Sermones en diversas ocasiones
Discurso 2

Capítulo 23 · 34 min de lectura · 44 min de escucha

Discurso 2

Sermón 22

Sobre el Sermón del Monte de nuestro Señor

Discurso 2

«Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

Mateo 5:5–7

I. 1. Cuando «ha pasado el invierno», cuando «ha llegado el tiempo de la canción, y se oye en nuestra tierra la voz de la tórtola»; cuando Aquel que consuela a los que lloran ha vuelto ya, «para estar con ellos para siempre»; cuando, al resplandor de su presencia, se disipan las nubes, las oscuras nubes de la duda y la incertidumbre, huyen las tormentas del temor, se calman las olas de la tristeza, y su espíritu se alegra de nuevo en Dios su Salvador; entonces es cuando esta palabra se cumple de manera eminente; entonces los que él ha consolado pueden dar testimonio: «Bienaventurados», o dichosos, «los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad».

2. Pero ¿quiénes son «los mansos»? No los que de nada se afligen porque nada conocen; los que no se perturban por los males que ocurren porque no distinguen el mal del bien. No los que están resguardados de los golpes de la vida por una estúpida insensibilidad; los que tienen, sea por naturaleza o por arte, la virtud de los troncos y las piedras, y nada resienten porque nada sienten. Los filósofos brutos nada tienen que ver en este asunto. La apatía está tan lejos de la mansedumbre como de la humanidad. De modo que no se concibe fácilmente cómo pudieron algunos cristianos de los siglos más puros, y en especial algunos de los Padres de la Iglesia, confundir estas cosas, y tomar uno de los más inmundos errores del paganismo por una rama del verdadero cristianismo.

3. Tampoco implica la mansedumbre cristiana estar sin celo por Dios, como no implica ignorancia ni insensibilidad. No; se mantiene lejos de todo extremo, sea por exceso o por defecto. No destruye los afectos, sino que los equilibra; pues el Dios de la naturaleza nunca se propuso que la gracia los arrancara de raíz, sino solo que los sometiera y los mantuviera bajo la debida regulación. Pone la mente en su justo equilibrio. Mantiene el fiel de la balanza en cuanto a la ira, la tristeza y el temor; guarda el término medio en toda circunstancia de la vida, y no se desvía ni a la derecha ni a la izquierda.

4. La mansedumbre, por tanto, parece referirse propiamente a nosotros mismos[.] Pero puede referirse también a Dios o a nuestro prójimo. Cuando esta debida serenidad de ánimo se refiere a Dios, suele llamarse resignación: una tranquila conformidad con cuanto sea su voluntad respecto de nosotros, aunque no sea agradable a la naturaleza, diciendo continuamente: «El Señor es; haga lo que bien le pareciere». Cuando la consideramos más estrictamente en relación con nosotros mismos, la llamamos paciencia o contentamiento. Cuando se ejerce para con los demás hombres, entonces es apacibilidad con los buenos y mansedumbre con los malos.

5. Los que son verdaderamente mansos pueden discernir claramente lo que es malo; y pueden también sufrirlo. Son sensibles a todo lo de esta clase, pero aun así la mansedumbre lleva las riendas. Son en extremo «celosos por el Señor de los ejércitos»; pero su celo es siempre guiado por el conocimiento, y templado, en todo pensamiento, palabra y obra, con el amor a los hombres tanto como con el amor a Dios. No desean extinguir ninguna de las pasiones que Dios, con sabios fines, ha implantado en su naturaleza; pero las dominan todas: las tienen todas sujetas, y las emplean únicamente al servicio de esos fines. Y así aun las pasiones más ásperas y desagradables pueden aplicarse a los más nobles propósitos; aun el odio, la ira y el temor, cuando se dirigen contra el pecado y son regidos por la fe y el amor, son como muros y baluartes para el alma, de modo que el maligno no puede acercarse a dañarla.

6. Es evidente que esta divina disposición no solo ha de permanecer en nosotros, sino crecer de día en día. Mientras estemos sobre la tierra, nunca faltarán ocasiones de ejercitarla y, por ello mismo, de acrecentarla. «Os es necesaria la paciencia, para que, habiendo hecho» y sufrido «la voluntad de Dios, obtengáis la promesa». Nos es necesaria la resignación, para que en toda circunstancia podamos decir: «No como yo quiero, sino como tú». Y nos es necesario mostrar «mansedumbre para con todos los hombres»; pero especialmente para con los malos y los ingratos; de lo contrario, seremos vencidos por el mal, en vez de vencer el mal con el bien.

7. Ni refrena la mansedumbre solo el acto exterior, como enseñaron antiguamente los escribas y fariseos, y como no dejarán de hacer en todas las edades los miserables maestros que no son enseñados por Dios. Nuestro Señor sale al paso de esto y muestra su verdadero alcance en las palabras siguientes: «Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio»: (Mateo 5:21.) «Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano sin causa será culpable de juicio; y cualquiera que diga a su hermano: Raca, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego».

