Sermones en diversas ocasiones
Discurso 3

Capítulo 24 · 36 min de lectura · 46 min de escucha

Discurso 3

Sermón 23

Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor

Discurso 3

«Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

«Bienaventurados sois cuando os vituperen y os persigan, y digan de vosotros toda clase de mal, mintiendo, por mi causa.

«Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.»

Mateo 5:8–12.

I. 1. ¡Cuán excelentes cosas se dicen del amor al prójimo! Es «el cumplimiento de la ley», «el fin del mandamiento». Sin él, todo cuanto tenemos, todo cuanto hacemos, todo cuanto padecemos, no tiene valor alguno a los ojos de Dios. Pero se trata de aquel amor al prójimo que brota del amor de Dios; de otro modo, en sí mismo nada vale. Nos conviene, pues, examinar bien sobre qué fundamento descansa nuestro amor al prójimo: si de veras está edificado sobre el amor de Dios; si en verdad «le amamos a él, porque él nos amó primero»; si somos de limpio corazón; porque este es el fundamento que jamás será removido. «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.»

2. «Los de limpio corazón» son aquellos cuyo corazón Dios ha «purificado, así como él es limpio»; los que, por la fe en la sangre de Jesús, han sido purificados de todo afecto impío; los que, «limpios de toda inmundicia de carne y de espíritu, perfeccionan la santidad en el» amoroso «temor de Dios». Por el poder de su gracia están purificados del orgullo, mediante la más profunda pobreza de espíritu; de la ira y de toda pasión desabrida o turbulenta, mediante la mansedumbre y la dulzura; de todo deseo que no sea agradar a Dios y gozar de él, conocerle y amarle más y más, mediante esa hambre y sed de justicia que ahora absorbe toda su alma; de manera que ahora aman al Señor su Dios con todo su corazón, y con toda su alma, y mente, y fuerzas.

3. ¡Pero cuán poco caso han hecho de esta pureza de corazón los falsos maestros de todos los tiempos! Han enseñado a los hombres a abstenerse meramente de aquellas impurezas exteriores que Dios ha prohibido expresamente; pero no apuntaron al corazón, y, al no prevenir contra las corrupciones interiores, de hecho las consintieron.

Un ejemplo notable de esto nos lo ha dado nuestro Señor en las siguientes palabras: «Oísteis que fue dicho a los antiguos: No adulterarás»; (Mateo 5:27; ) y, al explicar esto, aquellos ciegos guías de ciegos solo insisten en que los hombres se abstengan del acto exterior. «Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón»; (Mateo 5:28; ) porque Dios ama la verdad en lo íntimo: él escudriña el corazón y prueba los riñones; y si en tu corazón te inclinas a la iniquidad, el Señor no te oirá.

4. Y Dios no admite excusa alguna para retener nada que sea ocasión de impureza. Por tanto, «si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti; porque mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno»: (Mateo 5:29:) si personas tan queridas para ti como tu ojo derecho son ocasión de que así ofendas a Dios, un medio de excitar deseos impuros en tu alma, no te demores: sepárate de ellas a la fuerza. «Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala y échala de ti; porque mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno»: (Mateo 5:30:) si algunos que te parecen tan necesarios como tu mano derecha son ocasión de pecado, de deseo impuro, aunque nunca pasara del corazón ni llegara a brotar en palabra o en acción, oblígate a una separación entera y definitiva: córtalos de un golpe; entrégalos a Dios. Cualquier pérdida, sea de placer, de bienes o de amigos, es preferible a la pérdida de tu alma.

Solo dos pasos quizá no sea impropio dar antes de una separación tan absoluta y definitiva. Primero, prueba si el espíritu inmundo no puede ser echado fuera con ayuno y oración, y absteniéndote cuidadosamente de toda acción, palabra y mirada que hayas hallado ser ocasión de mal. En segundo lugar, si por este medio no eres librado, pide consejo a aquel que vela por tu alma, o al menos a algunos que tengan experiencia en los caminos de Dios, acerca del tiempo y el modo de esa separación; pero no consultes con carne y sangre, no sea que seas «entregado a un poderoso engaño para que creas la mentira».

5. Tampoco puede el matrimonio mismo, santo y honroso como es, usarse como pretexto para dar rienda suelta a nuestros deseos. Ciertamente, «se ha dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio»; y con eso todo quedaba bien, aunque no alegara otra causa sino que ella no le gustaba, o que otra le gustaba más. «Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, fuera de causa de fornicación», (es decir, de adulterio; pues la palabra porneia significa impureza en general, sea en el estado de casado o en el de soltero) hace que ella adultere, si se vuelve a casar; y el que se casa con la repudiada comete adulterio. (Mateo 5:31, 32.)

