una palabra, sé tú lleno de fe y de amor; haz el bien; sufre el mal. Y en esto sé tú «firme y constante»; sí, «creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que tu trabajo en el Señor no es vano».

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