8. Nuestro Señor coloca aquí bajo el título de homicidio aun aquella ira que no pasa del corazón; que no se manifiesta en ninguna dureza exterior, no, ni siquiera en una palabra apasionada. «Cualquiera que se enoje contra su hermano», contra cualquier hombre que viva, puesto que todos somos hermanos; cualquiera que sienta en su corazón alguna aspereza, alguna disposición contraria al amor; cualquiera que se enoje sin causa, sin causa suficiente, o más allá de lo que esa causa requiere, «será culpable de juicio»; _enochos estai, será, en ese mismo instante, reo del justo juicio de Dios.

Pero ¿no se inclinaría uno a preferir la lectura de aquellas copias que omiten la palabra eike, sin causa? ¿No es enteramente superflua? Porque si la ira contra las personas es una disposición contraria al amor, ¿cómo puede haber para ella una causa, una causa suficiente, alguna que la justifique a los ojos de Dios?

La ira contra el pecado la admitimos. En este sentido podemos airarnos, y sin embargo no pecar. En este sentido se refiere que nuestro Señor mismo se airó una vez: los miró alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones. Se dolía por los pecadores, y se airaba contra el pecado. Y esto, sin duda alguna, es recto delante de Dios.

9. Y cualquiera que diga a su hermano: Raca; cualquiera que dé lugar a la ira hasta el punto de proferir alguna palabra despectiva. Observan los comentaristas que Raca es una palabra siríaca que propiamente significa vacío, vano, necio; de modo que es una expresión tan inofensiva como pueda usarse con alguien con quien estamos disgustados. Y, sin embargo, cualquiera que la use, como nos asegura nuestro Señor, será culpable ante el concilio; mejor dicho, será reo de él: quedará sujeto a una sentencia más severa de parte del Juez de toda la tierra.

«Y cualquiera que le diga: Fatuo»; — cualquiera que dé lugar al diablo hasta el punto de prorrumpir en injurias, en un lenguaje deliberadamente afrentoso y ultrajante, «será reo del infierno de fuego»; quedará, en ese mismo instante, sujeto a la más alta condenación. Debe observarse que nuestro Señor describe a todos estos como reos de pena capital. El primero, de estrangulamiento, pena que solía imponerse a los condenados en uno de los tribunales inferiores; el segundo, de lapidación, que con frecuencia se imponía a los condenados por el gran Concilio de Jerusalén; el tercero, de ser quemado vivo, pena impuesta solo a los mayores culpables, en el «valle de los hijos de Hinom»; Ge Hennon, de donde evidentemente se toma la palabra que traducimos «infierno».

10. Y puesto que los hombres se imaginan naturalmente que Dios les excusará su falta en algunos deberes por su exactitud en otros, nuestro Señor tiene cuidado a continuación de cortar de raíz esa vana, aunque común, imaginación. Muestra que es imposible que pecador alguno haga trueques con Dios, el cual no aceptará un deber en lugar de otro, ni tomará una parte de la obediencia por el todo. Nos advierte que cumplir nuestro deber para con Dios no nos excusará de nuestro deber para con el prójimo; que las obras de piedad, como se las llama, lejos de recomendarnos ante Dios si nos falta la caridad, por el contrario, esa falta de caridad hará de todas esas obras una abominación para el Señor.

«Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti», — por tu trato poco amable con él, por haberle llamado «Raca», o «Fatuo»; no pienses que tu ofrenda expiará tu ira, o que hallará aceptación alguna delante de Dios mientras tu conciencia esté manchada con la culpa de un pecado del que no te has arrepentido. «Deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve; reconcíliate primero con tu hermano», (haz al menos todo lo que esté de tu parte para reconciliarte), «y entonces ven y presenta tu ofrenda». (Mateo 5:23, 24.)

11. Y no haya demora en lo que tan de cerca toca a tu alma. «Ponte de acuerdo pronto con tu adversario»; — ahora; en el acto; «mientras estás con él en el camino»; si es posible, antes de que se aparte de tu vista; «no sea que el adversario te entregue al juez»; no sea que apele a Dios, el Juez de todos; «y el juez te entregue al alguacil»; a Satanás, el ejecutor de la ira de Dios; «y seas echado en la cárcel»; en el infierno, para ser reservado allí para el juicio del gran día: «De cierto te digo que de ninguna manera saldrás de allí hasta que pagues el último cuadrante». Pero esto te es imposible hacerlo jamás, puesto que no tienes con qué pagar. Por tanto, si una vez estás en esa cárcel, el humo de tu tormento ha de «subir para siempre jamás».