Toda poligamia queda claramente prohibida en estas palabras, en las que nuestro Señor declara expresamente que, para cualquier mujer que tiene un marido vivo, volver a casarse es adulterio. Por la misma razón, es adulterio que cualquier hombre vuelva a casarse mientras tenga una esposa viva, sí, aunque estuvieran divorciados, a menos que ese divorcio hubiera sido por causa de adulterio: solo en ese caso no hay escritura alguna que prohíba volver a casarse.

6. Tal es la pureza de corazón que Dios requiere y que obra en los que creen en el Hijo de su amor. Y bienaventurados los que son así «de limpio corazón, porque ellos verán a Dios». Él «se les manifestará», no solo «como no lo hace al mundo», sino como no siempre lo hace a sus propios hijos. Los bendecirá con las más claras comunicaciones de su Espíritu, con la más íntima «comunión con el Padre y con el Hijo». Hará que su presencia vaya continuamente delante de ellos, y que la luz de su rostro resplandezca sobre ellos. La oración incesante de su corazón es: «Te ruego que me muestres tu gloria»; y obtienen la petición que le hacen. Ahora le ven por la fe (pues el velo de la carne se ha vuelto, por así decirlo, transparente), aun en estas sus obras más humildes, en todo lo que les rodea, en todo lo que Dios ha creado y hecho. Le ven en lo alto de arriba y en lo profundo de abajo; le ven llenándolo todo en todo. Los de limpio corazón ven todas las cosas llenas de Dios. Le ven en el firmamento del cielo; en la luna, que camina en su resplandor; en el sol, cuando se alegra como un gigante para correr su carrera. Le ven «poniendo las nubes por su carroza y andando sobre las alas del viento». Le ven «preparando la lluvia para la tierra y bendiciendo su fruto; haciendo producir el heno para las bestias, y la hierba verde para el servicio del hombre». Ven al Creador de todo, que con sabiduría lo gobierna todo y «sustenta todas las cosas con la palabra de su poder». «¡Oh Señor, Gobernador nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!»

7. En todas sus providencias relativas a ellos mismos, a sus almas o a sus cuerpos, los de limpio corazón ven a Dios de un modo más particular. Ven su mano siempre sobre ellos para bien: dándoles todas las cosas con peso y medida, contando los cabellos de su cabeza, cercándolos a ellos y a todo lo que tienen, y disponiendo todas las circunstancias de su vida conforme a la profundidad de su sabiduría y de su misericordia.

8. Pero de un modo más especial ven a Dios en sus ordenanzas. Ya sea que se presenten en la gran congregación para «darle la honra debida a su nombre» «y adorarle en la hermosura de la santidad»; o que «entren en su aposento», y allí derramen su alma delante de su «Padre que está en secreto»; ya sea que escudriñen los oráculos de Dios, u oigan a los embajadores de Cristo proclamar las buenas nuevas de salvación; o que, comiendo de aquel pan y bebiendo de aquella copa, «anuncien su muerte hasta que venga» en las nubes del cielo: en todos estos caminos que él ha establecido hallan un acercamiento tan íntimo que no se puede expresar. Le ven, por así decirlo, cara a cara, y «hablan con él como habla un hombre con su amigo»; preparación adecuada para aquellas moradas de arriba en las que le verán tal como él es.

9. Pero muy lejos de ver a Dios estaban aquellos que, habiendo oído «que fue dicho a los antiguos: No te perjurarás, sino que cumplirás al Señor tus juramentos», (Mateo 5:33, ) lo interpretaban así: No te perjurarás cuando jures por el Señor Jehová. Tú «cumplirás al Señor» estos tus juramentos»; pero en cuanto a otros juramentos, él no hace caso de ellos.

Así enseñaban los fariseos. No solo permitían toda clase de juramentos en la conversación común, sino que tenían aun el perjurio por cosa de poca monta, con tal que no se hubiera jurado por el nombre propio de Dios.

Pero nuestro Señor prohíbe aquí absolutamente todo juramento común, así como todo juramento falso; y muestra la gravedad de ambos por la misma consideración solemne: que toda criatura es de Dios, y que él está presente en todas partes, en todo y sobre todo. «Yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios»; (Mateo 5:34; ) y, por tanto, esto es lo mismo que jurar por aquel que está sentado sobre el círculo de los cielos: «Ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies»; (Mateo 5:35; ) y él está tan íntimamente presente en la tierra como en el cielo: «Ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey»; y Dios es bien conocido en sus palacios. «Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello»; (Mateo 5:36; ) porque aun esto, es evidente, no es tuyo, sino de Dios, el único que dispone de todo en el cielo y en la tierra. «Pero sea vuestro hablar», (Mateo 5:37, ) vuestra conversación, vuestro trato de unos con otros, «Sí, sí; No, no»; un simple y serio afirmar o negar; «porque lo que es más de esto, del mal procede»: ek tou ponerou estin, es del maligno; procede del diablo, y es una señal de sus hijos.