12. Entretanto, «los mansos recibirán la tierra por heredad». ¡Tal es la necedad de la sabiduría mundana! Los sabios del mundo les habían advertido una y otra vez que, si no se resentían de semejante trato, si se dejaban maltratar así mansamente, no habría vida posible para ellos sobre la tierra; que nunca podrían procurarse las cosas necesarias de la vida, ni conservar siquiera lo que tenían; que no podían esperar paz, ni posesión tranquila, ni disfrute de cosa alguna. Muy cierto, — suponiendo que no hubiera Dios en el mundo; o suponiendo que él no se ocupara de los hijos de los hombres. Pero «cuando Dios se levanta a juicio, para socorrer a todos los mansos de la tierra», ¡cómo se burla de toda esta sabiduría pagana, y convierte «la ira del hombre en alabanza suya»! Tiene un cuidado particular de proveerles de todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad; les asegura la provisión que les ha hecho, a pesar de la fuerza, el fraude o la malicia de los hombres; y lo que les asegura, se lo da en abundancia para que lo disfruten. Les es dulce, sea poco o mucho. Así como con su paciencia poseen sus almas, así poseen verdaderamente cuanto Dios les ha dado. Están siempre contentos, siempre satisfechos con lo que tienen: les agrada porque agrada a Dios. De modo que, mientras su corazón, su deseo, su gozo están en el cielo, bien puede decirse con verdad que «reciben la tierra por heredad».

13. Pero parece haber en estas palabras un sentido aún más profundo, a saber, que tendrán una parte más eminente en «la tierra nueva, en la cual mora la justicia»; en aquella herencia de la que san Juan ha dado una descripción general (los detalles los conoceremos más adelante) en el capítulo veinte del Apocalipsis: «Y vi un ángel que descendía del cielo, — y prendió al dragón, la serpiente antigua, — y lo ató por mil años. — Y vi las almas de los decapitados por el testimonio de Jesús y por la palabra de Dios, y de los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen, ni habían recibido su marca en sus frentes ni en sus manos; y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección. Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años». [Apocalipsis 20:6]

II. 1. Hasta aquí nuestro Señor se ha ocupado más inmediatamente en quitar los estorbos de la verdadera religión. Tal es el orgullo, el primero y gran estorbo de toda religión, que es quitado por la pobreza de espíritu; la ligereza y la irreflexión, que impiden que religión alguna eche raíces en el alma, hasta que son quitadas por el santo llanto; tales son la ira, la impaciencia, el descontento, que son todos sanados por la mansedumbre cristiana. Y una vez quitados estos estorbos, estas malas enfermedades del alma, que continuamente despertaban en ella falsos antojos y la llenaban de apetitos enfermizos, vuelve el apetito natural de un espíritu nacido del cielo; tiene hambre y sed de justicia. Y «bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados».

2. La justicia, como antes se observó, es la imagen de Dios, el sentir que hubo en Cristo Jesús. Es toda disposición santa y celestial reunida en una; que brota del amor de Dios, como nuestro Padre y Redentor, y del amor a todos los hombres por causa de él, a la vez que termina en ese mismo amor.

3. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de» esta justicia. Para entender plenamente esta expresión, debemos observar, en primer lugar, que el hambre y la sed son los más fuertes de todos nuestros apetitos corporales. Del mismo modo, esta hambre del alma, esta sed de la imagen de Dios, es el más fuerte de todos nuestros apetitos espirituales, una vez que se ha despertado en el corazón: sí, absorbe todos los demás en aquel único gran deseo, — ser renovados a semejanza de Aquel que nos creó. En segundo lugar, debemos observar que, desde el momento en que empezamos a tener hambre y sed, esos apetitos no cesan, sino que se vuelven cada vez más exigentes e importunos, hasta que comemos y bebemos, o morimos. Y del mismo modo, desde el momento en que empezamos a tener hambre y sed de todo el sentir que hubo en Cristo, estos apetitos espirituales no cesan, sino que claman por su alimento con más y más importunidad; ni pueden en modo alguno cesar antes de ser saciados, mientras quede alguna vida espiritual. En tercer lugar, podemos observar que el hambre y la sed no se satisfacen con nada sino con comida y bebida. Si le dieseis al hambriento todo el mundo además, toda la elegancia del vestido, todas las galas del poder, todos los tesoros de la tierra, sí, millares de oro y de plata; si le tributaseis los mayores honores, — no hace caso de ello: todas estas cosas no tienen entonces para él valor alguno. Todavía diría: «No son estas las cosas que necesito; dadme alimento, o muero». Exactamente lo mismo ocurre con toda alma que verdaderamente tiene hambre y sed de justicia. No puede hallar consuelo en nada sino en esto: con ninguna otra cosa puede saciarse. Cualquier otra cosa que le ofrezcáis, la tiene en poco: sean riquezas, u honra, o placer, todavía dice: «¡No es esto lo que necesito! ¡Dadme amor, o muero!»

4. Y es tan imposible satisfacer a un alma así, un alma que tiene sed de Dios, del Dios vivo, con lo que el mundo tiene por religión, como con lo que tiene por felicidad. La religión del mundo implica tres cosas: (1.) No hacer daño, abstenerse del pecado exterior; al menos del que es escandaloso, como el robo, el hurto, el jurar habitual, la embriaguez. (2.) Hacer el bien, socorrer a los pobres; ser caritativo, como se dice. (3.) Usar los medios de gracia; al menos ir a la iglesia y a la Cena del Señor. Aquel en quien se hallan estas tres señales es llamado por el mundo un hombre religioso. Pero ¿satisfará esto al que tiene hambre de Dios? No: no es alimento para su alma. Él desea una religión de una clase más noble, una religión más alta y más profunda que esta. No puede alimentarse de esta cosa pobre, superficial y formal, como no puede «llenar su vientre de viento solano». Es verdad que tiene cuidado de abstenerse aun de toda apariencia de mal; que es celoso de buenas obras; que asiste a todas las ordenanzas de Dios: pero todo esto no es lo que anhela. Esto es solo lo exterior de aquella religión de la cual tiene un hambre insaciable. El conocimiento de Dios en Cristo Jesús; «la vida que está escondida con Cristo en Dios»; el estar «unido al Señor en un mismo espíritu»; el tener «comunión con el Padre y con el Hijo»; el «andar en luz, como Dios está en luz»; el ser «purificado así como él es puro»; — esta es la religión, la justicia de que tiene sed: ni puede descansar hasta que descansa así en Dios.

5. «Bienaventurados los que» así «tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados». Serán saciados de las cosas que anhelan, a saber, de justicia y verdadera santidad. Dios los saciará con las bendiciones de su bondad, con la felicidad de sus escogidos. Los alimentará con el pan del cielo, con el maná de su amor. Les dará a beber de sus delicias como de un río, del cual el que bebe nunca tendrá sed, sino solo de más y más del agua de la vida. Esta sed durará para siempre.

La sed dolorosa, el tierno anhelo,

tu gozosa presencia los quitará;

mas mi alma saciada aún requerirá

toda una eternidad de amor.

6. Quienquiera, pues, que seas tú, a quien Dios ha concedido «tener hambre y sed de justicia», clama a él para que nunca pierdas ese don inestimable, — para que este divino apetito nunca cese. Si muchos te reprenden y te mandan callar, no les hagas caso; antes clama tanto más: «¡Jesús, Maestro, ten misericordia de mí!» «¡Que no viva yo sino para ser santo como tú eres santo!» No «gastes» más «tu dinero en lo que no es pan, ni tu trabajo en lo que no sacia». ¿Puedes esperar sacar la felicidad de la tierra cavando, — hallarla en las cosas del mundo? ¡Oh, pisotea todos sus placeres, desprecia sus honores, ten sus riquezas por estiércol y escoria, — sí, y todas las cosas que hay debajo del sol, —«por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús», por la entera renovación de tu alma en aquella imagen de Dios en la que fue creada originalmente! Guárdate de apagar esa bendita hambre y sed con lo que el mundo llama religión; una religión de forma, de apariencia exterior, que deja el corazón tan terrenal y sensual como siempre. Que nada te satisfaga sino el poder de la piedad, sino una religión que sea espíritu y vida; tu morar en Dios y Dios en ti, — el ser un habitante de la eternidad; el entrar por la sangre rociada «dentro del velo», y el estar sentado «en los lugares celestiales con Cristo Jesús».

III. 1. Y cuanto más llenos están de la vida de Dios, tanto más tiernamente se preocuparán por los que todavía están sin Dios en el mundo, todavía muertos en delitos y pecados. Ni perderá su recompensa esta preocupación por los demás. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

La palabra que emplea nuestro Señor significa más inmediatamente los compasivos, los de corazón tierno; los que, lejos de despreciar a los que no tienen hambre de Dios, se duelen profundamente por ellos.

Esta parte eminente del amor fraternal se pone aquí, por una figura común, en lugar del todo; de modo que «los misericordiosos», en el pleno sentido del término, son los que aman a su prójimo como a sí mismos».

2. A causa de la inmensa importancia de este amor, — sin el cual, «aunque hablásemos lenguas humanas y angélicas, aunque tuviésemos el don de profecía, y entendiésemos todos los misterios y toda ciencia; aunque tuviésemos toda la fe, de tal manera que trasladásemos los montes; sí, aunque repartiésemos todos nuestros bienes para dar de comer a los pobres, y entregásemos nuestro mismo cuerpo para ser quemado, de nada nos serviría», — la sabiduría de Dios nos ha dado, por medio del apóstol Pablo, una descripción plena y detallada de él; y considerándola discerniremos con toda claridad quiénes son los misericordiosos que alcanzarán misericordia.