10. Que nuestro Señor no prohíbe aquí el «jurar con verdad y con juicio», cuando un magistrado nos lo requiere, puede verse: (1.) Por la ocasión de esta parte de su discurso —el abuso que aquí reprendía—, que era el juramento falso y el juramento común; el juramento ante un magistrado quedaba enteramente fuera de la cuestión. — (2.) Por las mismas palabras con que formula la conclusión general: «Sea vuestro hablar», o trato, «Sí, sí; No, no». — (3.) Por su propio ejemplo; pues él mismo respondió bajo juramento cuando un magistrado se lo requirió. Cuando el sumo sacerdote le dijo: «Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo de Dios», Jesús respondió inmediatamente en sentido afirmativo: «Tú lo has dicho» (es decir, la verdad); «Sin embargo,» (o más bien, además) «os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder, y viniendo en las nubes del cielo». (Mateo 26:63, 64.) — (4.) Por el ejemplo de Dios, el Padre mismo, quien, «queriendo mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, lo confirmó con juramento». (Hebreos 6:17.) — (5.) Por el ejemplo de san Pablo, quien, según creemos, tenía el Espíritu de Dios y entendía bien la mente de su Maestro. «Testigo me es Dios», dice a los romanos, «de que sin cesar hago mención de vosotros siempre en mis oraciones»: (Romanos 1:9:) a los corintios: «Yo invoco a Dios por testigo sobre mi alma, que por ser indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto»: (2 Corintios 1:23:) y a los filipenses: «Dios me es testigo de cuánto os añoro a todos vosotros en las entrañas de Jesucristo». (Filipenses 1:8.) De aquí se ve innegablemente que, si el apóstol conocía el sentido de las palabras de su Señor, estas no prohíben jurar en ocasiones graves, aun unos a otros: ¡cuánto menos ante un magistrado! — Y, por último, por aquella afirmación del gran apóstol acerca del juramento solemne en general (la cual es imposible que hubiera hecho sin el menor asomo de censura, si su Señor lo hubiera prohibido totalmente): «Los hombres ciertamente juran por el mayor», por uno mayor que ellos mismos; «y para ellos el fin de toda controversia es el juramento para confirmación». (Hebreos 6:16.)

11. Pero la gran lección que nuestro bendito Señor inculca aquí, y que ilustra con este ejemplo, es que Dios está en todas las cosas, y que hemos de ver al Creador en el espejo de cada criatura; que no debemos usar ni mirar cosa alguna como separada de Dios —lo cual es, en verdad, una especie de ateísmo práctico—, sino, con una verdadera grandeza de pensamiento, contemplar el cielo y la tierra, y todo lo que en ellos hay, como contenidos por Dios en el hueco de su mano, el cual con su presencia íntima los mantiene a todos en el ser, penetra y mueve toda la estructura de lo creado, y es, en un sentido verdadero, el alma del universo.

II. 1. Hasta aquí nuestro Señor se ha ocupado más directamente en enseñar la religión del corazón. Ha mostrado lo que los cristianos han de ser. Pasa ahora a mostrar también lo que han de hacer: cómo la santidad interior ha de manifestarse en nuestra conducta exterior. «Bienaventurados», dice él, «los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios».

2. «Los pacificadores»: la palabra en el original es hoi eirenopoioi. Es bien sabido que eirene, en las Sagradas Escrituras, implica toda clase de bien; toda bendición que se relaciona con el alma o con el cuerpo, con el tiempo o con la eternidad. Por eso, cuando san Pablo, en los encabezamientos de sus epístolas, desea gracia y paz a los romanos o a los corintios, es como si dijera: «Como fruto del amor y favor libre e inmerecido de Dios, que gocéis de todas las bendiciones, espirituales y temporales; de todas las cosas buenas que Dios ha preparado para los que le aman».

3. De aquí podemos aprender fácilmente en qué sentido tan amplio ha de entenderse el término pacificadores. En su significado literal designa a aquellos amantes de Dios y de los hombres que detestan y aborrecen por completo toda contienda y debate, toda discordia y disputa; y que, en consecuencia, trabajan con todas sus fuerzas, ya para impedir que este fuego del infierno se encienda, ya, cuando se ha encendido, para que no estalle, ya, cuando ha estallado, para que no se extienda más. Se esfuerzan por calmar los espíritus tempestuosos de los hombres, por aquietar sus pasiones turbulentas, por ablandar el ánimo de las partes enfrentadas y, si es posible, reconciliarlas entre sí. Usan todas las artes inocentes, y emplean todas sus fuerzas, todos los talentos que Dios les ha dado, tanto para conservar la paz donde la hay como para restaurarla donde no la hay. Es el gozo de su corazón promover, afirmar y aumentar la buena voluntad mutua entre los hombres, pero más especialmente entre los hijos de Dios, por mucho que se distingan en cosas de menor importancia; para que, así como todos tienen «un Señor, una fe», así como todos son «llamados en una misma esperanza de su vocación», así también todos «anden como es digno de la vocación con que son llamados; con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose los unos a los otros en amor; solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz».