3. «La caridad», o el amor (como sería de desear que se hubiera traducido en todo el pasaje, por ser una palabra mucho más llana y menos ambigua), el amor al prójimo como Cristo nos ha amado, «es sufrida»; es paciente con todos los hombres: soporta toda la debilidad, la ignorancia, los errores, las flaquezas, toda la terquedad y la poquedad de fe de los hijos de Dios; toda la malicia y la maldad de los hijos del mundo. Y lo soporta todo, no solo por un tiempo, por una breve temporada, sino hasta el fin; dando todavía de comer a nuestro enemigo cuando tiene hambre; si tiene sed, dándole todavía de beber; y así amontonando continuamente «ascuas de fuego», de amor que derrite, «sobre su cabeza».

4. Y en cada paso hacia este deseable fin, el de «vencer con el bien el mal», «el amor es benigno»: (chresteuetai, una palabra que no se traduce fácilmente:) es suave, apacible, bondadoso. Está en el extremo opuesto del mal humor, de toda aspereza o acritud de espíritu; e infunde a la vez en el que sufre la más amable dulzura y el afecto más ferviente y tierno.

5. Por consiguiente, «el amor no tiene envidia»: es imposible que la tenga; es directamente opuesto a esa funesta disposición. No puede ser que quien tiene este tierno afecto hacia todos, quien desea ardientemente todas las bendiciones temporales y espirituales, todos los bienes de este mundo y del venidero, para toda alma que Dios ha hecho, se duela de que él conceda algún buen don a cualquier hijo de hombre. Si él mismo ha recibido ese mismo don, no se aflige, sino que se alegra de que otro participe del beneficio común. Si no lo ha recibido, bendice a Dios de que al menos su hermano lo tenga, y sea en esto más dichoso que él. Y cuanto mayor es su amor, tanto más se alegra de las bendiciones de toda la humanidad; tanto más lejos está de toda clase y grado de envidia hacia cualquier criatura.

6. El amor ou perpereuetai, no se jacta; lo cual coincide con las palabras que siguen inmediatamente; sino más bien (como la palabra también significa propiamente) no es temerario ni precipitado al juzgar; no condenará a nadie a la ligera. No pronuncia una sentencia severa tras una visión superficial o repentina de las cosas: primero pesa todas las pruebas, en particular las que se aducen en favor del acusado. El que de verdad ama a su prójimo no es como la generalidad de los hombres, que, aun en los casos más delicados, ven un poco, presumen mucho, y así saltan a la conclusión. No: procede con cautela y circunspección, mirando bien cada paso; suscribiendo de buen grado aquella regla del antiguo pagano (¡oh, dónde quedará el cristiano moderno!): Tan lejos estoy de creer a la ligera lo que un hombre dice contra otro, que no creeré fácilmente lo que un hombre dice contra sí mismo. Siempre le concederé que lo piense de nuevo, y muchas veces también que tome consejo.

7. Sigue: el amor «no se envanece»: no inclina ni permite a ningún hombre «tener más alto concepto de sí que el que debe tener», sino a pensar de sí con cordura; sí, humilla el alma hasta el polvo. Destruye todas las altas presunciones que engendran orgullo, y nos hace gozarnos en ser como nada, en ser pequeños y viles, los últimos de todos, siervos de todos. Los que están «unidos unos a otros con amor fraternal» no pueden menos que «preferirse unos a otros en cuanto a honra». Los que, teniendo el mismo amor, son unánimes, con humildad «estiman cada uno a los demás como superiores a sí mismos».

8. «No hace nada indebido»: no es grosero, ni ofende voluntariamente a nadie. «Paga a todos lo que debe: al que temor, temor; al que honra, honra»; cortesía, urbanidad, humanidad a todo el mundo; «honrando a todos» en sus diversos grados. Un escritor reciente define la buena educación, y aun su grado más alto, la cortesía, como «un deseo continuo de agradar, que se manifiesta en toda la conducta». Pero, si es así, nadie hay tan bien educado como un cristiano, uno que ama a toda la humanidad. Porque no puede menos que desear «agradar a todos en lo que es bueno, para edificación»; y este deseo no puede ocultarse; necesariamente se manifestará en todo su trato con los hombres. Porque su «amor es sin fingimiento»: se manifestará en todas sus acciones y en su conversación; sí, y lo constreñirá, aunque sin engaño, «a hacerse todo a todos, para que de todos modos salve a algunos».

9. Y al hacerse todo a todos, «el amor no busca lo suyo». Al esforzarse por agradar a todos, el que ama a la humanidad no tiene en absoluto la mira puesta en su propio provecho temporal. No codicia la plata, ni el oro, ni el vestido de nadie: no desea otra cosa que la salvación de sus almas. Sí, en cierto sentido puede decirse que no busca su propio provecho espiritual, como tampoco el temporal; pues mientras se esfuerza al máximo por salvar sus almas de la muerte, se olvida, por así decirlo, de sí mismo. No piensa en sí mismo mientras aquel celo por la gloria de Dios lo absorbe. Más aún, a veces puede casi parecer que, por un exceso de amor, se entrega a sí mismo, alma y cuerpo; cuando clama con Moisés: «¡Oh, este pueblo ha cometido un gran pecado; pero ahora, si perdonas su pecado...; y si no, ráeme del libro que has escrito!» (Éxodo 32:31, 32; ) — o con san Pablo: «deseara yo mismo ser anatema, apartado de Cristo, por mis hermanos, los que son mis parientes según la carne». (Romanos 9:3.)

10. No es de extrañar que tal «amor no se irrite»: ou paroxynetai. Obsérvese que la palabra fácilmente, extrañamente insertada en la traducción, no está en el original: las palabras de san Pablo son absolutas. «El amor no se irrita»: no se irrita hasta la aspereza contra nadie. Ocasiones, en verdad, se presentarán con frecuencia; provocaciones externas de diversas clases; pero el amor no cede a la provocación; triunfa sobre todas. En todas las pruebas pone los ojos en Jesús, y es más que vencedor en su amor.

No es improbable que nuestros traductores insertaran esa palabra, por así decirlo, para excusar al Apóstol; el cual, según suponían, de otro modo podría parecer falto del mismo amor que tan bellamente describe. Parecen haberlo supuesto a partir de una frase de los Hechos de los Apóstoles, que también está traducida con mucha inexactitud. Cuando Pablo y Bernabé discreparon acerca de Juan, la traducción dice así: «Y la contienda fue tan áspera entre ellos, que se separaron el uno del otro». (Hechos 15:39.) Esto lleva naturalmente al lector a suponer que ambos fueron igualmente ásperos en ello; que san Pablo, que sin duda tenía razón en cuanto al punto en cuestión (pues no era en absoluto conveniente llevar de nuevo consigo a Juan, que antes los había abandonado), se irritó tanto como Bernabé, quien dio tal prueba de su ira que dejó la obra para la cual había sido apartado por el Espíritu Santo. Pero el original no significa tal cosa; ni afirma que san Pablo se irritara en absoluto. Dice simplemente: egeneto oun paroxysmos, Y hubo una aspereza, un paroxismo de ira; a consecuencia de lo cual Bernabé dejó a san Pablo, tomó a Juan y se fue por su camino. Pablo, entonces, escogió a Silas y partió, encomendado por los hermanos a la gracia de Dios (lo cual no se dice de Bernabé); y recorrió Siria y Cilicia, como se había propuesto, «confirmando a las iglesias». [Hechos 15:39–41] Pero volvamos a nuestro asunto.

11. El amor evita mil provocaciones que de otro modo surgirían, porque «no piensa el mal». Ciertamente, el hombre misericordioso no puede dejar de conocer muchas cosas que son malas; no puede menos que verlas con sus propios ojos y oírlas con sus propios oídos. Porque el amor no le saca los ojos, de modo que le sea imposible no ver que tales cosas se hacen; ni le quita el entendimiento, como tampoco los sentidos, de modo que no puede menos que saber que son malas. Por ejemplo: cuando ve a un hombre golpear a su prójimo, o le oye blasfemar de Dios, no puede poner en duda ni el hecho ni las palabras dichas, ni dudar de que sean malos. Con todo, ou logizetai to kakon. La palabra logizetai, piensa, no se refiere ni a nuestro ver y oír, ni a los primeros e involuntarios actos de nuestro entendimiento; sino a nuestro pensar voluntariamente lo que no necesitamos; a nuestro inferir el mal donde no aparece; a nuestro razonar acerca de cosas que no vemos; a nuestro suponer lo que ni hemos visto ni oído. Esto es lo que el verdadero amor destruye por completo. Arranca de raíz, tronco y ramas, todo imaginar lo que no hemos conocido. Echa fuera todos los celos, todas las malas sospechas, toda prontitud a creer el mal. Es franco, abierto, sin suspicacia; y así como no puede tramar el mal, tampoco lo teme.

12. No se goza de la injusticia; por común que esto sea, aun entre los que llevan el nombre de Cristo, que no tienen escrúpulo en alegrarse por su enemigo cuando cae, sea en aflicción, o en error, o en pecado. ¡Y en verdad, qué difícilmente pueden evitarlo los que están celosamente adheridos a algún partido! ¡Qué difícil les es no complacerse en cualquier falta que descubren en los del partido contrario, en cualquier mancha real o supuesta, sea en sus principios o en su práctica! ¿Qué ardiente defensor de una causa está limpio de esto? Sí, ¿quién es tan sereno que esté del todo libre? ¿Quién no se alegra cuando su adversario da un paso en falso que, según piensa, favorecerá su propia causa? Solo un hombre de amor. Solo él llora, sea por el pecado o por la necedad de su enemigo, no halla placer en oírlo ni en repetirlo, sino que más bien desea que sea olvidado para siempre.