4. Pero en toda la extensión de la palabra, un pacificador es aquel que, según tiene oportunidad, «hace bien a todos»; aquel que, lleno del amor de Dios y de toda la humanidad, no puede limitar las expresiones de ese amor a su propia familia, o amigos, o conocidos, o partido, o a los de sus propias opiniones —no, ni siquiera a los que son partícipes de una fe igualmente preciosa—, sino que traspasa todos estos estrechos límites, para hacer bien a todo hombre, para manifestar de un modo u otro su amor a vecinos y extraños, amigos y enemigos. Hace bien a todos ellos según tiene oportunidad, es decir, en toda ocasión posible; «redimiendo el tiempo» con ese fin; «aprovechando toda oportunidad, sacando provecho de cada hora, sin perder un momento en que pueda beneficiar a otro. Hace el bien, no de una clase particular, sino el bien en general, de todas las maneras posibles; empleando para ello todos sus talentos de toda clase, todas sus potencias y facultades de cuerpo y alma, toda su fortuna, su influencia, su reputación; deseando solo que, cuando venga su Señor, pueda decirle: «¡Bien, buen siervo y fiel!»

5. Hace el bien, hasta donde alcanza su poder, aun a los cuerpos de todos los hombres. Se goza en «partir su pan con el hambriento» y en «cubrir al desnudo con un vestido». ¿Hay alguno que sea forastero? Lo recibe y lo socorre conforme a sus necesidades. ¿Hay algunos enfermos o en la cárcel? Los visita, y les presta la ayuda que más necesitan. Y todo esto lo hace, no como para los hombres, sino acordándose de aquel que ha dicho: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis».

6. ¡Cuánto más se goza si puede hacer algún bien al alma de alguien! Este poder, en verdad, pertenece a Dios. Solo él cambia el corazón, y sin ese cambio todo otro cambio es más liviano que la vanidad. Sin embargo, le place a aquel que obra todo en todos ayudar al hombre principalmente por medio del hombre; transmitir su propio poder, y su bendición, y su amor, de un hombre a otro. Por tanto, aunque sea cierto que «el socorro que se hace en la tierra, Dios mismo lo hace», nadie tiene por eso necesidad de estar ocioso en su viña. El pacificador no puede estarlo: siempre está trabajando en ella y, como instrumento en la mano de Dios, preparando el terreno para el uso de su Señor, o sembrando la semilla del reino, o regando lo ya sembrado, por si acaso Dios da el crecimiento. Según la medida de gracia que ha recibido, emplea toda diligencia, ya para reprender al pecador grosero, para recobrar a los que corren precipitadamente por el camino ancho de la perdición; ya para «dar luz a los que habitan en tinieblas», y están a punto de «perecer por falta de conocimiento»; ya para «sostener a los débiles, levantar las manos caídas y las rodillas paralizadas»; ya para hacer volver y sanar lo que estaba cojo y descarriado del camino. Ni es menos celoso en afirmar a los que ya se esfuerzan por entrar por la puerta estrecha; en fortalecer a los que están en pie, para que «corran con paciencia la carrera que tienen por delante»; en edificar en su santísima fe a los que saben en quién han creído; en exhortarlos a que aviven el don de Dios que está en ellos, para que, creciendo cada día en la gracia, «les sea otorgada abundantemente la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo».

7. «Bienaventurados» los que así se ocupan continuamente en la obra de la fe y el trabajo del amor; «porque ellos serán llamados», es decir, serán (un hebraísmo común), «hijos «de Dios». Dios les seguirá dando el Espíritu de adopción; sí, lo derramará más abundantemente en sus corazones. Los bendecirá con todas las bendiciones de sus hijos. Los reconocerá como hijos delante de los ángeles y de los hombres; «y si hijos, también herederos; herederos de Dios, y coherederos con Cristo».

III. 1. Uno imaginaría que una persona como la que se ha descrito arriba, tan llena de genuina humildad, tan seria sin afectación, tan apacible y dulce, tan libre de todo designio egoísta, tan consagrada a Dios y tan activa en amar a los hombres, habría de ser la predilecta del género humano. Pero nuestro Señor conocía mejor la naturaleza humana en su estado presente. Por eso cierra el retrato de este hombre de Dios mostrándole el trato que ha de esperar en el mundo. «Bienaventurados», dice él, «los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos».

2. Para entender esto a fondo, preguntemos, en primer lugar: ¿Quiénes son los que padecen persecución? Y esto lo podemos aprender fácilmente de san Pablo: «Como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora».(Gálatas 4:29.) «Y también», dice el apóstol, «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución». (2 Timoteo 3:12.) Lo mismo nos enseña san Juan: «Hermanos míos, no os maravilléis si el mundo os aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos». (1 Juan 3:13–14.) Como si dijera: Los hermanos, los cristianos, no pueden ser amados sino por los que han pasado de muerte a vida. Y con toda claridad lo enseña nuestro Señor: «Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me aborreció antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán». (Juan 15:18.)

Por todas estas Escrituras se ve manifiestamente quiénes son los que padecen persecución: a saber, los justos; el «que es nacido del Espíritu»; «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús»; los que «han pasado de muerte a vida»; los que «no son del mundo»; todos los que son mansos y humildes de corazón, que lloran por Dios, que tienen hambre de su semejanza; todos los que aman a Dios y a su prójimo y, por tanto, según tienen oportunidad, hacen bien a todos.

3. Si se pregunta, en segundo lugar, por qué padecen persecución, la respuesta es igualmente clara y evidente. Es «por causa de la justicia»; porque son justos; porque han nacido según el Espíritu; porque «quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús»; porque «no son del mundo». Se alegue lo que se alegue, esta es la causa real: sean sus flaquezas mayores o menores, aun así, si no fuera por esto, se les soportaría, y el mundo amaría lo suyo. Son perseguidos porque son pobres en espíritu; es decir, según dice el mundo, «almas apocadas, ruines y cobardes, que no sirven para nada ni merecen vivir en el mundo»; porque lloran: «¡Son unas criaturas tan sombrías, tan pesadas, tan torpes, que bastan para abatir el ánimo de cualquiera que las vea! Son verdaderas calaveras; matan la alegría inocente y aguan la reunión dondequiera que llegan»; porque son mansos: «Necios dóciles y pasivos, buenos solo para ser pisoteados»; porque tienen hambre y sed de justicia: «Una partida de entusiastas exaltados, que andan boquiabiertos tras no saben qué, no contentos con una religión razonable, sino corriendo como locos tras arrobamientos y sentimientos interiores»; porque son misericordiosos, amantes de todos, amantes de los malos y de los ingratos: «Fomentan toda clase de maldad; más aún, tientan a la gente a hacer daño con la impunidad; y son hombres que, es de temer, todavía tienen que buscar su propia religión; muy laxos en sus principios»; porque son de limpio corazón: «¡Criaturas sin caridad, que condenan a todo el mundo menos a los de su propia clase! ¡Miserables blasfemos, que pretenden hacer a Dios mentiroso diciendo que se puede vivir sin pecado!»; y, sobre todo, porque son pacificadores; porque aprovechan toda oportunidad de hacer bien a todos. Esta es la gran razón por la que han sido perseguidos en todas las épocas, y lo serán hasta la restauración de todas las cosas: «Si al menos guardaran su religión para sí mismos, sería tolerable; pero es esto de propagar sus errores, de contagiar a tantos otros, lo que no se puede soportar. Hacen tanto daño en el mundo que no se les debe tolerar más. Es verdad que estos hombres hacen algunas cosas bastante bien; socorren a algunos pobres; ¡pero aun esto lo hacen solo para ganar más gente para su partido, y así, en efecto, para hacer más daño!». Así piensan y hablan sinceramente los hombres del mundo. Y cuanto más prevalece el reino de Dios, cuanto más capacitados están los pacificadores para propagar la humildad, la mansedumbre y todas las demás disposiciones divinas, tanto más daño se hace, según su cuenta; en consecuencia, tanto más se enfurecen contra los autores de esto, y con tanta mayor vehemencia los perseguirán.

4. Preguntemos, en tercer lugar: ¿Quiénes son los que los persiguen? San Pablo responde: «El que ha nacido según la carne»; todo aquel que no ha «nacido del Espíritu», o al menos no desea serlo; todos los que no se esfuerzan al menos por «vivir piadosamente en Cristo Jesús»; todos los que no «han pasado de muerte a vida» y, en consecuencia, no pueden «amar a los hermanos»; «el mundo», es decir, según la descripción de nuestro Salvador, los que «no conocen al que me ha enviado; los que no conocen a Dios, el Dios que ama y perdona, por la enseñanza de su propio Espíritu.

La razón es clara: el espíritu que está en el mundo es directamente opuesto al Espíritu que es de Dios. Es, pues, forzoso que los que son del mundo se opongan a los que son de Dios. Hay entre ellos la mayor contrariedad en todas sus opiniones, sus deseos, propósitos y disposiciones. Y hasta ahora el leopardo y el cabrito no pueden acostarse juntos en paz. El soberbio, por ser soberbio, no puede menos que perseguir al humilde; el frívolo y liviano, a los que lloran; y así en todo lo demás: la desemejanza de carácter (aunque no hubiera otra cosa) es un motivo perpetuo de enemistad. Por tanto, aunque solo fuera por esta razón, todos los siervos del diablo perseguirán a los hijos de Dios.