13. Pero se goza de la verdad, dondequiera que se halle; de «la verdad que es conforme a la piedad», que produce su fruto propio, santidad de corazón y santidad de conducta. Se goza al hallar que aun los que se le oponen, sea en cuanto a opiniones o en algunos puntos de práctica, son, no obstante, amadores de Dios, e irreprensibles en otros respectos. Se alegra de oír bien de ellos, y de decir todo el bien que puede en consonancia con la verdad y la justicia. En verdad, el bien en general es su gloria y su gozo, dondequiera que esté difundido por todo el linaje humano. Como ciudadano del mundo, reclama una parte en la felicidad de todos sus habitantes. Porque es hombre, no le es indiferente el bienestar de ningún hombre; sino que se goza en todo lo que da gloria a Dios y promueve la paz y la buena voluntad entre los hombres.

14. Este «amor todo lo cubre»: (pues así, sin duda alguna, debe traducirse panta stegei; ya que de otro modo sería exactamente lo mismo que panta hypomenei, «todo lo soporta»:) Puesto que el hombre misericordioso no se goza de la injusticia, tampoco la menciona de buen grado. Cualquier mal que vea, oiga o conozca, lo oculta sin embargo, en cuanto puede hacerlo sin hacerse «partícipe de pecados ajenos». Dondequiera o con quienquiera que esté, si ve algo que no aprueba, no sale de sus labios, salvo para la persona interesada, por si acaso puede ganar a su hermano. Tan lejos está de hacer de las faltas o fallos de otros el tema de su conversación, que de los ausentes nunca habla en absoluto, a menos que pueda hablar bien. Un chismoso, un murmurador, un cuchicheador, un maldiciente, es para él lo mismo que un homicida. Tan pronto le cortaría el cuello a su prójimo como asesinaría así su reputación. Tan pronto pensaría en divertirse prendiendo fuego a la casa de su prójimo como en «arrojar así llamas, saetas y muerte», y decir: «¿No lo hice por broma?»

Hace una sola excepción. A veces está convencido de que es para la gloria de Dios, o (lo que viene a ser lo mismo) para el bien de su prójimo, que un mal no sea encubierto. En este caso, en beneficio del inocente, se ve constreñido a declarar al culpable. Pero aun aquí, (1.) No hablará en absoluto hasta que el amor, un amor superior, lo constriña. (2.) No puede hacerlo por una idea general y confusa de hacer el bien o de promover la gloria de Dios, sino por una visión clara de algún fin particular, de algún bien determinado que persigue. (3.) Aun así no puede hablar, a menos que esté plenamente convencido de que este mismo medio es necesario para ese fin; de que el fin no puede lograrse, al menos no tan eficazmente, por ningún otro camino. (4.) Entonces lo hace con la mayor tristeza y repugnancia; usándolo como la última y peor medicina, un remedio desesperado en un caso desesperado, una especie de veneno que nunca debe usarse sino para expulsar el veneno. Por consiguiente, (5.) Lo usa con la mayor parquedad posible. Y esto lo hace con temor y temblor, no sea que quebrante la ley del amor hablando demasiado, más de lo que la habría quebrantado no hablando en absoluto.

15. El amor «todo lo cree». Está siempre dispuesto a pensar lo mejor; a dar a todo la interpretación más favorable. Está siempre pronto a creer cuanto pueda redundar en favor de la reputación de cualquiera. Se convence fácilmente (de lo que desea ardientemente) de la inocencia o integridad de cualquier hombre; o, al menos, de la sinceridad de su arrepentimiento, si alguna vez se desvió del camino. Se alegra de excusar todo lo que está mal; de condenar al culpable lo menos posible; y de hacer toda la concesión a la flaqueza humana que pueda hacerse sin traicionar la verdad de Dios.

16. Y cuando ya no puede creer, entonces el amor «todo lo espera». ¿Se cuenta algún mal de algún hombre? El amor espera que el relato no sea verdadero, que lo relatado nunca se haya hecho. ¿Es cierto que se hizo? — «Pero quizá no se hizo con las circunstancias que se cuentan; de modo que, admitido el hecho, hay lugar para esperar que no fuese tan malo como se representa». ¿Fue la acción, al parecer, innegablemente mala? El amor espera que la intención no lo fuese. ¿Está claro que también el propósito fue malo? — «Aun así, pudo no brotar de la disposición asentada del corazón, sino de un arrebato de pasión, o de alguna tentación vehemente que arrastró al hombre fuera de sí». Y aun cuando no pueda dudarse, sino que todas las acciones, propósitos y disposiciones sean igualmente malos, todavía el amor espera que Dios al fin desnudará su brazo y alcanzará la victoria; y que habrá «más gozo en el cielo por» este «un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento».

17. Finalmente. «Todo lo soporta». Esto completa el carácter del que es verdaderamente misericordioso. Soporta no algunas cosas, no muchas solamente; no la mayoría, sino absolutamente todas las cosas. Cualquier cosa que la injusticia, la malicia, la crueldad de los hombres puedan infligir, él es capaz de sufrirla. A nada llama intolerable; nunca dice de cosa alguna: «Esto no hay quien lo aguante». No; no solo puede hacer, sino sufrir todas las cosas en Cristo que lo fortalece. Y todo lo que sufre no destruye su amor, ni lo menoscaba en lo más mínimo. Es a prueba de todo. Es una llama que arde aun en medio del gran abismo. «Las muchas aguas no podrán apagar» su «amor, ni lo ahogarán los ríos». Triunfa sobre todo. «Nunca deja de ser», ni en el tiempo ni en la eternidad.

En obediencia a lo que el cielo decreta,

la ciencia acabará, y cesará la profecía;

mas el reino más amplio de la caridad perdurable,

ni ceñido por el tiempo, ni sujeto a la ruina,

en dichoso triunfo vivirá para siempre,

y difundirá bien sin fin, y recibirá alabanza sin fin.

Así «los misericordiosos alcanzarán misericordia»; no solo por la bendición de Dios sobre todos sus caminos, al devolverles ya ahora en su propio seno, mil veces multiplicado, el amor que tienen a sus hermanos; sino también por «un sobremanera grande y eterno peso de gloria», en el «reino preparado para ellos desde la fundación del mundo».

18. Por un poco de tiempo podréis decir: «¡Ay de mí, que» me veo obligado a «morar en Mesec, y a habitar entre las tiendas de Cedar!» Podréis derramar vuestra alma, y lamentar la pérdida del amor verdadero y genuino en la tierra: ¡perdido en verdad! Bien podéis decir (pero no en el sentido antiguo): «¡Mirad cómo se aman estos cristianos unos a otros!» ¡Estos reinos cristianos, que se desgarran mutuamente las entrañas, que se asolan unos a otros a fuego y espada! ¡Estos ejércitos cristianos, que se envían unos a otros por millares, por decenas de millares, vivos al infierno! ¡Estas naciones cristianas, que arden todas en discordias intestinas, partido contra partido, facción contra facción! ¡Estas ciudades cristianas, de cuyas calles no se apartan el engaño y el fraude, la opresión y la injusticia, sí, el robo y el asesinato! ¡Estas familias cristianas, despedazadas por la envidia, los celos, la ira, las riñas domésticas, sin número, sin fin! Sí, lo más terrible, lo más lamentable de todo, ¡estas Iglesias cristianas! —Iglesias («no lo anunciéis en Gat», — pero, ¡ay!, ¿cómo podemos ocultarlo a judíos, turcos o paganos?) que llevan el nombre de Cristo, el Príncipe de paz, ¡y se hacen continua guerra unas a otras! ¡Que convierten a los pecadores quemándolos vivos! ¡Que están «embriagadas de la sangre de los santos»! — ¿Pertenece esta alabanza solo a «Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra»? No, en verdad; sino que las Iglesias Reformadas (así llamadas) han aprendido muy bien a seguir sus pasos. También las Iglesias protestantes saben perseguir, cuando tienen el poder en sus manos, hasta la sangre. ¡Y entretanto, cómo se anatematizan también unas a otras! ¡Cómo se entregan unas a otras al más profundo infierno! ¡Qué ira, qué contienda, qué malicia, qué amargura se halla por doquier entre ellas, aun donde concuerdan en lo esencial, y solo difieren en opiniones o en las circunstancias accesorias de la religión! ¿Quién sigue solamente «lo que contribuye a la paz, y aquello con que podemos edificarnos unos a otros»? ¡Oh Dios! ¿Hasta cuándo? ¿Fallará tu promesa? ¡No temáis, manada pequeña! ¡Creed en esperanza contra esperanza! A vuestro Padre le place todavía renovar la faz de la tierra. Ciertamente todas estas cosas tendrán fin, y los moradores de la tierra aprenderán justicia. «No alzará espada nación contra nación, ni conocerán más la guerra». «Será confirmado el monte de la casa del Señor como cabeza de los montes»; y «todos los reinos de la tierra vendrán a ser los reinos de nuestro Dios». «No harán» entonces «mal ni dañarán en todo su santo monte»; sino que llamarán a sus «muros Salvación, y a sus puertas Alabanza». Serán todos sin mancha ni defecto, amándose unos a otros, así como Cristo nos ha amado. — Sé tú parte de las primicias, si la cosecha aún no ha llegado. Ama tú a tu prójimo como a ti mismo. ¡El Señor Dios llene tu corazón de tal amor a toda alma, que estés dispuesto a dar tu vida por amor de él! ¡Rebose continuamente tu alma de amor, que absorba toda disposición áspera e impía, hasta que él te llame a la región del amor, para reinar allí con él por los siglos de los siglos!

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