5. Si se pregunta, en cuarto lugar, cómo los perseguirán, se puede responder en general: Precisamente de la manera y en la medida que el sabio Ordenador de todas las cosas ve que será más para su gloria, que más contribuirá al crecimiento de sus hijos en la gracia y a la extensión de su propio reino. No hay ninguna parte del gobierno de Dios sobre el mundo que sea más digna de admiración que esta. Su oído nunca se agrava ante las amenazas del perseguidor ni ante el clamor del perseguido. Su ojo está siempre abierto, y su mano extendida para dirigir hasta la más mínima circunstancia. Cuándo comenzará la tormenta, hasta dónde se elevará, hacia qué lado dirigirá su curso, cuándo y cómo terminará, todo está determinado por su sabiduría infalible. Los impíos no son más que una espada suya; un instrumento que él usa como le place, y que, cuando se han cumplido los fines misericordiosos de su providencia, es a su vez echado al fuego.

En algunas raras ocasiones, como cuando el cristianismo se plantó por primera vez y mientras echaba raíces en la tierra, y también cuando la pura doctrina de Cristo comenzó a plantarse de nuevo en nuestra nación, Dios permitió que la tormenta se elevara mucho, y sus hijos fueron llamados a resistir hasta la sangre. Hubo una razón particular por la que permitió esto en el caso de los apóstoles: que su testimonio fuera tanto más irrecusable. Pero por los anales de la iglesia aprendemos otra razón, muy diferente, por la que permitió las duras persecuciones que se levantaron en los siglos segundo y tercero; a saber, porque «el misterio de iniquidad» estaba «obrando» con tanta fuerza; por las monstruosas corrupciones que ya entonces reinaban en la iglesia: estas las castigó Dios, y al mismo tiempo procuró sanarlas, por medio de aquellas visitaciones severas pero necesarias.

Tal vez pueda hacerse la misma observación respecto a la gran persecución en nuestra propia tierra. Dios había tratado muy bondadosamente a nuestra nación. Había derramado sobre nosotros diversas bendiciones: nos había dado paz en el exterior y en casa, y un rey sabio y bueno por encima de sus años; y, sobre todo, había hecho surgir y brillar entre nosotros la luz pura de su evangelio. Pero ¿qué correspondencia halló? «Esperaba justicia, y he aquí clamor»: un clamor de opresión y agravio, de ambición e injusticia, de malicia, y fraude, y codicia. Sí, el clamor de los que ya entonces expiraban en las llamas entró en los oídos del Señor de los ejércitos. Fue entonces cuando Dios se levantó para defender su propia causa contra los que detenían la verdad con injusticia. Entonces los vendió en manos de sus perseguidores, por un juicio mezclado con misericordia; una aflicción para castigar, y a la vez una medicina para sanar, las graves rebeliones de su pueblo.

6. Pero rara vez permite Dios que la tormenta se eleve hasta la tortura, o la muerte, o las cadenas, o la prisión. En cambio, sus hijos son llamados con frecuencia a soportar esas clases más leves de persecución; con frecuencia sufren el alejamiento de sus parientes, la pérdida de los amigos que eran como su propia alma. Comprueban la verdad de la palabra de su Señor (en cuanto al resultado, aunque no en cuanto al propósito de su venida): «¿Pensáis que he venido a dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión». (Lucas 12:51.) Y de aquí se seguirá naturalmente la pérdida del negocio o del empleo, y en consecuencia de los bienes. Pero también todas estas circunstancias están bajo la sabia dirección de Dios, que asigna a cada uno lo que más le conviene.

7. Pero la persecución que acompaña a todos los hijos de Dios es la que nuestro Señor describe con las siguientes palabras: «Bienaventurados sois cuando os vituperen y os persigan» —cuando os persigan vituperándoos— «y digan de vosotros toda clase de mal, mintiendo, por mi causa». Esto no puede faltar; es la insignia misma de nuestro discipulado; es uno de los sellos de nuestro llamamiento; es una porción segura vinculada a todos los hijos de Dios: si no la tenemos, somos bastardos, y no hijos. Derecho a través de la mala fama, así como de la buena fama, pasa el único camino al reino. Los amantes mansos, serios, humildes y celosos de Dios y de los hombres tienen buena fama entre sus hermanos, pero mala fama ante el mundo, que los tiene y los trata «como la escoria del mundo, el desecho de todos».

8. Ciertamente, algunos han supuesto que, antes de que entre la plenitud de los gentiles, cesará el escándalo de la cruz; que Dios hará que los cristianos sean estimados y amados aun por los que todavía están en sus pecados. Y es cierto que aun ahora él suspende a veces tanto el desprecio como la fiereza de los hombres; «hace que los enemigos de un hombre estén en paz con él por un tiempo, y le da gracia ante sus más encarnizados perseguidores. Pero, dejando a un lado este caso excepcional, el escándalo de la cruz todavía no ha cesado; antes bien, todavía puede uno decir: «Si agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo. Nadie haga caso, pues, de esa halagüeña sugerencia (halagüeña, sin duda, para la carne y la sangre) de que los hombres malos solo fingen aborrecer y despreciar a los buenos, pero que en realidad los aman y estiman en su corazón». No es así: puede que a veces los empleen, pero es para su propio provecho. Puede que pongan su confianza en ellos, pues saben que sus caminos no son como los de los demás hombres. Pero aun así no los aman, salvo en la medida en que el Espíritu de Dios esté contendiendo con ellos. Las palabras de nuestro Salvador son terminantes: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, por eso el mundo os aborrece». Sí (dejando a un lado las excepciones que pueda haber por la gracia preveniente o por la providencia particular de Dios), los aborrece tan de corazón y tan sinceramente como aborreció siempre a su Maestro.

9. Solo queda preguntar: ¿Cómo han de comportarse los hijos de Dios ante la persecución? Y, primero, no deben atraerla sobre sí a sabiendas ni de propósito. Esto es contrario tanto al ejemplo como al consejo de nuestro Señor y de todos sus apóstoles, que nos enseñan no solo a no buscarla, sino a evitarla en cuanto podamos, sin herir nuestra conciencia; sin renunciar a parte alguna de esa justicia que hemos de preferir a la vida misma. Así lo dice expresamente nuestro Señor: «Cuando os persigan en esta ciudad, huid a otra»; lo cual es, en verdad, cuando puede hacerse, la manera más irreprochable de evitar la persecución.

10. Pero no penséis que podéis evitarla siempre, ni por este ni por ningún otro medio. Si alguna vez esa vana imaginación se cuela en vuestro corazón, ahuyentadla con aquella seria advertencia: «Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán». «Sed prudentes como serpientes, y sencillos como palomas». Pero ¿os librará esto de la persecución? No, a menos que tengáis más sabiduría que vuestro Maestro, o más inocencia que el Cordero de Dios.

Ni deseéis evitarla, escapar de ella por completo; porque, si lo hacéis, no sois de los suyos. Si escapáis de la persecución, escapáis de la bendición; la bendición de los que padecen persecución por causa de la justicia. Si no sois perseguidos por causa de la justicia, no podéis entrar en el reino de los cielos. «Si sufrimos con él, también reinaremos con él. Pero si le negamos, él también nos negará».

11. Antes bien, «gozaos y alegraos» cuando los hombres os persigan por causa de él; cuando os persigan vituperándoos y «diciendo de vosotros toda clase de mal, mintiendo»; lo cual no dejarán de mezclar con toda clase de persecución: tienen que denigraros para excusarse a sí mismos. «¡Porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros!»: a los que fueron más eminentemente santos de corazón y de vida; sí, y a todos los justos que ha habido desde el principio del mundo. Gozaos, porque también por esta señal sabéis a quién pertenecéis. Y porque vuestro galardón es grande en los cielos»: el galardón comprado por la sangre del pacto, y concedido gratuitamente en proporción a vuestros sufrimientos, así como a vuestra santidad de corazón y de vida. Alegraos»; sabiendo que «estas leves tribulaciones, que no duran sino un momento, producen en vosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria».

12. Entre tanto, que ninguna persecución os aparte del camino de la humildad y la mansedumbre, del amor y la beneficencia. «Oísteis», en verdad, «que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente»; (Mateo 5:38; ) y vuestros miserables maestros os han permitido por eso vengaros, devolver mal por mal: «Pero yo os digo: No resistáis al mal»; no así; no devolviéndolo con la misma moneda. «Antes bien, en lugar de hacer esto, «a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Y al que quiera ponerte pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa. Y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos».

Sea tan invencible tu mansedumbre. Y sea tu amor conforme a ella. «Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses». Solo que no des lo que es de otro, lo que no es tuyo. Por tanto: (1.) Cuida de no deber a nadie nada, porque lo que debes no es tuyo, sino de otro. (2.) Provee para los de tu propia casa: también esto lo ha requerido Dios de ti; y lo necesario para sustentarlos en la vida y en la piedad tampoco es tuyo. Luego, (3.) da o presta todo lo que quede, de día en día o de año en año; solo que, primero, puesto que no puedes dar o prestar a todos, acuérdate de los de la familia de la fe.

13. La mansedumbre y el amor que hemos de sentir, la bondad que hemos de mostrar a los que nos persiguen por causa de la justicia, nuestro bendito Señor los describe más a fondo en los versículos siguientes: ¡Ojalá estuvieran grabados en nuestro corazón! «Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo»: (Mateo 5:43.) Dios, en verdad, solo había dicho la primera parte, «Amarás a tu prójimo»; los hijos del diablo habían añadido la segunda, «y aborrecerás a tu enemigo»: «Pero yo os digo»: (1.) «Amad a vuestros enemigos»: procurad tener una tierna buena voluntad hacia los que son más amargos de espíritu contra vosotros, que os desean toda clase de mal. (2.) «Bendecid a los que os maldicen». ¿Hay algunos cuya amargura de espíritu estalla en palabras amargas? ¿Que continuamente os maldicen y os injurian cuando estáis presentes, y «dicen de vosotros todo mal» cuando estáis ausentes? Tanto más bendecid vosotros: al conversar con ellos, usad toda suavidad y dulzura de lenguaje. Reprendedlos repitiendo delante de ellos una lección mejor, mostrándoles cómo deberían haber hablado. Y, al hablar de ellos, decid todo el bien que podáis, sin violar las reglas de la verdad y de la justicia. (3.) «Haced bien a los que os aborrecen»: que vuestras acciones muestren que sois tan reales en el amor como ellos en el odio. Devolved bien por mal. «No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal». (4). Si no podéis hacer nada más, al menos «orad por los que os ultrajan y os persiguen». Nunca podréis estar incapacitados para hacer esto; ni toda su malicia o violencia os lo podrá impedir. Derramad vuestra alma ante Dios, no solo por los que una vez hicieron esto pero ahora se arrepienten —esto es poca cosa: «Si siete veces al día tu hermano se vuelve a ti, diciendo: Me arrepiento»; (Lucas 17:4) es decir, si, después de tantas recaídas como sean, te da motivo para creer que realmente y a fondo ha cambiado, entonces le perdonarás, hasta el punto de confiar en él, de acogerlo en tu seno, como si nunca hubiera pecado contra ti—, sino orad, luchad con Dios, por los que no se arrepienten, que ahora te ultrajan y te persiguen. Perdonadlos en esta medida, «no solo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». (Mateo 18:22.) Ya se arrepientan o no, sí, aunque parezcan cada vez más lejos de ello, mostradles todavía esta prueba de bondad: «Para que seáis hijos», para que os mostréis hijos genuinos, «de vuestro Padre que está en los cielos»; el cual muestra su bondad dando las bendiciones de que son capaces aun a sus enemigos más obstinados; «que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos». «Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?» (Mateo 5:46; ): los que no pretenden tener religión alguna; los que vosotros mismos reconocéis que están sin Dios en el mundo. «Y si saludáis», si mostráis bondad de palabra o de obra, «a vuestros hermanos», vuestros amigos o parientes, «solamente, ¿qué hacéis de más que los otros?»: ¿más que los que no tienen religión alguna? «¿No hacen también así los publicanos?» (Mateo 5:47.) No, sino seguid vosotros un modelo mejor que ellos. En paciencia, en longanimidad, en misericordia, en beneficencia de toda clase, para con todos, aun para con vuestros más encarnizados perseguidores, «sed vosotros», cristianos, «perfectos», en la especie, aunque no en el grado, «como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto». (Mateo 5:48.)

IV. ¡He aquí el cristianismo en su forma nativa, tal como lo entregó su gran Autor! ¡Esta es la religión genuina de Jesucristo! Así la presenta él a aquel cuyos ojos han sido abiertos. ¡Ved un retrato de Dios, en cuanto el hombre puede imitarle! Un retrato trazado por la propia mano de Dios: «¡Mirad, oh menospreciadores, y asombraos, y desvaneceos!». ¡O más bien, asombraos y adorad! Clamad más bien: «¿Es esta la religión de Jesús de Nazaret? ¡La religión que yo perseguía! Que nunca más se me halle luchando contra Dios. Señor, ¿qué quieres que yo haga?». ¡Qué belleza aparece en el conjunto! ¡Qué justa simetría! ¡Qué exacta proporción en cada parte! ¡Cuán deseable es la felicidad aquí descrita! ¡Cuán venerable, cuán amable la santidad! Este es el espíritu de la religión; su quintaesencia. Estos son en verdad los fundamentos del cristianismo. ¡Ojalá no seamos solamente oidores de ella!, «semejantes al hombre que considera en un espejo su rostro, y se va, y luego se olvida de cómo era». No, sino miremos con constancia «en esta perfecta ley de la libertad, y perseveremos en ella». No descansemos hasta que cada línea de ella esté transcrita en nuestro propio corazón. Velemos, y oremos, y creamos, y amemos, y «luchemos por la victoria», hasta que cada parte de ella aparezca en nuestra alma, grabada allí por el dedo de Dios; ¡hasta que seamos «santos como es santo aquel que nos llamó, perfectos como nuestro Padre que está en los cielos es perfecto»!

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